Part 4
Al punto, cautamente, se entreabre la maciza puerta y asoma el rostro, asombrado y grave, de Olalla Salvadores.
Ante el resplandor bondadoso de aquellos ojos claros, Florinda se encalma, sonríe y confiesa:
—Tuve miedo; creí que estaba sola en Valdecruces, y después oí una especie de quejido como una voz del otro mundo.
—El gato, que miagó—dice la moza, admirada de los temores de su prima. Y penetrando en el aposento, le ofrece el desayuno y le pregunta, con mucha cortesía, cómo ha pasado la noche.
—Demasiado bien; de un tirón—responde la dormilona, escandalizándose al saber que son las nueve, que su abuela y su tía andan ya de trajín fuera de casa, y que los niños se fueron a la escuela muy temprano.
Mientras se viste _Mariflor_, explica Olalla que la escuela está a tres kilómetros, en Piedralbina, y también el médico y el boticario. Los rapaces llevan la comida en una fardela, y no vuelven hasta las seis.
—¿Y en el invierno?—interroga Florinda.
Lo mismo: salen de noche y tornan de noche; algunas veces, Tomasín, no va.
—¿Cuántos años tiene?
—Cinco; pero está mayo y robusto.
—¡Pobre!, ¡dará lástima verle por esas llanadas!
—Más se fatiga Marinela.
—Sí; ya sé que está un poco débil. ¿Cómo la dejáis ir?
—Aquí se aborrece, se pone triste, llora... Y como tanto gusta de bordar y hacer labores finas, y la maestra la quiere mucho, madre consiente.
—Y el médico, ¿qué dice?
Olalla se encoge de hombros.
—Dice—murmura—que son males de la edad. Pero para mí la pobre está entrepechada.
—¿Cómo?
—Picada de la tisis, igual que mi padre, igual que tantos de la familia...
—¡Calla, mujer!
A medio ceñir el pesado manteo en torno a la cintura, _Mariflor_ finge que busca alguna cosa, se mira las manos lentamente, con mucho interés, y al fin balbuce en imprevisto ruego:
—¡Quisiera lavarme!
Olalla, que tiene fija la mirada en una siniestra meditación, se turba, enrojece, y luego de reflexionar, afirma:
—Te traeré ahora mismo un cacho con agua.
—No, yo voy por él; enséñame dónde hallaré lo que necesite.
Porfían azoradas al lado de la puerta con empeño un poco artificioso, y ya traspasado el umbral, repara Florinda en su media desnudez, y pregunta:
—¿Estamos solas?
—Solas; yo anduve a modín para no despertarte.
Desaparece Olalla pisando quedo, como si todavía alguien durmiese; y la forastera, abocada al corredor, cruza los brazos desnudos para abrigarse contra un frío sutil que desde la oscuridad la acosa. De pronto, allí a sus pies, en la masa de sombra y de silencio, el gruñido y la queja que antes alarmaron a la niña, se juntan y emergen en una voz que parece humana, que se desgañe y evoca, igual que la de una criatura.
Florinda retrocede, presa otra vez de irreflexivo espanto, y para distraer sus complejas inquietudes, remueve el equipaje, trastea y alborota, hasta que vuelve su prima trayendo agua en un lebrillo y colgando en el hombro una toalla de áspera urdimbre, dorada por los años, olorosa a romero.
Perpleja _Mariflor_ ante aquel rudimentario servicio, aplaza el lavatorio y pide ayuda para abrir el baúl; pero Olalla no necesita más que de sus recios brazos para darle vueltas y dejarle desligado y útil, con la tapa cómodamente sostenida en la pared. Inclínanse las dos mozas sobre las túmidas entrañas del cofre, y la viajera desliza su mano en el fondo, revuelve, palpa atinadora y sonríe levantando en el puño una cosa menuda y suave que acerca a la nariz de Olalla.
—¿Huele bien?—pregunta.
—¡Ah, jabón!... Yo también tuve una pastilla...
A juzgar por la expresión lejana de los ojos azules, se pierden en un pasado remoto el aroma y la suavidad de la pastilla que tuvo la maragata.
—Ve sacándolo todo—dice la prima con gracia más ligera y alegre—; después que yo me lave lo arreglaremos juntas y te daré algunos regalitos para ti y para los nenes.
