La Esfinge Maragata: Novela

Part 3

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Sorprendida por aquellos halagos, no supo ella qué responder, y sonrió, dejándose engañar como una niña, entre frases conquistadoras y dádivas pueriles. Parecía feliz en aquel instante; desplegaron sus manos desmañadas las tarjetas sobre el delantal, y apareciéronse allí copias de mil tesoros: cuadros y estofas de Toledo, tapices de El Escorial, fuentes de La Granja, palacios salmantinos, joyas árabes y platerescas, fragura de paisajes montañeses, delicia de jardines andaluces... un tumulto de arte y de poderío español. A la maragata le sedujeron, entre las admirables cartulinas, dos de origen mejicano, iluminadas en colores, reproduciendo la avenida de Juárez y el palacio de Hernán Cortés: alzólas en los dedos con admiración preferente, y en seguida, azorada, vergonzosa, lamentó:

—¡Es lástima; yo no gasto esquelas!... ¡no sé escribir!

—Pero yo sé—dijo, arrulladora, _Mariflor_, deseando aceptar el recuerdo.

—Guárdalas tú, si el señor se empeña—consintió la abuelita—; y dale las gracias.

Con los ojos adoradores y solícitos, obedeció la moza, mientras la vieja logró forzar la dura timidez de su palabra, para decirle al caballero:

—Si va por Valdecruces, ya sabe que allí tiene una servidora...

—Iré, de seguro—respondió el poeta, deslumbrado por la mirada de Florinda. En aquellos ojos, dulces y resplandecientes, fulgía la incertidumbre con interrogación muda.

Cuando iba a despedirse de aquel hombre extraño y amigo para ella, sentía la muchacha el vago temor de perder la felicidad y la duda de haberla encontrado.

El mozo, por su parte, se engolfaba en la emoción de aquella hora, sin detenerse a descifrar misterios, soñando muy de prisa, a sabiendas de que iba a despertarse pronto.

* * * * *

Y la pobre anciana, tras un senil desbarajuste de ideas en fuga, volvió a oprimirse el corazón en los rígidos muros de su vida cruel.

Isócrono, maquinal, el tren corría insensible a las inquietudes de los tres viajeros, y Florinda tuvo que ayudar a su abuela en los preparativos de la llegada. Al través de los fardos toscos de aquel equipaje campesino, las manos ágiles de la niña pusieron su gracia y su finura en arpilleras y capachos, en los múltiples bultos donde la vieja se llevaba los más vulgares utensilios del hogar fracasado en La Coruña: cuanto no había podido venderse por usado y maltrecho.

La abuelita contaba, meticulosa y torpe:—Uno, dos, tres—tocando con la punta del índice cada barjuleta y cada zurrón; y la moza suspiró con fatiga, como si le abrumara el peso de aquella carga miserable, delatora de inclemente pobreza.

Se estremecía de compasión Rogelio Terán en el atisbo de aquellos pormenores: meditándolos estuvo sin saber si admirarse o condolerse de la rara hermosura de la niña, sin darse cuenta de que no le prestaba auxilio en el rudo trasiego de alforjas y envoltorios. Cuando acertó a disculparse, ya _Mariflor_ había terminado su trajín y se colgaba a la bandolera, sobre el pañuelo floreado y vistoso, un bolsillo elegante que, entreabierto, exhaló delicadísimo perfume.

—Es de mi traje de señora—dijo la mocita, respondiendo a la visible extrañeza de Terán—, de mi _equipo de paisana_—subrayó graciosa y triste.

—Así—le replicó el poeta entusiasmado—parece que el dios ciego ha ofrecido su carcaj simbólico a la reina de Maragatería...

Y la abuela, en un repente inesperado y brusco, manifestó augural:

—En nuestro país no se admiten reinas. Allí todas las mujeres somos esclavas.

Volvió Florinda el rostro con angustia hacia el camino, y le pareció que temblaba el paisaje con un doloroso estremecimiento.

Entraron en la estación de Astorga: los pregones de las clásicas mantecadas, alguna muestra humilde del traje regional y algún indicio de tráfico mercantil, daban al andén un poco de carácter y de vida.

