La Esfinge Maragata: Novela

Part 20

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Respondieron unos ojos llenos de lágrimas, y los labios mudos de la madre rozaron en silenciosa despedida la frente de _Mariflor_.

Duró la escena breves minutos, alucinantes y peregrinos.

Al verse en la escalera otra vez, el escudo, el mote y la dama hubiesen girado en la imaginación de Florinda igual que fantásticas visiones, si el generoso billete no la ofreciera una sensación de realidad. Quiso contemplar en él un augurio feliz y despertar a los presentimientos venturosos, mas se detuvo, escuchando unas voces crueles y tranquilas, fatales como el destino.

Bajaba un criado detrás de la joven y subía una doncella, que recatadamente le preguntó:

—¿Conoces a ésa?

—Es una pobre maragata de Valdecruces: la señorita le ha dado limosna.

Y Florinda, con el corazón derribado, abatió la frente una vez más, humilde al castigo de los sueños...

XX

DULCINEA LABRADORA

YA crece agosto, rubio en los centenos, azul en las nubes, cándido en el aire: el sol abrasa, el viento perfuma; están dormidas las fuentes, despiertas las dalladoras y animado Valdecruces como nunca lo suele estar.

Es que han venido los hombres; cruzan reposadamente las anchurosas calzadas y las callejas hostiles, en paseos y visitas de anual conmemoración, y cuando el día languidece, se asoman un poco a los abrasados caminos de la mies.

En estas rondas pausadas, algo serias, suelen ir juntos los paisanos recién venidos; hablan a un mismo tono sereno y amigable, no discuten ni se alteran jamás, como si para ellos no tuviese problemas la vida ni dobleces el corazón.

Por encima de los carrillos colorados y de las bocas sonrientes, al confortable calor de las sosegadas digestiones, los buenos maragatos miran a Valdecruces con seráfica beatitud. Olvidaron su dolorosa infancia de pastores o motiles, de escolares con la ruín troja al hombro, siempre camino de Piedralbina, entre soles o nieves, acosados por la miseria del hogar. Y aceptan hoy, como tributo merecido, que el pueblo se vista de gala para hospedarles, que las esposas y las hijas les respeten como siervas, y que los niños les huyan con saludable miedo, como a la suprema representación de la Autoridad y del Poder.

Durante la magnífica semana de la fiesta Sacramental, sólo en la fecha culminante del día 15, el clásico «día de Agosto», se suspenden en Valdecruces las labores del campo.

No importa que en cada corral las plumas de las aves anuncien holocaustos festivos; las mujeres se multiplican para servir regaladamente a los hombres en sus casas y para segar y recoger en las mieses los centenos maduros.

Como si el aguijón del servilismo se les hundiera en la carne más brioso que nunca, fuerzan las maragatas el impulso mecánico de sus energías, exaltan la pasiva corriente de sus humillaciones, y en un absoluto renunciamiento a toda beligerancia social, se quedan al margen de la vida, fuertes, ignorantes, insólitas, ofreciendo a «los amos», con el más primitivo de los gestos serviciales, la visión placentera de los hijos criados y felices, de la mesa servida y colmada, del campo fecundo y alegre: las apariencias de estas horas decorativas y relumbrantes llenan a los maridos de orgullo entre los forasteros invitados.

De Astorga, de León y de otras ciudades más lejanas acuden siempre algunos curiosos a las típicas fiestas de Maragatería, y son alojados con singular esplendidez en las casas más pudientes de cada población. Las comilonas se suceden entonces con frecuencia y abundancia increíbles; las cocinas pierden su medrosa oscuridad, iluminadas por «ramayos» crepitantes, y detonan y esplenden como volcanes; sacrifícanse allí vacas enteras, aves a montones, lechoncillos y corderos; los manteles no se levantan, no reposan los jarros de vino ni se disipa el humo de los cigarros.

Al través del continuo festín, atraviesa la maragata como una sombra providencial; a todo atiende: sirve, corre, huye asustadiza, recatando bajo las alas del pañuelo su invencible rubor. Aún suele quedarle tiempo aquella tarde para _amorenar_ en la mies o echar a remojo las _garañuelas_ en el regato campesino. Y no dejará de asistir a la verbena ataviada con su vestido más lujoso, grave, muda y bailadora, en actitud de ejercer una profesional obligación...

