La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Part 27

Chapter 27 3,844 words Public domain Markdown

Ramoncito Maldonado se hallaba en el otro coche acompañando a Esperancita, a su madre y a otras damas y damiselas a quienes tenía el decidido propósito de encantar con su plática. Les contaba, esforzándose en dar a su palabra un giro parlamentario, ciertos curiosos incidentes de las últimas sesiones del Ayuntamiento. Manejaba ya perfectamente todos los lugares comunes de la oratoria municipal y conocía hasta lo más profundo el tecnicismo reglamentario. Hablaba de _orden del día, votos de confianza, particulares, nominales, secretos, proposiciones incidentales, previas, y de no ha lugar a deliberar, interpelaciones, preguntas_, etc., etc., como si fuese el inventor de este aparato maravilloso del ingenio humano. Conocía ya las Ordenanzas municipales como si las hubiese parido. Trataba las cuestiones de aforos, rasantes, alcantarillado, decomisos, etc., etc., que daba gloria oirle. Finalmente, como hombre desmedidamente ambicioso que era, se había metido en una conjuración contra el alcalde, de la cual pensaba sacar su nombramiento de individuo de la comisión de paseos públicos. Hacía ya tiempo que sostenía una lucha sorda, pero terrible, con Pérez, otro concejal no menos ambicioso, para obtener este puesto, en el cual sus grandes dotes de innovador podrían brillar espléndidamente. El Retiro, Recoletos, la Castellana, el Campo del Moro esperaban un redentor que les diese nueva y deslumbrante vida, y este redentor no podía ser otro que Maldonado. En el fondo de su cerebro, entre otros mil proyectos portentosos, había uno audacísimo que no se atrevía a comunicar a nadie, pero que incubaba con particular cariño, resuelto a luchar por él hasta el fin de sus días. Este proyecto era nada menos que el de trasladar la fuente de Apolo del Prado al centro de la Puerta del Sol. ¡Y que un mercachifle indigno como Pérez, de criterio estrecho, sin gusto y sin estética, se atreviese a disputarle el puesto!

Cuando más embebido estaba, dando cuenta de la habilísima intriga que habían urdido para dar un voto de censura al alcalde, Cobo ¡su eterno estripacuentos! acercóse al grupo, y después de escuchar un momento, le atajó diciendo:

--Vaya, Ramón, no te des tono. Ya sabemos que en el Ayuntamiento no representas nada. González te lleva por las narices adonde le da la gana.

Fué aquél un golpe rudo para Maldonado. Considérese que estaba delante de Esperancita y de otra porción de señoras y señoritas. Tan rudo fué que le aturdió como si le hubiesen dado en la frente con una maza. Se puso lívido, sus labios temblaron antes de poder articular una palabra. Por fin, dijo con voz alterada:

--¿A mí González?... ¿Por las narices? ¡Estás loco!... A mí no me lleva nadie por las narices ... y mucho menos González.

Pronunció las últimas palabras con afectado desprecio. Negó a González por la misma razón que San Pedro negó a su Maestro, por el pícaro orgullo. La conciencia le decía que faltaba a la verdad, aunque no cantase el gallo. González era el _leader_ de la minoría municipal, y Ramoncito le tenía en el fondo del alma una gran veneración.

--¡Anda, anda! ¡si querrás negarme que González te maneja como un maniquí! ¡Estaríais buenos los disidentes si no fuese por él!

Ramoncito recobró súbito el uso de la palabra, y tan plenamente que pronunció más de mil en pocos minutos, con ímpetu feroz, soltando espumarajos de cólera. Rechazó como debía aquella absurda especie del maniquí y explicó cumplidamente la significación que González tenía dentro del municipio y la posición que él mismo ocupaba. Pero lo hizo con tal exaltación y ademanes tan descompuestos que las damas le contemplaban sorprendidas y risueñas.

--¡Pero este Ramoncito qué genio tiene!... ¡Quién lo diría!... Vamos, Cobo, no le maree usted más, que puede ponerse malo.

