Part 2
El foco de compasiones que arde en el corazón del poeta, sube de improviso hasta los audaces pensamientos, inundando de misericordia la conciencia varonil. Y Terán presiente, condolecido, la desventura de aquella mujer que desde la vida muelle y dulce de la ribera mimosa, se ve empujada, inocente y pobre, al más duro y yermo solar del páramo legionense, a la tierra mísera y adusta que él recuerda haber cruzado en rápida correría a los montes del Teleno, y de cuya fosca imagen guarda una trágica impresión.
Fué al iniciarse la primavera, como ahora. Varios socios del Club Alpino español cruzaron la región maragata al firme y lento paso de las caballerías del país, como perdidas sombras de mundano regocijo, fuyentes por azar en las yermas soledades de la vida: eran mozos festeros, exploradores felices de las sierras bravas, jamás cautivos en una llanura tan triste y tan inútil, sembrada de pueblos estancados y ruines; llanura esquiva, donde la sangre de la tierra castellana, las frescas amapolas, corre con estéril pesadumbre, como flujo de entrañas infecundas. Una mordaza de melancolía hizo enmudecer a los viajeros desde el puente romano del Gerga, a la salida de Astorga, hasta Boisán, donde la Naturaleza se embravece y se engalana con raros alardes de hermosura para subir al Teleno: tomando la «senda de los peregrinos», Murias de Rechivaldo, Castrillo de los Polvazares y otras poblaciones de nombre sonoro y muerta fisonomía, se aparecieron en el páramo como esfinges, al través de los medioevales caminos de herradura; y en el trágico umbral de estos pueblos mudos, se erguía, como un símbolo de abandono y desolación, la figura dolorosa de la maragata en brava intimidad con el trabajo, luchando estoica y ruda contra la invalidez miserable de la tierra...
Al fogonazo de aquel recuerdo, Rogelio Terán reconoce el traje y el tipo de la anciana que duerme; es la misma mujer empedernida y triste, vieja y sacrificada, que el mozo sorprendió firme en el suelo como heráldico atributo de esclavitud, en las torvas llanuras de Maragatería. Pero la muchacha que al otro extremo del coche medita y sonríe, parece separada de la abuela por siglos de generosidad y de dulzura: en el cuerpo y en el alma de esta niña gentil, ha posado el amor un indulto con todo su cortejo de blandas piedades.
Prende el artista otra vez su atención en la moza, y para disimular un tumulto loco de reflexiones, por decir algo, dice:
—¡Es precioso el vestido de usted!...
—Llevo el de las fiestas—responde Florinda, que sacude con mucha gracia la flocadura espesa del pañuelo—; lo encargó mi padre para que yo me hiciese un retrato, y la abuela me lo mandó poner ahora, porque así dice que no pareceré en el pueblo una extraña... Tendré que hacerme otro más humilde para todos los días... Con lo que no transijo es en llevar en la cabeza un pañuelo como la abuelita, ¿lo ha visto usted?
—Yo sólo quiero ver los espléndidos cabellos de mi amiga _Mariflor_... ¿_Mariflor_, qué?
—Salvadores. En Valdecruces casi todas las familias se apellidan así.
—Serán todos parientes.
—Sí; se casan unos con otros, por lo general.
—A usted ya le tendrán destinado algún primito.
—Eso dicen.
—¿Y se llama...?—insinúa incómodo Terán.
—Antonio Salvadores. Pero...
Este _pero_, largo y sonriente, acompañado de un delicioso mohín, desarruga el entrecejo del poeta.
—Pero, ¿qué?—interroga apremiante.
—Que sólo nos conocemos por fotografía.
—¿Y por cartas?
—¡Quiá!... Los novios maragatos no se escriben.
—¿De manera que son ustedes novios, ya de hecho?
—A estilo del país. El padre de Antonio y el mío eran hermanos y deseaban esa boda, pero me dejan en libertad de decidirla yo. Y si el mozo no me gusta...
—¿Qué tipo tiene?
—Por el retrato y las noticias que me dan, es grande, moreno, colorado...
—¡No se parece a mí!—interrumpe Terán con ingenua lamentación.
