La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.
Part 20
Raimundo iba al Real todas las noches que le tocaba el turno a Clementina. Subía al palco a saludarla, y muchas veces, por exigencia de ella, se quedaba allí uno o dos actos. En estas ocasiones solía la dama retirarse al antepalco y charlar con él íntimamente a la sombra discreta de las cortinas. Cuando se cansaba, o en la escena se cantaba una pieza de empeño, guardaba silencio, volvía la espalda al joven y escuchaba un rato. Raimundo, guardando en los oídos el eco de su voz y en su corazón el fuego de sus miradas, quedaba también silencioso, más atento, en verdad, a la música que sonaba dentro de su alma, que a la que venía del escenario. Seguro de no ser observado, contemplaba con religiosa atención la alabastrina espalda de su ídolo, los finísimos y dorados tolanos de su cuello, acercaba la cabeza con pretexto de mejor escuchar y aspiraba el perfume que se desprendía de ella, cerrando los ojos y embriagándose durante unos instantes. Una noche, tanto pegó el rostro a la cabeza de la dama, que ¡oh prodigio! se arrojó a rozar con los labios sus cabellos peinados hacia abajo en trenza doblada. Después que lo hizo se asustó terriblemente y escrutó con anhelo si Clementina lo había sentido. La dama continuó impasible, extática, escuchando la música. Sin embargo, por sus claros y hermosos ojos resbalaba una leve sonrisa que el joven no pudo advertir. Alentado con este éxito, siempre que ella traía el cabello peinado de tal forma, con mucho disimulo y después de largos preparativos y vacilaciones osaba posar los labios sobre él. Aquella sensación era tan viva, tan deliciosa, que la guardaba muchos días en la boca y le hacía feliz. Pero una noche, o porque la dama estuviese de mal humor, o porque se gozase en mortificarle un poco, le trató con bastante despego mientras estuvo en el palco, le dejó abandonado a Pascuala mientras ella charlaba placenteramente con uno de sus jóvenes y aristocráticos amigos. El pobre Raimundo se abatió con este desprecio de un modo horrible. Ni siquiera tuvo fuerzas para despedirse. Estaba pálido, demudado. Una arruga dolorosa surcaba su frente. Clementina le echaba de vez en cuando miradas furtivas. Cuando el joven aristócrata se levantó para irse, también quiso hacer lo mismo. La dama le retuvo por la mano.
--No: quédese un momento, Alcázar. Tenemos que hablar.
Y se retiró como otras veces al antepalco y comenzó a charlar con la amabilidad y franqueza de siempre.
El joven cobró aliento. Pero cuando ella le volvió la espalda para escuchar la ópera, estaba tan alterado aún y confuso que no se atrevió a besar el cabello, aunque el peinado era bajo y la ocasión más propicia que nunca.
Al cabo de un rato, Clementina se volvió de pronto y le dijo en voz baja:
--¿Por qué no besa usted hoy el pelo como otras noches?
La emoción fué inmensa, abrumadora. La sangre se le agolpó toda al corazón y quedó blanco como un cadáver. Después le subió al rostro y se puso como una amapola.
--¡Yo!... ¡El pelo!--balbució miserablemente.
Y tuvo que agarrarse con fuerza a la silla para no caer.
--¡No se asuste usted, hombre!--exclamó ella posando cariñosamente su mano sobre la de él--. Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me desagradaba.
Pero viendo que la miraba con ojos extraviados, como si no comprendiese, añadió con desenfado y riendo:
--¿Acaso se figura que yo no sé que me quiere un poquito?
--¡Oh!--dijo el joven con un grito comprimido.
--Sí; lo sé hace tiempo--continuó bajando más la voz y acercando la boca a su oído--. Pero usted puede que no sepa una cosa, y es que yo también le quiero a usted....
Y echando una rápida mirada hacia fuera para cerciorarse de que no los observaban, se apoderó de sus manos, y le dijo caldeándole con su aliento las mejillas:
--Sí; te quiero, te quiero más de lo que te puedes imaginar. Ven mañana a las tres a casa.
