La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.
Part 26
--Déjalo de mi cuenta. Haré lo posible por arreglarlo.... Pero es necesario que me prometas no dar un paso sin consultarme. Es un negocio diplomático que hay que llevar con prudencia y habilidad.
--Prometido, tía.
--Sobre todo, con la niña mucho cuidado.... No me la alarmes.
--Haré lo que usted me mande.
Pocos momentos después salían ambos del despacho y entraron en el salón, donde ya había algunas personas de fuera. Durante la Cuaresma la marquesa de Alcudia recibía a sus amigos en las tardes de los viernes, dedicándose con ellos a la oración y a las prácticas religiosas. Estaban allí ya la marquesa de Ujo y su hija, siempre con las sayas a media pierna, el general Patiño, Lola Madariaga y su marido, Clementina Salabert con su dama de compañía Pascuala y otras varias personas, entre ellas el padre Ortega. Como en realidad a él le correspondían los honores de la tarde y era el director de la fiesta, todos le rodeaban formando grupo en medio del salón. Pero todos hablaban en voz más alta que él. La palabra del ilustrado escolapio era siempre suave, apagada, como si jamás saliese de la sala de un enfermo. Cuando él hablaba, sin embargo, establecíase el silencio en el grupo, se le escuchaba con placer y veneración. La marquesa, al acercarse, le besó la mano rendidamente y le preguntó con interés por el catarro que hacía días padecía.
--¿Pero está usted acatarrado, padre?--preguntaron a la vez muchas señoras.
--Un poquito nada más--respondió el sacerdote sonriendo dulcemente.
--Un poquito, no; bastante. Ayer no cesaba usted de toser en San José--dijo la marquesa.
Y se puso a dar cuenta de la dolencia del padre con solicitud y minuciosidad, no omitiendo ningún pormenor que pudiese contribuir a esclarecer tan importante punto. El clérigo sonreía, con los ojos en el suelo, diciendo en voz baja:
--No la hagan ustedes caso. La señora marquesa es muy aprensiva. Verán ustedes cómo resulto en último grado de tisis.
--Padre, hay que cuidarse ... hay que cuidarse.... Usted trabaja demasiado.... Por el bien mismo de la religión debe usted cuidarse.
Todos se apresuraban a aconsejarle con afectuoso interés. Una señorita de treinta y siete años, muy correosa y espiritada, que se confesaba con él, llegó a decir entre burlas y veras:
--Padre, ¡qué sería de mí si usted se muriese!
Lo cual hizo reir a los circunstantes y pareció molestar un poco al correcto sacerdote. La marquesa quiso prohibirle que pronunciase aquella tarde la plática de costumbre; pero él se negó rotundamente a ello.
En esto fueron entrando otras muchas personas en el salón. Llegaron Mariana Calderón y su hija Esperanza, los condes de Cotorraso, Pepa Frías y su hija Irene. Esta última traía el semblante pálido y ojeroso: como que salía de la cama donde había estado algunos días retenida por una afección nerviosa. Ya que estuvo poblado, la marquesa les invitó a pasar al oratorio y así lo hicieron. Las señoras se colocaron cerca del altar, donde todas tenían preparados sendos y lujosos reclinatorios: los caballeros permanecieron detrás y sólo tenían un almohadón de terciopelo para arrodillarse. Comenzó la sesión rezando todos el Rosario detrás del padre Ortega. Las señoras lo hicieron con una compostura y un recogimiento que edificaba: las ebúrneas manos, donde los diamantes y esmeraldas lanzaban destellos, cruzadas humildemente; la hermosa cabeza hundida en el pecho. Estaban irresistibles. Aunque no fuese más que por galantería, el Supremo Hacedor estaba obligado a concederles lo que pedían. No era la menos humilde, la menos bella y edificante, Pepa Frías. La mantilla negra iba admirablemente a sus cabellos rubios y a su tez blanca y sonrosada. Lo mismo decimos de Clementina Salabert, que era más esbelta, más delicada de facciones y que no le cedía nada en la tersura y brillo de la tez. Aquellas actitudes lánguidas y artísticas que las damas adoptaban, debían de estar destinadas a mover la Voluntad Divina. Pero como un fin enteramente secundario también tenían por objeto la edificación de los fieles salvajes que las contemplaban. Y si por casualidad hubiese entre ellos algún librepensador ¡qué confusión y vergüenza se apoderarían de su ánimo al ver que el Señor tenía de su lado a lo más distinguido y elegante de la _high life_ madrileña!