En tanto que Florinda se chapuza con fruición, Olalla va cogiendo las prendas del baúl y colocándolas encima del lecho, tibio todavía y desdoblado. Se mueve la joven con mucha calma y trata con esmero aquellas cosas sutiles de la forastera, pero no se detiene a contemplarlas con excesiva curiosidad.
Casi todo el lujo del pequeño equipaje consiste en ropa interior; camisas y pantalones con lazos, sin estrenar, con papeles de colores que crujen, sedosos, bajo los encajes, como en los equipos de las novias burguesas: medias caladas, pañolitos bordados y menudos, enaguas finas, dos peinadores de manga corta, dos blusas áureas, elegantes, y un solo vestido de luto, modesto, falda y cuerpo ajustado, sin adornos. Algunos estuches con bagatelas casi infantiles, algunas cajas con enseres de costura, libros, retratos, envoltorios frágiles y una bolsa blanca, con puntillas, de cuya boca abierta acaba de salir el perfumado jabón.
—Aquí lo tienes todo—dice Olalla, mientras Florinda duda cómo acabará de vestirse, temiendo estropear el lujoso pañuelo de su traje de fiesta.
Tras una breve indecisión, que le es habitual, ofrece la prima buscarle otro; sirve para diario y ella no le usa. Pero debe ser muy difícil hallarle, porque cuando vuelve con él, ya _Mariflor_ se ha peinado y ha puesto en orden el dormitorio.
—Hay uno de cerras, pero no le encuentro—dice Olalla, desplegando un pañuelo pajizo, de muselina, con orla estampada en vivos colores.
—Es precioso; ¿por qué no le pones tú?
—Entre semana, está bueno éste—sonríe la moza, señalando el suyo de percal, también con florida guirnalda—. Y en la cabeza, ¿no llevas uno?—interroga.
—¡Ah, no le quiero... no me gusta!—responde Florinda con tales bríos, que se avergüenza al punto, y disimula su turbación poniendo en las manos de Olalla unos envoltorios, a medida que dice:
—Para Pedro un libro, para Marinela un costurero, para Carmen una muñeca y para Tomasín un trompo...
Busca algo en el bolsillo colgado de la cama, y con cierta emoción, concluye:
—Para ti mi reloj; toma.
Sentóse la favorecida ofreciendo lugar en el regazo a los paquetes, y puso en la palma de su mano morena el relojito de oro y acero, chiquitín, lustroso y palpitante; le acercó al oído, rió con expresión de niña, dulcificando la gravedad un poco triste de su semblante, y por todo comentario dijo:
—¡Tan pequeño y anda!
Después miró a su prima suavemente, lamentando:
—¡Te vas a quedar sin él!
—Tengo el de mamá, ¿sabes?... Está parado, pero me sirve de recuerdo.
—¿Se ha roto?
—No; mi padre quiso tenerle en la hora que ella murió: las tres de la tarde.
—¡La hora del Señor!—balbuce Olalla estremecida—. Y con el respeto y la ternura que en Maragatería se consagra a los muertos, bendice al uso del país la memoria evocada, pronunciando ferviente:
—¡Biendichosa!
Una ráfaga de tristeza suspende el íntimo coloquio y flota en la humedad de las pupilas, que se inclinan al suelo apesaradas; la muñeca de Carmen, rompiendo el papel que la envuelve, muestra un brazo rígido, vestido de rojo, en trágica actitud; en la rústica mano de Olalla Salvadores, el pulido reloj suena indiferente: _tic-tac_, _tic-tac_...
Y aquel hálito sonoro y maquinal, aquel firme latido de un industrioso corazón de acero, lleva extrañamente a las dos muchachas a escuchar el pulso acelerado de los propios corazones, buenos y juveniles, regados por una misma sangre generosa.
Alzase Olalla con ímpetu raro en su naturaleza esquiva y grave, y las dos mozas se miran en los ojos; los de Florinda, profundos, inquietantes, de color de miel y de café tostado, en vano provocan una confidencia trascendente con las aguas serenas y tristes de los ojos azules; pero el impulso cordial prevalece por debajo del vuelo de las almas y un pacto de amor se firma con el estallido de un largo beso.
V
VALDECRUCES
ALENTADA _Mariflor_ después de tan gentil alianza, se despierta con alegres ánimos a las realidades de la vida y quiere verlo todo, registrar su nuevo albergue, asomarse a Valdecruces.