Clementina no contaba con la femenil impresionabilidad de su adorador. La violenta emoción que acababa de experimentar unida a la dicha que estas palabras evocaron en su pecho le trastornaron de tal modo, que se echó a llorar como un niño. Entonces ella le empujó hacia un rincón y se alzó vivamente, tapando con su gallarda figura el espacio que la cortina dejaba descubierto. Su rostro hechicero resplandecía de felicidad. Si un pintor tuviese la fortuna de sorprender aquel momento y el don de fijarlo en el lienzo, podría representar, como nadie hasta hoy, a Dánae recibiendo en su prisión la conocida lluvia de oro.
Fueron unos amores tiernos y poéticos, cándidos y voluptuosos a la par los de la hermosa dama y el joven naturalista. Para ella fué una resurrección de las impresiones dulces de la adolescencia maduradas de pronto, transformadas en felices realidades. Hasta entonces los devaneos que había tenido se parecían unos a otros tanto, que ya desde el comienzo llevaban dentro un germen de aburrimiento. Siempre le quedaba en el fondo del corazón un sentimiento de despecho contra aquellas relaciones que no le traían ninguna viva emoción, ni siquiera nuevos placeres. La de ahora ofrecía una originalidad que la encantaba. Su amante era un niño a quien casi doblaba la edad. Había comenzado a adorarla por el parecido que la hallaba con su madre. Aquel respeto y amor filiales se transformaron con un soplo en pasión y deseo. Todo esto era gracioso, original; tenía un fondo estético que en ninguno de sus amores anteriores había encontrado. Además, no pertenecía a la raza de los lechuguinos y petimetres con quienes tropezaba a todas horas en los sitios que frecuentaba, seres cortados por un patrón, sin espontaneidad alguna, con los mismos vicios, las mismas vanidades y hasta los mismos chistes. Raimundo se apartaba de ellos, no sólo por su posición modesta y retirada, no sólo por su ilustración y talento, sino también, particularmente, por su carácter. ¡Qué alma tan adorable la de aquel chico! ¡Qué inocencia, qué sensibilidad, qué delicadeza y qué fuerza para amar al mismo tiempo! Acostumbrada a la monotonía de los Pepes Castro, cada nueva fase psicológica, cada sacudimiento de entusiasmo, cada desmayo o alegría o pena que sucesivamente advertía en su enamorado doncel le producían una grata sorpresa. Escrutaba su espíritu, se metía dentro de él con afanosa curiosidad y a la vez con apasionado cariño. Le confesaba, le hacía narrar y describir cien veces sus sentimientos, sus recuerdos, sus propósitos y sus esperanzas. A veces le acometían dudas sobre aquel extraño amor.
--¿Pero de veras estás enamorado? ¿No consideras que soy una vieja?... ¿que puedo ser tu madre?
Raimundo respondía siempre con alguna caricia apasionada, con una húmeda mirada donde se leía el infinito de su pasión.
