La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.
Part 1
LA ESPUMA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO VII
LA ESPUMA
1922
I
#Presentación de la farándula.#
A las tres de la tarde el sol enfilaba todavía sus rayos por la calle de Serrano bañándola casi toda de viva y rojiza luz, que hería la vista de los que bajaban por la acera de la izquierda más poblada de casas. Mas como el frío era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferían recibir de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban, también calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal hora y por tal calle una señora elegantemente vestida. Tras sí dejaba una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde partían tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la más grande y hermosa de Madrid, tiene un carácter marcadamente provincial: poco tráfago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayoría a la venta de los artículos de primera necesidad; los niños jugando delante de las casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta con los mancebos de las carnicerías, pescaderías y ultramarinos. Así que, no era fácil que la gentilísima dama pasara inadvertida como en las calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se estaban quietos posábanse con complacencia en ella. Se hacían comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decían chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacían prorrumpir en rugidos de gozo bárbaro a sus compañeros. Uno de los más salvajes y pringosos vertió en su oído, al cruzar, una de esas brutalidades que enrojecería súbito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le haría llamar al _policeman_ y hasta quizá pedir una indemnización. Pero nuestra valiente española, curada de melindres, no pestañeó siquiera: con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo de la calle, continuó su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo. Nadie podía mirarla sin sentirse poseído de admiración, más aún que por su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallardía de la figura. Llegaría bien a los treinta y cinco años. El tipo de su rostro extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extraña mezcla de razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Nápoles. En ciertos cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama.
La expresión predominante de su rostro en aquel momento era la de un orgulloso desdén. A esto contribuía quizá la luz del sol, que le obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en aquel rostro no había dulzura. Debajo de sus líneas correctas y firmes se adivinaba un espíritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no eran los serenos y límpidos que sirven de complemento adorable a ciertas fisonomías virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro país y más a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quizá alguna vez tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero apuntado, de color rojo, con pequeño y claro velo, rojo también, que le llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuían a dar al rostro el matiz extraño que impresionaba a los que a su lado cruzaban. Vestía rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por entonces la última moda.
Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los ojos: éstos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de Jorge Juan, no advirtió la presencia de un joven que desde la acera contraria y caminando a la par con ella la miraba con más admiración aún que curiosidad. Al llegar aquí, sin saber por qué, levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien perceptible de disgusto siguió a tal encuentro. La frente de la dama se frunció con más severidad y se acentuó la altiva expresión de sus ojos. Apretó un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se detuvo y miró hacia atrás, con objeto sin duda de ver si llegaba un tranvía. El mancebo no se atrevió a hacer lo mismo: siguió su camino, no sin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil señora no se dignó corresponder. Llegó al fin el coche, montó en él dejando ver, al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fué a sentarse en el rincón del fondo. Como si se contemplase segura y libre de miradas indiscretas, sus ojos se fueron serenando poco a poco y se posaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje había; mas no desapareció del todo la sombra de preocupación esparcida por su rostro, ni el gesto de desdén que hacía imponente su hermosura.
El juvenil admirador no había renunciado a perderla de vista. Siguió, cierto, por la calle de Recoletos abajo; mas en cuanto vió cruzar el tranvía se agarró bonitamente a él y subió sin ser notado. Y procurando que la dama no advirtiese su presencia, ocultándose detrás de otra persona que había de pie en la plataforma, se puso con disimulo a contemplarla con un entusiasmo que haría sonreír a cualquiera. Porque era grande la diferencia de edad que había entre ambos. Nuestro muchacho aparentaba unos diez y ocho años. Su rostro imberbe, fresco y sonrosado como el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves y tristes. Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba ser una persona distinguida. Iba de riguroso luto, lo cual realzaba notablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magnética que los ojos poseen y que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardo mucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba rayos de admiración apasionada. Tornó a nublarse su rostro; volvió a advertirse en sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobre chico la injuriase con su adoración. Y ya desde entonces empezó claramente a dar señales de hallarse molesta en el coche, moviendo la hermosa cabeza ora a un lado, ora a otro, con visibles deseos de apearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San José, frente a cuya iglesia hizo parar y bajó, pasando por delante de su perseguidor con una expresión de fiero desdén capaz de anonadarle.
