Part 9
Historia, fantasía y leyenda, bailaban, locas de remate, bajo la frente rubia del mozo soñador; preso en la terrible pesadilla del llano, confundido entre realidades y quimeras, sentía vagamente la sombra del ensueño, el cansancio del viaje y la amargura del lugar. Quiso vencer aquel estado de modorra, sacudir el delirio y la fatiga; hizo al cabo un esfuerzo para recobrar su aplomo, y advirtió, al conseguirlo, que tenía hambre y que le dolía un poco la cabeza. Miró el reloj: iban a dar las once. Había salido de Astorga con muy ligero desayuno, y el camino y el sol estimulaban ahora sus buenas disposiciones para el almuerzo.
—¿Qué se ve allí?—preguntó al guía, señalando la única mancha del horizonte.
—Es la cigüeña—dijo el maragato, y añadió—: Ya no está lejos Valdecruces.
—Ni lienzo navegante, ni enseña heroica—pensó el joven, burlándose de su visionaria turbación—; son unas alas potentes; por su destino libres, cautivas por su fidelidad.
Y quedóse el viajero sumergido en regalada laxitud, en el sedante baño de poesía que la contemplación del ave le brindaba.
Todo era manso y fuerte en la vida singular del enorme pájaro: la reciedumbre de su nido, centenario a veces, puesto en la torre parroquial debajo de la Cruz, en el apacible corazón de las aldeas; la ternura delicadísima para con los hijuelos; aquella gracia seria y noble con que vigila las sembraduras y convive entre los campesinos; la rara y firme condición de su boda sexual _para toda la vida_; de su vuelta al mismo terruño para todos los años, y la reposada actitud de la figura, el paso y el vuelo, que componen armoniosa grandeza con el matiz austero del paisaje... Cuanto del animal amigo de los hombres pudo enaltecer el curioso viajero, parecióle conmovedor y simbólico.
—Una maragata y una cigüeña me han «hecho los honores» del páramo—meditó, engolfándose en la repentina emoción.
En aquel momento la breve caravana, doblando una ligera loma, alcanzó al ave, quieta en el camino; tenía el largo cuello ondulante, y el pico un poco inclinado hacia la tierra; miraba pensativa los áridos terrones, como la mujer que al paso del caballero musitó humildemente: «buenos días». Y siguió esperando, inmóvil en su habitual postura de meditación y reposo, hasta que llegaron los caminantes: alzó entonces lentamente sus ojillos de indefinible color, pardos y cenicientos igual que la estepa; dió algunos pasos con dignidad y compostura, erguido el cuerpo, mesurado el ademán, y abrió, por fin, las espléndidas alas con un vuelo fácil y gracioso, desapareciendo del horizonte en majestuosas espirales.
No tuvo tiempo el poeta para glosar con sus admiraciones tan peregrino espectáculo, porque al rendir la imperceptible cumbre, mostró el duro sendero repetidas señales de dulzura.
Se alzaba un poco en aquel sitio y por él descendían las tierras en suaves ondulaciones, amansadas y humildes, con recientes señales de cultivo y amigables surcos de senderos.
A preguntas curiosas del jinete dijo el peatón que allí empezaba la mies de Valdecruces, y que aquellos «bagos» ya tenían hecha la tercera labor para recibir la simiente «en la semana de los Remedios», al nacer el otoño.
Y acosado por nuevas preguntas, explicó el maragato cómo la pobreza del país no permitía cosechar anualmente en los mismos terrenos, y así quedaban en _fuelga_ los unos mientras fructificaban los otros.
—Éstas—añadió en el tecnicismo agrícola del país—estuvieron «de aramio» siete meses.
Y señalaba las glebas recién movidas junto a los profundos roderones del espacioso camino. El cual iba estrechándose con la disimulada lentitud de un prisionero que al evadirse quiere ocultar su prisa y su esperanza. De ambos afanes pudiera suspirar el triste fugitivo del barbecho, buscando la ilusión de una mies, la gracia bienhechora de un arroyo y el caliente regazo de una aldea.
Y esta sorda inquietud que parecía latir en la pálida ruta, comunicóse a los viajeros con impaciencia viva, sin excepción del mulo, apresurado ahora, olfateador y relinchante por demás. Habían torcido su rumbo por la estepa, a indicaciones del caballero, que la quiso recorrer toda, y entraban en Valdecruces por un transitorio vergel de centenos maduros.