Desde el primer día, Clementina le había tuteado a solas, acostumbrada a aquellas transiciones y conciertos secretos de mujer galante, que ahora favorecía la diferencia de edad. Raimundo no podía acostumbrarse a darla el tú. Hacía esfuerzos por conseguirlo; pero a lo mejor volvía al usted y seguía la plática tratándola de este modo, hasta que la dama se irritaba y le reprendía ásperamente. "No; por más que lo negase, él la consideraba como una vieja. En todo se estaba echando de ver. Si continuaba de este modo perdería con él la confianza". Sin embargo, Clementina estaba equivocada en este punto. No tenía bastante penetración y delicadeza para comprender que el amor en Raimundo era, como en todos los seres verdaderamente sensibles, adoración extática más que deseo, esclavitud voluntaria, un enajenamiento de su propia vida para mejor vivir en la soberana de su corazón. Hay que hacerse cargo, además, de que hasta entonces no había experimentado jamás tal sentimiento. Alejado de la sociedad de las mujeres y sin echarlas de menos, quizá porque dentro de su casa tenía lo más grande y exquisito que ellas pueden dar, el cariño tierno, vigilante, la dulzura en la palabra, la abnegación en todos los momentos: dedicado en absoluto al estudio y a su magnífica colección de mariposas, el encuentro con Clementina fué para él la revelación de ese mundo encantado, poético, que a casi todos se aparece más temprano. Aquel primer suspiro de Venus al salir de la espuma del mar que repitió el Universo entero, sonó entonces en su alma y la estremeció dulcemente. Su alma, que estaba muda y triste como la Naturaleza antes que la diosa de la hermosura suspirase. Muy pocos hombres alcanzan una dicha parecida: poseer la primera mujer que se ama, llegar a tiempo para recoger el fruto sazonado del amor. Para Raimundo, esa inclinación tímida y anhelante del adolescente llena de zozobras y melancolías, se fundió con el amor de la edad viril, apetitoso y sensual. ¿Qué extraño, pues, que absorbiera toda la energía de su ser, toda su inteligencia y todos sus sentidos?
Desde aquella noche memorable no volvió a pensar más que en Clementina. Para él, el Universo se redujo de pronto al tamaño y a la forma de una mujer. No sólo se creyó obligado a vivir y respirar para ella, sino también a pensar en todos los instantes del día y hasta a soñar con ella por la noche. En un principio la dama le recibía en su casa. Esto le pareció en seguida peligroso y feo, y alquilaron un cuarto en la calle del Caballero de Gracia, un entresuelo pequeñito que amueblaron con elegancia. La vida de Raimundo experimentó un cambio radical. De aquel retiro absoluto en que vivía, pasó súbito al bullicio del mundo aristocrático; teatros, bailes, comidas, carreras de caballos y partidas de caza. Clementina le arrastraba sujeto a su carro, le exhibía en todos los salones sin desdeñarse de él. Porque nuestro joven, de figura delicada y elegante, de carácter apacible y clara inteligencia, se hacía simpático dondequiera que entraba. A nadie le importaba gran cosa si era rico o pobre, noble o plebeyo.
Aurelia le acompañaba algunas veces, pero siempre contra su gusto. Aunque no usaba contrariar la marcha adoptada por su hermano, era fácil de adivinar que la condenaba en el fuero interno, que se hallaba fuera de su centro en el hotel de Osorio. Se había hecho reflexiva y taciturna. Su mirada, cuando la posaba en Raimundo, era profunda y melancólica, como si temiese una catástrofe. Clementina la agasajaba cuanto podía; pero no lograba entrar en su corazón. Al través de las sonrisas de la niña, de su modestia y rubor, creía observar un sentimiento de hostilidad que a menudo la desconcertaba.
La esposa de Osorio continuaba desplegando el mismo boato, esparciendo profusamente el dinero a despecho de la ruina inminente de su esposo, que tanto había alarmado a Pepa Frías. Esta ruina no había estallado como se pensaba. El banquero logró conjurarla hábilmente, haciendo entender a los que tenían valores en sus manos, que de nada les serviría arrojarse repentinamente sobre él, pues no salvarían ni un veinticinco por ciento del capital. En cambio, si aguardaban lo recuperarían entero y con su rédito. Su mujer iba a heredar una fortuna inmensa en breve plazo. Los acreedores entraron en razón; guardaron secreto acerca del estado de sus negocios: sólo exigieron que Clementina firmase, en unión con su marido, los pagarés renovados. Poco después, la suerte favoreció un poco en la Bolsa a Osorio y pudo aletear como antes, aunque bajo la mirada recelosa de los hombres de dinero, que le pronosticaban unánimemente la quiebra más tarde o más temprano. Su esposa, viéndose en salvo, no volvió a pensar en estos enojosos asuntos. Tan sólo cuando iba a casa de su padre y veía el rostro pálido y demudado de D.ª Carmen, sentía su corazón agitado por una extraña emoción que ella misma huía de definir, apresurándose a ahogarla con el ruido de los besos y las palabritas cariñosas.