—¿Por qué había de parecerse?—pregunta la muchacha—. Y su risa, que finge asombro, tiene un matiz muy femenino de curiosidad. Después, en tono de confidencia, recelando del sueño de la anciana, añade:
—Mi primo tiene una tienda de comestibles en Valladolid; este año irá a Valdecruces para la fiesta sacramental, y yo aguardo a conocerle para decir «que no simpatizamos», y quedar libre de ese compromiso...
—¡Si usted ha dado ya su consentimiento!...—se duele el joven.
—¡Qué había yo de dar, criatura!—prorrumpe con mucho desenfado la mocita. Luego, baja la voz, y el caballero tiene que inclinar el oído hacia la boca dulce que secretea:
—En Maragatería, sin contar para nada con los novios, se apalabran las bodas entre los más próximos parientes de los interesados. Pero, aunque raras, hay algunas excepciones en esta costumbre; mi padre se enamoró en la costa y fué muy feliz con una costanera... Por eso no me impone a mi primo y sólo me ha suplicado que le trate antes de adquirir otras relaciones.
—¿Y si a usted le gustara?—inquiere todavía el viajero, sin disimular su interés.
Pero _Mariflor_, dictadora desde la señoría de su belleza, deja dormir en los ojos la mirada, y murmura:
—¡No es mi ideal un comerciante!...
Muy respetuoso ante el secreto ideal de aquella niña encantadora, averigua el poeta con cierta inquietud:
—¿Qué profesión prefiere usted en un hombre?
Ella retira con ambas manos los tenebrosos cabellos de su frente, y contesta devota:
—La de marino.
Parece que detrás de esta confesión ha volado muy lejos el alma de Florinda a perseguir por remotos mares la silueta romántica de algún velero audaz: tal es la actitud de arrobo a que la muchacha se abandona. Mas vuelve al punto de aquella ausencia repentina y une dos cabos sutiles de una ilusión, muy tenue, en esta pregunta, que la hace enrojecer:
—¿Ha seguido usted alguna carrera?
Suelto el corazón delante de aquellos inefables rubores, Terán dice:
—Las he seguido todas y ninguna, porque soy poeta, soy novelista: forjo criaturas y sentimientos, vidas y profesiones; creo almas, caminos, mares y tierras, mundos y cielos, astros y nubes. Bajo la exaltación de mi pluma surgen dóciles y palpitantes los seres y las cosas, lo pasado y lo por venir, lo perecedero y lo infinito; el bien, el mal, la gracia, el arte, la virtud, el dolor...
Aquel torrente de elocuencia lírica se detiene en un extraño grito que _Mariflor_ exhala: escuchando estaba el discurso, con los ojos humedecidos y febriles, subyugada por la vehemencia de aquellas frases ardientes, cuando, de pronto, un puyazo de luz le dió en la cara y un tumbo del corazón la obligó a levantarse con el asombro en la boca y en las pupilas el éxtasis, ante el colosal espectáculo que se ofrecía a sus ojos en la llanura. Alzóse también el poeta, vuelto con prontitud hacia donde la niña señalaba, y entrambos, mudos, atónitos, sintieron en el pecho el golpe de una misma y formidable emoción.
