La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.
Part 16
Poco después que éstos entró en el salón Fuentes, un hombrecillo vivaracho, feo, raquítico, bastante marcado por las viruelas. Nadie sabía de qué vivía: suponíansele algunas rentas. Frecuentaba todos los salones de algún viso de la corte y se sentaba a las mesas mejor provistas. Sus títulos para ello eran los de pasar por hombre de animada y chispeante conversación, ingenioso y agradable. Más de veinte años hacía que Fuentes venía alegrando las comidas y los saraos de la capital, desempeñando en ellos el papel de primer actor cómico. Algunos de sus chistes habían llegado a ser proverbiales; repetíanse no sólo en los salones sino en las mesas de los cafés, y hasta llegaban a las provincias. Contra lo que suele suceder en esta clase de hombres no era maldiciente. Sus chistes no tendían a herir a las personas, sino a alegrar el concurso y obligarle a admirar lo fácil, lo vivo y lo sutil de su ingenio. Todo lo más que se autorizaba era apoderarse de las ridiculeces de algún amigo ausente y formar sobre ellas una frase graciosa; pero nunca o casi nunca a costa de la honra. Estas cualidades le habían hecho el ídolo de las tertulias. Ninguna se consideraba completa si Fuentes no daba al menos una vueltecita por ella.
--¡Oh, Fuentes! ¡Oh, Fuentes!--gritaron todos viéndole aparecer.
Y una porción de manos se extendieron para saludarle. Apretando las primeras que llegaron a chocar con la suya se dirigió desde luego a la señora de la casa, con voz cascada que ayudaba mucho al efecto cómico, diciendo:
--Perdone usted, Clementina, si llego con un poco de retraso. Viniendo acá me cogió por su cuenta Perales, ya sabe usted ¡Perales!, no tengo más que decir. Luego, cuando pude desprenderme de sus manos, ahí en la esquina del ministerio de la Guerra, caí en las manos del conde de Sotolargo, y ése ya sabe usted que es pesado con un cincuenta por ciento de recargo.
--¿Por qué?--se apresuró a preguntar Lola Madariaga.
--Porque es tartamudo, señora.
Los convidados rieron, algunos a carcajadas; otros más discretamente. La frase venía preparada: se conocía a la legua; pero así y todo produjo el efecto apetecido, parte porque en efecto había hecho gracia, parte también porque todo el mundo se creía en el deber de ponerse risueño en cuanto Fuentes abría la boca.
Un instante después un criado de librea abrió de par en par las puertas del salón, diciendo en alta voz:
--La señora está servida.
Osorio se apresuró a ofrecer el brazo a la baronesa de Rag y rompió la marcha hacia el comedor seguido de todos los convidados. Cerrando la comitiva iba el barón conduciendo a Clementina.
Los criados esperaban puestos en fila con la servilleta al brazo, capitaneados por el _maître_. Osorio fué designando a cada invitado su puesto. No tardaron en acomodarse todos. La mesa ofrecía un aspecto elegante, armonioso. La luz, que caía de dos grandes lámparas con reflectores, hacía resaltar los vivos colores de las flores y las frutas, la blancura del mantel, el brillo del cristal y la porcelana. Sin embargo, esta luz, demasiado cruda, hace daño a la belleza de las damas, las desfigura como un aparato fotográfico. Para templarla y producir una iluminación suave y normal, Clementina hacía colocar dos candelabros con numerosas bujías a los extremos de la mesa. Todas las señoras estaban más o menos descotadas: alguna, como Pepa Frías, escandalosamente. Los caballeros, de frac y corbata blanca.
La conversación fué en los primeros momentos particular: cada cual hablaba con su vecino. La baronesa de Rag, una belga de pelo castaño y ojos claros, bastante gruesa, preguntaba a Osorio los nombres de los objetos que había sobre la mesa. Hacía poco tiempo que estaba en España y apetecía con ansiedad conocer el castellano. Clementina y el barón hablaban en francés. Pepa Frías, que estaba entre Pepe Castro y Jiménez Arbós, le dijo al primero por lo bajo:
--¿Qué le parece a usted de la _jeta_ del marido de Lola? ¿verdad que para gaucho no es del todo mala?
Castro sonrió con la superioridad que le caracterizaba.
