La Esfinge Maragata: Novela

Part 21

Chapter 214,019 wordsPublic domain

Sentaivos, madrina, en silla florida; sentaivos, casada, en silla enramada.

Sentáronse, en efecto, las dos mujeres, siempre cargada Ascensión con el duro manto, que después de aquel día sólo en caso de enviudar debiera ceñirse para los funerales del consorte. Las mozas, colocadas en dos filas, cantaron _el ramo_, un armadijo de muchos corolines con ajaracas y dulces. Fué largo y triste el homenaje, salpicado de consejos y alusiones, y le recibió la moza muy recoleta y compungida, sin levantar los ojos del suelo ni sonreir al final de la canción:

«Guapa es la novia cual naide, guapo el novio cual denguno; tengan hijos a docenas y a centenares los mulos.»

Mientras tanto, los jóvenes corrían en la era «el bollo» del padrino, un pan de seis libras en forma de pelele, con monedas de plata dentro de la cabeza.

Defendíanle los de la boda, al frente los «mozos del caldo», contra todos los corredores que se presentaban: reglas de tradición daban derecho a conseguirle. Cuando el vencedor hubo recogido las monedas del premio, distribuyóse el descabellado monigote entre los concurrentes, como fórmula que convertía a Máximo en vecino de Valdecruces: el alcalde pedáneo lo hizo constar así en un acta.

Todavía cantaron las mozas al llegar los del «bollo» a casa de don Miguel:

«Bien vengades, bien vengades, bien venidos, que seyades...»

Habían colocado delante de Ascensión un profundo cesto de pan cortado en pedacitos, que ella repartía a cuantas personas se acercaban a decirle:

—¡Dios te haga bien casada!

Llegóse también la tía Gertrudis, y la moza, vacilando un momento, dióle su parte con mucha delicadeza, sin tocar la mano extendida en fino saludo.

Algunas voces protestaron:

—¡Fuera la bruja!

—No azomar a la pobre—dijo una compasiva mujer—; la infelice perecería de hambre si no fuera por las limosnas del señor cura.

—Tien mucho rejo; no muere tan aina—rezongó Ramona—. Y a su lado advirtió una zagala:

—Creer en agorerías es pecado mortal...

Cuando el pan de la boda estuvo repartido, sirvióse una gran comida: a la clásica bizcochada de vino rancio siguió la interminable lista de viandas fuertes que en un mismo plato compartieron los novios. Por fin, a media tarde viéronse éstos libres de su parda vestidura matrimonial, que les fué perdonada a los postres del banquete, para que bailasen juntos hasta rendirse.

Ya la madrina _había ofrecido_. Con su moneda de oro sobre una rica bandeja, pasó delante de los invitados diciendo:

—Para la rueca y el uso.

Todos daban: hasta las de Salvadores pusieron sus pesetillas en «la ofrenda» general.

Luego pidió el padrino:

—Para los primeros zapatos del infante.

Y también hubo dones.

Es incumbencia de los «mozos del caldo» llevarle a la novia su ajuar hasta el nuevo domicilio; pero como la recién casada iba a vivir lindando con su madre, fué para los muchachos cosa de un periquete el cumplir esta galante obligación.

Desplegóse luego la danza en toda su brillantez por la ancha rúa, extendida hasta la iglesia desde la casa parroquial. La fuerte luz del sol y la majeza de los trajes daban al espectáculo matices de alegría y de rumbo, que faltaban al baile de la era. Aunque el recogimiento de las mujeres tenía siempre un cariz de austeridad, parecían ahora menos cansadas y más felices. Los hombres, de punta en blanco, rozagantes y orondos, sin reir ni perder su grave actitud, rebosaban satisfacción: en la portezuela de sus chalecos las rosas tendían magníficos realces entre el plegado camisolín y la clásica almilla. Cenojiles, cintos y lazos, daban al viento la ferviente leyenda del amor, encerrada a veces en el cantarcillo popular:

«Ahí tienes mi corazón cerrado con esa llave: ábrele y verás que en él sólo tu persona cabe...»

