La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Part 3

Chapter 3 3,970 words Public domain Markdown

El padre Ortega no era un clérigo vulgar, al menos en la opinión de la sociedad elegante de la corte, donde tenía mucho partido. Sin pecar de entremetido frecuentaba las casas de las personas distinguidas. No le gustaba hacer ruido ni llamar la atención de las tertulias sobre sí. No daba ni admitía bromas, ni tenía el temperamento abierto y jaranero que suele caracterizar a los sacerdotes que gustan del trato social. Si era intrigante, debía de serlo de un modo distinto de lo que suele verse en el mundo. Discreto y afable, humilde, grave y silencioso cuando se hallaba en sociedad, procurando borrar y confundir su personalidad entre las demás, adquiría relieve cuando subía a la cátedra del Espíritu Santo, lo que hacía a menudo. Allí se expresaba con desenfado y verbosidad sorprendentes. No lograba conmover al auditorio ni lo pretendía, pero demostraba un talento claro y una ilustración poco común en su clase. Porque era de los poquísimos sacerdotes que estaban al tanto de la ciencia moderna, o al menos semejaba estarlo. En vez de las pláticas morales que se usan y de las huecas y disparatadas declamaciones de sus colegas contra la ciencia y la razón, los sermones de nuestro escolapio trascendían fuertemente a lecturas modernísimas: en todos ellos procuraba demostrar directa o indirectamente que no existe incompatibilidad entre los adelantos de la ciencia y el dogma. Hablaba de la evolución, del transformismo, de la lucha por la existencia, citaba a Hegel alguna vez, traía a cuento la teoría de Malthus sobre la población, el antagonismo del trabajo y el capital. De todo procuraba sacar partido en defensa de la doctrina católica. Para rechazar los nuevos ataques era necesario emplear nuevas armas. Hasta se confesaba, en principio, partidario de las teorías de Darwin, cosa que tenía sorprendidos e inquietos a algunos de sus timoratos amigos y penitentes, pero esto mismo contribuía a infundirles más respeto y admiración. Cuando hablaba para las señoras solamente, prescindía de toda erudición que pudiera parecerles enfadosa; adoptaba un lenguaje mundano. Les hablaba de sus tertulias, de sus saraos, de sus trajes y caprichos, como quien los conoce perfectamente; sacaba comparaciones y argumentos de la vida de sociedad, y esto encantaba a las damas y las postraba a sus pies. Era el confesor de muchas de las principales familias de la capital. En este ministerio demostraba una prudencia y un tacto exquisitos. A cada persona la trataba según sus antecedentes, posición y temperamento. Cuando tropezaba con una devota escrupulosa, viva y ardiente como la marquesa de Alcudia, el buen escolapio apretaba de firme las clavijas, se mostraba exigente, tiránico, entraba en los últimos pormenores de la vida doméstica y los reglamentaba. En casa de Alcudia no se daba un paso sin su anuencia. Y en estos sitios, como si se gozase en mostrar su poder, adoptaba un continente grave y severo que en otras partes no se le conocía. Cuando daba con alguna familia despreocupada, con poca afición a la iglesia, ensanchaba la manga, se hacía benigno y tolerante, procurando nada más que guardasen las formas y no diesen mal ejemplo a los otros. Hacía cuanto le era posible por afianzar esa alianza dichosa establecida de poco tiempo a esta parte entre la religión y el "buen tono" en nuestro país. Cada día sacaba una moda que a ello contribuyese, traducidas unas del francés, otras nacidas en su propio cerebro. En la capilla u oratorio de alguna familia ilustre reunía ciertos días del año por la tarde a las damas conocidas. Eran unas agradabilísimas _matinées_, donde se oraba, tocaba el órgano expresivo la más hábil pianista, decía el padre una plática familiar, departía después amigablemente con las señoras acerca de asuntos religiosos, se confesaba la que quería, y por último pasaban al comedor, donde se tomaba te, cambiando de conversación. Cuando fallecía alguna persona de estas familias, el padre Ortega se hacía poner en las papeletas de defunción como director espiritual, rogando que la encomendasen a Dios. Luego repartía entre todos los amigos unos papelitos impresos o memorias con oraciones, donde se pedía al Supremo Hacedor con palabras encarecidas y melosas que por tal o cual mérito que resplandeció en su sagrada pasión perdonase al conde de T*** o a la baronesa de M*** el pecado de soberbia o de avaricia, etc. Generalmente no era aquel en que más había sobresalido el difunto, lo cual hacía el padre con buen acuerdo para evitar el escándalo y una pena a la familia. También se encargaba de gestionar la adquisición del mayor número posible de indulgencias, la bendición papal _in articulo mortis_, las preces de algún convento de monjas, etc. Siendo su amigo y penitente se podía tener la seguridad de no ir al otro mundo desprovisto de buenas recomendaciones. Lo que no sabemos es el caso que Dios hacía de ellas, si escribía encima de las memorias con lápiz azul, como los ministros, "hágase", o si preguntaba al padre Ortega, como la señora del cuento: "¿Y a usted quién le presenta?"

Cuando hubo cambiado algunas palabras corteses con casi todos los tertulios, haciendo a cada cual la reverencia que dada su posición le correspondía, la marquesa de Alcudia le tomó por su cuenta, y llevándole a uno de los ángulos del salón y sentados en dos butaquitas, comenzó a hablarle en voz baja como si se estuviese confesando. El clérigo, con el codo apoyado en el brazo del sillón, cogiendo con la mano su barba rasurada, los ojos bajos en actitud humilde, la escuchaba. De vez en cuando profería también alguna palabra en voz de falsete, que la marquesa escuchaba con profundo respeto y sumisión, lo cual no impedía que al instante volviese a la carga gesticulando con viveza, aunque sin alzar la voz.

Había entrado poco después que el padre un joven gordo, muy gordo, rubio, con patillitas que le llegaban poco más abajo de la oreja, mucha carne en los ojos y fresco y sonrosado color en las mejillas. La ropa le estallaba. Su voz era levemente ronca y la emitía con fatiga. Al entrar nublóse la descolorida faz de Ramoncito Maldonado. El recién llegado era hijo de los condes de Casa-Ramírez y uno de los pretendientes a la mano de la primogénita de Calderón. Jacobo Ramírez o Cobo Ramírez, como se le llamaba en sociedad, pasaba por chistoso por el mismo motivo que Pepa Frías, aunque con menos razón. Caracterizábale una libertad grosera en el hablar, un desprecio cínico hacia las personas, aun las más respetables, y una ignorancia que rayaba en lo inverosímil. Sus chistes eran de lo más burdo y soez que es posible tolerar entre personas decentes. Alguna vez daba en el clavo, esto es, tenía alguna ocurrencia feliz; mas, por regla general, sus chuscadas eran pura y lisamente desvergüenzas.

La tertulia, no obstante, se regocijó con su entrada. Una sonrisa feliz se esparció por todos los rostros, menos el de Ramoncito.

--Oiga usted, Calderón--entró diciendo, sin saludar--. ¿Cómo se arregla usted para tener siempre criados tan guapos?... A uno de ellos, el de la entrada, con la poca luz que había y la voz de mezzo-soprano que me gasta, le he confundido con una muchacha.

--¡Hombre, no!--exclamó riendo el banquero.

--¡Hombre, sí! A mí no me importa nada que usted traiga todos los Romeos que guste.... ¿Viene por aquí su amigo Pinazo?

Los que entendieron adónde iba a parar, que eran casi todos, soltaron la carcajada.

--¡No viene! ¡no viene!--dijo Calderón casi ahogado por la risa.

--¿De qué se ríen?--preguntó Pacita por lo bajo a Esperanza.

--No sé--respondió ésta con acento de sinceridad, encogiéndose de hombros.

--De seguro Cobo ha dicho una barbaridad. Se lo preguntaré después a Julia que no dejará de haberla cogido.

Volvieron ambas la vista hacia la mayor de Alcudia y la vieron inmóvil, rígida, con los ojos bajos como siempre. En el ángulo de sus labios, sin embargo, vagaba una leve sonrisa maliciosa que mostraba que no sin razón la hermanita fiaba en sus profundos conocimientos.

--Hola, Ramoncillo--dijo acercándose a Maldonado y dándole una palmada en la mejilla con familiaridad--. Siempre tan guapote y tan seductor.

Estas palabras fueron dichas en tono entre afectuoso e irónico, que le sentó muy mal al joven.

