La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.
Part 17
Un grupo de cinco o seis niñas, entre las cuales estaba Esperancita, hablaba animadamente con algunos pollastres. Cobo Ramírez y nuestro inteligente amigo Ramoncito Maldonado, eran dos de ellos. Difícil es exponer las ideas que entre aquella florida juventud se cambiaban. Todas debían de ser muy finas, muy alegres, muy intencionadas, a juzgar por la algazara que producían. Sin embargo, aplicando el oído, se observaba pronto que los gestos de las niñas, aquel levantar de ojos, aquel agitar la cabeza, aquel mirar picaresco, aquel romper en sonoras carcajadas, no correspondían exactamente a las palabras que se pronunciaban. Decía un pollo verbigracia:
--Manolita; ayer la he visto a usted en San José confesando con el padre Ortega.
La interesada reía con gozo extremado.
--¡No es verdad, Paco; no me ha visto usted!
Decía otro:
--Pilar, ¿dónde compra usted esos abanicos tan monísimos?
Pilar prorrumpía en carcajadas.
--¡Qué guasón! Y ¿dónde ha comprado usted aquel perro tan feo que llevaba usted hoy en el paseo?
--Feo, sí; pero gracioso. Confiéselo usted.
Tales frases hacían desbordar la alegría de aquellos pechos juveniles. Se hablaba recio, se reía más aún, se gesticulaba. Las niñas, sobre todo, parecía que tenían azogue, mostrando sin cesar las dos filas de sus dientes cuando los tenían bonitos o tapándoselos con el abanico cuando no eran presentables. Pero, sobre todo, lo que alborotó el grupo y levantó más tempestad de carcajadas, fué una contestación de León Guzmán. Manolita, una chatilla de ojos negros y boca grande con dientes preciosos, preguntó a León qué hora era. Este, sacando el reloj, respondió que las diez y cuarto. El reloj del conde estaba parado: eran ya cerca de las doce. Esta equivocación hizo gozar vivamente a las niñas. Manolita, sobre todo, quería desvestirse de risa. Cuanto más hacía para reprimir el influjo de sus carcajadas, con más ímpetu salían a su boca fresca y húmeda.
Indudablemente, en las frases, en la apariencia vulgares y hasta estúpidas de los pollos, debe de existir un fondo de humorismo tan profundo como vivo, que sólo las jóvenes de quince a veinte años son capaces de recoger y gustar.
Pero León Guzmán, una vez sosegada la risa, pudo con maña retirarse un poco y entablar conversación aparte con Esperancita. Esto llenó de dolor y sobresanó a Ramón. Hacia días que venía observando que el conde de Agreda miraba con buenos ojos a su dueño adorado. Considerábale más temible que a Cobo, por ser hombre de brillante posición. Cobo, según lo que veía, no adelantaba un paso, lo cual le tranquilizaba. Pero el asunto cambiaba ahora de aspecto. Por eso ya no tomaba parte en la alegría del grupo y dirigía a la pareja unos ojos de carnero que despertaban lástima. Sin embargo, la niña, a su gran satisfacción, no se mostraba demasiado amable con el conde. Parecía preocupada, triste, y dirigía frecuentes y rápidas miradas hacia el sitio donde el propio Ramón estaba. Verdad que detrás de él, en un diván, se hallaban sentados Pepe Castro y Lola Madariaga, charlando con gran animación. Pero el concejal no se hizo cargo de esto.
Cuando León se levantó, Ramoncito le llevó aparte a un rincón y le dió con frase sentida sus quejas. Debía de saber que él, Maldonado, hacía tiempo que obsequiaba a Esperanza, que estaba enamorado de ella perdidamente. Sentía en el alma que un amigo tan íntimo le viniese a hacer daño. Recordóle con enternecimiento la infancia, sus juegos, el colegio. Concluyó por suplicarle con voz entrecortada por la emoción que si no tenía un gran interés por Esperancita dejase de darle celos. León le escuchó entre impaciente y confuso. Por librarse de él prometió cuanto quiso. Luego, cuando se vió entre los amigos, contó la ridícula conferencia y se rió en grande a costa del desdichado concejal.
El duque de Requena, después que dijo a Biggs lo que se proponía, se sentó a jugar al tresillo con la condesa de Cotorraso, el mejicano, marido de Lola, y el general Pallarés. Poco después bufaba lleno de furia porque le venían malas cartas. A pesar de su opulencia jugaba siempre con el mismo afán que si le importase mucho la perdida o la ganancia de unos cuantos duros. Si la suerte le era adversa se ponía de un humor endiablado, murmuraba y hasta llegaba a decir frases inconvenientes a los compañeros. Su hija se veía muchas veces obligada a templarle y a quitarle las cartas de la mano para ponerse ella en su lugar.
Ahora Clementina estaba de buen talante jugando en la mesa próxima: se reía de Pepa Frías porque se mostraba silenciosa y preocupada.
--Oiga usted, Pinedo, no me acordaba ya--dijo arreglando el abanico de cartas que tema en la mano--, ¿por que tenía usted interés esta mañana en hacer pasar por un santo delante de su hija al perdido de Alcántara?
--Es un secreto--respondió el gran vividor.
--¡Que se diga, que se diga!--exclamaron a un tiempo Pepa y Clementina.
Se hizo de rogar un poco. Al fin, obligándoles a prometer antes que lo guardarían fielmente, se lo dijo. Había observado en las niñas tendencia señalada a enamorarse de los calaveras, de los vagos, de los malvados, y a rechazar a los hombres laboriosos y formales. Para que su hija no cayera en poder de alguno de aquellos invertía las referencias que le hacia de cada cual. Cuando pasaba a su lado un chico honrado y trabajador, le ponía de loco y de perdido que no había por dónde cogerlo; si, por el contrario, pasaba uno que mereciese en realidad tales dictados, como Alcántara, se hacía lenguas de él.
Pepa, Clementina y Arbós suspendieron el juego para escuchar sonrientes aquel singular relato.
--¿Y produce efecto el procedimiento?--preguntó el ministro.
--Hasta ahora admirable. Jamás se le ocurre a mi hija mentar en la conversación a los que yo le doy por buenos muchachos. En cambio, ¡cuántas veces me dice muy risueña!: "¿Sabes, papá, que hoy he visto a aquel amigo tuyo tan _perdis_? No se puede negar que tiene gracia en la cara y que parece un chico fino. ¡Es lástima que no formalice!"
En aquel momento, Cobo Ramírez, que andaba por allí resoplando como un buey cansado, se acercó a la mesa y quiso saber de qué se reían. No le fué posible arrancarles el secreto. Pinedo les hizo una seña prohibitiva porque tenía mucho miedo a su lengua. También Pepe Castro, harto de dar celos a Clementina con su amiga Lola, sin que aquélla pareciese siquiera advertirlo, se levantó y se fué aproximando silenciosamente afectando melancolía. Se puso detrás de Pepa Frías y apoyó los brazos en el respaldo de la silla. La viuda estaba tan escandalosamente descotada que en aquella actitud se podía ver más de lo que la decencia permite.
--¡No vale mirar, Pepe!--exclamó Cobo con maligna sonrisa.
--Miro las cartas--respondió aquél.
--¡Vamos, no sea usted desvergonzado, Cobo!--dijo Pepa dándole con ellas en las narices y volviéndose a Castro.
--Quítese de ahí, Pepe. No quiero que se me contemple a vista de pájaro.
Fuentes se acercó para despedirse.
--¿No toma chocolate?--le preguntó Clementina dándole la mano.
--¿Cómo quiere usted que tome chocolate un hombre a quien le acaban de descerrajar un soneto a quema ropa?
--¿Mariscal?
--El mismo. En el comedor y a traición.
Mariscal era un joven poeta, empleado en el Ministerio de Ultramar, que hacía sonetos a la Virgen y odas a las duquesas.
--Pero ya me he vengado como un marroquí--siguió.--Le he presentado al conde de Cotorraso que le está dando una conferencia sobre los aceites. Miren ustedes qué cara de sufrimiento tiene el pobre.
Los tresillistas volvieron la cabeza. Allá en un rincón estaban, en efecto, los dos. El conde hablaba con calor y le tenía cogido por la solapa según su costumbre. El desgraciado poeta, con el rostro contraído, echando miradas de socorro a todas partes, se dejaba sacudir como un hombre a quien conducen a la cárcel.
--Arbós, ¿no cree usted que he llevado mi venganza demasiado lejos?
Para no destruir el efecto de la frase se marchó bruscamente. Todas las noches recorría dos o tres tertulias, donde se celebraban su gracia y sus ingeniosidades.
Los criados entraban con bandejas de chocolates y de helados. Cobo Ramírez cogió una mesilla japonesa, la llevó a un rincón, sentóse frente a ella y se apercibió a engullir.
Pepa Frías echó una mirada en torno, y viendo al general Patiño acercarse, le dijo:
--General, tome usted estas cartas: estoy cansada de jugar. Dáselas tú a Pepe, Clementina; vamos un poco al salón.
El general y Castro ocuparon el sitio de las damas. Estas se fueron al salón grande: mas antes de llegar a él, dijo Pepa:
--Mira, tengo que hablarte de un asunto importante. Vamos a otro sitio.
Clementina la miró con sorpresa.
--¿Quieres que vayamos al comedor?
--No; mejor es que subamos a tu cuarto.
Volvió a mirarla con más sorpresa aún, y, alzando los hombros, dijo:
--Como quieras. ¡Cosa grave debe de ser!
Mientras subían la escalera, Clementina imaginaba que su amiga iba a hablarle de Pepe Castro, de sus amores. Y como en realidad el asunto no le interesaba como antes, marchaba con cierta indiferencia no exenta de aburrimiento. Cuando se encontraron frente a frente en el _boudoir_, le dijo Pepa cogiéndola por las muñecas y mirándola fijamente:
--Vamos a ver, Clementina, ¿tú sabes cómo andan los negocios de tu marido?
Fué un golpe en medio del pecho. Clementina, aunque sin precisión, tenía noticias de las pérdidas de Osorio, de su creciente y febril afán de jugar. El mismo, en una explicación que con ella tuvo, la había amedrentado para arrancarle la firma. Además le veía cada día más delgado y más sombrío. Pero aunque se preocupaba un instante de estas cosas, el tren complicado de su vida de mujer elegante, ayudado por el deseo de no pensar en asuntos enfadosos, se las apartaban pronto de la memoria. Nunca se le pasó por la imaginación que tales pérdidas pudiesen afectar seriamente a sus comodidades, a su ostentación, ni aun a sus caprichos. La conducta de Osorio, que nada le había dicho de restringir los gastos, daba pretexto a perseverar en esta creencia. Pero el gusano permanecía vivo allá en el fondo. No había más que hostigarle como hizo Pepa, para que royese lindamente.
--¿Los negocios de mi marido?--dijo balbuciendo, como si no entendiese--. Yo nunca me entero ... ni le pregunto.
--Pues me han dicho que ha tenido grandes pérdidas en estos últimos tiempos....
--Allá él--exclamó la dama reponiéndose y alzando los hombros con supremo desdén.
--Es que a ti también te puede chamuscar el pelo, hija mía. ¿Tienes asegurada tu dote?
--No sé lo que es eso.... ¿No te he dicho que no entiendo de negocios?
--Pues en este asunto debieras procurar enterarte.
--Pues yo te digo que no me preocupa nada y te ruego que hablemos de otra cosa.
Clementina se mostraba más altanera y desdeñosa cuanta más insistencia veía en Pepa. Su orgullo, siempre alerta, le hacía suponer que ésta había preparado aquella conferencia para mortificarla.
--Es que ... querida mía, debo advertirte que tu marido no especula solamente con su capital--dijo la viuda picada ya.
--¡Ah! ¡Ya pareció aquello! Vamos, tú tienes algunos ochavos en poder de Osorio y temes perderlos, ¿verdad?--dijo Clementina con sonrisa sarcástica, reprimiendo su cólera con trabajo.
Pepa se puso pálida. Una ola de ira le subió también del corazón a los labios. Estuvo a punto de echarlo todo a rodar y ponerse a reñir como una verdulera, para lo cual tenía dotes especialísimas; pero un pensamiento interesado, un pensamiento de conservación la contuvo. Si rompía con su amiga, si la irritaba, las probabilidades de salvar su capital disminuían. Comprendió que el mejor partido era no excitar su naturaleza indómita, esperar que la amistad o su mismo orgullo la impulsasen a la generosidad. Hizo un esfuerzo para reprimir sus ímpetus ante la mirada altiva y provocativa de su amiga y dijo con abatimiento:
--Pues sí, Clementina, te lo confieso. Tu marido tiene en su poder lo poco que poseo. Si lo pierdo me quedo sin una peseta. No sé qué será de mí.... Antes que depender de mi yerno, prefiero pedir limosna.