Empezó la danza por el «baile corrido», girando las parejas con un lento vaivén, lánguido y señoril, que terminó en compases de jota. Siguió el llamado «dulzaina»: las mujeres, de dos en fondo, dieron una vuelta en círculo; delante las doncellas, detrás las casadas, siempre abstraídas y mudas; iban los hombres en la misma forma, por el lado exterior del corro femenino, hasta que, a una señal del tamboril, buscaron parejas, escogiéndolas por orden riguroso, dos para cada uno, desde las primeras danzantes. Vino después la «entradilla», en la cual salen bailando los hombres y luego acuden ellas a buscar mozo: es el baile de los rubores y las zapatetas; las muchachas procuran elegir a los parientes más próximos, hermanos si es posible. El corro característico de las bodas le componen las mujeres sin bailar, de una en una, tocando las castañuelas: abre marcha la madrina, sigue la novia y van las solteras en último término detrás de las «mozas del caldo». Esta rueda no se interrumpe cuando intervienen los bailadores desde la orilla para danzar con dos mujeres, bordando las figuras en jeroglíficos y detalles de clásico sabor y mucha honestidad.

En el fondo de la rúa castellana, bajo los resplandores crudos de aquel cielo de añil, adquiría la artística diversión caracteres de rito, fabuloso perfume de romance, al que prestaba marco insigne la torre parroquial con el sagrado nido de la cigüeña. Mas, de pronto, en un breve descanso del tamboril, iban los hombres _a echar un neto_ sobre los manteles de la boda, siempre extendidos; y mientras esperaban jadeantes las mujeres, el encanto de la danza se deshacía y el aroma del culto viejo convertíase en vulgar olor a vino de Rueda, con agrio tufo a carne trasudada.

Así pasaron las horas. El escaso público que no tomaba parte activa en la fiesta iba cansándose, pero nadie osaba decirlo: seguía corriendo la pólvora, y los espectadores seguían fijando los ojos en el baile con atávica devoción.

Habíase apartado don Miguel en su aposento con la disculpa de un leve malestar, aunque no quiso perdonarse de tomar café con el padrino y dirigir desde los balcones alguna curiosa mirada hacia la fiesta. Vió a _Mariflor_ y su prima del brazo, ambas con el semblante fatigado y mustio, recostadas en el atrio de la parroquia. Las hubiese invitado a subir, mas, huyendo la tristeza inconsolable de los garzos ojos, limitóse a mandar que las ofrecieran sillas.

Esta previsión colocó a las jóvenes en el punto más visible entre la concurrencia, bajo el dintel de la casa ornamentado con ramaje de chopos y negrillos, difícilmente logrado y ya moribundo.

La preferencia del lugar causó a las favorecidas alguna inquietud, porque, de soslayo, iban las curiosidades a perseguir con mayor ahinco el apartamiento de las dos zagalas bellas y tristes.

—¿No acabará esto pronto?—dijo molesta _Mariflor_.

—¡Quiá, mujer!; veráste tú: agora bailan hasta la noche, luego cenan mucho, y todavía cuando están acostados los novios, van los «mozos del caldo» a llevarles gallina en pepitoria.

—Ya, ya; ¡linda costumbre!...

—¡Y comen della!...

—Pero tú y yo nos marcharemos en cuanto caiga la tarde, porque te va a hacer daño el relente.

—No podremos dormir: la mocedad aturde a los vecinos con los trabucazos, y en cada puerta llama pidiendo aves para la tornaboda.

—Sí; ya sé que si no se las dan las cogen.

—Son derechos del novio... Mañana será la misa tempranico, y los parientes de los desposados llevan la ofrenda al señor cura.

—Eso no lo sabía.

—Un cuartillo de grano o poco más: después se repite la fiesta de hoy.

—¿Tan solemne?

—Con menos ceremonias: sólo que una moza del caldo baila, llevando consigo la _pica_, que luego se reparte, un pastel pintado de rojo...

Calló Marinela, negligente y cansada, suspiró Florinda y comenzó la tarde a palidecer. Ya iban ellas a retirarse: esperaban una ocasión para despedirse, cuando el tío Fabián se detuvo allí, extendiendo una carta:

—Es para el señor cura—dijo—. ¿Quién la recoge?

_Mariflor_, de un vistazo, conoció la letra: era de su padre. Y repuso:

—Yo la subiré; don Miguel debe de estar arriba.

El viejo, entregándosela, musitó:

—Mejor te daba una para ti, paloma.

Desapareció la joven sin responder, y había dominado apenas su emoción cuando llamó a la puerta del sacerdote, no poco sorprendido de la visita. Dentro de la carta venía, como de costumbre, otra para _Mariflor_; sin sentarse, leyeron impacientes cada uno la suya. Después se miraron, y fué la muchacha la primera en hablar:

—Dice que me case con Antonio...

