La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.
Part 12
El club empieza a animarse siempre después de las doce de la noche, llega a su período álgido a las tres de la madrugada, y desde esta hora comienza a descender. A las cinco o seis de la mañana se retiran todos santamente en busca de reposo. Durante el día suele verse poco concurrido. Sólo dos o tres docenas de socios van por las tardes, antes del paseo, a culotear sus boquillas. Embotados aún por el sueño, hablan poco. Les hace falta la excitación de la noche para que muestren en todo su esplendor sus facultades nativas. Estas parecen concentradas en la nobilísima tarea de poner la boquilla de un hermoso color de caramelo. Si los objetos de arte han sido en otro tiempo objetos útiles, si el Arte arrastra consigo la idea de inutilidad como algunos afirman, hay que confesar que los socios del _Club de los Salvajes_, en materia de boquillas obran como verdaderos artistas. Hácenlas venir de París y de Londres; traen grabadas las iniciales de sus dueños y encima la correspondiente corona de conde o marqués si el fumador lo es; guárdanlas en preciosos estuches, y cuando llega el caso de sacarlas para fumar lo realizan con tales cuidados y precauciones, que en realidad se convierten en objetos molestos más que útiles. Hay salvaje que se estraga fumando sin gana cigarro sobre cigarro, sólo por el gusto de ahumar la boquilla antes que alguno de sus colegas. Y si no es así, por lo menos, nadie se cuida de saborear el tabaco. Lo importante es soplar el humo sobre la espuma de mar y que vaya tomando color por igual. De vez en cuando sacan el fino pañuelo de batista, y con una delicadeza que les honra se dedican largo rato a frotarla mientras su espíritu reposa dulcemente abstraído de todo pensamiento terrenal. Graves, solemnes, armoniosos en sus movimientos, los socios más distinguidos del _Club de los Salvajes_ chupan y soplan el humo del tabaco de dos a cuatro de la tarde. Hay en esta tarea algo de íntimo y contemplativo, como en toda concepción artística, que les obliga a bajar los párpados y a subir las pupilas para mejor recrearse en la pura visión de la Idea.
En este elevadísimo estado de alma se hallaba nuestro amigo Pepe Castro ahumando una que figuraba la pata de un caballo, cuando le sacó de su éxtasis la voz de Rafael Alcántara que desde lejos le gritó:
--¿Conque es verdad que has vendido la jaca, Pepe?
--Hace ya unos días.
--¿La inglesa?
--¿La inglesa?--exclamó levantando los ojos hacia su amigo con asombro y reconvención--. No, hombre, no; la cruzada.
--Chico, como no hace dos meses siquiera que la has comprado, no creía que te deshicieses de ella.
--Ahí verás tú--replicó el bello calavera adoptando un continente misterioso.
--¿Algún defecto oculto?
--A mí no se me oculta ningún defecto--dijo con orgullo.
Y todos lo creyeron; porque en este ramo del saber humano no tenía rival en Madrid, si no era el duque de Saites, reputado como el primer mayoral de España.
--Ah, vamos, falta de _luz_.
--Tampoco.
Rafael Alcántara se encogió de hombros y se puso a hablar con los que tenía cerca. Era un joven rubio, de fisonomía gastada, ojos pequeños y verdosos, malignos y duros. Como otros tres o cuatro de los que asistían a diario al club, entraba en él y alternaba con toda la alta aristocracia, sin derecho alguno. Alcántara era de familia humilde, hijo de un tapicero de la calle Mayor. En muy poco tiempo se había gastado la pequeña hacienda que le dejó su padre y después vivió del juego y a préstamo. A todo Madrid debía y hacía gala de ello. La condición que le mantenía abiertas las puertas de la alta sociedad era su valor y su cinismo. Alcántara era hombre bravo de veras, se había batido tres o cuatro veces y estaba apercibido a hacerlo por el más mínimo pretexto. Además, era un desvergonzado, hablaba siempre en tono despreciativo, aunque fuese a la persona más respetable, dispuesto a burlarse de todo el mundo. Estas cualidades le habían hecho adquirir gran prestigio entre los jóvenes salvajes. Se le trataba como a un igual, se contaba con él en todas las francachelas; pero nadie preguntaba por su dinero.