El amor de Raimundo le hizo gozar extremadamente. Veíase envuelta, como nunca lo había estado, en una ola de pasión devota y exaltada que la cariciaba dulcemente. El papel de diosa la seducía. Gustaba de mostrarse unas veces amable y tierna, otras terrible, haciendo pasar a su adorador por todas las pruebas posibles a fin de cerciorarse bien, decía ella, de que era suyo, enteramente suyo. La costumbre de tratar con hombres muy distintos, no obstante, la hizo incurrir en fatales equivocaciones que atormentaron mucho al joven. Un día, después de haberse hecho servir el almuerzo en su cuarto del Caballero de Gracia, le dijo sonriendo:
--Voy a hacerte un regalo, Mundo (así le llamaba por más cariño).
Se levantó a buscar su manguito y sacó de él una cartera muy linda.
--¡Oh! Es muy bonita--dijo él tomándola y llevándola a los labios--. La traeré siempre conmigo.
Pero al abrirla quedó consternado. Dentro había un montón de billetes de Banco.
--Te has olvidado aquí el dinero--dijo alargándole otra vez la cartera.
--No me he olvidado. Es para tí también.
--¿Para mí?--exclamó él poniéndose pálido.
--¿No lo quieres?--preguntó ella con timidez poniéndose encarnada.
--No; no lo quiero--replicó él con firmeza.
Clementina no se atrevió a insistir. Tomó de nuevo la cartera, sacó de ella los billetes y la volvió a entregar al joven. Hubo unos instantes de silencio embarazoso. Raimundo apoyó el codo sobre la mesa, puso la mejilla sobre la mano y quedó pensativo y serio. Ella le observaba con el rabillo del ojo entre colérica y curiosa. Al fin una sonrisa iluminó su rostro, levantóse de la silla, y cogiendo el del joven entre sus dos manos, le dijo en tono alegre:
--Bien; este acto te enaltece; pero de mí podías tomar ese dinero sin desdoro. ¿No soy tu mamá?
Raimundo se contentó con besar las manos que le aprisionaban. No se volvió a hablar de dinero entre ellos.
Aquél conservaba en los modales y en las palabras, a pesar de sus veintitrés años, un sello infantil que a Clementina le placa sobremodo. La educación afeminada y solitaria que había tenido era la causa principal. Engañábasele con suma facilidad y divertíasele lo mismo. No tenía esos aburrimientos negros de los hombres gastados: no se le ocurría jamás una frase irónica, incisiva, de las que aun entre enamorados suelen usarse. Sus alegrías eran bulliciosas y pueriles hasta rayar en ridículas. Divertíase en correr por las habitaciones del pequeño entresuelo detrás de Clementina, o en esconderse de ella y asustarla. Otras veces la entretenía con juegos de prestidigitación, en que era un poco inteligente. O bien jugaban ambos a los naipes con extraordinaria atención o empeño, como si disputasen algo de provecho. O bien bailaban al son de algún piano mecánico que se paraba en las cercanías de la casa. Poníanse a comer confites y hacían apuestas a quien engullía más. En una ocasión quiso hacer sorbete de piña: se decía muy perito en la fabricación de helados. Le trajeron todos los enseres de un café vecino. Después de bregar con afán bastante tiempo, salió al fin una quisicosa fea y desabrida, lo cual le entristeció tanto, que Clementina, para alegrarle, tomó sin deseo alguno una gran copa del brebaje. Le gustaba imitar los gestos y las palabras de las personas que veía en casa de ella, y lo ejecutaba tan a la perfección que la dama reía con verdadera gana. A veces le suplicaba por favor que cesase, pues le hacía daño tanta risa. Raimundo poseía este don de observar los más insignificantes modales de las personas y reproducirlos después admirablemente. Se creía estar oyendo a la persona que imitaba. Pero sólo en el seno de la confianza le gustaba mostrar esta habilidad.