La compasión de las señoras le llegó al alma al enfurecido concejal. Callóse de pronto, y crujiendo los dientes de un modo lamentable, se encerró lo menos por una hora en un silencio digno y temeroso.

En una estación secundaria, en medio de campos yermos y dilatados que formaban, como el mar, horizonte, se detuvo el tren para que los viajeros pudiesen almorzar. Los criados del duque, enviados delante, lo tenían todo preparado a este fin. Ramoncito se convirtió en caballero _servant_ de Esperancita. Esta se dejaba obsequiar con semblante benévolo, lo cual le tenía medio loco de alegría. La razón de esta condescendencia era que Pepe Castro no había venido por mandato expreso de su tía la marquesa de Alcudia. Las negociaciones matrimoniales, llevadas con gran sigilo, exigían cada vez más prudencia. Como Maldonado era tan íntimo amigo del dueño de su corazón, Esperancita sentía cierto deleite teniéndole a su lado. Al mismo tiempo evitaba que le fuesen llevando cuentos sobre si hablaba con el conde de Agreda o con Cobo. ¡Pobre Ramón! ¡Cuán ajeno estaba de estas complicadas psicologías!

Montaron de nuevo en el tren. Siguieron caminando al través de llanuras interminables, amarillentas, sin que a ninguno se le ocurriese enderezar hacia el paisaje los magníficos gemelos ingleses. Y llegaron a Riosa poco antes del oscurecer. Las minas de Riosa están situadas en el centro de dos cumbres poco elevadas, estribaciones de una famosa sierra. Rodéanlas por todas partes terrenos ásperos, lomas y colinas de escasa elevación, donde abundan, no obstante, las quebraduras y asperezas que le dan aspecto triste y siniestro. Entre aquellas dos cumbres hay una villa edificada desde la más remota antigüedad. Nuestros viajeros no llegaron a ella. Detuviéronse dos kilómetros más atrás, en un burgo denominado Villalegre, donde los ingenieros y empleados habían situado su domicilio para sustraerse a las emanaciones mercuriales y sulfurosas que envenenan lentamente, no sólo a los mineros, sino a los vecinos de Riosa. Se hallaba separado de ésta por una colina y ofrece, con la villa de las minas, notable contraste. Riega sus terrenos un riachuelo y lo fecunda y lo convierte en ameno jardín, donde crecen en abundancia los lirios silvestres, el jazmín y el heliotropo y sobre todo las rosas de Alejandría, que han tomado allí carta de naturaleza como en ninguna otra región de España. Los aromas penetrantes del tomillo y del hinojo embalsaman y purifican el ambiente. Lo mejor y más florido de estos terrenos pertenecía a la Compañía. Separada de la aldea como unos trescientos pasos y en el centro de un parque se levanta soberbia fábrica de piedra. Es la habitación del director y el centro administrativo de las minas. No lejos, diseminados a uno y otro lado, hay unos cuantos pabelloncitos con su jardín enverjado. Moran allí algunos empleados de la administración y algunos facultativos, aunque los más de éstos tienen su domicilio en Riosa.

Villalegre no tiene estación. El tren se detuvo cerca de la carretera que va a la capital de la provincia. Allí les esperaban algunos coches que los condujeron en diez minutos al palacio de la Dirección. A la puerta del parque y en las inmediaciones había una muchedumbre que saludó a la comitiva con vivas apagados. Eran los obreros, los que no estaban de tarea, a quienes el director había hecho venir desde Riosa con tal objeto. Todos ellos tenían la tez pálida, terrosa, los ojos mortecinos: en sus movimientos podía observarse, aun sin aproximarse mucho, cierta indecisión que de cerca se convertía en temblor. La brillante comitiva llegó a tocar aquella legión de fantasmas (porque tales parecían a la luz moribunda de la tarde). Los ojos de las hermosas y de los elegantes se encontraron con los de los mineros, y si hemos de ser verídicos, diremos que de aquel choque no brotó una chispa de simpatía. Detrás de la sonrisa forzada y triste de los trabajadores, un hombre observador podía leer bien claro la hostilidad. El cortejo de Salabert atravesó en silencio por medio de ellos, con visible malestar, los rostros serios, y con cierta expresión de temor. Las damas se apretaron instintivamente contra los caballeros. Al entrar en el parque murmuraron algunas: "¡Dios mío, qué caras!" Ellos respiraron con satisfacción al verse libres de aquellas miradas profundas y misteriosas. Sólo Rafael Alcántara se atrevió a responder con una chanzoneta:

--Verdad. El pueblo soberano no anda por aquí muy bien de fisonomía.