En medio de este cuadro indeciso y mediocre, puso _Mariflor_, con su belleza original y su lujoso vestido, la nota resonante: detrás de la abuelita, que ya tenía en torno sus bártulos de arriero, saltó la moza al andén, apoyada en la mano que le ofrecía Terán con trémula solicitud; y a pleno sol resplandecieron tanto los colores de su traje y las dulzuras de su rostro, que en todas las ventanillas del tren y en todo el recinto de la estación inicióse un movimiento de curiosidad. No tardó este asombro interrogante en romper las fronteras de la contemplación muda, estallando en requiebros y alabanzas, del lado del ferrocarril, al borde de estribos y vidrieras, donde la anónima condición de «viajeros» suele dar a los hombres mucha osadía y harta libertad.

Como un incienso de apoteosis, envolvió a la gentil maragata la nube de piropos; y el poeta hubiera deseado coronar el homenaje con un vítor atronador y lanzar luego por el vasto mundo los ecos de su audacia.

Pero a la vera de Florinda, triunfante y proclamada hermosa, otra mujer vieja y triste, con igual traje, con igual destino que la joven, se sumerge en tribulaciones y cuidados en medio de su equipaje ruín. Y a Terán se le reproduce la visión desoladora del páramo, donde el viajero no parece hallar término ni alivio a la dureza de la ruta, como si por ella la vida cruzase extraviada, como si la civilización se detuviera cobarde y perezosa delante de la tierra hostil, a cuyas entrañas inclementes sólo manos heroicas de mujer han podido llegar, en acecho de un fruto esquivo y tardo...

Las arrogancias de la galantería arden en lumbres de misericordia cuando el poeta se despide de su amiga con suspiradas frases: una campana y un silbato le devuelven al tren, ya en movimiento, mientras _Mariflor_ sonríe con la dócil inmovilidad de un retrato alegre.

Y los ojos azules, que ya no reflejan la figura ideal de la maragata, se tornan añorantes hacia el coche, mudo y vacío como la fábrica de un sueño...

IV

¡PUEBLOS OLVIDADOS!

UNA maragata de edad indefinible, a quien la abuela llamó _Chosca_, había conducido tres cabalgaduras hasta la misma estación. Cargóse en una de ellas lo más voluminoso del bagaje, y aun pudo hallar la _Chosca_ un punto de asiento y equilibrio en la cima de aquella balumba, cuyo difícil acomodo entretuvo a la pobre caravana dos horas largas de talle. Y aunque la abuela se encaramó también sobre los repliegues de otro monte de fardos, todavía las menudencias de más fuste hubieron de refugiarse en las alforjas del mulo cebadero, el mejor de la recua, cedido por agasajo a _Mariflor_.

Todo lo miraba la moza fijamente, con una muda actitud, en que al tenaz recuerdo de las cosas pasadas se sobreponía el propósito firme de aprender y gustar las cosas nuevas; mujer y curiosa, joven y perspicaz por añadidura, sintió, a despecho de sus íntimas inquietudes, una ansiedad respetuosa y fuerte, que la empujaba hacia la tierra madre, incógnita y callada como un secreto de lo porvenir. ¡Qué ejemplo más hermoso para cualquier agudo observador, la bizarría y compostura, la gravedad y ceremonia con que Florinda Salvadores se allanó, sin melindres ni repulgos, a todas las veleidades de la suerte, y cambiando de nombre, de traje y de sendero, montó en un mulo, por primera vez en su vida, con tanta gentileza y señorío como si la tosca jamuga fuese el blando cojín de un automóvil! Conformidad y audacia dieron alegre resolución a la moza; y aun fueron parte a erguirla, serena y apacible en el misterioso rumbo, cierto soplo sutil de fatalismo que sentía en el alma y un deseo inconsciente de aventura que se le impacientaba en la imaginación.

El paso por Astorga tuvo para Florinda rara solemnidad. Quiso la abuela dar allí algunos recados, hacer algunas compras y cobranzas mediante papelucos escondidos con minuciosas precauciones en un «cornejal» de la faltriquera, al amparo de sayales y manteos; a todos estos menesteres asistía la muchacha desde lo alto de sus jamugas, atisbadora y vigilante, reflejando en sus pupilas el asombro de la vieja urbe, tan pobre y tan triste ahora, que ni siquiera guarda los vestigios de su glorioso ayer.

