La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Part 25

Chapter 25 4,066 words Public domain Markdown

--Mira, chica, cuando nos vayamos, deseo que Emilio me acompañe. Estoy nerviosa y no podría dormir si no le ajustase antes las cuentas. No quiero más escándalos, ¿sabes? Le voy a dirigir el _ultimatum_. Si persiste, tú te vienes conmigo y él que se vaya al infierno.

Estaba furiosa. Su hija, aunque quisiera poner reparos a esto de la separación, pues adoraba a su infiel marido, no se atrevió. Bajó sumisa la cabeza. Cuando llegó el momento de marchar, Pepa se dirigió a su yerno:

--Emilio, haz el favor de acompañarme. Deseo hablar contigo.

"¡Malo!" dijo para sí el joven.

--¿E Irene?

--Que vaya sola. No se la comerán los lobos--respondió ásperamente.

"¡Malísimo!" tornó a decirse Emilio.

En efecto, Irenita dirigiendo ojeadas de temor y ansiedad a su mamá y su marido, se metió sola en su berlina, mientras ellos subían a la de la primera.

Cuando el carruaje comenzó a rodar, Emilio, para desarmar a su suegra, quiso, como un chiquillo que era, desviar el rayo sacando una conversación que pudiese entretenerla.

--¿Ha visto usted qué audacia la de Amparo? La creía capaz de muchos desatinos, pero no de uno semejante.

Y habló de la Amparo con gran verbosidad sin conseguir que su suegra desplegase los labios. Lo mismo sucedió cuando principió a hacer comentarios acerca de la fortuna de Salabert, de los gastos del baile, del extraordinario honor que había merecido de los soberanos aquella noche, etc., etc. Pepa reclinada en su rincón, guardaba un silencio feroz que no anunciaba nada bueno. Pero Emilio, sin desanimarse, tocó con habilidad la tecla que responde en todas las mujeres.

--¿Sabe usted, Pepa (así la seguía llamando, lo mismo que cuando era novio de su hija), que en un grupo donde estaba el presidente del Consejo, oí, sin querer, grandes elogios de usted? Elogiaban mucho el traje; pero más aún la figura. Decían que no había ninguna niña en el baile que pudiera competir con la frescura de usted; que tenía usted un cutis como raso, cada día más terso y brillante.

--¡Jesús, qué tontería! Esas son payasadas, Emilio. En otro tiempo, no digo....

--No, Pepa, no; el cutis de usted es proverbial en Madrid. Ya daría Irene algo por tenerlo como usted.

--¿Es mejor que el de María Huerta?--preguntó con tonillo irónico, donde no se adivinaba, sin embargo, gran irritación.

Pepa había cambiado de plan: pensó que sería mucho mejor adoptar la vía diplomática. A un chiquillo como Emilio, que no había sido indócil hasta entonces, era fácil atraerlo con el cariño. Aquél, en la oscuridad del coche, se había puesto colorado.

--El de María Huerta no vale nada.

--Por eso te gusta. Todos los hombres sois lo mismo en eso de cambiar las orejas por el rabo. Mira, Emilito--añadió cogiéndole una mano,--yo tenía que reñirte mucho, hablarte muy seriamente, decirte cosas muy amargas ... pero no puedo, tengo un corazón tan estúpido que para todas las ofensas encuentra disculpas. Hoy has hecho una barrabasada de marca, lo bastante para que Irene se separase de ti; pero a mí se me antoja que no es tan grande como parece, porque eres un chiquillo aturdido. Estoy segura de que tú mismo no te explicas la gravedad de ella....

Pepa continuó su sermón en tono dulce y persuasivo. Emilio, que esperaba una rociada de injurias, quedó gratamente sorprendido. Escuchólo con sumisión, y después, con voz conmovida, empezó a disculparse. Verdad que había coqueteado un poco con María Huerta, pero juraba que no estaba interesado por ella. Era una cuestión de amor propio. Cuando él se había casado con Irene, esta María había dicho en casa de Osorio que no comprendía cómo Irene aceptaba por marido un chico tan feo y tan insustancial. Entonces juró que se tragaría aquellas palabras: ya estaba conseguido. Por lo demás ¡qué amor ni qué calabazas! Nunca había estado enamorado de María Huerta ni pensaba estarlo.

