La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Part 11

Chapter 11 3,711 words Public domain Markdown

--No, señor; vive en un hotel de la calle de Don Ramón de la Cruz.

No quería saber más, y se despidió. Aquella dama se parecía de un modo asombroso a su madre. La situación de su espíritu, todavía agitado y dolorido, hizo que tal semejanza adquiriese más relieve a sus ojos del que realmente tenía, le produjese una viva expresión. Pocos momentos después pasaba por delante del hotel de Osorio tres o cuatro veces; pero no logró ver nuevamente a la señora. Al otro día fué al paseo del Retiro y allí la halló. Desde entonces espió y siguió sus pasos con una constancia que revelaba el profundo sentimiento que embargaba su espíritu. Aunque tenía bien presente la fisonomía de su madre, el semblante de Clementina Salabert se lo traía a la memoria con mayor energía. Esto le producía vivo dolor, en el cual se placa, aunque parezca paradójico. Bien lo entenderá el que haya visto desaparecer de este mundo a un ser querido. Suele haber cierta voluptuosidad en escarbar la llaga, en renovar la pena y el llanto. Raimundo no podía contemplar mucho tiempo el rostro de Clementina sin sentir las lágrimas correr por sus mejillas. Por esto, quizá, era por lo que la buscaba en todas partes. Sin embargo, había una dureza y severidad en él que no había tenido jamás el de su madre; pero cuando sonreía, al desaparecer esta dureza, la semejanza era realmente maravillosa.

No se le ocultó a nuestro mancebo el enojo que la dama recibía de su tenaz persecución. Y no podía menos de reirse interiormente de aquel extraño error. Si supiese esta señora--se decía cuando veía un gesto de desdén en sus labios--por qué me gusta tanto, ¡qué grande sería su asombro! Una corriente de simpatía y hasta, es posible decir, de adoración le iba ligando a ella. Si no fuese por aquel aspecto imponente que tenía, es fácil que le hubiera dirigido la palabra, la hubiera hecho entender qué gran consuelo le daba con su presencia. Pero Clementina estaba colocada en una esfera tan alta, que temía su desdén. Bastante era el que le mostraba por el solo delito de contemplarla. Por otra parte, habían llegado a sus oídos rumores que la desacreditaban. No procuró confirmarlos, primero porque no le importaba, y después porque una vez confirmados se vería obligado a despreciarla, y no quería que una mujer que tanto se parecía a su madre en la figura fuera un ser despreciable. Se abstuvo de pedir noticias de ella. Contentóse con satisfacer siempre que podía aquel extraño deseo de renovar su dolor, de conmoverse hasta derramar lágrimas. Como no frecuentaba la alta sociedad ni podía asistir al teatro, para procurarse este placer necesitaba seguirla en la calle o en el paseo cuando no iba en coche. También averiguó que iba los domingos a misa de dos en los Jerónimos; allí la pudo contemplar con más espacio y sosiego.

Había dado cuenta a su hermana del hallazgo, pero no hizo ningún esfuerzo para mostrárselo. Temía que Aurelia no viese tan clara como él la semejanza y le arrancase parte de su ilusión. Dos o tres veces a la semana, Clementina solía salir a pie por la tarde, como el día en que por vez primera la vimos. Raimundo, desde el mirador de su gabinete de la calle de Serrano, convertido en observatorio, espiaba su llegada. En cuanto la columbraba a lo lejos se echaba a la calle para seguirla hasta donde pudiese. A la dama le molestaba esta persecución fuertemente, por ser la hora en que iba a casa de su amante. No que le importase mucho que se divulgasen sus nuevos amores, sino por un resto de pudor que conservaba. Además, sabía, porque se lo habían dicho recientemente, que los maridos, cuando sorprenden a sus esposas en flagrante adulterio y las matan, están exentos de responsabilidad. Como estaba convencida de que el suyo la detestaba, temía que se aprovechase de este recurso para deshacerse de ella. Estos vagos terrores, unidos al residuo de vergüenza que le quedaba, fomentaban su irritación contra Raimundo. Su carácter violento, caprichoso, despótico, se alteraba con aquel obstáculo imprevisto. Ni siquiera había reparado bien en la fisonomía del joven. Le odiaba sin dignarse hacerse cargo de su figura. Luego, el sosiego con que recibía los gestos provocativos de desprecio que no le escatimaba, le parecían una ofensa. Bien mirado, aquel chicuelo se estaba burlando de ella: porque no era creíble que un enamorado mostrase tanta serenidad y cinismo. Sin duda, después que advirtió que la molestaba, se propuso mortificarla para vengarse. Y no cabía duda que lo lograba cumplidamente. Las vueltas que se veía precisada a dar para huirle, las visitas que hacía sin gana, todas las zozobras que aquel muchacho le costaba, se lo hacían cada día más aborrecible y le iban requemando la sangre. Ideó salir en coche, meterse en las Calatravas y despedirlo allí; pero Raimundo, al verse privado por varios días de verla, también dió en la flor de tomar un coche de punto y seguir el suyo. Esto hizo rebosar su enojo y se prometió a sí misma cortar aquella impertinente y molesta persecución, aunque no sabía cómo. Primero pensó en que Pepe Castro hablase y amenazase al muchacho. Al ver la sangre fría con que aquél lo tomaba, se indignó y no volvió a mentarle el asunto. Luego imaginó abordarle ella misma en la calle y rogarle con pocas palabras frías y desdeñosas que no la molestase más. Cuando llegó la ocasión no se atrevió a hacerlo, aunque no pecaba de tímida: el trance le pareció grave.

