La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Part 15

Chapter 15 4,050 words Public domain Markdown

El pobre Pinedo sintió un estremecimiento de dolor que trató de ocultar. Clementina había tocado con frivolidad en la parte más sensible de su corazón. Su sueldo ya sabemos que no le consentía más que vivir modestamente. Si entraba en una sociedad que no le correspondía era precisamente para conservar el empleo, que era su único sostén y el de su hija. Esta nada sabía aún de aquel plan de vida. Pinedo esperaba casarla con un hombre modesto y trabajador y que no conociese jamás aquel mundo en que no podía vivir y que él despreciaba en el fondo del alma, aunque tal vez, por la fuerza de la costumbre, no pudiese ya vivir a gusto en otro.

--Es muy joven aún.... Tiene tiempo de divertirse--repuso con sonrisa forzada.

--¡Bah, bah! diga usted que es usted un grandísimo egoísta.... ¿Y cuánto tiempo hace que no ha estado usted en casa de Valpardo?--añadió la dama pasando a otra conversación.

--Pues el lunes. La condesa me ha preguntado con mucho interés por usted y se lamenta de que la haya abandonado.

--¡Pobre Anita: es verdad!

Sobre los dueños de la casa y sobre sus tertulios, Pinedo y Clementina comenzaron una conversación animada, inagotable. Pilar escuchó con atención al principio; pero como no conocía a la mayor parte de aquellos personajes concluyó por distraerse paseando su vista por las inmediaciones, fijándola en los pocos transeuntes que a aquella hora acertaban a pasar por allí.

--Papá:--dijo aprovechando un momento de pausa--. Ahí viene aquel joven amigo tuyo, que mantiene a su madre y a sus hermanas.

Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo la cabeza y vieron llegar a Rafael Alcántara, el célebre calavera que hemos conocido en el _Club de los Salvajes_.

--¡Que mantiene a su madre y a sus hermanas!--exclamó la dama con asombro.

--Sí, un joven muy bueno, amigo de papá, que se llama Rafael Alcántara.

Al volver la vista, cada vez más sorprendida, a Pinedo, éste le hizo una seña bastante expresiva. No sabiendo lo que aquello significaba, pero calculando que su amigo tenía interés en que no se calificase a Alcántara como merecía, Clementina se calló. El joven salvaje, al cruzar, les hizo un saludo entre familiar y respetuoso.

Pinedo alargó al instante la mano para despedirse.

--Ya sabe usted que hoy es sábado--dijo la dama--. Vaya usted a comer.

--Con mucho gusto. Recuerdos a Osorio.

--Y lleve usted a esta joven tan monísima.

--Ya veremos; ya veremos--replicó el covachuelista otra vez desconcertado--. Si hoy no pudiera, otro día será.

--Hoy ha de ser, padre tirano.... Hasta luego, ¿verdad, preciosa?

Y le cogió el rostro a la niña y le dió un beso en cada mejilla, diciéndole al mismo tiempo:

--He tenido una gran suerte en conocerla. Hacen falta en mi salón niñas lindas y simpáticas.

Y cada vez más alegre, sin saber por qué, se despidió y siguió adelante diciéndose: "¿Que diablo de interés tendrá Pinedo en convertir en santo a ese perdido de Alcántara?" El pie ligero, las mejillas rojas, los ojos brillantes como en los días de su adolescencia, llegó a la verja del gran jardín que rodeaba el palacio de su padre. El portero se apresuró a abrirle y a sonar la campana. Entró en la mansión ducal y, contra su costumbre, dirigió una leve sonrisa a dos criados de librea, que la esperaban en lo alto de la escalinata. Pasó en silencio por delante de ellos y fué derecha a las habitaciones de su madrastra como quien ha recorrido aquel camino muchos años.

La duquesa estaba, en aquel momento, de conferencia con el médico director de un asilo de ancianas pobres, que ella había fundado hacía poco tiempo en unión de otras señoras. Al levantarse la cortina y ver a su hijastra, sonrió con dulzura.

--¿Eres tú, Clementina? Pasa, hija mía, pasa.

Esta sintió encogérsele el corazón al ver el rostro pálido y marchito de su madre. Abalanzóse a ella y la besó con efusión.