Sonaron las palabras con una amargura indescriptible.

—Será un consejo.

—Es una súplica: mi padre se hunde y me pide auxilio.

Tendió la carta, señalando con un dedo temblón los suplicantes renglones «... hija mía; sálvanos a todos, y yo aseguro que en recompensa a tu sacrificio Dios te hará feliz».

Con profunda lástima levantó el cura los ojos hacia la moza.

—Lea usted lo que escribe antes—murmuró ella.

—Sí; me lo figuro: tu primo le propone reforzar aquel negocio con el capital necesario y bajo la condición de vuestra boda.

—¿Se lo cuenta a usted?

—Como a ti.

—¡Nada, que ese hombre me quiere comprar!

—No te agravie su procedimiento: con él te da una prueba inaudita de estimación.

—¡Pero yo no me puedo vender!

—Díselo a tu padre honradamente.

—¡Dios de mi alma!

—Piensa que no estás obligada al sacrificio,

—¿Sacrificio?... Mi condescendencia no sería virtud, ya que Rogelio me abandona.

Se inclinó sollozante: en sus lágrimas hervía una terrible desolación.

Don Miguel protesta conmovido:

—Sí, sí; el que voluntariamente rinde su libertad se sacrifica.

—Es que no soy libre: le juro, señor cura, que padezco una tremenda esclavitud... Ya ve usted cómo «se ha portado»; pues no importa: ¡le quiero, le quiero; no me puedo casar con otro... es imposible!

—Tranquilízate, niña: vete en paz. Yo escribiré a tu padre cuanto sucede.

—¡Dígale que no consiste en mí; que mil vidas diera yo por él; que me muero de pena al negarle este favor!...

La ahogaba el llanto; procuró el sacerdote calmarla con exhortaciones de mucha piedad. Despidióse la muchacha en cuanto pudo, y salió diciendo:

—¡Harto le mortifico a usted: Dios le recompense!

Como la sombra había ganado ya las habitaciones, desde el rellano de la escalera alumbró don Miguel con cerillas para que _Mariflor_ bajase.

Iba desalada; huyendo de las luces de la cocina y el «cuartico», deslizóse al través del portal, hasta asir el brazo de Marinela y hundirse juntas en el sosiego oscuro de las calles.

Era tan visible la congoja de la enamorada, que su prima le dijo con susto:

—Pero qué, ¿trajo malas razones la esquela?

—No, no.

—Vienes tribulante: bajabas a modín como escondida.

—Por no despedirme... ¡tengo tan poco humor! Mañana daremos una disculpa...

—Madre también fué para casa... Oye: ¡qué triste es una boda!... ¿noverdá? A mí me hace duelo sin saber por qué...

_Mariflor_ sólo pudo contestar con un suspiro.

XXII

LOS MARTILLOS DE LAS HORAS

CORRÍA noviembre. Ya en los robles puntisecos y en las oscuras urces palidecían las hojas para morir enfermas de la fiebre otoñal; el sol se insinuaba amarillo y remoto, dorando apenas el matiz austero del paisaje, y en la hidalga llanura de León caían las horas con infinita pesadumbre...

Una tarde, muy triste, _Mariflor_ Salvadores tuvo que ir al molino, distante dos kilómetros del pueblo.

—Por el vero de la regona—díjole Olalla—no tienes onde perderte.

Ella se disponía a lavar junto a su madre hasta la noche, y Marinela, otra vez lastimosa, encogíase cerca de la lumbre.

Salió _Mariflor_ con su cestilla de centeno al brazo y sus profundas penas en el alma. Anduvo el camino de la mies, raso y frío, tan solo, que ni el vuelo de un ave le daba compañía: cigüeñas y golondrinas emigraron así que el viento comenzó a batir los eriales y la luz pareció vieja y pálida al través de las nubes.

Los cigoñinos, al volar valientes y seguros en pos de sus padres, despertaron en el pecho de Florinda nostalgias de aventuras, loca impaciencia de albures y horizontes. Las cosas fugitivas le hacían soñar y padecer: aguas, nublados y vendavales producíanle antojos inauditos, ansias de convertirse en átomos de aquellas peregrinas corrientes.