En estas dudas y vacilaciones se hallaba, cuando, bajando por la calle de Serrano, al levantar los ojos casualmente hacia arriba, acertó a ver en un mirador bastante alto a su enemigo. Cruzóle entonces por la mente la idea de averiguar su nombre y escribirle. Y en efecto, con la violencia que caracterizaba todas sus acciones, al pasar por delante de la casa entró en el portal y se dirigió a la garita de los porteros.

--¿Tiene usted la amabilidad de decirme quién habita el cuarto tercero de esta casa?

--Son dos señoritos muy jóvenes, hermano y hermana. Sólo viven aquí desde hace cuatro meses. Han quedado huérfanos, al parecer, hace poco tiempo....

La portera, al ver una señora tan elegante, se mostró locuaz y complaciente; pero Clementina la atajó en seguida.

--¿Cómo se llama el señorito?

--D. Raimundo Alcázar.

--Mil gracias.

Y se alejó inmediatamente. Salió a la calle y dió unos cuantos pasos. Mas de pronto, se le ocurrió que el escribirle tenía sus inconvenientes, y que en realidad era preferible una explicación verbal de la cual nadie que la conociera podía enterarse en aquellos momentos. Detúvose un momento indecisa, y bruscamente dió la vuelta y se metió de nuevo en el portal. Cruzó sin decir nada por delante de la portera y subió con pie ligero las escaleras. Al llegar al piso tercero, a pesar del brío y entereza de su carácter, sintió un poco desfallecida la voluntad y estuvo a punto de dar la vuelta. Su temperamento orgulloso y obstinado la empujó, sin embargo, al pensar que el joven la había visto entrar y se enteraría de su arrepentimiento. En el piso tercero había dos cuartos, derecha e izquierda. Clementina había visto papeles en uno. Llamó sin vacilar en el de la derecha observando que tenía un felpudo para los pies delante de la puerta, señal evidente de que era el habitado.

Salió a abrirle una criada a quien preguntó por D. Raimundo Alcázar.

--Deseo verle--dijo después que se enteró de que estaba en casa.

La criada la introdujo en la sala, y como le pareciese rara aquella visita, le preguntó:

--¿Aviso a la señorita?

--No, no; avise usted al señorito, que es a quien deseo hablar.

Se hallaba éste, en tanto, en su despacho, presa de violenta agitación. Al ver a la dama entrar en el portal por primera vez se había sobresaltado sin motivo preciso para ello. Tranquilizóse al verla salir, y otra vez se alteró cuando entró nuevamente. Cruzó por su mente la idea de que pudiese subir a su casa; pero al instante la desechó como inverosímil. Imaginó más bien que vendría a visitar a alguno de los inquilinos de los cuartos principal o segundo, que eran personas de calidad. No obstante, a despecho de su razón, no se tranquilizaba. Cuando oyó sonar el timbre de la puerta quedó aterrado. Apenas tuvo ánimo para dirigirse hacia la antesala. Antes que pudiese hacer una seña a la criada ya ésta había abierto, obligándole a retirarse vivamente a su despacho. Estuvo tentado a negarse, aunque ya estaba la dama en la sala. Al fin se decidió a salir, reflexionando que no había motivo racional para ello.