--Pedir limosna, no. Te traeré a casa para acompañarme en lugar de Pascuala--dijo con desdén la dama, en quien la soberbia aún no se había apaciguado.
Pepa sintió más este flechazo que el anterior, pero logró contenerse también.
--Vamos, chica--dijo volviendo a cogerla por las muñecas cariñosamente--, no me eches a la cara los millones. Si he venido a aburrirte con estas cosas, es porque te tengo por mi mejor amiga. Ya sé yo que se exagera mucho, y que la envidia anda suelta por el mundo. La mayor parte de lo que cuentan de las pérdidas de Osorio, probablemente no será verdad....
--Y si lo fuese, la cosa tiene poca importancia para mí. Figúrate que hoy mismo me ha dicho mi madrastra que me deja por heredera de toda su fortuna.
Pepa abrió los ojos con sorpresa.
--¿La duquesa? ¡Oh, pues no son más que cincuenta millones de pesetas! Creo que la pobre está muy enferma....
--Bastante.
La soberbia se sobreponía en aquel instante a todo sentimiento afectuoso en el corazón de Clementina. Pronunció aquel bastante en un tono que daba frío.
Las dos amigas, al cabo de unos minutos, se entendían perfectamente. Pepa, afectando siempre desenfado, adulaba de todos los modos posibles a su amiga, como hermosa, como rica, como elegante. Clementina se dejaba adular, respiraba con delicia aquel tufillo de incienso. En cambio prometía que ni un céntimo perdería Pepa de su capital.
Bajaron la escalera cogidas por la cintura, charlando como cotorras. Al llegar a la puerta del salón, antes de soltarse se dieron un apretado y cariñoso beso. Ninguna de las dos pensó que lo que las tenía enlazadas no eran sus propios brazos, sino los de un cadáver: el cadáver de una santa y generosa señora.
VIII
#Cena en Fornos.#
Al salir del hotel de Osorio, Pepe Castro y Ramoncito se metieron en la berlina que esperaba al primero y se trasladaron a Fornos. Les costó trabajo desembarazarse de Cobo Ramírez, que había olido algo de cena y deseaba ser de la partida. Ramón dió un codazo a Castro para manifestar que no le vería con gusto en ella. Este, a quien tampoco placa el carácter desvergonzado del primogénito de Casa-Ramírez, hizo lo posible por desprenderse de él engañándole.
El terror de los maridos estaba de muy mal humor. La indiferencia real o fingida que Clementina le había mostrado toda la noche le roía el corazón. Siempre habían sido prudentísimos en sociedad, sobre todo en casa del marido; pero nunca le faltó ocasión, hasta entonces, a la dama, con una mirada intensa, con alguna palabrilla fugaz, de expresarle su amor. Y como esto llovía sobre mojado, porque hacía ya bastantes días que la encontraba despegada, distraída, la picadura era más viva. Castro no estaba enamorado de la esposa de Osorio. Era incapaz de enamorarse. Pero tenía una idea extraordinaria de sus dotes de conquistador y, como consecuencia, un amor propio exagerado. Además, ya sabemos que Clementina era para él, no sólo la tórtola enamorada, sino el cuervo que le traía en su pico el sustento. Envuelto en su gabán de pieles y arrellanado en el rincón del coche, no despegó los labios en todo el camino. Era la una. La noche fría y despejada, una noche de Madrid, en que el ambiente produce cosquillas en los ojos y la nariz. Ramoncito, entregado también a sus melancolías, limpiaba con el pañuelo el cristal de la ventanilla para sumergir la mirada en las calles solitarias y en el cielo poblado de estrellas.
Cuando llegaron a Fornos vieron el coche de la Amparo, en espera.
--Llegamos un poco tarde. Nos va a sacar los ojos esa tía--dijo Castro apresurándose a entrar.
Un mozo les dijo que arriba, en el gabinete de la izquierda, les esperaban tres señoras y dos caballeros. Antes de subir dió las disposiciones necesarias para la cena que había encargado. En el gabinete, dispersos por las sillas, estaban Rafael Alcántara, Manolito Dávalos, la Nati, la Socorro y la Amparo, que los recibieron con _fueras_ y silbidos. Todos cinco venían del Real: hacía muy cerca de media hora que esperaban.