--¿Te sientes bien, mamá? ¿Cómo has pasado la noche?

--Perfectamente.... Tengo mala cara ¿verdad?

--¡No!--se apresuró a decir la dama.

--Sí, sí. Ya lo he visto al espejo. Me siento bien.... Solamente la debilidad me atormenta.... Y como he perdido enteramente el apetito, no puedo vencerla.... Vamos a ver, Iradier--dijo encarándose de nuevo con el médico que estaba de pie frente a ella--, de manera que usted se encargará de vigilar a las criadas y enfermeras para que nunca dejen de guardar las debidas consideraciones a las viejecitas ¿no es cierto?

El médico era un joven simpático, de fisonomía inteligente.

--Señora duquesa--respondió con firmeza--. Yo haré cuanto esté de mi parte por que las asiladas no tengan motivo de queja. Sin embargo, debo repetirle que, a pesar de nuestros esfuerzos, es posible que siga usted recibiendo alguna. No puede usted comprender hasta qué punto son impertinentes y maliciosas ciertas mujeres. Sin motivo alguno, sólo por placer de herir lo mismo a mí que a mis compañeros, nos llenan a veces de insolencias. Cuanto más atentos nos mostramos con ellas, más se ensoberbecen. Yo pruebo el caldo y el chocolate todos los días y no he hallado hasta ahora lo que esa mujer le ha dicho. Las horas son siempre fijas. Jamás he visto retraso alguno en las comidas. Procure usted enterarse y se convencerá de que quien tiene motivo a quejarse, son las pobres criadas a quienes las asiladas tratan groseramente....

El médico se había ido exaltando al pronunciar estas palabras con acento de sinceridad. La duquesa sonrió dulcemente.

--Lo creo, lo creo, Iradier.... Las viejas solemos ser muy impertinentes....

--¡Oh, señora, eso es según!...

--Por regla general lo somos.... Pero esta impertinencia ya es por sí una enfermedad y debe excitar compasión en los que no padecen de ella. A usted no necesito recomendársela, porque tiene un corazón muy caritativo. A los que no lo tengan tan bondadoso suplíqueles usted, en mi nombre, la suavidad con las pobrecitas asiladas.

--Se hará, señora, se hará--respondió el médico, sanado por la singular dulzura de la fundadora--. El jueves la esperamos a usted ¿verdad?

--No sé si esta fatiga lo permitirá.

--Sí, sí, se lo garantizo yo.

Y comprendiendo que estaba ya de más, el joven cortó la conferencia, estrechando con afecto y respeto que se le traslucía en los ojos, la mano de la duquesa, y saludando ceremoniosamente a Clementina.

Luego que salió, ésta, que había estado contemplando con emoción reprimida el semblante descompuesto de su madrastra, conmovida por la bondad que respiraban todas sus palabras, se levantó del asiento y fué a arrodillarse delante de ella. Apoderóse de sus manos blancas y descarnadas y las besó con efusivo transporte de cariño. Esta mujer tan altanera con todo el mundo, sentía un goce especial, semejante al de los místicos, en humillarse ante su madrastra. La voz de ésta removía como un conjuro mágico las débiles chispas de bondad y de ternura que ardían en su corazón y les prestaba por un instante el aspecto de incendio. D.ª Carmen le quitó suavemente el sombrero, lo puso en un sillón contiguo y se inclinó para besarla amorosamente en la frente.

--Hace cuatro días justos que no has venido a verme, pícara.

--Ayer no he podido, mamá. Pasé casi todo el día arreglando mis cuentas, haciendo números. ¡Oh, qué horribles números!

--¿Y por qué los haces? ¿No está ahí tu marido?

--Pues, precisamente, por miedo a mi marido los hago. ¿Usted no sabe que se ha vuelto un miserable, un tacaño, lo mismo que su cuñado?

D.ª Carmen sabía que los negocios de Osorio no andaban muy bien, que recientemente había experimentado fuertes pérdidas en la Bolsa: pero no se atrevió a decir nada a su hija.

--¡Pobre hija mía! ¡Ocuparte tú en esas cosas cuando sólo has nacido para brillar como una estrella de los salones!