O muy temerario era o muy poca vergüenza debía de tener éste cuando saltó a la calle en pos de ella y comenzó a seguirla por la del Caballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejor disfrutar de la figura que tanto le apasionaba. La dama seguía lentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos hombres cruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar por un momento del trono de nubes para recrear y fascinar a los mortales, que al mirarla se embebían y daban fuertes tropezones.
--¡Madre mía del Amparo, qué mujer!--exclamó en voz alta un cadete agarrándose a su compañero como si fuese a desmayarse del susto.
La hermosa no pudo reprimir una levísima sonrisa, a cuya luz se pudo percibir mejor la peregrina belleza de que estaba dotada. En carruaje descubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludo reverente, al cual respondió ella con una imperceptible inclinación de cabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo vacilante, miró a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebo le volvió la espalda con ostensible desprecio y comenzó a descender con más prisa por la calle de la Montera, donde su presencia causó entre los transeuntes la misma emoción. Tres o cuatro veces se detuvo delante de los escaparates aunque se advertía que más que por curiosidad se paraba por el estado nervioso en que la persecución tenaz del jovencito la había puesto. Cerca de la Puerta del Sol, sin duda para huirla, resolvióse a entrar en la joyería de Marabini. Sentóse con negligencia en una silla, levantó un poquito el velo del sombrero y se puso a examinar con distracción las joyas recién llegadas que el dependiente de la tienda fué exhibiendo. Era lo peor que pudo hacer para librarse de las miradas de su adolescente adorador. Porque éste, con toda comodidad, sobre seguro, se las enfilaba por los cristales del escaparate con una insistencia que la encolerizaba cada vez más.
La verdad es que aquella tiendecita primorosamente adornada, donde brillaban por todas partes los metales y las piedras preciosas, era digno aposento para la bella; el estuche que mejor convenía a joya tan delicada. Así debió de pensarlo el joven rubio, a juzgar por el éxtasis apasionado de sus ojos y la inmovilidad marmórea de su figura. Al fin la dama, no pudiendo vencer la irritación que esto la producía, alzóse bruscamente de la silla y despidiéndose con una frase seca del dependiente, que le guardaba extraordinarias consideraciones, salió del comercio y llegó hasta la Puerta del Sol a toda prisa. Aquí se detuvo; luego dió algunos pasos hacia un coche de punto, como si fuese a entrar en él; pero de pronto cambió de rumbo, y con paso firme se dirigió hacía la calle Mayor, escoltada siempre y no de lejos por el joven. Al llegar a la mitad de ella próximamente, entró en una casa de suntuosa apariencia, no sin lanzar antes una rápida y furibunda mirada a su perseguidor, que la recibió con entera y rara serenidad.
El portero, que estaba plantado en el umbral atusándose gravemente sus largas patillas, despojóse vivamente de la gorra, le hizo una profunda reverencia y corrió a abrir la puerta de cristales que daba acceso a la escalera, apretando en seguida el botón de un timbre eléctrico. Subió lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al principal la puerta estaba ya abierta y un criado con librea al pie de ella esperando.
La casa pertenecía al Excmo. Sr. D. Julián Calderón, jefe de la casa de banca _Calderón y Hermanos_, el cual ocupaba todo el principal de ella, sirviéndose por escalera distinta de los demás pisos, que tenía alquilados. Este Calderón era hijo de otro Calderón muy conocido en el comercio de Madrid, negociante al por mayor en pieles curtidas, que con ellas había hecho una buena fortuna y que en los últimos años de su vida la había acrecentado, dedicándose, a la par que al comercio, al giro y descuento de letras. Fallecido él, su hijo Julián continuó su obra sin apartarse un punto, manejando con el suyo el haber de sus dos hermanas casadas, la una con un médico, la otra con un propietario de la Mancha. A su vez estaba casado, bastantes años hacía, con la hija de un comerciante de Zaragoza, llamado D. Tomás Osorio, padre también del conocido banquero madrileño del mismo nombre, que tenía su hotel con honores de palacio en el barrio de Salamanca, calle de Ramón de la Cruz. La hermosa dama que acaba de entrar en la casa es la esposa de este banquero, y hermana política, por lo tanto, de la señora de Calderón.