Había ya el tren salvado el espantoso despeñadero que divide las tierras galaicas y legionenses, el cauce lúgubre y sonoro del aurífero río, las hoscas breñas fronterizas, los puentes y los túneles de la Barosa y Paradela; corría el convoy con fuerte resoplido por la ancha cuenca del Sil, oculta en el fondo de un mar de vapores, fantástico mar de cuajadas neblinas, donde se embotaban los rayos del naciente sol. Pugnaba éste por herir y romper las apretadas ondas de la niebla; resistía la niebla los ímpetus del encendido rey, ahogando entre impalpables copos los saetazos de su luz... Súbitamente se alzó el astro rútilo, irguió la frente sobre el cuajado mar y lanzó por encima de sus ondas una triunfante llamarada; vino entonces un oportuno y vigoroso cierzo que agitó las nieblas en raudo torbellino, las desgarró en jirones, las arrastró con furia, bajo la gloria del sol, lo mismo que un oleaje de sutiles aguas y espumosas crenchas, entre nimbos de púrpura y de oro, quiméricos y extraños como una aurora boreal. Pero, al caer un punto el aire, subió la niebla solapadamente; subió dejando perezosos vellones en las praderas del Sil; hubo un momento en que, a ras del tren, que dominaba unas alturas, logró alcanzar la niebla al disco soberano y sofocar su lumbre; pero los haces del incendio solar, cada vez más agudos y potentes, se cruzaron veloces por la tierra y por el cielo, hasta coger entre dos llamas al flotante enemigo, el cual, acorralado, flexible, retorciéndose como el convulso brazo de un herido titán, fingió partir el sol en dos mitades, en dos hemisferios resplandecientes. Fué un espectáculo de hermosa y terrible grandeza, una visión sideral, un alborecer de los primeros días de la creación: diríase que dos soles gemelos, dos ígneos meteoros, dos astros rivales ardían entre el cielo y la tierra, prestos a chocar y convertir el mundo en un caos de lumbres y vapores. Duró sólo un instante, un breve y peregrino instante; pues todo el denso jirón de la vencida niebla, perseguido, acosado, ya en el cielo, ya en el monte, sobre las aguas y las frondas, se evaporó, copo tras copo, pulverizado y sorbido por el viento y por el sol.
III
DOS CAMINOS
SOBRECOGIDOS por aquel suceso tan extraordinario, y a la vez tan natural, volvieron el poeta y la niña a entrelazar la mirada y las confidencias; pero entrambos sentían arder en sus ojos y en sus frases la llama divina del monstruoso incendio amaneciente, como si con la tierra y el cielo se hubiesen inflamado también los corazones.
Rogelio Terán al sentarse ahora, había ocupado un sitio al lado de Florinda, y se inclinaba muy afanoso, derramando la efusión de su verbo en el absorto oído de la moza. Ella, un poco alarmada, tendió la vista alrededor del coche, lleno de sol dorado y frío, y se encontró con los ojos de la abuela, que, destocada en parte, inmóvil y triste, no parecía sentir curiosidad ninguna por la insuperable pompa de la mañana ni por la galante actitud del caballero intruso.
Siguiendo Terán el camino a la sonrisa de la joven, hallóse también con la anciana despierta, y trató a su vez de sonreirla. Mas se quedó el intento extraviado en aquel semblante impasible, todo arado de arrugas, turbio y doloroso como el crepúsculo de una raza.
Intervino graciosa _Mariflor_ entre la buena voluntad del artista y el entorpecimiento de la vieja, explicando con mucho donaire:
—Abuela: este caballero ya es amigo mío; ha viajado con nosotras toda la noche...
Pero la maragata no entendió aquellas razones elocuentes o no la convencieron, porque después de un murmullo, entre palabra y suspiro, permaneció muda y pasiva, como si se le importase un ardite del amigo viajero. El cual preguntó callandito a la muchacha:
—¿Está sorda?
—Está triste—murmuró ella por toda explicación, temblando igual que si la hubiera estremecido el roce de unas alas sombrías.
El rubio sol, que sin calentar iluminaba el coche, hizo relucir en los ojos melados de la viajera dos lágrimas fugaces. Y pasó tan lúgubre el silencio de aquel minuto sobre la voz quejosa, que la marcha del tren, recia y veloz, parecía una fuga trágica en la desolación del llano.
Rogelio Terán, cada vez más encendido en la admiración que Florinda le inspiraba, quiso probar la dulzura de su ingenio en el propósito de amistarse con la vieja y merecer la solicitud de la moza.
Ya la curiosidad del viajero estaba servida: mediante la franca elocuencia de _Mariflor_, y auxiliado por la clave del sentimiento que los poetas conocen, había leído en aquellas dos almas, arredrada y hermética la una, abierta la otra y confidente en toda la plenitud de la esperanza y de las ilusiones. Y con el deseo generoso de pagar en hidalga moneda aquella sorprendida revelación, inclinóse de nuevo el artista, devoto y vehemente hacia la niña maragata, y le dijo su historia, sus anhelos, sus peregrinaciones y aventuras: habló con urgencia, con inquietud, mirando a menudo el reloj, consultando con avidez los contornos del camino, avaro del momento fugaz que ya no volvería sintiendo que se apresuraba, en cada ciego avance del convoy, la hora oscura de separarse de aquella vida nueva y rara, llena de sugestión para el poeta.