--No tanto como tú..., pero en fin, vamos tirando--respondió Ramoncito.

--No, no, tú eres más guapo.... Y si no que lo digan estas niñas.... Un poco flacucho estás, sobre todo desde hace una temporada, pero ya doblarás en cuanto se te pase eso.

--No tiene que pasarme nada.... Ya sé que nunca podré ser de tantas libras como tú--replicó más picado.

--Pues tienes más hierbas.

--Allá nos vamos, chico; no vengas echándotelas de _fanciullo_, porque es muy cursi, sobre todo delante de estas niñas.

--¡Pero hombre, que siempre han de estar ustedes riñendo!--exclamó Pepa Frías--. Acaben ustedes pronto por batirse, ya que los dos no caben en el mundo.

--Donde no caben los dos--le dijo por lo bajo Pinedo--es en casa de Calderón.

--Nada de eso--manifestó Cobo en tono ligero y alegre--. Los amigos más reñidos son los mejores amigos. ¿Verdad, barbián?

Al mismo tiempo tomó la cabeza de Ramoncito con ambas manos y se la sacudió cariñosamente. Este le rechazó de mal humor.

--Quita, quita, no seas sobón.

Cobo y Maldonado eran íntimos amigos. Se conocían desde la infancia. Habían estado juntos en el colegio de San Antón. Luego en la sociedad siguieron manteniendo relaciones estrechas, principalmente en el _Club de los Salvajes_, adonde ambos acudían asiduamente. Como ambos ejercían la misma profesión, la de pasear a pie, en coche y a caballo; como ambos frecuentaban las mismas casas y se encontraban todos los días en todas partes, la confianza era ilimitada. Siempre había habido entre ellos, sin embargo, una graciosa hostilidad, pues Cobo despreciaba a Ramoncito, y éste, que lo adivinaba, manteníase constantemente en guardia. Esta hostilidad no excluía el afecto. Se decían mil insolencias, disputaban horas enteras; pero en seguida salían juntos en coche como si no hubiera pasado nada, y se citaban para la hora del teatro. Maldonado tomaba las cosas de Cobo en serio. Este se gozaba en llevarle la contraria en cuanto decía, hasta que conseguía irritarlo, ponerlo fuera de si. Mas el afecto desapareció en cuanto ambos pusieron los ojos en la chica de Calderón. No quedó más que la hostilidad. Sus relaciones parecía que eran las mismas; reuníanse en el club diariamente, paseaban a menudo juntos, iban a cazar al Pardo como antes. En el fondo, sin embargo, se aborrecían ya cordialmente. Por detrás decían perrerías el uno del otro; Cobo con más gracia, por supuesto, que Ramoncito, porque le tenía, fundada o infundadamente, un desprecio verdadero.

--Vamos, les pasa a ustedes lo que a mi hija y su marido....--dijo la de Frías.

--¡No tanto! ¡no tanto, Pepa!--interrumpió Ramírez afectando susto.

--¡Pero qué sinvergüenza es usted, hombre!--exclamó aquélla tratando de contener la risa, que no cuadraba a su mal humor característico--. Se parecen ustedes en que siempre están regañando y haciendo las paces.

Y se puso a describir con bastante gracia la vida matrimonial de su hija. Lo mismo ella que el marido eran un par de chiquillos mimosos, insoportables. Sobre si no la había pasado el plato a tiempo o no la había echado agua en la copa, sobre los botones de la camisa, o si no cepillaron la ropa, o tenía la ensalada demasiado aceite, armaban caramillos monstruosos. Los dos eran Igualmente susceptibles y quisquillosos. A veces se pasaban seis u ocho días sin hablarse. Para entenderse en los menesteres de la vida se escribían cartitas y en ellas se trataban de usted--. "Asunción me ha pasado un recado diciéndome que vendrá a las ocho para llevarme al teatro. ¿Tiene usted inconveniente en que vaya?"--escribía ella dejándole la carta sobre la mesa del despacho--. "Puede usted ir adonde guste"--respondía él por el mismo procedimiento--. "¿Qué platos quiere usted para mañana? ¿Le gusta a usted la lengua en escarlata?"--"Demasiado sabe usted que no como lengua. Hágame el favor de decir a la cocinera que traiga algún pescado, pero no boquerones como el otro día, y que no fría tanto las tortillas". Ninguno de los dos quería humillarse al otro. Así que, esta tirantez se prolongaba ridículamente, hasta que ella, Pepa, los agarraba por las orejas, les decía cuatro frescas y les obligaba a darse la mano. Luego, en las reconciliaciones, eran extremosos.