Pocos pasos adelante, columbró ya el jinete la verdosa masa de hojas y de espigas, un imprevisto oasis que, acosado de cerca por el erial, parecía surgir inseguro y tembloroso como un atrevimiento de furtivo amor hacia la esquiva ingratitud.
Pasó un hálito caliente de primavera sobre el áspero dorso de la llanura, y las espigas estalladas exhalaron dulcísimo perfume.
Comenzaban a palidecer las anchas hojas lineales en torno al granado fruto, muertas ya las sutiles flores en el raquis henchido. Pero aún flotaba en el ambiente esa especie de niebla azul, producida por aromas y glumas de la flor.
Hundiéndose de pronto el forastero en tan inesperado paraíso, imaginó escuchar una plegaria vehemente y armoniosa en el rumor de aquel vaivén de espigas, verdes y rubias, con degradaciones de admirables tonos.
Fuera ya del camino central, guiaba el espolique por las honduras de un sendero, delicadísima estela de los crecidos centeneles, agitados con inquietud de marejada. Latía el perfume como un aliento en torno del jinete, y se asomaban al horizonte, más visibles que en el transcurso del viaje, los bravos picos del Teleno y Fuencebadón.
Bien sabía el poeta que la maravilla sorprendente de aquella mies, rescatada al páramo como botín de durísimo combate, era obra y tormento de la mujer maragata; que bajo aquel fugitivo mar de espigas naufragaban oscuramente la juventud y la belleza de unas abandonadas criaturas, por débiles tenidas en el mundo; que ni la heroica satisfacción del noble sacrificio acompañaba en su naufragio a las infelices cautivas de la tierra, del instinto y la ignorancia. ¡Y era el hondo caudal de su ternura, inconsciente, la única fuerza humana bastante poderosa para hacer vivir y fructificar los indomables terrones del yermo!
En la hidalga paramera de León, solar de los más castizos de la raza, teatro y reliquia de inmortales memorias, duerme el pueblo maragato, incógnito y oscuro, desprendido con misterioso origen de una remota progenie. Siglos enteros supervivió a la desolación de los eriales, solitario en toda la integridad de su rara pureza, embarrancando en la llanura como un pobre navío que encalla y se sumerge, y al cual se abandona y olvida en el turbulento mar de la civilización. Pero, al fin, en la tragedia de este «buque fantasma» se salvaron los fuertes. Más duros los códigos en los mares de tierra que los que rigen en los mares de agua, consintieron que en las bárbaras olas del erial se quedasen cautivos para siempre las mujeres y los niños, mientras los hombres útiles pedían remolque a la vida del progreso para explotar sus riberas. Y las pobres maragatas se encontraron solas, condenadas a no extinguirse nunca, porque los maridos arribaban a menudo hasta la callada flota que extendieron por el llano estas graves mujeres de Maragatería: acuden ellos potentes y germinadores a imponer como un tributo la propagación de la especie, a dejar la semilla de la casta en las entrañas fecundas de unas hembras, tan capaces, que hasta en el páramo cruel han producido flores...
Así discurría con ansia y pesadumbre el andante poeta, enervado por la fragancia de los centenos, peregrino entre las espigas que palpitaban con dulce temblor.
Sentía el mozo levantarse otra vez su inquieta voluntad con el generoso estímulo de las redenciones. Si era una locura soñar con la liberación del yermo, no lo era tanto apetecer la de aquellas mujeres miserables. Y, si aun este propósito fuese desmesurado para acometido por un corazón, un estro y una pluma, le quedaba al artista la certidumbre de poder esgrimir con gloria aquellas nobles armas, para rescatar del mar de tierra, libre y dichosa, a una sola mujer.
A cada paso del mulo tomaba más cuerpo esta ilusión en los bizarros sentimientos del joven.
Si acaso a Valdecruces le empujaban—seguía meditando—la curiosidad y el antojo, sobre aquellos humanos impulsos labraría con arte y con misericordia el cauce de ternura por donde corriese el definitivo amor a formar un sereno remanso.