Pasó por delante del criado sin aguardar a que éste la anunciase, avanzó resueltamente como quien tiene derecho a ello, atravesó tres o cuatro grandes estancias lujosamente decoradas, y alzando ella misma la rica cortina de raso con franja bordada, entró en una habitación más reducida donde se hallaban congregadas varias personas. En el sillón más próximo a la chimenea estaba arrellanada la señora de la casa, mujer de unos cuarenta años, gruesa, facciones correctas, ojos negros, grandes y hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos de un castaño claro excesivamente finos. Al lado de ella, en una butaquita, estaba otra señora, que formaba contraste con ella; morena, delgada, menuda, de extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos penetrantes que en toda su figura. Era la marquesa de Alcudia, de la primer nobleza de España. Las tres jóvenes que sentadas en sillas seguían la fila, eran sus hijas, muy semejantes a ella en el tipo físico, si bien no la imitaban en la movilidad: rígidas y silenciosas, los ojos bajos, con modestia y compostura tan afectadas, que pronto se echaba de ver el régimen severo a que las tenía sometidas su viva y nerviosa mamá. Con una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja la hija de los señores de Calderón, niña de catorce o quince años, carirredonda, de ojos pequeños, nariz arremolachada y algunos costurones en el cuello, pregoneros de un temperamento escrofuloso. Esta niña gastaba aún los cabellos trenzados, con un lacito en la punta de la trenza, lo mismo que la última de las de Alcudia, con quien sostenía tímida e intermitente conversación. Esta, y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que así nombraban a la hija de los amos) andaba con su cabecita redonda al descubierto. El traje una _matinée_ azul, demasiadamente corta para sus años. Los señores de Calderón solo tenían esta hija y un niño de dos años. Frente a la señora, reclinado en una butaca igual, estaba el general Patiño, conde de Morillejo. Hállase entre los cincuenta y sesenta, pero conserva en sus ojos el fuego de la juventud; sus cabellos grises están esmeradamente peinados, los largos bigotes a lo Víctor Manuel, la perilla apuntada, la nariz aguileña le dan un aspecto simpático y gallardo. Es el tipo perfecto del veterano aristócrata. A su lado, en otra butaca, estaba Calderón, hombre de unos cincuenta años, grueso, de cara redonda y sonrosada, adornada por cortas patillas grises; los ojos redondos, vagos y mortecinos. Cerca de él una señora anciana, que era la madre de la esposa de Calderón, aunque mucho se diferenciaba de ella en el rostro y la figura: delgada al punto de no tener más que la piel sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetrantes, revelando en todos los rasgos de su fisonomía inteligencia y decisión. Hablando con ella está Pinedo, el inquilino del cuarto tercero. Aunque su bigote no tiene canas, se adivina fácilmente que está teñido: su rostro es el de un hombre que anda cerca de los sesenta: fisonomía bonachona, ojos saltones que se mueven con viveza, como los que poseen un temperamento observador. Viste con elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en toda su persona.
Al ver en la puerta a nuestra bellísima dama, la tertulia se conmovió. Todos se alzan del asiento, excepto la señora de Calderón, en cuyo rostro parado se dibujó una vaga sonrisa de placer.
--¡Ah, Clementina! ¡Qué milagro el verte por aquí, mujer!
La dama se adelantó sonriente, y mientras besaba a las señoras y daba la mano a los caballeros, respondía a la cariñosa reprensión de su cuñada.
--¡Anda! Aplícate la venda, hija, tú que no pareces por mi casa más que por semestres.
--Yo tengo hijos, querida.
--¡Miren ustedes qué disculpa! Yo también los tengo.
--En Chamartín.
--Bueno; el tener hijos no te priva de ir al Real y al paseo.
Clementina se sentó entre su cuñada y la marquesa de Alcudia. Los demás volvieron a ocupar sus asientos.