¡Cuán desolada y yerta la ciudad _Magnífica y Augusta_! ¿Quién dirá que fué palenque y tribunal de astures, imperial colonia, centro de vías romanas y baluarte de sus legiones, botín después del bárbaro y del moro, joya del terrible Almanzor, pleito y disputa de castellanos y leoneses? Ya no conserva ni las ruinas de los antiguos monumentos; hasta aquella robusta fortaleza de sus marqueses y señores, aquel soberbio castillo que presumía de inmortal, cayó también con los sillares de las rotas murallas; la recia divisa de Alvar Pérez Ossorio, que a tantas duras generaciones gritó desde el frontis nobiliario con orgullosas letras:

_Do mis armas se posieron_ _movellas jamás podieron,_

vino a dar en ingrata sepultura bajo los residuos de cubos y de almenas, de capiteles godos y lápidas latinas. ¿Qué rangos, qué voluntades, qué hierros, piedras y raíces no moverá en el mundo el ímpetu de los siglos empujando la rueda de la fortuna?

Así, esta tierra misteriosa, de cuyos primitivos moradores sólo se sabe el apellido—_amacos_—, o «excelentes guerreros»; este pueblo viril que grabó en su escudo, como símbolo heroico, una rama de poderosa encina; este solar privilegiado por cónsules, santos y reyes, guarnecido de altivas torres y ferradas puertas, ahora vive en el silencio de las mortales pesadumbres, ahora padece el abandono de los históricos infortunios. Y, como un fallo de singular predestinación, acude sobre Astorga el recuerdo de aquellas pretéritas edades, en que la capital de la región y sus alfoces se llamaron «Asturias»: _¡Pueblos olvidados!_

Una ráfaga de tales penas y de tales memorias aguzó en la fantasía de _Mariflor_ el ansia ardiente de evocar imágenes y perseguirlas al través de las silenciosas rúas, sobre el empedrado hostil, entre el caserío de adobes, simétrico y vulgar. Pero todos los recuerdos heroicos, todas las evocaciones bizarras, huyen ante el semblante lastimoso de la Augusta y Magnífica, Muy Noble, Leal y Benemérita, que, parda, muda, triste y pobre, languidece de añoranzas y pesares a la sombra de su ilustre catedral, sobre las pálidas favilas de la historia. Y cuando a fuerza de imaginación y voluntad quiso la viajera reconstruir en su mente hechos y figuras familiares a la patria nativa, ya la visión de Astorga, yerma y desamparada, se había extinguido en el término raso y adusto del horizonte.

Como fuesen grandes la calma y el regateo con que las compañeras de Florinda ajustaron sus compras en la plaza _de los cachos_ y en los soportales de la Plaza Mayor, y no menos prolijos los demás negocios que la abuela trataba, llegó la media tarde cuando las tres amazonas salieron por el arrabal de Rectivía para seguir la carretera en busca de su pueblo.

De la calmosa estada en la ciudad llevóse _Mariflor_, campo adelante, el recuerdo de los dos maragatos que en el reloj del Concejo cuentan con sendos martillos las mustias horas de aquella vida gris; la pareja simbólica y paciente se hizo un lugar en la memoria de la niña, sobre la impresión de aquel grave edificio, fuerte reliquia de la pasada opulencia asturicense. Había preguntado la muchacha por un jardín ameno que, según sus noticias, era lugar de fiestas estivales y de otros alicientes para la juventud; aunque la abuela señaló «hacia allí», sólo pudo Florinda columbrar una mancha verde y risueña, tendida en la mayor altura de la muralla, sobre el mismo solar que siglos antes ocupó la Sinagoga, cuando una rica aljama se aposentó en el arrabal de San Andrés. El perfil airoso de la Catedral y la nobleza de algunas portadas parroquiales, impresionaron también a la curiosa. Y el bosquejo heráldico de unos lobos, unas bandas de azur, el león rampante de gules, coronado de oro, la monteladura de plata, cimeras, escudetes, lemas y coronas, rezagos de insigne alcurnia sorprendidos al azar en unos pocos edificios, alumbraron en la mente de Florinda, con pálido reguero de luz, la nómina confusa y lejana de Ossorios y Escobares, Turienzos y Pimenteles, Benavides y Juncos, Gagos, Hormazas, Rojas, Pernías, Manriques... El íntimo vigor de estos recuerdos rehogaba con orgullosa lumbre las fantasías de la joven, cuando sus ojos se posaron en el abierto muro, indemne a las cóleras de Witiza y Almanzor...