--Mi general, le habrá a usted gustado ayer la Tosti, ¿eh?--dijo Ramoncito Maldonado dirigiéndose a Patiño.
--En la romanza solamente,--repuso el guerrero sensible después de dirigir con destreza una larga bocanada de humo a su boquilla que representaba un obús montado sobre su cureña.
--No diga usted que el dúo ha estado mal.
--¡Vaya si lo digo!
--Pues, señor, entonces declaro que no entiendo una palabra porque me ha parecido sublime--replicó el joven con señales de hallarse picado.
--Esa declaración te honra, Ramón. Sabes hacerte justicia--dijo Cobo Ramírez, que no perdía ocasión de vejar a su amigo y rival.
--¡Ya lo creo, como que sólo tú eres el inteligente!--exclamó vivamente el concejal--. Mira, Cobo, aquí el general puede hablar porque tiene motivo, ¿estamos?... pero tú debes callarte porque me gastas una oreja como la de una cocinera.
--Pero hombre, ¿por qué se picará tanto Ramoncito, en cuanto usted le dice algo?--preguntó el general riendo.
--No sé--repuso Cobo dando un chupetón al cigarro mientras sus facciones se contraían con una leve sonrisa burlona--. Si le contradigo se enfada, y si repito lo que él dice, lo mismo.
--¡Se entiende, chico, se entiende! Si ya sabemos que eres un guasón de primera fuerza. No necesitas esforzarte más delante de estos señores.... Pero lo que es ahora, has dado una buena pifia.
--Yo sostengo lo mismo que el general. El dúo estuvo muy mal cantado--dijo con calma provocativa Cobo.
--¡Qué importa que tú sostengas uno u otro!--exclamó ya fuera de sí Maldonado--. ¡Si no conoces una nota de música!
--¡Alto! Tengo más derecho a hablar de música, puesto que no cencerreo como tú el piano. Por lo menos soy un ser inofensivo.
Siguió una disputa larga entre ambos, viva y descompuesta por parte de Ramoncito, tranquila y sarcástica por la de Cobo, que se gozaba en sacar a aquél de sus casillas. No poco se divertían también los presentes, poniéndose unos de parte del concejal y otros de su competidor para más prolongar el recreo.
--¿Sabéis que esta tarde se bate Alvaro Luna?--dijo uno cuando ya iban hastiados de los dimes y diretes del concejal y Cobo.
--Eso me han dicho--respondió Pepe Castro cerrando los ojos con voluptuosidad, mientras chupaba el cigarro--. En el jardín de Escalona, ¿verdad?
--Creo que sí.
--¿A sable?
--A sable.
--Vamos, un chirlo más--manifestó León Guzmán desde su asiento.
--Con punta.
--¡Oh! ya es otra cosa.
Y los salvajes presentes mostraron entonces interés en el duelo.
--Alvaro tira poco. El coronel debe llevarle ventaja. Es más hombre, y además tira con energía.
--Con demasiada--dijo Pepe Castro sacando el pañuelo después de haber arrojado la punta del cigarro y poniéndose a frotar con esmero la boquilla.
Todos volvieron los ojos hacia él porque tenía fama de habilísimo tirador.
--¿Crees tú?
--Desde luego. La energía es conveniente hasta cierto límite. Pasando de él, muy expuesta, sobre todo cuando los sables tienen punta. Si se las cortasen, todavía redoblando los ataques sin descanso se puede hacer algo. Por lo menos, es posible aturdir al contrario. Pero cuando la llevan hay que andarse con ojo. Alvaro no tira mucho; pero es frío, tiene un juego cerrado y estira el pico que es un primor. Que no se descuide el coronel.
--¿La cuestión ha sido por la cuñada de Alvaro?
--Al parecer.
--¿Y a él qué diablos le importa?
--¡Ps ... ahí verás!
--Como no esté enamorado, no comprendo....
--Todo podría ser.
--¡La niña es de oro! Este verano, en Biarritz, ella y el chico de Fonseca se ponían de un modo por las noches en la terraza del casino, que era cosa de sacar fotografías iluminadas.
--Allá Cobo, antes de irse, hizo también algunos cuadros disolventes en los jardinillos.