Algunas veces, cuando estaba de humor, inventaba una recepción palaciega. Hacía sentar a Clementina en un trono que armaba rápidamente en medio de la sala. Los ministros, los altos personajes de la política desfilaban por delante de la reina y pronunciaba cada cual su discurso. Clementina, que a todos los conocía, gozaba en adivinarlos a las pocas palabras. Raimundo, que había asistido con frecuencia a las tribunas del Congreso, les había cogido bastante bien, a casi todos, el acento, la acción y los gestos. Particularmente imitando a Jiménez Arbós, a quien trataba por verle en casa de Osorio, estaba graciosísimo. Por supuesto, después de cada discurso se inclinaba reverentemente y besaba la mano de la soberana, volviendo a ponerse el tricornio de papel que se había hecho para el caso. Estas niñerías alegraban a la dama, dilataban su corazón, casi siempre encogido por la soberbia o el hastío. De aquellas largas entrevistas salía rejuvenecida, los ojos brillantes, el pie ligero, saludando con afecto a personas a quienes en otra ocasión hubiera dirigido una fría y desdeñosa cabezada.
Luego Raimundo la llenaba de asombro, a lo mejor, con algún acto inconcebible de candor infantil. En una ocasión, habiendo entrado sin hacer ruido en el cuarto de la calle del Caballero de Gracia (los dos tenían llave), le sorprendió barriendo afanoso la sala. El muchacho quedó confuso al verla delante; se puso colorado hasta las orejas. Clementina, entre alegres carcajadas, le abrazó y le cubrió el rostro de besos, exclamando:
--¡Chiquillo, eres delicioso!
X
#Un poco de derecho civil.#
Era mañana de gran trajín en las oficinas de Salabert. Se hacían unos pagos de consideración. El duque había ido en persona a la caja a presenciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los billetes. A pesar de los años que llevaba manejando dinero, nunca le tocaba pagar una cantidad crecida que no le temblasen un poco las manos. Ahora estaba nervioso, atento, mordiendo crispadamente el cigarro y sin escupir. Tenía las fauces resecas. En varias ocasiones llamó la atención al empleado creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; pero se equivocó en todas. El cajero era diestrísimo en su oficio. Cuando terminaron, el duque se retiró a su despacho, donde le estaba esperando M. Fayolle, el famoso importador de caballos extranjeros, proveedor de toda la aristocracia madrileña.
--_Bonjour, monsieur_--, dijo rudamente el duque dándole una palmada en la espalda--. ¿Viene usted a encajarme algún otro penco?
--Oh, señor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no. Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted--, respondió con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle.
--Los desechos de París es lo que usted me trae. Pero no crea usted que me engaña. Lo sé hace tiempo, _monsieur_; lo sé hace tiempo. Sólo que yo no puedo ver esa cara tan frescota y tan risueña sin rendirme.
M. Fayolle sonrió abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos dientes grandes y amarillos.
--La cara es el especo del alma, señor duque. Puede tener confiansa en mi, que no le daré nada que no sea superior. ¿Es que _Polión_ ha salido malo?
--Medianejo.
--¡Vamos, tiene gana de bromear! El otro día le he visto por la calle de Alcalá enganchado al faetón. Bien de mundo se paraba a mirarlo.
Hablaron un rato de los caballos que el duque le había comprado. Este ponía tachas a todos. Fayolle los defendía con entusiasmo de aficionado y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj:
--No quiero molestarle más.... Venía a cobrar la cuentesita última.
La faz del duque se oscureció. Luego dijo entre risueño y enfadado:
--¡Pero, hombre; que no estén ustedes jamás contentos sino sacándole a uno el dinero!