Raimundo no tenía mucho trato de gente. Las relaciones de su madre habían sido escasas; unos cuantos parientes, algunas familias conocidas. Por su parte, tampoco había hecho nada por ensanchar este círculo. Ya hemos dicho que no había estrechado amistad íntima con ninguno de sus condiscípulos. Menos había procurado la entrada en los casinos, tertulias y saraos de la corte. Su adolescencia y los días que llevaba de juventud se habían deslizado serenos en el seno del hogar, estudiando y coleccionando mariposas. Conocía la vida por los libros. La naturaleza le había dotado, no obstante, de un claro y simpático ingenio, de fácil palabra y de cierta dignidad de modales que suplía bastante bien a esa elegancia y distinción que el roce continuado con la espuma de la sociedad engendra.

Entró en la sala tranquilo ya y aun con una vaga predisposición a la hostilidad que el estrambótico paso de aquella señora le infundía. Hizole una profunda reverencia. La situación era tan extraña, que Clementina, a pesar de su orgullo, su experiencia, su desenfado, y hasta bien puede decirse su desgarro, se encontró repentinamente cohibida. Tuvo necesidad de hacer un esfuerzo para adquirir brío.

--Aquí me tiene usted--le dijo en tono agrio que resultó inoportuno y descortés.

--Usted me dirá a qué debo el honor de esta visita--repuso Raimundo con voz un poco temblorosa.

--Pues.... (la dama vaciló unos instantes) lo debe usted al honor que me hace siguiéndome hace dos meses como una sombra chinesca a todas partes. ¿Le parece a usted agradable traer un espantajo detrás en cuanto una sale a la calle? Ha conseguido usted ponerme nerviosa. Para no enfermar como el lego de los _Madgyares_, he dado el paso ridículo de subir hasta aquí a rogarle que cese en su persecución. Si usted tiene que decirme algo interesante, dígamelo de una vez y concluyamos.

Fueron estas palabras pronunciadas arrebatadamente, como quien se encuentra en una situación falsa y quiere salir de ella exagerando el enojo. Raimundo la miró lleno de asombro, cosa que molestó a Clementina y aun más la precipitó.

--Señora, siento en el alma haberla ofendido.... Estaba muy lejos de mi ánimo.... ¡Si usted supiera los sentimientos que en mí despierta su figura!... (balbució con trabajo).

Clementina le atajó diciendo:

--Si usted va a declararme su amor, puede ahorrarse la molestia. Soy casada ... y aunque no lo fuese sería lo mismo.

--No, señora, no voy a hacerle una declaración--repuso el joven entomólogo sonriendo--. Voy a explicarle a usted mi persecución. Comprendo bien que usted se haya equivocado respecto a los sentimientos que me inspira, y encuentro natural que le hayan ofendido. ¡Qué lejos estará usted de sospechar la verdad! Yo no estoy enamorado de usted. Si lo estuviese, es bien seguro que no la seguiría como un pirata callejero ... sobre todo en las circunstancias en que ahora me encuentro....

Raimundo se puso serio al llegar aquí e hizo una pausa. Luego dijo precipitadamente, con voz alterada por la emoción:

--Señora, mi madre se ha muerto hace poco tiempo ... y usted se parece muchísimo a mi madre.

Al pronunciar estas palabras se quedó mirándola con una atención ansiosa, húmedos los ojos, haciendo esfuerzos heroicos por no romper a sollozar.

Esta revelación produjo en Clementina asombro y duda al mismo tiempo. Permaneció inmóvil y muda mirándole también fijamente. Raimundo comprendió lo que pasaba por su espíritu, y dijo empujando la puerta de su despacho:

--Vea usted, vea usted si no es verdad lo que le digo.

La dama avanzó dos pasos y vió en la pared fronteriza, sobre el sillón mismo de la mesa de escribir, el retrato en fotografía ampliada de una señora excepcionalmente hermosa, y que, sin duda, guardaba cierto parecido con ella, aunque no tan claro como el joven decía. Sobre el retrato, sujeto al marco, había un ramo de siemprevivas.

--Algo nos parecemos--dijo después de contemplar el retrato con atención--. Pero esa señora era más hermosa que yo.

--No; más hermosa, no. Tenía más dulzura en los ojos, y eso daba a su fisonomía un encanto indecible. Era su alma pura y bondadosa que brillaba en ellos.

Pronunció estas palabras con entusiasmo, sin reparar en la falta de galantería que estaba cometiendo. El orgullo de Clementina padeció aún más por la inocencia y sinceridad con que fueron pronunciadas. Ambos contemplaron el retrato en silencio algunos segundos. En los ojos de Raimundo temblaban dos lágrimas. La dama dijo al cabo:

--¿Qué edad tenía su mamá?

--Cuarenta y un años.

--Yo tengo treinta y cinco--replicó con mal disimulada satisfacción.

Raimundo volvió hacia ella la vista.