--¡Que poca vergüenza tienes, hijo!--dijo la Amparo con el hermoso entrecejo fruncido--. Y menos aún los que toman en serio tus convites.
--Chica, me figuré que saldrías más tarde del Real.
--¡Eso! Dí que estabas a gusto en casa de mi hijastra, y entonces puedes tener cierta disculpa.
Amparo solía llamar en broma su hijastra a Clementina.
--¡Qué hijastra, ni qué madrastra!--exclamó el lechuguino con gesto de mal humor--. ¡Si pensarás que hay mujer que me retenga a mí cuando no quiero!
El despecho, incubado toda la noche, rompía ahora con fuerza la cáscara.
--¡Olé mi niño! Así hablan los hombres--exclamó la Nati, una chulilla de Lavapiés que descubría el paño, no sólo en la conversación, sino también en el peinado, en los andares, en todo.
--¡Qué simple eres, criatura!--dijo la Amparo volviéndose a ella--. ¿Te figuras que eso es cierto? Clementina le tiene más sumiso que un perrillo de lanas. Si se le antoja, le hace lamer la planta de sus pies.
--¡Sí; lo mismo que tú a su papá!--respondió furioso Castro--¿Vosotras, por lo visto, os habéis llegado a figurar que soy un cadete de infantería? Pues ya veréis lo que me importa por esa señora....
--¿De veras?--preguntó Alcántara.
--De veras: me voy aburriendo ya.
Castro, previniendo una próxima ruptura con su amante, preparaba una cama blanda a su reputación de seductor para que no sufriese desperfecto.
--Os enfadáis conmigo--siguió--porque llego tarde.... ¿Y León? ¿Dónde está León?
--León, aquí está--profirió una voz sonora detrás.
Y el propio León avanzó hasta el medio de la estancia y se puso a parodiar, con entonación y mímica de cómico de la legua, una zarzuela muy conocida:
Yo soy aquel conde de Agreda llamado, que en lides sin cuento probó su valor.
--Oye, nene--dijo Socorro tirándole de los faldones del frac--, tengo que ajustarte una cuenta.
--¡Tú también!--exclamó con afectado espanto--.¡Cielos! ¿Dónde me meteré que no me presenten cuentas?
Y se dejó llevar, fingiendo susto, a un rincón por su querida, que le preguntó en voz baja:
--Dí, babieca, ¿por qué no me has dicho que era Amparo de la partida? ¿No sabes que estamos políticas hace ya días?
--¡Bah! ¡bah!--exclamó alzando la voz y apartándose--. En cuanto tengáis unas copas de Jerez en el cuerpo, se van a oir los besos que os deis, desde la calle.
-Socorro quedó acortada mordiéndose los labios. Temía que Amparo hubiese advertido algo. Y en efecto, la querida de Salabert les había echado una mirada penetrante sospechando lo que hablaban, y arrugó el entrecejo: "¡Anda, anda! ¡A buena parte iban con recaditos! ¡Como la picasen un poco era capaz de agarrar por el moño a aquella pánfila y batirla contra la pared!"
La Socorro era una rubia linfática, de tez nacarada y ojos claros, un poco romántica y un mucho susceptible. Se decía hija de un comandante y se agarraba el derecho de despreciar a sus compañeras nacidas del seno de la plebe. Era más instruída que ellas porque leía todos los folletines que le venían a las manos: cuidaba de no decir palabras feas: no solía emplear tampoco locuciones flamencas. Tenía alguna más edad que la Amparo y la Nati.
--A la mesa, a la mesa--dijo Alcántara--. Estas óperas alemanas me excitan un hambre de lobo.
Levantáronse todos del asiento y se aproximaron a la mesa, mientras Castro hacía sonar el timbre para avisar al mozo. El conde de Agreda los detuvo con un gesto.
--Caballeros, hay aquí dos princesas que han reñido por cuestiones diplomáticas que no nos incumben. ¿Opinan ustedes que se den un beso antes que nos sentemos?
--Que se lo den: que se lo den--exclamaron los tres hombres y Nati, mirando a la Socorro y Amparo.