Ráfagas de ocultos fervores le sacudían, enardecido y ambicioso, con las manos trémulas de fiebre, la memoria llena de secretos y el porvenir cuajado de esperanzas. Todas sus emociones del camino se condensaron, vibrantes, en aquella última; de cuantas quimeras y memorias le acompañaron hasta allí, sólo quedaba en su imaginación, como cifra y símbolo, una bella figura de mujer: adornábase con un traje regional, acaso descendiente de góticos briales o de gentiles paños morunos; tenía dulce el rostro como la ilusión del viajero, y el alma heroica lo mismo que la raza leonesa.
Reinó esta solitaria imagen como dueña absoluta de tantos pensamientos impacientes, cuando, ya surcada la mies, se acercó en el paisaje la arcillosa giba del caserío y una mansa barbechera corrió a confundirse con las rúas del pueblo.
En la primera de las cuales se extendía ancho lugar, parecido a una plaza, decorado en medio con una fuente. Al borde del pilón una mujer aguardaba que su cántaro se llenase. Iba compuesta al uso del país, de mucha gala, sin duda por ser domingo, y parecía absorta en la contemplación de la corriente.
A este sitio llegaban los viajeros cuando, desde muy cerca, un toque grave de campana avisó en la parroquia el mediodía.
Descubrióse el espolique para rezar las oportunas oraciones y le imitó el caballero, distraído. Mas de pronto, al encontrar junto la fuente, viva y hermosa la imagen de sus recientes pensamientos, adelantóse hacia ella enajenado y feliz.
La sorprendida aguadora levantó su mirada y le brillaron los ojos como topacios al llenarse de luz; era una mozuela pálida y triste, de agraciada figura. Advertida por el aviso parroquial, iba a santiguarse, cuando apareció el forastero y, mirándole con ébria admiración, trazó aturdidamente la señal de la cruz.
En la boca del jarro, ahito, rió entonces el agua cantarina, vertiéndose con dulce murmullo, mientras Rogelio Terán y de la Hoz, hidalgo montañés, novelista romántico, poeta lírico, hombre sentimental, mozo gentil, con el _jipi_ en la diestra, declamó reverente:
—¡Salve, oh maragata, augusta _Señora del Páramo_, salve!
Con lo cual la aludida, escandalizada ante una oración nueva, no escuchada jamás, tuvo al viajero por hereje o por loco; le envolvió un instante en la mirada de sus ojos verdes y profundos, y abandonando el cantarillo, echó a correr con las mejillas pintadas de arrebol.
Aún resonaba la fuga de aquellos pies menudos en la calzada vecina, cuando el desairado galán sintió con repentinos apremios el aguijón del hambre, y más sensible la pesadez del dolor de cabeza. Pero en atravesando la plaza ya le ofreció el reparo apetecido la casita del cura, puesta con vigilante devoción enfrente de la iglesia.
Mudo estaba el lugar, como deshabitado y misterioso. La campana piadosa había cesado de tañer y la cigüeña asomaba sus alas extendidas en la torre, protegiendo el nido debajo de la cruz.
Dió el maragato dos recios golpes en el conocido portal de don Miguel, y bajo el tejaroz de la parroquia volaron con alarma unos vencejos...
X
EL FORASTERO
CUANDO llegó a su casa Marinela, jadeante y medrosa, desde el fondo de la cocina donde la esperaban para comer auguró la madre:
—Esa coitada rompió el cántaro de fijo.
Aguardaron todos en muda expectación a que la niña explicase aquel azoramiento de su vuelta.
—No rompí el jarro—murmuró ella con timidez—; es que vide a un señor rezándome, a mí misma, una salve trabucada, tal que si yo fuera la Virgen... Venía de viaje; está demoniado o es judío.
—¿Onde fué eso?—preguntó Olalla con asombro mientras los rapaces corrían a la puerta, y _Mariflor_ iniciaba también un movimiento de curiosidad.
—A orilla de la fuente—dijo la aguadora, tomando otra vez el camino detrás de su prima y de su hermana.
La tía Dolores no pareció enterarse de la novedad, entretenida con encender _fuyacos_ en el rescoldo mantenido por las brasas de un tueco. Y Ramona, cortando lentamente raciones de la hogaza morena, rezongó aburrida:
—¡Cuántos parajismos!