--¡Ay, hija!--exclamó aquélla respondiendo a la última frase.--¡Si vieras qué catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire colado se me metió en los huesos.
--Ha tenido fortuna ese aire--manifestó con sonrisa galante el general Patiño.
Todos sonrieron menos la interesada, que le miró con sorpresa abriendo mucho los ojos.
--¿Cómo fortuna?
Fué necesario que el general le diese la galantería mascada; sólo entonces la pagó con una sonrisa.
--¿No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?--dijo Clementina.
--¡Admirable! como siempre--respondió su cuñada.
--Yo le encuentro falto de maneras--expresó el general.
--¡Oh, no, general!... Permítame usted....
Y se empeñó una discusión sobre si el famoso tenor poseía o no poseía el arte escénico, si era o no elegante en su vestir. Las señoras se pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos.
Del tenor pasaron a la tiple.
--Es toda una hermosa mujer--dijo el general con la seguridad y el acento convencido de un inteligente.
--¡Oh!--exclamó Calderón.
--Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, ¿no le parece a usted, Clementina?
Esta corroboró la especie.
--No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distinción en las maneras--se apresuró a decir el general, echando al mismo tiempo una miradita a la señora de Calderón.
--Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rábano por las hojas--manifestó la marquesa con extraordinaria viveza, atacando después con brío y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple.
Generalizóse la disputa, y sucedió lo contrario que en la anterior. Los caballeros se mostraron benévolos con la cantante mientras las señoras le fueron hostiles. Pinedo la resumió, diciendo en tono grave y solemne, donde se notaba, sin embargo, la socarronería:
--En la mujer, las buenas formas son más esenciales que en el hombre.
Clementina y el general cambiaron una sonrisa y una mirada significativas. La marquesa miró al pulcro caballero con dureza y después se volvió rápidamente hacia sus hijas, que seguían con los ojos bajos, en la misma actitud rígida y silenciosa de siempre. Pinedo permaneció grave e indiferente, como si hubiese dicho la cosa más natural del mundo.
--Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres deben tener también buenas formas--manifestó la pánfila señora de Calderón.
Al decir esto se oyó un resuello débil, como de risa reprimida con trabajo. Era la última niña de la marquesa de Alcudia, a quien su mamá dirigió una mirada pulverizante. La fisonomía de la niña volvió instantáneamente a su primitiva expresión tímida y modesta.
--Es una opinión ...--respondió Pinedo, inclinándose respetuosamente.
Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos terceros de la misma casa propiedad de Calderón, desempeñaba un empleo de bastante importancia en la Administración pública. Los vaivenes de la política no lograban arrancarle de él. Tenía amigos en todos los partidos, sin que se hubiese jamás decidido por ninguno. Hacía la vida del hombre de mundo; entraba en las casas más aristocráticas de la corte; trataba familiarmente a la mayoría de los personajes de la banca y la política; era socio antiguo del _Club de los Salvajes_, donde se placa en bromear todas las noches con los jóvenes aristócratas que allí se reunían, quienes le trataban con harta confianza que no pocas veces degeneraba en grosería. Era hombre afable, inteligente, muy corrido y experto en el trato de los hombres; tolerante con toda clase de vanidades por el mismo desprecio que sentía hacia ellas. No obstante, con la apariencia de hombre cortés e inofensivo, guardaba en el fondo de su alma un fondo satírico que le servía para vengarse lindamente, con alguna frase incisiva y oportuna, de las demasías de sus amiguitos los sietemesinos del _Club_. Estos le profesaban una mezcla de afecto, desprecio y miedo. Nadie conocía su procedencia, aunque se daba por seguro que había nacido en humilde cuna. Unos le hacían hijo de un carnicero de Sevilla; otros le declaraban granuja de la playa de Málaga en su juventud. Lo que se sabía de positivo, era que hacía ya muchos años había aparecido en Madrid como parásito de un título andaluz, el cual, después de haber disipado su fortuna, se saltó los sesos. En la compañía de éste, nuestro Pinedo adquirió gran número de relaciones útiles, llegó a conocer y tratar a toda la gente que hacía viso, entre la cual era popular. Tenía el buen tacto de echarse a un lado cuando tropezaba con un hombre inflado y soberbio, dejándole paso. No excitaba los celos de nadie y esto es medio seguro de no ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su carácter socarrón, que procuraba mantener siempre dentro de ciertos límites, despertaba a menudo la alegría en las tertulias; bastaba para darle en ellas cierta significación, que de otro modo no hubiera disfrutado.
