Part 8
Mayores dificultades tuvo que vencer el cura para contestar al resto de la carta, donde el artista, en pleno asunto de novela, contaba con lírico entusiasmo la despedida y el encuentro, origen «aquella nueva página de un corazón». Desde _el sueño de la hermosura_ sorprendido en el viaje, hasta el adiós penoso en el andén astorgano, toda la historia linda y triste pasaba lo mismo que una centella por los enamorados renglones. Y don Miguel, ingenuamente conmovido por aquella relación fervorosa y rara, hallóse lejos de sonreir; repercutían en su espíritu con singulares ecos las exaltaciones generosas reveladas en aquel párrafo:
«... Esta niña tan llena de atractivos, que merece llamarse María y llamarse Flor, me ha mirado con deleite y ternura en dulcísimo abandono de su alma, y dejándome vivir como un sonámbulo a orilla de la hermosa realidad, hundióse en desierto camino paramés, al lado de una vieja lamentable y torpe, con rumbo sabe Dios a cuántas amarguras...»
—¡Sabe Dios a cuántas!—repetía el sacerdote, saturándose en el latente aroma de caridad vertido de la pluma del poeta.
Delatada por el santo perfume, la pura doctrina de un noble corazón daba su fruto en estas otras frases:
«Yo sé que esa pobre familia te aprecia como confidente y amigo de su más íntima confianza; que ponen en tus manos sus asuntos y proyectos, y que entre _Mariflor_ y un primo suyo median planes de boda no sancionados aún completamente. ¿Quieres hablarme de estos propósitos? ¿Quieres decirme si dañaré los intereses de la muchacha yendo a solazarme con su presencia al amparo de tu amistad? Siento la violenta tentación de volverla a ver.—¿Con qué intenciones?—me preguntas—. Yo mismo las ignoro en definitiva; desde luego con las de hacerle todo el bien posible, y ni una sombra de mal siquiera.»
Al llegar mentalmente a este punto de la lectura, todos los días repetida de memoria, el párroco de Valdecruces hizo una pausa en su agitado raciocinio, acodóse en el tosco rastel del antepecho y encendió con lentitud un cigarro.
A espaldas del fumador aposentábase la sombra en la modesta salita, diseñando apenas el perfil de un pupitre y de un sillón y el contorno de unos altos escabeles. Fuera, se amortecía bajo el crepúsculo un huertecillo, cuyas legumbres posaban pálido tapiz de verdura sobre el color ocre de la tierra, y en la apacible lontananza del erial tenía la muerte de la tarde una serenidad purísima.
Paseó don Miguel sus claros ojos por el asombrado huerto, por el deleznable caserío asignado entre calzadas y rúas silenciosas, y los clavó después en el lueñe horizonte, allí donde sangraba la agonía de un magnífico sol de mayo, en la serena curva del cielo azul: evocaba el sacerdote aquel momento en que acudiera _Mariflor_ a su llamada para responder con claridad a dos trascendentales preguntas:—¿Quería a su primo por esposo?
—No, señor—dijo rotundamente la moza sin asomo de vacilaciones.
—¿Y a Rogelio Terán?
Aquí, una súbita sorpresa tiñó de grana el semblante de Florinda, la cual bajó los ojos, torció nerviosa el pico del pañuelo y exclamó lo mismo que la heroína de Campoamor:
—«Cómo sabe usted?...»
Aunque el cura de esta _dolora_ no era «un viejo», para él tuvo la niña «el pecho de cristal», como en la fábula; y apenas dejó traslucir los amorosos afanes, tuvo también la palabra expedita para defender sus preferencias y los libres fueros de su corazón. Ya para entonces habíase mostrado transparente como el pecho, el cristal de unos ojos que miraban al párroco de hito en hito, y en los cuales fulgía la esperanza como un rayo de luna sobre el mar.
Sintióse conmovido el sacerdote en la contemplación de aquella moza que miraba de frente como él, sin duda porque tenía muchas cosas buenas que decir con los ojos oscuros y anhelantes. Y al cabo de innumerables observaciones y temperamentos, se convino en la plática, requeridora una triple resolución: escribir al padre el fiel relato de la amorosa cuita; tratar con el primo, sólo verbalmente, «del asunto», sin corroborarle entretanto promesa alguna de matrimonio; y responder a Terán «en la forma que el señor cura lo creyera discreto», dando margen a las ilusiones que la niña compartía con el poeta.