--Sí, debió de haber _lazado_ muchas vacas en la pampa.
--Hasta que al fin una vaca le _lazó_ a él.
--Pero no fué en la pampa.
--Ya sé: en los jardinillos: no me diga usted nada.
El general Patiño, fiel a su naturaleza y a su tradición militar, se desplegó en guerrilla para atacar a la marquesa de Ujo, que tenía al lado.
--Marquesa, las perlas le sientan admirablemente. Un cutis suave y levemente bronceado como el de usted, donde se transparenta toda la savia y todo el fuego del mediodía, exige el adorno oriental por excelencia.
--Usted tan lisonjero como siempre, general. Me pongo las perlas porque es lo mejor que tengo. Su tuviese unas esmeraldas tan hermosas como Clementina, dejaría las perlas en sus estuches--respondió la dama, mostrando al sonreír unos dientes bastante desvencijados donde brillaba en algunos puntos el oro del dentista.
--Haría usted mal. Las mujeres hermosas están en la obligación de ponerse lo que les va mejor. Dios quiere que sus obras maestras se manifiesten en todo su esplendor. Las esmeraldas sientan bien a las linfáticas; pero usted es como la uva de Jerez, doradita por fuera y guardando en el corazón un licor que marea y embriaga.
--¡Si dijera usted como una pasa!
--¡Oh, no, marquesa! ¡oh, no!...
Y el general rechazó con fuego la especie y empleó toda su elocuencia en desbaratarla como si tuviese delante un ejército enemigo.
Mientras tanto los criados comenzaban a dar vuelta a la mesa presentando los platos. Otros, con la botella en la mano, murmuraban al oído de los invitados: _Sauterne, Jerez, Margaux_, en un tono cavernoso semejante al que emplean los cartujos para recordarse mutuamente la muerte.
--Yo no bebo más que _champagne frappé_ hasta el fin--dijo Pepa Frías al que tenía detrás.
--¡Cuánto calor, Pepa, cuánto calor!--exclamó Castro.
--No lo sabe usted bien--repuso la viuda con entonación maliciosa.
--Por desgracia.
--O por fortuna. ¿Está usted ya cansado de Clementina?
Fuentes no se encontraba bien con aquel cuchicheo. Le dolía desperdiciar su ingenio en conversación particular, para una sola persona. Asió la primera ocasión por los cabellos para levantar la voz y atraerse la atención de los comensales.
--Ayer le he visto a usted por la mañana en la carrera de San Jerónimo, Fuentes--le dijo la condesa de Cotorraso que estaba tres o cuatro puestos más allá.
--Según a lo que usted llame mañana, condesa.
--Serían las once, poco más o menos.
--Entonces, permítame usted que lo dude, porque hasta las dos estoy siempre en la cama.
--¡Oh, hasta las dos!--exclamaron varios.
--Eso ya es una exageración, Fuentes--dijo la marquesa de Alcudia.
--Pero es una exageración aristocrática, marquesa. ¿Quién se levanta primero en Madrid? Los barrenderos, los mozos de cuerda, los pinches de cocina. Un poco más tarde encontrará usted a los horteras abriendo las tiendas, alguna vieja que va a oir misa, lacayos que salen a pasear los caballos, etc. Luego empiezan a salir los empleaditos de las casas de comercio y los escribientes de las oficinas del Estado que llevan todo el peso de ellas, las modistillas, etc., etc. A las once ya hallará usted gente más distinguida, oficiales del ejército, estudiantes, empleados de tres mil pesetas, corredores de comercio, etc. A las doce comienzan a salir los peces gordos, los jefes de negociado, los banqueros, algunos propietarios; pero sólo después de las dos de la tarde podrá usted ver en la calle a los ministros, a los directores generales, a los títulos de Castilla, a los grandes literatos....
Los comensales escuchaban embelesados aquella ingeniosa defensa de la pereza y se creían en el caso de reir y decirse unos a otros por lo bajo:
--¡Este Fuentes! ¡oh! ¡este Fuentes tiene la gracia de Dios!
Y alguno, por el placer de oirle nada más, le llevaba la contraria.
--Pero hombre, ¿habrá nada más agradable que levantarse por la mañana a respirar el aire puro y bañarse con la luz del sol?
--Prefiero bañarme en agua tibia con una botellita de Kananga.