--¡Sí, sí; bien me ha comprometido esa chica!--manifestó Cobo en tono cómicamente desesperado.
--Ya no tenías mucho que perder. Desde el negocio de Teresa estás deshonrado--dijo Alcántara.
--Siempre va la desgracia con la hermosura--apuntó con tonillo irónico Ramoncito.
--¿También tú, Ramón?--exclamó con afectado asombro Cobo--. Vamos, llegó el momento de que los pájaros tiren a las escopetas.
--Pues, señores, confieso mi debilidad. No puedo estar al lado de esa chica sin ponerme malo--dijo León Guzmán.
--Ni esa niña puede tampoco estar al lado de un chico tan guapo y tan risueño como tú sin ponerse enferma también--dijo Rafael Alcántara.
--¿Me quieres seducir, Rafael?
--Sí, chico, para que me dejes mañana la llave de tu cuarto y no parezcas en toda la tarde por allá. Lo necesito.
--Es que tengo una colcha preciosa de raso.
--Se cuidará de la colcha.
--Y hay además un criado que se dedica, con gran afición, al dibujo por las tardes.
--Se le darán dos duros al criado para que vaya a dibujar a otro lado.
--Y una vecinita que pasa la vida acechando desde su ventana lo que hay y lo que no hay en mi habitación.
--Se la convidará ... digo, se bajarán las persianas.... Oye, Manolito, ¿te vas a pasar toda la juventud tirado en ese diván sin decir palabra?
Manolito Dávalos descansaba, en efecto, en actitud sombría y melancólica, sin que le hubiesen impulsado a levantar la cabeza los dichos de su amigo. Al oirse nombrar la alzó con sorpresa y mal humor.
--Si tú te encontrases en mi posición, qué poca gana tendrías de bromear, Rafael!--dijo exhalando un suspiro.
Hay que advertir que el joven marqués de Dávalos, que nunca había poseído una inteligencia muy clara, teníala de algún tiempo a esta parte bastante perturbada. Según la expresión vulgar estaba un poco chiflado o tocado. Sus amigos sabían todos que este trastorno procedía de la ruptura con la Amparo, que le había comido en poco tiempo su fortuna y de quien estaba aún profundamente enamorado. Tratábanle con cierta protección entre burlona y benévola; pero se abstenían, si no es muy embozadamente y con precauciones, de bromearle con su ex-querida, porque alguna vez que se propasaron, Manolito fué víctima de ataques de cólera muy semejantes a la locura. Tenía poco más de treinta años; estaba calvo, la tez y los labios marchitos, los ojos apagados. Sus cuatro hijos habíalos recogido la suegra. Vivía en una fonda con la pensión que le pasaba una tía vieja de quien era presunto heredero. Sobre la esperanza de esta herencia algunos usureros le prestaban dinero.
--Si yo me encontrara en tu caso, ¿sabes lo que haría, Manolo?... Casarme con mi tía.
Los amigos rieron, porque la tía de Dávalos tenía cerca de ochenta años.
--Bueno, bueno--exclamó éste con acento doloroso. Bien se conoce que no has tenido que luchar con indecentes usureros toda la mañana para concluir por dejarles algo ... que es una infamia empeñar--añadió por lo bajo.
--¡A mí con ingleses!... ¿Tú no sabes, Manolito, que todos los meses tengo que renovar el timbre de la puerta de mi casa porque lo gastan ellos de tanto tirar?... Pero yo lo tomo con más filosofía. Lejos de disgustarme, experimento una gran satisfacción cada vez que viene a visitarme un acreedor, porque es la prueba de que soy un buen hijo, de que cumplo la última voluntad de mi padre.
Los salvajes de los dos grupos le miraron con curiosidad, sonriendo.
--¿Cómo es eso, Rafael?--preguntó Pepe Castro.
--Habéis de saber que mi padre se murió diciéndome: "¡El deber, hijo! ¡el deber! ¡Ante todo el deber!"... Fueron sus últimas palabras. Yo, cumpliendo con este sagrado consejo, procuro deber todo lo posible.