--Ya no le faltaba más que eso para hacerse del todo antipático, ¡odioso! ¡Si las cosas pudiesen hacerse dos veces!

Bruscamente, la expresión de ternura había desaparecido de sus ojos, reemplazándola otra sombría y feroz. Una arruga profunda surcó su tersa frente de estatua. Y con voz sorda comenzó a exponer sus quejas, a descubrir los agravios que su marido le hacía diariamente. A nadie en el mundo, más que a su madrastra, haría tales confidencias, que en ella no provocaban lágrima alguna. D.ª Carmen era quien las vertía una a una de sus ojos cansados.

--¡Hija de mi alma! ¡Yo que hubiera dado mi vida por verte feliz! ¡Qué ciegos hemos estado, lo mismo tu padre que yo, al entregarte a ese hombre!

--¡Mi padre! ¡Otro que tal! ¡Un hombre que no ha sabido jamás que tiene en casa una santa a quien debía adorar de rodillas! La verdad es que cuando pienso....

--¡Calla, calla: es tu padre!--exclamó la duquesa tapándole la boca con la mano--. Yo soy feliz. Si tu padre tiene algunos defectos, yo tengo más aún: de modo, que no hay mérito en perdonárselos, si él me perdona en cambio los míos.... No hablemos de tu padre, hablemos de ti misma.... No sabes lo que me duelen esos apuros de dinero, a los cuales no estás acostumbrada. Yo, si pudiera, los remediaría al instante.... Pero bien sabes que manejo poco dinero. Del que saco de la caja tengo que dar cuenta a Antonio, y a éste no se le engaña fácilmente. Algún puñadito de oro, sí, puedo poner aparte para ti; pero mis ahorros no te sacarán de pilancos. Sin embargo, confío en que tus apuros no durarán mucho tiempo....

Hizo una pausa la bondadosa señora; quedóse mirando al vacío tristemente, y luego, abrazando a su hijastra que aún permanecía de rodillas y acercando los labios a su oído, le dijo en voz baja:

--Mira, hija mía, yo no tardaré en morir y pienso dejarte todo cuanto tengo. La mitad de la fortuna de tu padre es mía, según me ha dicho el abogado de la casa.

Clementina sintió una vibración en el alma que a un psicólogo le costaría mucho trabajo definir. Fué una mezcla de dolor, de asombro, y acaso también, de un poquito de alegría. El dolor predominó, no obstante, y abrazó a su madrastra y la besó cariñosamente repetidas veces.

--¿Qué está usted diciendo ahí?... ¡Morirse! No: yo no quiero que usted se muera. Usted me hace mucha más falta que su dinero. Sin usted yo hubiera sido una mujer muy perversa.... Temo que el día en que usted me falte lo sea. Los únicos momentos en que siento un poco de blandura en el corazón son los que paso a su lado. Parece, mamá, como si usted me transmitiera algo de esa virtud tan grande que tiene....

--Basta, basta, aduladora--dijo D.ª Carmen poniéndole otra vez la mano en la boca--. Tú te tienes por peor de lo que eres. Tu corazón es bueno. Lo que te hace parecer mala alguna vez es el orgullo ¡el orgullito! ¿no es verdad?

--Sí, mamá, sí, es cierto.... Usted no sabe lo que es el orgullo y los tormentos que proporciona a quien lo siente tan vivo como yo. Estar pensando constantemente en que nos hieren. Ver enemigos en todas partes. Sentir una mirada como la hoja de un puñal en el corazón. Escuchar una palabra y darle un millón de vueltas en la cabeza hasta marearse y ponerse enferma. Vivir con el corazón ulcerado, con el alma inquieta.... ¡Oh, cuántas veces he envidiado a las personas virtuosas y humildes como usted! ¡Qué feliz sería yo si no llevase a cuestas este carácter triste y receloso, esta soberbia que me consume!... ¡Y quién sabe--añadió después de una pausa--, quién sabe si hubiera sido más dichosa en otra esfera! Tal vez si fuera una pobre y me hubiera casado con un joven modesto, trabajador, inteligente, sería mejor mi suerte. Obligada a ayudar a mi marido, a cuidar de la hacienda, a pensar en los pormenores de la casa como las demás mujeres que trabajan y luchan, no hubiera quizá llegado adonde llegué.... Yo necesitaba un marido afectuoso, dulce, un hombre de talento que supiese dirigirme.... Hoy mismo, mamá, acostumbrada como estoy al lujo y a la vida de sociedad, me retiraría con gusto de ella, me iría a vivir a un rinconcito alegre, allá en el campo, lejos de Madrid. No me haría falta más que un poco de amor y tenerla a usted a mi lado para inspirarme buenos sentimientos.

El espíritu de Clementina, gratamente impresionado por la niñería de la calle de Serrano, por aquella inocente aventura de colegiala, se inclinaba a los sentimientos idílicos. La buena D.ª Carmen la escuchaba y la animaba con sonrisa cariñosa. Las confidencias de la hermosa dama se prolongaron largo rato. Recordaba sus tiempos de niña, cuando contaba a su madrastra las declaraciones de amor que le habían hecho en el baile de la noche anterior y le leía los billetitos que le remitían sus adoradores. Aquel retorno a los tiempos pasados la hacía feliz. Tentada estuvo de hablarle de Pepe Castro y de Raimundo y exponerle las emociones pueriles que agitaban su alma aquella mañana; pero un sentimiento de respeto la contuvo. La duquesa era tan excesivamente condescendiente que tocaba en los límites de la estupidez. Es probable que si la hubiera hecho confidente de sus adulterios la hubiera escuchado sin escandalizarse. Almorzaron juntas y solas porque el duque lo hacía aquel día con un ministro. Por la tarde, después de aligerada y refrescada el alma con larga e íntima charla, ambas se trasladaron en coche a San Pascual, rezaron allí una estación al Santísimo, siempre expuesto en aquella iglesia, y se trasladaron al paseo del Retiro. Antes de oscurecer, porque el relente de la noche no le convenía a la duquesa y Clementina necesitaba ir temprano a su casa, dieron orden al cochero de retirarse.

Era sábado, día de comida y tresillo en el hotel de Osorio. Antes de subir a vestirse, Clementina dió una vuelta por el comedor: contempló la mesa con detenimiento y ordenó algunos cambios en los canastillos de frutos que sobre ella habían colocado. Se hizo traer el paquete de los _menú_ escrito en un papel imitación de pergamino con las iniciales doradas del dueño de la casa; llamó al secretario de su marido; le hizo escribir sobre cada uno el nombre de los invitados y luego fué por sí misma colocándolos sobre los platos. En el medio ella y su marido, uno frente a otro; a la derecha e izquierda de Osorio los dos puestos de honor para dos damas: a la derecha e izquierda de ellas dos puestos para dos caballeros, y así sucesivamente según la categoría, la edad o la afección particular que sentía por sus invitados. Habló algunos minutos con el _maître d'hôtel_. Después de dar las últimas disposiciones se fué. Al llegar a la puerta se volvió, echó una nueva mirada penetrante a la mesa, y dijo:

--Quite usted esas flores con perfume que están cerca del puesto de la señora marquesa de Alcudia y cacámbielasor camelias u otras que no lo tengan.

La devota marquesa no podía sufrir los aromas a causa de sus frecuentes neuralgias. Clementina, odiándola en el fondo del alma, le guardaba más consideraciones que a ninguna de sus amigas. La alta nobleza de su título, su carácter severo, y hasta su fanatismo la hacían respetada en los salones, a los cuales prestaba realce su presencia.