Escuchó _Mariflor_ el fogoso relato crédula y maravillada, con los ojos vendados de fe y acelerado el corazón por la sorpresa: aquel señor rubio y fino, tan amable y tan elocuente, que sabía mirar con una fuerza irresistible y extraña hasta el fondo de los pensamientos; que elaboraba libros y periódicos; que conocía del mar y de la tierra sirtes y derroteros, borrascas y rumbos, placeres y dolores, quería ser amigo de _Mariflor_; quería escribirle muchas cartas, hacer para ella muchos versos, ir a Valdecruces... ¡Válgame Dios, las cosas que la niña estaba oyendo y contestando sin saber cómo!
En el apacible rincón del coche había estallado una nube de promesas y de ruegos, una lluvia de confesiones y de propósitos: la fuente de la emoción había roto cálida y borbollante en el florido campo de dos almas juveniles, y el murmullo de las espumas sonaba a la vez con lastimosas querellas de elegía y alegres modulaciones de epitalamio.
En medio de aquella ardiente prisa por saber y por contar; en aquel arrebato confuso de sentimientos y de palabras, alzóse de improviso la figura torpe de la abuela, preguntando con timidez a _Mariflor_:
—¿Tienes hambre?
—¿Hambre?...
La muchacha tardó en traducir a la realidad este «sustantivo común» que había sacudido el letargo de la anciana, y al cabo de una sonrisa y de un esfuerzo, contestó ruborosa:
—No, abuela.
Pero la maragata dijo—no sin algunas dificultades, cohibida por la presencia del caballero—que «era mejor» desayunar antes de la llegada a Astorga, para emprender desde allí, en seguida, el camino a Valdecruces.
—¿Es muy largo?—interrogó el poeta, ganoso de trabar conversación con la anciana. Ella, indiferente al interés del desconocido, tanteaba su bagaje en busca de alguna cosa. Y respondió Florinda, turbada otra vez por la visión del misterioso porvenir:
—Es muy largo... Al paso de los mulos, llegaremos a la puesta del sol.
Aquel tono doliente sugirió al artista, con lástima desgarradora, la imagen de una pobre caravana discurriendo con lentitud en la soledad gris del páramo...
Ya la silenciosa abuelita había rescatado, al través de envoltorios y atadijos, unas viandas, que ofreció con finura y cortedad al caballero; y él, entonces se levantó con mucha diligencia a buscar en su equipaje otros regalos: eran cosas delicadas, exquisitos fiambres en muy parcas raciones, dulces envueltos en rutilantes papeles, y una botella cerrada a tornillo, de la cual vertió café en un vaso, presentándoselo a la anciana:
—Está caliente, abuelita; bebe un poco—dijo _Mariflor_.
—¿Caliente?—repitió con asombro, mirando muy recelosa el humo que exhalaba la confortable bebida—. Y ¿quién lo ha calentado?
—Se conserva así en esa botella, que se llama termo; ¿no lo sabías?
La maragata movió la cabeza con incredulidad, y tomó el vasito en la mano lentamente.
—Bembibre—leyó a este punto la muchacha, mientras el tren se detenía.
Y ambos jóvenes, olvidando a la abuela y al desayuno, se asomaron a contemplar el frondoso vergel del Vierzo, plácido como un oasis, en el austero y noble solar de León.
—¡Bravo país de poesía y de leyenda, de amor y de piedad!—exclamó el artista casi en soliloquio, desbocados en su imaginación membranzas y pensamientos.
—Yo he leído—murmuró Florinda, también evocadora—una novela que sucede aquí.
—_¿El señor de Bembibre?_
—Justamente. Es un libro muy hermoso y lastimero, ¿verdad?
—¡No hay hermosura sin lástima!—repuso el mozo, dolorido, contemplando a su amiga con beatitud.
El tren, que hacía rato se engolfaba entre admirables lindes, lanzóse otra vez a descubrir mieses y quebraduras, vegas y bosques, maravillas de paisaje y de vegetación, bajo el cielo cobalto, henchido de luz.