Este agosto en Valdecruces se suma a los festejos oficiales, los que se celebrarán en la boda de Ascensión Fidalgo, y la pobre aldea, acosada por el calor de la llanura y arrostrando con brazos femeninos los rudos trajines de la recolección, se aturde sorprendida por el sacudimiento del placer...

Las de Salvadores no esperan convidados ni preparan festines; callan y sufren, trabajando con furiosa actividad que arrebata a _Mariflor_ y la empuja una tarde a la mies.

Ya Marinela se puede quedar sola: baja a la cocina, sale al corral y al huerto, cose y atiende un poco a los niños. El médico la supone curada: hace recomendaciones de higiene y alimentación, y al despedirse asegura que se debe a la enfermera aquel triunfo. Con la salud retornan los místicos anhelos de la niña, encaminados y crecientes hacia el convento de Santa Clara. Y la madre sigue encogiéndose de hombros: no fía mucho en la robustez ni en la vocación de la mozuela.

De América no escriben; el párroco evita, compasivo, los interrogadores ojos de _Mariflor_, a los cuales no sabe qué decir, y ella apura silenciosa las crueles desesperanzas, dejándose caer en la mansedumbre secular de aquella vida que la va absorbiendo.

Cuando sube al grado máximo la fiebre labradora de las mujeres, ya en torno de las fiestas, hasta la tía Dolores hace gavillas, anda Pedro muy afanoso, de motil, y _Mariflor_ dice resueltamente a Olalla:

—Esta tarde voy a la era contigo.

—¿A trabajar?

—¡Claro!

No pareció sorprenderse mucho la maragata rubia.

—Bueno—responde saliendo del _estradín_, donde aguardan la hora del jornal.

—Esa tocha—indicó Marinela cuando vió salir a Olalla—no está en sus cinco desde el arribaje de Antonio.

La madre, que dormitaba en una silla, alzó el rostro para decir con acento desabrido:

—Y tú, ¿criarás verdete por non fablar?

—Es que _Mariflor_ no debe ir a la trilla—responde la mozuela con pesadumbre.

—¡Ella lo quiso!—exclama Ramona de mal talante.

Y remanece Olalla, advirtiendo que ha pasado la tregua del medio día.

Camino de la mies se adelanta la madre con brusca precipitación. Olalla y su prima salen detrás cogidas del brazo.

—¿La abuela no viene?—pregunta _Mariflor_ disimulando su angustia.

—No viene: acerbará en la troje.

—Y nosotras, ¿qué hacemos?

—Pues como ya todo está segado, juntaremos gavillas en manojos, ¿sabes?

—Nada sé; tú me enseñarás.

Se crece Olalla algo jactanciosa:

—Sí, mujer; aprendes en un volido. Mira: agora vamos a la arada del _Gatiñal_, donde ayer estuvimos engavillando madre y yo. Con las garañuelas, que son cañas de centeno remojadicas y amorosas, atamos las gavillas en manojos y las amorenamos en un montón.

—¿En una «morena»?

—¡Velaí! De allí se cogen para cargar los carros; y en la era se hacen con la mies pilas muy grandes, hasta que se trille: ¿nunca lo has visto?

—Nunca. Y aunque mi padre me lo explicaba, confundo las memorias.

Una nube de pena oscurece la frase, haciéndola temblar. Olalla se anima y prosigue:

—Es que las majas llevan muchas labores: luego de tender los manojos, desfacerlos y echar el trillo, se dan bien de vueltas hasta que se pone la corona a la trilla. Después hay que atroparla con el calomón, ponerla en parva, hacerle la limpia con los bieldos y acerandarla con los cribos.

—¿Así se recoge?

—Sí; medímoslo en cuartales de seis heminas, bien limpio de granzas y de coscojo, y ya tenemos pan seguro. En l’intre van juntando otras obreras la paja que sirve para cuelmo y la menuda que se llama bálago...

Recuerda _Mariflor_ estas lecciones con profundo pesar: le sonaron un tiempo a dulcísima parábola llena de símbolos felices, y ahora le punzan la carne y el espíritu como anuncios de miseria y esclavitud.