--¿Me negará usted que el sol es hermoso?
--Es hermoso, pero un poco cursilón. Yo no digo que allá al principio del mundo no fuese una cosa asombrosa, digna de verse; pero ustedes comprenderán que ahora está anticuado. ¿Hay nada más ridículo en una época tan positivista como la presente que llamarse Febo y gastar cabellera de oro? Además, el sol no tiene mérito alguno intrínseco. Está ahí ardiendo porque Dios lo ha puesto. Pero la luz del gas, la luz eléctrica representan el esfuerzo de un hombre de genio, es el triunfo de la inteligencia, hace recordar nuestro poder sobre la materia, la soberanía del espíritu en todo el Universo.... Luego--añadió bajando un poco la voz--, al sol se le puede ver sin que cueste dinero, y yo siempre he aborrecido los espectáculos gratis.
Los comensales no cesaban de reir. Fuentes, animado por aquellas risas, se desbordaba en paradojas, en frases ingeniosas y sutiles, cayendo a ojos vistas en el amaneramiento. Le pasaba lo que a los grandes actores demasiado aplaudidos. No sabía contenerse a tiempo y entraba al fin en el terreno de la extravagancia. De aquí a lo insulso no hay más que un paso, y Fuentes lo daba con frecuencia.
El conde de Cotorraso persistía en defender al astro del día para excitar el ingenio de su detractor. El sol era quien animaba la Naturaleza, quien calentaba nuestro cuerpo aterido, etc.
--Eso de que el sol produzca animación, lo niego--replicaba Fuentes--; Madrid está mucho más animado por la noche que por el día, y para calentarme prefiero el cok, que no ocasiona tabardillos.... Vamos a ver, conde, fíjese bien: ¿qué mérito puede tener una cosa que a la fuerza ha de ver siempre su lacayo primero que usted?
Como alguien dijera riendo que Fuentes tenía "buena sombra", éste replicó vivamente:
--¿Lo ve usted, conde? Hasta para decir que un hombre tiene gracia se dice que tiene buena sombra. A nadie se le ocurre decir que tiene buen sol.
Y con motivo de las sombras se habló de la del manzanillo. La marquesa de Ujo preguntó al mejicano, marido de Lola, si en su país había manzanillos. Ballesteros, que así se llamaba, replicó que no, pero que había visto muchos en el Brasil. La marquesa se informó con viva curiosidad de las particularidades del árbol; pero quedó sumamente disgustada cuando el mejicano le dijo que la sombra no mataba y que sólo su fruto desprendía un agua corrosiva.
--¿De modo que durmiendo debajo de él no se muere?
--Señora, yo no he dormido ¿sabe?; pero he almorsado con varios amigo debaho de uno y no nos ha pasao ná.
--Entonces, ¿cómo se suicida Sélika en _La Africana_ acostándose a la sombra de ese árbol?
--Eso es una patraña, una invensión de los poeta ¿sabe? Será una cosa bonita, pero no tiene nada de verdá.
La marquesa, desencantada por aquel dato realista, no quiso salir de su poética creencia; arguyó que tal vez los manzanillos de la India fuesen distintos de los del Brasil.
Hablóse de las producciones de Méjico.
--¿Es verdad que usted posee ochocientas mil vacas, Ballesteros?--preguntó Clementina.
--¡Oh, señora; eso es una exagerasión! A lo sumo que llegará mi rebaño es a tresientas mil.
--Si fuesen mías--dijo Fuentes--, construiría un estanque mayor que el del Retiro, lo llenaría de leche y navegaría por él.
--Nosotro no utilisamo la leche, señor, ni la manteca tampoco. La carne alguna vese la convertimo en tasaho ¿sabe? y la esportamo. Mas por lo regulá sólo sacamo partido de las piele ¿sabe? Los cuerno también los vendemo para la fabricación de los objeto de asta.
--¡Que te quemas! ¡que te quemas!--exclamó Pepe Castro por lo bajo.
Pero no tanto que no lo oyese Jiménez Arbós, que estaba del otro lado de Pepa Frías, y no le acometiese un acceso de risa que procuró con todas sus fuerzas sofocar.
--Anda, barbiana, alárgame ese frasquito de mostaza--dijo Pepa Frías dirigiéndose a Clementina para disimular también la risa que le había acometido.
--Bajbiana, bajbiana.... ¿Qué es que bajbiana?--preguntó, la baronesa de Rag a Osorio en su afán de aprender pronto el español.
Este se apresuró a explicárselo como pudo.
Pepa hablaba de vez en cuando por lo bajo con Jiménez Arbós. Solían ser algunas frases rápidas que probaban la inteligencia en que estaban y al mismo tiempo el deseo de mostrarse prudentes. La conversación con Pepe Castro, que tenía a su izquierda, era más animada.
--¿Por qué no aconseja usted a Arbós que coma más carne?--le preguntaba el lechuguino al oído.
--¿Para qué?
--Para lo que se come carne generalmente; para nutrirse y adquirir fuerzas con que soportar las fatigas que nuestros deberes nos imponen.
--¡Ya!--exclamó la viuda con entonación irónica--. Mire usted por sí y deje a los demás arreglar sus cuentas como Dios les dé a entender.
--Ya ve usted que procuro nutrirme.
--Sí, pero que vaya un poco también al cerebro, porque el día menos pensado se cae usted en la calle de tonto.
--¿Se ha ofendido usted?--preguntó riendo el elegante como si hubiese dicho la cosa más descabellada del mundo.
--No, hombre, no: es que lo creo así. No entiendo cómo Clementina puede sufrir semejante narciso.
--¡Chis, chis! ¡Prudencia, Pepa, prudencia!--exclamó Castro con susto, levantando los ojos hacia su querida.
--¿Sabe usted que disimula muy bien? No la he visto dirigirle a usted una sola mirada hasta ahora.
Castro, que hacía días estaba un poco despechado por la frialdad de su dueño, sonrió forzadamente frunciendo en seguida el entrecejo. A Pepa no le pasó inadvertido este gesto.
--Mire usted qué cara tan nublada tiene en este momento Osorio. ¡Inspira horror! Y toda la culpa la tiene usted, pícaro.
--¡Yo! Nada de eso. Deben de ser cuestiones de guita las que le ponen tan amarillo. Me han dicho que está arruinado o muy próximo a arruinarse.
Pepa se estremeció visiblemente.
--¿Qué dice usted? ¿Por dónde ha sabido usted eso?
--Pues me lo han dicho ya varios.
La viuda se volvió bruscamente hacia Jiménez Arbós sin ocultar su agitación y le preguntó en voz baja y alterada:
--¿Has oído algo de que Osorio esté arruinado?
--Sí, lo he oído. Osorio viene jugando a la baja hace tiempo y los fondos se empeñan en subir--respondió el estadista levantando la cabeza con gesto petulante de pavo real.
En el tono con que pronunció estas palabras se advertía satisfacción. Para un ministro, jugar a la baja es siempre un crimen digno de castigo.
--Yo no sé lo que tendrá comprometido en esta liquidación; pero si es mucho está perdido, porque el consolidado ha subido un entero. Y si se empeña en no liquidar inmediatamente, a fin de mes puede tener muy bien dos enteros de alza.
Todo el buen humor de Pepa había desaparecido de repente. Bajó la cabeza y dejó caer el tenedor sin ánimo para concluir el trozo de jamón de York que se había puesto. El ministro, observando su silencio y su tristeza, le preguntó:
--¿Tienes por casualidad fondos en su poder?
--Por casualidad, no ... ¡por estupidez mía! Tiene en su mano casi toda mi fortuna.
--¡Oh diablo, diablo!
--Se me está haciendo rejalgar en el cuerpo lo que he comido. Creo que me voy a poner mala--dijo la viuda poniéndose realmente pálida.
Arbós hizo esfuerzos por tranquilizarla. Tal vez no fuese cierto todo. En las ruinas como en las fortunas improvisadas se exagera siempre mucho. Además, si algún compromiso había sagrado para Osorio, debía ser el de ella, una dama que le confía su dinero por pura amistad.
Aunque hablaban en falsete, sus fisonomías graves y sus ademanes decididos llamaron la atención del general Patiño, el cual, con admirable penetración, dijo a la marquesa de Ujo:
--Mire usted a Pepa y a Arbós. Hay nube de verano entre ellos. ¡Qué hermoso es el amor hasta en sus fugaces tormentas!
