La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.
Part 30
--Yo también me alegro.... Me alegro de que mi muerte te sirva de algo.... Si hubiera podido darte en vida lo que me pertenece ... todo te lo hubiera dado.... Es triste ¿verdad?... Tener que morir para hacerte feliz.... ¡Hubiera gozado tanto viéndote feliz!... Adiós, hija mía, adiós ... acuérdate alguna vez de tu pobre mamá....
--¡Madre de mi alma!--gritó la dama cayendo de rodillas deshecha en sollozos--. ¡Yo no quiero que muera, no!... He sido muy mala ... pero siempre la he querido ... y la he respetado....
--No seas tonta--dijo la moribunda haciendo un esfuerzo para sonreír y acariciándole la cabeza con su mano de esqueleto--. Ya no me duele que te alegres.... ¡Qué importa!... Muero satisfecha sabiendo que vas a deberme un poco de felicidad.... Te recomiendo a las ancianitas del asilo.... Protégelas, hija mía ... y a esta buena Marcela, también.... Adiós, adiós todos.... Perdonadme el mal que os haya hecho....
El estertor crecía, sonaba más estridente y más lúgubre por momentos. Los sollozos de Clementina y Marcela cortaban por intervalos las notas de aquel ronquido fatal. El duque, trémulo, alterado, se dejó al fin arrastrar de la habitación.
D.ª Carmen no volvió a hablar. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, el cuerpo tranquilo. De vez en cuando levantaba un poco los párpados y dirigía una mirada afectuosa a su hijastra arrodillada. El sacerdote leía con voz nasal, quejumbrosa, las oraciones de su libro.
Así murió la duquesa de Requena. ¡Dejadla, dejadla partir!
Algunos días después, Clementina y su marido, a pesar del odio inextinguible que se profesaban, celebraban largas y frecuentes conferencias. La magna cuestión de la herencia los unía momentáneamente. Clementina visitaba mañana y tarde a su padre. Osorio también iba con frecuencia al palacio de Requena. Uno y otro prodigaban al viejo mil atenciones, compadecían su soledad, le mimaban. Había en su comportamiento cierta familiaridad afectuosa que cuadraba muy bien a unos hijos que van a proteger la venerable ancianidad de un padre. El duque se dejaba venerar observándolos con mirada más socarrona que enternecida. Cuando volvían la espalda para irse, seguíalos con los ojos, bajaba los párpados lentamente, revolvía entre los labios la breva americana y se iba bosquejando en su rostro una sonrisa burlona que duraba todavía algunos segundos después de perderlos de vista.
Las cosas siguieron en el estado de antes. A pesar de que el testamento de la duquesa era terminante, Salabert no se dignó hablarles una palabra de intereses. Continuó disponiendo en jefe de su caudal, entregado a los negocios con absoluta tranquilidad. Su hija y su yerno la perdieron al ver esta actitud. Comenzaron a vivir agitados, a comunicarse a cada instante con violencia sus impresiones, a formar planes para provocar una explicación. Clementina pretendía que Osorio le hablase. Este creía que era ella quien debía pedirle cariñosamente una explicación antes de formular ninguna queja. Después de algunos días de vacilación, al fin se decidió la esposa a dirigir algunas palabras a su padre, si bien con cierta indecisión y embarazo, pues conocía bien el carácter de éste y mejor aún el suyo propio.
--Vamos a ver, papá--le dijo, hallándole solo en el despacho, con afectada jovialidad--. ¿Cuándo me hablas de dinero?
--¿De dinero?... ¿Para qué?--respondió el duque con sorpresa, mirándola con rostro tan inocente que daba ganas de darle una bofetada.
--¿Para qué ha de ser? para enterarme de lo que me concierne. ¿No soy la única y universal heredera de mamá?--replicó sin abandonar el tono jovial, pero con cierta alteración en la voz bien perceptible.
--¡Ah, sí!--exclamó el duque haciendo con la mano un ademán de indiferencia--. De eso hablaremos más adelante ... ¡mucho más adelante!
Clementina se puso pálida. La ira hizo dar un salto a toda su sangre. Sus labios temblaron y estuvo a punto de decir un disparate.