Hoy todo yace inmóvil alrededor de la moza: camina el silencio en torno suyo, y ella escucha en la «sonora soledad» caer los instantes bajo el martillo del tiempo y fluir la vida con sordas palpitaciones que repercuten en los pulsos y en el corazón de la infeliz.

¡La vida!... ¿Para qué la quiere? Ya su alma se ha despedido de la felicidad. Vive _Mariflor_ con los ojos puestos en todo lo que huye, en todo lo que vuela y muere: cuenta a veces los minutos con furioso deseo de que pasen: los empuja con el pensamiento; quisiera precipitarlos a millones en el silo de la eternidad. No es la suya la prisa del que espera; es la sombría inquietud del que busca la muerte; y, sin embargo, un violento impulso de esperanza ruge en el tormentoso río de estas ansiedades.

No quiere la enamorada confesárselo así, y ahora mismo aprovecha la muda complicidad de este sendero para romper las cartas de su novio. Con brusco arrebato las arranca del jubón y las desdobla: son tres. Rasgadas juntas, va haciéndolas añicos, sin detenerse, apresurada y triste.

Las letras de los versos parecen rebelarse en los menudos jirones del papel, y Florinda huye del galope de su memoria, que repite:

...soy el amor que pasa, el niño amor que encontrarás un día tras de las tempestades de tu alma...

A pesar suyo escucha la moza los apasionados ecos de la querella. Se dulcifica entonces su rostro, y en un repente de inefable ternura siembra en el páramo los pedacitos de su felicidad, como granas de amor, algunos caen al agua, a cuya linde camina la joven.

Quédanse allí los despojos de un cariño, las simientes de una ilusión, temblando en la apacible linfa, diciendo a los duros terrones un enamorado «escucho»...

Cunde el regato fino y silente, corren las nubes amenazadoras, y en la descolorida lontananza se dibujan los perfiles de la aceña; allá lejos, una pastoría tiende la corona de su redil junto a la henchida cama del pastor.

Recuerda la caminante su primera salida por el campo de Valdecruces y su encuentro allí con _Rosicler_, el galán pastorcillo que ya emigró, como las aves. Muchos días anduvo radio y pesaroso alrededor de la moza, hasta despedirse de ella. ¿Qué la dijo?... ¡Nada! Parecía tener los ojos cargados de secretos, pero sólo acertó a murmurar: ¡Adiós, adiós!... Iba llorando.

—¡Pobre!—balbuce Florinda tras fuerte y hondo suspiro.

Y amargada después por el acre sabor de tantos infortunios, se enardece y rebela con el ímpetu de su gran corazón apasionado; ansía que al despertar el viento en los eriales pueble de frémitos la llanura, torne lívidas las aguas del arroyo y arrastre granizos y nieves... ¡Quisiera envolver las desolaciones de su alma en una grandiosa tempestad, en una formidable desolación del mundo entero!...

Asomados a las teleras balitan con desconsolada blandura los corderitos primales, y el rapazuelo guardián entretiene sus ocios evocando al invierno en lánguida canción:

«¡Ay noche de Navidad, ay noche serena y clara!...»

—Buenas tardes.

—Bien venida.

Los ojos del niño siguen con extraño embeleso la gentil figura de _Mariflor_, que todavía parece forastera y trasciende a encantos desconocidos en el país.

—¡Usa la guedeja al aire!—dícese el pastor, absorto en la esplendidez de los cabellos que la muchacha luce.

Y ella va mirando cómo crece la regona, según se aproxima al ladrón abierto en el canal.

El viento ha despertado: gime y vocea sobre el tríbulo de la mies y amontona las nubes que al rodar escriben silenciosos renglones en el agua.

Hay poca gente en la aceña, que muele despacio, con el cauce débil, y las maragatas allí reunidas aguardan la lluvia como un beneficio. Pertenece a varios pueblos esta fábrica, que el Duerna rige y que sólo en invierno trabaja; las mujeres, que esperan en riguroso turno, platican con igual lentitud que el molino funciona. De vez en cuando una se levanta, llena la tolva de cibera, suspira y vuelve a sentarse. A poco avisa la citola que la rueda se ha parado; hay que esperar que represe el agua.

Cuando llega Florinda a pedir turno, algo confusa de su inexperiencia, la reciben afablemente, la hacen sitio en un escaño, y en voz baja mencionan la familia de la joven:

—¡Quien la vió y quien la ve! ¿Noverdá?