En el campo anchuroso halla la moza borrados los fugaces senderos de otros días. Las hoces, al segar la mies, tendieron por el llano una alfombra rubia y caliente que reverbera al sol.

Blando soplo de viento besa la cara de las labradoras. Olalla se recoge, oteando los confines del paisaje con inteligente curiosidad, y anuncia:

—Corre una bufina mansa que ayuda mucho a los bieldos en la era.

—Luego sonríe y añade:

—Hoy no acongoja tanto la calor; tienes suerte, rapaza.

Viendo que Florinda no contesta aún, dice alentadora:

—Y quizabes esta noche dormamos en la trilla toda la mocedad.

—¡Ah! ¿Sí?

—Es la costumbre.

—¿Pero no lo dejáis para la última jornada?

—Según: hay que facerlo cuando están aquí los hombres, y en pasando el día de agosto, ya marchan. Estamos a 13 y mañana es la boda; conque tiene que premitirse bien aina.

Tocan la arada del _Gatiñal_, y trémula _Mariflor_, pregunta de repente:

—Dime, Olalla, dime; oye: ¿tú quieres a Antonio?

—¿El primo?

—Sí: ¿le quieres... con amor?

—¡Mujer!

—¡Contesta!

—No te entiendo.

—¿Te gustaría ser su esposa?

—Con mis padres no pactaron los suyos: ¡la elegida eres tú!

—Pero, ¿serías feliz si te eligiese?

Una súbita emoción encendió a Olalla el semblante: quizá en el reino milagroso del entusiasmo brillaron para ella los únicos resplandores de su vida.

Pasó como una ráfaga el dominio de aquella claridad, sobre la placidez oscura de la moza, que se detuvo, miró a Florinda con los ojos vacíos de ilusiones, y respondió solemne:

—Todos seríamos felices si tú le quisieras elegir.

* * * * *

Se deslizó clemente la tarde, según Olalla había previsto. La mansa «bufina» de los llanos de León pasó amable por las mieses y aligeró los bieldos en la era, con regocijo de las trilladoras.

Ligeras nubes tremolaron en el firmamento como nuncios de una pálida noche, y antes de sonar la hora del reposo ya se dió por seguro que la mocedad cenaría en el campo y dormiría «a la rasa», en cumplimiento de su fiesta bucólica, celebrada siempre con las solemnidades de un rito.

Fueron llegando algunos hombres solteros y casados que, muy benévolos, ayudaron con galante solicitud a las últimas faenas de la tarde. Quién se entretuvo en rematar una parva, quién manejó las tornaderas o las maromas del _calomón_, y hasta hubo arrestados varones que se atrevieron a conducir desde la mies a la era descomunales carros de «seis en pico»: reinó allí la fraternidad más apacible y acarició el ventalle de los bieldos muchas dulces sonrisas de mujer.

El descanso fué alegre: sobre el respeto y el rubor con que las maragatas trataban a los hombres, puso la anchura de los campos un generoso perfume de libertad, que desentumeció un poco las almas femeninas.

La cena, copiosa y rociada con abundante vino, acabó de infundir cordiales sentimientos entre el concurso, sin quebrantar el humilde _vos_ con que las mujeres hablaban a sus esposos.

Pareció a los maragatos forastera la niña ciudadana de Salvadores, miráronla con escondida curiosidad, que fué creciendo al advertir el mutismo de la moza, triste y pasiva, precisamente cuando el raro placer de la confianza quería dar en Valdecruces su transitoria flor.

Murmuróse que la tristeza de Florinda había nacido con la ausencia de un señor «escribiente», prendado de la rapaza en extraño suelo. Se atribuyó también aquella visible pesadumbre a la situación económica de la familia, presa en apuros que nunca se pudieron suponer.

Enlazados con las de Salvadores por vínculos de sangre y lazos de antigua vecindad, todos en aquel día de expansión hubieran sentido impulsos compasivos hacia los arruinados parientes, cuyas adversidades tenían que ser más duras para la forastera, crecida en regalada juventud.