Aunque pone el pie con alguna medrosa inseguridad en el corredor oscuro, camina sonriente, como jugando «a la gallina ciega», palpando la pared con una mano y asiéndose con la otra al vestido de su prima.
—Avísame; no veo nada—murmura—. ¿Hay que bajar?... ¿Hay que subir?... ¡Avísame!
—Hasta que te acostumbres. Yo atino por todos los rincones a cierra ojos... Ahora sube un pasal... otro... sigue subiendo... ¡ya se ve luz!
La rendija de una puerta proyectó en los altos escalones una raya de tenue claridad; chirrió una llave, gimieron unas bisagras y hallóse Florinda a pleno sol, deslumbrada por el torrente de resplandores esparcidos en la salita con anchura, mediante los dos amplios huecos de la solana.
—¡Qué alegre, qué alegre!—gritó la forastera con encanto—. ¿Y qué se ve por aquí?—añadió lanzándose curiosa al colgadizo.
De pronto no vió nada. La luz cruda y fuerte esfumaba el paisaje como una niebla. Después, dando sombra a los ojos con las dos manos, vió surgir débilmente el diseño barroso del humilde caserío, techado con haces secas de paja amortecida, confundiéndose con la tierra en un mismo color, agachándose como si el peso de la macilenta cobertura le hiciese caer de hinojos a pedir gracia o misericordia. En aquella actitud de sumisión y pesadumbre, las casucas agobiadas, reverentes, exhalaban un humo blanco y fino que parecía el incienso de sus votos y oraciones.
_Mariflor_, admirada por la novedad de aquel espectáculo, imaginado muchas veces al través de referencias y lecturas, exclamó conmovida:
—¡Valdecruces!... ¡Parece un Nacimiento! Y la iglesia ¿dónde está?—preguntó.
—Allende. ¿Ves esta hila de casas? Pues en acabando la ringuilinera, ¿ves un chipitel con una cruz?... Eiquí.
—¿Aquéllo?—lamentó la exploradora con desilusión.
—La techumbre es de teja—ponderó Olalla—y por dentro nuestra parroquia es mejor que la de Piedralbina, es tan buena como la de Valdespino; hay un Resucitado muy precioso y la Virgen tiene la cara de marfil.
—Pero la torre se va a caer, es monstruosa; un montón informe y la cruz ladeada, ¡qué cosa más singular!
—¡Si lo que tú dices—protestó Olalla riendo—es el nido de la cigüeña!
—¡Ah, el nido!... Un nido enorme, ¿verdad?... Un nido tremendo... ¡Qué ganas tenía de verle!... Mi padre no me había dicho que le tuvierais aquí.
—Yera de Lagobia, pero el año de la truena se les cayó la torre, y cuando los pájaros volvieron portaron el nido a Valdecruces.
—¿Ellos?... ¿Ellos solos?
—Solicos empezaron, pero la gente les dió ayuda. De primeras el nido no era tan grande, nada más lo justo para gurar la pájara; después, cada año atropan dello y ya tanto pesa que hubo de caerse.
—¿Entonces?...
—El señor cura, el tío _Chosco_ y el tío Rosendín le apuntalaron.
—¡Ah, qué bien! Y ahora ¿hay crías?
—Todavía no está gurona la cigüeña: saca los hijuelos allá para el mes de junio... ¡Mira, mira el macho!
Un ave zancuda y blanca, con las puntas de las alas negras, largo el cuello, las patas y el pico rojos, pasó crotorante y magnífica, con alado rumbo hacia la torre.
—¡Qué mansa! ¿Ves? Casi tocó el alar—dijo Olalla, devota.
Y _Mariflor_ quedóse atenta y muda ante el ave sagrada para los labradores de Castilla, el ave tutelar de los sembrados, la reina de los aires campesinos en la madre llanura de la patria.
—Iré a visitar el nido regio—murmuró ferviente—. Luego lanzó la vista al horizonte inflamado de luz, llano y calmoso, semejante a una extensa bahía que se adormeciese inmóvil y sin respiración en el estío.
Olalla advirtió:
—Embajo está el huerto.
—¿Hay flores?
—De agavanzo y de tomillana, y dos rosales nuevos con ruchos.
—¿Bajamos?