--Sería bueno, sin embargo, que nos entendiésemos ...--murmuró con voz débil.
--Nada, nada; no hablemos ahora. Cuando tenga humor y tiempo ya me ocuparé de esas cosas.
Hablaba con tal seguridad e indiferencia no exenta de desdén, que su hija tenía que optar entre dar rienda suelta a la lengua, romper con su padre de un modo violento, o marcharse. Decidióse, después de un instante de vacilación, por esto. Giró sobre los talones, y sin una palabra de adiós salió de la estancia y se metió en el coche, en un estado de excitación que hacía temblar todo su cuerpo.
Cuando llegó a casa corrió a encerrarse en su habitación y dió salida al furor que la embargaba. Lloró, pateó, desgarró sus vestidos, rompió una porción de cachivaches. Osorio también montó en cólera y dijo que iba a hacer y acontecer. De todo ello no resultó, sin embargo, más que una carta en que aquél, con bastante respeto, invitaba a su suegro a que le manifestase el estado de su hacienda, a fin de dar comienzo a las primeras operaciones del inventario. Salabert no contestó a esta carta. Se escribió otra. Tampoco. Dejaron de visitarle. Clementina no quería ir "por no armar un escándalo". Osorio no se consideraba con fuerza moral suficiente, dado el estado de sus relaciones matrimoniales, para reclamar con energía el caudal de su mujer. En tal aprieto hablaron con algunas personas de respeto amigas del duque, y se las enviaron como medianeras. Cumplieron éstas su cometido: hablaron con el viejo, y después de varias entrevistas se resolvieron a provocar una reunión amistosa a fin de que el asunto no fuese a los tribunales. Efectuóse ésta, después de alguna resistencia por parte de Clementina, en el palacio de su padre. Asistieron a ella, a más de las partes interesadas, el padre Ortega, el conde de Cotorraso, Calderón y Jiménez Arbós. Este último (que había dejado de ser ministro y estaba en la oposición) dió comienzo a la sesión espetándoles un discurso "de tonos conciliadores" excitándoles a la concordia para que no diesen al público el espectáculo de una disputa entre padre e hija por cuestiones de dinero, espectáculo que, dada su altísima posición en el mundo, no podía menos de ser repugnante. Siguióle en el uso de la palabra el padre Ortega, que con el acento persuasivo y untuoso que le caracterizaba, después de darles, lo mismo al duque que a sus hijos un buen jabón de elogios disparatados para ponerlos suaves, apeló a sus sentimientos cristianos, les hizo presente el mal ejemplo que darían, les pintó las dulzuras del cariño y del sacrificio mutuo y concluyó prometiéndoles la gloria eterna.
Clementina respondió la primera, que ella no tenía otro deseo que continuar manteniendo con su padre las mismas relaciones de cariño y respeto que hasta entonces, y que para conseguirlo estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera posible. El acento seco y duro con que pronunció estas palabras y el gesto ceñudo con que las acompañó no daban testimonio muy claro de su sinceridad. Sin embargo, el duque se manifestó muy conmovido.
--¡Arbós! ¡padre! ¡vosotros, hijos míos! Todos conocen perfectamente mi carácter.... Para mí, fuera de la familia no hay felicidad posible.... Después del golpe terrible que acabo de sufrir, lo único que me queda en el mundo es mi hija.... En ella tengo concentrado todo mi cariño, mis esperanzas y mi orgullo.... Para ella he trabajado, he luchado sin descanso, he reunido el capital que poseo.... Puedo decir que nunca he sentido la necesidad del dinero más que por mi mujer (que en gloria esté) y por mi hija...; por verlas a ellas felices rodeadas de bienestar y de lujo.... A mí me han bastado siempre cuatro cuartos para vivir, bien lo sabéis. Hoy que soy viejo, con mayor razón.... ¿Para qué quiero ya los millones? Dentro de poco me veré obligado a tomar el tren para el otro barrio, ¿verdad, Julián? Y tú lo mismo. Por consiguiente, ¿a quién puede ocurrírsele que voy a reñir por cuestión de ochavos con la hija de mi corazón?... Aquí no ha habido más que una equivocación. Yo necesitaba tiempo para poner en claro mis asuntos.... Eso es todo.... Pero si es que has podido suponer otra cosa, hija mía, sólo puedo decirte esto.... Lo que hay en esta casa es tuyo y siempre lo ha sido. Tómalo cuando se te antoje.... Tómalo, hija, tómalo.... A mí me basta con nada....
