Part 23
Ella, sin defenderse, comenzó temblorosa a relatar las noticias de América: el esposo tornaba moribundo y el hijo había de partir agora mesmo.
—En l’intre—añadió sollozante—peyora la zagala... y yo dejo la cordura no sé onde.
—¡Vaya, vaya por Dios!—compadece el párroco.
Y suben todos detrás de él, mientras Ramona va diciendo:
—Anoche la coitada non quiso junto a sí más que a la prima, y hubimos de acostarnos. Yo acodí madruguera y las hallé a las dos adormentadas: andamos a modín pa non las recordar.
—Pues mira tú si duermen.
Asomó la mujer en la salita y volvióse al punto con un gesto negativo.
—Pase, pase.
Don Miguel halló a Marinela con los ojos febriles clavados en la Cruz y a Florinda con los suyos vueltos al carasol. Ambas se estremecen al sentir pasos en la estancia y, luego de saludar al sacerdote. Marinela, descubriendo las palomas, prorrumpe:
—Vélas, vélas ende... Las pobreticas no encuentran onde pacer: andai por una cachapada de cebo para echárselo aquí.
Apresúranse a obedecer los niños, y Florinda, presa de extraña emoción, se enjuga los ojos murmurando:
—El hielo de los cristales me humedeció la cara... Dormí y creo que soñé.
—¿Algo triste?—pregunta el sacerdote, reparando en la honda inquietud de las palabras.
—¿Triste?... Era una cosa tremenda: usted venía a preguntarme... ¡ya no me acuerdo!—balbuce sordamente.
Y de pronto don Miguel, con la precipitación de quien realiza un acto contra su voluntad, busca en el bolsillo una carta y se la entrega a Florinda:
—Entérate: ya hace tiempo que la recibí.
—¿Es de su padre?—dice Ramona.
—No.
Un silencio involuntario se establece, y aunque el cura trata de hablar mientras la muchacha desdobla trémula el papel, sólo consigue que la tía Dolores ensarte letanías a propósito del hijo viajero:
—¡Aymé! ¡Si en un santiguo le podiese yo recibir en mis brazos... ¿Arribará para la Pascua?... ¿Nevará en los mares tamién?... Voy dejarle mi lecho, señor, y las frazadas mejores... Cuando quiera hojecer la primavera ya estará en siguranza la curación, ¿noverdá?...
Había salido el sol, pálido y frío. Marinela, al borde de su cama tendíase hacia él como si le pidiese una limosna de alegría: en realidad, lo que deseaba era acercarse a _Mariflor_, en cuyas manos se estremecía la carta de Rogelio.
Leía la muchacha en el foco de luz:
«Miguel, amigo mío: No el poeta ni el camarada, el penitente es quien acude a ti. Cúlpame cuanto quieras; que me castiguen tus indignaciones, si al fin me absuelve tu piedad. Yo te confieso contrito mi pecado de inconstancia, mi estéril codicia de emociones, de ternuras y novedades. Harto me duele esta triste condición: de todas mis culpas, soy, a la par que el reo, la primera víctima... Tú bien conoces el corazón humano y, aún mejor, conoces mi voluntad, donde toda flaqueza tiene su asiento. Quise, fervorosamente, hacer feliz a _Mariflor_, sin comprender que nunca, nunca lograré la felicidad, ni para mí ni para nadie. Me engañó la fantasía; hoy reconozco la pequeñez de mi espíritu que, enamorado de los sueños, se rinde cobardemente al afrontar las realidades... Perdona mi error, tú, tan seguro, tan cabal, tan heroico... Perdona también la tardanza de estos renglones que mi mano te escribe mucho después que los dictase mi conciencia; luché antes de escribirlos; vacilé y sufrí muchas veces con la pluma sobre el papel: puedes creerlo. Y también que me falta valor para escribirle a «ella»: dile que me perdone; que acaso nunca la olvide; que si fuese a buscarla sería sin duda más culpable que apareciendo hoy a sus ojos como ingrato y perjuro. Dile...»
—¿Viene en romance?—preguntó Marinela, impaciente por la prolongación de la lectura.
Florinda volvió el rostro, blanco igual que un lirio. La rodeaban los rapaces, y también Olalla se le iba aproximando; en el fondo de la salita las dos mujeres cruzaban los brazos sobre el pecho. Ya la enferma tenía entre las manos el cebo de las palomas. Quejóse de «asperez» en la garganta, y tornó a preguntar:
—¿Viene en romance, di?
—No; ¡viene en prosa!
Vibró ardiente y sombría la respuesta. Aún quedaba por leer una parte del pliego, mas, la lectora alzó los ojos, perdidos en una fugitiva imagen, se pasó una mano por la frente, dobló la carta y, alargándosela al cura, dijo:
—Puede usted escribirle a mi padre que me caso con Antonio.
Su voz era firme, firme también su actitud. Una ráfaga de tragedia, de tragedia sin sollozos ni palabras, atravesó la salita y puso en todos los pechos repentino estupor. Tras un silencio angustioso, preguntó el sacerdote con grave solemnidad:
—Hija, ¿lo has pensado bien?
—Sí, señor—repuso ella, altivo el gesto y serena la mirada—. Y a mi primo... usted hará la merced de darle en mi nombre el sí que estaba esperando.
No dijo más. Volvióse hacia el carasol para abrir las vidrieras, tomó el centeno en su delantal y todo el bando de palomas acudió a saciarse en el regazo amigo, envolviendo la gentil figura con un manso rumor de vuelos y de arrullos. La luz del sol, más fuerte al crecer la mañana, rasgó las brumas y fingió una sonrisa en el duro semblante de la estepa...
_ÍNDICE_
Páginas.
I. El sueño de la hermosura 5
II. _Mariflor_ 15
III. Dos caminos 25
IV. ¡Pueblos olvidados! 39
V. Valdecruces 55
VI. Realidad y fantasía 71
VII. Las siervas de la gleba 93
VIII. Las dudas de un apóstol 109
IX. ¡Salve, maragata! 121
X. El forastero 135
XI. La musa errante 149
XII. La rosa del corazón 165
XIII. Sol de justicia 183
XIV. Alma y tierra 203
XV. El mensaje de las palomas 223
XVI. La tragedia 247
XVII. Dolor de amor 261
XVIII. La heroica humildad 279
XIX. El castigo de los sueños 291
XX. Dulcinea labradora 301
XXI. Sierva te doy 313
XXII. Los martillos de las horas 325
XXIII. Paño de lágrimas 339
SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTA OBRA EN MADRID, AÑO DE MCMXX, EN CASA DE MIGUEL ALBERO. DECORACIÓN DE ANTONIO MERLO Y ENRIQUE VARELA DE SEIJAS
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NOTA DEL TRANSCRIPTOR:
—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.