La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Part 32

Chapter 32 1,324 words Public domain Markdown

El joven no replicó. Se dirigieron a esta pieza del cuarto fría y desmantelada, porque nadie la usaba, y Clementina colocó por su mano el paquete sobre el fogón. Mas de repente, cuando ya tenía entre los dedos el fósforo encendido que el joven le había dado, se detuvo. Quedó suspensa un instante y dijo sonriendo:

--¡Sabes que esto es muy prosaico! ¡Quemar mis cartas de amor en un fogón! ¡Uf!... Me parece que debemos concluir con ellas de un modo más poético.... ¿Quieres que nos vayamos a quemarlas al campo?... De este modo daremos juntos un último paseo; nos despediremos dignamente.

--Como gustes--articuló el joven en voz apenas perceptible.

--Bueno, ve a buscar un coche.

--Lo tengo abajo.

--Salgamos entonces.

Volvió a coger el paquete Raimundo. Ambos dejaron aquel cuartito donde nunca más habían de reunirse. Montaron en coche y éste les condujo camino de las Ventas del Espíritu Santo. Era una tarde de primavera, nublada y fresca. Clementina había echado los cierres de las ventanillas para no ser vista de algún conocido; pero en cuanto salieron de la Puerta de Alcalá pidió Raimundo que los bajase; por cierto con tan poca oportunidad, que en aquel momento cruzó a su lado una carretela abierta donde iban Pepe Castro y Esperancita Calderón, recién casados. No tuvo tiempo más que para echarse hacia atrás y llevar una mano a la cara. Quedóle la duda de si la habían reconocido.

Raimundo, a costa de grandes esfuerzos, había conseguido dominarse, pero sólo a medias. Clementina hacía lo posible por distraerle. Le hablaba, como una buena amiga, de asuntos indiferentes, de sus conocidos, dando por supuesto que seguiría frecuentando su casa. Cuando pasaron Castro y su mujer, emprendió una conversación animada acerca de ellos.

--Ya ves, Mundo; sucedió lo que yo decía. No hace tres meses que se han casado y ya andan a la greña Pepe y su suegro por cuestión de la dote.... Nadie conoce a Calderón mejor que yo.... Si no lo entierran pronto, los pobres se han de ver muy apurados, porque lo que es dinero han de tardar en sacárselo....

Raimundo respondía a sus observaciones, afectando serenidad; pero su voz tenía un timbre especial que la dama no dejaba de advertir. Parecía que llegaba húmeda, como si hubiese atravesado una región de lágrimas.

Al fin, en un paraje que vieron más solitario, hicieron parar el coche y se bajaron.

--Aguárdenos usted aquí. Vamos a dar un paseo--dijo Raimundo al cochero.

Mas creyendo observar cierta inquietud en los ojos del auriga, se volvió a los pocos pasos, sacó un billete de cinco duros y se lo entregó diciendo:

Ya me dará usted la vuelta. Hasta luego.

Abandonaron la carretera y se pusieron a caminar por los campos áridos y tristes del Este de Madrid. El terreno ofrecía leves ondulaciones y se extendía rojizo y desierto, cortando a lo lejos el horizonte con una raya bien pura. Ni un árbol, ni una casa. Los finos zapatos de Clementina se hundían en la tierra y quedaban manchados. Caminaban silenciosos. Raimundo ya no tenía fuerzas para hablar. Ella también se sintió dominada por la tristeza de la situación, a la cual ayudaba la del paisaje, y tuvo la delicadeza de no desplegar los labios. De vez en cuando volvía la cabeza para cerciorarse de si podían ser vistos desde la carretera. Cuando se convenció de que estaban bastante lejos se detuvo.

--¿Para qué andar más?... ¿No te parece buen sitio?

Raimundo se detuvo también y no respondió. Dejó caer el paquete al suelo y dirigió la vista a lo lejos, a los confines del horizonte. Clementina deshizo el paquete. Después de echar una ojeada de curiosidad a sus cartas, esmeradamente conservadas en los sobres, hizo con ellas un montoncito. Aguardó un instante a que Raimundo volviese la cabeza, y viendo que no lo hacía, le dijo:

--Dame un fósforo.

El joven sacó el fósforo y se lo entregó encendido, con el mismo silencio. Volvió de nuevo la cabeza y siguió mirando fijamente el horizonte, mientras Clementina pegaba fuego al montón de cartas y las veía arder poco a poco. Tardaron algunos momentos en consumirse: necesitaba arreglar con sus manos enguantadas el montoncito para que el fuego no se apagase. De vez en cuando dirigía una mirada entre inquieta y compasiva a su amante, que se mantenía inmóvil y atento como un marino que contempla el cariz de la mar.

Cuando no quedaron más que las cenizas negras, Clementina, que estaba en cuclillas, se alzó. Estuvo un momento indecisa sin atreverse a turbar la profunda distracción de Raimundo. Al fin, pasando por su hermoso rostro una ráfaga de ternura, después de mirar rápidamente a todos lados, se acercó a él, le pasó un brazo por la espalda y le dijo con acento cariñoso:

--Y ahora que estamos solos por última vez y que nadie nos ve, ¿no nos despediremos de un modo más efusivo?

--¿Cómo quieres que nos despidamos?--respondió él mirándola y haciendo un esfuerzo supremo para sonreír.

--¡Así!--replicó la dama vivamente.

Y al mismo tiempo le echó los brazos al cuello y le cubrió el rostro de fuertes y apasionados besos.

Raimundo se estremeció. Dejóse besar por algunos instantes como un cuerpo inerte. Al fin, doblándosele las piernas, exclamó con acento desgarrador:

--¡Oh, Clementina, me estás matando!

Y cayó al suelo privado de sentido. El susto de ella fué grande. No había nadie que la auxiliase. No había siquiera agua. Alzó la cabeza del joven, la puso sobre su regazo, le dió aire con su sombrero y le hizo oler un pomito con perfume que traía. Al cabo de pocos minutos abrió los ojos: no tardó en ponerse en pie. Estaba avergonzado de su flaqueza. Clementina se mostraba con él afectuosa y compasiva. Cuando vió que estaba ya sereno y en disposición de marchar, se cogió a su brazo y le dijo:

--Vamos.

Y procuró distraerle, mientras caminaban, hablándole de una _sauterie_ que proyectaba y a la cual le pedía con insistencia que no dejase de asistir.

--Y lo mismo los sábados ¿verdad? Cuidado con abandonarme. Uno es uno y otro es otro.... Tú serás en mi casa el amigo de siempre, y en mi corazón ocuparás, mientras viva, un lugar de preferencia.

Raimundo se contentaba con sonreír forzadamente.

Así llegaron otra vez al sitio donde estaba el coche. Dentro, la dama siguió locuaz. El, a medida que se acercaban a Madrid, se iba poniendo más pálido. Ya no sonreía.

Viéndole de tal modo, con la desesperación impresa en el semblante, Clementina dejó al cabo de hablarle en aquel tono. Movida de piedad comenzó de nuevo a besarle cariñosamente. Pero él rechazó sus caricias; la apartó con suavidad diciendo:

--¡Déjame! ¡déjame!... Así me haces más daño.

Dos lágrimas asomaron a sus pupilas y estuvieron largo rato allí detenidas. Al fin se volvieron otra vez, sin caer, al sitio misterioso de donde brotan.

El coche llegó a la Puerta de Alcalá. Clementina lo hizo detener delante de la calle de Serrano.

--Conviene que te bajes aquí. Estás cerca de tu casa.

Raimundo, sin decir palabra, abrió la portezuela.

--Hasta el sábado, Mundo.... No dejes de ir.... Ya sabes que te espero.

Al mismo tiempo le apretó la mano con fuerza.

Raimundo, sin mirarla, murmuró secamente:

--Adiós.

Se bajó de un salto, y la dama le vió alejarse con paso vacilante de beodo sin volver la vista atrás.

FIN

ÍNDICE

I.--Presentación de la farándula. II.--Más personajes. III.--La hija de Salabert. IV.--Cómo alentaba la virtud el señor duque de Requena. V.--Precipitación. VI.--Desde el «Club de los Salvajes» a casa de Calderón. VII.--Comida y tresillo en casa de Osorio. VIII.--Cena en Fornos. IX.--Los amores de Raimundo. X.--Un poco de derecho civil. XI.--Baile en el palacio de Requena. XII.--Matinée religiosa. XIII.--Viaje a Riosa. XIV.--Una que se va. XV.--Genio que se apaga. XVI.--Amor que se extingue.