--Yo no podía creer que estuvieses enamorado, porque siempre has tenido buen gusto.... Porque en resumen, esa mujer no es más que un paquete de trapos.... Si vistes el palo de la escoba como ella, puede muy bien hacer sus veces.... Pero ya ves, Irene lo cree y tienes la obligación de evitarla esos disgustos. Si yo estuviese en su caso no me los darías, monigote--añadió cogiéndole cariñosamente de la oreja--. Ya sabría yo tenerte bien amarradito a mis faldas.

--Lo creo--repuso el joven dirigiéndola una larga mirada que nada tenía de filial--. Usted tiene más recursos que Irene.

--¿Pues?--preguntó ella con otra mirada poco maternal.

--Porque usted es una mujer más complicada; que necesita más estudio. Por lo mismo, no me dejaría tiempo a aburrirme seguramente.

--¿Qué sabes tú de eso, mamarrachillo? Hablas de mí como si me supieses de memoria.

--¡Qué más quisiera yo!

--¡Vaya, Emilio, no seas payaso! Mira que me estás faltando al respeto.

La conversación siguió en este tono alegre y cariñoso mientras el carruaje rodaba por las calles sombrías. En aquel rincón oscuro, sacudidos por el vaivén de los resortes y aturdidos por el estrépito de las ruedas al saltar sobre el pavimento, el cuchicheo se hizo cada vez más íntimo, más insinuante, animado a cada momento por risas ahogadas y palabritas dulces. De ambos se había apoderado un suave enternecimiento; de Pepa por haber hallado a su yerno tan dócil; éste por ver a su suegra tan cariñosa y transigente, creyendo encontrarla hecha una furia. Animado con su éxito, acariciado por aquella dulce confianza que repentinamente se estableció entre ellos, no cesaba de piropearla. Pepa se enfadaba o fingía enfadarse, le daba pellizcos feroces, le llamaba hipócrita, coquetón, desvergonzado. Concluyó por decir:

--Todo eso que me dices es una farsa tuya. Si fuese verdad me alegraría, porque así tendría cierta influencia contigo para hacerte un buen marido.

Al salir del coche, con el rostro encendido, más hermosa que nunca, le dijo:

--Sube un momento: tengo que darte el reloj de Irene, que se le ha olvidado ayer.

Emilio la subió del brazo y entró con ella en su gabinete.

Mientras tanto, Irenita llegaba a casa en un estado de agitación fácil de comprender en una niña tan sensible y enamorada de su marido. La conducta de Emilio aquella noche la había trastornado, la había puesto excesivamente nerviosa. Y para fin de fiesta, la escena violenta que preveía entre su madre y su marido, de la cual tal vez saldría su ruptura definitiva con éste, la llenaba de espanto. Así que, apenas saltó en tierra delante de la puerta, acometida súbito de un vivo e irresistible anhelo, volvió a montar apresuradamente, diciendo al cochero:

--A casa de mamá.

Le abrió el sereno la puerta exterior: la del piso el criado que había estado velando y que aguardaba la salida del señorito para irse a costar.

--¿Dónde está mamá?

--En las habitaciones de adelante con el señorito Emilio.

Irenita se dirigió con precipitación a la sala. No estaban allí. Pasó luego al _boudoir_. Tampoco, ni se oía el más leve ruido. Entró en el gabinete. Nada. Entonces, sobrecogida de terror, de duda, de ansiedad, lanzóse hacia la alcoba oculta por cortinas de brocatel donde creyó percibir algún rumor. En aquel momento se alzaron las cortinas y apareció su marido agitado y descompuesto, contemplándola con ojos de espanto. Irenita dió un grito y se desplomó sobre el pavimento.

XII

#Matinée religiosa.#

Pocos días después, a las once de la mañana de un viernes de Cuaresma, el salvaje más elegante de Madrid salía de un sueño tranquilo y profundo con el firme propósito de casarse con la hija de Calderón. Abrió los ojos, los paseó por los adornos hípicos que colgaban de las paredes de su cuarto, se desperezó con elegancia, bebió un vaso de limón que tenía sobre la mesa de noche y se preparó a levantarse. No afirmaremos que el mencionado propósito viniese a su espíritu durante el sueño; pero es innegable que debió de operarse en él una misteriosa labor que lo favoreció sensiblemente. Porque en el momento de acostarse, Castro sólo pensaba vagamente en esta unión provechosa. Al abrir los ojos, su decisión de lograr la mano de Esperancita por cuantos medios estuviese a su alcance era ya irrevocable. Felicitemos, pues, de todo corazón a la afortunada niña y sigamos atentamente al noble salvaje en la tarea de perfeccionar la obra primorosa que la Naturaleza había llevado a cabo al crearle.