Al pronunciar estas últimas palabras visiblemente enternecido, quisieron arrasársele los ojos de lágrimas. Todos dieron muestras igualmente de enternecimiento y prorrumpieron en frases de conciliación. El padre Ortega empujó suavemente a Clementina hacia los brazos de su padre, y aunque ella era la menos conmovida, al fin se dejó abrazar por él, que la tuvo un buen rato apretada. Cuando la soltó se llevó el pañuelo a los ojos y se dejó caer en una butaca, vencido por el peso de tanta emoción.
Después de esta escena conmovedora nadie osó acordarse de intereses. La reunión se disolvió apretándose todos la mano cordialmente y felicitándose con calor por el éxito lisonjero de sus gestiones. Pero Osorio y Clementina se metieron en su coche serios, cejijuntos, y no se hablaron en todo el camino una palabra. Sólo al llegar a casa murmuró la esposa con acento colérico:
--¡Ya veremos en qué para la comedia!
Osorio se encogió de hombros y respondió:
--Yo lo doy por visto.
Ni uno ni otro se equivocaron.
El duque ni les dió una peseta ni volvió a hablarles para nada de la herencia. Estaba muy cariñoso con ellos: les hacía comer muchos días en su casa, quejándose de su soledad; hasta les hablaba algunas veces de los negocios que tenía pendientes; pero nada de liquidar la parte que les correspondía.
Clementina llegó a irritarse tanto que dejó bruscamente de ir a su casa. Volvieron a mediar cartas. No pudieron sacar más que respuestas ambiguas, vagas esperanzas. Al fin se decidieron a entablar la demanda, y comenzó un pleito que hizo estremecer de gozo a la curia.
Cesó para Clementina toda felicidad. Desde entonces vivió en un estado de perpetua irritación, siguiendo con afanoso interés los incidentes del litigio, apurando al procurador, a los abogados, buscando influencias que contrarrestasen las poderosas del duque. Este conducía el asunto con mucha más calma, lo enredaba con habilidad desesperante, aprovechándose de la violencia que ella mostraba para hacerla aparecer a los ojos de la sociedad como ambiciosa y desnaturalizada. Esto no obstaba para que entre sus íntimos soltase de vez en cuando alguna de sus frases burlonas y cínicas, que al llegar a oídos de ella la hacían estallar de furor. La lucha se fué haciendo cada día más encarnizada. Por otra parte, los acreedores de Osorio, defraudados en sus esperanzas, empezaban a revolverse contra él y amenazaban dejarle arruinado. Es fácil representarse la agitación, la violencia, el malestar que reinarían en el hotel de la calle de Don Ramón de la Cruz.
De este malestar, y aun puede decirse desdicha, participaba el hasta entonces afortunado Raimundo. El espíritu y el cuerpo de Clementina, alterados por el tumulto de otras pasiones, no podían reposarse en las dulzuras del amor. Los momentos que aquélla le concedía eran cada vez más cortos y sin sosiego. Se extinguieron las pláticas alegres, bulliciosas, que en otro tiempo mantenían. La hermosa dama ya no gustaba de embromar a su juvenil amante. No se acordaba siquiera de aquellas gozosas y pueriles escenas en que se deleitaban, ora haciendo ella de reina que recibe en corte a sus ministros, ya jugando besos a los naipes o en otras mil niñerías que la tornaban a la adolescencia. Ahora apenas sabía hablar de otra cosa más que de su pleito. Tenía los nervios tan excitados, que con la palabra más insignificante se le disparaban y montaba en furiosa cólera. Además, por el interés vehementísimo de triunfar de su padre, crecían sus coqueterías con Escosura, recién nombrado ministro. Esto era, como debe suponerse, lo que más desgraciado hacía al joven entomólogo.