Así, _Mariflor_ y don Miguel se propusieron en amigable complicidad servir a los corazones y a los intereses, con un sentimiento doblemente caritativo por parte del sacerdote; avaro y generoso a la vez, en el espíritu ferviente de la enamorada.
—Yo misma—concluyó por decir aquella tarde—explicaré a Antonio este verano los motivos de mi negativa y le pediré la protección de su fortuna para la abuela. Si es bueno y es rico, tanto como dicen, ¿ha de negarse a salvarnos a todos? Cuanto más que yo no pretendo que nos regale nada; bastará que nos preste sin usura...
Y como don Miguel acogiera en silencio el vehemente propósito, añadió la muchacha con vivísima zozobra:
—¿Cree usted muy difícil un milagro?
—Según y conforme...
—Es que yo le he prometido a Olalla hacer uno, con la ayuda de Dios, para librar la hacienda de abuelita.
—¿Y será a base de lo que Antonio te conceda y tú le niegues?
—¡Eso mismo! ¿Le parece a usted imposible de lograr?
—¡Oh transparente corazón de mujer—meditó el cura sonriendo—. ¡Mezcla humanísima de egoísmo y caridad, de obstinación y de ternura!... En fin—dijo sentencioso—: la fe mueve las montañas... Para Dios no hay imposibles...
Las últimas palabras del sacerdote extendieron por el dulce rostro de la niña una expresión de singular confianza. Así, férvida y creyente, se había despedido _Mariflor_ en aquella entrevista.
Desde el mismo barandaje donde el cura se apoya, la vió cruzar el huerto y salir a la penumbra del camino en el preciso instante en que pasaba _Rosicler_ balanceando su chivata de pastor al compás de una copla.
Se saludaron los dos mozos bajo las alas de la brisa, mientras el paisaje se quedaba dormido en la mansedumbre de la noche y florecía en astros el profundo cielo. Y cuando ambas siluetas se dibujaron levemente, ya separadas en la oscuridad, la canción de _Rosicler_ vibró engreída, dejando en el aire una letra de boda, el jirón de un romance popular que pregonaba:
«Mira, niña, lo que haces, mira lo que vas a hacer, que el cordón de oro torcido no se vuelve a destorcer...»
Trovó un pájaro en su última ronda por el huerto, rodó en las nubes una estrella rubia, y don Miguel sintió los ojos turbios de lágrimas, quizá nacidas de la melancolía de la hora, o de aquel recuerdo «blanco y triste» mentado por el poeta, removido por los acentos de la copla, por la visión juvenil de la niña y el zagal...
En este otro crepúsculo, tan espléndido como aquél, la honda meditación del señor cura tiene cambiantes y matices como la piedra ónice, y el relámpago de alguna sonrisa aclara a veces el frunce del entrecejo en la frente del apóstol. El cual, como si hallase súbito remedio a una de sus perplejidades, arroja por el balcón la punta apagada de su cigarro, y asomándose a la puerta de la salita, llama de pronto:
—¡Ascensión!... ¿puedes venir?
—Voy ahora mismo—responde en el fondo de la casa un agudo acento de mujer. Y una moza acude en seguida, diciendo al entrar:
—¿Enciendo luz?
—Todavía no. Te quería preguntar si conseguiste que Marinela Salvadores te confiase aquel secreto que tú adivinabas.
—Y acerté, mismamente.
—Vamos a ver: ya sabes que no me impulsa la curiosidad a estas averiguaciones en que tú me ayudas: quiero el bien de la rapaza; curar esa dolencia, esa misteriosa pesadumbre que nadie conocía... ¿Qué tiene, en fin?
—Tiene... vocación de monja.
—¿Así, en firme, de verdad?—exclama absorto el párroco.
—De verdad, tío. Si no entra clarisa, se comalece.
—Pero, ¿de qué le ha quedado eso?
—De que un día fuimos juntas a Astorga y llevamos de parte de usted un mandado para la madre abadesa: fué en el mes de abril...
La muchacha se sienta en un escabel, y el cura, reclinándose en otro, cerca de la sobrina, escucha con atención, ya bien entrado en el aposento el silencioso temblor de la noche.
—Fué en el mes de abril—repite Ascensión después de una pausa, dando mucho alcance a su confidencia—. Con la madre Rosario salió al locutorio una novicia a quien yo conocí en la Normal de Oviedo. Nos dijo que estaba muy gozosa en la clausura, que tenían un jardín precioso donde cultivaban flores para la Virgen, y que se disfrutaba un deleite divino en aquella vida. Marinela, que no habló una palabra, salió de allí tocada de la vocación como por milagro, y desde entonces conozco que se muere por ser monja.
—Pero, ¿y la dote?—prorrumpe don Miguel con impaciencia.
—Por eso la zagala padece; hoy me ha confesado sus pesares al volver de Piedralbina: ni por soñación espera conseguir los dineros para entrar en Santa Clara... ¡y llora tanto!
—¿Y por qué ha de ser en Santa Clara precisamente? Si tiene verdadera vocación religiosa, bien puede buscar otro convento donde no necesite llevar mil duros por delante.
—Ya se lo he dicho yo; pero ella quiere en ese, en ese nada más. ¡Usan las monjas un traje tan precioso, todo blanco! Y se dedican a plegar la ropa de los altares, a hacer dulces y labores; ¡cosas finas y santas!
—Sí—replica el cura remedando el tonillo alabancioso de la moza—, y a practicar ayunos y vigilias, penitencias y sacrificios.
Tras un breve silencio, Ascensión añade con tenue ironía:
—En su casa ayuna Marinela y vive sacrificada... Ser clarisa es destino envidiable.
—¿También para ti?
—¡Yo, como tengo dote y haré buena boda!
—Porque Máximo tiene dinero, ¿no?
—¡Claro está! Pero Olalla y Marinela no han de casarse: todo el mundo dice que la tía Dolores ha perdido el caudal.
—¿De manera que te parece envidiable el destino de monja para esa niña, porque no tiene un céntimo?
—Ya ve... Estar a la sombra en un claustro hermoso, vestida de azucena, cuidando un jardín para la Virgen, ganando el cielo entre oraciones y suspiros... es mucha mejor suerte que trabajar la mies como una mula para comer el pan negro y escaso, y envejecer en la flor de la mocedad: yo que Marinela, también entraba clarisa.
—Pero, criatura y ¿la dote? ¿No ves que si ahora le diesen veinte mil reales a Marinela para profesar en Santa Clara, lo mismo le servían para casarse? Menos tienes tú y sólo por lo que tienes vas a hacer una «buena boda», según dices: la pobreza no justifica la vocación religiosa en este caso, y más vale así, aunque sea imposible realizar los deseos de tu amiga.
Ascensión, la maestra elemental, sobrina del señor cura, no enrojece al sentirse envuelta en tan desnudos comentarios, sino que, reflexiva y avisada, advierte a la sapiencia y lógica de su tío:
—Repare que muchos prelados reciben herencias para dotar a las novicias pobres, pero nunca para dotar a las novias... Hay devotos ricos que protegen con grande caridad las vocaciones religiosas; hay plazas de favor en los conventos; y, en un caso de apuro, no teniendo una mujer nada más que la tierra abajo y el cielo arriba... menos difícil me parece entrar en la clausura con el hábito que entrar en la parroquia con el novio... ¿No es verdad?
La pregunta, certera y amarga, hiende como un dardo la sombra, y el sacerdote álzase al recibirla y se lleva la mano al pecho igual que si le sintiese herido.
Suspira sin responder, da unos pasos a tientas por la estancia y, de pronto, se dirige hacia el balcón, donde acaba de asomarse la luna bajo un pálido velo de niebla.
—¿Enciendo luz?—vuelve a preguntar la moza, dando por concluído el interrogatorio.
Y con grave intención, que ella no comprende, el párroco de Valdecruces avanza en la oscuridad hacia el claror divino y, señalando al cielo, responde:
—Deja que ésta me alumbre...
IX
¡SALVE, MARAGATA!
AQUEL jinete que cruzaba la estepa en un mulo, a pleno sol, vagoroso y audaz, con aires de aventura, parecía, de lejos, _Don Quijote_; cenceño, flexible, impaciente, exploraba los horizontes y caminos ensoñando quimeras, igual que el caballero de la _Triste Figura_. Un pobre _Sancho_ de a pie le acompañaba, ni gordo ni contento, alquilado en Astorga a la par del mulo; no iban de palique el criado y el señor, como sucede en las novelas, donde un hidalgo curioso cabalga por país desconocido a la vera de un guía, y todo se le vuelve al intruso preguntar al indígena por esto, por lo otro y por lo de más allá.
Este espolique de ahora no era muy explícito que digamos: corto de palabras y largo de piernas, quizá pretendiese economizar en saliva lo que derrochaba en pasos, y así holgaba su boca mientras sudaban sus pies.
Tampoco las preguntas del caballero parecían a propósito para quebrantar la pasiva reserva del peón: interrogaba aquél, confusamente, sobre agricultura, historia, costumbres y privilegios de la tierra, y el pobre maragato encogíase de hombros bajo su parda almilla, con ruda perplejidad.
—Aquí, de agricultura—supo al fin responder—, pues... el centeno; de costumbres... nacer, emigrar, morirse, ¡como en todas partes! De historia... los cuentos de las viejas, patrañas de godos y romanos... ¡vaya usté a averiguar! y de eso otro que usted dice... ¡diájule! non lo oí mentar nunca...
Era el espolique un hombre, tosco por su innata rudeza, condenado a servidumbre, que a la sazón padecía en una posada de la capital.
El andante caballero, visto de cerca, había trocado el yelmo de Mambrino por un _jipi_, y la célebre lanza por un vástago de roble; llevaba un maletín a la grupa, finos guantes en contacto con las bridas, y áureos lentes sobre los ojos azules; era joven y parecía feliz.
Según iba creciendo la mañana, aparecíase, bajo la fuerza del sol, más vasto el erial, más estéril y solitario. Caía la luz con arrogancia, en toda la plenitud del mes de junio, y extendía el purísimo celaje su amplia curva sobre la planicie con una majestad acogedora, llena de resplandores. Los cascos de la caballería alzaban un eco sordo al herir el camino polvoriento, y en la orilla de tímidos bancales algunos brezos violados desfallecían de sed y de tristeza.
Cansado ya el viajero de pretender la esquiva conversación del espolique, iba poblando de visiones y recuerdos aquella muda soledad. Comenzó por discurrir, con acalorada fantasía, si a tales senderos confusos, todos aridez y desolación, haría referencia aquel fiero relato de una lucha terrible en que el godo Teodorico destruyó las tropas del rey suevo, Rechiario, en las _llanuras parámicas_, un célebre día 3, _antes de las Nonas de octubre_... Apenas evocada esta bárbara memoria, un nuevo relámpago de la imaginación encendía delante del viajero las recordaciones caballerescas de cierto famosísimo hecho de armas que en el siglo XV tuvo lugar a la orilla del _Camino francés_, en el ancho país de «los pueblos olvidados».
Y ya no eran indómitas mesnadas las que en sangrientas imágenes cruzaron la llanura en torno del jinete soñador: los más bizarros adalides de la Edad Media, en marcial apostura de torneo, acudían ahora a las brillantes justas del _Paso honroso_, mantenidas por Suero de Quiñones y otros nueve gentiles caballeros; hasta sesenta y ocho de lejanos reinos y ciudades sorprendieron con el trote bravo de sus corceles el silencio profundo de la estepa, codiciando un puesto en la peregrina lid, donde los defensores se proponían correr _trescientas lanzas, rompidas por el asta con fierros de Milán_...
Un caliente arrebato de bravura agitó el renuevo de roble en las ancas del mulo; dió la bestia un respingo cobarde, y el viajero creyóse transportado a la famosa liza sobre las relucientes crines de un potro andaluz. Le enardecieron con singulares bríos los sones de aguda trompetería _en tono rasgado_ para _romper en batalla_, y vislumbró en el marco de la insigne fiesta la hermosura exquisita de doña Inés, doña Beatriz y doña Sol: iban a rescatar sus guantes empeñados por la galantería de los combatientes.