Ni en la calle silenciosa, caldeada por el flamear del sol, ni en la plaza desierta, vieron los averiguadores rastro alguno del misterioso forastero. El cantarillo, en colmo, seguía derramando el agua riente, que al borbollar ahora, parecía esconder en sus cándidas modulaciones un acento de burla.
—Tú soñaste, rapaza—le dijeron los curiosos a la pobre Marinela.
—No soñé—afirmó la niña con mucha seguridad, aún palpitantes de admiración los profundos ojos.
—¿Era joven?—aludió Florinda con aire distraído.
—Mozo y galán; montaba un mulo alto como el nuestro; traía paje y fardel.
—¿Por el camino de Astorga?
La maragata levantó los hombros un poco insegura.
—Creo—dijo—que venía por la mies... no sé de dónde.
Y sus pupilas, cambiantes como las piedras preciosas, adquirieron vagos colores de turquesa.
Olalla, portadora del cántaro, adelantábase con los niños, y _Mariflor_, enlazando a su prima por la cintura, preguntaba todavía con afán:
—¿Era rubio y usaba lentes?
—De eso no me acuerdo—balbució la mozuela, buscando ansiosa en su imaginación los perfiles del rostro aparecido. De repente aseguró arrobada:
—Tenía los ojos azules.
—¿De veras?
—De verísimas.
Las dos enmudecieron, con los corazones tan acelerados como si el color azul fuera para entrambas un abismo...
Durante la comida no se habló una palabra de la aventura de Marinela; sólo Pedro miró a la moza por dos veces, haciéndose en la sién un ademán expresivo, come diciendo: estás «de aquí». La aludida se impacientó ruborosa, y Olalla puso un dedo sobre los labios con prudente disimulo, recomendando la paz.
Comían en torno a una de las «perezosas», con grave compostura y aplomada lentitud, como si cumpliesen una sagrada obligación. Olalla, que oficiaba de «sacerdote» en aquella solemne ceremonia, sirvió primero a Florinda y después a Marinela; luego puso en un mismo plato las raciones de Pedro y de Tomás; en otro la de Carmina y la suya, y dejó el resto del caldoso cocido entre su abuela y su madre. Quedaban así establecidas dos tácitas preferencias, que parecían justas en consideración al desgano y el esfuerzo de ambas comensales, dueña cada una de un plato y angustiadas sobre el humo del guisote.
Era tan visible la repugnancia con que las dos comían, que Ramona, después de empapujarse varias veces con murmuraciones, atragantadas entre bocados y sorbos, acabó por decir con aquella su ronca voz, sin matices ni blanduras:
—¿Por qué no mojáis mánfanos en la salsa? Hay que comer para trabajar. ¡Vaya unas mozas, que no valéis una escupina!.
La abuela suspiró con un ¡ay! rutinario, muy tembloroso. Y Olalla posó interrogantes sus ojos claros en las delincuentes: siempre comían poco; ¡pero lo que es hoy!... Abarcó la mesa en una solícita mirada, sin tropezar otros manjares que el pan moreno y duro, y volvióse hacia el llar, desguarnecido de cacerolas, humeante bajo la caldera donde hervía el agua para la comida del cerdo. Paseó en idénticas persecuciones las paredes y el techo de la cocina, y después de lanzar sobre su madre temerosa consulta, que no tuvo respuesta, preguntó a las dos inapetentes:
—¿Queréis una febra de bacalao?
Todos los ojos se volvieron hacia la pobre bacalada, a la cual un cloque hería prisionera en la altura, pendiente como una interrogación sobre la estancia miserable.
Las dos favorecidas por el generoso ofrecimiento se habían apresurado a hundir en la salsa pedacitos de pan desde que Ramona censuró sus melindres. Movieron la cabeza diciendo que no ante la perspectiva del regalo, torpes para hablar, como si una misma angustia les cerrase la boca, y mirándose con singular emoción, a punto de gemir.
—No; si tú—saltó la madre iracunda, dirigiéndose a su hija—tienes gustos muy finos; naciste para canonesa y no llegaste a tiempo.
La muchacha rompió a llorar con exageradas señales de dolor, como si otros secretos infortunios le acudiesen a los ojos pungidos de lágrimas, mientras que su prima, sintiéndose también envuelta en la insistente acusación, reclamaba su animosa voluntad para serenarse.