Un día, en que estaba más cariñosa que de costumbre, teniéndole sentado a sus pies y acariciándole los cabellos con sus hermosos, delicados dedos cargados de sortijas, le dijo con acento meloso:
--Tú sigues con tus celos de Escosura. ¿verdad, Mundo?... Pues haces muy mal.... No me gusta poco ni mucho ese hombre....
--Sí: eso me has dicho muchas veces ... pero....
--No hay pero que valga, niño díscolo--repuso alegremente tirándole de la oreja--. Ni he querido, ni puedo querer a nadie más que a ti. Todos los hombres me parecen feos, tontos y presuntuosos a tu lado.... Pero (¡aquí viene mi pero!) desgraciadamente tú no eres ministro, aunque lo mereces más que todos los que conozco.... Bien sabes que mi fortuna está hoy en manos de la justicia, que de la noche a la mañana puedo quedar sin una peseta. Acostumbrada como estoy a las comodidades y al lujo, ya comprenderás que no sería un plato de gusto. Mi amor propio también padecería mucho: tengo infinitos envidiosos, gente que me odia sin saber por qué.... En fin, que sería el hazme reir de ellos, ¿entiendes? Y yo no quiero que eso suceda. Mi padre cuenta con muchos amigos.... se esperan de él favores (aunque sea incapaz de hacer uno solo), se le tiene miedo.... Yo, aunque trato a casi todos los políticos de Madrid, carezco de un verdadero amigo que se interese por mi asunto como si fuese propio, que se atreva a ponerse frente a mi padre.... Y como no lo tengo necesito buscarlo, ¿sabes?... Figúrate ahora que ese amigo es Escosura, quien por su posición política y por su dinero es independiente por completo.... Figúrate que estoy en relaciones con él.... Figúrate que es mi amante a los ojos del mundo.... Y figúrate también que rompo contigo en apariencia, aunque sigas secretamente siendo mi verdadero amor, el único querido de mi corazón.... ¿Qué te parece del arreglo? ¿Lo encuentras aceptable?
Raimundo se puso encendido ante aquella singular y humillante proposición. Tardó unos instantes en contestar y al fin dijo entre colérico y desdeñoso:
--Me parece sencillamente una infamia y una asquerosidad.
La arruga, aquella arruga fatal que cruzaba la frente de Clementina cada vez que la cólera agitaba su alma turbulenta, apareció honda y siniestra. Levantóse bruscamente, y después de mirarle con fijeza, entre airada y desdeñosa, le dijo con acento glacial:
--Tienes razón. Ese arreglo no puede convenirte.... Mejor será que cortemos de una vez nuestras relaciones.
Y se dispuso a marchar. Raimundo quedó anonadado.
--¡Clementina!--gritó con desconsuelo cuando se hallaba ya cerca de la puerta.
--¿Qué hay?--dijo ella, con la misma frialdad, volviendo la cabeza.
--Escucha, por Dios, un momento.... Te he dicho eso arrebatado por los celos, pero sin intención de herirte.... ¿Cómo he de ofenderte yo a ti cuando te quiero, te adoro como a un ser sobrenatural?...
A éstas siguieron otras muchas palabras fogosas empapadas de cariño, mejor aún, de devoción. Clementina las escuchó en la misma actitud altanera. No se dejó ablandar hasta que le contempló bien humillado, pidiéndole de rodillas, como precioso favor, aquel mismo arreglo que hacía un instante había calificado de infamia y asquerosidad.
Por aquellos días la dama experimentó una rabieta tan viva que estuvo a punto de enfermar. Y no le faltó motivo. El duque, su padre, cuyas relaciones con la Amparo eran cada día más públicas y descaradas, llevó su cinismo o su servidumbre humillante hasta traerla a su palacio y hacer vida marital con ella. No se hablaba de otra cosa en la alta sociedad madrileña. Todo el mundo consideraba que Salabert tenía perturbado el cerebro, por no decir, como en otro tiempo, que estaba hechizado por su querida. Esta, con su estupidez inveterada, en vez de disimular su poder y hacerse perdonar del mundo aquella inaudita usurpación, la pregonaba a son de trompeta en los teatros y paseos, donde se presentaba colgada del brazo del duque. Poco después comenzó a circular por Madrid la noticia de que se casaban. El asombro y la indignación que produjo fueron vivísimos.