—¿No quieres ver primero el palomar?
—Sí, sí; ya lo creo.
Ocupaba el carasol la fachada entera del edificio: tenía el suelo jiboso y crujiente, como todo el piso alto de la casa, trémulo el carcomido barandaje y cobijadores los aleros, donde anidaban golondrinas; algunas prendas lacias de ropa pendían a lo largo de él, y decoraban sus agrietados muros sendos manojos de hierbas medicinales puestas a secar y «espigos» de legumbres envueltos, con mucha cautela, para que la simiente en sazón quedase recogida.
Todos estos detalles sorprendieron los ojos inquiridores que, después, se posaron con cierta ansiedad en la saluca.
La cual era espaciosa, baja de techo, con rudo viguetaje pintado de amarillo, igual que el camarín de _Mariflor_; las paredes, de anémica palidez, se hundían en muchos sitios, entre mal blanquete y hondas arrugas, como la faz de viejas presuntuosas en las ciudades festivas. Un sofá de anea con almohadones de satén, floreados y henchidos, se extendía en el testero principal, y, encima, elevado y turbio, inclinábase un espejito, con el alinde picado y el marco negro, en reverencia inútil ante una visita que jamás llegaba; alrededor de aquella luna triste y a lo largo de las otras paredes, sendos cromos con patética historia memoraban la vida de una santa mártir, moza y gentil; fotografías pálidas, casi incognoscibles, prisioneras en listones de un dorado remoto, ceñidas por cristales heridos, trepaban en desordenada ascensión, en una verdadera república de colgajos, desde las decoraciones viejas de almanaques y el ramo seco de laurel, hasta las pieles corderinas abiertas en cruz, a medio curtir. Entre las sillas, muy numerosas, juntas y apretadas en hilera como aguerrida hueste, delataban, algunas, otros tiempos de más prosperidad para la familia Salvadores: aquellas de _reps_ y de caoba con el pelote del asiento mal contenido por desmañadas costuras, con la color verde convertida en marchitez dorada, como el follaje de otoño; aquellos dos sillones de gutapercha, despellejados y hundidos, con respaldares profundos y solícitos brazos; la clásica consola y el amigable velador, cuentan las abundancias de unos desposorios en que la abuela y su primo Juan unieron con sus manos las más pudientes fortunas de Valdecruces, en gran porción de «arrotos» y centenales, «cortinas» y recuas...
En estas reflexiones se para _Mariflor_, que por su aguda sensibilidad tiene el privilegio exquisito y amargo de evocar y sufrir el fuyente roce de las cosas, prestándoles la ternura de su propio sentimiento.
Inconsciente de este raro don, que preside las existencias escogidas con la facultad doble de gozar y padecer en grado sumo, la muchacha reconstruye en un momento la dura cuesta de dolores por la cual los años, los hijos y la miseria torva del país, han derrumbado casa y heredad en torno de la abuela envejecida. Y una lástima aguda empaña aquellos ojos, aún sonrientes a la orgía de luz cuajada en el páramo.
—La vida de Santa Genoveva, ¿la sabes?—dice Olalla con beatitud, señalando los historiados cromos que circundan las paredes—. Y viendo que la prima no da señales de conocer el ejemplar relato, apunta sobre una imagen de pergeño bravío, y añade con edificadora gracia:
—Este era el traidor Golo... Aquí—indica en otro cuadro—está la cierva que criaba en el desierto al niño...
El dedo bronceado va posándose en cada cristal empañecido y roto, y se detiene a lo largo de una incisión más hundida y más negra, mientras la voz enunciadora prorrumpe:
—Están los vidrios llenos de sedaduras... ¡Los rapaces acaban con todo!
—Vamos, vamos a ver las palomas—pide Florinda con impaciente actitud—. Pero Olalla la detiene sin prisa ninguna:
—¡Ah, fíjate! Estas flores las hizo Marinela...
Las dos primas, altos los ojos y entreabiertos los labios, contemplan con aire estúpido una malla colgante del techo, labrada a punto de aguja y teñida de bermellón, toda ornada de trapos vistosos que la maestra de Piedralbina ha bautizado con el remoquete ideal de «flores».
—Muy bien—murmura la forastera, sonriendo generosamente.
Todavía, antes de salir, Olalla abre una puerta primero y otra después, frente al carasol, para mostrar a su prima dos habitaciones pequeñas, llenas de trastos, sin ventanas ni lechos.
—Mira qué atropos—alude señalando los fardeles, seras y alforjas, en abandonada confusión—. ¡Todo quedó sin arreglar anoche!
Y a Florinda le parece descubrir en aquellas palabras un aire brusco, de tedio y de cansancio.
—Ahora seremos dos a trajinar en casa—responde afable.
—¿En casa...? Yo aquí no subo nunca; tengo otras cosas que hacer.
—Pero no sales al campo—dice _Mariflor_ inquieta, a pesar del convencimiento que tiene en lo que afirma.
—¿No es campo el caz de agua donde se lava la ropa, y el huerto de las legumbres, y la cortina de los panes de trigo...?
Olalla enumera los diferentes campos de sus labores con cierto calor impropio de su palabra cantarina y premiosa, pero sin asomo de reproche o lamento, y aun con vaga sonrisa de orgullo y fortaleza.
—Hay que coser; hay que guisar—sigue diciendo enfática, engreída en los altos deberes de su destino.
—¿Y la _Chosca_?—pregunta _Mariflor_ con desolado acento—,¿Qué hace, entonces?
—Servir a las caballerías, mujer, y a los bueyes; andar a las aradas con las obreras y con mi madre; atropar la leña de más fuste...
—¿También tu madre...?
—Agora sí—responde Olalla con imperceptible amargura.
Se han quedado las dos mozas en la última de las habitaciones, frente al vano del colgadizo, que extiende en la salita un esplendoroso tapiz de sol. Con el aire tibio, levemente impregnado en aromas de huertos, humo de hogares y vahos de pesebres, entra el hondo silencio de la aldea hasta el rincón donde Olalla y Florinda enmudecen de pronto, atónitas y mustias, entre mochilas y zurrones, enjalmas y capachos...
Así las sorprende una cadencia ronca y triste, repetida a lento compás como un latido que sonara a pena.
—Son las palomas que arrullan—dice Olalla, levantando los ojos.
—Llévame donde estén—repite Florinda, hablando quedo, como si temiese turbar con sus palabras el arrullo.
La toma su prima por la mano, y en saliendo al corredor cierra la puerta de modo que la más profunda oscuridad envuelve los pasos de las dos maragatas. Hácense otra vez torpes los de Florinda.
—¿Por qué cierras?—murmura—. No tenemos ni una chispa de luz.
—Es que el gato entra al carasol y escarrama las simientes.
Como si quisiera protestar del mal propósito que la joven le atribuye, el animal guaya en la sombra, lastimero y humilde.
—¡Micho...! ¡Micho—ordena Olalla varias veces, espantándole.
Palpando de nuevo en las tinieblas, dan las niñas en unos gemidores peldaños, muy hostiles y maltrechos y llegan al desván, oscuro y ruinoso, lleno de bálago resbaladizo. Una pared de madera y una puertecilla, resquebrajadas, transfloran dorado resplandor, dividiendo en dos mitades el local: allí, al otro lado de la medianería, donde irradia la luz, suena el arrullo.
Con suave remezón del maderaje, abre Olalla la palomera, y de pronto Florinda no ve más que la luz, igual que le sucedió poco antes en el colgadizo. Recorta el alto ventanal un pedazo de cielo que se convierte en un chorro de sol dentro del libre refugio de las palomas: blandos nidales, al arrimo de los adobes, cobijan a las hembras en gestación y a los polluelos temblorosos; y desde cada nido ocupado, entre esponjadas plumas, se vuelven los ojitos de las aves a mirar con recelo en torno suyo.
—¡Qué preciosas!... ¡Cuántas!... ¡Y no huyen!—exclama con embeleso _Mariflor_.
—Son medrosicas, pero no se asedan—dice Olalla, prodigando, graciosa, una caricia a cada nidal—. Y como su prima quiere ver los pichones en la mano, toma dos chiquitines bajo las alas de la madre y se los ofrece. Ella los acoge en el delantal, por temor a que se lastimen entre los dedos, y también porque la retrae de tocarlos un escrúpulo repentino.