Iba Florinda enlazando con sus propias emociones, memorias tristes de la bella y desgraciada doña Beatriz de Ossorio, y de su prometido, don Alvaro Yáñez, tan sin ventura y sin consuelo como la que de amarle murió, desposada y doncella, en una hora tardía de felicidad... Huyen las márgenes sinuosas, los castaños y los nogales vides y olivos, plantas y viveros del Mediodía que este privilegiado rincón leonés acoge y fecunda delante de las nieves perpetuas. Y a Florinda le parece escuchar cómo galopa el corcel fogoso donde el señor de Bembibre lleva en sus brazos a Beatriz, desmayada: las monjas, los abades, los caballeros del Temple, los religiosos del Cister, la enseña de la Cruz desplegada al viento en torres y en almenas; todas las imágenes de pasión, de bravura y de fe que han arraigado los historiadores y los artistas en el eremítico país del Vierzo, derramaban su romántico perfume en la imaginación vagabunda de la viajera.
El mismo aroma legendario y bravío sacudió los nervios de Terán, mientras la corriente de su alma fluía en tumulto, loca y triste como la quejumbre del viento en noche de tormenta. También el mozo sintió que en el paisaje se idealizaba toda la fortaleza augusta de los monasterios insignes y los castillos bizarros, de las mansiones feudales y las abadías belicosas. Erectas las alas de la fantasía, el poeta salva puentes y fosos; discurre con peregrinos y frailes, con reinas penitentes y obispos ermitaños; oye el clamor de las salmodias anacoretas y de los señoríos en pugna, y asiste, en un minuto, al reflorecimiento católico y viril de la región dominada por el báculo monacal y las encomiendas de los Templarios...
Así, al través de una tierra tan propicia al ensueño y al amor, aquellas dos almas fervorosas, contagiadas de lirismos y de ternuras, cayeron en la embriaguez de idénticas evocaciones...
Resbalándose bajo la velocidad del convoy, se deslizaba el Vierzo empapado en bellezas y memorias, fugitivo y rebelde como una ilusión; y la vieja maragata, con el vaso en la mano todavía, contemplaba muy confusa al compañero de viaje, después de apurar en furtivos sorbos hasta la última gota de café. Una mezcla de admiración y de recelo ponía en el apagado semblante de la anciana, pálida vislumbre de curiosidad, mientras que en sus labios temblones iniciábase humilde una frase cortés.
Y así estuvo, paciente, insinuando el ademán de volver el vasito a manos de su dueño... El dueño y _Mariflor_, cerrando con mutua mirada, dulce y honda, el paréntesis de sus fantasías, hablaban en el foco de luz de las vidrieras, ajenos ya al paisaje y al mundo extendido fuera de sus corazones. En aquel momento la conversación era trivial; tornaron a ella con azorante prisa, codiciosos de los minutos que faltaban para que su camino se dividiese en dos, pero sintiendo la necesidad de poner un discreto disimulo ante sí mismos en el ardor de aquella simpatía tan nueva y tan ansiosa: por eso las palabras no tenían el solo significado de su acepción, y férvidas, vibrantes, teñíanse en matices y fulgores del oculto sentimiento.
—¿Le gustan a usted las novelas?—preguntaba Terán.
—Las novelas y las historias; me gusta mucho leer.
—Yo le mandaré libros.
—¿Los que usted escribe?
—Y otros mejores... ¿Cómo los prefiere?
—De viajes y aventuras; me encanta que en los libros sucedan muchas cosas: acciones de guerra, lances de mar, procesos...
—¿Y amoríos?
—Sí; pero que terminen en boda—dijo Florinda, y se puso encarnada.
—Desde anoche—murmuró rendido el poeta—vivo yo una hermosa aventura «de peregrinaje y de amor...» ¿cómo terminará?
La encendida llama de los corazones calentó las mejillas de la muchacha y los acentos del mozo. Y el quebrantado discurso, halagador y ardiente, volvió a rodar entre el estrépito fragoroso del tren. Cuando éste se detuvo en la estación de Torre, quedó rota de nuevo aquella intimidad, imperativa y fuerte, que a sus mismos mantenedores causaba confusión y asombro.
Entonces, la pobre abuela, perseverante en su actitud de cortesía, pudo colocar las palabras y el vaso.
