La Esfinge Maragata: Novela

Part 18

Chapter 183,925 wordsPublic domain

Cuando llega, a poco, don Miguel y hace que Florinda suba a su despacho, no puede la muchacha ocultar su aflicción a los ojos del sacerdote; llora a raudales, derribada en el primer escañuelo que tropieza, sorda a las preguntas con que el apóstol persigue la desaforada cuita.

—De ese modo no se puede vivir, _Mariflor_—prorrumpe don Miguel con blanda severidad.

Y la moza, difícilmente, responde:

—Es que necesito morirme.

Paseando en torno del parpadeante velón, aguarda el cura que se aquiete la tremenda crisis de aquel pesar. Y cuando ya parece que a Florinda se le agotan las lágrimas y sólo quedan en su pecho suspiros, indóciles como rezago de borrasca furiosa, el confesor acerca un escabel a la doliente, y ella misma procura abrir el alma a las investigaciones que la solicitan.

Fuertes son los quebrantos que la zagala llora, no lo niega don Miguel; pero no es de criaturas cristianas el abandonarse al infortunio en estéril desesperación, olvidando la suma bondad de _Aquel que tiene cuenta con los pajaricos y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos_.

Esta prometedora evocación remueve con empuje milagroso las moribundas fibras de una esperanza. ¡Pues no había olvidado _Mariflor_ aquellas frases tan dulces y sabidas! Con su recuerdo acuden en tropel los de la madre muerta y las lecciones aprendidas en su regazo; y un soplo inmenso de ternura levanta los sombríos pensamientos de la moza.

Lumbres de la excelsa piedad que alcanza a las hormigas y a las flores y busca a los gusanos entre el polvo, despiertan con su luz todas las piedades dormidas en el triste pecho de la enamorada. Y ya en la torrentera de la juvenil pasión, corren con las amarguras del férvido caudal muchas compasiones para cuantos seres tiemblan en las ramas del fracaso y del vencimiento, como aves castigadas por la lluvia en adversa noche: enternecida bajo la piadosa corriente de un dolor menos áspero, _Mariflor_ escucha lo que va contando el sacerdote.

No es cierto que las noticias de América sean tan malas como ha entendido el simple de _Rosicler_: aunque el tío Isidoro no mejora, los temores sobre su enfermedad no son definitivos, y los médicos opinan que la vuelta al terruño quizá operase en el enfermo una beneficiosa reacción.

Cuanto al viaje del rapaz, su tío le juzga conveniente, porque, inútil Isidoro para el trabajo, le hace falta a Martín en el tenducho una persona de su confianza. ¿Que Pedro es un niño? Más niños y sin protección alguna emigran otros infelices: es necesario avezarse a la lucha por la vida y resistirla desde la niñez.

Tampoco es una desgracia nueva que trabajen a jornal Ramona y su hija. ¿Qué más tiene el surco propio que el ajeno, si exige el mismo trabajo, le riega una misma fuente y el beneficio que reporta sabe a pan moreno de una sola mies?... ¡Un poco de orgullo sacrificado es cosa tan pueril cuando se piensa que «nuestras propiedades» lindan con el cementerio!...

Quiere don Miguel consolar a _Mariflor_ y se esfuerza en aducir consideraciones de ultrahumana filosofía; pero en el fondo de sus graves palabras, solloza con tal ímpetu la tragedia del páramo, que se descubre, arisca, la visión de los añojales, fecundos por el terrible esfuerzo de las mujeres, confundidos con la tierra común preñada de despojos, florecida de cruces y de nombres.

Y el pecho de la enamorada palpita con tan humanos afanes, tan seducido por las aficiones a la vida y los anhelos de la transitoria felicidad, que el pobre corazón se retuerce mártir y convulso, loco de pena entre las lindes pálidas del cementerio y de la mies.

Sin embargo, es preciso pensar continuamente en los grises caminos que deslindan «arrotos» y sepulturas. ¿Qué dice el heredero del tío Cristóbal? ¿Arrebata la hacienda de la familia Salvadores? ¿Se muestra piadoso?...

Sí; pues aunque Florinda lo dude, es cierto que Tirso se ha presentado espontáneamente a don Miguel para decirle que prorroga hasta Navidad los préstamos otorgados a la tía Dolores.

—¡Hasta Navidad!... ¡Qué raro es eso! ¿Hablaría Antonio con él?

No contesta el párroco a esta pregunta, pero de sus frases, vagas, colige Florinda que no ha sospechado mal. Entonces un atrevido pensamiento la conforta: ¡si el primo fuera remediando los apuros de la familia hasta las Navidades!

Siempre sería ésta una ventaja para todos; además, en cinco meses, ¡pueden ocurrir tantas cosas!...

En seguida salta la imaginación de la joven a la más urgente de las deudas familiares; ¿habrá pagado Antonio las cuatro mil pesetas al cura? Trata Florinda de averiguarlo con dolorosa timidez, y el sacerdote la interrumpe inquieto y persuasivo:

—No me debéis nada—murmura—; ni un céntimo; ya lo sabe Antonio.

—Pero la boda se aproxima...

—Tengo en el bolsillo las pesetas.

Como parece que la joven duda, don Miguel desdobla un fajo de billetes que lleva guardados encima del corazón, y cuenta muy despacio la interesante cantidad.

Aún no se aclara el entrecejo de la niña; la nube que le oscurece persiste inquietadora, porque la hazaña de recuperar aquel dinero le tiene que haber costado al cura un sacrificio, una humillación, quizá un bochorno. Pero el bienhechor niega, sonríe: ¿Y si se lo hubieran regalado?... ¡Vaya con la aprensiva!

—Usted dijo que a un pobre le era casi imposible lograr ese préstamo—aduce _Mariflor_ acongojada.

—Yo suelo equivocarme algunas veces, y tú eres una visionaria que estás conspirando contra tu salud a fuerza de atormentarte; basta para afligirnos la situación de la pobre Marinela. Conque, hija mía, a vivir... y a esperar.

—¿En quién?—prorrumpe ávida la moza.

—¿Y me lo preguntas?

—Sí; ya lo sé: ¡en Dios únicamente!...

La incertidumbre que interrogó desde los ansiosos labios se condensa en un gesto de cansancio profundo. Atosigada por las vicisitudes del Destino, siente Florinda muy lejana la ayuda de Dios, muy alto el cielo, en inabordable confín, y harto duros en la tierra los desiertos del olvido cruel. Nostalgias de una felicidad imposible crecen en el colmado corazón, con apremios tan vivos, que todas las piedades y las ternuras se encogen relajadas bajo la explosiva fuerza de un solo anhelo.

Y audazmente, sin escrúpulos ni rubores, con absoluta necesidad de asirse a un hilo de esperanza para poder vivir, pregunta la niña:

—¿No sabe usted nada, nada «de él», ni una palabra siquiera?

—¡Ni una palabra!—responde el cura con indefinible tono, lleno a la vez de piedad y acusaciones. Advierte en seguida que su respuesta corta como un puñal, y ve a la sentenciada palidecer y levantarse al filo de la rotunda negativa.

Un violento espasmo sacude la fuerte juventud de _Mariflor_, crispa en sus labios el pesar una sonrisa helada, y tiembla en sus ojos un ramo de locura.

La convulsión de aquella pobre vida y el estrabismo del torturado entendimiento, piden un socorro eficaz: pero, buscándole con la más compasiva solicitud, sólo encuentra don Miguel revulsivos y cauterios que, fundentes, contribuyen a derretir los caudales de bondad constreñidos en el robusto corazón.

—Tu padre te escribe—anuncia, fingiendo que no siente ni descubre aquel martirio—. Aquí está la carta.

Como la moza no tiende su mano a la misiva y continúa vacilante en los trágicos límites de la demencia y el desaliento, añade el cura:

—Tu padre sufre y trabaja por ti; es menester que le confortes.

—¡Ah, mi padre!—exclama ella como un eco de lejanos cariños y palabras antiguas.

—Sí; él, que sólo vive para volver a verte... Y Marinela... ¡escucha!, Marinela se muere pronto si no la cuidas tú.

—¿Se muere?

—¡Claro; nadie la socorre!

—¡Virgen santa!...

El párroco ya sabe que el alma de Florinda se resistirá a sucumbir ante el dolor; la ve arrastrarse hacia la derrota, fascinada por el abismo de la pena, tornar luego sumisa a los requerimientos del deber; apagarse, encenderse al soplo de corrientes misteriosas, como una llama recia y combatida. Él la espera, la busca, y asiste conmovido al ardoroso combate sentimental.

Pero la infeliz combatiente descubre el acecho de otra alma y se esconde, replegada en sí misma, con el supremo recato de los más íntimos pesares. Y el cura, al fin, ignora qué propósitos triunfan en la conciencia de _Mariflor_, mientras ella se despide con el aire pasmado, llevándose la carta.

* * * * *

Desfallecen las luces del crepúsculo, y la noche se levanta en el llano; le parece a Florinda que el silencio cae como una gran oscuridad sobre la aldea.

Unos niños juegan al «columbón» en la explanada, pero se columpian sin hablar ni hacer ruido, y con el propio secreto cunde la cancioncilla de la fuente, gota a gota.

El pobre hogar que la enamorada encuentra, está sombrío y silencioso, lo mismo que Valdecruces. Ella lo pisa con atroz angustia, mas a poco de acostumbrarse al taciturno ambiente oye cómo también una lágrima horada este silencio, manando, a hilo, como la fuente de la calle: es la voz humilde con que Marinela suspira. Al segundo reclamo de esta gota de pena, siente _Mariflor_ un formidable sacudimiento en todas las fibras de su alma, y corre hacia el plañido suave.

—¡Estás sola!—compadece, dando a sus palabras una profunda entonación de caridad y desagravio.

—¡Ah, eres tú!—responde la enferma con todo el brío de su acento débil.

Y en el abrazo con que se unen en la sombra las dos primas, hay la dulce solemnidad de una reconciliación.

—¿Dónde está la abuela? ¿Y los niños?—dice la recién llegada, como si volviese de un viaje, sin ánimos para preguntar por las esclavas de la mies.

—La abuela... por ahí. Los rapaces contentos porque mañana les darán vacaciones.

—Y tú, ¿no estás mejor?

—Al contrario... Pero agora dicen que la hechicera hace igual de ensalmadora, y que puede curarme.

—¿La tía Gertrudis?

—¡Velaí! Si ella me hizo el daño, que me lo quite.

—Antes tú no creías esas patrañas—protesta Florinda.

Luego se estremece al recordar que ella también las ha creído: ¿cuándo?... Una vertiginosa sucesión de imágenes la conturba.

—¿Cuándo?—repite—. ¿En otra vida? ¿En sueños?...

No; aquella misma tarde, bajo la realidad siniestra de la desgracia.

Medrosa de hundirse en los suplicios del amoroso padecer, quiere Florinda esclavizarse a otras emociones que la subyugan el corazón. Enciende el candil y busca en el rostro de la enferma y en la estancia miserable el tangible drama familiar. Necesita poner las manos en el palpitante dolor, en la carne lacerada y febril; necesita escuchar llantos y gritos, sentir repugnancias y miedos, hasta ahogar las secretas desesperaciones en una borrachera de amarguras.

Y lo consigue en parte. Marinela, muy blanca, muy tenue, sin poder soportar la impresión de la luz, echa sobre las pupilas el lívido velo de los párpados y sonríe enseñando unos dientes iguales, un poco amarillentos; su cara infantil se transfigura bajo la corona violenta de los cabellos esparcidos y vedijosos, y un conjunto indefinible de alegría y de quebranto presta a las dulces facciones singular expresión. El lecho, desaseado y hundido, parece un roto bajel, donde la mozuela sentenciada boga con lentitud hacia la siniestra orilla. En los rincones del dormitorio emergen sombras y miasmas, y cuando Florinda alza el candil para juntar en una sola visión todas las tristezas presentes, alumbra una imagen de Cristo, moribundo en la cruz.

—Si no es la bruja, ¿quién nos persigue?—balbuce Marinela, recogiendo el reproche de su prima. Y ésta, sugestionada por el pálido Crucifijo que se le aparece como emblema del más sublime dolor, pregunta a su vez.

—¿Siempre estuvo aquí esta efigie?

—Siempre.

—Ahora la veo...

Bajo el corpiño de la muchacha cruje un papel, quizá empujado por el tumbo fuerte del corazón que aviva sus emociones. Ella posa la luz en el suelo y despliega impaciente la carta de su padre. De hinojos, para mejor alumbrar su lectura, confirma en los renglones amados cuanto dijera don Miguel; pero añade a lo ya sabido algunos descubrimientos que la envuelven en su fatal pesadilla de la boda con Antonio.

El ausente, lleno de cariño y de inquietudes, trata a _Mariflor_ como a una niña; quiere dejarla en libertad para elegir esposo, y oculta mal sus temores de que no acierte a lograrlo con serena disposición. En los consejos que la envía rebosan inconscientes las antiguas esperanzas de los desposorios con el primo. «Es honrado y bueno, muy traficante; la ayuda que su capital pudiera prestarnos, sería en estas circunstancias definitiva para todos». Esto escribe el señor Martín sin conocer aún la crítica situación de su madre.

Luego, contestando a las confidencias de la joven, desliza entre palabras recelosas el sentimiento de una contrariedad:

«Esa gente de pluma—repite como un eco de todos los pareceres maragatos—no me inspira confianza; suelen ser hombres andariegos, imaginantes y lucidos, muy artificiosos y escasos de intereses; en fin, hija mía, aconséjate mucho del señor cura y que Dios nos auxilie».

Al través de todo el pliego, un hálito de alarma y de tristeza confunde a la lectora: el padre se duele de no mandar «posibles», de no tener con qué realizar el viaje de Pedro ni la repatriación de Isidoro. Y la nublada frente de la niña se dobla con desmayo sobre la carta, como si la venciese el agobio de otra nueva responsabilidad.

Mientras Florinda leyó, fué Marinela haciéndose a la luz amortiguada desde el suelo, y levantó los párpados poco a poco: el perfil de su prima, trazado por la sombra con gigante dibujo, llenaba la pared y tocaba en la techumbre.

Sonrió la enferma, alegre de encontrar la figura gentil de sus ensueños, difundida como por milagro en todo el mezquino gabinete, y deslizóse a orilla de la cama para verla en realidad. Pero un sobresalto la trastorna cuando descubre la carta entre los dedos temblones de _Mariflor_. ¿Será del forastero? ¡No parece que está en romance!... ¡Y si fuera de «él»?...

Todas las perturbaciones y las incoherencias con que la zagala se consume en inaudita pasión, se agolpan a los descoloridos labios para balbucir aquella pregunta. Va a derramarse el ávido acento lo mismo que un roto caudal de incertidumbres, y al borde sonoro de la palabra se asustan de repente las emociones silenciosas de la niña. Tanto aprendió a esconderlas, en el tiempo que vive encerrada con sus incógnitos pesares, que le han crecido las sombras y los temores alrededor de los pensamientos y ya el instintivo recato de su alma se cierra, oscuro para siempre, en la propia timidez y confusión. Al levantar Florinda los ojos, dócil a la penetrante consulta de otra mirada, ve Marinela como en un espejo el desastre interior de aquella vida tan hermosa, y le tiende los brazos en caritativo impulso de socorro. Menguada y triste es la esperanza que ofrecen desde la navecilla del dolor unos remos tan frágiles, mas en ellos se apoya con gratitud Florinda, y levantándose firme, con ellos se abraza, sostenida en el naufragio de la felicidad.

—¿Quién nos persigue?—clama otra vez Marinela entre sollozos—. Y como su prima no responde, añade:

—La bruja es también sortílega, adivinadora, ¿entiendes?... ¡Vamos a pedirle que nos ayude!

_Mariflor_ desciñe sus brazos en torno de la enferma, y señalando en la pared al Cristo, murmura inspirada:

—No: ¡a Este!...

XVIII

LA HEROICA HUMILDAD

ARROJADAS como dos náufragos a los rigores de la suerte, Olalla y Ramona siegan sus panes y los ajenos, hacen gavillas y manojos, _acerandan_ y criban, mueven el trillo, el bieldo y el _calomón_.

Ningún fiero trabajo se resiste a la necesidad y al brío de estas mujeres silenciosas y duras, imperturbables. Si Olalla desfallece un minuto, ebria de calor y de esfuerzo, su madre la sostiene y aguza con unas sílabas certeras, rápidas como un latigazo:

—¡Aguanta!—balbuce roncamente.

Y la moza, bajo el violento acicate de este sordo grito de guerra, endurece sus músculos y esclaviza su voluntad como una veterana obrera de la mies. Con tan buenas disposiciones, abundan los jornales para entrambas, cuando la propia labor les permite aceptarlos, y el desvalido hogar navega a remolque de las bravas remadoras.

_Mariflor_ secunda estos afanes con la más ardiente solicitud; su dolor, reconcentrado y prisionero, yace sin rebeldías, cargado de cadenas en el fondo del alma juvenil.

Pero en la valentía con que la muchacha se yergue sobre su desventura, de frente a la existencia, late el humano propósito de vencer al Destino a fuerza de abnegación. Encauzado el tumulto de sus desolaciones, manso ya el torbellino de sus pensamientos, Florinda ha fijado los ojos en Dios con suprema esperanza; pretende conseguir del Cristo moribundo, en memoria de su excelso martirio, una revocación de la sentencia que la confina en Valdecruces, sin amor y sin pan, bajo el cruel dilema de una boda repugnante o de una miseria definitiva y horrible.

Aún confía en el hombre amado, aún le defiende contra las acusaciones de la realidad. El frío silencio que la persigue con presunciones de abandono se lo explica como un castigo de la tardanza y resistencia con que acude a los brazos abiertos de la Cruz.

Exigente consigo misma, ansiosa de purificarse en el tamiz de todas las virtudes para merecer la divina compasión, se acusa de no haber compadecido bastante, de no haber rechazado aversiones y repugnancias con diligente voluntad; quiere ahora poner sus sacrificios a la altura de sus anhelos, y se debate en tremendas luchas, porque todos los dolores le parecen poco finos y apurados para subir por ellos a la soñada cumbre, y con tales sutilezas se desarrolla su nativa sensibilidad, que ya teme asomarse al huerto por no interrumpir el canto de los pájaros y levanta las zarzas del camino para no herirlas con el pie.

Al influjo de tan extremada compasión, un poco enfermiza y delirante, adquiere la casona de la abuela un cariz de blandura, humano y dulce. La enamorada realiza prodigios de orden y habilidad en torno suyo; están los niños más aseados y alegres; el menaje más enderezado y compuesto, y hasta la abuelita menos torpe y abrumada. Sobre todo, Marinela es quien más plenamente recibe los favores de esta ternura que invade el hogar como suave regolfo de una marejada asoladora.

Para traer al médico, luego de saldar la antigua cuenta, Florinda registró su baúl de ciudadana, y, al cabo de muy tristes y secretas negociaciones, obtuvo de la sobrina del cura el dinero preciso en cambio de algunas chucherías que sedujeron a la muchacha.

La propia _Mariflor_ fué a Piedralbina con las siete pesetas, y a la tarde siguiente el médico llamó con mucha solemnidad en casa de la tía Dolores, después de atar a la vilorta del huertecillo las bridas de un jaco semejante al de Fabián Alonso.

Joven, endeble y taciturno, el facultativo parecía tan necesitado de asistencia como poco amigo de prestarla. Comenzó por renegar de la lobreguez de la alcoba adonde le condujo _Mariflor_, y acabó por decir que examinaría a la paciente cuando para ello dispusiera de aire y de luz.

—La casa es grande—vociferó enojado—; ¿no encuentran ustedes más que un escondrijo oscuro para esta criatura?

La abuela se santiguó llena de asombro. ¡Andanda con el mediquín nuevo; oscura la alcoba, después de haber comprado una vela de las finas para cuando él llegase!

Sintió _Mariflor_ mucha vergüenza por lo mismo que le pareció evidente la justicia con que se censuraban las condiciones del aposento, y prometió sustituirle al punto por el mejor del edificio.

Un poco amansado el médico, pulsó a la niña, le miró los ojos y la lengua, preguntó antecedentes de los progenitores, y, después que la anciana, con el auxilio de _Mariflor_, hizo un dificultoso relato de muertes prematuras, recomendó a la enferma sanos alimentos, un tónico de la botica y baños progresivos de sol.

Despidióse maravillado de la inteligencia y el interés conque Florinda le escuchaba, dando señales de comprenderle, y cuando volvió, al cabo de dos días, halló en mitad de la sala el lecho de Marinela, aireado y a plena luz.

No costó poco trabajo subirle allí; tuvieron por loca a quien lo proponía, y sólo a fuerza de obstinadas solicitudes logróse al cabo la piadosa intención.

—¿Un catre en la sala?... ¡Válgame Dios; ya no me queda más que ver!—había respondido la abuela a las primeras indicaciones de Florinda, las cuales produjeron igual asombro en las otras mujeres.

Después de agotar la valerosa enfermera todos sus convincentes argumentos, comenzó Olalla a mostrarse indecisa.

—¡Si es necesario!...—insinuó.

Ramona, siempre con su aire de bestia parda, alzó los hombros en indefinible actitud. Y Marinela confortó su cuerpo con el sol y las brisas, mientras la tía Dolores se hacía cruces.

Para conseguir los sanos alimentos y traer el tónico de Astorga, volvieron la necesidad por un lado y por otro la codicia, a establecer secretas relaciones entre el baúl de _Mariflor_ y los armarios de la maestruca.

De rodillas, inclinada con desconsuelo sobre los despojos de sus tiempos felices, buscó la pobre muchas veces algo que cambiar por dinero. Y poco a poco, la ropa blanca, el rosario de coral, el bolsillo de piel, las cintas y los adornos señoriles, fueron con mucha cautela a pulir el equipo de la novia. Como todo ello eran frivolidades de valor escaso, Florinda dejaba tímidamente que la generosidad de Ascensión pusiera el precio. Y Ascensión, poco escrupulosa, influída por el espíritu mercantil de la raza, fué abusando cada vez más de aquellos apuros y llegó a poseer casi entero el humilde tesoro de su amiga. Ya no le quedaba a ésta más recurso que el reloj de su madre; era de oro, de una sola tapa, lindo y pequeño.

Postrada ante el cofre exhausto, contemplaba la niña su joya con terrible perplejidad. Hubiera querido no sentir hacia ella un apego entrañable, no estremecerse con profunda emoción mirando la saetilla, parada en las tres, como recuerdo de una trágica hora.

Varias veces, aquel mismo día, salió el estuche rojo de su escondite, llevado y traído por una mano trémula: _Mariflor_ quería ofrecérselo a la novia y sonreir valiente al realizar el nuevo sacrificio. Pero ante sus ojos, turbios de llanto, la vira del reloj temblaba como dedo convulso que señalase con infinita pena una dulce memoria próxima a extinguirse.

En vano la joven apelaba a sus firmes propósitos de someterse bajo el purgativo dolor con ánimo eficaz; en la sedosa red de sus pestañas tejía el humano sentimiento una niebla entre el alma y la Cruz...

* * * * *

Marinela ha mejorado un poco. Tempranito, antes que abrase el día, baña su débil pecho en los rayos milagrosos del sol. La pócima confortante y las comidas, apetitosas algunas veces, la van fortaleciendo; se levanta, sale al colgadizo cuando la tarde se dulcifica, y percibe sin cesar el tónico de las brisas puras.

El médico ha ordenado que duerma sola, con el balcón abierto; pero ella, lo mismo que su hermana, temen a la noche libre como a emboscado enemigo, y Florinda tiende su colchón al lado de la enferma para infundirle ánimos; ambas reposan a pleno aire, al amparo de la luna, con estupefacción de cuantos vecinos conocen este nuevo sistema de curar.

De él se duele Ramona cada vez con más ostensible disgusto; ha querido oponerle resistencia, pero las súplicas de Florinda obran milagros hace algún tiempo en aquella singular mujer. Cuando se le acerca la joven a solicitar su permiso para alguna cosa, reprime un movimiento duro, esconde la torva decisión de su mirada, y suele decir:—Bueno—alzando los hombros con su acostumbrada indiferencia—. Sin duda, evoca el aviso de don Miguel: «Florinda no tiene madre; ¡acuérdate!