Pero mediaba Tirso Paz, asegurando que la tía Dolores levantaría su quebrantada hacienda cuando en el próximo diciembre se celebrase la boda de sus nietos Antonio y _Mariflor_, ya que el novio estaba conforme con servir de sostén al derrumbado hogar; su reciente viaje parecía confirmarlo así. Decíase que había pactado con el señor cura las bases de un arreglo definitivo en los asuntos de la abuela, y que Tirso entraba como acreedor en aquel previo ajuste, aplazado para realizarse a la par de la boda. Y estos rumores, tan propicios al bienestar de la niña, se estrellaban contra su actitud visionaria y doliente; no cabía en la espesura de aquellos espíritus la sutil posibilidad de que _Mariflor_ rechazase un matrimonio que tales beneficios reportaría a ella y a los suyos.—¿Estará picada de la bruja como la otra rapaza?—se había dicho en Valdecruces más de una vez.

Ahora, en la fiesta, los hombres miran con respeto aquel rostro mudo y ardiente, como ninguno esquivo; el soberano dolor que irradia, infunde admiración por su penetrante claridad, desconocida en este país de sombríos dolores.

Cuando la flauta y el tamboril acuden a completar el holgorio, nadie insiste cerca de _Mariflor_ para que baile, y a la orilla se queda sola y meditabunda, sin que la danza respete a ninguna otra mujer.

Allá van todas, lentas y obedientes, muchas sin ganas de bailar, destrozados los cuerpos en la brega del campo, escondidas las almas sabe Dios en qué recónditos pesares. Se han reunido en la era desde las mieses, y el tamborilero recluta a las más rezagadas, como atrajo a los hombres, mozos y viejos: danzan en caprichosos giros llenos de gravedad y de pudor, cada maragato con dos o más mujeres, quizá porque la emigración y la ausencia han convertido en uso una necesidad.

Cae la noche: alta y cumplida la luna, cela entre nubes el disco rutilante y difunde su luz con recatados matices.

En una pausa del tamboril, rasga los aires el bárbaro cantar que un mozo entona, sin gracia ni malicia:

«Si quieres tener femias en tus rebaños, un marón sólo dejes de pocos años... Si quieres que la casa non se te queme, limpia el sarro a la priula todos los meses...»

Vibra alguna zapateta, acompañada del _ru-jú-jú_ potente, el céltico grito, perpetuado al través de las generaciones españolas, y languidecen cada vez más las cadencias del «corro» y la «entradilla», hasta que el baile se extingue y la gente se dispone a dormir.

Pocos bailadores desfilan camino de sus casas, y la mayoría del concurso busca reposo en la era, ancha y mullida como enorme lecho nupcial.

Si en él duermen las hijas con las madres es porque la costumbre lo establece, no porque lo necesite el buen decoro de aquella casta juventud. A ningún marido se le ocurre vigilar a su mujer, y cada cual se tumba por su lado, con el más impasible humor.

Ramona, que bailó tiesa y huraña hasta el último instante, es de las primeras en hallar cómoda postura y permanecer inmóvil, quizá rendida al sueño. Ella y Olalla no temen a la noche libre, hoy que la tradición les mulle un dorado mantillo en el terruño.

Allí cerca reposa Florinda con los miembros lacerados y el alma zozobrante: apenas consigue sonreir a _Rosicler_, que solícito la ofrece una almohada de oloroso bálago. Hizo esfuerzos heroicos para disimular su torpeza de labradora novicia, y la tortura de sus músculos rebeldes al sufrimiento. Y ahora se aturde bajo los golpes de su corazón, henchido de lágrimas, constreñido y apremiante, como si fuere a romperse.

No sabe cuánto tiempo trasueña, enervada por el cansancio. Oye cerca de sí un ronquido, y a poco dice tímida una mujer:

—¿Estades bien, señor?

Es la hija del tío Fabián, que habla a su esposo, recién llegado de la Coruña. Él no responde, y Florinda vuelve a sumirse en su angustiosa laxitud.

Despierta y delirante se figura reposar en el tren, enfrente de unos ojos profundos que la penetran y sacuden hasta las entrañas.