Hizo gracia a sus compañeros este rasgo cínico; lo celebraron con algazara. Rafael, sustrayéndose modestamente a sus aplausos, se acercó a Dávalos, y pasándole una mano por encima del hombro le dijo, bajando la voz aunque no tanto que no pudiesen oirle los amigos:
--Pues sí, Manolito, no es broma. Yo me casaría con mi tía. ¿Qué se pierde con ello? Es una vieja.... ¡Mejor! Así se morirá más pronto. Pero en cuanto te cases entras a manejar su fortuna y no tienes necesidad de aguardar los años que a ella se le antoje vivir. A ti lo que te hace falta como a mí es _guita_. Desengáñate; si la tuviéramos nos pondríamos más gordos que Cobo Ramírez.... Además, en cuanto seas rico, le birlas la Amparo a Salabert, ¿no comprendes?
El marquesito levantó la vista hacia su amigo abriendo mucho los ojos, donde se reflejaba la duda de si hablaba en serio o en broma. No advirtiendo en el rostro imperturbable de Alcántara señal de burla, comenzó a enternecerse. Habló de su antigua querida con tal entusiasmo y veneración que haría reir a cualquiera. El proyecto ya no le pareció tan insensato. Se entretuvo en pensarlo largamente y estudiarlo por todas sus fases. Mientras tanto Rafael le escuchaba con afectada atención, animándole a proseguir con signos y frases de afirmación. Nadie pensaría que se estaba mofando de él, a no ser porque de vez en cuando, aprovechando los instantes en que el tocado marqués miraba a la punta de sus botas buscando alguna frase bastante expresiva para ponderar su amor, hacía guiños maliciosos a los amigos que los contemplaban con curiosidad burlona.
Abrióse la mampara del salón. Apareció Alvaro Luna. Los salvajes le acogieron con exclamaciones de afecto y burla.
--¡Bravo, bravo! Aquí está el reo en capilla.
--Mirad qué cara trae.
--¡Como que está al borde de la tumba!
El recién llegado sonrió vagamente y tendió una mirada escrutadora por el salón. Alvaro Luna, conde de Soto, era hombre de treinta y ocho a cuarenta años, delgado, de mediana estatura, ojos vivos y duros y rostro bilioso.
--¿Habéis visto a Juanito Escalona?--preguntó.
--Sí--dijo uno--. Aquí ha estado hace una media hora. Me ha dicho que le aguardases, que a las cuatro menos cuarto en punto vendría.
--Bueno, esperaremos--repuso avanzando con calma y sentándose al lado de ellos.
La broma continuó.
--Veamos, veamos cómo está ese pulso--dijo Rafael cogiéndole por la muñeca y sacando al mismo tiempo el reloj.
El conde entregó su mano sonriendo.
--¡Jesús, qué atrocidad! ¡Ciento treinta pulsaciones por minuto! Ningún condenado a muerte las ha tenido.
No era verdad. El pulso estaba normal. Así lo manifestó el mismo Alcántara a los amigos haciendo una seña negativa. Alvaro no se alteró por la mentira. Poseído de su valor y convencido de que no dudaban de él, siguió con la misma vaga sonrisa en los labios.
--Vaya, mañana a las cuatro de la tarde el entierro. Lo siento, porque tenía que ir de caza con Briones--dijo uno.
--¡Y que no es pequeña la carrera desde la casa mortuoria a San Isidro!--respondió otro.
--No, hombre, no--apuntó un tercero--; lo llevarán a la estación del Norte para conducirlo a Soto, al panteón de familia.
Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, el conde no se impacientaba, quizá temiendo que el más pequeño signo de impaciencia, en aquella ocasión, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con esta paciencia, los jóvenes salvajes cada vez le apretaban más con su vaya, repitiendo con variantes la misma idea del entierro. La verdad es que se iban haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su fría y vaga sonrisa. Respondíales pocas veces. Cuando lo hacía era con breves palabras displicentes. Al fin, sacando el reloj, dijo:
--Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. ¿Quién quiere echar un tresillo?
Era un pretexto para librarse de aquellas moscas y al mismo tiempo un acto que confirmaba su sangre fría. Tres de los amigos se fueron con él a la sala de juego. No tardaron en rodearles los demás. La broma siguió lo mismo que en el salón.
--¡Miradle, cómo le tiembla la mano!
--Dentro de una hora ese hombre habrá dejado de existir.
--Oyes, Alvaro, debías de legarme la Conchilla.