Terminado el Rosario, dos de las más espirituales tertulianas subieron a la pequeña tribuna acompañadas de un salvaje barítono y de otro que tecleaba el piano y cantaron uno de los más preciosos números del _Stabat Mater_ de Rosini. Al escucharles todas aquellas almas místicas sintieron la nostalgia del teatro Real, de la Tosti y de Gayarre. Se confesaron con dolor que si en el Paraíso celeste había tantos inteligentes como en el de la plaza de Isabel II, la _pita_ que en aquel instante estaban dando a sus amiguitos debía de ser monumental. A seguida del canto vino la plática o conferencia del padre Ortega. Acomodóse el sabio escolapio en un rico sillón de ébano y marfil en el centro de la capilla. Rodeáronle las señoras sentadas en sillitas y cojines; acercáronse los caballeros formando en segunda fila. Después de meditar unos minutos para recoger las ideas, comenzó a exponer con voz suave y palabra lenta y solemne algunas consideraciones acerca de la familia cristiana. Ya sabemos que el padre Ortega era un sacerdote a la altura de la civilización contemporánea. Al hablar de la familia estuvo profundo y elocuente. Para el padre Ortega lo que constituía la familia era el respeto y el amor a la tradición, el respeto y el amor a los antepasados. "La familia es una tradición; tradición de glorias, de nombres, de honores, de virtudes y de recuerdos; y todo eso significa una misma cosa; amor, estimación y respeto a los mayores, es decir, a lo más generoso y conservador que hay en la familia". Con este motivo el conferenciante tronó contra la revolución, contra ese viento que sopla del infierno para destruir todo lo antiguo y glorificar lo nuevo, contra ese desprecio bárbaro de las costumbres, de las leyes, de las instituciones, de las glorias de nuestros antepasados. "La revolución lleva escrito en su bandera: _desprecio a los mayores_. ¿Cómo no, si las creencias antiguas, las costumbres antiguas, las instituciones antiguas, las aristocracias antiguas, a pesar de lo que en ellas, como en todo lo humano, puede echarse de menos, representan el trabajo de nuestros antepasados, la inteligencia, la gloria, el alma, la vida y el corazón de nuestros padres? Y siendo así, ¿cómo la ciencia revolucionaria que lanza sobre todas las cosas antiguas sus estúpidos desdenes, no había de lanzar también sobre los antepasados sus groseros desprecios?" Un principio de disolución de la familia es el ataque que se dirige por las escuelas revolucionarias a la propiedad. Esta agresión no sólo es un atentado directo contra la sociedad, sino que es un atentado todavía más directo contra la familia. "La propiedad, la herencia y el patrimonio, ¿qué son sino el culto de los antepasados y el amor a los hijos? La propiedad es el presente, el pasado y el porvenir de la familia; es el lugar donde crece y se dilata en el tiempo; es el suelo que aseguraron los abuelos que se van, puesto hoy bajo las plantas de la posteridad que se eleva bendiciéndolos".
Cerca de una hora estuvo el sabio escolapio asentando sobre sólidas bases la existencia de la familia cristiana. Estas bases no eran otras que la religión, la propiedad y la tradición. Hablaba con autoridad, en un tono sencillo y persuasivo, con palabra atildada y correcta. El auditorio le escuchaba atento, sumiso, convencido de que era el Espíritu Santo quien por boca del venerable sacerdote les ordenaba tener mucho cuidado con la tradición, con la religión, y sobre todo con la propiedad. Este sublime pensamiento les edificaba de tal modo, que el conde de Cotorraso y algunos otros grandes propietarios que allí había, se sentían unidos eternamente al Ser Supremo por el vínculo sagrado de la propiedad territorial y se prometían combatir por ella heroicamente y oponerse en el Senado a toda ley que directa o indirectamente atentara a su integridad.