Mientras tanto, los condes de Cotorraso, Lola Madariaga, Clementina y los barones de Rag hablaban del arsénico como medicamento para engordar y poner terso y brillante el cutis. Lola Madariaga era la primera vez que lo oía y se mostraba llena de júbilo, y anunciaba que iba inmediatamente a ensayar la virtud milagrosa del veneno.
--¡Dios mío, Lolita!--exclamó Fuentes--. Si usted, como es ahora, causa tales estragos en los corazones masculinos, ¡qué va a suceder cuando lleve cuatro o cinco meses con un régimen de arsénico! Señor Ballesteros, no consienta usted que lo tome: es tratarnos con demasiada crueldad.
--Vamos, amigo Fuentes--repuso la graciosa morena dirigiendo una mirada insinuante a Castro, porqué se le había metido en la cabeza arrancársele a Clementina--¿me quiere usted tomar el pelo?
--¡Tomaj el pelo!... ¿Qué es que tomaj el pelo?--preguntó la baronesa de Rag a Osorio.
A esta baronesa la estaba desvistiendo con la imaginación Bonifacio, contemplándola desde lejos sin pestañear. Hacía días que había comprado entre otras fotografías obscenas la de una mujer desnuda meciéndose en una hamaca. Se le antojaba que la baronesa se parecía mucho a aquella mujer, y trataba de averiguar, por medio de un prolijo examen exterior, si interiormente guardaría la misma semejanza.
Terminó al fin la comida no sin dedicar, por supuesto, un buen rato de conversación al teatro Real, a Gayarre y a la Tosti. No la hubieran digerido bien si les faltase. El café, como era costumbre en casa de Osorio, se sirvió en el mismo comedor. Luego, las señoras con algunos hombres se fueron al salón. Otros se quedaron fumando, pero no tardaron en ir a reunirse con los demás. Hacía allí un calor insufrible.
Pepe Castro aprovechó la confusión de la salida para preguntar a Clementina:
--¿Cómo no has ido esta mañana?
Clementina detuvo el paso, le miró con sonrisa protectora.
--¿Esta mañana?... No sé.
--¿Cómo no sabes?--dijo frunciendo su augusta frente el real mozo.
--No sé; no sé--y dió un paso para alejarse sin dejar de sonreír con leve matiz de burla.
--¿Y mañana irás?
--Veremos--respondió alejándose.
Castro sintió aquella sonrisa como un golpe en medio del pecho. Se mordió el labio inferior y murmuró:--¿Coqueteamos, eh? ¡Ya me la pagarás, hermosa!
En el salón había ya algunas personas, entre ellas Ramón Maldonado y la hija de Pepa Frías con su marido. En otro saloncito contiguo estaban preparadas hasta seis mesas de tresillo. Algunos se sentaron desde luego a jugar. Otros esperaron a que llegasen los compañeros de costumbre. No tardaron, en efecto, en poblarse entrambos salones. Llegó D. Julián Calderón con Mariana y Esperancita, Cobo Ramírez con León Guzmán y otros tres o cuatro pollastres, el general Pallarés, los marqueses de Veneros y otras varias personas, entre las cuales predominaban los banqueros y hombres de negocios.
Uno de los últimos en llegar fué el duque de Requena, a quien se hizo la misma acogida ruidosa y lisonjera que en todas partes. Entró jadeando, fumando, escupiendo, con la seguridad insolente que su inmensa fortuna le había hecho adquirir. Hablaba poco, reía menos; emitía sus opiniones con rudeza y se dejaba adorar del corro de señoras que le rodeaba. Tenía las mejillas más amoratadas que nunca, los ojos sanguinolentos, los labios negros. Estaba tan feo, que Fuentes dijo a Pinedo y a Jiménez Arbós señalándole:
--Ahí tienen ustedes al diablo recibiendo a sus brujas en el aquelarre de los sábados.
Se le invitó a jugar al tresillo como siempre; pero rehusó. Había visto a dos banqueros a quienes quería pescar para su negocio de la mina de Riosa. Además le convenía hacer la corte a Jiménez Arbós algunos momentos. Ya había conseguido que la mina saliese a subasta con todos sus accesorios de montes y pertenencias. En la _Gaceta_ se había insertado el anuncio. La compañía para comprarla estaba ya formada. Pero entre los socios había desavenencia. Unos pretendían comprarla al contado (entre ellos estaba Salabert) y otros querían aprovechar los diez plazos que el Gobierno concedía. La diferencia en la tasación de una a otra forma, era enorme.