--¿Sabe usted, Pepa, que no quisiera estar yo allí en el momento de la reconciliación?--dijo Cobo haciendo alarde nuevamente de su malignidad brutal.

--Tampoco yo, hijo--respondió, dando un suspiro de resignación que hizo reir--. Pero ¡qué quiere usted! Soy suegra, que es lo último que se puede ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras muchas que usted no sabe.

--Me las figuro.

--No se las puede usted figurar.

--Pues, querida, a mí me gustaría muchísimo ver a mis hijos reconciliados. No hay cosa más fea que un matrimonio reñido--dijo la bendita de Mariana con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linfática.

--También a mí ... pero después que pasa la reconciliación--respondió Pepa, cambiando miradas risueñas con Cobo Ramírez y Pinedo.

--¡De qué buena gana me reconciliaría yo con usted, Mariana, del mismo modo que esos chicos!--dijo en voz muy baja el almibarado general Patiño, aprovechando el momento en que la esposa de Calderón se inclinó para hurgar el fuego con un hierro niquelado. Al mismo tiempo, como tratase de quitárselo para que ella no se molestase, sus dedos se rozaron, y aun puede decirse, sin faltar a la verdad, que los del general oprimieron suave y rápidamente los de la dama.

--¡Reconciliarse!--dijo ésta en voz natural--. Para eso es necesario antes estar enfadados y, a Dios gracias, nosotros no lo estamos.

El viejo tenorio no se atrevió a replicar. Rió forzadamente, dirigiendo una mirada inquieta a Calderón. Si insistía, aquella pánfila era capaz de repetir en voz alta la atrevida frase que acababa de decirle.

--Por supuesto--siguió Pepa--que yo me meto lo menos posible en sus reyertas. Ni voy apenas por su casa. ¡Uf! ¡Me crispa el hacer el papel de suegra!

--Pues yo, Pepa, quisiera que fuese usted mi suegra--dijo Cobo, mirándola a los ojos codiciosamente.

--Bueno, se lo diré a mi hija, para que se lo agradezca.

--¡No, si no es por su hija!... Es porque ... me gustaría que usted se metiese en mis cosas.

--¡Bah, bah! déjese usted de músicas--replicó la de Frías medio enojada.

Un amago de sonrisa que plegaba sus labios pregonaba, no obstante, que la frase la había lisonjeado.

Ramoncito volvió a sacar la conversación del teatro Real, la liebre que sale y se corre en todas las tertulias distinguidas de la corte. La ópera, para los abonados, no es un pasatiempo, sino una institución. No es el amor de la música, sin embargo, lo que engendra esta constante preocupación, sino el no tener otra cosa mejor en qué ocuparse. Para Ramoncito Maldonado, para la esposa de Calderón y para otros muchos, los seres humanos se dividen en dos grandes especies: los abonados al teatro Real y los no abonados. Los primeros son los únicos que expresan realmente de un modo perfecto la esencia de la humanidad. Gayarre y la Tosti fueron puestos otra vez a discusión. Los que habían llegado últimamente dieron su opinión, tanto sobre el mérito como sobre la disposición física de los dos cantantes.

Ramoncito se puso a contar en voz baja a Esperanza y a Paz que la noche anterior había sido presentado a la Tosti en su _camerino_. "Una mujer muy amable, muy fina. Le había recibido con una gracia y una amabilidad sorprendentes. Ya había oído hablar mucho de el, de Ramoncito, y tenía deseos vivos de conocerle personalmente. Cuando supo que era concejal, quedó asombrada por lo joven que había llegado a ese puesto. ¡Ya ven ustedes que tontería! Por lo visto, en otros países se acostumbra a elegir sólo a los viejos. De cerca era aún mejor que de lejos. Un cutis que parece raso; una dentadura preciosa; luego una arrogante figura; el pecho levantado y ¡unos brazos!..."

La vanidad hacía a Ramoncito no sólo torpe, porque es regla bien sabida que cuando se galantea a una mujer no debe alabarse con demasiado calor a otra, sino un tantico atrevido dirigiéndose a niñas. Estas se miraban sonrientes, brillándoles los ojos con fuego malicioso y burlón que el joven concejal no observaba.

--Y diga usted Ramón, ¿no se ha declarado usted a ella?--le preguntó Pacita.

--Todavía no--respondió haciéndose cargo ya de la intención burlona de la pregunta.

--Pero se declarará.

--Tampoco. Estoy ya enamorado de otra mujer. Al mismo tiempo dirigió una miradita lánguida a Esperanza. Esta se puso repentinamente seria.

--¿De veras? Cuente usted ... cuente usted.

--Es un secreto

--Bien, pero nosotras lo guardaremos.... ¿Verdad Esperanza que tú no dirás nada?

Y la escuálida chiquilla miraba maliciosamente a su amiga gozándose en su mal humor y en la inquietud de Ramoncito.

--Yo no tengo gana de saber nada.

--Ya lo oye usted, Ramón. Esperanza no tiene gana de oir hablar de sus novias. Yo bien sé por qué es, pero no lo digo....

--¡Qué tonta eres, chica!--exclamó aquélla con verdadero enojo.

El joven concejal quedó lisonjeado por tal advertencia que venía de una amiga íntima. Creyó, sin embargo, que debía cambiar la conversación a fin de no echar a perder su pretensión, pues veía a Esperanza seria y ceñuda.

--Pues no crean ustedes que es tan difícil declararse a la Tosti y que ella responda que sí.... Y si no ... ahí tienen ustedes a Pepe Castro, que puede dar fe de lo que digo.

--Es que Pepe Castro no es usted--manifestó la niña de Calderón con marcada displicencia.

Maldonado cayó de la región celeste donde se mecía. Aquella frase punzante dicha en tono despreciativo le llegó al alma. Porque cabalmente la superioridad de Pepe Castro era una de las pocas verdades que se imponían a su espíritu de modo incontrastable. Pudiera ofrecer reparos a la de Hornero, pero a la de Pepito, no. La seguridad de no poder llegar jamás, por mucho que le imitase, al grado excelso de elegancia, despreocupación, valor desdeñoso y hastío de todo lo creado, que caracterizaba a su admirado amigo, le humillaba, le hacía desgraciado. Esperanza había puesto el dedo en la llaga que minaba su preciosa existencia. No pudo contestar; tal fué su emoción.

Clementina estaba triste, inquieta. Desde que había entrado en casa de su cuñada, buscaba pretexto para irse. Pero no lo hallaba. Era forzoso resignarse a dejar transcurrir un rato. Los minutos le parecían siglos. Había charlado unos momentos con la marquesa de Alcudia, mas ésta la había dejado en cuanto entró el padre Ortega. Su cuñada estaba secuestrada por el general Patiño, que le explicaba minuciosamente el modo de criar a los ruiseñores en jaula. Las dos chicas de Alcudia que tenía al lado parecían de cera, rígidas, tiesas, contestando por monosílabos a las pocas preguntas que las dirigió. Una sorda irritación se iba apoderando poco a poco de ella. Dado su temperamento, no se hubieran pasado muchos minutos en echar a rodar todos los miramientos y largarse bruscamente. Alas al oir el nombre de Pepe Castro levantó la cabeza vivamente y se puso a escuchar con ávida atención. La reticencia de Ramoncito la puso súbito pálida. Se repuso no obstante en seguida, y, entrando en la conversación con amable sonrisa, dijo:

--Vaya, vaya, Ramón; no sea usted mala lengua.... ¡Pobres mujeres en boca de ustedes!

--No se habla mal sino de la que lo merece, Clementina--respondió éste animado por el cable que impensadamente recibía.

--De todas hablan ustedes. Me parece que su amiguito Pepe Castro no es de los que se muerden la lengua para echar por el suelo una honra.

--Clementina, hasta ahora no le he cogido tras de ninguna mentira. Todo Madrid sabe que es hombre de mucha suerte con las mujeres.

--¡No sé por qué!--replicó con un mohín de desdén la dama.