Subió a su cuarto seguida de Estefanía, aquella doncellita tan enemiga del cocinero. Estrenaba un magnífico traje color crema, descotado. Ordinariamente se ponía para estas comidas de los sábados trajes de media etiqueta, esto es, con las mangas hasta el codo. Ahora quiso lucir su celebrado descote en honor de un diplomático extranjero que comía por vez primera en su casa. Mientras se dejaba arreglar el pelo, su espíritu vagaba distraído por los sucesos del día. No había acudido a la cita de Pepe: de seguro vendría furioso. Su labio inferior se alargó con displicencia y sus ojos brillaron maliciosamente como diciendo: "¿Y a mí qué?" Después se acordó del saludo a su juvenil ex perseguidor, de aquella inoportuna vuelta de cabeza. Un sentimiento de vergüenza volvió a acometerla. Sus mejillas lo atestiguaron adquiriendo un poco más de color. Tornó a llamarse para su fuero interno, tonta, imprevisora, loca. Por fortuna, el chico parecía modesto y discreto. Otro cualquiera formaría castillos en el aire al instante. Pensó bastante en él y pensó con simpatía. La verdad es que tenía una presencia agradable y un modo de hablar suave y firme a la vez, que impresionaba. Luego aquel cariño entrañable a la memoria de su madre, su vida retirada, su extraña manía de las mariposas, todo le hacía muy interesante. Cuántas veces había pensado Clementina esto mismo desde hacía dos meses no podremos decirlo; pero sí que lo había pensado un número bastante considerable. Su espíritu, embargado por dulce somnolencia, volvió a inclinarse al idilio. Aquel cuarto tercero, aquel despacho alegre, aquella vida dulce y oscura. ¡Quién sabe! La felicidad se encuentra donde menos se piensa. Un puñado de trapos, otro de joyas, algunos platos más sobre la mesa no pueden darla a nadie. Pero un pensamiento lúgubre, que hacía algún tiempo amargaba todos sus sueños, le cruzó por la mente. Ella era ya una vieja; sí, una vieja; no había que forjarse ilusiones. A Estefanía le costaba cada vez más trabajo ocultar las hebras plateadas que en sus rubios cabellos aparecían. Aunque se resistía tenazmente a echar sobre su hermosa cabeza ningún producto químico, presentía que no iba a haber otro remedio. El amor candoroso, vivo, feliz con que la aventura del joven Alcázar le había hecho soñar, estaba vedado para ella. No le quedaba ya, y eso por poco tiempo, más que los devaneos vulgares, insulsos, de los tenorios aristócratas, iguales unos a otros en sus gustos, en sus palabras y en su inaguantable vanidad. ¿Qué relación podía ya existir entre aquel niño y ella, como no fuese la de madre a hijo? Algunas veces dudaba si el sentimiento de Raimundo por ella fuese enteramente el que él había manifestado en su entrevista: mas ahora veía con perfecta claridad que hablaba ingenuamente, que entre un chico de veinte años y una mujer de treinta y siete (porque tenía treinta y siete por más que se quitase dos) el amor era imposible, al menos el amor que ella apetecía en aquel momento. Estas reflexiones labraron una arruguita en su frente, la arruga de los instantes fatales. Hizo un esfuerzo sobre sí misma para pensar en otra cosa.

Mirando a su doncella en el espejo observó que estaba densamente pálida. Volvióse para mejor cerciorarse, y le dijo:

--¿Te sientes mal, chica? Estás muy pálida.

--Sí, señora--manifestó la doncellita algo confusa.

--¿Las náuseas de otras veces?

--Creo que sí.

--Pues, anda, vete y que suba Concha. ¡Es raro! Mañana avisaremos al médico a ver si te da algún remedio.

--No, señora, no--se apresuró a contestar Estefanía--. Esto no es nada. Ya pasará.

Algunos minutos después bajaba la dama al salón, deslumbrante de belleza. Estaba ya en él Osorio paseando con su amigo y comensal, casi cotidiano, Bonifacio. Era un señor grave y rígido, de unos sesenta años de edad, calvo, de rostro amarillo y dientes negros. Había sido gobernador en varias provincias y últimamente desempeñaba el cargo de jefe de sección en un ministerio. Hablaba poco, nunca llevaba la contraria, primera e indispensable virtud de todo el que quiere comer bien sin gastar dinero, y ostentaba eternamente en el frac una cruz roja de Calatrava, de cuya orden era caballero. Por cierto que lo primero que se veía en la sala de su casa era un gran retrato del propio Bonifacio en traje de ceremonia, con una pluma muy alta en la gorra y un manto blanco de extraordinaria longitud sobre los hombros. Este caballero de Calatrava, personaje misterioso del cual decía Fuentes (otro personaje más alegre del cual hablaremos) que era un hombre "con vistas al patio", tenía una manía bastante original, la de coleccionar fotografías obscenas. Guardaba en su casa dos o tres baúles llenos hasta arriba. Pero esta afición no la conocía nadie más que los libreros y fotógrafos, que tenían buen cuidado de pasarle recado así que llegaba de París, Londres o Viena alguna remesa. En un rincón estaban sentadas Pascuala, una viuda sin recursos que servía a Clementina mitad de amiga, mitad de dama de compañía, y Pepa Frías que acababa de llegar. Al pasar por delante de los dos hombres para ir a saludar a Pepa, las miradas de los esposos se cruzaron rápidamente como relámpagos tristes y siniestros. El rostro de Osorio, ordinariamente sombrío, bilioso, estaba ahora imponente de ferocidad. No fué más que un instante. En cuanto las damas cambiaron algunas palabras, el banquero se acercó a ellas con Bonifacio y empezó a embromar con acento cariñoso a su esposa sobre el traje.