Un acontecimiento imprevisto vino a deshacer o por lo menos a aplazar aquella boda. En cierta reunión de accionistas de las minas de Riosa, a Salabert, como presidente, le tocó dar cuenta de su gestión y proponer las modificaciones necesarias en la marcha de la sociedad. Ordinariamente lo hacía con mucha concisión y claridad. Era, ante todo, hombre de negocios y no gustaba de andarse por las ramas o decir más palabras de las indispensables. Mas con sorpresa de la asamblea, donde se hallaban muchos banqueros y algunos personajes políticos, comenzó a pronunciarles un discurso por todo lo alto. Abandonando el asunto por completo, entró dándoles amplias explicaciones de su conducta como hombre público; trazó una verdadera biografía de su persona, deteniéndose en pormenores del todo impertinentes; cantó con la mayor impudencia sus propias alabanzas, ofreciéndose como el prototipo de la consecuencia política, del desinterés y la abnegación; pregonó sus servicios al país, por haber prestado dinero al Gobierno en momentos de apuro, y a la causa de la humanidad coadyuvando poderosamente a la erección de hospitales, escuelas y asilos. Hasta tuvo la desvergüenza de decir que el asilo de ancianas de los Cuatro Caminos era obra suya.
Los circunstantes se miraban unos a otros con estupor y se murmuraban al oído juicios poco lisonjeros sobre el estado intelectual del orador. Cuando apuró la lista de sus méritos y se proclamó _urbi et orbi_ el primer hombre de la nación, principió a desatarse contra sus enemigos. Presentóse como víctima de una persecución tenaz, insidiosa, de mil intrigas urdidas para desacreditarle y en las que intervenían una porción de personajes de la banca y la política. En confirmación de este aserto leyó con voz campanuda y fogosa entonación ciertos artículos insertos en un periódico de provincia (la provincia en que estaban las minas de Riosa), en que según él se le atacaba "de un modo indigno y asqueroso". Lo que venía a decir, en resumen, el articulista, era que Salabert no era acreedor a que se le erigiese una estatua.
Los circunstantes, cada vez más cansados y aburridos, se decían ya en voz baja:
--¡Esto es ridículo! ¡Este hombre está loco!
A medida que leía se iba enardeciendo. Su rostro, ordinariamente un poco amoratado, se oscureció de tal modo que parecía el de un estrangulado. Al fin, sin terminar la lectura, cayó en el sillón presa de un ataque que le privó del sentido. Y por entrambas vías su naturaleza pletórica comenzó al instante a desahogarse de tan formidable manera, que sólo un médico que asistía a la reunión en calidad de socio osó acercarse a él.
XV
#Genio que se apaga.#
Después de aquel ataque, las facultades mentales del duque experimentaron una merma considerable, al decir de cuantos a él se acercaban. Padecía extrañas distracciones. Su palabra era perezosa y más confusa que antes. Tenía caprichos fantásticos. Se contaba que había entregado ya a la Amparo sumas enormes o las había puesto a su nombre en el Banco; que se enfurecía por livianos motivos y gritaba y gesticulaba como un demente, llegando sus arrebatos hasta maltratar de obra a los criados o dependientes; que comía vorazmente y sin medida, y que decía de su hija horrores inconcebibles, imposibles de repetir entre personas decentes. Su genio socarrón y maligno se había trocado en adusto y violento.