Olalla había palidecido: nada la hacía estremecer como el lloro de sus hermanos.
—¡Madre, por Dios!—rogó conciliadora. Y añadió fingiendo alegría:—Hoy hay postre, que es domingo.
Los rapaces se miraron sonrientes, y ella, al levantarse con rumbo a un secreto armario, acarició los hombros de Marinela y le sopló al oído unas palabras, suaves como zureos de paloma...
Las manzanas y el queso pusieron a los niños tan alegres, que su animación llegó a resplandecer un poco en toda la familia, y Olalla, más libre de cuidados, reveló de pronto un pensamiento que desde la víspera le venía causando sordas indignaciones:
—¡Miren que llegar sin un triste céntimo el hombre de Rosenda, tiene alma!
Acogió Ramona la conversación con interés agudo, murmurando:
—Ella hace muy bien en amontonarse.
—¡Perfectamente!
—Amontonarse, ¿qué quiere decir?—preguntó _Mariflor_ curiosa.
Y su tía, más amargo que nunca el acento, explicó entonces:
—Pues no vivir con «él», no recibirle, negarle hasta el habla.
La vieja parpadeó muy de prisa, como si espabilase el sueño o solicitase una gota de llanto para limpiar las nubes de sus ojos.
—¡Válgame Dios!—prorrumpió únicamente.
—Sí; válganos a las míseras madres abandonadas con los hijos—clamó la nuera.
Un exiguo fulgor, como llegado con fatiga desde muy lejos, chispeó en las pupilas de la anciana. Y repuso quejosa:
—No lo dirás por ti.
—¿Que no?
—Si el marido no te puede mandar dinero, de lo suyo gastáis... y algo de los demás.
—También lo de mis padres lo gastaron los nietos, que yo no me casé desnuda... y he sudado mucho en somo de la tierra.
—¡Ansí es la vida!
—Pero cuando es poco lo que se tiene y lo que se trabaja, al padre cumple mantener a los hijos... o non facerlos.
—¡Mujer!
—Lo que usted oye.
—¿Y cuando el esposo gasta mala suerte y mala salud?...—subrayó la vieja, amarilla y temblante como la llama de un cirio.
—¡Que se chive!—escupió Ramona con brutalidad, poniéndose de pie.
Su elevada estatura dominó la estancia al ras casi del techo. Extendió los brazos hacia los relieves de la comida y alzó de una sola vuelta platos y cucharas, los mendrugos de pan, la fuente y el mantel: todo lo depositó sin ruido en el rincón donde era costumbre lavar el belezo. Se puso un delantal de arpillera sobre la saya «rajona» y comenzó calladamente aquella labor menuda que en los días festivos excusaba a su hija.
Sobre el lejano resplandor enceso en los ojos de la anciana, cayó la rugosa cortina de los párpados. Apoyó la tía Dolores un codo en las rodillas, en la mano la frente, los pies en un «silletín», y pareció que se amodorraba en el sopor de una fácil siesta.
Los rapaces se habían escabullido hacia el corral, y las tres mozas, descoloridas, inmóviles, se inclinaban en una misma actitud de sobresalto, como si las aturdiese el rudo peso de aquellas frases que sonaron a disputa y maldición.
Olalla, vergonzosa de que su prima sorprendiese tan acerbas intimidades, quiso, para disimular su disgusto, seguir hablando de Rosenda Alonso.
—Es una hija del tío Rosendín, ¿sabes?—le dijo en voz baja a _Mariflor_.
—¿El sacristán?
—Ese. Figúrate que la pobre parió dos mielgos la semana pasada; ¿te acuerdas?
—Sí; yo la encontré pocos días antes, que daba compasión...
Y la muchacha se estremece al recuerdo de aquella criatura sin forma de mujer, apabilado el rostro, desfallecida como una sombra, arrastrando con paso vacilante un _feije_ de leña y un vientre enorme.
—Pues tiene otro rapaz—continúa Olalla—que anda en cuello todavía y sin qué echar a la boca; cuando va y se le presenta el marido fambreando también.
—¿El, es bueno?
—Serálo; pero es pobre como las mismas ratas.
—Si se quieren...
—¿Cómo se han a querer, boba, sin ser dueños ni de un quiñón de tierra?
Triunfante al exponer aquella rotunda imposibilidad, la joven dice:
—Con menos apuros las maragatas se amontonan cuando los maridos vuelven sin dinero. ¿No verdá, Marinela?—y sacude blandamente a la trasoñada niña.
Ella parece despertar de una grave meditación, se hace repetir la pregunta, y luego responde con respetuoso fatalismo:
—Es el usaje del país.
Y Florinda, abrumada por la validez indiscutible de tal uso, baja la frente sin replicar. Otros íntimos anhelos la preocupan, mucho más agitados desde que Marinela encontró al forastero de los ojos azules...
Entra Pedro desperezándose, y dice que después del Rosario irá a fincar los bolos; en su aire aburrido se conoce el deseo de que llegue la hora. Como parlotea en alta voz, Olalla le advierte por señas que está durmiendo la abuelita, y él entonces vuelve a salir hacia el corral donde los chiquillos discuten la posesión de un _rongayo_ de manzana.
Desde la oscuridad donde trajina, pregunta secamente Ramona:
—¿No lleváis al chabarco los curros?
La abuela se estremece sin abrir los ojos, y las muchachas se ponen de pie como sacudidas por un resorte.
—Agora mismo—dice la mayor—. Y las otras la siguen con mucha celeridad, como si les diese miedo quedarse en la cocina.
La brusca luz de fuera les hace a las tres entornar los párpados. El _estradín_ está lleno de moscas y de polvo, y el corral, a pleno medio día, arde y calla, reverberante de sol.
—¿Onde estarán esos pillavanes?—dice Olalla, viendo que sus hermanos han desaparecido.
Se oyen hacia el huerto unas risas pueriles, y las gallinas se alborotan pedigüeñas delante de las muchachas.
En la negra habitación que acaban de abandonar parece que con ellas ha huído la poca luz que había, aquel dorado resplandor que desde el _estradín_ entraba con un vaho caliente de la tierra. El trashoguero, embrasado todavía, pone en el hondo llar rojos matices de expirante lumbre y un olor de agua sucia emerge en el aire con la oscuridad y con el humo.
La tía Dolores, apenas salieron las muchachas, se enderezó con singulares bríos, cerró las dos puertas que daban acceso a la cocina y, adelantándose en la sombra, segura como un remordimiento, preguntó hacia el sitio aquel donde se rebullía la nuera:
—Si viene Isidoro, ¿tú no le recibes?
Hubo un silencio frío... Se oyó después un «No, señora».
Menos firme, la voz de la anciana tornó a decir:
—Y si algún día viene a tu casa Pedro, comalido y pobre, ¿le recibirás?
Vibró al punto un fuerte «Sí, señora».
Y la tía Dolores, extendiendo los brazos con un sordo crujido, replicó anhelante:
—¡Pues no olvides que esta casa es mía!
Se quedó allí la vieja, muda y en cruz, sin que el rincón sombrío se diese por enterado de aquella lógica irrebatible. Porque Ramona, que ya había acabado de fregar, abrió sin ruido la puerta lindante con la cuadra y salió llevando la comida para el cerdo...
El caudal que durante los inviernos pasa trabajador por los molinos, derivado del Duerma, hace su entrada en Valdecruces bajo la humilde forma de un arroyo, sujeto a languideces estivales que en ocasiones llegaron a borrar la estela desmayada. Viene esta caricia de aquel lado donde madura más temprana la mies, donde no todo el terreno es añojal y hasta algunas parcelas pueden pomposamente llamarse «de regadío» cuando los ardientes calores funden en el Teleno heladas nieves, y unos providenciales arroyatos brindan a este rincón de la llanura el piadoso murmullo de su limosna.
Por el mismo lado entró, en este día memorable, un poeta con ínfulas de libertador, como si todas las sonrisas de la esperanza hubiesen de llegar a Valdecruces desde allí.
Mientras Olalla espera que los patos se bañen en el desmedrado arroyuelo, las otras dos mocitas están muy silenciosas y meditabundas mirando cómo fluye el tenue hilo de la corriente. Y sin más preámbulo, como si una invencible preocupación la sugestionase, Marinela dice: