Part 7
—Pues ¡ni por esas!—lamentóse la muchacha, esforzándose para encontrar la pista del rebaño—. ¡Ahora!—exclamó de pronto—. ¡Ya, ya caigo!... Justamente; ellas son: unas vedijas blancas que van y vienen por allí... ¡Si en este mar de tierra parecen tus ovejas las espumas!... ¡Las crenchas de las olas, ni más ni menos!... Y para mayor embuste, entre el oleaje asoma un barco de vela. Mira, _Rosicler_.
—¡Si es mi cama!—replicó el zagal, soltando la risa.
—¿Cómo tu cama?... Pero, ¿tú duermes en un globo, ahí en mitad de la llanura?
Siguió riendo _Rosicler_ ante la sorpresa de la moza y su ignorancia en materia de lechos pastoriles. Y como la mujer de la yunta había suspendido su palique con la tía Dolores, apresuróse ésta a explicar a Florinda de buen grado, minuciosa y elocuente, de qué artificio vulgar se componía aquel pobre camastro, que, como en aventuras quijotiles, tomaba _Mariflor_ por un lecho flotante y prodigioso.
—Nada de eso, chacha; viene a ser como especie de pernales, con una tarima; igual que unas trosas, ¿comprendes?... Lo que desde aquí se distingue mejor, ablancazao, que se te figura la vela de un navío, es a manera de tabique para que el rapaz se acuche de la lluvia y de los vientos.
Decía la maragata con firmeza, dando una entonación grata y solemne a la clave de aquel menudo secreto, posando en la muchacha los turbios ojos y la palabra persuasiva, con aire de iniciadora, como quien descubre a un neófito los ritos de un culto. No parecía aquella misma anciana que en el tren conocimos, vacilante y mustia, silenciosa y torpe, asomada a la vida como un espectro de otros siglos.
Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos, llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la tierra parece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria de esta mujer.
Florinda escucha absorta, con los ojos cautivos de aquel punto blanco, insurgente y gentil como una vela marina: no otra cosa parece en el horizonte el hinchado cobijo que flota sobre la cama del pastor.
—¿Y duermes ahí todo el año?—le pregunta compadecida.
—Desde que el tiempo abonanza—responde la abuela, mientras el zagal sonríe, orgulloso de merecer las admiraciones de la moza.
Vuelve la obrera del arado a pasar cerca del grupo, afanosa y enfrascada en su labor.
—Aguarda, Felipa—dícele de pronto la tía Dolores—. Voy a dar yo una vuelta; luego tú echas las tornas.
—¡Pero, abuelita!—protesta _Mariflor_ suavemente—. Y ya la abuela, avanzando entre los terrones, blande la aguijada con muy airosa disposición y hace retroceder a la yunta mediante la voz usual:
—¡Tuis... tuis!
Los animales obedecen mansos, y la maragata hunde la «tiva» en el surco, sosteniéndola por la rabera con mano firme: brota un chorro de tierra, débil y roja, en la férrea punta del arado; gime la «gabia», avanza la yunta y queda abierto al sol un pobre camino de pan.
Sigue Felipa con mirada inteligente la estela que el trabajo marca en el suelo. Esta Felipa, ¿cuántos años podrá tener?
—Cuarenta y cinco lo menos, piensa _Mariflor_, examinándola de reojo. Pero ella siente la mirada curiosa de la niña, vuelve el rostro indefinible, borrado, curtido por los aires y los soles, y al sonreir, complaciente, muestra una dentadura blanca y hermosa, que alumbra como un rayo de luz toda la cara.
—Veintiocho años a lo sumo—corrige entonces la doncella, sorprendida. Y _Rosicler_, cándido y simple, por decir algo, le pregunta:
—¿Tú no sabes arar?
—No—contesta prontamente la muchacha.
—Ya irás aprendiendo; es muy fácil.
—Mi padre me lo ha prohibido—dice ella estremeciéndose, como si las palabras del pastor fuesen un augurio—. Y a mi abuela también—añade.
Supone el zagal que ha cometido una indiscreción, y deseando borrarla con cualquiera interesante noticia, sale diciendo:
—Ya llegaron mis ovejas a los alcores.
De aquel lado tiende Florinda la mirada, y otra vez se confunde entre la llanura y el celaje, sin distinguir ribazo ni soto alguno: quizá tiene los ojos ensombrecidos por una triste niebla del corazón.
Pero tanto señala _Rosicler_ y con tal exactitud «allí á man riesga del aprisco, una riba que asoma en ras del término», que _Mariflor_ encuentra la remota blancura del rebaño, como nube de plata caída al borde del cielo azul.
—¿Tienes muchas femias?—le pregunta Felipa al pastor.
—Cuasi por mitades; hay otros tantos marones.
Como la abuelita los halla distraídos a los tres, al terminar el surco sigue terciando con mucho brío. Y cuando _Mariflor_ lo advierte y la llama, ya va lejos, salpicada de tierra, con las manos en pugna y el cuerpo encorvado.
—¡Oya, tía Dolores; que la llaman aquí!—vocea el zagal, deseoso de complacer a la niña—. Pero la anciana sólo acude al redondear la vuelta; y luego de hacer a Felipa algunas recomendaciones, dice que ya es hora de seguir el camino hacia la hanegada de Ñanazales: tercian allí también, y quiere dar un vistazo.
—Y a la de Abranadillo, ¿cuándo voy?—interroga la obrera.
—Está el terreno muy cargado; habrá que esperar un poco.
—En cuanto vengan cuatro días estenos.
—Justamente.
—Creí que tenía en fuelga aquella hanegada—dice _Rosicler_.
—No; antaño estuvo.
Se despiden la vieja y la moza, en tanto que el zagal y Felipa, al borde de «la arada», murmuran a dúo:
—Condiós...
—Condiós...
Y al catar el sendero, con rumbo a Ñanazales, Florinda, muy curiosa, averigua:
—¿Cuántos años tiene esa mujer, abuela?
Después de pensarlo mucho, bajo un pliegue pertinaz del entrecejo, responde la anciana:
—Habrá entrado ahora en veintitrés.
—¡Es posible!
—¿Qué te asusta?
—¡Si parece mucho mayor!
—Ya tuvo dos críos.
—¿Luego está casada?
—¡Natural, niña! A su edad casi todas las rapazas se han casado aquí.
—¿Pero con quién, abuela? ¡Si no hay hombres!
—Viene el mozo de cada una, se casa y luego se vuelve a marchar.
A los labios dulces de la muchacha asoma una ingenua observación, mas la contiene, la hace dar un rodeo malicioso, y pregunta con mucha candidez:
—¿No ha vuelto el marido de Felipa desde que se casaron?
—Sí, mujer; ¿no te dije que tienen dos criaturas?... Viene ese, como la mayor parte dellos, para la fiesta Sacramental; ¿cómo habían, si no, de nacer hijos?... ¡Se acabaría el mundo!
_Mariflor_ extiende una mirada angustiosa por los eriales: cruzan ahora las dos mujeres unos campos en barbecho, donde apenas algunas hierbecillas brotan y mueren, baladíes, inútiles, fracasado barrunto de una vegetación miserable: la estepa inundada de luz, calva y mocha, lisa y gris, silente, inmoble, daba la sensación de un mundo fenecido o de un planeta huérfano de la humanidad.
—¡Y este país—pensaba la moza con espanto—es el mundo, «todo el mundo» para la abuela, para Felipa y mi prima Olalla, para cuantas infelices nacieron en Valdecruces!... ¡Y aquí es menester que las mujeres tengan un hijo cada año, maquinales, impávidas, envejecidas por un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las esclavas y de los emigrantes!...
La niña maragata no reflexiona en tales pesadumbres sin un poco de ciencia de la vida: conoce países feraces, campos alegres, pueblos felices, libros generosos, sociedades cultas y humanitarias. Sabe que al otro lado de la llanura baldía, de la esclavitud y de la expatriación, hay un verdadero mundo donde el trabajo redime y ennoblece, donde es arte la belleza y el amor es gloria, la piedad ternura, el dolor enseñanza y la naturaleza madre.
Ha estudiado un poquito Florinda Salvadores en el semblante vario de las almas y de las cosas, por su lado bueno y alentador; de las costumbres cultas y de las libertades santas, bajo su aspecto femenino y misericordioso; ha cursado el arte de querer y de sentir, en la escuela del hogar propio, donde la madre de esta niña, inteligente y curiosa, fué maestra en amor y solicitud, y maestra también, por un honrado título, corona de aprovechada mocedad.
Todo lo que sabe _Mariflor_ y aun mucho que adivina, que presiente y que busca por el ancho camino de ilusiones donde la ambición suele perseguir a la felicidad, se le sube ahora a los labios en un ¡ay! trémulo y ansioso.
—¿Estás cansada?—le pregunta solícita la abuela.
—No, señora—balbuce—; voy pensando que son muy tristes estos parajes, tan solos y tan yermos.
—¡Jesús, hija, luego te amilanas! Algunas parcelas que ves, quedan de aramio para el año que viene; no todo es erial.
—¿Y qué quiere decir «aramio»?... No lo entiendo.
—Pues que ya llevó la tierra dos labores; pero es sonce el terreno y no se puede sembrar hasta que descanse.
—Sonce, ¿significa malo?
—Eso mismo. Ya vas aprendiendo la nuestra fabla.
—Algo me enseñó mi padre, que le tenía mucha ley.
—¿Enseñar?... Él lo iba olvidando. ¡Como no casó en el país!
Hay un dejo de amargura en esta observación; pero la vieja, adulciendo al punto sus palabras, dice muy cariñosa:
—Por aquí, todo a la derechera, llegamos pronto a Ñanazales, y en redor verás cuántos bagos con gentes y yuntas; es tierra labrantía. Al otro lado del pueblo ya está madurando la mies.
—¿De trigo?
—No, hija, no: de centeno. Aquí el trigo apenas se da.
—¿Y nunca tenéis pan blanco?
—Nunca—. Y añadió la maragata un poco secamente:—Pero nos gusta lo moreno.
—A mí también—se apresuró a decir, sumisa, _Mariflor_.
La abuelita ponderó entonces jactanciosa:
—Recogemos, además, cebada, nabos... y en algunos huertos, muestra de trigo.
No pudo la moza menos de suspirar otra vez ante la mención ufana de tan ricas cosechas. Y así andando y discurriendo sobre las simientes y los terrones, los añojales y las «aradas», vió _Mariflor_ oscurecerse la tierra recién movida y destacarse en torno mujeres y yuntas, en grupos solitarios y activos.
—¿Qué hacen, abuela?—preguntó.
—Terciar: es la última labor, por ahora.
—¿Y no hay ningún hombre, ni uno sólo en el pueblo, que ayude a estas cuitadas?
—¡Qué ha de haber, criatura! el que se nos quedase aquí, sería por no valer, por no servir más que para labores animales. Los maragatos—añadió envanecida—son muy listos y se ocupan en otras cosas de más provecho.
—Y las maragatas, ¿por qué no?
—¡Diañe!... ¿Ibamos a andar por el mundo con la casa y los críos? ¿Quién, entonces, trabajaba las tierras?
La joven no se atrevió a contestar, porque en su corazón y en su boca pugnaba, harto violenta, la rebeldía: allí mismo, delante de sus ojos, jadeaban yuntas y mujeres con resuello de máquinas, fatales, impasibles, confundidas con la tierra cruel...
—Ya estamos en Ñanazales—dijo la tía Dolores—. ¿Ves aquellos búis moricos?... Son de casa: la mejor pareja del lugar.
—Y la obrera, ¿quién es?—preguntó la moza en seguida.
—Una que tú no conoces: está para parir.
—¿Y trabaja?
—¡Qué ha de hacer! Así hemos trabajado todas.
Fuese hacia ella la abuelita, diciéndole a _Mariflor_:
—Mira, ahí tienes un sentajo: quédate a descansar un poco, que voy a ver la traza del terreno.
Y se alejó por la linde menuda, donde la barbechera puso fonje mullida, amortiguadora de los pasos: delante de los bueyes «moricos» una mujer esperaba, limpiando la reja con el gavilán.
Sentóse Florinda en una piedra grande, relieve de majanos divisorios, y como el sol ya calentaba mucho, se subió hasta la frente, suelto y libre, el pañolito que sobre el jubón lucía: así quedó desnuda su garganta, carne fina y trigueña, dorada y dulce como fruto en sazón. Bajo aquella piel sérica y firme, soliviando los corales de la gargantilla roja, estalló un sollozo contenido apenas, y la suave faz mojada en llanto buscó refugio entre las alas del pañuelo.
No sabe _Mariflor_ por qué llora, ni cuál de las amarguras que conoce levanta en su espíritu esta repentina tempestad: añoranzas, acaso, de los padres ausentes en dos mundos distintos y remotos; quizá secretas aspiraciones de la juventud amenazada; imágenes, tal vez, de otra vida feliz que ya es recuerdo; todo junto, apremiante y doloroso, removido por la tristeza infinita del páramo, oprime y sacude el corazón de la niña maragata... ¡Quién sabe si también las piedades y las indignaciones alzan su voz de llanto en aquel pecho altivo y generoso!...
Aunque no comprende Florinda la razón de aquella angustia impetuosa, bien quisiera llorar mucho, sólo por el descanso de su alma, que se lo pide con sordas voces. Pero hace un valiente esfuerzo para tragarse los sollozos, se enjuga las lágrimas y pretende evadirse a todo trance del vehemente dolor cuyo motivo determinado ignora.
Casi duda conseguir este triunfo la muchacha jovial que hace poco reía en Valdecruces con escándalo de la tía Dolores. Y tanto arrecia el ímpetu misterioso de la rebelde cuita, que _Mariflor_ cruza sus manos en actitud devota de plegaria.
—¡Virgen!—prorrumpe—. Seréname como a las aguas turbias de los ríos, como a las olas bravas de los mares...
Al punto un pájaro, escondido entre el barbecho, trasvuela hasta la orilla de la joven, trinando alegremente. Ella le asusta con su propio sobresalto, y el pajarillo vuelve entonces a trasvolar, sin suspender su canción, muy contento de vivir, muy goloso de unas briznas de hierba, casi invisibles, que se asoman cobardes al pedregal del camino.
A milagro le trasciende a Florinda aquella aparición, como si fuera imposible que un ave gorjeara en primavera y habitara feliz en la llanura de Maragatería. Un resorte, enmohecido en la memoria de la triste, se mueve de pronto, avanza, busca, y encuentra estas palabras dulces, que en augusto libro se aprendieron:
_Yo soy aquel que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos..._
Como por arte de magia cede la tormenta de lloros y suspiros que descargaba, dura, allí, al violento compás de un corazón, y muéstrase Florinda consolada lo mismo que si el pájaro inocente fuera un mensajero providencial; cuando él, ahora, reclama y ayea en el rastrojo, ella sonríe, sin lágrimas ni quebranto.
Persiguiendo el rumbo de la avecilla dan los ojos de la maragata en un bancal de brezo florido. Ya va a correr para recibirle como otro mensaje del divino Artista, cuando la voz de la abuela la detiene:
—¿Adónde vas, rapaza?
—A coger esas flores—murmura con el acento aún turbado por la reciente borrasca de su espíritu.
Pero la vieja no se fija en ello ni repara tampoco en la lumbre de pasión y delirio que arde en las mejillas de la joven, ni en el cerco encarnado de sus ojos; está la tía Dolores preocupada porque, según dice la obrera, uno de los «moricos» parece triste.
—¿Y ella, la mujer?—dice Florinda muy apremiante.
—¿Cuála?
—Esa que está terciando para ti.
—Pero, ¿qué hablaste della? ¡Estás boba!
—Que si gana mucho jornal—pregunta la muchacha algo confusa, sin atreverse a decir todo lo que se le ocurre.
—Gana abondo: tres riales y mantenida.
—Y «abondo», es mucho... ¡Dios mío!—lamenta la niña con terror en lo profundo de su alma.
Acércase distraídamente hacia los brezos, mientras inquiere la abuela con un poco de desdén:
—¿Te gustan las albaronas?
—Son éstas, ¿no?
—Sonlo. También la urz negral da flor.
—¿Morada?
—Sí; parece de muertos... Son las más abundantes del país.
—Y las amapolas—añade Florinda, pensando—, ¡flores de tragedia!... ¿No sabes?—dice de pronto al oir cómo pía el pájaro evocador—. He visto una codorniz.
—¡Quiá mujer!... Será un vencejo.
—Canta muy bien... ¿Oyes? ¡Si fuese una alondra!
—No, criatura; esas son más tardías y anidan en los trigales verdes; por aquí escasean.
Dió prisa la tía Dolores: ya iba el sol muy alto y pudiera la moza coger un «acaloro» no teniendo costumbre de andar a campo libre.
Retornando a la aldea, aún pregunta _Mariflor_:
—¿Es parienta nuestra la que gana tres reales?
—Algo prima de tu padre viene a ser; hermana de Felipa, pero ellas se apellidan Alonso. ¡Lástima que a esta pobre la inutilice el parto, ahora, para dos o tres días! Son buenas servicialas...
Allá flota el cobijo del pastor como abandonada bandera que ningún viento agita en el desierto pardo de la llanura; los esquilones del ganado tañen lentamente al compás del trajín, en algunas «aradas»; y las mujeres, todas viejas al parecer, todas tristes, anhelantes y presurosas, gobiernan el yugo al través de los terrazgos: queda el camino a veces atravesado por el vuelo de un ave.
—¿No lo ves? Son aviones—corrobora la anciana—; éstos son mansos como las golondrinas; vienen en la primavera y hacen el nido en los alares...
Ya en la linde de Valdecruces, Florinda, con las flores del brezo entre las manos, vuelve la mirada hacia el erial. Aquel primer paseo por el campo de Maragatería causa en la joven una impresión indefinible de angustia y desconsuelo.
Y aunque se reanima su fe con la memoria del divino Artífice «que pinta las flores y tiene cuenta con los pájaros», los dulces ojos, serenos como aurora otoñal, miran afligidos al horizonte.
VIII
LAS DUDAS DE UN APÓSTOL
A la sombra de la nublada frente, los ojos de don Miguel estaban tristes; retirado el sacerdote a su aposento, con las manos entre las rodillas y el busto inclinado en el «escañil», meditaba sin tregua.
¡Vaya un conflicto! ¡En buen hora la compasión y la amistad lleváronle a ser consejero y tutor de la familia Salvadores! Toda la solicitud con que él defendía los embrollados asuntos de esta pobre gente, no bastaba a prevenir su adversidad.
Las noticias de América eran harto desconsoladoras: el padre de Florinda, «el señor Martín»—según le llamaba el mismo don Miguel—encontró a su hermano Isidoro muy enfermo, y en manos ajenas el humilde negocio allí establecido, señuelo de la esperanza familiar, vorágine que sorbía cuanto la usura prestaba, con subido interés, sobre el menguado peculio de la tía Dolores.
Algún socorro llevó a ultramar el segundo emigrante: algo de lo que a duras penas salvara en el hogar costanero; mas la viril resolución del señor Martín, expatriándose con la pena de su reciente viudez y dejando a su hija en Valdecruces, parecía estéril ante la mala ventura que a todos alcanzaba desde la amarga paramera.
Ya el ausente maragato le escribía con sigilo al sacerdote, que juzgaba muy difícil levantar el caído negocio de América sin mucho más dinero del que llevó; hablaba también de Florinda con tristeza angustiosa y mostrábase impaciente por conocer el camino de las negociaciones matrimoniales entre ella y su primo Antonio. «A base de esa alianza—escribía—quizá fuera posible restaurar la hacienda de Valdecruces, pero yo quiero dejar a la muchacha en absoluta libertad para elegir marido: nada ambiciono para mí; por ella y por mi madre sufro; por este pobre enfermo y por sus hijos me afano». Y añadía: «Dime tus impresiones. Antonio irá para la fiesta Sacramental; creo que sigue muy encaprichado por la niña; sabe que está bien educada, que es hermosa, y, tanto él como su madre, desean lucir en la ciudad una mujer de buen porte y de finura. Mas yo no quiero engañar a mi sobrino; si llega la ocasión, hazle saber que perdí casi todo cuanto tenía en el tiempo en que negociamos la boda bajo la condición de someterla al gusto de la rapaza; el novio sabe que he delegado en ti todas mis atribuciones sobre el particular...»
Recordando la carta confidente, el cura se levantó inquieto y anduvo por la salita con aire absorto; había recibido otra esquela, y otra aún, que, distintas y semejantes a la vez, convergían al mismo punto: el matrimonio de Florinda.
El pretendiente de Valladolid escribía al párroco diciéndole que, «sabedor de la tutela que desempeñaba cerca de su prima, tenía el gusto de comunicarle su propósito de celebrar la boda aquel verano, aprovechando la ocasión de su viaje a Valdecruces «cuando las fiestas», puesto que sus muchas ocupaciones le impedirían volver, y ya era hora de tomar estado... Quedaba en espera del «sí» definitivo para los fines consiguientes...»
Y en el mismo correo, también con sobre al señor cura, una letra fina y nerviosa, clamaba de pronto:
«¿No te acuerdas de mí?... Considero imposible que me hayas olvidado, aunque nada contestas cuando van mis renglones a buscarte; soy aquel de las coplas y de las penas a quien tú exaltabas con elevados discursos a la orilla del mar, del mar mío que amaste y «sentiste» como un gran artista.
»De aquella amistad nuestra guardo yo recuerdos imborrables que ojalá perduren también en tu memoria; atisbos de tus antiguas confidencias, raras y profundas como las de un santo; reliquias inefables de la paz de tus ojos, de la ternura extraña de tu voz. Siento al través de nueve años de ausencia la codicia de un secreto que en tu alma soñé... No lo niegues; era un secreto «blanco» y triste (según decimos ahora) que en vano quise aprisionar en los moldes artificiosos de una fábula... Tú no hablaste nunca, y aquel misterio quedó en mi fantasía como intangible estela de visiones que no pueden cuajarse en una estrofa...
»Quizás haré mal en volver a ti con esta memoria por divisa; quizás te alarmo y «te escondo» al resucitar de improviso el agudo recuerdo de mis curiosidades; mi propia imprevisión te prueba la cordialidad de este impulso.
»Al regresar de Cuba hace dos años supe en Villanoble que habías terminado la carrera con mucha brillantez, y te escribí a tu pueblo; después te mandé mi último libro: no respondiste a mi reclamo. Ahora, una adorable letra de colegiala ha escrito para mí tu nombre, y esta providencial noticia tuya que recibo por tan dulce mensajero, me conmueve con el íntimo temblor de muchas ocultas emociones que despiertan y vibran, gozan y esperan...
»Si te asusta mi exordio, si te desplace esta indiscreta persecución psicológica y sentimental, juro en mi ánima acallar para siempre tales porfías inquiridoras; y aún le queda a este pobre artista el aspecto de entrañable amigo y de hombre sensible para quererte y admirarte mucho.
»Acógeme bajo esta fase de íntima fraternidad que antaño nos unió por encima de mis inquietudes y de tu reserva; óyeme con tu afable sonrisa de tolerancia: de mi corazón, que tú conoces de memoria, voy a mostrarte una página «inédita», que casi yo mismo ignoro.
»—Ya «te siento pensar» con reflexiva compasión:—¡Cree que está enamorado!...
»Tú sabes muchas leyendas de mis amores, y sonríes con incredulidad, al verme perseguir de buena fe otra dulce mentira... Nada profetizo, porque me he equivocado muchas veces; mas, honradamente te aseguro que si éste de hoy no es el «definitivo» amor... está muy cerca de serlo...»
No acertó el comunicante, suponiendo que el sacerdote hubiera sonreído en la lectura de esta carta. Aun recordándola ahora, palidecía ligeramente y plegaba con nueva incertidumbre el entrecejo. Ninguna personal zozobra le suscitó el escrito del poeta; a las particulares alusiones con que Rogelio Terán le saludaba, fuéle a don Miguel muy llano contestar con serena desenvoltura:
«Cumple ese espontáneo juramento y renuncia de una vez a tus pesquisas novelables; ni una mala copla podrías ensayar a cuenta de los «secretos blancos» que me atribuyes, y que sólo existen en tu imaginación.»