La Esfinge Maragata: Novela

Part 16

Chapter 163,886 wordsPublic domain

—¿Pérfido?—se preguntaba el apóstol con infinita pesadumbre—. No; un iluso, un equivocado—respondióse, poniendo el dedo en la llaga—. Los poetas suelen ser como los niños: volubles y crueles... Juegan con las emociones sin miedo a destrozar un corazón, sea el propio, sea el ajeno, por pura curiosidad, y, a veces, con el mejor propósito del mundo... Acaso los poetas, entre todos los hombres, merecen más, por su condición infantil, las compasivas palabras: «¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!»...

Bajo la sugestión de esta noble figura sacerdotal, majestuosa y triste sobre el adusto llano, caminaba Rogelio, distraído en meditaciones de todo punto ajenas a su amor.

—¿Y el secreto de este hombre—se decía—, ese remoto y «blanco» secreto que yo adivino y que se me escapa tal vez para siempre?... Y este pueblo extraño, insondable, ¿de dónde procede al fin? ¿Es de origen oriental? ¿bereber? ¿libio ibérico? _¿nórdico?_... Sufre los oscuros ensueños de los celtas; tiene la bravura torva de los moriscos y la fría seriedad de los bretones... Quizá le fundaron los primeros mudéjares; quizá...

El cobijo blanco del pastor dió una cándida nota al paisaje, y el mental discurso quedó roto en la linde de la carretera, donde el viajero dió el último vistazo a Valdecruces.

Todavía la silueta del sacerdote, negra y perenne, ponía un punto en la llanura gris. El caserío se columbraba apenas, confundiendo su pálido color con los difusos tonos de caminos y celajes.

Poco después, a los ojos perseguidores del artista, el punto negro y la línea pálida fueron aplastándose contra la tierra hasta quedar borrados, confundidos, hechos cenizas del erial y rastrojo miserable del «aramio».

Un bando de palomas voló apacible encima del poeta. El cual tuvo un instante de súbita emoción. Una corazonada le inclinó ferviente en su cabalgadura, con el _jipi_ en la mano y en los labios un beso, que en mensaje confió a las avecillas; algo se rompía dulce y noble en aquel pecho varonil picado de morbosas inquietudes; algo que circulaba por las venas del mozo como un derrame de ternura y de lástima.

La sensación fué tan vehemente, que tomó al punto proporciones de remordimiento. Por primera vez aquel día tumultuoso para la conciencia de Terán, preguntóse, con repugnancia de su misma pregunta, si le sería posible haber pensado en abandonar a Florinda.

—¿Pensarlo?... ¿«Consertir» en pensarlo?—musitó sonriente—¡Jamás! Volveré a buscarla rendido y fiel.

Y por debajo de este gentil propósito, el débil sentimiento urdía una irremediable traición.

* * * * *

Durante la silenciosa comida de aquella mañana, tuvo _Mariflor_ singular empeño en ir y venir al dormitorio de Marinela para llevarle pan tostado y leche, agua con azúcar, palabras y caricias llenas de solicitud.

A cada instante la enamorada triste fingía escuchar su nombre para levantarse y preguntar:

—¿Me llamabas?... ¿Qué quieres?

Con esta maniobra, a la cual se prestaba la preocupación de los demás, pudo dejar entera en el plato su ración y al fin sentarse junto al lecho de su prima que, a medio vestir, con el busto levantado sobre las almohadas y el semblante doloroso, se consumía en extraña enfermedad.

Hasta el oscuro rincón de la paciente habían volado poco antes rumores de extraordinaria magnitud; la llegada del primo Antonio y la partida del forastero—como en Valdecruces llamaban al poeta—resonaron profundamente en la alcoba.

Allí encontraba _Mariflor_ hondos y vibrantes los ecos de su angustia, como si un secreto instinto la dijese que su pesar hallaba en aquel aposento otro corazón donde repercutir, resignado y humilde.

Denso vaho de fiebre trascendía de la cama, y la oscuridad, aposentándose en los rincones, sólo permitía un tenue dibujo a los perfiles de las cosas. _Mariflor_ buscó las manos de la enferma, que trasudaba con el aliento hediondo y el pecho agitado.

—¿Estás peor?—le dijo.

—Mucho peor.

—¿De veras?

—¿No lo ves?

La interrogación desconsoladora le sonó a Florinda como un reproche.

—No; no lo veo—repuso, inclinándose ansiosa sobre aquel gemido; sólo descubrió la amarilla figura de una cara y la inquietante sombra de unos ojos. Transida de piedad, exploró el recuerdo de los últimos días, desde que Marinela llegó a casa, llorosa y medio delirante, contando la muerte del tío Cristóbal. Como entonces entrecortaba su relación balbuciendo convulsa:—No puedo, no puedo—así, a las instancias que le hacían para comer y dormir, respondió muchas veces con igual pesaroso deliquio:

—No puedo; no puedo...

La costumbre de verla padecer y dejarla soñar, abandonó a la zagala enfebrecida y sola en el escondite de su cuarto.

Desfilaron las mujeres por allí, cada una con la prisa de sus faenas y el agobio de sus preocupaciones, y la dijeron:

—¿Quieres algo?

—Agua—contestó siempre.

Olalla, por la noche, al acostarse con la enferma, padecía un instante de inquietud.

—Tiés tafo nel respiro—observaba—y estás calenturosa.

Pero la rendía el sueño, y a la mañana, el trabajo, envolviéndola en su rudo vasallaje, la empujaba fuera del hogar para suplir a la _Chosca_ en el acarreo de la leña y en el cuidado de la cuadra.

La tía Dolores descendía a la decrepitud vertiginosamente, como si alguien la empujase desde la cumbre de la voluntad y del esfuerzo.

Y Ramona bregaba enfurecida en la mies, sachando entre las pujantes umbelas, solicitada allí por la blandura que el riego puso en el sembrado. Si posaba un minuto en la alcoba de su hija, era para fruncir más el ceño y vaticinar cosas terribles a propósito del maleficio de la tía Gertrudis.

No era milagro que desde el hoyo de su cama la enferma recibiese a _Mariflor_ como un rayo de luz. Durante aquellos tres días de exacerbado padecer, varias veces una voz suplicante dijo en la alcoba:

—¡Ven acá!... ¡Quédate un poco junto a mí!...

Y otra voz, apresurada, inquieta, respondía:

—Ya voy... Más tarde... Luego iré...

Florinda, en la congoja de sus pesadumbres y temores, no había tenido tiempo de acudir al llamado quejumbroso.

Y Marinela aguardaba consumiéndose de recónditos afanes, con la obsesión de que en su prima moraba, en espíritu enamorado, el caballero de los ojos azules.

Cuando los de ambas muchachas se buscaron en el espejo de las pupilas, la oscuridad no dijo más que zozobras, temblores y preguntas.

—¿Qué te duele?—quería _Mariflor_ saber.

—Nada; me atormentan el miedo y el secaño.

—¿Y a qué tienes miedo?

—A morirme... y a otras cosas.

—Pues vas a vivir, a ponerte buena y a profesar clarisa.

—No, no.

—¿Ya no quieres?

—Querer... sí—pronunció la zagala con alguna indecisión—; pero no tengo dote.

—¡Le buscamos!

—¿Tú?

—Entre todas.

—¡Si te casaras con el primo, que es tan pudiente!

—Eso es imposible.

—Entonces... con el otro—indagó la niña arrebatada de impaciencia.

—¡Dios sabe!... O con ninguno. Pero de todas suertes, buscaremos el dote, si eso te hace feliz.

Grande confusión produjo el pensamiento de la felicidad, impreciso y extraño, cual una sombra nueva, bajo la penumbra que las emociones condensaban en aquel espíritu infantil, alma fina y dócil llena de miedo y de sed como la carne febril que la envolvía.

Entre las muchas perplejidades de su imaginación, sólo un deseo definido apreciaba la enferma: el de tener a Florinda al lado suyo y sentir el contacto de aquella juventud delicada y hermosa, en la cual parecían posibles todos los prodigios de las ilusiones. Escuchando la voz de su prima, viendo su cara, sentía Marinela aclararse sus nebulosos ensueños, como si un rayo de sol les diese forma y rumbo: para la inocente ambiciosa, Florinda era la humana realidad de todos los presentimientos inefables; algo así como un trasunto glorioso de cuantas quimeras y rebeliones se fraguaban en aquel corazón de niña, desbocado y herido.

—¡No te vayas!—suplicó ella mimosa.

—¡Si me voy a estar contigo toda la tarde!—prometía _Mariflor_ clemente.

—¿Ya «te despediste?»—insinuó entonces Marinela, vibrante de curiosidad.

—Sí.

—¿Volverá pronto?

—Eso dijo.

—¿Te escribirá mucho?

—Versos y cartas—confesó la novia.

Sentía que sólo el corazón de la zagala era allí adicto a sus amores, y por primera vez hablaba con ella en cómplice secreto.

—¡Romances!—murmuró la niña con la voz repentinamente ilusionada.

Y cerrando los ojos, en un espasmo de sentimental deleite, añadió:

—Dime aquellos de la farandulera, que los aprendimos de memoria.

Comenzó Florinda a repetir los versos con argentino son, como si el cristal de su alma resonase al través del recitado. Y escuchaba la paciente niña empapando su espíritu en las olas del afanoso cantar, con tan fuerte embriaguez, que le pareció sentir en la carne el escalofrío de violentas espumas.

—Basta, basta—gimió—¡me duele!

—¿Cuál?

—El romance... el pensamiento...

—Duerme un poco; no te conviene hablar tanto—aconsejó _Mariflor_, alarmada por la apariencia del delirio.

Pero la niña preguntó de pronto con mucha serenidad:

—Y tú, ¿dónde vas a dormir esta noche?

—¡Ah, no sé!

—¿Con la abuela?

Turbóse la moza: una repugnancia invencible la hizo exclamar:

—¡No!

—Entonces, ¿con quién?... No hay más camas.

—Aunque sea en el escaño de la _Chosca_.

—¡Mujer! ¡Si aquel rincón hiede! Da tastín a una cosa picante, así como cuando el queso rancea.

Alcanzada por un asco irresistible, _Mariflor_ se puso de pie con instinto de fuga. ¿Dónde iba a dormir aquella noche?

—Al raso: en el huerto, en el corral—pensó heroica y rebelde.

Y Marinela, sin enterarse del tremendo sobresalto, murmuraba conmovida:

—¡Oye!

—¿Qué?

—¿Ya «se marchó»?

La alusión, tácita y dulce, vibró con estremecimiento de saeta.

—Sí; ya irá por el camino—dijo Florinda amargamente.

Sus palabras rodaron con un eco profundo, como si dilatasen los horizontes del viajero en infinita peregrinación.

—¡Quién fuese paloma!—exclamó la enferma con ardiente arrebato.

Una imagen de alas libres, de lontananzas azules, de espacios alegres, de amor y de luz, robó a la novia el pensamiento, en sacudida brusca de la imaginación. Sentía de pronto la pesadez implacable de la atmósfera, con tales náuseas y repulsiones, que un indómito impulso de todo su ser le obligó a decir:

—Me voy... vuelvo en seguida.

Y salió escapada del dormitorio, sin tino y sin aliento.

Buscando aire y claridad, llegó al _estradín_ y se quedó suspensa delante de las tres mujeres de la casa, que parecían esperar una visita, sentadas muy ceremoniosamente alrededor del aposento, sin acordarse, al parecer, de sus cotidianos trajines.

La abuela había resucitado un poco, listos los ojuelos y solícita la postura, mientras Ramona doblaba el cuerpo en la silla, vencido por la costumbre de escarbar los azarbes y los surcos, y lucía Olalla su pañolito de Toledo, frisado y reluciente, margen de un rostro impasible.

No sabía _Mariflor_ cómo esquivarse a la censura de aquel extraño grupo, silencioso como un tribunal, y azorada murmuró:

—Marinela necesita que la visite el médico.

—Aún se le debe el centeno de la iguala—dijo Ramona, acentuando la sombría dureza de su rostro.

—No importa; hay que llamarle—se atrevió a replicar Florinda.

Y Olalla, encendida por el carmín del remordimiento, se puso de pie, balbuciendo:

—¿Recayó?

—Tiene calentura.

—Habrá que darle agua serenada.

—Y un fervido esta noche—añadió la madre.

—Voy a verla—decidió Olalla saliendo del _estradín_, con su paso corto y solemne, para volver el punto más de prisa, exclamando:—¡No está en la cama!

—¿Cómo que no?

—Ven, ven; no está.

Las dos mozas corrieron juntas, y detrás gritaron las dos madres.

—¡Sortilegio, sortilegio!—rugía Ramona, en tanto que la abuela, sin comprender el motivo de tales alarmas, iba lamentándose:

—¡Ay... ay!...

Todas palparon en la oscuridad el vacío lecho, y Ramona se hundió en él de bruces, relatando conjuros y exorcismos con demente superstición. A su lado, la tía Dolores seguía gimiendo:

—¡Ay... ay!...

Las muchachas buscaban a Marinela por diferentes escondites: no podía haber corrido mucho en poco tiempo, débil y medio desnuda.

Todavía, en el asombro de la nueva inquietud, le sonaba a Florinda con encanto la suspirada frase: ¡quién fuese paloma!, y los pasos de la joven siguieron maquinalmente el invisible hilo de aquella fascinación. Desde la penumbra de la escalera ganó la novia, con gesto iluminado, la cumbre alegre del palomar, y entre el rebullir de los pichones y el plumaje esponjoso de los nidos, halló a la pobre Marinela, tiritando y encogida, de hinojos en el suelo.

—¿Qué haces, criatura?—gritó, corriendo a levantarla.

Pero ella puso un dedo en los labios con sigiloso ademán.

—¡Chist!... ¿No oyes muchas alas que baten?... ¡Escucha!...

—Sí; es que llega el bando—respondió Florinda, asomándose a recibir a las viajeras, enajenada también por indecibles anhelos.

—¿De dónde viene?

—Pues de la llanura, del camino...

Alado azoramiento de temblores y arrullos invadió el palomar.

Quizá tocó a las aves un leve espanto en las alas cuando el viento revolcó los húmedos sollozos en la estepa, aquella tarde triste; quizá en los picos y en las plumas traían las palomas un mensaje embustero y perjuro. Si el tempestuoso retornar de las mensajeras encerraba un fatal designio, Florinda le recibió encima de los labios, sorbiéndole hasta el corazón en el aire frío de las alas revoladoras, mirando al nublado cielo con los ojos llenos de lágrimas, y Marinela le esperó de rodillas, aterrada la frente, sumisa la cerviz, como una humilde criatura sentenciada al último suplicio.

XVI

LA TRAGEDIA

SOFOCADO y mohíno salió Antonio Salvadores de la segunda conferencia con don Miguel, luego de afirmar que sólo casándose con Florinda remediaría los apuros de su gente.

Había soltado la contradictoria declaración de sus intenciones con la prisa de quien se descarga de un grave peso. Aceleradamente, lleno de timidez y de bochorno, se adelantó a decir:

—Me casaré con «ella» y arreglaremos esas trampas sin demasiados perjuicios...

No esperaba el cura tan a quemarropa la presentida capitulación. Sonrió, avisado, y quiso paliar con diplomacia su respuesta para no herir de frente el masculino orgullo, muy empinado y hosco en Maragatería.

—¡Hombre!—dijo—vamos por partes: la moza oyó que tú la rechazabas; ¿cómo vas a exigir ahora que te quiera?... estará quejosa, ofendida...

—¿Ella?—dudó Antonio, como extrañando que una mujer pudiese tomar la seria determinación de ofenderse. Luego, en aquella duda presuntuosa, abrió su camino oscuro otra sospecha. ¿Y si _Mariflor_ no fuese una mujer como las demás?... Porque parecía distinta...

—Usted le dirá que me equivoqué—propuso el mozo—; que no supe expresarme; que usted me entendió mal y yo no me atreví a desmentirle; cualquiera disculpa que a mí no se me ocurre.

Tanta cortesía y previsión eran indicios de firme voluntad conquistadora. Y don Miguel, perplejo, confiando a la Providencia el desenlace de aquel conflicto, se limitó a insistir, como medida de precaución contra un brusco desengaño, en que Florinda era muy sensible, delicada de pensamientos, dueña y señora de su voluntad por expreso designio de su padre.

—Pues usted se entenderá con ella: le dice...

—No; eso tú.

—¿Yo?

—Naturalmente.

—Usted no me conoce; yo no sirvo para hablar de estas cosas con rapazas; además, aquí no se usa.

—Pero tu prima es mujer de ciudad, inteligente y razonable, y tú ya eres un hombre educado a la moderna.

—Yo soy el mismo de antaño, don Miguel; y me pongo zarabeto y torpe en tratándose de finuras: quiero casarme con _Mariflor_; ayúdeme usted y me daré a buenas en lo de la abuelica.

Clavado con tenacidad en su deseo, encendido el rostro y la actitud inquieta, el pretendiente no dió un paso más por el camino adonde se le quería conducir.

Y ya mediaba la tarde cuando el cura llevó a su convidado a casa de la tía Dolores, prometiendo explorar el ánimo de _Mariflor_ y evitarle al mozo en lo posible, las negociaciones directas con la prima.

Entraron, pues, los visitantes por la puertona principal, se asomaron al _estradín_ desde el pasillo, y, no hallando quien los recibiera, deslizáronse hasta la cocina. Quizá sus mismos pasos, recios sobre las baldosas, y un repique sonoro del bastón de don Miguel, les impidiese oir hacia la alcoba de Marinela voces apagadas y sollozos furtivos.

La moza, sorprendida en el palomar, acababa de aparecer, dócil como un corderuelo, de la mano de _Mariflor_, y era recibida con espanto como un ánima del otro mundo. Revolvíase la madre en el dormitorio, asegurando «que la renovera le había traspuesto de suso a la rapaza con intención luciferal». A estos aberrados plañidos hacían coro, augurales, las otras dos mujeres; y en vano Florinda procuraba explicar que, sin duda, la enferma, necesitando aire en los ardores de la calentura, había escalado inconsciente el abierto refugio de las palomas.

Sin negar ni asentir, acaso contagiada por la superstición de los hechizos, Marinela gemía, hundiéndose en la cama otra vez y dejando que su madre la cubriese con un rojo alhamar.

—Es preciso que sudes—ordenaba Ramona—para que desarrimes la friura del pecho.

Y el terrible cobertor fué rodeado con saña al cuerpecillo febril.

—¡Tengo sede!—lamentaba la niña sollozando.

—¡Ni una gota de agua, ni una sola!—sentenció la madre severa.

Y la voz de don Miguel resonó entonces impaciente:

—¡Ah, de casa!... ¿Dónde estáis?

Pero ya estaban en la cocina, aceleradas y serviciales, las de Salvadores, dejando sola con la enferma a _Mariflor_, aplastada bajo el aire estantío del dormitorio. No permaneció allí mucho tiempo. La llamaron al compás de unas voces solapadas, y acudió medrosa, con la incertidumbre en el corazón.

Iban cayendo en la cocina las precoces tinieblas de aquella tarde gris, y Antonio había buscado el rincón más oscuro para aposentar su lozana persona; junto a él quedaron medio escondidas las tres mujeres; de modo que al entrar la joven, sólo vió al cura, de pie bajo la escasa claridad del ahumado ventanuco.

A una indicación del sacerdote le siguió Florinda, pasmada, hacia el _estradín_, y, traspuesto apenas el umbral, los dos hablaron quedamente un instante, mientras en el fondo de la cocina se delataban algunos acentos confabulados y cautelosos.

Por el sombrío rastro de tales rumores fuese _Mariflor_ derecha hasta su primo, le puso como por la mañana las suaves manos en los hombros, y le dijo enérgica y triste:

—Yo no te pedía nada para mí, y aunque me dieras todo el oro del mundo, no te puedo querer ni ahora ni nunca.

Tronaron sordamente unas frases violentas, en voz opaca de mujer, y un brusco regate hurtó bajo los dedos de la niña el coleto de Antonio. Libre ella de su grave secreto, volvió a guarecerse junto al sacerdote que, habiéndola seguido desde el _estradín_, recibía otra vez el fugitivo resplandor de los cristales, en el centro de la cocina.

—¿Entonces?...—interrogó Olalla con increíble desparpajo.

—Antonio dirá—pronunció cohibido el cura.

Y cuando parecía imposible que el mozo respondiera, atarugado por timideces y rencores, subrayó con bastantes ánimos:

—Digo «que nada»; ya lo sabe usted.

Hipos y quejas estallaron encima de tan ruda afirmación, y allí, en la cómplice oscuridad, fué pronunciado con odio y amenazas el nombre «del forastero». Cuanto maldecía Ramona, áspera y cruel, repetíalo maquinalmente la tía Dolores, mientras Olalla, más prudente y justa, se atenía a ponderar el común infortunio con ayes quejumbrosos:

—¡Ay los mis hermanos!... ¡Ay mi abuelica!...

Desde lejos, Marinela, ardiendo en fiebres del cuerpo y del alma, estremecida por aquellos extraños gritos, se atrevía también a plañir:

—¡Tengo sede!

—¡Qué escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!—clamó atónito don Miguel—. ¡Silencio!—ordenó al punto con una voz estentórea, y el cuento de su bastón repicó furiosamente en el solado.

Establecida en apariencia la tranquilidad, dejóse oir el resoplido de una respiración muy agitada, un trajín de carne ansiosa, como si jadeando en las tinieblas Antonio se hubiese puesto de pie.

De pie estaba; había entendido que aquel señor «de pluma», displicente y finuco, invitado por don Miguel, con mucho golpe de espejuelos y de romances y poca guita en el bolsillo, le birlaba la novia. ¡Y vive Dios que no sería así, tan fácilmente!

Por los fueros de Maragatería, por la honra de su casta, lo juró Antonio Salvadores.

Con el estallido de un beso sobre la carnosa cruz del índice y el pulgar, dió el maragato fe de su altivo juramento, y, arrogante, audaz como nunca, preguntó:

—¿Cuánto hace falta para que no lloréis?

El estupor que estas palabras produjeron, enmudeció al auditorio, hasta que Florinda, incrédula, quizá un poco mortificadora, dijo sordamente:

—Para que no lloren, hace falta mucho dinero.

—¿Cuánto?

Desde el fondo de la oscuridad, la insistencia de aquella pregunta parecía algo fantástica. Y la joven, vacilando, como si en sueños hablase con un duende o respondiera a un conjuro, enumeró:

—A don Miguel hay que darle cuatro mil pesetas en seguida.

—¿Qué más?

—Tres mil se le debían al tío Cristóbal...

—Al médico le debemos la iguala.

—Y al boticario treinta riales—apuntaron desde la sombra.

—¿Qué más?—aguijaba Antonio con tales bríos, que _Mariflor_, corriendo un loco albur, añadió retadora:

—Mil duros para reponer los ganados y las fincas... Otros mil para que Marinela profese en Santa Clara...

Crujió un escaño bajo el desplome del cuerpo, cuya voz pronunciaba desoladamente:

—¡Pues lo doy!

—¿Todo?—acució Ramona delirante de codicia.

—Todo... si me caso con «ella»; sois testigos.

—Eso es imposible... ¡imposible!...

La indómita repulsa quedó ahogada entre insurgentes voces.

—¡Podré recibir a Isidoro!—balbució la abuela con extraordinaria lucidez.

Y Ramona, en súbito arranque de ternura, dulcificó sus labios al proferir:

—¡Mis fiyuelos!...

Pero el maragato oyó rodar la palabra «imposible» hacia donde la luz resplandecía, y hazañoso al abrigo de las tinieblas, advirtió con rotundo acento que apagó el de las mujeres:

—Yo no mendigo novia: pongo condiciones a la protección que se me pide; si no convienen, ¡salud!, y que no se me diga una palabra más del tributo de esta casa.

—¡Dios mío. Dios mío!—plañía _Mariflor_ con espanto en aquella negrura, cada vez más espesa, donde las enemigas voces del Destino ponían cerco a una felicidad inocente.

De pronto, aquel muro de sombras que disparaba frases como dardos al corazón de la joven, se removió siniestro, y pedazos vivos de la implacable fortaleza avanzaron hacia Florinda en forma de tres mujeres suplicantes y desesperadas.

Quiso entonces la infeliz asirse al noble apoyo de don Miguel; pero los hábitos sacerdotales recogían la creciente oscuridad con tan severa traza, que también tuvo miedo de esta inmóvil persona muda y negra.

Y en semejante asedio y abandono, huyó la moza, perseguida por su propio grito atormentado. Ganó el corral, cruzando el _estradín_, y en plena rúa, corrió ciegamente, bajo la indecisa luz del prematuro anochecer.

* * * * *

Al ocurrir la desalada fuga, quedó en suspenso el vocerío de las mujeres, y en la prisa por buscar una solución al urgente problema de la boda, se le ocurrió a Olalla encender el candil. Aunque no alumbró mucho espacio la crepitante mecha, a su amarilla claridad surgió abocetada, impaciente en un rincón, la figura de Antonio.

Se limpiaba el maragato con un pañuelo de colores el sudor copioso de la frente, y aparecía fatigadísimo, como si allí rindiera en aquel instante la más dura jornada de su vida.

—«Ese» no se la lleva a ufo—rezongaba—; cuando yo me planto, no le hay más terne en todo el reino de León.

Y bravatero, jactancioso, revolvíase entre el escaño y el llar, y hacía con el pobre moquero raudos molinetes, en la actitud belicosa del antiguo fidalgo que empuñase una espada leonesa de dos filos.