--No hay inconveniente--repuso aquél arreglando sus cartas.
--Ya lo oyen ustedes, señores; la Conchilla es mía por testamento.... ¿Cómo se llama este testamento, León?
--Testamento nuncupativo--dijo éste, que sabía algo de leyes por andar en pleito hacía tiempo con unos primos.
--La Conchilla me pertenece por testamento nuncupativo. Gracias, Alvaro. Haré que vista luto y respetaremos tu memoria hasta donde se pueda. ¿Tienes algo que encargarme?
--Sí, que la sacudas el polvo cada ocho o diez días. Si no suelta algunas lágrimas todas las semanas se pone enferma.
--Corriente. Así se hará.
--¡Ah! y que sea con el bastón. Se ha acostumbrado a ello y no lo tolera con la mano.
--Perfectamente.
Cada vez era mayor la algazara. La imperturbabilidad del conde hacía muy buen efecto. Detrás de aquellas bromas se adivinaba que sus amigos le querían y respetaban su valor. En esto apareció un criado y le presentó una carta en bandeja de plata. La tomó y la abrió con curiosidad. Al recorrerla volvió a sonreír y la pasó a los que tenía al lado. Era del dueño de la Funeraria ofreciéndole sus servicios y remitiéndole un prospecto con los precios. Alguno de aquellos chicos se había divertido en pasarle aviso. Tampoco se ofendió: parecía interesado en el juego.
Al fin entró en la sala Juanito Escalona en su busca. Después de ajustar cuentas se levantó de la silla. Todos le rodearon.
--¡Buena suerte, Alvaro!
--Me da el corazón que lo ensartas.
--No seas tonto; nada de ensartar. A concluir pronto, aunque sea con un rasguño.
En aquel momento terminaban las bromas y estallaba el compañerismo. El conde encendió un cigarro puro con toda calma y dijo con la mayor naturalidad:
--Hasta luego, señores.
Había una parte efectiva de valor en aquella actitud serena, imperturbable del conde; pero había también buena porción de esfuerzo y estudio. Los jóvenes salvajes, aunque poco dados en general a la literatura, recibían no obstante su influencia. Lo que entre ellos priva son los folletines y las novelas de salón. Estas, novelas trazan la figura de un hombre ideal lo mismo que los libros de caballería. Solamente que en las antiguas novelas, el hombre dechado era el que por amor a las nobles ideas de justicia y caridad acometía empresas superiores a sus fuerzas. En las modernas es el que por temor al ridículo se abstiene de todo entusiasmo y de toda acción generosa. Al hombre que arriesgaba su vida en todos los momentos por una causa útil a sus semejantes, ha sustituído el que la arriesga por las nonadas de la vanidad o la soberbia. Al caballero ha sucedido el espadachín.
Quedáronse los contertulios comentando la serenidad del conde. Se le ensalzó aunque no muy vivamente ni por mucho tiempo. Es regla primera del buen tono no asombrarse jamás. La segunda hablar prolijamente de las cosas leves y con sobriedad de las graves. Deshízose al fin la tertulia vespertina. Salieron casi todos sus preclaros miembros y se esparcieron por Madrid a difundir sus doctrinas, las cuales pueden resumirse de este modo: "El hombre nació destinado a firmar pagarés y gastar bigotes retorcidos. El trabajo, la instrucción, el orden, son atentatorios al estado de naturaleza y deben proscribirse de toda sociedad bien organizada".
Ramoncito Maldonado, como siempre, se agarró a los faldones de su amigo Pepe Castro. El lector está enterado ya de la profunda admiración que le profesaba. Ahora le toca saber que Pepe Castro se dejaba admirar lleno de condescendencia, y que de vez en cuando se dignaba iniciarle en algunos inefables secretos referentes a sus altas concepciones sobre las yeguas inglesas y las boquillas de ámbar. Ramoncito iba poco a poco adquiriendo nociones claras, no sólo de estas cosas, sino también del modo más adecuado de combinar el idioma francés con el español en la conversación familiar. Pepe Castro poseía el don admirable de olvidar, en un momento dado, la palabra castellana, y después de algunas vacilaciones pronunciar la francesa con perfecta naturalidad. Ramoncito también lo hacía, pero con menos elegancia. Asimismo iba distinguiendo bastante bien las ostras de Arcachón de las que no son de Arcachón, el Château-Laffite del Château-Margaux, la voz de pecho, en los tenores, de la voz de cabeza, y la pasta dentífrica de Akinson de las otras pastas dentífricas. No obstante, Ramoncito, como todos los neófitos, mucho más si poseen un temperamento exaltado y entusiasta, exageraba la doctrina del maestro. Sean ejemplo de esta exageración los cuellos de camisa. Porque Pepe Castro los gastase altos y apretados ¿había razón para que Ramoncito anduviese por esas calles de Dios con la lengua fuera, padeciendo todo el día los preliminares de la pena del garrote? Y si Pepe Castro, por motivo de una enfermedad nerviosa que había tenido de niño, cerraba el ojo izquierdo con frecuencia, lo cual sin duda le agraciaba, ¿con qué derecho pasaba el día Ramoncito haciendo guiños a la gente con el suyo? Además, el joven concejal cargaba de perfumes no tan sólo el pañuelo y la barba, sino toda su ropa, de suerte que a los diez metros aún trascendía y de cerca producía mareos. Pues bien, después de examinadas detenidamente, no hemos hallado en las ideas de su venerado maestro nada que justifique esta censurable tendencia. Los más bellos y elevados preceptos de los grandes hombres, degeneran y se pervierten al realizarse por sectarios y continuadores. Pepe Castro, aunque advertía estas deficiencias e imperfecciones de su discípulo, no se las echaba en cara. Antes, con la nobleza propia de los grandes caracteres, extendía sobre él su clemencia para perdonarlas y ocultarlas. Nadie osaba, en su presencia, hacer burla de los cuellos ni de los guiños de Ramoncito.
Eran poco más de las cuatro cuando entrambos salvajes salieron del club abrochándose los guantes. A la puerta estaba la _charrette_ de Castro, que éste despidió dando hora al cochero para el paseo. Antes debía hacer una visita a ruego de Ramoncito. Caminaron por la calle del Príncipe, donde el club está situado, a paso lento, observando con fijeza a las mujeres que cruzaban. Deteníanse a veces un instante para hacer algunas indicaciones luminosas sobre su garbo y elegancia, no como el tímido transeunte que contempla y suspira, sino como dos bajaes que entrasen en un mercado de esclavas y antes de elegir discutiesen las cualidades de cada una. A los hombres arrojábanles una rápida mirada despreciativa. Y por si esto no bastaba se envolvían en una fuerte bocanada de humo para hacerles presente que ellos, Pepe y Ramón, pertenecían a un mundo superior, y que si caminaban por la calle del Príncipe era sólo por capricho y momentáneamente. Siempre que se dignaban pasear un poco a pie entre calles como ahora, en la expresión de su rostro había cierto matiz de sorpresa al ver que su paso no era acogido por la muchedumbre con rumores de admiración.
Maldonado era más locuaz que su amigo. Sobre lo que iba y venía expresaba su opinión levantando el rostro sonriente hacia Castro. Este permanecía grave, solemne, respondiendo con monosílabos y adecuados gruñidos. Digamos que Ramoncito era mucho más bajo que su maestro, no sólo moral, sino también físicamente. Cuando paseaban a pie representaban verdaderamente, el uno al sabio profesor que va dejando caer gota a gota el raudal de su ciencia; el otro al ardoroso neófito ávido de enterarse y penetrar cuanto abarca su vista.
--¿Adonde vamos?--preguntó distraídamente Castro al llegar a las cuatro calles.
--Hombre, ¿no habíamos quedado en casar por casa de Calderón?--dijo tímidamente y un poco despechado Ramoncito.
--¡Ah! sí; se me había olvidado.
El joven concejal suardó silencio, admirando en su fuero interno aquella singular facultad de olvidarlo todo, que poseía su amigo. Y siguieron por la Carrera de San Jerónimo hguardoa Puerta del Sol.
--¿Cómo estás con Esperancita?--se dignó preguntar Castro, soltando una bocanada de humo y parándose a mirar un escaparate.
Ramoncito se puso serio repentinamente, casi casi pálido, y comenzó a balbucir a tropezones: