La Esfinge Maragata: Novela

Part 19

Chapter 193,936 wordsPublic domain

Desde que la muchacha se ocupa con humilde abnegación del hogar y de los niños, y especialmente de Marinela, diríase que acentúa Ramona aquella pasiva tolerancia con que recibe cuanto de Florinda procede. No pregunta de dónde saca ella dineros y entusiasmos para mimar a su prima; supone vagamente que el párroco la ayuda por compasión, y finge, como Olalla, no comprenderlo, algo confundidas ambas entre flojos estímulos de vanidad y gratitud...

Hoy _Mariflor_ arrostra muy azorada el pálido mirar de la madre; es menester adquirir un nuevo frasco de medicina, que vale cinco pesetas. Lo dice así de pronto, seguido, para no amedrentarse demasiado.

—¡Cinco!—balbuce Ramona.

Su ronca voz, sin inflexiones, rueda sombría.

—Malas artes dañaron a la rapaza—murmura—. Y muy peor será acudir a fabulaciones de ciudades para ponerla buena. Con darle boticas y cuchifritus, acostarla a la santimperie y tenerla a todas horas a las clemencias del cielo, no se consigue desfacer el hechizo de la bruja.

—¡No crea usted en hechicerías!—ruega _Mariflor_ tímidamente.

Pero Ramona, exaltándose, arguye:

—¿Voy a creer que es Dios el que me comalece los rapaces y el esposo, me rebata la hacienda y me tosiga en la sumidad de todos los trabajos?... ¡No lo tengo merecido! Dios es justo y no puede consentir que unos gocen de mogollón y otros pujen todas las pestilencias de la vida.

Palidece la doncella, creyéndose alcanzada como otras veces por el despecho de las alusiones, pero la mujerona, mirándola de frente como no acostumbra, adulce todo lo posible el desabrimiento de su voz, y añade:

—Tú eres una párvula sin hiel y no conoces al diablo.

Suspensa _Mariflor_ ante la benigna frase, atrévese a profundizar con la mirada en los ojos propicios de Ramona, y le parece sentir cómo se rompe el hielo del explorado corazón, y un arroyo de ternura rueda escondido en él...

Están de sobremesa las cuatro mujeres de la casa, después de cenar. Alcanzaron permiso los rapaces para correr un rato al fresco de la noche, y ellas parecen detenidas por una involuntaria laxitud.

El cansancio y la tristeza ponen su languidez amarga sobre aquellas actitudes de indecisión y cortedad; el humo las envuelve y el silencio las colma de profunda melancolía.

Abre la abuela en prolongando bostezo su desdentada boca, y la voz suave de Florinda insiste:

—Marinela sanará si seguimos cuidándola...

Ramona interrumpe sordamente:

—No sana, como la bruja no la ensalme.

—¡Pero si está mucho mejor!... ¿Verdad, Olalla?

La aludida se estremece lo mismo que si volviera de un desmayo o despertara de un sueño. Hay que repetirle la pregunta y explicarle el asunto de la conversación; sólo entonces dice con vaga certidumbre:

—La meiga puede sanarla.

—¡Por Dios!... La tía Gertrudis no es meiga. ¿Tú también vas a dudarlo?

Se encoge de hombros la maragata rubia, igual que suele hacerlo su madre. Parece que las sensaciones delicadas son ya desconocidas para la moza, como si con los músculos y la voluntad se le hubiese endurecido el corazón, palpitando sobre la mies.

Ramona espabila el candil, junta impaciente los regojos de pan en un pico de la mesa, y no pudiendo contener el ímpetu de las indignaciones que la obligan a moverse, prorrumpe:

—¿Conque no es meiga la tía Gertrudis?... ¿Cómo padeces tú el aojo de la su visita, si no en la salud en tantas de cosas?... ¿Quién trujo al forastero trufaldín y te aquerenció con él?... ¿Quién te ofusca para no reamar a un pretendiente de la garrideza de Antonio?... ¡Ay, rapaza; afánate por tu prima y verás lo que consigues, si no logras trincar la intención que nos ofende!...

No solía Ramona componer tan largos discursos; su voz, escandecida, tiñóse de emocionante desconsuelo, cuando añadió:

Yo bien conozco el daño que Marinela padece; por eso fuyo de oyirla balitar como un corderín, con la secura en la boca y en los ojos la medrosía... Pedido hube su curación al Santísimo por los alzamientos del cálice; pero Dios, con ser tan compasionado, permite que Lucifer conjure contra el pobre manojuelo de mis entrañas...

Extinguióse la burda queja en un sollozo, y el busto de la madre se inclinó hacia la orilla de la mesa; algunas lágrimas cayeron sobre los mendrugos de pan.

—¡No llore!—murmuró Florinda traspasada de compasión—; ¡no llore! Dios no deja que el Diablo dañe a los suyos, estoy segura de ello; lo aprendí en sermones y libros: lo dice don Miguel.

Ramona movía la cabeza con incredulidad, reprimiendo el llanto.

—¿Y quién busca el dinero de las medicinas?—dijo al fin, como si se diese a partido—. Sus ojos enigmáticos se posaban en la moza con inquietud.

Ella se ruborizó, y muy emocionada, pensando en su relojito, repuso:

—Yo buscaré lo suficiente para algunos días; pero ya se me acaba el... la... el medio de encontrarlo.

Suspiró la mujer con alivio, sin mostrar desconfianza, admiración ni curiosidades; secóse los párpados con la punta del mandil, y comunicativa como jamás lo estuvo, dijo:

—Mañana van las de Fidalgo a Astorga, y como no tenemos cabalgaduras, yo había pensado que Olalla fuese con ellas a vender unos palombos; la prestarían compaña y montaje, y ocasión de mercar zapatos para que los críos no nos avergüencen el día de la fiesta; pero nos han ofrecido a las dos jornal.

—Yo iré—apresuróse a decir _Mariflor_, inspirada en un doble propósito.

Admitida inmediatamente la promesa, Ramona tuvo que gritársela a su hija:

—¿Te duermes o pasmaste?—voceó adusta.

—¡Estoy cansa!—lamentó sin bríos la infeliz.

—¡Pobre!—dijo Florinda entrañando el acento.

Y un gato flacucho y pintojo lanzó a la mesa elocuentes maullidos...

La imagen desfallecida de Olalla persiguió a _Mariflor_ toda la noche como un punzante remordimiento; ¡ella también debía salir al campo, jornalera y labradora sin condiciones, lo mismo que su prima!...

Aun en las blandas horas en que el sueño ata las existencias y las somete a su apacible dominio, velaban los pesares de la joven ocultos en las sombras del reposo, para erguirse más crueles a la luz de la realidad, cuando la víctima despertase.

De tal modo iba ella robusteciendo sus ánimos contra el dolor, que después de sobreponerse al cobarde anhelo de morir, se lanzaba a padecer, delirante de heroísmo. Convertida en lavandera y hortelana, la señorita melindrosa comía el rancho del hogar sin aparente esfuerzo, mostraba un buen talante a todos los reveses de la pobreza, y se dolía de no haber pagado su tributo de sudor a la mies. Pero la seguridad de marchitarse aspada en el potro del trabajo, le causaba terror; ya le parecía sentir en su florido cuerpo el menoscabo de la belleza, la invisible garra del sacrificio hundiéndole en el rostro las facciones, borrando la tersura y la sonrisa de la juventud. Hasta en la raíz de los cabellos percibía la moza el temblor de tales amenazas: una crispatura y un frío que acaso la hiciera encanecer.

Como dormía sin que durmiese su dolor, despertábase algunas mañanas con el espanto de las pesadillas, creyéndose ya desjarretada y mustia, igual que tantas infelices de Valdecruces.

Así recela hoy mismo, y una invencible zozobra la empuja hacia el espejo. Entre las nubes del cristal resplandecen los veinte años con tales promesas, que la medrosa no puede menos de sonreir. Se aproxima al azogue donde irradia la imagen, busca bien en sus rasgos la hermosura y descubre la piel fina un poco tostada por el sol, las ojeras teñidas por la preciosa untura de las lágrimas, la boca grave y dulce, profundo y noble el duelo de los ojos, todo el semblante embellecido con gracias y tristezas.

En el nublado espejo de la tía Dolores tembló la luz de una mirada agradecida, que, al volverse luego, descubrió a Marinela con los ojos clavados en el Cristo moribundo, ya inseparable compañero de la niña doliente.

Avergonzada _Mariflor_ por el contraste que ofrece su frívola consulta con aquella otra, acude hacia su prima, hunde la cara entre los brazos de ella para disimular el sonrojo, y pregunta:

—¿Rezabas?

—Eso mismo.

—¿Por quién?

—Por ti.

—¡Dios te lo pague!

La enferma alisa blandamente los cabellos de _Mariflor_, que de pronto balbuce:

—¿Tengo canas?

—¡Josús, mujer!... ¿Canas a tu edade?... Tienes un pelo tan largo y amoroso que da gusto cariciarlo.

—¿Sabes que voy a Astorga a vender los pichones?—dice Florinda, incorporándose para acabar de vestirse.

—¿Tú? ¿Pues cómo?

—Anoche ya estabas durmiendo cuando lo dispusimos: tu madre y Olalla tienen hoy jornal.

—¿Y quién me cuida?

—La abuela.

—¡Ay, no quiere que me bañe el pecho al sol; se duerme, riñe o llora!

—Yo vuelvo al anochecer. Te traeré la medicina y yemas escarchadas sólo para ti: son de mucho alimento.

—¿Pero sabes el camino?

—Voy con las de Fidalgo.

—Entonces verás a las clarisas... ¡Dichosa tú!

—¿Sientes la vocación otra vez?

—¿Otra vez?—repite Marinela encendida como una rosa.

—Creí que ya no te acordabas del convento.

—Acordarme, sí...—murmura la enferma con tan balbuciente seguridad, que _Mariflor_ la mira llena de asombro: ve que hace esfuerzos para contener el llanto, se acerca a consolarla, y el incógnito dolor de aquel pecho herido estalla en sollozante crisis.

—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¡Dime, dime tus penas!

La sin ventura no responde; gime anhelante, y Olalla sorprende a las dos primas juntas, en un abrazo tristísimo.

—¿La despedida os hace duelo?—prorrumpe atónita. Sin esperar la contestación, añade:

—Aquí están los palombos: diez parejas.

Y coloca sobre la cama un escriño pequeño, donde las aves cautivas se revuelven temblorosas.

Florinda acaricia a Marinela, que procura serenarse y que poco después se queda sola frente al balcón abierto, lanzando sus miradas, húmedas aún, desde la agonía de Cristo a la serenidad resplandeciente de las nubes.

XIX

EL CASTIGO DE LOS SUEÑOS

BIEN acogida _Mariflor_ por las viajeras, tuvo asiento propicio en las anchas jamugas de la novia, mientras la madre de ésta asilaba a los pichones en su mulo, prometiendo venderlos ella misma, más artera en estos negocios que la niña ciudadana.

—Tú, en cambio—le dijo—, acompañas a Ascensión, faceis compras y visitas, que ya la boda está adiada y no hay que descuidarse con los encargos y los aconvidos...

El cielo, muy tocado de arreboles, anunciaba un día bochornoso, y las amazonas se proponían llegar a la ciudad antes de que arreciase el calor, para volver a Valdecruces con la fresca.

Iba la novia hablando con mucho empaque de los obsequios que había recibido y de los que aún esperaba: mantellinas con recamos, medias de seda, lienzos y estofas, anillos, pendientes y collares; ¡le faltaba un reloj!

Sintió Florinda triste sobresalto allí donde llevaba oculta la alhaja de su madre, al lado del corazón. Había resuelto vender el relojito en Astorga para evitarse el pesar de verle en manos ajenas, y la humillación de seguir pidiendo mezquinos favores entre gente conocida. De pronto, considera que es preciso hacerle a la novia un regalo, un regalo que debe extremarse como prueba de gratitud a don Miguel: y el deseo expresado por Ascensión le parece un providente aviso contra el propósito de hurtar la preciada joya a las ilusiones de la maestruca. Teme que haya poca generosidad en el intento: recuerda con pesadumbre su baúl vaciado en los cofres de la amiga a cambio de una menguada limosna; pero aquella amiga fué antes dulce y noble con _Mariflor_, la recibió en triunfo en el pueblo, colmándola de atenciones, cediéndola homenajes que ella sola disfrutaba. Y ahora mismo la lleva al lado suyo cogida por el talle con blandura, la mira y la sonríe confiada y amable, aunque un poco embaída con su próspera suerte.

Segura de que en casa de la abuela no habrá un lindo regalo para Ascensión, va cediendo Florinda al bondadoso impulso de ofrecerle el relojito que oculta. Al instante se confunde, reflexionando: ¿cómo entonces comprará lo que Marinela necesita?

Mejor le parece vender la joya, sumar el dinero con lo que valgan los palomos, y después de adquirir los menesteres para la enferma y los zapatos de los niños, comprar también el obsequio para la desposada. Tendrá que separarse de sus amigas con disimulo antes de hacer la venta. Entrará en una relojería y... ¿cómo va a decir cuando le pregunten: ¿qué desea usted?

Un aturdimiento penosísimo le embarga: oye apenas el palique animado de Ascensión, procura sostenerle, y teme, al hablar, que el transido acento delate las interiores cuitas.

Compadeciendo el propio infortunio, en el alma opulenta de _Mariflor_ se desborda una gran ternura que sube a los pelados serrijones, corre por llecas y cambronales, y unge de lástima los abietes ariscos, las mustias amapolas, los matojos humildes, todo el vago confín de las veredas blanquecinas.

¡Qué tristes son estos senderos solitarios! Arden y huyen al través de pasturajes descoloridos y de rediles temblorosos, sin escuchar la sonatina de una fuente ni percibir el aroma de una flor. Persíguelos Florinda con mirada soñadora: parece que van a derramarse en la infinitud de los horizontes para seguir corriendo a la insondable eternidad, sin rumbo ni destino. Pero advierte que algunos, deslizándose entre sebes y hormazos, se confunden a la par de una aldea en los firmes renglones de una mies y mueren en los surcos, rectos y hondos, como trazo de una ferviente plegaria dirigida hacia Dios.

Al descubrir en el erial estas conmovedoras señales de esperanza y trabajo, la niña triste lanza su imaginación por las llanuras de la fantasía, y alentada supone que ya está cerca el premio de su martirio. Quizá Antonio se decide a portarse bien con la abuela; quizá aquella misma tarde llegue a Valdecruces el esperado aviso de la felicidad: una carta detenida por azares que nada tengan que ver con la ingratitud y el desamor.

Harto encendido el día en resplandores, tocan en la ciudad las maragatas: intérnase la madre por el callado laberinto de las rúas, y no se detienen las mozas hasta la puerta del convento. Habían tomado un camino vecinal junto a la milagrosa ermita del Ecce Homo; dieron desde allí en el puente del Gerga, rozaron la Fuente Encalada, y por «el reguero de las monjas» posaron en el umbral de las clarisas.

Después de un patio silencioso, encuentran dos portalones bajo las alas del edificio, grande y pesado: se adelantan por uno de ellos, llaman al torno con suaves golpecitos, y al cabo de prolija explicación les hacen bir a la «Reja pequeña», un locutorio humilde con apretada celosía.

La novicia de Oviedo, amiga de Ascensión, recibe con otra monja a las maragatas. A poco llegan unos señores preguntando por la abadesa, y aparece la Madre Rosario, fina y dulce, sonriendo en el nimbo de su manto virginal.

De un lado y otro de la reja se forman dos grupos susurrantes, y _Mariflor_, un poco aislada, escucha, distraída primero, interesada al fin, el relato con que la abadesa satisface la curiosidad de la visita.

—Sí—murmura—, a mediados del siglo trece, una clarisa del convento de Salamanca, oriunda de Astorga, vino a fundar aquí. Poco después, el muy alto y respetable señor don Álvaro Núñez de Trastamara, donó a la Comunidad este edificio, que en aquella época lucía muy hermosas proporciones y elegante arquitectura, y que hubo pertenecido con su templo y aledaños a los ilustres caballeros de Alcántara.

Habla la Madre con sentida y reposada voz, su figura se yergue majestuosa entre los pliegues blancos del ropaje; eleva los ojos, suspira y prosigue:

—Reyes y próceres de otras centurias concedieron tantos favores a esta santa Comunidad, que nuestra casa pudo llamarse _Real Convento_; en testimonio de tal honor conservamos un escudo con castillos y leones sobre la vivienda del capellán, y en nuestro archivo, bulas y documentos de esclarecida memoria para la fundación.

Al otro lado del locutorio decae la charla bajo el dominio que ejerce el suave acento de la abadesa.

—¡Qué lista debe de ser!—alude la maestruca mirándola con arrobo.

Y la novicia responde llena de orgullo:

—Viene de alto linaje: una antepasada suya fué canóniga de la Catedral de León.

—¿De verdá? ¿Pueden ser canónigas las mujeres?

—En tierras de Castilla, sí.

La monja que presenciaba la visita quebrantó su grave silencio argumentando con mucha erudición:

—El noble señorío de Villalobos goza, como los reyes, privilegio de canonicato, que por falta de sucesión varonil recayó un tiempo en la condesa doña Inés, ascendiente de nuestra Madre.

Por mandato de la cual, sin duda, abrióse de pronto una puertecilla para que los visitantes pudiesen admirar un bello claustro de arcadas góticas, bañado en suavísima luz.

—Es lo único que del antiguo edificio conservamos—dijo la abadesa—; en el fondo está el jardín; todo ello pertenece a la clausura.

De la extraña claridad sin tonalidades, trascendía exquisito perfume de rosas y jazmines, cándido aliento del misterioso vergel; aromas y resplandores invadieron el locutorio con deleite; y penetrada Florinda por la singular impresión, dícese codiciosa:

—¡Qué bien estaría aquí la pobre Marinela!

Aún responde la Madre Rosario a preguntas de los caballeros:

—Trastamaras y Osorios—encarece—han sido nuestros más cabales protectores; al primero debe la Comunidad, entre inmensas mercedes, el reguero que desde hace siglos viene desde Fuente Encalada a calmar nuestra sed; todos los días pedimos a Dios por el ánima del insigne castellano.

Como si la blandura de la evocación hubiese tenido mágico poder, un hilo de agua rompió a cantar en el misterio del jardín. Le acordó la Madre con su cristalino acento para responder a los señores visitantes:

—Nuestra regla es de mucha pobreza y humildad; comemos de vigilia todo el año y usamos ropa interior de lana muy gorda, tejida en San Justo...

Cerróse lentamente el postigo recién abierto, y extinguidos la luz, el aroma y el rumor que desde el claustro seducían como ilusiones de otro mundo, vibraron las últimas palabras de la abadesa en la austeridad penitente del locutorio.

Un instante después las dos niñas maragatas recobraron su mulo en el umbral del convento y buscaron las calles céntricas de Astorga, que, amodorrada al sol, yacía soñolienta y muda.

Iba _Mariflor_ leyendo los rótulos de las tiendas sin hallar aquel que temía y deseaba. Cuando hicieron alto en un almacén de tejidos de la rúa Antigua, Ascensión, sentada cómodamente, titubeando infinitas veces antes de elegir, parecía dispuesta a no levantarse nunca. Con el pretexto de ir a la botica, logró la de Salvadores dejarla allí, perpleja entre nubes de holandas. Y sola ya en la calle, tomó un rumbo al azar, encomendándose a Dios.

Antes de salir de Valdecruces había puesto Florinda en marcha el relojito para romper la inmovilidad de aquella manecilla implacable, siempre evocadora; le sentía latir junto a su corazón y le dolía en el pecho acerbamente aquel tenue latido.

Anduvo apresurada, dobló una esquina y luego otra, registrando carteles comerciales, hasta que en una vidriera vió algunos relojes de acero entre dijes y gargantillas. Al otro lado del cristal, en menguado tenducho, un hombre de triste catadura la recibió sorprendido:

—¿Qué desea usted, joven?

Un gato negro levantó perezoso la cabeza y un enjambre de moscas zumbó en torno a la pregunta.

—Deseo—balbució la muchacha turbadísima—vender este reloj.

Tras un prolijo examen de la joya, el comerciante dijo receloso:

—¿Cuánto pide por él?

—Sesenta pesetas.

—Si quiere quince...

—¡Ah, no!—protestó indignada la infeliz. Y casi arrebatando su tesoro de las manos extrañas, lanzóse de nuevo a la aventura por las calles.

Guardaba el relojito entre los dedos convulsamente apretados, y parecíale sentir en la sangre trasfundido el pulso de metal, como si otra vida se derramara en la suya. Todo el ímpetu de los recuerdos latía doloroso en las potentes venas de la moza, bajo aquel doble ritmo; ternuras maternales, goces de la niñez y florecidas esperanzas del amor, cegaron con visiones de imposible felicidad los dulces ojos de la viajera.

Como llevaba el paso indeciso y extasiado el semblante, los escasos transeuntes la miraban curiosos. Ella seguía vagando sin rumbo, repitiendo con mecánica obstinación los nombres de las calles: la _Redecilla_, la _Culebra_, _Santa Marta_, _Plaza del Seminario_, _Puerta Obispo_... allí se detuvo sin saber por qué, y quedóse mirando fijamente al escudo de una casa antigua y señorial. Era el blasón aparatoso; en campo de gules esplendía un castillo flanqueado por torres de sable; dos águilas de oro sujetaban una cartela, que decía:

_Soy morena, pero hermosa._

Varias veces leyó la muchacha el mote, con aquella porfía maquinal interpuesta como una nube entre sus actos y sus pensamientos.

Bajo el dintel macizo de la portalada aparecieron unas damiselas con sombreros de moda, abanicos y quitasoles. Mirándolas Florinda recordó, como un tiempo muy distante, sus años de burguesa ciudadana con arreos pueriles y melindrosas costumbres.

Las señoritas, al perder la frescura del portal, comenzaron a darse aire con mucho ahinco. Entonces _Mariflor_ cayó en la cuenta de que el bochorno la mortificaba, pero continuó detenida, releyendo con absurda tenacidad:

_Soy morena, pero hermosa._

De pronto la llamaron:

—¡Eh, rapaza, _Mariflor_! ¿qué haces ahí?

La hermana de don Miguel esperaba atónita, contemplando a la niña.

Ella, al volverse, quedó un momento confusa, y al cabo acertó a decir:

—Pues buscaba una botica y me he perdido... Ascensión está en un almacén de la rúa Antigua comprando telas...

Conforme y calmosa, preguntó la maragata:

—¿Gustábate el escudo?

—Sí.

—Era de un corregidor perpetuo de toda la provincia, consejero del rey y mayorazgo tan haberoso, que al morirse dejó mil misas añales por su ánima.

—¡Ah!...

—Y escucha: ya que te encontré aquí, sube tú a llevar a doña Serafina estos dos pichones de parte de mi hermano.

—¿Cómo?...

Explicó la mujer que doña Serafina, una astorgana linajuda, era esposa del actual dueño de la casa, ambos excelentes amigos de don Miguel, quien les debía grandes favores.

—Solemos ofrecerles alguna fineza—dijo—y agora pensé guardar para ellos, a cuenta mía, tus más llocidos palombos... dejé el mulo en la posada y aquí los traigo... pero me da mucha cortedad subir.

Ocultó Florinda su joya y, tomando del escriño las aves, entró en el portal diciéndose:

—Estos señores deben ser los que le han facilitado al cura la dote de Ascensión.

Quedó sorprendida al encontrarse en un claustro, antiguo y apacible como el del convento, alrededor de un jardín. Siguiéndole, halló la escalera principal, y al cabo de la misma una puerta franca donde llamó.

Poco después, por la ancha galería tendida sobre el claustro, se adelantó una dama hermosa y morena, a tono con el mote de su escudo. Bajo los negros rizos de la frente resplandecían con singular fulgor los bellísimos ojos de aquella señora.

—¿Preguntabas por mí?—dijo con acento afable y triste.

Segura de que hablaba con doña Serafina, _Mariflor_ le entregó los pichones de parte de don Miguel Fidalgo.

Las azoradas avecillas lanzaron el columbino temblor de sus ojuelos de una a otra mujer, y ambas sintieron, con inefable ternura, palpitar entre sus manos aquellas vidas cándidas y medrosas.

Bañado en suave luz cenital yacía el corredor en muda calma, y una rosa que se asomaba en él desde el jardín, parecía doblegarse al peso de una idea.

También Florinda se inclinó de repente para decir con súbita inspiración:

—¿Quisiera usted, por casualidad, comprarme este relojito?

Y mostróle, tan afanosa y conmovida, que la dama dijo al punto:

—¡Será un recuerdo!

—De mi madre...

—¿Cómo te llamas?

—_Mariflor_ Salvadores.

—¡Ah, eres tú!—pronunció la señora, avizorando con sabia dulzura el encendido rostro de la joven—. Aguarda—añadió, desapareciendo en la galería.

Volvió al instante, y sobre el reloj que alargaba la moza, puso un billete de cincuenta pesetas, murmurando:

—Guarda tu recuerdo, y éste para ti, en nombre de una niña que se muere.

—¿Hija de usted?