Acostumbrada Florinda a escuchar de su padre los frecuentes relatos de sus aventuras infantiles por los arrabales de la capital, casi a tientas hallaría rumbo en el camino astorgano que cruzaba por primera vez.

Allí a la izquierda, dejando atrás el rasgado cinturón de las fortificaciones, brota la viejísima Fuente Encalada, de tan henchido seno, que ni en su estiaje paró nunca de cantar con su rumor sonoro las penas y las glorias del país.

Cunde el manantial en aquel punto desde los tiempos fabulosos, y le alberga un edificio notable, con armas, inscripciones y perfiles de varios siglos y grande pulcritud. Con abundancia sempiterna ha prodigado la Fuente sus fidelísimos dones, lo mismo a los _aureros_ imperiales que a los devotos del _Camino francés_ y a los trajineros maragatos... Vive apenas la memoria de los primeros poseídos por «la maldita sed de oro», que, bárbaros de codicia y de furor, vinieron de todos los confines de la tierra a enriquecerse en nuestras minas peninsulares: pasaron por aquí los explotadores de las _médulas_ famosas, y también los cruzados, que en el siglo IX abrieron desde Francia una difícil ruta para ofrecer homenaje en Compostela al cuerpo del Apóstol; se han borrado «la vía de la plata» y la de «los peregrinos» bajo la anchura de una carretera española del siglo XVIII, en la cual la arriería se extingue impotente contra el raudo ferrocarril; pasaron y cayeron centurias y generaciones, cetros y coronas, y al través de las vidas caducas y de las cosas perecederas, esta fontana dió su latido fecundo y su perenne caricia a todos los sedientos del camino...

_Mariflor_ tuvo sed al pasar por aquí. Despertóse en ella el recuerdo de los años que la fuente contó, rezadora y humilde en la mansa llanura de los «pueblos olvidados», y quiso gustar del agua fiel; bebió ansiosa, obsesionada por la inconsciente ilusión de saciarse en frescuras y deleites de eternidad.

Al seguir el camino, en tanto que las otras maragatas parecían insensibles al paisaje y a las emociones, descubrió la moza a la derecha del manantial cierto prado muelle y jugoso hundido en el terreno; debía ser el lugar llamado _Era-Gudina_, donde el feudo del Marqués tuvo un estanque, una barca, una isleta y un bosque.

A leyenda le supo a _Mariflor_ el supuesto de que allí existiesen jamás esquife, lago y fronda; pero consultada la abuelita acerca de tales dudas, dijo con mucha fe que «en tiempo de los moros» aquel paraje se nombró _La Corona_, y era una hermosura de aguas corrientes, barquichuelos, árboles y flores...

Cuando se borraron a extramuros de Astorga aquellas tenues sonrisas de la vegetación, extendióse la carretera sobre la llanura sin accidentes ni perfiles, en un horizonte a cuyo fin remoto se cerraban entre nubes las sierras de la Cepeda y los puertos bravos de Manzanal, Foncebadón y el Teleno. Si a la vera de un puebluco estancado algún castro ondulaba, todo su vestido consistía en bajos matorrales y encinas bordes.

En este cuadro ascético se dibujó el relieve de las tres amazonas, largo rato, por la amplia carretera, y cuando ya tomaron otro rumbo al través de una calzada empedernida, la feniciente luz ablandó la dureza del paisaje, convirtiendo la línea fuerte y sobria en mancha rubia y dulce, en la cual se alejaron los senderos con misteriosa estela.

Quedó entonces piadosamente velada la aridez del camino, que al aventurarse tierra adentro en ingratos recodos, hubiese mostrado a Florinda más de cerca su desolación; la santa beatitud del anochecer quiso desceñir su velo romántico sobre la tristeza del erial: una muselina blanca y rota se arrastraba por el campo en jirones de niebla, y la serenidad del cielo, pálidamente azul, parecía remansar en la llanura con infinita mansedumbre.

_Mariflor_, cansada y soñolienta, aturdida por las emociones y los sentimientos, se dejó mecer, se dejó llevar entre aquellos cendales de sombras y de membranzas. El balanceo rítmico de la cabalgadura, algo semejante al de una embarcación en mar serena, y la plenitud del llano, sin orillas visibles, nubloso, insondable como un abismo, pusieron a la amazona en punto de soñar que iba embarcada hacia un quimérico país. Aquel vaivén de cuna, aquella ilusión de barco aventurero, tenían, para mayor halago, un cantar peregrino en el eco de dulcísimas frases lisonjeras que la moza guardaba en su corazón; de tan cordial tesoro iba ella urdiendo con diligente prisa futuros lances de amor y de felicidad, solemnes acontecimientos de bodas y placeres que parecían tener realización positiva y dichosa en la ardiente vida de una estrella, según lo que la niña se extasiaba, rostro al cielo, absorta y palpitante.

Desde el divino espacio cayó de pronto a tierra la evagación de Florinda, porque una voz había dicho:

—Ya llegamos...

Entre el encaje de las sombras, cada vez más espeso, se agazapaban, abocetados, desvaídos, barruntos de una aldea muy pobre, a juzgar por los umbrales. Y a _Mariflor_ le acometió de súbito una triste cobardía, en la cual se mezclaban las inquietudes con inexplicable acidez; aquella zambullida brusca en otro pueblo, en otra casa, entre personas desconocidas, rompiendo definitivamente todos los vínculos de su vida anterior, daba frío y espanto a la muchacha; en un instante recordó con lucidez lastimosa la dicha que perdió al otro lado de la llanura maragata, y sintióse tan pequeña, tan incapaz y débil ante el enigma de su nuevo camino, que anheló no llegar a Valdecruces y quedarse para siempre mecida en aquel mar firme y silencioso, de tierras y de sombras.

Los dulcísimos ojos registraron el cielo con una mirada de angustia, pero ausente la luna veladora, esquivas las estrellas y pálido el celaje, el amplio dosel de la noche se mostró cerrado a la muda plegaria de la moza; hasta la estrellita ardiente donde ella prendió un momento antes la hoguera de sus ensueños, se había escondido, casquivana, detrás de un banco de nubes.

Y estaba allí el pueblo maragato, inmoble y yacente en la penumbra, como un difunto; y ya la recua se detenía delante de una sombra más alongada y grave que las del contorno.

Sonó el chirrido de una puerta, y dos mujeres avanzaron en un foco macilento de luz. Descabalgó Florinda, trémula y cobarde; sintióse agasajada por unos besos húmedos y fuertes, por unos brazos recios y acogedores. Ofrecían a la forastera este recibimiento cordial, Ramona, nuera y sobrina de la anciana, y Olaya, hija de aquélla, que con sus cuatro hermanos más pequeños constituyen hogar y familia cerca de la tía Dolores, protectora también de su nietecilla _Mariflor_.

Ya estaban reposando los niños, Marinela, Pedro, Carmen y Tomás; y mientras Olaya hacía los honores a su prima con más cariño que garbo, Ramona y las otras dos viajeras se afanaban en descargar el equipaje. Fué la tarea tan minuciosa, que ya la noche había crecido mucho cuando logró acostarse _Mariflor_, rendida y enervada.

A la luz vacilante del candil pudo la muchacha aprender que era su dormitorio el mejor de la casa, «el cuarto de respeto», donde solían posar los principales huéspedes; y al culminarse en el lecho altísimo y pomposo, oyó la voz humilde con que su prima la deseó buena noche, dejando la habitación oscura y cerrada, y advirtiendo:

—Madre y yo dormimos dambas aquí cerca; no pases cuidado.

Poco después sintió la muchacha crujir la corvadura de las vigas muy próximas a su cabeza; andaban pesadamente encima del aposento, hablando en voces cautelosas. Por debajo de aquel ruido perseguía a _Mariflor_ entre penumbras de sueño y vislumbres de realidad, la expresión vaga y triste de un rostro ojizarco, que tan pronto era el de Terán como el de Olalla. De aquel semblante amigo no quedaron, al fin, más que los ojos delante de la moza; brillaban azules como las flores del aciano, como los ojos celtas de la maragata rubia, como los ojos pensativos del novelista viajero; una clara niebla, que fué espesándose, oscurecíalos poco a poco... ¿Era un velo de lágrimas?... ¿El cristal de unos lentes?... _Mariflor_ se había dormido.