Y al mismo tiempo echó mano al bolsillo y sacó la cartera. M. Fayolle sonreía siempre, diciendo que lo sentía, porque el señor duque era un pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una porción de bromitas que el banquero no parecía escuchar, atento a contar los billetes. Contó siete de quinientas pesetas y se los entregó, oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese el recibo. Fayolle también los contó y dijo:
--Se ha equivocado, señor duque. El presio del caballo era cuatro mil pesetas. Aquí no hay más que tres mil quinientas.
El duque no dió señales de oir. Con los párpados caídos, bufando y paseando el cigarro de un ángulo a otro de la boca, se mantuvo silencioso y guardó de nuevo la cartera después de haberla apretado con una goma.
--Faltan quinientas pesetas, señor duque--, repitió Fayolle.
--¿Cómo? ¿Faltan quinientas pesetas? No puede ser.... A ver; cuente usted otra vez.
El comerciante contó.
--Hay aquí tres mil quinientas....
--¡Ya lo ve usted! No me había equivocado.
--Es que el caballo cuesta cuatro mil: así lo hemos acustado.
La cara del duque expresó admirablemente el asombro.
--¿Cómo cuatro mil? No, hombre, no; el caballo cuesta tres mil quinientas. En esa inteligencia lo he comprado.
--Señor duque, está usted equivocado--dijo Fayolle poniéndose serio--. Recuerde usted que habíamos quedado en las cuatro mil.
--Recuerdo perfectamente. El que tiene mala memoria es usted.... A ver (dirigiéndose al dependiente que vino a extender el recibo), uno de vosotros que baje a la cochera y pregunte a Benigno en cuánto se ha ajustado el _Polión_.
Al mismo tiempo, aprovechando el momento en que Fayolle miraba al empleado, le hizo un guiño expresivo.
El cochero respondió por boca del dependiente que el caballo se había ajustado en tres mil quinientas pesetas.
Entonces el comerciante se irritó. Estaba segurísimo de que habían quedado en las cuatro mil. En ese supuesto lo había entregado. De otro modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la cuadra. El duque le dejó hablar cuanto quiso, lanzando sólo algún gruñido de duda, pero sin alterarse poco ni mucho. Sólo cuando Fayolle habló de quedarse otra vez con el caballo, le dijo con sorna:
--Por lo visto, ha encontrado usted quien dé las cuatro mil y quiere deshacer el trato, ¿verdad?
--Señor duque, juro a usted por lo más sagrado que no hay nada de eso.... Solamente que estoy seguro de que es como digo.
Al banquero le acometió entonces oportunamente un recio golpe de tos. Se le pusieron los ojos encendidos, las mejillas carmesíes. Luego se limpió sosegadamente con el pañuelo la boca y las narices, y dijo con acento campechano:
--Hombre, no sea usted tacaño. No se altere usted por esas miserables pesetas.
Pero él no las soltó. El comerciante quiso llevarse el caballo. Tampoco pudo lograrlo. Hubo un momento de silencio. Fayolle estuvo a punto de echarlo todo a rodar y desvergonzarse; pero se reprimió considerando que nada adelantaría: menos con llevar el asunto a los tribunales. ¿Quién iba a pleitear por quinientas pesetas y más con un personaje como el duque de Requena? Resignado, pues, con las mejillas encendidas aún, se despidió no sin que el duque le llevase hasta la puerta muy cortésmente, dándole afectuosas palmaditas en la espalda.
Cuando el prócer volvió a ocupar su sillón frente a la mesa, por debajo de sus párpados fatigados brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al cabo de unos minutos apretó el botón del timbre otra vez:
--Vaya usted a ver si la señora duquesa está sola en su habitación o tiene visita--dijo al criado que se presentó al punto.
Mientras desempeñaban la comisión permaneció inactivo, con el cuerpo echado hacia atrás y las manos cruzadas, en actitud reflexiva.
--La señora duquesa está de visita con el padre Ortega--entró a decir el criado.