El duque se acercó a Biggs, el representante de una casa inglesa que entraba con parte muy considerable en la compañía y que capitaneaba el partido de la compra a plazos. Le echó familiarmente el brazo sobre el hombro y le llevó al hueco de un balcón, diciéndole con rudeza:
--¿Conque ustedes empeñados en que nos arruinemos?
Y comenzó a tratar el asunto con una franqueza que desconcertó al inglés. Este respondía a las salidas brutales del duque con razonamientos corteses y suaves, sonriendo siempre benévolamente. El duque acentuaba su rudeza, que en el fondo era muy diplomática.
--Yo no tengo gana de tirar mi dinero. Me ha costado mucho trabajo adquirirlo, ¿sabe usted? Probablemente, al fin y al cabo, me veré obligado a cortar por lo sano, separándome del negocio.
--Señor duque, yo no tengo culpa--respondía Biggs con marcado acento inglés--. He recibido instrucciones.
--Las instrucciones son dadas según los consejos de un zorro viejo que hay en Madrid.
--¡Oh, duque!--exclamó Biggs riendo,--no hay _sorro vieco_, no.
Y la discusión continuó sin que el banquero español pudiese obtener nada del inglés, pero dejándole bastante preocupado.
Pepa Frías, vivamente agitada, hablaba aparte con Jiménez Arbós, después de haberse enterado, preguntando a algunos banqueros, de que los negocios de Osorio no marchaban bien. No obstante, todos le suponían con medios de hacer frente a sus compromisos. Su capital era grande, y, aunque en las últimas liquidaciones de Bolsa había experimentado pérdidas fuertes, no creían que eran lo bastante para producir una quiebra. Hay que advertir que ninguno de aquellos señores operaba sobre diferencias como Osorio. Este se había enviciado. A pesar de las advertencias de sus amigos y compañeros, no podía vencer aquella pasión del juego, que tarde o temprano había de conducirle a la ruina. Pepa le observaba disimuladamente, y con la penetración maravillosa de las mujeres adivinaba debajo de su exterior frío, tranquilo, mucha mar de fondo. Mientras Arbós procuraba tranquilizarla con frase correcta, atildada (ni aun hablando a su querida prescindía de las formas oratorias), la viuda meditaba un plan salvador. Este plan consistía en dar la voz de alarma a Clementina y arrancarla la promesa de librar sus fondos de la quema, si es que la había, anclando a su propio dote. Fiando mucho en su diplomacia y en el temperamento desprendido de su amiga, serenóse un poco. Arbós tuvo ocasión una vez más, viendo acudir la calma a su rostro, de penetrarse de las excepcionales dotes persuasivas con que la providencia de Dios le había favorecido.
Pepa tuvo ánimos para sentarse a jugar al tresillo con Clementina, Pinedo y Arbós. Al cruzar el salón grande vió sentados en un rincón a su hija y a su yerno en la actitud de dos tórtolas enamoradas. Acercóse a ellos. Como no había logrado barrer de su espíritu la preocupación, hablóles con cierta aspereza.
--¡Ayer os mandábais cartitas y hoy hay que traer agua caliente para despegaros! Por lo visto, hijos, tomáis el matrimonio a turno impar.... Vamos, vamos, separaos que no está bien aparecer tan sobones delante de gente.
Emilio se sintió herido por aquel tono autoritario, y con las mejillas encendidas iba a responder una descantada a su suegra; pero ésta pasó de largo, entrando en la sala de tresillo. Así y todo quedó murmurando pestes, diciendo que él no había aguantado jamás ancas de nadie y que menos las aguantaría ahora de su suegra, con otra porción de frases igualmente enérgicas que derramaron la tristeza por el rostro de Irenita. Y hubieran concluído por hacerla llorar, si él, volviendo en su acuerdo, no le hubiera regalado un pellizquito en el brazo muy sentido y amoroso, rogándole al propio tiempo que le diese la mitad de la pastilla de menta que su linda mujercita tenía en la boca. Con esto volvieron a arrullarse como si estuvieran en una selva virgen y no en el hotel de Osorio.