--¡Vaya un talle que me gasta mi mujer!... Chica, aunque no quieras oirlo te diré que te vas ajamonando a pasos de gigante.

--No diga usted eso, Osorio, si precisamente Clementina es una de las mujeres que tienen el cutis más terso en Madrid--dijo Pascuala.

--¡Toma! Buen dinero me ha costado el estucado que se ha puesto en París esta primavera.

Clementina seguía también la broma; pero le costaba más trabajo fingir. Al través de las sonrisas nerviosas que iluminaban su rostro por momentos y de las cortadas frases enigmáticas, se percibía el malestar, la inquietud y hasta un dejo de odio.

Sonó la campana de la verja repetidas veces. El salón se pobló en pocos minutos con las quince o veinte personas que estaban invitadas. Llegó la marquesa de Alcudia sin ninguna de sus hijas. Rara vez las traía a casa de Osorio. Vino también la marquesa de Ujo, una mujer que había sido hermosa: ahora estaba demasiado marchita; lánguida como una americana, aunque era de Pamplona, algo romántica, presumiendo de incomprensible y con aficiones literarias. La acompañaba una hija bastante agraciada, más alta que ella y que debía tener lo menos quince años, a pesar de lo cual su madre la traía con faldas a media pierna porque no la hiciese vieja. La pobre niña sufría esta vergüenza con resignación, poniéndose colorada cuando alguno dirigía la vista a sus pantorrillas.

Llegó el general Patiño, conde de Morillejo: no faltaba ningún sábado. Vinieron también el barón y la baronesa de Rag por primera vez. Clementina les dió la preferencia colmándoles de delicadas atenciones. El barón era plenipotenciario de una nación importante. El ministro de Fomento Jiménez Arbós, Pinedo, Pepe Castro y los condes de Cotorraso entraron casi a la vez. A última hora, cuando faltaban pocos minutos para las siete, llegó Lola Madariaga y su marido. Esta señora, mucho más joven que Clementina, era no obstante su íntima amiga, el confidente de sus secretos. Comía tres o cuatro veces a la semana con ella, y raro era el día que no salían juntas a paseo. No podía llamársela hermosa; pero su fisonomía tenía tal animación, sus ojos brillaban con tanta gracia y su boca se plegaba con tal malicia al sonreír dejando ver unos dientes de ratón blancos y menudos, que siempre había tenido muchos adoradores. De soltera fué una coquetuela redomada: trajo al retortero los hombres, gozando en acapararlos todos, prodigando las mismas sonrisas insinuantes, idénticas miradas abrasadoras al hijo de un duque que a un empleadillo de ocho mil reales, al viejo de venerable calva y nariz arremolachada que al mancebo de veinte años gallardo y apuesto, al rico como al pobre, al noble como al plebeyo. Su coquetería, parecida en esto al amor de Jesucristo a la humanidad, igualaba todas las castas, todos los estados, unía a los hombres en santa fraternidad para participar del fuego admirable de sus ojos negros, de unos hoyitos muy lindos que formaban sus mejillas al reir y de otra multitud de dones y frutos con que la providencia de Dios la había dotado. Después de casada, seguía mostrando la misma entrañable benevolencia hacia el género humano, si bien de un modo más sucesivo, esto es, un hombre después de otro o, a lo sumo, de dos en dos. Su marido era un mejicano rico con rasgos de indio en la fisonomía.