—Sí; ¡con la arrufadía que gastaron!

—Era gente de mucha tramontana...

—¡Como tuvieron los haberes a rodo!...

—¡Y es bellida la moza!

La cual vió con gusto presentarse a Maricruz, que al regreso de Piedralbina entraba a pedir un poco de agua y a buscar compañía, si la hubiese, para volver a Valdecruces.

—Pues en la sotabasa—le dijeron—tienes colmado un cantarico; y aquí está la de Salvadores.

Bebió Maricruz, sonrió a su vecina y sentóse a esperarla.

—¿Qué hora será?—pregunta una mujer.

Otra responde:

—Sin la ruta del sol no es fácil conocerlo.

Y a la recién llegada le parece que habrán dado las tres.

—¡Corre mucho frío!—le dicen.

—Abondo, y cercea.

—Pos la nieve es segura.

—Sí; hogaño la tenemos antes de Navidá.

—Ya de madrugada hubo pinganillos en los alares.

—Pronto crece el Duerna y tenemos que abrir el fortacán para moler.

Una moza de Piedralbina anuncia sonriente que las fiestas de año nuevo van a estar muy preciosas. Y se discute la propiedad con que ese día los pastores se disfrazan de mujeres para hacer gala de resistencia y caracterizarse bien de valerosos. Así vestidos se denominan _xiepas_; bailan en zancos sobre la nieve, cantan y piden aguinaldos en extrañas procesiones nocturnas, que iluminan con «mechones» y adornan con tirsos, como los gentiles en las orgías de Baco...

Poco después, logrado por _Mariflor_ su cestillo de harina, salen de la aceña las zagalas de Valdecruces.

—Aguantai—les dijeron—, que no os alcance la nieve.

Y ya los primeros copos se cuajaban en el aire.

Quiso Maricruz entretener el camino en amistosa conversación y mostrarse gentil con la niña ciudadana. Dijo que venía de pagar la «avenencia» del médico, y preguntó si era verdad que las de Salvadores esperaban al tío Isidoro.

—Paez que trae un amago de cáncere—compadeció.

—No sé—dice vagamente Florinda, observando con admiración a su compañera—. Es una moza rubia y dulce; siempre que habla sonríe; tiene seguro el paso, tranquilo el acento, apacibles los ojos, y la boda apalabrada con un hijo de Tirso Paz.

El agua de la presa ondula al viento, con profundos sones; el pastor se ha cobijado, y las nubes, cargadas de cellisca, borran las líneas del paisaje.

—¡Buena noche se nuncia para el vuestro filandón!—prorrumpe sonriendo Maricruz.

—No irá gente, si nieva.

—Más de gana, mujer, que habéis un establo bien mullido y anchuroso. ¿Dais entrada a la tía Gertrudis?

—Si va...

—Porque endecha unas historias de guerreros y marinos, que da gusto oyirlas. Ella anduvo en su mocedad por las playas y conoció a maragatos de mucho enseño, aquistadores que allende fincaron ciudades y ganaron a pote.

—Pero, ¿los hubo?

—Ya lo creo, rapaza.

—Me lo dicen; lo he leído...

—¿Y lo dudas?

—A veces, sí.

—No conoces bien a estos paisanos; cuando te hagas estadiza entre nosotros, ¡ya verás!

—Veo mucha pobreza; las mujeres aquí abandonadas a sus fatigas, los hombres ausentes, duros.

—¿Duros?... No te entiendo... Valdecruces es una aldea ruín; pero Maragatería es muy grande y tiene pueblos ricos y casas a la moda. Por ahí fuera, los maragatos que hicieron fortuna y recibieron estudios, son agora señorones de mucha fama.

—Ya, ya...

Es tan incrédulo el mohín de Florinda, que Maricruz, despierto su estímulo regional, prosigue con algún calor:

—Hay libros que ponen muchas cosas valientes de los maragatos; la maestra de Piedralbina se los hace leyer a todas las rapazas.

—Yo no digo mal de estos hombres, que de aquí es mi padre.

—Y tus agüelos,

—¡Claro! Digo de las costumbres, de la rudeza del país. ¡Es tan triste!... Y en los hombres parece que se nota más.

—Los que no aprenden finuras serán como dices tú; pero más cabales para el trabajo y la honradez no los encuentras; si dan una palabra la cumplen, sostienen su familia al tanto de lo que ganan, y el que engañe a la mujer se deshonra para inseculá... ¡Nunca acontece!