Es tan brusca la turbación con que la joven se estremece, que bajo su cabeza se desmorona el menudo acervo de la trilla. Perdido el blando apoyo, álzase lastimada, y sin moverse contempla el singular espectáculo de aquel pueblo fuerte y joven, áspero hasta en el sueño: duerme un hijo de Tirso Paz de espaldas a su novia Maricruz; la de Alonso, a los pies de su marido; lejos del suyo, la del tío Rosendín, y divorciadas de igual suerte todas las parejas unidas por compromisos y bendiciones.

No hay en el silencioso campamento, delante de Florinda, un corazón que sufra, un afán que despierte ni una esperanza que se agite.

Las parvas enhiestan en alto como hacia las nubes, entre cuyos girones aparece la luna desconsolada; de lejano pesebre llega el mugido de una res en celo, y la desvelada moza bebe insaciable el dolor de la soledad, más triste que nunca entre el sordo latido de aquellas vidas y el aroma de aquellos frutos. Entonces siente crecer el peso de las trenzas en los hombros; en los párpados, la lumbre de la pasión, y en las mejillas el carmín de la salud: una fragancia de besos le sube hasta los labios desde el corazón, ebrio de ternuras, y toda su mocedad, exaltada por el sentimiento, vibra y arde bajo la encubridora noche.

XXI

SIERVA TE DOY...

ROTO ya el pálido celaje, apenas brillaron las estrellas de la mañana salió el tamborilero a tocar el _Mambrú_ al través de las dormidas rúas, anunciando alegremente el día de la boda.

Por deferencias y respetos a don Miguel, se convino, aunque el novio era viudo, en prescindir de la clásica cencerrada y celebrar los desposorios con el solemne ceremonial que la costumbre ha convertido en ley. Y desde muy temprano, algunos vecinos madrugadores atravesaban el pueblo, en traje de fiesta, para formar la comitiva, bien armados los hombres de escopetas y trabucos.

Máximo, el novio, había llegado la víspera, procedente de Gijón; traía orondo equipaje, con las últimas «donas» para la desposada, dulces y licores para los próximos banquetes.

Luego de confesar y examinarse de doctrina, separáronse los prometidos; ella se encerró en su casa y él fuése a la de su allegado Fermín Crespo, trajinante en Pontevedra, jefe de familia en Valdecruces.

Un hijo de este mercader y un nieto del tío Cristóbal—ambos solteros, por ser la condición indispensable—fueron designados en calidad de íntimos del contrayente, para «mozos del caldo», especie de gentiles escuderos al servicio del novio. Facunda Paz y Olalla Salvadores eran damas de la novia, también «mozas del caldo», de cuyo pomposo remoquete pudo _Mariflor_ evadirse, no sin algunas porfías.

Cuando los nuevos redobles del tamboril anunciaron la hora del almuerzo, llegó a casa de don Miguel un bizarro gentío, la flor y nata de Valdecruces y no pocos vecinos comarcanos. Para todos había lonchas de jamón, pavo, perdices, truchas y vino añejo, amén de otros manjares y escogidos postres.

Duró hasta las once de la mañana este primer festín, a cuya terminación, la madrina—una maragata de rumbo—prendió en la cabeza de la novia fuerte manto de severo color, caído hasta los pies sobre el lujoso vestido del país.

Comenzaron a tocar las campanas, y los hombres siguieron a Máximo, que siempre envuelto en una capa enorme, aparentó ir en busca de la bendición paternal. Simulada esta ceremonia, ya que el mozo no tenía padre, volvieron sobre sus pasos entre salvas nutridas, y a la puerta de don Miguel anunciaron con acento muy grave:

—Venimos a cumplir una palabra empeñada.

—Cúmplase norabuena—repuso la madre de Ascensión.

Y en el umbral, puesta la moza de hinojos, recibió las maternales bendiciones.

El séquito varonil partió delante; detrás avanzaron las mujeres, silenciosas, con intachable compostura; los «mozos del caldo», dispuestos a correr hasta nueve arrobas de pólvora, dirigían las recias descargas de los trabucos.

Para lucirse mejor en el paseo, anduvieron todos a lo largo de la calle y dieron vuelta por una donde tenía la parroquia otro portal. Allí esperaba revestido el sacerdote, que permanecía en el templo desde que muy temprano administró a los novios la comunión. Estaba don Miguel pálido y triste; no quiso asistir al almuerzo, y suplicó le dispensaran también de la comida, pretextando no hallarse muy bien de salud.