Esta se encaró furiosa con León.
--¡Ja, ja!... Chica, no empieces ya a soltar gracias porque nos va a hacer daño la cena.
La Socorro se hizo la indiferente inspeccionando la mesa.
--Que se besen--volvió a decir el coro.
--Oíd, preciosos, ¿nos habéis traído para reiros de nosotras o a darnos de cenar?--dijo la Amparo cada vez más irritada.
Castro trató de calmarla.
--No hay motivo para enfadarse, Amparito. León, lo mismo que yo y todos los demás, desearíamos que los que nos sentemos a cenar fuésemos buenos amigos. Si hay algún resentimiento debe olvidarse, sobre todo si, como presumimos, no ha sido por cosa grave.
--¡Que se besen!--gritaron con más fuerza los comensales.
No hubo más remedio. Castro y Alcántara se apoderaron de la Amparo, Ramón y el conde de la Socorro y las fueron aproximando casi a viva fuerza, no sin que ambas protestasen, sobre todo Amparo, que se defendía con energía. Al cabo concluyó por reirse.
--¡Pero esto es estúpido! ¿Qué mosca os ha picado?
Y acercándose con decisión a Socorro, le dió un beso sonoro en la mejilla.
--Besémonos, hija, porque si no temo que a estos chicos simpáticos les dé un ataque de nervios.
La Socorro le pagó el beso con otro más tímido, manifestándose reservada y circunspecta.
--Bueno, ahora dejadme calentar un poco, que estoy aterida--dijo sentándose al lado de la chimenea, tan cerca que, por milagro, no ardía.
Se tostó por delante y por detrás, en tal forma, que, cuando Rafael fué a coger la silla, quemaba.
--¡Qué atrocidad! Mirad, chicos, cómo ha dejado Amparo la silla.
Todos pusieron las manos sobre ella y se admiraron.
--¡Cómo tendrá esa mujer el cuerpo! Vamos a verlo--dijo Castro avanzando hacia ella.
--¡Eh, niño, alto! que yo soy de mírame y no me toques.... Bueno, si queréis tocad la espalda--añadió generosamente.
Y uno tras otro fueron poniendo la palma de la mano en la espalda de aquel hermoso animal que, efectivamente, casi quemaba.
--Ahora vais a ver cómo me las compongo con los boquerones--dijo sentándose--. Porque supongo que te habrás acordado de mí--añadió levantando la vista hacia Pepe Castro.
Este hizo una señal afirmativa y empujó suavemente a Manolito Dávalos para que se sentase al lado de su ex querida. Era curioso ver la extraña turbación que se apoderaba del tocado marqués cuando se ponía cerca de la Amparo. Esta mujer le fascinaba de tal suerte que se mostraba confuso, ruborizado, sin saber qué decir ni hacer. Los compañeros, que lo sabían, mirábanle con disimulo y enviaban sonrisas y guiños a la joven, la cual adoptaba un continente protector, maternal, con él. Se reía como los demás de aquella extraña y furiosa pasión; pero en el fondo se sentía halagada por ella.
Rafael Alcántara, que ya había pellizcado en todos los platos de entremeses, volvió a gritar:
--Señores, que venga por Dios esa cena, porque voy a pillar una indigestión de aceitunas.
Acomodáronse todos, al fin. Dos mozos comenzaron a servir los platos. Amparo desdeñó el _consommé_; pero cuando trajeron unos filetes de _boeuf macédoine_ se colmó de tal modo el plato que los amigos comenzaron a darse de codo y a reir.
--¡Ah! ¿vosotros pensáis que soy una niña tísica de las que cantan _La Stella confidente_?... ¡Ya veréis, ya!
Rafael sacó la conversación del duque de Requena, pero la Amparo cortó las bromas.
--Vamos, dejadle en paz. Ya que paga, que se divierta el pobre como pueda.
Aunque todo el mundo sabía que tenía esclavizado al archimillonario, no gustaba que se rieran a su costa. Del duque pasaron a su hija. Rafael contaba pormenores terribles, repugnantes. Las mujeres se ensañaron con ella vengándose de su hermosura, su elegancia y su orgullo. Castro, en vez de acudir a la defensa, contentóse con sonreír discretamente y exclamar con negligencia:
--¡No sabéis lo que decís!