De pronto una imagen viva, cándida y humilde, alzó en el polvo del camino su miserable silueta; llevóse el visionario la mano al _jipi_ con rendimiento cortés, y una pobre maragata, cabalgadora en lenta burra, pasó con los ojos bajos, murmurando apenas:
—Buenos días.
Al tímido rumor de tal saludo quedó roto el encanto del caballero, el cual en aquel mismo instante imaginaba descubrirse ante doña Mencía, la celebrada esposa de don Gonzalo Ruiz de la Vega, dama ilustre cuyo guante había de rescatar en el _Paso honroso_ el conde de Benavente...
Suspiró _Don Quijote_, sonriendo; volvió en torno suyo la mirada y quedó atónito, como sobrecogido por la austeridad infinita del paisaje: ni una nube corría por el cielo, ni un átomo de vida palpitaba en el llano. La tierra infecunda se resquebrajaba a trechos, rugosa y amarilla como el cadáver de una madre vieja en cuyo rostro las lágrimas dejaron surcos hondos y fríos.
Al roce súbito de aquella trágica impresión, la fantasía del ecuestre viajero volvió a encresparse lo mismo que una ola, y tornaron a poblar la gris llanura un tropel de personajes, surgentes de leyendas y becerros, códices y archivos; desfilaban en la más pintoresca de las confusiones; algunos tan despacio como si les adormeciese el son remoto de antiguos cantares. Mezcláronse las preces sordas de una bárbara religión primitiva con los salmos rudos del pueblo romano y con las cristianas oraciones de aquellos devotos que, viviendo en la tierra la Madre del Salvador, _le mandaron desde Astorga un mensaje verbal a Palestina_... La figura pálida y lastimera del «Rey Monje», iba, con los ojos vacíos y los hábitos en túrdigas, arrastrando su pesadumbre junto al brutal perjeño del rey Mauregato, legislador en fabuloso tributo _de las cien doncellas_. Después, en la desnuda lejanía, se perfiló el fantástico ejército que en vísperas de la batalla de las Navas acudió a las puertas del monasterio de San Isidoro, en la ciudad de León, a llamar con recios golpes: capitaneaban la hueste romancesca el Conde Fernán González y el Cid, buscando en su sepulcro al rey Fernando I para que asistiese con ellos al combate... A la par de estas visiones legendarias, amacos, asturicenses, celtas, iberos y romanos, judíos y moros, surgían en quimérico rolde, edificando y destruyendo con febril ansiedad. Augusto, Vespasiano, Teodorico, Witiza, Tarik, Almanzor, una apretada nube de conquistadores y vencidos posaba su ambición y su ideal en los solares rotos, hundiendo bajo la tierra lanzas y semillas, regándola con lágrimas y con sudores. Mas el yermo, silencioso, inmutable como la eternidad, no sintió la herida de los hierros ni la amargura de los llantos; no fecundó una sola grana de simiente ni ablandó su dureza con el sudor de las audaces generaciones. Sin amansar su esquivez ni merecerle una sonrisa, le anduvieron de hinojos ilustres obispos y fervientes misioneros; rudo campo de penitencia donde sólo florecían sacrificios y austeridades, le santificaron legiones de creyentes en pos de anacoretas y de apóstoles: Jenadio, Fructuoso, Valerio, Froilán, Domingo (aquel que se llamó _de la Calzada_, porque ayudó a labrar con sus manos el _Camino francés_), santos eran que en el «desierto» de León y de Castilla, con abundantes compañeros y discípulos, clavaron la Cruz y la oración en gloriosa campaña espiritual. Y ¿no hubo, entre tantos amores, heroísmos y proezas, bastante calor humano para dar vida a los eriales solariegos, para resucitar la muerta llanura?... ¿Cuántos siglos yacía yerto, insensible como un cadáver, el pobre suelo, hendido igual que un viejo rostro donde el llanto labró surcos?... ¿Qué pretéritas edades, qué desconocidas criaturas le sintieron latir rico y preñado como fecunda tierra del corazón de una patria?...