--Es usted joven aún y muy bella.... Pero mi madre tenía la tez más fresca a pesar de llevarle algunos años. Su cutis era terso como el raso. En los ojos no se notaba cansancio alguno. Parecían los de un niño.... Es natural. La vida de mamá fué suave y tranquila. Ni su cuerpo ni su alma se habían gastado.

No observaba que indirectamente estaba diciendo algunas groserías a la señora que tenía presente. Esta se sintió fuertemente picada; pero no osó mostrarlo porque el dolor del joven y la sinceridad con que hablaba le impusieron respeto. Lo que hizo fué cambiar de conversación, echando una mirada de curiosidad por el despacho.

--Parece que se dedica usted a coleccionar mariposas.

--Sí, señora; desde niño. He logrado reunir una cantidad de especies bastante respetable. Las tengo muy lindas y curiosas. Mire usted.

Clementina se acercó a uno de los armarios. Raimundo se apresuró a abrirlo y le puso en la mano un cartón donde estaban fijadas algunas lindísimas de vivos y brillantes colores.

--En efecto, son bonitas y originales. ¿Qué utilidad saca usted de coleccionarlas? ¿Las vende usted?

--No, señora--repuso sonriendo el joven--. Es con un fin puramente científico.

--¡Ah!

Y le echó una rápida mirada de curiosidad. Clementina no simpatizaba mucho con los hombres de ciencia, pero le infundían cierto vago respeto mezclado de temor, como seres extraños a quienes una parte del mundo concede superioridad.

--¿Es usted naturalista?--le preguntó después.

--Estudio para serlo. Mi padre lo ha sido....

Mientras le mostraba su preciosa colección con el gozo especial no exento de desdén con que los sabios enseñan sus trabajos a los profanos, le fué enterando de su vida sencilla. Al llegar a la enfermedad de su madre volvió a conmoverse y las lágrimas a brotar a sus ojos. Clementina le escuchaba con atención, recorriendo con la vista los cartones que le ponía delante, dejando escapar algunas palabras, ora de elogio a los matizados insectos, bien de compasión cuando Raimundo llegó a describirle la muerte de su madre. Afectaba desembarazo, distracción. No lograba, sin embargo disipar la confusión en que la ponía el extraño paso que había dado, la situación anómala en que se hallaba. Salió de ella bruscamente, como hacía siempre las cosas. Se puso seria y tendió la mano al joven, diciéndole:

--Mil gracias por su amabilidad, señor Alcázar. Me voy, celebrando mucho que no haya sido el objeto de su persecución el que yo sospechaba.... De todos modos, sin embargo, le ruego no continúe en ella.... Ya ve usted; soy casada, y cualquiera podría pensar que yo la aliento o doy algún motivo....

--Pierda usted cuidado, señora. Desde el momento en que a usted le molesta me guardaré de seguirla. Perdóneme usted en gracia del motivo--respondió el joven apretándole la mano con naturalidad y afectuosa simpatía que lograron interesar a la dama. Pero no lo demostró. Al contrario, se puso más seria y emprendió la marcha hacía la sala. Raimundo la siguió. Al pasar delante de ella para abrirle la puerta, le dijo con franqueza seductora:

--No valgo nada, señora; pero si algún día quisiera usted servirse de mi insignificante persona, ¡no sabe usted el placer que me causaría con ello!

--Gracias, gracias--repuso secamente Clementina sin detenerse.

Al llegar a la puerta de la escalera y al tirar del pasador, el joven vió asomar la cabecita curiosa de su hermana en el fondo del pasillo.

--Ven aquí, Aurelia--le dijo.

Pero la niña no hizo caso y se retiró velozmente.

--Aurelia, Aurelia.

Bien a su pesar, ésta salió al pasillo y avanzó hacia ellos sonriente y roja como una cereza.

--Aquí tienes a la señora de quien te he hablado, que tanto se parece a mamá.

Aurelia la miró sin saber qué decir, sonriente y cada vez más ruborizada.

--¿No se parece muchísimo? Dí.

--Yo no lo encuentro ...--respondió la joven después de vacilar.

--¿Lo ve usted?--exclamó la dama volviéndose a Raimundo con la sonrisa en los labios--. No ha sido más que una fantasía, una alucinación.

Traslucíase un poco de despecho debajo de estas palabras. La presencia de Aurelia hacía más falsa aún su situación.

--No importa--repuso Raimundo--. Yo veo claro el parecido, y basta.

La puerta estaba ya abierta.

--Tanto gusto ...--dijo Clementina dirigiéndose a Aurelia sin extenderle la mano, inclinándose con una de esas reverencias frías, desdeñosas, con que las damas aristócratas establecen rápidamente la distancia que las separa del interlocutor.