Sin embargo, en los negocios no dió señales de faltarle la cordura. La rueda de la avaricia no se había gastado aún en su organismo. Verdad que la mayor parte de ellos marchaban por sí mismos. Además tenía consigo a Llera, cuyas dotes de especulador astuto y audaz habían llegado al apogeo. Donde se mostraba en realidad la perturbación, o por mejor decir, la flaqueza de su inteligencia, era en el seno de la vida doméstica. No se contentó con hacer reina y señora de la casa a su querida, pero admitió en ella también a la madre y los hermanos de ésta, gente ordinaria y soez que la tomó por asalto, dándose harturas de esclavos en saturnal, viviendo en perpetua orgía. El dominio de la Amparo se hizo absoluto. Ella fué quien comenzó a ordenar, o por mejor decir, a desordenar los gastos ostentando un lujo escandaloso en sus vestidos, joyas y trenes. Y como no faltan en Madrid hambrones de levita y de frac, al instante tuvo una corte de parásitos que cantaron sus alabanzas. Dió tes y comidas; se jugó al tresillo. Se hizo, en suma, lo que en todas las casas opulentas, menos bailar. Y aunque el personal por dentro dejaba mucho que desear, por fuera parecía tan pomposo y brillante como el de los demás palacios. Hasta había títulos de Castilla que honraban la tertulia con su presencia, entre ellos el marqués de Dávalos, tan loco y enamorado como siempre. La Amparo, a quien lisonjeaba este amor frenético conocido de todo Madrid, lo desdeñaba en público y lo alimentaba en secreto. Por donde flaqueaban más los saraos de aquélla era por el lado femenino, si bien no faltaban tampoco algunas señoras de la clase media que, a trueque de pisar regios salones y verse servidas por lacayos de calzón corto, consentían en alternar con la querida de Salabert. Verdad que acallaban sus escrúpulos diciéndose que Amparo muy pronto sería la duquesa de Requena, en cuanto terminase el luto de la anterior esposa.
Seguía el pleito entre el duque y su hija, más empeñado cada día y encendido. La Amparo se declaraba parte en él entre sus amigos; gozaba soltando contra Clementina el odio mortal que la profesaba en palabras tabernarias. Salían a relucir en su tertulia todos los devaneos de la dama, corregidos y aumentados por los parásitos; se contaban anécdotas que harían ruborizar a un guardia civil; se atacaban hasta sus prendas corporales, diciendo que los dientes eran postizos, que tenía una cadera torcida y otras calumnias por el estilo. Cierta noche tuvo éxito prodigioso un muchachuelo al manifestar que Clementina, según datos irrecusables, gastaba pantalones de franela a raíz de la carne.
Algunos de estos dichos llegaban a oídos de la interesada y la hacían empalidecer de ira, amargaban extremadamente su agitada existencia. El pleito era ya para ella una lucha personal con la Amparo. Lo que más temía, y Osorio también, era que se realizase el anunciado matrimonio de su padre. Si esto sucedía no había más remedio que ver a la ex florista ostentando la corona ducal, tratando de potencia a potencia con ellos. Aunque al principio la sociedad la rechazase, como con el tiempo todo se olvida, quizá aquella vil mujer llegaría a ser una verdadera duquesa. Afortunadamente para ellos, aunque Salabert estaba sometido en todo a su voluntad, les constaba que se oponía tenazmente a casarse, que la Amparo hacía inútiles esfuerzos para decidirle, que había habido escenas violentas entre ellos. La ex florista, al principio, lo había tomado por la tremenda. Se contaba que en un arrebato había herido al duque con unas tijeras, que los criados escuchaban frecuentemente gritos descompasados de la bella injuriando al viejo, llenándole de denuestos. Uno juraba que la había oído gritar:
--¿Por qué no te casas? ¡dí, canalla!... ¿Crees que te deshonras con eso? ¿No sabes que por ahí todo el mundo dice que eres un ladrón? ¿que tus iniciales significan _¡a ese!_...? Seré una p... pero una p... ¿no vale tanto como un ladrón?
Ciertos o no estos horrores, lo que constaba de un modo indudable era la resistencia de él y el afán de ella. Alguien le hizo entender que no era éste el mejor sistema y que corría riesgo, por quererlo todo, de perderlo todo. Cambió de táctica. Se dedicó a sacar de su querido todo el dinero que pudo y a empujarle suavemente, pero con tenacidad, al matrimonio. Mas aunque por lo que se refiere a esto último sus asaltos continuaban siendo infructuosos, Clementina y Osorio estaban con el alma en un hilo. Decíase que el duque se hallaba realmente enfermo, que sufría una parálisis progresiva. En vista de ello se determinaron, después de escuchar el parecer de algunos célebres abogados, a pedir ante los tribunales su inhabilitación o la incapacidad para administrar sus bienes.