¡Eran éstas demasiadas interrogaciones! Aunque el viajero había refrescado sus memorias y lecturas antes de ponerse en camino, ya le faltaban a su mental soliloquio documentos y recursos para discutir las causas de aquella perpetua desolación. Quiso hurtar el fatigado pensamiento a la sutil y complicada red de tales raciocinios, pero su noble conciencia de hidalgo y de patriota le acusó de un tanto de culpa en el abandono y la ingratitud que lamentaba sobre el muerto camino. ¿Quién mejor que un poeta para abrir a las modernas corrientes de cultura y piedad un ancho cauce, y fundir en mieses de oro las entrañas estériles del páramo?
Alzó el jinete la juvenil cabeza con arrogante impulso, y posó la caricia de sus ojos azules sobre los escobajos del sendero: quería enamorarse de aquel vago propósito que de repente le asaltaba; sentir fuerte y grande el entusiasmo por la liberación de aquella tierra, solar de una raza insigne, testigo y campo de una historia inmortal, madre eternamente condenada a la esclavitud de la miseria en el mismo seno de su floreciente nación.
Que era empresa de locos aquel sueño, le decía al hidalgo su prudente egoísmo. Pero las ansiedades del artista y las inquietudes del quijote respondieron al punto: ¿Acaso con la pluma no tiene una palanca invencible cada escritor moderno?... ¿No son ahora el libro y el periódico los vencedores propagandistas de la idea?...
El mulo se había parado: lanzó un sordo relincho; olfateaba, y tenía en los belfos una ligera espuma.
—¿Qué le sucede?—preguntó el caballero mientras arreaba el espolique.
—Le desazona el secaño—respondió el aludido parcamente.
Y a la sola noticia de que el animal tenía sed, cambiaron de rumbo los pensamientos del poeta: sintió el desamparo de la ruta con una sensación de punzante disgusto; un antojo violento de agua viva, de agua corriente y bienhechora, le secó las fauces y le enardeció la frente. Desconcertado y pesaroso, escudriñó la monotonía de los horizontes con la angustia del náufrago que persigue una vela salvadora en las desiertas lontananzas del mar. Pero en la vibrante luz ni las alas de un insecto se mecían; hasta el aire parecía dormido en la llanura, y la llama del sol, derramando su lumbre en el erial, semejaba una lámpara encendida sobre enorme sepulcro.
En vano buscó el jinete algún semblante amigo donde poner con beatitud la mirada, sedienta de piedad; por toda respuesta a tan ávida pesquisa, dió el implacable suelo una gris vegetación de cardos marchitos y de rastreras gatuñas.
Entonces al poeta le asaltaron enjambres de visiones fugitivas: cortes y ejércitos, potentados y magnates, artistas y labradores, huían hacia los valles, hacia los ríos y las costas; buscaban la dulzura de los bosques y la riqueza de las mieses. Los reyes castellanos, Ordoños y Bermudos, Urracas y Berenguelas, Fernandos y Alfonsos, sentían en la pujanza de su corona temblar el espanto del yermo como un trágico soplo de muerte y exterminio. Y por fin abdicaba—con el abandono y la expatriación—su omnímodo poder sobre la estepa aquel noble señor de _diez mil vasallos, siete villas y ochenta y tres pueblos_, Alvar Pérez Osorio, marqués de Astorga, alférez mayor del Rey, mantenedor valiente de la bendita Seña en la batalla de Clavijo, el que a los veintiséis títulos de sus blasones unió la singular grandeza de poderse llamar «Señor del Páramo»... La solariega casa de Osorio, descendiente de emperadores orientales, prima de reyes, madre de los condados de Altamira, de Luna, de Guzmán, de León, de Trastamara y de Cabrera, raíz y origen de los más puros abolengos españoles, árbitra de las libertades de Castilla, levantó su hidalgo señorío de los cabezos del erial, y olvidando la aspereza de tal cuna, indómita y fuerte como el destino, huyó también a refugiarse en más hospitalario país...
Allá lejos, donde el cielo y la tierra parecen confundidos en infinita comunión de inmensidades, aparecióse un punto blanco. Viéndole flamear distintamente, veloz en el aire con arrogancia majestuosa, murmuraba el quijote «modernista» en la embriaguez de sus evagaciones:
—¿Será el lienzo de un barco?... ¿Será la bandera de Clavijo?...