El criado tenía ya el baño dispuesto. Después de dar un vistazo al espejo para observar el semblante del día, esto es, el suyo, cogió unas bolas de hierro e hizo con ellas algunos movimientos. Tomó un florete y se tiró a fondo unas cuantas veces. En seguida aplicó unas docenas de puñetazos rectos sobre la almohadilla de un dinamómetro. Hecho lo cual creyó llegado el instante de meterse en el agua. Dentro de ella se hallaba aún cuando apareció en la habitación, sin previo anuncio, Manolo Dávalos.

--Pepe, tengo que hablarte de una cosa muy seria--, dijo el lunático marqués, con aparato de misterio, los ojos más extraviados que nunca.

--Aguarda un poco: déjame salir del baño.

--Sal pronto, que corre prisa.

El marquesito se levantó de la silla donde se había sentado y comenzó a dar vueltas por la estancia con cierta agitación estrambótica, a la cual ya estaban acostumbrados sus amigos. No podía estarse quieto cinco minutos. Si cualquiera hiciese al cabo del día la mitad de movimientos que él, caería rendido antes de llegar la noche. Castro seguía sus movimientos con ojos burlones y desdeñosos. Pero estos ojos se tornaron serios e inquietos al ver que su amigo se acercaba a la mesa de noche y se ponía a jugar con un precioso revólver que allí tenía.

--Mira que está cargado, Manolo.

--Ya lo veo, ya--respondió éste sonriendo; y volviéndose de pronto:

--¿Qué dirían en Madrid, si yo te matase ahora de un tiro?

Pepe Castro sintió cierto hormigueo en la espalda, que no era producido solamente por el agua, y rió de un modo extraño.

--Y que, hoy por hoy, lo podría hacer impunemente--siguió muy risueño el marqués--. Porque como todos dicen que estoy loco....

--¡Je, je!

El tenorio volvió a reir como el conejo. No era cobarde: al contrario, tenía fama de quisquilloso y espadachín: pero, como casi todos los valientes, necesitaba público. La perspectiva de una muerte oscura a manos de un loco, no le hizo maldita la gracia. Los ejemplos de Séneca, Marat, y otros hombres notables que murieron violentamente en el baño, no lograron darla ninguna amenidad, quizá porque no tuviese noticia de ellos. El marqués avanzó con el revólver amartillado, diciéndole:

--¿Qué dirían en Madrid? ¿eh? ¿qué dirían?

Castro se sitió penetrado de frío como si estuviese metido entre hielo y no en agua tibia. Pero tuvo aún serenidad para gritarle:

--¡Deja ese revólver, Manolo! Si no lo dejas no vuelves a ver en tu vida a Amparo.

--¿Por qué?--preguntó aquél bajando el arma con el desconsuelo pintado en los ojos.

--Porque yo no quiero; porque la aconsejaré que no te deje entrar más en su casa....

--Bueno, hombre, no te incomodes.... Ha sido una broma--replicó apresurándose a colocar el revólver en su sitio.

Castro salió al instante del baño. Lo primero que hizo, cuando estuvo envuelto en el capuchón turco con que se secaba, fué coger el revólver y guardarlo bajo llave. Tranquilo ya, pero irritado por el susto que su majadero amigo le había dado, comenzó a hablarle en tono malhumorado y despreciativo, mientras delante del espejo prodigaba a su bella figura, con el respeto debido, todos los cuidados a que era acreedora.

--Vamos a ver, hombre, desembucha ese secreto.... Será una gansada de las que tú acostumbras.... Desengáñate, Manolo, que tú ya no estás para salir a la calle. Debes ponerte en cura--decía mientras se frotaba los brazos con una pomada olorosa que había tomado de la batería de tarros y frascos de todos tamaños que tenía delante.

El marqués echó mano al bolsillo, y sacando la cartera y de ella un billetito de mujer, dijo con no poca solemnidad:

--Amparo me acaba de escribir esta carta. Deseo que te enteres de ella.

Pepe no volvió siquiera los ojos para mirar el documento que su amigo le exhibía. Absorto en la tarea de atusarse el bigote con un cepillito de barba, repuso en tono distraído:

--¿Y qué dice la Amparo?

El marqués le miró sorprendido de la poca importancia que daba a aquella preciosa misiva.

--¿Quieres que te la lea?

--Si no es muy larga....

Manolo la desdobló con el mismo cuidado y respeto que si fuese un autógrafo de Santa Teresa de Jesús y leyó con voz conmovida:

"Mi queridísimo Manolo: Hazme el favor de mandarme por el dador dos mil pesetas que necesito con urgencia. Si ahora no las tienes, no dejes de traérmelas esta tarde a casa. Tuya de corazón siempre:

"AMPARO."

--¡Sopla! ¡Qué voracidad la de esa chica! ¿No tiene bastante con el bolsillo de Salabert? Supongo que no se las habrás mandado.

--No.

--Has hecho bien.

--Es que no las tenía. Precisamente para ver si tú puedes facilitármelas es para lo que he venido.

Castro se volvió hacia él y le contempló unos momentos entre irritado y sorprendido. Tornando luego la vista al espejo, dijo con calma despreciativa:

--Querido Manolo; eres un melón de gran tamaño. Estoy seguro de que si heredases ahora a tu tía, entregarías la herencia a la Amparito para que la engullese como ha hecho con la de tus papás.

Manolo se enfureció al oir esto. Defendió con energía a su ex querida. No era ella, no, quien le había arruinado, sino los tunos de los mayordomos. Amparo era una chica de excelentes condiciones para ama de casa, un portento de arreglo doméstico: al mismo tiempo generosa, capaz de acomodarse a cualquier vida por el cariño, etc., etc.

El maníaco marqués se expresó con calor y elocuencia haciendo el panegírico de su adorada.

--¿Sabes dónde está el mal de todo?--dijo sordamente después de larga pausa--. En que mi familia me privó, sin razón, de casarme con ella. ¡Qué obstinación tan estúpida! Se empeñaban en que yo estaba perdidamente enamorado de esa mujer. ¡Qué había de estar enamorado!... Lo que yo quería era dar una madre a mis hijos, ¿sabes? Nada más que eso. Ellos hubieran sido felices y yo también.

Pepe Castro se volvió estupefacto. Por las pálidas mejillas del marqués rodaban algunas lágrimas de enternecimiento. Hizo un mohín de lástima y siguió arreglándose los bigotes. Al cabo de unos momentos de silencio, dijo:

--Dispensa, chico. No tengo esas dos mil pesetas; pero aunque las tuviera puedes estar seguro de que me guardaría de dártelas si las ibas a emplear como dices.

El marqués permaneció silencioso y comenzó a pasear de través por el espacioso dormitorio.

--¿A quién me aconsejas que se las pida?--dijo parándose de pronto.

--A Salabert--respondió Castro sonriendo burlonamente al espejo.

Manolito se encrespó terriblemente al oirlo; sus ojos llamearon siniestramente; se dirigió frenético, agitando los puños, hacia Pepe, que se volvió hacia él y dió un paso atrás preparándose a rechazarle.

--¡Eso que me has dicho es una porquería! ¡Es una infamia que merece una estocada o un tiro! Es una cobardía porque estás en tu casa....

Y se puso a crujir los dientes y a rodar los ojos que daba espanto verle; pero no llegó a agredir a su amigo. Haciendo un esfuerzo supremo por contenerse, desahogó su furor arrojando contra el suelo el sombrero, de tal modo que lo destrozó. Castro quedó aturdido, hecho una estatua. Mil veces había bromeado con él diciéndolo cosas mucho más fuertes, verdaderas insolencias sin que jamás se le hubiese ocurrido enfadarse. Y ahora, por una chanza sencillísima, montaba en cólera de aquel modo extraño. Procuró calmarle con algunas palabras de disculpa: pero Manolito no le escuchaba. Aunque desistió de la primera idea de arrojarse sobre él, comenzó a pasear como una fiera enjaulada, murmurando amenazas, moviendo los brazos y gesticulando vivamente. No tardó en enternecerse, sin embargo.

--Nunca lo creyera de ti, Pepe--concluyó por decir con voz alterada--. Nunca pensé que el mayor amigo que tengo me había de insultar, me había de clavar el puñal hasta el pomo....

--¡Pero, hombre de Dios!...

--No me hables, Pepe.... Me has matado con una palabra.... Déjame tranquilo.... Dios te perdone como yo te perdono.... Yo soy como un conejo a quien hiere el cazador y corre a morir a su madriguera.... No me hurgues más.... Déjame morir en paz.

Este símil del conejo le hizo tal impresión después de haberlo proferido, que se dejó caer sollozando en una butaca. Al mismo tiempo le acometió un fuerte golpe de tos, en el cual soltó por la boca una cantidad prodigiosa de rails: pero la locomotora que tenía atravesada en la garganta, por más esfuerzos que hizo, en manera alguna pudo arrojarla. Castro le hizo beber una taza de tila con azahar.

Cuando el insensato marqués se fué al cabo, estaba aquél terminando el aderezo de su persona. La cual salió a la calle correcta y severamente vestida en traje de ceremonia diurna. Almorzó en Lhardy, dió una vuelta por _Los Salvajes_, y a las tres de la tarde, poco más o menos, se dirigió a casa de su tía la marquesa de Alcudia, sita en la calle de San Mateo. Esta severísima señora era muy celosa de la religión como ya sabemos. Lo mismo de su alcurnia, por no decir más. Castro era sobrino segundo de ella, y aunque con su vida de calavera la había disgustado bastante, siempre le había tratado con mucho afecto procurando atraerle al buen camino. Para la marquesa, los timbres nobiliarios imprimían carácter como el sacramento del orden. Por más vilezas que un hombre hiciese, siempre era un noble, como un sacerdote es siempre un sacerdote. En esta devota señora pensó Castro para que le secundase en su empresa. Su instinto (que era mucho más admirable que su inteligencia) le dijo que si la marquesa se encargase de casarle con la niña de Calderón lo conseguiría seguramente. Era grande el prestigio que tenía en la sociedad aristocrática: mayor aún entre los que estaban agregados a ella por razón del dinero, como Calderón.

El palacio de Alcudia era una fábrica sombría levantada a principios del siglo pasado. Un piso bajo con grandes ventanas enrejadas, otro piso alto, y nada más; pero la casa ocupaba un perímetro inmenso y detrás tenía un vasto jardín bastante descuidado. El portal era chato y poco decoroso: la escalera de piedra toscamente labrada y gastada por el uso. El difunto marqués estaba pensando en una reforma cuando lo arrebató la muerte. Su viuda abandonó este proyecto, no tanto por avaricia, como por el horror que le inspiraban toda clase de reformas aunque fuesen de cal y canto. Por dentro, la mansión era suntuosa: los muebles antiguos y riquísimos. Tapices de gran valor vestían las paredes, cuadros de los mejores pintores antiguos adornaban las de algunas piezas, como el despacho y el oratorio. Este era una maravilla de lujo. Ocupaba un rincón de la planta baja, pero su techo era el del principal: tan elevado por consiguiente como el de una iglesia. Tenía grandes ventanas con cristales de colores como las catedrales góticas: estaba alfombrado como un salón de baile; había una pequeña tribuna con su órgano: el altar era primoroso, de gusto francés, y en medio se veía un magnífico _Ecce-Homo_ de Morales. Era, en fin, una estancia agradable y elegante, calentada por una gran estufa subterránea.

En el salón de familia estaban solas las chicas con la labor entre las manos. La marquesa, según le dijeron, estaba en el despacho ocupada en escribir cartas. Se dirigió allá después de bromear un instante con las primas.

--¿Se puede, tía?

--Adelante.... ¡Ah! ¿eres tú, Pepe?--dijo la marquesa alzando los ojos y mirándole por encima de las gafas que se había puesto para escribir.

--Si la interrumpo me voy. Quería celebrar con usted una conferencia--dijo el galán sonriendo.

--Siéntate un instante. Estoy terminando una carta.

Acomodóse en un sillón, y mientras la tía Eugenia hacía crujir la pluma con su mano seca y nerviosa, empezó a coordinar el exordio del discurso que pensaba dirigirla. Aquélla dió a los pocos minutos un gran plumazo estridente que debió corresponder a su rúbrica, y arrancándose vivamente las gafas, dijo:

--Ya soy tuya, Pepe.

Este bajó los ojos al suelo en demanda, sin duda, de inspiración, se atusó el bigote, tosió ligeramente y al fin dijo con acento solemne:

--Tía, no sé si es que Dios me ha tocado en el corazón o es que me voy cansando de la vida que llevo; pero es lo cierto que de poco tiempo a esta parte me acuerdo mucho de los consejos que me ha dado muchas veces, que ando con deseos de formalizar, de romper con estos hábitos poco dignos que la falta de un padre y, sobre todo, de una madre como usted me han hecho adquirir. Friso ya en los treinta y me parece hora de acordarse del nombre que llevo. Debo cumplir con él, y también con mi cualidad de cristiano.... Porque en medio de mis excesos yo no me he olvidado jamás de que pertenezco a una familia católica y que hoy en España nuestra clase es la encargada de velar por la religión, dando buen ejemplo como usted hace.... El medio mejor para favorecer este cambio que siento en mi corazón es casarme....

No pudo el gallardo joven escoger mejor sus palabras para catequizar a la tía Eugenia. Tan buena impresión le hicieron, que levantándose del sillón vino a ponerle la mano sobre el hombro, exclamando:

--¡Cuánto me alegro, Pepito! ¡No sabes el placer que me has dado! ¡Y dices que no sabes si Dios te ha tocado en el corazón! ¿Cómo había de realizarse este cambio repentino en tu ser si Dios no lo moviese? Dios ha sido, hijo mío, Dios ha sido, y un poco también la buena sangre que tienes en las venas.... ¿Tienes escogida ya esposa?

El joven sonrió haciendo un signo afirmativo.

--¿Quién es?

--He pensado en Esperancita Calderón. ¿Qué le parece?

--Perfectamente. Es una niña muy bien educada, muy simpática: además yo la quiero como una hija. Ya ves; ha sido siempre la amiga íntima de mi Paz.... Has tenido una elección feliz....

Castro volvió a sonreír maliciosamente y repuso:

--Mire usted, tía, yo bien quisiera casarme con una mujer de nuestra clase.... Pero usted bien sabe que estoy completamente arruinado.... Las jóvenes de la nobleza, por desgracia, no suelen tener en el día fortuna. Las que la tienen, no me querrán a mí que no puedo ofrecerles más que lo que ellas poseen ya, esto es, un nombre. Por eso me he fijado en una que carezca de él y tenga dinero.

--Está bien pensado. Aunque sea transigiendo un poco, debemos salvar nuestros nombres de la ignominia.... Pero Esperanza es una niña excelente. Se ha educado ya entre nosotros. Será una dama cumplida que te honrará.

El bizarro joven no abandonaba aquella sonrisa de ironía maliciosa. Guardó silencio un instante, y dijo al cabo:

--¿Sabe usted, tía, qué nombre damos entre nosotros al casarse de este modo?

--¿Cómo?

--Tomar estiércol.

La marquesa sonrió con el borde de los labios; pero poniéndose grave en seguida, replicó:

--No; aquí no se puede decir eso, Pepe. Te repito que esa niña merece un partido brillante. El que va ganando en este asunto eres tú.... ¿Sois novios ya? Hasta ahora no tengo noticia....

--No le he dicho nada aún.... Sé que no le soy antipático. Nos miramos con buenos ojos; pero de relaciones, nada. Antes de pedírselas he querido consultar con usted, la persona más caracterizada que hoy tengo dentro de la familia en Madrid.

--Muy bien hecho. Has procedido dignamente. Cuando se trata de contraer matrimonio, que al fin y al cabo es un sacramento de la Iglesia, hay que guardar circunspección y formalidad. En otros tiempos mejores que éstos, no se realizaba una boda entre nosotros sin escuchar antes la opinión de los mayores. Te agradezco mucho la confianza que haces de mí, y desde luego puedes contar con mi aprobación.

--¿Y con su ayuda puedo contar? Mire usted que temo que surjan algunas dificultades por parte de su padre.... Es un hombre metalizado.... Francamente, no quisiera sufrir un desaire....

La marquesa quedó pensativa algunos instantes.