El director presentó a Salabert los empleados. Los facultativos eran casi todos extranjeros, tipos rubios y sonrosados que nada ofrecían de particular. Menos aún los administrativos. El único que llamaba un poco la atención entre ellos era un joven delgado y pálido, con fino bigote negro, cuyos ojos negros y duros se fijaban con tal decisión en los convidados que rayaba en insolencia. Sin saber por qué, los que cambiaban con él una mirada se sentían molestos y separaban prontamente la vista. El director lo presentó como el médico de las minas.

Los invitados tenían sus habitaciones preparadas, unos en el edificio de la dirección (los de más cuenta, por lo que pudo verse), otros en los pabelloncitos adyacentes. Cuando hubieron reposado un instante, todos se trasladaron al gran salón del director, y desde allí, en procesión solemne, las damas cogidas del brazo de los caballeros, a la vasta sala de oficinas que se había habilitado para comedor. Fué una comida espléndida la que el duque les ofreció. No se echó menos ninguno de los refinamientos de los comedores aristocráticos, ni en el lujo de la vajilla, ni en el aderezo de los platos, ni en la corrección del servicio. Mientras comían, el vasto parque se iluminó a la veneciana. Al levantarse de la mesa todos corrieron a admirar desde los balcones el golpe de vista, que era magnífico, deslumbrador. Una orquesta, oculta en uno de los grandes cenadores, tocaba con brío aires nacionales. Lo mismo damas que caballeros, empujados por el calor que era sofocante, atraídos también por la belleza del espectáculo, salieron de casa y se diseminaron por los jardines. Los pollos consiguieron llevar a algunas muchachas hasta las inmediaciones del cenador, donde estaba la orquesta, y se pusieron a bailar. Cobo Ramírez, acercándose al grupo, les gritó:

--¿Sabéis lo que pareceis, chicos? Viajantes de comercio en el soto de _Migascalientes_.

Este parecido debió de llegarles a lo más vivo del alma. El baile perdió su encanto para aquellos jóvenes ilustres, y no tardó en extinguirse. Pero como la inspiración de Terpsícore ardía en sus corazones, tomaron el acuerdo de trasladarse al salón y allí continuaron rindiéndole culto, libre la conciencia de aquel horrible peso que Cobo les había echado.

La fiesta nocturna no dejó de ser grata. Hubo muy lindos fuegos de artificio traídos de Madrid. Las damas y los caballeros discurrían por los caminos enarenados aspirando con delicia el fresco de la noche, embalsamado por los aromas de las flores. Sólo había un punto negro en aquella deliciosa velada. Al aproximarse a la verja vislumbraban a la muchedumbre de obreros, mujeres y niños que habían acudido de Riosa al ruido de la fiesta. Eran los mismos rostros pálidos, los ojos tristes, sonreír, que les habían saeteado al entrar. Así que, procuraban no llegar hasta las lindes, mantenerse en los caminos y glorietas del centro. Sólo Lola Madariaga, que se enorgullecía de ser muy caritativa y era presidenta, secretaria y tesorera de tres sociedades de beneficencia, respectivamente, fué la única que se aventuró a hablar con ellos y aun esparció algunas monedas de plata. Pero de la oscuridad partieron al cabo frases obscenas, algunos insultos que la obligaron a retirarse. El conde de Cotorraso montó en cólera al saberlo:

--¡Y piden libertades y derechos para estos beduínos! Que los hagan honrados, agradecidos, decentes ... y luego hablaremos.

