Part 17
Pero aquella caricatura de perdonavidas, singular en el carácter apacible de Antonio Salvadores, no mereció la atención de las mujeres tanto como la quietud del párroco, silencioso y como entumecido en medio de la estancia.
—¡Padre!... ¡Don Miguel!... ¡Señor cura...!—clamaron tres voces, a la rebatiña de palabras insinuantes y cariñosas para sacudir al ensimismado protector.
—¡Es verdad!—murmuró él, recordando, como si su espíritu volviese de un viaje—. Yo tenía que deciros alguna cosa en esta ocasión... Pues, ya lo estáis viendo: la muchacha «no puede querer» a su primo; el primo «no quiere» favoreceros a vosotros, y yo, ni puedo ni quiero sobornar los sentimientos de una doncella para hacer caridades a costa de perfidias.
Hablaba despacio, tranquilo; su indignación se abatía sin duda en el propósito de no intervenir más en aquel triste asunto. Y sus palabras, escapándose en parte a la penetración de los oyentes, parecían el resumen de un breve examen de conciencia.
Don Miguel Fidalgo, místico y piadoso, alma encendida en lumbres de terrenales sacrificios, se había encariñado con la esperanza de que _Mariflor_ realizase el acto sublime de tomar, por amor a su familia, una cruz en los hombros. Sabía el cura muchos secretos de divinas compensaciones; confiaba poco en la constancia de Rogelio Terán, y temiendo por la frágil dicha que manejaba el poeta, imaginó poder asegurarla haciéndola fecunda aprovechando, por decirlo así, el seguro dolor de una existencia en beneficio de otras pobres vidas y en simientes de goces inmortales.
A la luz de tan altos fines, los espejismos de don Miguel pudieron ser hermosos; pero ahora, de cerca, tocando las salvajes pasiones y hondas repugnancias que la heroína debiera resistir, un vértigo de materiales angustias celaron al soñador los excelsos fulgores del imaginado sacrificio: teorías consoladoras, confianzas secretas y afanes recónditos, eran torres de viento para el bárbaro empuje de la miserable escena presenciada. La brusca realidad de aquel contacto produjo en el apóstol una sensación de pavorosa caída desde las nubes a la tierra. Convencido de haber soñado a demasiada altura de las fuerzas humanas, despertábase pesaroso, lleno de compasiones y de remordimientos, como si el oculto albergue que dió a las esperanzas de la boda fuese una culpa en la tragedia que sobrevenía. Y compungido por el tumulto de tales pesadumbres, oyó como decía Olalla:
—El mal caso de no querer «a éste», es por «el otro».
—¡Por el amigo de usté!—renegó la madre, hostil.
Le dolía al cura este recuerdo como el mayor delito de su influencia sobre la vida de _Mariflor_ en Valdecruces; parecíale imposible haberse dejado llevar por un sentimiento romántico hasta el punto de compartir un día con la inexperta moza ilusiones confiadas a un caballero errante, mariposa de todos los vergeles, giróvago enamorado, de tan noble intención como firmeza insegura. Despierta la desconfianza que lejos del amigo pudo adormecerse, crecía en el ánimo del sacerdote recordando la singular precipitación con que Terán partía, después de resistirse para conceder una tregua a su enamorada solicitud. En el preciso momento de quedar la novia libre de morales ligaduras, con que ella misma por compasión se ataba a una promesa, alejábase el novio impaciente, reservado, incomprensible... ¡Acaso ya corría en el tren seducido por todas las atracciones de la vida, sin que en la ambiciosa cumbre de sus pensamientos la idea del deber tuviese nada más que unos lejanos resplandores!
Esta consideración penosa indujo al cura a conmiserar dolorosamente las humanas flaquezas y a dejar correr una benigna lástima sobre aquellos toscos espíritus asfixiados por el brutal peso de todas las ignorancias y de todas las necesidades. Procuró mover los corazones bajo la espesura de las inteligencias, solicitando mucho cariño y compasión para Florinda, y quiso de nuevo suponer que la rebelde actitud de la muchacha con Antonio obedecía a un justo desquite más que a las rivalidades aludidas por Olalla.
El maragato, muy en desacuerdo con sus recientes fachendas, apresuróse ahora, optimista y conciliador, a recoger la tranquilizadora especie; y sin abdicar de su nativo orgullo, pronunció benévolo:
—Sí, la rapaza me tiene malquerencia por «aquello» que usté le dijo de mí...
Olalla y su madre no se mostraron muy convencidas de semejantes suposiciones, y permanecieron inquietas, atribuladas por el fracaso definitivo de la boda; en tanto que la tía Dolores, sin alcanzar la magnitud de la desgracia, temía un contratiempo en el negocio matrimonial. Mirando de hito en hito a don Miguel desde el fondo gris de las pupilas, preguntó medrosa:
—¡Eh!... ¿qué dicen? ¿Por qué la rapaza fuge?
Pero su voz se apagó entre los pasos veloces de los niños que regresaban de Piedralbina con las trojas al hombro y las caras interrogantes.
—_Mariflor_ corría llorando—dijeron al entrar.
—¿Por onde?
—Por la mies.
Adoraban los chiquillos a su prima, y la inquietud les daba atrevimiento para inquirir en el rostro del cura razones de la triste carrera que ellos no habían podido contener.
—Volverá—prometió el párroco, seguro—; volverá cariñosa para vosotros y buena como siempre.
—Sí, volverá; ¡no tiene hiel!—exclamó Antonio con disimulada impaciencia.
Y huyendo de la luz agonizante del candil, atajó en el pasillo al sacerdote, que ya se despedía.
—Marcho de madrugada; ¿qué razón llevo?—preguntó solícito.
—¿De cuál?
—De la boda.
—Pues ya lo ves ¡ninguna!
—Pero... ese escribano de Madrid, ¿ha de tornar?
—Creo que no.
—¿Y luego?
Don Miguel se encogió de hombros, desazonado y aburrido en aquella burda porfía, repitiendo mentalmente la grave palabra de _Mariflor:_ «¡Imposible, imposible!»
No parecía entender el mozo la elocuencia de los silencios ni la expresión de los ademanes. Y aunque Olalla acudía con el candil, aparentó el primo estar a oscuras para declarar magnánimo:
—Yo sostengo mis condiciones.
Como nadie le respondiese, añadió sobrepujante:
—Y aguardaré el sí o el no... hasta Navidá.
—¿Todavía el no?—dijo don Miguel con involuntaria sonrisa.
Marinela, que escuchaba un murmullo de voces cerca de su alcoba, dolióse una vez más:
—¡Tengo sede!
—Dadle agua a esa criatura—recomendó el párroco al salir.
En los umbrales del portalón recordó alguna cosa, y se detuvo, advirtiendo:
—Tened en cuenta que a mí no me debéis nada.
—¿Y las cuatro mil?...—quiso Antonio averiguar.
—Nada, nada—interrumpió el sacerdote, resuelto y apresurado.
Pero aún se volvió hacia sus feligresas, y encarándose con Ramona, le dijo con especial tono:
—Florinda no tiene madre, ¡acuérdate!...
* * * * *
Para volver a su hogar aquella misma noche sólo puso la fugitiva por condición, en forma de sumiso ruego, que la esperase Olalla un poco tarde, cuando los demás se hubiesen acostado.
Y desde casa del cura, donde posó al final de su anhelante carrera, fué acompañada por Ascensión y su madre hasta la puerta del _estradín_.
De la timidez y sobresalto con que pisó de nuevo la cocina oscura, solamente Olalla pudo sorprender la emoción. Pero, con los ojos turbios de sueño, la joven no vió más que una sombra de su prima avanzando pasito en la punta de los pies.
Entonces un lamento de fracaso quebró apenas la silenciosa quietud.
—Dios no quiere hacer el prodigio; ¡no quiere!—sollozó Florinda con tan penetrante desconsuelo, que Olalla sintió necesidad de abrir los brazos.
—¡No llores!—respondió generosa.
Y su pecho macizo, impasible a menudo, derritióse en blanduras maternales al echar sobre sí el gran dolor de otra mujer.
Manaba tan vivo aquel pesar desde la herida tierna de un corazón, que Olalla la sentía correr como un torrente donde se desbordasen todas las amarguras del mundo. El deseo imperioso de consolar subió de las entrañas de la moza, y derramó sus sentimientos más dulces y protectores en estas elocuentes palabras:
—¿Quieres un poco de tortilla, un poco de vino que sobró a Antonio?
Como no pudiese _Mariflor_ responder, siguió diciendo:
—Lo había guardado para Marinela; pero te lo doy a ti.
—No, no; gracias—dijo al cabo la favorecida.
Porfió la maragata rubia con grande solicitud; pero _Mariflor_ la hizo creer que había cenado ya. Juntas se hundieron en las oscuridades del pasillo; y Olalla puso el candil en el suelo entre las puertas de dos habitaciones contiguas.
—Yo no me desnudo, porque tengo que levantarme al amanecer—dijo, acompañando a su prima hasta la cama de la abuela.
Enterada de que Antonio partía muy temprano, advirtió Florinda, estremeciéndose:
—No me llamarás a esa hora...
—No, mujer; nos levantaremos dambas, mi madre y yo.
Hablaban callandito, y un momento contemplaron mudas a la anciana, dormida con la boca abierta.
Estirándose en la semioscuridad con macabra rigidez, la figura yacente parecía de tal modo un cadáver, que _Mariflor_ llegóse a tocarla presurosa.
—¡Está fría!—dijo trémula.
Pero Olalla, imperturbable, repuso:
—Los viejos siempre están congelados: y diz que es dañino acuchar con ellos los rapaces, porque les sacan la calor. Por eso la abuela duerme sola.
Un silbido leve, fatigoso, daba noticia de la respiración de la anciana, y, fuera, otros audaces silbos anunciaron los rigores del temporal.
La lluvia estalló sonora sobre el «cuelmo» sedoso de la techumbre, y toda la casa quedó mecida por el llanto y los suspiros de la noche.
—¡Dios mío, qué tristeza!—murmuró Florinda desnudándose.
Había colocado un almohadón a los pies del lecho y desdoblando la ropa con sigilo, deslizóse en él sin tocar a la anciana. El irresistible escrúpulo que antes galvanizó a la infeliz, asqueada y vergonzosa, volvió a poseerla en la orilla de los colchones, empujándola a riesgo de caer. Resistióse casi adusta cuando Olalla la quiso arropar, y hurtó el cuello y los brazos desnudos al roce de la sábana.
—¡Si tienes tanto frío como la abuela!—protestó la prima.
—¡No importa, no importa!—balbució _Mariflor_, sin saber qué decir, escalofriada a pesar de la densa espesura del ambiente. Luego añadió amable:
—Y tú, ¿vas a quedarte en vela? ¿No tienes frío y sueño?
—¿Frío en el mes de julio?... ¡Válgame Dios!... Cansada sí que estoy; agora apago la luz y voy, aspacín, a echarme junto a Marinela.
—¿Está mejor?
—No sé; dímosle agua y se durmió; pero arde y tiene temblores.
—Hay que llamar al médico.
—Madre no se atreve, por la paga.
—Pues hay que llamarle—insistió Florinda suspirando.
Revolvióse un poco la abuela, tembló la moza al borde del colchón, y Olalla dijo:
—Duerme; ya es tarde.
Salió en puntillas, de un soplo mató la luz, y ya entraba en su alcoba cuando la detuvo un leve reclamo de _Mariflor_.
—¡Oye!... Ese ruido, aquí cerca, que no es del viento ni de la lluvia, ¿de dónde viene?
Olalla escuchó un instante, y ahogó su risa al replicar:
—Es «él»... es Antonio que ronca; ¿tienes miedo?
XVII
DOLOR DE AMOR
SOBRE el llanto profundo de aquellas horas tristes, ¡cuántas angustias rodaron en el alma de _Mariflor_!
El novio no escribía; mudo en la ausencia, oscurecido como fuyente sombra, perdía su señuelo, de quijote en la llanura de los «pueblos olvidados».
Todos los días procuraba la joven sorprender al tío Fabián Alonso cuando, caballero en el rucio, repartía al través de Valdecruces la escasa correspondencia. A la hora del correo, deslizábase _Mariflor_ al huertecillo en prudente vigilancia. Aprendió a mover un destral, y, con las sabias advertencias de la prima, fué puliendo los caballones y limpiando los caminos, precisamente a las seis de la tarde, cuando el tío Alonso pudiese aparecer sobre la linde antes de dar la vuelta por la rúa donde la casona abría su entrada principal. Al divisarle, una terrible emoción perturbaba a la novia, y cuantas inquietudes ocultan sus resortes en las raíces del deseo, giraban locamente alrededor de la valija mensajera.
En aquellos instantes de suprema ansiedad, no había palpitación alguna en la tierra ni en los cielos que para la joven no alcanzara signos milagrosos de un augurio; el manso zurear de las palomas, el vuelo suave de una mariposilla, el murmullo del regato, las señales apacibles del horizonte, eran nuncios de sonriente promesa. Y, en cambio, producía en la enamorada cruel zozobra que las aves volasen mudas, que durmiese el arroyo o que una vedijuela de nube rodara en la limpidez del cielo azul; así los afanes pendientes del papel amoroso que había de llegar, padecían indecibles martirios agravados por mil puerilidades de la impaciencia.
Ráfagas bruscas del mismo fuerte sentimiento sacudían a _Mariflor_, supersticiosa o creyente en contradictorio impulso. Tan pronto se estremecían sus labios con el temblor de una plegaria, confiando a Dios todas las inquietudes del corazón amante, como bebían sus ojos en la fuente de imaginarias significaciones, y la nunca dormida fantasía fraguaba sus quimeras sobre una flor, una zarza, un nublado, convertidos en talismán. Y cada nuevo desengaño, al doler y pungir como traiciones, prendía en la esperanza un nuevo estímulo, acendrando el amor con el dolor.
Nada preguntaba la niña a don Miguel, y tampoco el sacerdote necesitó preguntar a la niña. Al encontrarse, ambos se miraban a los ojos con la costumbre de medirse los claros pensamientos; ella leía reproches y enemistad para el amado ausente, y aquél encontraba perdones y disculpas en respuesta a su tácita acusación.
Transcurrieron en estas ansiedades muchos más días de los que _Mariflor_ creyera posible resistir. Anduvo como una sonámbula viviendo en apariencia, desprendida con furioso egoísmo de cuanto no fuese anhelar noticias de su novio. El pan y el sueño le sabían a lágrimas, a ofensa el aire y el sol, y a intolerable esclavitud los lazos que la unían al hogar. Huyó de Marinela, que la llamaba siempre desde el lecho con una pregunta ardiente entre los labios, y procuró evadirse a toda intimidad, trabajando sola, en el huerto y la «cortina», convirtiéndose en hortelana, con indiferencia absurda, sin que la doliese el esfuerzo ni la dañase el calor. Apenas supo de Olalla y de su madre, que, laborando en la mies, aparecíanse en la cocina por la noche, mudas y hambrientas, estoicas, impasibles... La abuela, incapaz como nunca, gemía por los rincones con el corazón cansado de sufrir, y los niños tornaban de la escuela descalzos y maltrechos, sin que Florinda lo advirtiese.
Generosa con el ingrato, no pudiendo admitir la idea de su olvido, hasta llegó la joven a creer que hubiese muerto. Imaginó accidentes, percances y dolencias; se atormentó con las más trágicas suposiciones y sintió como un vértigo irresistible la atracción de la muerte; tornábase enfermizo el carmín de sus mejillas, vacilaba su paso y brillaban sus ojos con la tibia claridad de soles adormecidos.
Una de aquellas tardes en que acechaba desde el huerto la llegada del tío Fabián, al oir un chasquido de herraduras en las piedras, tuvo que arrodillarse para no caer. Quedó inmóvil de hinojos, transida de emoción, y el viejo, que solía mirarla con regalo y curiosidad, asomándose a la sebe lo mismo que otros días, hizo un guiño a manera de saludo, y murmuró, piadoso:
—Hasta que no ahuyentes a la bruja no recibes esquela.
Levantóse la niña zozobrante a perseguir el eco de aquel aviso y le pareció columbrar a la tía Gertrudis inclinada sobre el bastón, doblando la rúa a pasito menudo y cauteloso.
Sed de amor y hambre de felicidad dieron ímpetus a Florinda para correr en pos de la vieja. Pero la calle donde creyó que había desaparecido, solitaria y misteriosa, no le mostró rastro ninguno.
Siguió la joven caminando al azar, enardecida por el deseo de pedir a los ojos nublados de aquella mujer y a su entorpecida voz razones del maleficio que desde el abuelo Juan alcanzaba a la nieta inocente.
Aún ardía la tarde, espléndida y dulce. Julio, al morir, agitaba el abanico dorado de los centenos con una brisa generosa que fingía murmullos de oleaje.
No había llovido desde aquella noche triste en que _Mariflor_ Salvadores lloró acerbamente con las horas, y la tierra, colorada y sequiza, muerta de sed, emanaba agrestes perfumes en todo el paroxismo de su excitada vegetación.
Aromas y rumores brindaron su refrigerante caricia a la desolada moza, apenas traspuso los linderos del lugar.
Sabiendo que la tía Gertrudis habitaba en el barrio vecino de la mies, íbase _Mariflor_ con ciego impulso por las rutas del campo, decidida y absorta como si caminase derecha hacia lo infinito.
De pronto, allí, a la orilla de un propicio sendero, encontró a _Rosicler_.
—¿Onde vas?—clama el pastor, atónito, delante de la moza.
Ella se aturde, olvidando a qué esperanza la lleva aquel camino, y en una repentina evocación de su desventura, dice con acento oscuro:
—A buscar a la tía Gertrudis.
—¿La renovera?
—No sabemos si lo será—responde Florinda un poco avergonzada de sospechar lo mismo que el pastor.
—Diz que lo es; y que a tu gente le hace mal de ojo por rencillas que tuvo con tu abuelo.
Mientras coloquia el zagal, le seducen extrañamente la cabellera sombría y la entenebrecida mirada de la joven.
—¿Gastas poca salud?—pregunta conmovido.
—Gasto mucha—balbució la enamorada maquinalmente.
—Píntame que has adelgazao—murmura él, pesaroso—. Y añade, viendo que la muchacha se quiere despedir:
—¿Sabes a casa de la bruja?
—No.
—¿Entonces?...
Desconcertada _Mariflor_ intenta continuar su camino, pero el rapaz la detiene:
—Yo te enseñaré—dice—. No necesitas dar vuelta a las aradas: según vamos al pueblo, un poquitín a la derechera, hay una rúa angosta, y alantre alantre, onde ves una cabaña con hartos boquetes y mucho cembo en la techumbre, acullá...
Pero Florinda está llorando.
No comprende ella por qué su sensibilidad, atrofiada y como inerte bajo la dureza del dolor, se derrite al contacto de la solicitud de _Rosicler_. Saborea hieles de lágrimas hace ya muchos días, sin conseguir el alivio del llanto. Y apenas el zagal pone ingenuamente sus devociones al servicio de la secreta pesadumbre, estalla la lluvia del corazón en los ardientes ojos de la novia; un sentimiento fraternal suaviza la inclemencia del oculto padecer y afloja las bárbaras ligaduras del silencio y el disimulo en el pobre pecho atormentado.
Aquella racha de aromas y rumores que antes penetró el alma de la moza como apacible compañía, fué, sin duda, el anuncio de esta brisa sentimental que en el abandonado espíritu levantan las solícitas frases del pastor.
Sintiendo el apoyo de una fuerza consistente y viva, reacciona _Mariflor_ y responde a su amigo:
—Ya no voy adonde dices: me vuelvo a casa.
—Y, ¿por qué lloras?
—Porque sí.
Esta irrebatible lógica desconcierta un poco al zagal, que luego se rehace y afirma:
—Ya lo sé: porque se marchó el forastero sin que os echáramos el rastro... No quiso el señor cura.
La moza no contesta, distraída en el consuelo de llorar, y, siguiéndola por los estrechos viales de la mies, el pastor se preocupa meditando en los motivos del lloro. Porque él oye decir que la niña está solicitada para Antonio Salvadores, y no es probable que con un pretendiente de tanta robustidad, hacienda y poderío, ella suspire por un extranjero «ceganitas y esgamiao».
—¡No puede ser!—corrobora en voz alta.
Y, súbito, un razonamiento luminoso le da la clave del enigma:
—Lloras—dice muy cierto—por las malas nuevas que tuvo de allende el señor cura.
—¿Las tuvo?
—Mi hermano escribió. En la esquela pone que el tío Isidoro adolece del arca y está «en los últimos»; que su padre quiere llevarse a Pedro, y que...
—Pero, ¿a quién se lo escribe?
—Eso a nosotros, con el sobre a don Miguel, y otra carta semejante recibió el mismo día, lo cual que dijo: Esta es de Martín. Las tenía en somo de la mesa cuando llegué a buscar la de mi hermano.
Sobresaltada y anhelosa, despierta _Mariflor_ desde el infausto sueño de sus amores a las imponentes realidades de la vida. Sus lágrimas se borran al calor de los remordimientos y el rudo latigazo de la conciencia imprime velocidad al paso y al raciocinio de la joven.
—¡Mi padre!—murmura enajenada.
Y aquel nombre, dulce y solemne, le suena extraño y nuevo, muy remoto.
Asustado el zagal, teme haber sido inoportuno, y divaga en murmuraciones confusas:
—Yo conté que lo sabías... Quizabes no sea cierto... Podemos ir yo y tigo a preguntar...
—Gracias, _Rosicler_: será mejor que vaya sola.
Es tan visible y lastimoso el esfuerzo con que la niña se dispone a correr en busca de sus nuevas desgracias, que el pastorcillo siéntese inclinado a compartirle. Pero no sabe cómo sostener la media cruz de aquel dolor, y para demostrar siquiera que él también sufre, afligido murmura:
—Yo marcharé con Pedro, sabe Dios hasta cuándo.
—¡Pobre zagal!—lamenta Florinda, volviendo con dulzura la mirada a los cándidos ojos que la siguen.
A _Rosicler_ se le enciende el semblante, lanza un fuerte suspiro al aire claro y esconde en el corazón unos cuantos secretos.
¡Tal suspiran las mieses, cargadas de misteriosas inquietudes!
* * * * *
Don Miguel estaba en Astorga y fué preciso aguardarle, ya que llegaría de un momento a otro.
—Anda muy ocupado con el casamiento—dijo Ascensión a su amiga, recibiéndola cariñosamente.
La idea de que el cura estuviese negociando un préstamo para la dote, colmó la pesadumbre de la muchacha. Era la primera vez que se ponía en contacto con la gente del pueblo desde la llegada del primo y la partida del novio, y una dolorosa cortedad hacía difíciles sus palabras y sus averiguaciones.
—¿Sabes tú lo que ha escrito mi padre?—atrevióse a decir.
—No sabemos nada.
Esta prontitud de la respuesta hizo a Florinda comprender que Ascensión tenía orden de no decirle lo que supiese acerca de aquel punto. Pero sin duda no le estaba prohibido exacerbar los pesares de la amiga con crueles alusiones; y, más curiosa que malévola, por saber muchas cosas que ignoraba, fué diciendo con femenil astucia:
—¿Tienes buenas noticias de la Corte?
Inmutada, la triste novia movió negativamente la cabeza.
—¿Y de Valladolid?
—Tampoco.
—Facunda Paz ha dicho que te casas para las Navidades.
—No es cierto—pudo protestar Florinda con delgada voz.
—¡Ah! yo creí... ¡Como el primo os lo pone todo tan llano!... La verdad es—continúa la muchacha al cabo de un inútil silencio—que habéis tenido mala suerte: la tía Dolores pierde los caudales cuando ya no puede trabajar; Marinela adolece, para morir cuando caiga la hoja, y los chicos están abandonados, mientras Olalla y su madre andan de obreras, si a mano viene.
—¿De obreras... para los demás?—gime tembloroso, a punto de romperse, el hilo de la remisa voz.
—Sí; mañana van para nosotras.
—Y, ¿a qué trabajo?
—A la siega.
—Pero, ¿no vienen hombres de Galicia?
—Algunos vienen a segar otros centenales de más labor; aquí lo suelen hacer las segadoras: «éstas» se ofrecieron, y ¡como son buenas servicialas!...
Le parece a la novia del poeta que fluctúa un ligero desdén en las palabras de Ascensión, como si ya fuese irremediable el hundimiento de la familia Salvadores y esta ruina arrastrase consigo todas las deferencias que gozó en Valdecruces la niña ciudadana. La jerarquía del corazón y la superioridad de la inteligencia, pugnan por levantarse rebeldes sobre el desvalimiento fortúito, mas un pálido sonrojo tiñe la frente de la orgullosa, y sus labios permanecen inmóviles: se siente abandonada, pobre como jamás lo estuvo, lejos como nunca de todas las cumbres que un día creyera poseer. El hondo fragor de sus arrogancias enmudece esclavo de la fatalidad, cunde silencioso y baldío, derramando los deseos en las tinieblas.
Y Ascensión, creciéndose con infantil empaque, según advierte el profundo descorazonamiento de la niña, adopta un tonillo desusado para enumerar «las donas» que recibe del novio, presume y alardea entre manteos, jubones y delantales, esparcidos con hartura por la estancia.