* * * * *

Después de un sueño largo y juvenil, Florinda despierta y escucha: escucha la soledad y el silencio, porque todo a su alrededor parece abandonado y mudo.

¿Qué hora será? Entra un rayo de sol por la ventanuca, tan alta y pequeña como la de un camarote; por allí se descubre un pedacito de cielo cuajado de luz. En la casa, grande y misteriosa, nadie pisa, nadie levanta la voz, ningún ruido se advierte, y fuera, en aquel espacio luminoso, abierto quizás al campo, a la calle o al corral, es la vida un secreto, sin duda, porque ni vuela un ave, ni canta un río, ni gime una carreta; los rumores aldeanos que Florinda conoce de otros pueblos, parecen extinguidos aquí. ¿Se habrá quedado ella sola en el mundo con el sol?

Pasea por el cuarto los bellos ojos dormilones, un poco ensombrecidos de vaga pesadumbre: mira su equipaje desparramado en confusión de cajas y de ropas, y encima del baúl, cruzado todavía de cordeles, sus arreos de maragata, desceñidos la víspera con laxitud de sueño y de cansancio. Se asoman los zapatos por debajo de la colcha, muy escandaloso el escote y algo arrugada la plantilla: parecen asustados, uno delante de otro, como si quisieran echar a correr; el bolsillo señoril, colgado del boliche de la cama, con la boca abierta, tiene un aire de expectación y de asombro, y la filigrana de corales, tendida al borde de un marco a la cabecera del lecho, corona la figura de una Virgen ancestral, bajo cuya traza primitiva dice, en letras muy grandes: _Nuestra Señora la Blanca_. Al volver los ojos hacia ella, hace Florinda maquinalmente la señal de la cruz. Luego prosigue su viaje curioso en torno al aposento: es reducido y bajo, con paredes combas, lamidas de cal, desnudo el tosco viguetaje del techo y pintado de amarillo, como la puerta y la ventana. Entre un recio arcón de interesante moldura y un mueble arcaico de alta cajonería, descuella el lecho, amplio y elevadísimo, duro de entrañas y abrumado de cobertores: luce colcha tejida a mano, floqueada, con muchos sobrepuestos, un poco macilenta de blancura, quizá por haber estado largo tiempo en desuso. Dos sillitas humildes parece que se agachan bajo la pesadumbre de los equipajes, y algunos clavos suben perdidos por las paredes, sosteniendo con negligencia varias cosas inútiles: un refajo roto, un cencerro mudo, una rosa mustia de papel... Ya no hay más utensilios ni más adornos en el nuevo camarín de _Mariflor_.

Ella busca, solícita, un espejo, un lavabo, una alfombra, cualquiera blanda señal de compostura y deleite, y como nada encuentra parecido a lo que necesita, vuelve la atención a los recuerdos de su llegada, confusos entre las emociones del viaje y la sorpresa de este peregrino amanecer.

Al cabo, como persiste en torno suyo un silencio de inmensidad, y el sol penetra al aposento por el angosto ventanillo, semejante a la lucera de un camarote, piensa la infeliz, acunada todavía en su memoria por el balanceo del mulo y las ilusiones de su navegación por la llanura, que su bajel ha encallado en una costa salvaje, en una playa desierta... Pero no: la mar gime, reza, escupe, solloza; tiene lágrimas y voces y suspiros; es pasión y hermosura, es inquietud y poder, es dolor y gozo. Y aquí, ¡ni un acento, ni una palpitación, ni un indicio de que la vida cunda y vibre como en las olas varias de la mar!...

Cuando empieza la niña a sentir ciertas ansiedades muy parecidas al miedo, un rumor oscuro, entre queja y gruñido, se percibe en la quietud silenciosa de la casa.

—¡Abuela!—grita _Mariflor_ con espanto.

Nadie la responde.

—¡Abuela!—repite, loca de terror. Y luego, despavorida, prorrumpe:

—¡Olalla!