No tenía más familia que una hija de diez y ocho años llamada Pilar. Su mujer, a quien nadie conoció, había muerto muchos años hacía. Su sueldo era de cuarenta mil reales, y con él vivían económicamente padre e hija, en el tercero que Calderón les dejaba por veintidós duros al mes. Los gastos mayores de Pinedo eran de representación. Como frecuentaba una sociedad muy superior a la que, dada su posición, le correspondía, era preciso vestir con elegancia y asistir a los teatros. Comprendiendo la necesidad absoluta de seguir cultivando sus relaciones, que eran las pilastras en que su empleo se sustentaba, imponíase tales dispendios sin vacilar, ahorrándolo en otras partidas del presupuesto doméstico. Vivía, pues, en situación permanente de equilibrio. El empleo le permitía frecuentar la sociedad de los prepotentes, mientras éstos le ayudaban inconscientemente a mantenerse en el empleo. Ningún ministro se atrevía a dejar cesante a un hombre con quien iba a tropezar en todas las tertulias y saraos de la corte. Luego Pinedo tenía el honor de hablar alguna vez con las personas reales: ciertas frases suyas corrían por los salones y se celebraban más quizá de lo que merecían, por lo mismo que en los salones suele haber poco ingenio: tiraba bastante bien con carabina y con pistola y era inteligentísimo y poseía una copiosa biblioteca tocante al arte culinario. Los más altos personajes se sentían lisonjeados cuando oían decir que Pinedo elogiaba a su cocinero.
--¿Cuándo has estado en el colegio, Pacita?--le preguntó en voz baja Esperanza a la menor de la marquesa de Alcudia.
--Pues el viernes; ¿no sabes que mamá nos lleva todos los viernes a confesar? ¿Y tú?
--Yo hace lo menos tres semanas que no he estado. Mamá y yo nos confesamos cada mes.
--¿Y se conforma con eso el padre Ortega?
--A mí no me dice nada.... No sé si a mamá....
--No le dirá, no: ya sabe muy bien dónde pone el pie. ¿Has visto a las de Mariani?
--Sí; hace pocos días, en el Retiro.
--¿No sabes que María se ha echado un novio?
--No me ha dicho nada.
--Sí, de caballería ... hijo del brigadier Arcos.... ¡Un tío más desgalichado! Feo no es; pero le tiemblan las piernas cuando anda como si saliese del hospital.... Ya ves, como la mamá es querida del brigadier ... todo queda en casa.
--Y tú, ¿sigues con tu primo?
--No te lo puedo decir. El lunes se marchó enfadado y no ha vuelto por casa. Mi primo no es lo que parece; no es una mosquita muerta, sino un pillo muy largo, que si le dan el pie se toma la mano.... ¡Anda! pues si no anduviese yo con ojo, no sé adonde hubiera parado con la marcha que llevaba.... ¿Sabes que estaba empeñado en que le regalase mis ligas?
--¡Jesús!--exclamó la niña de Calderón riendo.
--Lo que oyes, hija.... Por supuesto que yo le puse de sucio y de gorrino que no había por dónde cogerle.... Se marchó muy amoscado, pero ya volverá.
--Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer a caballo.
--Lo único que sabe hacer. Las letras le estorban. Se ha examinado ya seis veces de Derecho romano y siempre ha salido suspenso.
--¡Qué importa!--exclamó la niña de Calderón con un desprecio que hubiera estremecido a Heinecio en su tumba. Y añadió en seguida:
--¿Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement?
--No, los ha encargado mamá a París por la señora de Carvajal, que ha llegado el sábado.
--Son muy bonitos.
--Más que los que hace Mme. Clement ya son.
Y se enfrascaron por breves momentos en una plática de moda.