Por la misma ley de afinidad electiva de que hemos hablado más arriba, Raimundo se encontró paseando con un personaje que se despegaba un poco del resto de aquella sociedad. Era un caballero de cincuenta a sesenta años, bajo, delgado, con bigote y perilla canosos, ojos saltones y distraídos, resguardados por gafas. Llamábase D. Juan Peñalver. Era catedrático de Filosofía en la Universidad y había sido ministro. Gozaba fama de sabio, con justicia, y de una respetabilidad que pocos habían alcanzado en España. Por esta razón los jóvenes salvajes le miraban con hostilidad y afectaban tratarle con cierta familiaridad desdeñosa. Es evidente que no hay nada que moleste tanto a los salvajes como la Filosofía. Luego la superioridad intelectual, la gloria que rodeaba a Peñalver hería su orgullo. El no advertía este desdén. Tenía un carácter jovial, afectuoso, y sobre todo muy distraído. Era incapaz de fijarse en los diversos matices del trato social, que apenas cultivaba desde que se había retirado de la política para consagrarse exclusivamente a la ciencia. Había formado parte de aquella excursión por complacer a su cuñado Escosura, que poseía un número considerable de acciones en la mina. Ultimamente se había consagrado con ardor al estudio de las ciencias naturales, de donde partían los tiros más certeros contra la metafísica idealista a que él había consagrado su vida. Al tropezarse casualmente con un joven tan entendido en ellas como Raimundo, sintió un verdadero placer. Aquella sociedad le aburría espantosamente. Tomóle del brazo, y sin reparar en si le molestaba o no, se puso a charlar animadamente de Fisiología.

Raimundo se hallaba en un momento de tristeza y desmayo. Hacía tiempo que observaba que Escosura tenía proyectos amorosos respecto a Clementina. La festejaba con todo descaro donde quiera que la veía, afectando desconocer sus relaciones, sin reparar siquiera en él. Este Escosura era física y moralmente lo contrario de su cuñado Peñalver. Alto y corpulento, de pecho levantado y facciones pronunciadas, rico, hombre de cuenta en la política, orador fogoso, de una voz tan sonora y descomunal que, según sus enemigos, a ella debía la mayor parte de sus éxitos parlamentarios. Tendría unos cuarenta años. No había sido aún ministro, pero se contaba que lo fuese en plazo muy breve. Clementina había rechazado repetidas veces sus instancias. Raimundo lo sabía y estaba orgulloso de este triunfo. Sin embargo, no podía arrancar de sí cierta inquietud cada vez que le veía hablando con ella como en este momento. Estaban sentados, en una de las glorietas con otras varias personas y charlaban animadamente aparte. Cada vez que pasaba por delante de ellos con Peñalver, su corazón se encogía: apenas entendía ni escuchaba siquiera las sabias disquisiciones que su ilustre compañero le iba vertiendo en el oído. Clementina comprendió por sus miradas angustiosas lo que estaba sufriendo, y después de aguardar malignamente un rato (que en esto todas son iguales), se levantó al cabo y vino hacia ellos sonriente:

--¿Qué conspiran los sabios?

--Hágamelo usted bueno--respondió con sonrisa modesta el joven--. Aquí no hay más sabio que el señor.

--Pues el señor se va a poner cátedra a la condesa de Cotorraso, que desea hablar con él, y usted se viene conmigo a ver una catedral gótica que el pirotécnico va a quemar ahora mismo--dijo colgándose con desenfado del brazo de su amante.

Alcázar se sintió feliz. No quiso informarla de la pena que había sentido hacia un momento, porque otras veces que lo hizo padeció doblemente: Clementina le respondía en un tono ligero y burlón que le hería en lo vivo del pecho. Contemplaron la maravillosa catedral de fuego hasta que se extinguió. La dulce presión del brazo de la hermosa, aquel suave perfume, siempre el mismo, que exhalaba de su gentil persona, enajenaban al joven entomólogo, ya predispuesto a enternecerse por la prueba de cariño que su amada acababa de darle. Esta, que le conocía perfectamente, al sentir que le oprimía con más fuerza el brazo, le miró a la cara con fijeza, segura de encontrar lágrimas en sus ojos. En efecto, Raimundo lloraba silenciosamente. Al verse sorprendido sonrió avergonzado.

¡Siempre tan chiquillo!--exclamó ella riendo y dándole un cariñoso tironcito--. Razón tiene Pepa en decir que pareces una colegiala del Sagrado Corazón. Vamos a pasear, que pueden fijarse en ti.

Dieron una vuelta por las calles más solitarias del jardín. Desde uno de los rincones se veía un trozo de paisaje bastante singular. La luna iluminaba de lleno la crestería de la colina más próxima, la que separaba a Villalegre de Riosa y la hacía aparecer como las ruinas de un castillo. Clementina quiso cerciorarse de la verdad. Salieron por una de las puertas de atrás, despejadas de gente, y se aproximaron lentamente a la colina. Esta en la cumbre se hallaba desnuda de vegetación, erizada en cambio de pedruscos de formas caprichosas que le daban aspecto de un montón de ruinas. Necesitábase estar muy cerca de ella para no equivocarse. Cuando la dama hubo satisfecho su capricho, dieron la vuelta al parque para entrar por la puerta contraria. Por aquella parte ya se veían algunos grupos de personas. Antes de llegar a la verja, en un rincón del camino oscurecido por la sombra de algunos árboles, los pies de Clementina tropezaron con un objeto que por poco la hace caer. Dió un grito: se le figuró que el obstáculo era el de un cuerpo humano. Raimundo sacó un fósforo, y en efecto, reconocieron que era un chico de diez a doce años el que allí estaba tirado. Pusiéronle en pie. El muchacho abrió los ojos y les miró con espanto. Luego, como por súbita inspiración, se apoderó del bastón que Alcázar traía en la mano y comenzó a moverlo cadenciosamente a un lado y a otro como si desempeñase una tarea difícil. Clementina y su amante le contemplaban llenos de asombro sin poder darse cuenta de lo que aquello significaba. Algunos obreros se acercaron. Uno soltó la carcajada exclamando:

--¡Si es uno de los chicos de la bomba! ¡Dale, dale, niño, que está duro!

Los otros también soltaron a reir brutalmente y comenzaron a animar al pobrecito sonámbulo.

--¡Duro, duro!... ¡Anda con ello!... ¡Más fuerte, chico, que no sube el agua!

El desdichado niño, con las voces, redoblaba sus esfuerzos imaginarios moviéndose cada vez con mayor velocidad. Era una criatura enteca, de rostro pálido: con el sueño estaba desencajado. Sus cabellos negros revueltos, erizados, le daban aspecto de aparecido. La alegría salvaje de los obreros ante aquel cuadro lastimoso produjo penosa impresión en Raimundo. Cogió al niño entre los brazos, lo sacudió un poco hasta que logró hacerle despertar, le besó en la frente con afecto, y sacando un duro del bolsillo se lo entregó, alejándose después con Clementina. Cesó la algazara de los obreros. Uno dijo con tonillo de envidia:

--¡Anda, que hoy poco trabajo te ha costado ganarte el jornal!

A la una de la noche los convidados de Salabert se retiraron a descansar. Estaba en el programa que a las nueve de la mañana se reuniesen todos en el salón para ir desde allí a visitar los trabajos y la mina. Y se cumplió, no estrictamente, porque en España esto no puede suceder, pero sí con una hora de diferencia. A las diez salió la comitiva, bastante mermada por supuesto, en coche para Riosa. Apeáronse a la entrada de la villa y la atravesaron por el medio, produciendo, como es consiguiente, no poca turbación en ella. Las mujeres salían a las puertas y ventanas contemplando con ansia y curiosidad aquel brillante cortejo de damas y caballeros ataviados con trajes que no habían visto en su vida. Lo mismo que sus esposos, hijos y hermanos, el color de aquellas mujeres era pálido, enfermizo, sus facciones menudas, su mirada lánguida, sus manos y sus pies pequeños. Al pasar vieron también algunos hombres atacados de fuerte temblor.

--¿Qué es eso? ¿Por qué tiemblan así esos hombres?--preguntó asustada Esperancita.

--Son _modorros_--le respondió un empleado.

--¿Y qué son modorros?

--Los que enferman por trabajar en la mina.

--¿Y enferman muchos?

Todos--dijo el médico que había oído la pregunta--. El temblor mercurial ataca a cuantos bajan a la mina.

--¿Y por qué bajan?--preguntó cándidamente la niña.

--Por manía--repuso el médico sonriendo--. Yo creo que vale mucho más respirar el aire fresco, que no el de allá abajo.

--¡Claro! Yo sería cualquier cosa antes que minero.

Desembocaron al fin en una plaza o plazoleta, en el centro de la cual trabajaban algunos obreros levantando un artístico pedestal de mármol.

--Es el pedestal para la estatua del señor duque--dijo el director de las minas en voz alta.

--¡Ah! ¿Con qué van a colocar ahí su estatua, duque?--exclamaron unos cuantos rodeando al prócer.

Este se encogió de hombros haciendo un gesto de desprecio.

--No sé. Es una payasada que se le ha ocurrido al casino de los mineros.

--¡Oh, no, señor duque!--exclamó el director, a quien realmente correspondía la iniciativa, aunque por encargo de Llera sugestionado a su vez por el duque--. ¡Oh, no! El pueblo de Riosa quiere dar una prueba de respeto y gratitud a su decidido protector, al que en circunstancias críticas no ha vacilado en exponer un enorme capital comprando este desacreditado establecimiento y salvándolo de la ruina.

--¡Qué hermoso es hacer bien!--exclamó Lola Madariaga con voz conmovida, posando en Salabert con admiración sus dulcísimos ojos.

Todos le felicitaron, aunque muchos de ellos sabían a qué atenerse respecto a aquel admirable desprendimiento. Examinaron un momento las obras y siguieron después su marcha hacia el establecimiento minero.

Este se halla situado a la salida misma de la villa. Al exterior ofrecía el aspecto de una pequeña fabricación con algunas chimeneas que despedían humo negro. No daba idea de su importancia colosal. La comitiva entró y recorrió los cercos donde se ejecutan los trabajos auxiliares de la minería, donde se hallan además la mayor parte de las dependencias, carpintería, cerrajería, sala y gabinete de los ingenieros, etc. Lo que les llamó vivamente la atención fué el aspecto triste, enfermizo, de los operarios. Todos estaban marcados con un sello de decrepitud, que obligó a la condesa de Cotorraso a decir de pronto:

--Aquí, al parecer, no trabajan más que los viejos.

El director sonrió.

--Parecen viejos; pero no lo son, señora.

--¡Pero si todos tienen la piel arrugada, los ojos hundidos y apagados!...

--No importa; ninguno de ellos llega a cuarenta años. Los que trabajan aquí son mineros que ya no pueden bajar. Los empleamos en el exterior, aunque con menos sueldo.

--¿Y se necesita estar mucho tiempo en la mina para ponerse así?--preguntó Ramoncito.

--Poco, poco--murmuró el director; y añadió después:--Ahí donde ustedes les ven, todavía se me escapan al menor descuido a la mina.... ¡El jornal de fuera es tan pequeño!

--¿Cuánto ganan?

--Una peseta.... El máximum una cincuenta.

Penetraron en seguida en el cerco de destilación. El duque iba delante con los ingenieros ingleses encargados de proponerle las reformas necesarias para dar impulso al establecimiento. En este cerco se encuentran los hornos y grandes depósitos de cinabrio. Visitaron los almacenes de azogue y el sitio donde se pesa. Todos los operarios temblaban más o menos y ofrecían las mismas señales de decrepitud.

El director les propuso ir a ver el hospital. Algunos mostraron repugnancia; pero Lola Madariaga, que no perdía ocasión de exhibir sus sentimientos benéficos, rompió la marcha y la siguieron la mayor parte de las señoras y algunos caballeros. Otros se quedaron. El duque prescindió por un rato de sus convidados, escuchando atentamente a los ingenieros, que le iban apuntando lo que pensaban acerca del negocio.