_Mariflor_ lanza un débil suspiro, y su amiga, creyéndola conforme con el ardoroso discurso que acaba de pronunciar, se engríe y continúa:

—Tamién hay maragatos que trovan en la política y escriben en los papeles. Háilos militares de mucha ufaneza, clérigos de mucha santidá...

—Ya lo sé.

—En cuanto los acrianzan fuera de aquí sirven para todo como el primero: y aun los pastores más esfarrapaos tienen barrunta para medrar, si a mano viene.

Ahora Florinda sonríe a pesar suyo.

—Sí, mujer; acuérdate de aquel rapaz de Iruela que aballadaba ganados al pie del Teleno. Comiéronle los lobos una res y el pobretico, temiendo al amo, alejóse por la Sanabria alante. Conque llegó perdido a Extremadura y por causa de una revolución le echaron para Portugal; entodavía de allí le desterraron a Ingalaterra, y sin saber la fabla ni conocer a nadie, entró de sirviente en una relojería: aprendió el oficio y ya no hubo en todo el orbe otro relojero más famado.

—Sí, ese era Losada: conozco la historia. Cuando vino a su tierra después de mucho tiempo, dejó un reloj muy grande en Madrid, regalado para un edificio de la Puerta del Sol.

—¿Véslo?... Pues otros pastores de Santa Catalina, parientes de mi abuela, bajaban con las merinas a Badajoz todos los años, a invernar en los jarales de un duque al cual nombran del Alba. Ello fué que labrando la tierra baldía junto al chozo, halláronla fecunda, y cada invierno, cuando iban ende con los ganados trashumantes, labraban otro poquitín, hasta que el señor duque les dió permiso para fincar entre sus aradas dos pueblos, los Antrines, el de arriba y el de embajo... ¿Sabíaslo?

—Eso no.

Sonríe triunfante Maricruz y pisa con firme orgullo en el yerto camino. Florinda, para corresponder a la locuacidad de su compañera, murmura:

—Tú pareces muy feliz... ¿Cuándo te casas?

—Neste invierno: aún no está adiada la boda—responde con rubor—. Y tú para las Navidades ¿eh? Llevas un mozo de mucha hombría... ¡Pa que veas que hay gente de prez nestas planuras de León!

Achacando a modestia el silencio de Florinda, no insiste la moza en este punto, y da otro giro a la plática.

—¡Cómo sona la nube!

—¡Sí!

Ambas jóvenes se detienen un instante a escuchar la furente carrera de los vientos y a medir con tranquila expectación la preñada negrura del nublado. Una y otra, por distintas causas, permanecen serenas: ni a Maricruz le asusta el temporal, por conocerle mucho, ni le halla _Mariflor_ bastante recio para aturdirse en él. Va pensando que su alma está más sombría que los cielos, y buscan sus ojos con ansiedad una huella de la semilla de amor arrojada en la llanura poco antes. Pero ya las ráfagas tempestuosas verberaron con ímpetu en el suelo, y al borde del estremecido arroyo no parece rastro ninguno de la siembra sentimental.

Y cuando, alucinada, se inclina _Mariflor_ para coger, como una reliquia, algo blanco y menudo que rueda por allí, levanta un copo de nieve donde creyó recuperar el adorado fragmento de una carta: en la ardorosa mano se deshace al punto la vedija glacial...

—¿Qué te sucede?—pregunta Maricruz, viendo palidecer a su amiga—. ¿Tienes miedo?

—No.

El ronco arrullo y el trastornado semblante con que responde, preocupan a Maricruz. Una impresión extraña y dolorosa turba su silvestre espíritu. Se enlaza con blandura al brazo de su compañera y dice, conmovida, sin saber por qué:

—¿Sigue Marinela mejor?

—Está lo mismo.

—¿Aún dormís a la santimperie?

—Ya no; mi tía se opone desde que empezó el mal tiempo.

—¡Pobre pitusa!... ¡Y agora, si viene su padre tamién comalido!

—¡No sé si vendrá!...

—Ansí dicen que la tía Gertrudis os malface: ¿oístelo?

_Mariflor_ se había serenado un poco.

—Eso es mentira—protestó.

—Yo nunca lo creí: ni es bruja ni prodigiadora... Será, si acaso, conjurante.

—Es una triste vieja como las demás.