Aurelia murmuró algunas frases de ofrecimiento. Raimundo salió hasta la escalera para despedirla, repitiéndole algunas frases amables y cordiales que no impresionaron a la dama, a juzgar por su continente grave.

Bajó las escaleras descontenta de sí misma, embargada por una sorda irritación. No era la primera vez, ni la segunda tampoco, que su temperamento impetuoso la colocaba en estas situaciones anómalas y ridículas.

VI

#Desde el «Club de los Salvajes» a casa de Calderón.#

Pintorescamente diseminados por los divanes y butacas de la gran sala de conversación del _Club de los Salvajes_, yacen a las dos de la tarde hasta una docena de sus miembros más asiduos. Forman grupo en un rincón el general Patiño, Pepe Castro, Cobo Ramírez, Ramoncito Maldonado y otros dos socios a quienes no tenemos el gusto de conocer. Algo más lejos está Manolito Dávalos, solo. Más allá Pinedo con algunos socios, entre los cuales sólo conocemos a Rafael Alcántara y a León Guzmán, conde de Agreda, por haber sido los de la fiesta nocturna en casa de la Amparo que tanto disgustó al duque de Requena. Las posturas de estos jóvenes (porque lo son en su mayoría) responden admirablemente a la elegancia que resplandece en todas las manifestaciones de su espíritu refinado. Uno tiene puesta la nuca en el borde del diván y los pies en una butaca, otro se retuerce con la mano izquierda el bigote y con la derecha se acaricia una pantorrilla por debajo del pantalón; quién se mantiene reclinado con los brazos en cruz; quién se digna apoyar la suela de sus primorosas botas en el rojo terciopelo de las sillas.

Este _Club de los Salvajes_ es más bien un arreglo que una traducción del inglés (_Savage Club_). Por mejor decir, se ha traducido con una graciosa libertad que mantiene vivo dentro de él el genio español en estrecha alianza con el británico. A más del título, pertenece al inglés todo el aparato o exterior de la sociedad. Los miembros se ponen indefectiblemente el frac por las noches si es invierno, el _smoking_ si es verano; los criados gastan calzón corto y peluca. Hay un elegante y espacioso comedor, sala de armas, gabinete de _toilette_, cuartos de baño y dos o tres habitaciones para dormir. Tiene el club, asimismo, servicio particular de coches y caballos de silla. El genio español se manifiesta en multitud de pormenores internos. El que más lo caracteriza es el de la ausencia de metal acuñado. Esto da origen a muchas y extrañas relaciones de los socios entre sí y de los socios con el mundo exterior, que constituyen una complicada y hermosa variedad que no se hallará en ningún otro pueblo de la tierra. Da lugar, sobre todo, a un desarrollo inmenso, inconcebible, de esa palanca poderosa con que el siglo XIX ha llevado a término las más grandiosas y estupendas de sus empresas, el _Crédito_. Realízanse dentro del _Club de los Salvajes_ tantas operaciones de crédito como en el Banco de Londres. No sólo se prestan los socios entre sí dinero y juegan sobre su palabra, sino que también realizan la misma operación con el club, considerado como persona jurídica, y hasta con el conserje en calidad de funcionario y como particular. Fuera del círculo, los salvajes, arrastrados de su entusiasmo y veneración por el crédito, lo hacen jugar en casi todas sus relaciones con el sastre, el casero, el constructor de coches, el importador de caballos, el joyero, etc., sin mencionar aquí otras grandes operaciones de la misma clase que de vez en cuando realizan con algún banquero o propietario. Gracias, pues, a este inapreciable elemento económico, se había hecho casi innecesario, entre los socios del club, el numerario, reemplazándolo dichosamente por otro medio enteramente abstracto y espiritual, la palabra; la palabra oral o escrita. Vivían, gastaban lo mismo que sus colegas y modelos de Londres, sin libras esterlinas, ni chelines, ni pesetas, ni nada.

Es evidente, pues, la superioridad del club español sobre el inglés en este respecto. También lo es en cuanto a la franqueza y cordialidad con que los socios se tratan entre sí. Poco a poco se habían ido alejando de las formas correctas, ceremoniosas, que caracterizan a los graves _gentlemen_ de la Gran Bretaña, dando a su trato cada vez más color local, acercándolo en lo posible al de nuestros pintorescos barrios de Lavapiés y Maravillas. El medio, la raza y el momento son elementos de los cuales no se puede prescindir, lo mismo en la política que en las sociedades de recreo.