--Yo no soy inteligente en la hermosura de los hombres--manifestó el joven riendo su frase--, pero todos dicen que Pepito es guapo.

--¡Ps!... Será según el gusto de cada cual ... y que me dispense Pacita, que es su pariente. Yo formo parte de esos _todos_ y no lo digo.

--La verdad es--apuntó Esperancita tímidamente--que Pepito no pasa por feo.... Luego, es muy elegante y distinguido, ¿verdad tú?

Y se dirigió a Pacita, poniéndose al mismo tiempo levemente colorada.

Clementina le dirigió una mirada penetrante que concluyó de ruborizarla.

--¿De qué se habla?--preguntó Cobo Ramírez acercándose al corro.

Casi nunca se sentaba en las tertulias. Le placa andar de grupo en grupo, resollando como un buey, soltando alguna frase atrevida en cada uno. La faz de Ramoncito se nubló al aproximarse su rival. Este no dejó de notarlo y le dirigió una mirada burlona.

--Vamos, Ramoncillo, dí; ¿cómo te arreglas para tener tan animadas a las damas? Me acaba de decir Pepa que vas echando ingenio.

--No, hombre; ¿cómo voy a echarlo si lo tienes tú todo?--profirió con irritación el concejal.

--Vaya, chico, si es que te azaras porque yo me acerco, me voy.

Una sonrisa irónica, amarga y triunfal al mismo tiempo, dilató el rostro anguloso de Ramoncito. Había cogido a su enemigo en la trampa. Ha de saberse que pocos días antes averiguó casualmente, por medio de un académico de la lengua, que no se decía _azararse_, sino _azorarse_.

--Querido Cobo--dijo echándose hacia atrás con la silla y mirándole con fijeza burlona--. Antes de hablar entre personas ilustradas, creo que debieras aprender el castellano.... Digo ... me parece....

--¿Pues?--preguntó el otro sorprendido.

--No se dice azarar, sino _azorar_, queridísimo Cobo. Te lo participo para tu satisfacción y efectos consiguientes.

La actitud de Ramoncito al pronunciar estas palabras era tan arrogante, su sonrisa tan impertinente, que Cobo, desconcertado por un momento, preguntó con furia:

--¿Y por qué se dice azorar y no azarar?

--¡Porque sí!... ¡Porque lo digo yo!... ¡Eso!...--respondió el otro sin dejar de sonreír cada vez con mayor ironía y echando una mirada de triunfo a Esperanza.

Se entabló una disputa animada, violenta, entre ambos. Cobo se mantuvo en sus trece sosteniendo con brío que no había tal _azorar_, que a nadie se lo había oído en su vida y eso que estaba harto de hablar con personas ilustradas. El joven y perfumado concejal le respondía brevemente sin abandonar la sonrisilla impertinente, seguro de su triunfo. Cuanto más furioso se ponía Cobo, más se gozaba en humillarle delante de la niña por quien ambos suspiraban.

Pero la decoración cambió cuando Cobo irritadísimo, viéndose perdido, llamó en su auxilio al general Patiño.

--Vamos a ver, general, usted que es una de las eminencias del ejército, ¿cree que está bien dicho azorarse?

El general, lisonjeado por aquella oportuna dedada de miel, manifestó dirigiéndose a Maldonado en tono paternal:

--No, Ramoncito, no: está usted en un error. Jamás se ha dicho en España azorar.

El concejal dió un brinco en la silla. Abandonando súbito toda ironía, echando llamas por los ojos, se puso a gritar que no sabían lo que se decían, que parecía mentira que personas ilustradas, etc., etc.... Que estaba seguro de hallarse en lo cierto y que inmediatamente se buscase un diccionario.

--El caso es, Ramoncito--dijo D. Julián rascándose la cabeza--, que el que había en casa hace ya tiempo que ha desaparecido. No sé quién se lo ha llevado.... Pero a mí me parece también, como al general, que se dice azarar....

Aquel nuevo golpe afectó profundamente a Maldonado, que, pálido ya, tembloroso, lanzó con voz turbada un último grito de angustia.

--¡Azorar viene de _azor_, señores!

--¡Qué azor ni qué coliflor, hombre de Dios!--exclamó Cobo soltando una insolente carcajada--. Confiesa que has metido la patita y dí que no lo volverás a hacer.