—Muchas gracias—pronunció quedamente, dando al fin vida y rumbo a la frase y al movimiento que hacía un buen rato preparaba.
_Mariflor_ y su galán sintieron un poco de vergüenza al volverse hacia la abandonada abuelita, y en prueba de sumisión y desagravio fueron a sentarse al lado suyo.
El inflamable caballero no había sido tan celoso para amigarse con la vieja como para conquistar a la niña. Y ahora, impaciente, lamentando la premura del tiempo, sacudido por un alto impulso de cordialidad hacia aquella mujer triste y anciana, hubiera deseado poseer algún don muy valioso para tributárselo en ofrenda devota.
Pródigo y conciliador, no halla dones, ni siquiera palabras, para abrirse el camino de aquel inválido corazón de abuela, premioso en dar noticias de sus sensaciones.
En tal incertidumbre quédase el muchacho pensativo y mudo, con el vaso de aluminio entre los dedos. Y se alza otra vez auxiliadora la voz amable de Florinda, que repite como un eco del discurso anterior:
—«Abuela, este caballero ya es amigo mío: ha viajado con nosotras toda la noche...»
El mozo sonríe y la anciana también. Por lo cual, _Mariflor_, muy satisfecha, apoya un brazo con mimo en el hombro de la abuelita, y continúa:
—Este señor es un poeta; hace libros... los escribe, ¿comprendes?
—Ya... ya...—susurra la anciana, y sus ojos, grises y mansos, tienen para el hazañoso doncel un lejano fulgor de admiraciones.
—Nos va a mandar algunos—promete Florinda insinuante—, y yo te los leeré para divertirte un poco... Este señor—sigue diciendo—anda solo por el mundo... También su madre se le ha muerto, lo mismo que a mí; también su padre está en América...
—Será usted de León—asegura con respeto la abuelita, que no concibe una patria más ilustre.
—Soy montañés, señora; de Villanoble, a la orilla del mar.
Y con grande sorpresa de Florinda, la abuela se estremece y exclama:
—¡Villanoble!... Ya conozco ese pueblo; tiene un seminario muy rico, una playa muy grande, unas casas muy hermosas... ¡Qué lejos está!
El poeta se entristece, como si al conjuro de la extraña exclamación el evocado pueblo se alejara, remoto, inabordable. Y la niña pregunta absorta:
—¿Pero has estado allí?
—Estuve.
—¿Cuándo, abuela?... Yo no lo sabía.
—Hace ya mucho tiempo; no habías nacido tú; un hermano de tu padre, seminarista, adoleció en Villanoble; ya estaba yo viuda y los otros hijos ausentes... Tuve que ir por él.
—¿Era uno que se murió del pecho?
—Ese era.
Bajo la pesadumbre de aquella historia, inclinó la anciana su frente, pálida como la ceniza, y quedóse tan mustia, que ambos jóvenes guardaron un silencio piadoso, hasta que la muchacha quiso justificar aquel grave dolor, explicando:
—La abuela tuvo trece hijos y no le quedan más que dos.
—¡Pobre!—compadeció Terán, que adivinaba un mundo oscuro y sublime en el alma silenciosa de la infeliz mujer.
Una estación, desierta y soleada, quedó tendida frente al coche; abrióse de improviso la portezuela, y una pareja de la Guardia civil se asomó en el vano. Irresolutos, misteriosos, los guardias cerraron sin subir: eran los únicos viajeros que habían tratado de acompañar al poeta y a las maragatas en todo el camino.
Se lanzó el caballero a registrar su _Guía_ con una precipitación algo alarmante, y advirtió pesaroso:
—Faltan dos estaciones para Astorga.
Entreabierta en la consulta la escarcela del peregrino, desbordáronse postales, cartapacios y libretines, toda la bizarra filiación moral de una juventud errante y laboriosa. Y mientras tanto, _Mariflor_, apretándose lagotera contra la abuelita, musitaba:
—Este amigo nos escribirá; irá a visitarnos... ¿oyes, abuela?... ¿quieres?
El amigo posó en el regazo de la anciana un montón de postales, diciendo:
—Hágame el favor de llevarlas, señora, como un recuerdo mío.