—En guarrapas son feucos—pronuncia Olalla sonriente; y antes de volverlos junto a la azorada paloma, los besa y los guarda entre las dos manos un instante, encima de su corazón, con dulce gesto maternal. Del regazo de una hembra febril, levanta después un huevecillo cálido y terso, y se lo acerca a _Mariflor_, anunciando ponderativa:
—¡Ponen dos todos los meses!
—Tendréis un bando muy numeroso.
—¡Quiá, mujer! Se mueren muchas en la invernada, con el frío y la nieve, y los pichones más llocidos los vendemos para el mercado de Astorga y de León.
—¿No te da lástima?
—¡Como son para eso!
Florinda se aturde ante la respuesta razonable y fría, que del reciente beso y el impulso cordial borra la impresión de ternura y oscurece con raro misterio el alma de la campesina doncella.
El cariñoso halago al borde del nido dejó adherida una pluma sutil en el jubón de Olalla: ¿nada más que esta huella deleznable habrá marcado la amorosa caricia sobre aquel macizo pecho de mujer?... ¿Nada más?
Lo duda _Mariflor_ mientras, acuciosa, estudia aquel semblante moreno y gracioso que cierra a toda asechanza de íntima curiosidad los secretos de un corazón femenino: sellado con una placidez austera, ecuánime y dulce, un poco triste, el rostro de Olalla Salvadores es un enigma, la noble máscara de unos sentimientos absolutamente ignorados y silenciosos.
Al contemplarla su prima interrogadora, ella dice amable:
—Voy a llamar a todo el bando.
—¿Cuántas parejas tienes?
—Treinta y tres; aquí dentro no hay ni la mitad.
—¿Y son todas de la misma casta?
—Abundan las palomariegas; pero téngolas también de monjil, calzadas, moñudas, reales, tripolinas...
De un arcón pequeño, separado del piso por toscos bastidores, vierte la moza en su delantal una porción de cebada y sube ágilmente hasta la tronera, apoyando los pies en las quebraduras del muro: acodada en los umbrales, lanza desde allí con voz atrayente y melosa el familiar reclamo:
—Zura, zura... zurita...
Se remecen los nidos en el palomar, y fuera, un lozano batir de alas azota la luz; en parejas veloces acude el bando entero a picar en las manos de la muchacha: hay palomas con rizos; las hay con toca, con moño, con espuelas; las hay grises, verdosas, azuladas plomizas; algunas lucen el collar blanco, otras el pico de oro, otras las patas de luto; aquellas los reflejos metálicos en la pechuga, en las alas, en las plumitas del colodrillo. Todas las distintas variedades son domésticas, aclimatadas al campo mediante cruces con las castas silvestres y tributo de crecida mortandad en los bravos inviernos.
Rozando las mejillas de la joven, las madres anidadas salieron a comer; ella hace en la ventana un sitio para que se asomen los ojos de _Mariflor_, y enumera y define la variedad del bando, junto en apretado racimo de codicias y de temblores.
Ha trepado la niña forastera hasta descubrir la techumbre muelle y sinuosa donde las aves, en montón, arrullan y solicitan el sustento. Pero la prima Olalla, más complaciente aún, discurre:
—Te las voy a mandar todas a la palomera.
Y arroja, sonoro, el contenido de su delantal dentro de la estancia.
Entonces una impaciente agitación de vuelos lánzase a la ventanuca desde el techado humilde, entre el pecho de Olalla y la cabeza de Florinda. Salta al suelo la joven para ver más de cerca a las palomas, y ellas la miran extrañadas, de medio lado, con un ojo nada más, mientras que alas y picos sacuden en el aire y en el tillado raudas notas de instinto y de pasión, sorda y ávida música de picotazos, aleteos y arrullos, donde la voracidad y los amores cantan con gráficos acentos sus leyes y sus prerrogativas: las hembras, que en el nido padecen sagrada calentura maternal, han bajado en volandas sus pichones al ruedo y les incitan a comer, disputando la ración a las glotonas más tímidas; muéstranse los machos galantes y los padres solícitos, se colman los buches, se aquieta el tropel, y Florinda, saturada del perfume bravío que exhala el palomar, seducida por los iris de las plumas, agitada por las palpitaciones de las aves, ebria de sol y de placer, siente con ardorosa plenitud la belleza potente de aquella vida cándida y salvaje, libre y fecunda, que ahora despliega el vuelo alto y feliz, en parejas de amor, por el llano luminoso y sin tasa, nuncio de lo infinito...