Al terminar el escolapio se le cumplimentó con sonrisas y reprimidas exclamaciones de entusiasmo. Todos hablaban en voz de falsete respetando el sagrado del recinto. La señorita correosa que había preguntado antes qué sería de ella si el padre Ortega le faltase, corrió a tomarle la mano y se la besó repetidas veces con arrebato que hizo cambiar algunas miradas de burla a los circunstantes. El padre se la retiró bruscamente con visible desagrado. Y otra vez subieron a la tribuna varias damas y caballeros, y _ejecutaron_, en toda la extensión de la palabra, algunas melodías religiosas de Gounod.
Al fin salieron del oratorio todas aquellas almas beatas y se dirigieron al salón.
La marquesa de Alcudia, cuya voluntad no podía estar jamás en reposo, se dispuso a cumplir lo que había prometido a su sobrino. Este la vió llamar aparte a Mariana y salir con ella. Al cabo de un rato ambas volvieron. Castro comprendió que se había hablado de él, en la mirada tímida y afectuosa que la esposa de Calderón le dirigió al entrar. Luego observó que la marquesa se retiraba hacia un rincón con el padre Ortega y hablaban reservadamente. Sospechó que también él estaba sobre el tapete. El sacerdote le dirigió dos o tres miradas con sus ojos vagos de miope. No se había acercado a Esperancita en todo el tiempo, pero de lejos se miraban y se sonreían. La niña parecía sorprendida de aquella actitud reservada. Pepe la había festejado bastante en los últimos días. Comenzó a inquietarse. Al fin, ella misma vino hacia él.
--No ha estado usted anoche en el Real. ¿Guarda usted la Cuaresma?
--¡Oh, no!--dijo riendo el joven--. Es que me dolía un poco la cabeza y me acosté temprano.
--¡Claro! ¿qué había de suceder? Por la tarde montaba usted un caballo que no cesaba de saltar. Hubo un momento en que pensé que le tiraba.
Castro sonrió lleno de condescendencia. La niña se apresuró a decir:
--Ya sé que es usted un gran jinete; pero de todos modos, siempre puede suceder una desgracia.
--¿Qué hubiera usted hecho si me hubiese tirado?--preguntó él mirándola a los ojos fijamente.
--¡Qué sé yo!--exclamó la niña alzando los hombros y ruborizándose.
--¿Daría usted un grito?--insistió sin dejar de mirarla.
--¡Vaya unas preguntas extrañas que usted hace!--dijo Esperancita más ruborizada cada vez--. Lo daría quizá ... o no lo daría....
En aquel momento se acercó la marquesa de Alcudia llamándola.
--Esperanza, tengo que decirte una cosa....
Y al pasar junto a su sobrino, murmuró muy bajo:
--¡Prudencia, Pepe! Esos apartes no están en el programa.
Al verlas alejarse y salir de la estancia, otro hombre menos superior sentiría alguna inquietud, cierto anhelo por saber lo que iba a pasar en aquella conferencia memorable. Pero nuestro joven estaba tan por encima del vulgo en estas y otras materias, que se puso a bromear con las damas con la misma tranquilidad que si Esperancita y la marquesa se hubiesen ido a hablar de modas. Cuando al cabo de un rato tornaron a entrar, la niña de Calderón tenía la carita encendida, los ojos brillantes, con una expresión sumisa y dichosa a la vez, que si no temiéramos cometer una profanación en viernes de Cuaresma, compararíamos a la de la Virgen María cuando el ángel Gabriel le anunció que concebiría del Espíritu Santo.
Continuó la reunión con un carácter semirreligioso. Aquellos espíritus ascéticos no podían olvidarse de que era un día consagrado por las penitencias de Jesús en el desierto. En su consecuencia, las niñas que se acercaron al piano abstuviéronse de cantar el vals de _La Bujía Elegante_. Sus gargantas piadosas no modularon más que el _Ave María_ de Schubert, la de Gounod y otras piezas donde se exhala el amor divino. Se hablaba y se reía con discreción, bajando el tono. Si algún pollo se desmandaba un poco de palabra, las damas le llamaban al orden recordándole que en viernes de Cuaresma no se debe aludir a ciertas cosillas prohibidas. El espíritu de Dios estaba en la asamblea, a juzgar por la gran conformidad, por la dulce serenidad con que todos se resignaban a vivir en este valle de lágrimas. Una sonrisa feliz vagaba por los labios de ellas y ellos. Entre cánticos melodiosos, entre amenas pláticas y bromas delicadas se pasó la tarde. Los revisteros podían decir, sin faltar a la verdad al día siguiente, que los "viernes del Supremo Hacedor" eran deliciosos, y que la marquesa de Alcudia hacía los honores en su nombre con exquisita amabilidad.
Al cabo, la piadosa reunión se dispersó. Todas aquellas almas bienaventuradas y temerosas de Dios salieron del palacio de Alcudia y se dirigieron a sus moradas, donde les aguardaba la sopa de tortuga humeante, el salmón con salsa mayonesa, las ricas ensaladas de col de Bruselas y las apetitosas _bouchées de crevettes_. La oración de quietud, aquellas horas de unión contemplativa con la Divinidad, les había abierto de par en par el apetito. No hay nada que vigorice el estómago como la convicción de tener de su parte al Omnipotente y la esperanza fundada de que más allá de esta vida, si hay fuego y tormentos eternos para los pelagatos y descamisados que se atreven a discutirle, para las familias cristianas, esto es, para las que tienen religión y propiedad y antepasados, no puede haber más que bienandanza, una eternidad de salmón con mayonesa y de _crevettes a la parisienne_.
XIII
#Viaje a Riosa.#
El duque de Requena había dado la última sacudida al árbol. La naranja cayó en sus manos dorada y apetitosa. En un momento dado sus agentes de París, Londres y Madrid adquirieron más de la mitad de las acciones de Riosa. La gerencia vino pues a sus manos, o, lo que es igual, la mina. Algunos habían sospechado ya el juego; se resistían a vender, sobre todo en Madrid, donde el carácter del banquero era conocido. A no apresurarse a dar el golpe decisivo, seguramente las acciones hubieran subido. Llera olfateó el peligro y dió la señal de avance. ¡Qué día más feliz para el asturiano aquel en que se recibieron los telegramas de París y Londres! Su cara angulosa resplandecía como la de un general que acaba de ganar una batalla. Sus largas, descomunales extremidades se movían como las aspas de un molino, al dar cuenta del suceso a los hombres de negocios que había acudido a casa del duque en demanda de noticias. Fluían sonoras, homéricas carcajadas de su pecho levantado de esternón como el de un pollo: abrazaba a los amigos hasta asfixiarlos, y cuando el duque le dirigía alguna pregunta respondíale con cierto desdén desde la altura de su gloria. Y sin embargo, en aquel colosal negocio, él no llevaba ni un medio por ciento. Ni una sola peseta de tantos millones de ellas como iban a salir por la boca de la mina, vendría a caer en sus manos. ¡Pero qué importa! Sus cálculos se realizaban, aquella intriga seguida con sigilo, con perseverancia, con maravillosa actividad y talento llegó al desenlace apetecido. Su alegría era la del artista que triunfa, comparados con la cual todos los goces sórdidos de la tierra no valen un comino.
Los del duque no fueron todos de esta especie. También su vanidad se sintió halagada por aquel ruidoso triunfo. Pensaba sinceramente que había llevado a cabo una empresa maravillosa digna de ser esculpida en mármoles y cantada por los poetas. Lo que en pura verdad no pasaba de una estafa consentida por las leyes, por una extraña aberración del sentido moral se transformaba en gloriosa manifestación de la inteligencia, no sólo a sus propios ojos, sino a los de la sociedad. Para festejar el éxito y también para enterarse por sí mismo de las reformas que debían llevarse a cabo a fin de que la mina produjese lo que tenía pensado, proyectó una excursión con los ingenieros y algunas personas de su intimidad. Al principio no pensó en llevar consigo más de ocho o diez. Poco a poco se fué ampliando el número, de suerte que al llegar el día de la marcha pasaban de cincuenta los convidados. Este aumento era debido principalmente a la iniciativa de Clementina, a quien sedujo la idea de aquel viaje. Lo que en el pensamiento del duque había sido una excursioncita modesta, familiar, en el de su encopetada hija adquirió el carácter de un acontecimiento público, un viaje resonante y ostentoso que preocupó algunos días a la sociedad elegante.
Salabert hizo poner un tren especial para sus convidados. Unos días antes había mandado los criados y las provisiones. Todo debía estar preparado para recibirles dignamente. Corría el mes de mayo. Empezaba a sentirse el calor. A las nueve de la mañana se veía en las inmediaciones de la estación de las Delicias una multitud de carruajes de lujo, de los cuales salieron las damas y los caballeros ataviados según las circunstancias; ellas con vistosos trajes de fantasía para las excursiones campestres, ligeros y claros; ellos de americana y hongo, pero imprimiendo en este sencillísimo traje el sello de su capricho, procurando, como es justo, apartarse de los hongos y americanas conocidos hasta el día. Quién llevaba un terno de franela blanca como el ampo de la nieve con guantes y sombrero negros; quién lo lucía de color de lagarto con un sombrerito azul de alas microscópicas; quién, por fin, había creído oportuno vestirse de _tricot_ negro con guantes, botines y sombrero blancos. Muchos llevaban colgados de los hombros por correas charoladas magníficos gemelos para que no se les escapasen los mínimos detalles del paisaje. Y abundaban asimismo los bastones alpestres como si marchasen a alguna expedición peligrosa al través de las montañas.
El tren especial constaba de dos coches-salón, un _sleeping-car_ y un furgón. Con la algazara que el caso requería se fué acomodando en los primeros aquella crema delicada de la salvajería madrileña. Predominaban los hombres. Las damas se habían retraído por no hallar suficiente grata la perspectiva de visitar una mina. Pero aún había bastantes para amenizar la excursión, y entorpecerla también. Estaban allí las que de algún modo por sus padres o maridos se relacionaban con el negocio, como la esposa y la hija de Calderón, la chica de Urreta, la señora de Biggs, Clementina Salabert y otras. Al lado de éstas algunas que por amistad íntima con ellas se habían decidido a acompañarlas, como Pacita y Mercedes Alcudia, cuya amistad con Esperancita era notoria. Estaban también aquellas que no podían faltar dondequiera que hubiese holgorio, verbigracia: Pepa Frías, Lola Madariaga, etc. Había hombres de negocios, personajes políticos, títulos rancios y nuevos. Al montar en el tren podía observarse la solicitud servil de los empleados de la estación, la extrema turbación que en aquel recinto producían los poderosos de la tierra.
Al fin, el más poderoso de todos, el egregio duque de Requena sacó el pañuelo y lo agitó en la ventanilla. Sonó un pito, respondió la máquina con prolongado y fragoroso ronquido, y resoplando y bufando, el tren comenzó a mover sus anillos metálicos y a arrastrarse lentamente alejándose de la estación. Los convidados, desde las ventanillas, saludaban con los pañuelos a los que habían ido a despedirles. Gran agitación y algazara en los coches, apenas se encontraron corriendo por los campos yermos de la provincia de Madrid. Todo el mundo hablaba en voz alta y reía: esto y el ruido del tren hacía que apenas se entendieran. Poco a poco se fué operando, sin embargo, en aquella asamblea el fenómeno químico de la afinidad electiva. El duque se vió rodeado, en una berlina o mirador que había en la trasera del coche, de varios personajes de la banca y la política. Clementina, Pepa Frías, Lola Madariaga y otras damas formaban grupo conversando con los aficionados a la charla desenvuelta y picante, Pinedo, Fuentes, Calderón. Las niñas y los pollastres se decían mil frases espirituales que les regocijaba hasta un grado indecible. Una de las cosas que más alegría les causó fué la aparición de Cobo Ramírez en la ventanilla con la gorra galoneada de un empleado exigiéndoles el billete. Cobo estaba en el otro salón y había venido por el estribo, arriesgándose un poco, pues el tren llevaba extraordinaria velocidad. Se le acogió con aplausos. Las chicas enviaron recaditos a sus vecinas las del otro coche. Los pollos escribieron cartas de declaración. De todo se encargó el primogénito de Casa-Ramírez, quien iba y venía de un coche a otro con gran firmeza a pesar de su obesidad. Esto les divirtió un rato. Los billetes amorosos escritos con lápiz se leían en voz alta y provocaban los aplausos y la risa.
Raimundo charlaba con el mejicano de las vacas y con Osorio. Este había llegado a mirarle con cierta benevolencia. De los amantes de su mujer era el que había hallado más simpático y más inocente. Aunque niño en la apariencia, observaba que era inteligente, instruído, cualidades que hasta entre salvajes concede cierto prestigio a la persona. Nuestro joven había concluído por adaptarse bastante bien al medio en que hacía tiempo vivía. No sólo en su traje podían observarse los refinamientos de la moda secundada por la propia fantasía, sino que en su trato y en sus modales se iba operando un cambio visible. En sus relaciones con Clementina continuaba siendo el niño tímido, el mismo esclavo sumiso que vivía pendiente de un gesto o una mirada de su dueño. El amor echaba en su corazón cada vez más hondas raíces. Pero en el comercio social se había ido atemperando a lo que en torno suyo veía. Hizo lo posible por reprimir los ímpetus de su naturaleza expansiva y afectuosa: adoptó un continente grave, impasible, ligeramente desdeñoso: procuró burlarse de cuanto se decía en su presencia, como no tocase a los usos y fueros de la salvajería: adquirió un cierto tonillo irónico, semejante al de sus compañeros de club. Y sobre todo se guardó muy bien de emitir ninguna idea científica o filosófica, pues por experiencia sabía que esto era lo que no se perdonaba en aquella sociedad. Hasta procuró refrenarse cuando alguno de aquellos jóvenes le inspiraba más simpatía y afecto que los otros. El cariño es en sí ridículo y precisa guardarlo en el fondo del corazón. De otra suerte se exponía a que el mismo objeto de sus expansiones cariñosas le respondiese con alguna cuchufleta como le sucedió más de una vez. Gracias a estas diligencias y a tal aprendizaje que fué para él rudo, logró que se le respetase algo más, que se le mirase como hombre _chic_, suprema felicidad a que no es fácil llegar en esta mísera existencia planetaria.
Cuando Cobo hubo realizado varios de aquellos viajes de un coche a otro, que no dejaban de ser peligrosos por la velocidad del tren, Lola Madariaga, fijando una mirada burlona, primero en Clementina, luego en Alcázar, dijo a éste:
--Alcázar, ¿se atreve usted a ir a pedir a la condesa de Cotorraso su frasco de sales? Me siento un poco mareada.
Raimundo era, como ya sabemos, un chico débil, que no había tenido la educación gimnástica de los jóvenes aristócratas, sus amigos. Aquel viajecito por el estribo, con la marcha rapidísima del tren, que para ellos era cosa baladí, para él, que sentía vértigos al atravesar un puente o subir a una torre, era realmente peligrosísimo. Así lo comprendió y vaciló un instante, pero la honrilla le hizo responder:
--Voy al momento, señora.
Y se dispuso a dar cumplimiento al encargo. Pero Clementina, que había fruncido el entrecejo al oir la exigencia de su amiga, le detuvo exclamando con energía:
--¡No vaya usted, Alcázar! Ya se lo encargaremos a Cobo cuando vuelva.
El joven vaciló todavía con la mano en la portezuela; pero Clementina repitió aún con más fuerza, y ruborizándose:
--No vaya usted. No vaya usted.
Raimundo manifestó sonriendo a Lola:
--Perdone usted, señora. Hoy no puedo ser lacayo sino de Clementina. Otro día tendré el honor de serlo de usted.
Ni la carcajada de Lola, ni la sonrisa burlona de las otras damas consiguieron extinguir la emoción gratísima que el vivo interés de su amada le hizo experimentar.