Comenzó el acto religioso en la cancela, apretados los contrayentes por la curiosidad del público no invitado, que tomaba posiciones horas hacía. Como el atrio era pequeño, muchos testigos se quedaron fuera, y la calle, resplandeciente de colores y de sol, ofrecía en toda su esplendidez una gallarda nota regional; finos paños, sedosos terciopelos, brocateles y tisús, habían salido del fondo de los cofres y esponjaban al aire su belleza, mucho tiempo cautiva.

Entre la mocedad estaba _Mariflor_, trasojada y nerviosa, deshaciéndose en amargura bajo el rumboso atavío. Iba apoyando a Marinela, poco firme en su primera salida de convaleciente.

Mientras sudaban los novios con el despiadado abrigo de la capa y el manto, las mozas, al son de castañuelas y panderos, rompieron a cantar:

«Ya te sacaron la Cruz de plata, para casarte; delante del sacerdote ya tu palabra entregaste. Las arras y los anillos que llevas, niña, en la mano, son las cadenitas de oro que te están aprisionando...»

A cada movimiento de las cantadoras, un vaivén de arrequives y flocaduras, un relumbrón de filigranas y corales se ufanaron en la luz.

Encima de la torre, sin temor al bullicioso concurso, las cigüeñas adiestraban a los hijuelos en sus primeras aventuras por el aire; giraba el macho en torno de las crías, con una presa en el pico, instigándolas a seguirle, y la madre volaba también alrededor de ellas, más abajo, para sostenerlas en sus alas si cayesen.

Penetró la boda en el templo. Y cuando en él buscaban Marinela y Florinda un banco donde sentarse, les hizo lugar una vieja con mucha solicitud. Era la tía Gertrudis, encogida y humilde. Su voz, al rezar, parecía un gemido; su pobre catadura inspiraba compasión.

Sobre el grupo que formaban las niñas y la vieja cayeron como un rayo los ojos de Ramona, pero no se atrevían las muchachas a moverse; celebrábase ya el Santo Sacrificio, y ellas fijaron su atención en el altar, reverentes y devotas.

El «Resucitado» le pareció a Florinda más muerto que nunca, con su lívido rostro lleno de sangre y la punzadora diadema sobre las sienes: tenía en una mano la Cruz, y en la otra, que señalaba triunfante al cielo, le habían colocado un ramuco de flores contrahechas. Quiso la joven rezarle con calor y confianza, como otras veces; pero un pesimismo envolvía sus pensamientos en espesas nubes, y las mustias rosas de trapo, alzadas por el Señor con gesto desfallecido, le causaron infinitas ganas de llorar...

La flauta y el tamboril acompañaron el canto de la misa, y la elevación fué señalada con formidables estampidos de pólvora. Iniciadas las últimas oraciones, deslizáronse al portal las «mozas del caldo»—señaladas con mandiles verdes—seguidas por las demás solteras para ofrecer nuevos cantares a los novios:

«Sal, casada, de la Iglesia, que te estamos aguardando pa darte la norabuena, que sea por muchos años. Estímala, caballero, bien la puedes estimar: otro la pidió primero, no se la quisieron dar. Estímala, caballero, como una tacita de oro, que ya tienes mujer buena para que te sirva en todo...»

Los cónyuges aparecieron en la lonja parroquial, sudorosos, acongojados, y allí mismo se apartó Máximo de su esposa para irse con los hombres a _correr el bollo_.

A pesar de lo cual, las muchachas, siguiendo al femenino cortejo de Ascensión, cantaron optimistas, con mucho repique de castañuelas:

«Por esta calle a la larga lleva el galán a su dama; por esta calle arenosa, lleva el galán a su esposa. Voló la paloma por cima la oliva; vivan muchos años padrino y madrina. Voló la paloma por cima la fuente; vivan muchos años todos los presentes. Ponei, madre, mesa, manteles de hilo, que viene tu hija con el so marido...»

Encontró la joven en el umbral de su puerta dos sitiales enguirnaldados, y, por si nadie supiese el destino de ellos, advirtió muy oportuna la copla: