La Esfinge Maragata: Novela

Part 14

Chapter 144,014 wordsPublic domain

—Veo más claro: sacudo la romántica influencia de vuestras confesiones; miro la realidad de las cosas... No tenemos derecho, ni tú por egoísmo, ni yo por sensiblería, a impedir la obra de compasión que ella se propone realizar... Creo, en fin, que debes retirarte en tanto _Mariflor_ pacta con su primo.

—Pero, ¿ha sonado la hora?

—Está al caer. A instancias mías, Antonio adelanta su viaje: llegará esta semana, cuando menos se piense.

—Y mi marcha en este caso, ¿no parecerá una cobardía?... Te equivocas si piensas que me retiene aquí el egoísmo, cuando me asalta la más viva piedad.

—¿De una sola y linda mujer?

—¡Ojalá pudiera yo redimir a otras!

—¿Y si pudiera Antonio?

El pretendiente, amoscado, casi ofendido, respondió con ironía:

—Consintiendo el esposo que la esposa le hable de usted, le sirva y le acate como a un dios, y reviente en el páramo mientras él se regodea en la ciudad, ¿así quieres que yo suponga grandes hazañas de un maragato para su familia?... Aquí tiene «tu protegido» a su gente pudriéndose de miseria, y no la socorre...

—El móvil del amor puede inducirle...

—¡Qué amor ni qué ocho cuartos, hombre! Vosotros hacéis las bodas con un poco de rutina y otro poco de interés...—Detúvose temiendo ofender a su huésped, templando la vehemencia de la voz para añadir:—Eso me has dicho tú...

—Y es la verdad—repuso don Miguel sin alterarse—. Pero quizá en otros pueblos más adelantados y felices no se hacen las bodas de más digna manera: ingredientes distintos, colores más brillantes, disimulo y finura para dorar la píldora... Al fin y al cabo, matrimonios sin amor.

—No siempre.

—Muy a menudo.

—Siquiera esos matrimonios no llevarán consigo la injusticia irritante de causar una víctima sola.

—Muchas veces, sí: ¡la mujer!

Alzóse Terán de la silla, nervioso, confundido con el recuerdo de su madre, que de pronto le pesaba como una losa. También el sacerdote dejó su escabel; tiró la punta del cigarro y comenzó a decir con la voz persuasiva y amable:

—Mira, Rogelio, amigo mío: el amor, ese sentimiento exaltado, ambicioso, inmortal que nos sacude y nos enciende, esa divina escala que nos conduce a Dios desde la tierra, sólo por singular prodigio tiene un peldaño donde puedan abrazarse para ascender unidas dos criaturas...

—Bien; y ese peldaño...

—No se consigue por la curiosidad romántica ni por la compasión que sientes hacia Florinda Salvadores. De no poder subir con ella en triunfo por la divina escala, déjala en Valdecruces, que labre aquí consuelos...

—¿Y martirios?

—El hacer bien mitiga el propio dolor, le cura, le recompensa. Quien más ama, con más brío se inmola...

—Es decir: ¿que me desahucias definitivamente?

—No; te aconsejo. Escucha. Ni de este amor que yo digo, ni de ese otro que tú decías antes—impulsos, deseos y simpatías más o menos sutiles—, suelen darse aquí las flores; ya te lo he confesado. Pero de la llama sagrada, del divino soplo, tenemos un trasunto inconsciente en el amor fortísimo de las madres. Florinda no quedaría huérfana de todo goce; de este amor puede ella disfrutar con más cordura que otras mujeres, con más sazón y gracia.

—¡También con más tristeza!

—Si se resigna y se conforma, no. Toda la felicidad del mundo consiste, a mi parecer, en eso: en conformarse.

Una pausa y un suspiro detuvieron el discurso de don Miguel mientras el artista murmuraba:

—¡No has dicho poco!

Blanda y persuasivamente siguió explicando el cura:

—En estos matrimonios que, como tú dices bien, ayuntan la costumbre y la conveniencia, hay, sin embargo, un fondo de respeto y de fidelidad muy ejemplares. Es cierto que la mujer come en la cocina, sirve al marido a la mesa, le dice de vos, le teme y le desconoce; que trabaja en la mies como una sierva y le ve partir sin despecho ni disgusto. Pero en esto que ella hace y él consiente, no hay deliberada humillación por una parte ni despotismo por la otra: hay en ambas actitudes una llaneza antigua, una ruda conformidad. Aquí el alma es primitiva y simple; las costumbres se han estancado con la vida; ello es fruto del aislamiento, de la necesidad, de la pobreza: estamos aún en los tiempos medioevales.

—Pero los maragatos emigran todos; ¿cómo no toman ejemplo de los países más cultos?

—No les impulsa fuera de aquí la ambición tanto como la miseria. Los que en sus luchas lograron vencer a la ignorancia, han sabido entrar de lleno en la civilización y honrar a su país. Tenemos en América letrados, industriales, fundadores de pueblos que han hecho prevalecer su traje regional y sus familiares virtudes al través de influencias muy extrañas... Tú sabes que los afortunados son muy pocos. Y la mayoría de nuestros emigrantes sigue padeciendo la estrechez de la inteligencia en precaria vida, trabajando en vulgarísimos trajines. Ellos se consideran una casta aparte en el mundo, y tan apegados están a sus leyes morales, que no adoptan de las ajenas cosa alguna, ni buena ni mala. Son padres excelentes, ciudadanos trabajadores, económicos, fieles y pacíficos. Si no saben sonreir a su esposa ni compadecerla, tampoco saben engañarla ni pervertirla: no la tratan ni bien ni mal, porque apenas la tratan. La toman para crear una familia, la sostienen con arreglo a su posición; y la reciedumbre de estas naturalezas inalterables descarga ciegamente todo el peso de su brusquedad sobre la pasiva condición de la mujer; pero sin ensañamiento ni perfidia, con el fatal poderío del más fuerte.

—¿Lo encuentras justo?

—Lo encuentro humano.

—¿Y lo disculpas?

—No: lo compadezco. Toda fuente de ternura cegada me produce sed y tristeza.

Brillaron húmedos los ojos del sacerdote, al evocar tal vez una doliente memoria, y Rogelio preguntó, mirándole con suma curiosidad:

—¿Tu discurso me quiere convencer de que _Mariflor_ necesite uno de esos maridos... de la Edad Media? Porque todavía no me lo has probado.

—Nada pretendo probarte; quiero que conozcas toda la posible situación de Florinda casada con ese hombre que, en el peor de los casos para ella, no la impediría vivir con desahogo y socorrer a la familia; quiero que pienses cómo puede ocurrir que la muchacha gane el corazón de su primo para remediar las desventuras de la abuela.

—¿Mediante la boda?

—O sin la boda: lo que ha de suceder no lo sabemos. Y necesito también decirte que para mí, procurador y abogado de esta pobre gente, no se trata sólo de Florinda, sino de dos madres infortunadas, de dos hijos emigrantes y tristes, de cinco criaturas más, cuyo porvenir parece cifrado en el destino de esa joven...

—Pero yo sería un cobarde si desmintiera sus esperanzas de felicidad.

—¡Y dale con la felicidad! Si _Mariflor_ no te hubiera conocido, se consideraría feliz al hallar un esposo acaudalado y fiel.

—No sólo de pan se vive... Sería muy desgraciada en la vulgaridad y el abandono de una existencia semejante...

Parecía el sacerdote otra vez distraído en lejanas memorias, cuando murmuró con solemne acento:

—No es vulgar si solitaria una vida donde el bien se reproduce; el sacrificio es obra de alto linaje que recibe muy ocultas recompensas.

—Pero, ¿tú eres un maragato positivista o un místico delirante?

—Soy un pobre cura de almas que desea cumplir con su deber. La misión mía es de paz y de amor, y en la dura tierra que labro no puedo soñar con frutos sino a costa de dolores: me esfuerzo en adulcirlos cuando es imposible evitarlos.

—No así con Florinda.

—Si ella acepta una cruz y yo la enseño a llevarla, ¿no habré dulcificado su camino?

—Todos tenemos derecho a buscar un camino sin cruces.

—No hay quien lo encuentre.

—Mientras se busca y se confía...

—Se pierde el tiempo.

—Se vive con ilusiones.

—Antes que verlas perecer, es mejor encumbrarlas.

—Ya ya; siempre el mismo asunto: la otra vida. Dios nos manda también lograr ésta.

Abismado nuevamente en remotas membranzas, exclamó el cura:

—_¡La mujer es un ser misterioso nacido para amar y para sufrir!_

—Eso, ¿lo discurres tú?—preguntó impaciente el artista.

—Son palabras de un filósofo cristiano. Yo las he visto cumplidas en muchas ocasiones.

Posó una amarga tristeza en la rotunda afirmación. Terán, absorto, sombrío, interrogó casi huraño:

—En fin, ¿qué me pides?

—Poca cosa: que no reveles a Florinda esta confidencia; que procures no turbar sus planes; que esperes con prudente actitud, sin desanimar a la muchacha ni comprometerla.

—Y ¿crees que debo partir?

Vaciló don Miguel.

—Mi casa es siempre tuya—pronunció cordialmente—, pero sería de mal efecto que Antonio se creyera suplantado antes de negociar con su prima.

—Nadie más que tú y Olalla sabe de nuestras relaciones.

—Y todo Valdecruces. Ya te dije por qué el tío Cristóbal quería hacer patente el inevitable rumor de este amorío; hoy supe, por mi sobrina, que, valiéndose de _Rosicler_, otros rapaces y algunas mozas, el viejo trata de que esta misma noche os echen «el rastro».

—¿Y eso qué es?

—Una costumbre del país: cuando las zagalas sospechan de una negociación matrimonial, van de noche, callandito, a poner un reguero de paja, visible y ufano, desde la vivienda del novio a la de la novia, con ramificaciones a otras casas, indicando convites al casamiento. A la puerta de la presunta desposada tejen una especie de colchón con ramaje y rastrojos.

—El lecho nupcial—sonrió el artista encantado.

—Sí; un remedo a la vez insolente y candoroso, increíble en el enorme pudor de estas mujeres.

—Pues yo no sé si aquí la castidad sin luchas ni peligros, eternamente dormida, tendrá mucho mérito a los ojos de Dios...

—No negarás que es una virtud.

—O un signo acaso de bárbara esquivez.

—¿Quién sabe si la civilización al sensibilizarnos y pulirnos, nos hace más o menos asequibles al mal?

—Nos hace conscientes, hombre, que es tanto como hacernos responsables: qué, ¿tiras a retrógrado?

—Tiro a párroco de Valdecruces, por ahora.

—Bueno. ¿Y el rastro ése?

—Es un compromiso oficial de casorio si la moza no protesta. Si rechaza al pretendiente, o los rumores del noviazgo son inciertos, ella conduce el surco hasta una laguna, charco o regajal, durante la siguiente noche.

—Es curioso.

—Da margen a una salida nocturna, llena de sigilo y moderación, por supuesto. He tomado mis precauciones para evitar que os comprometan con la broma, aunque si persiste el propósito...

—Marcharé en seguida—dijo Terán reflexionando—, Anunciaré a _Mariflor_ la posibilidad de que una carta urgente me obligue a partir... pero mi viaje no será una retirada, sino una tregua: sólo con esa condición te daré gusto.

—Ni yo te pido más. Una tregua precisamente, que te dará también espacio para posar tus impresiones y resolver con toda cordura en negocio tan importante.

—Entonces, pasado mañana, si te parece...

—Muy bien. Dios te ayude.

Y mucho más satisfechos de lo que hubieran podido suponer durante el curso de la conversación, bajaron los dos amigos a pedir el yantar.

* * * * *

Una hora después, sin cuidarse del sol, rondaba Rogelio la calle de Florinda, avisado por ella de que estaría sola y podrían hablar un rato.

No tardó en aparecer sobre la sebe mazorral, entre rubos y agavanzas, la gentil cabeza de la moza. Presentóse con una de esas dulces sonrisas que nacen en los ojos y crecen en los labios, y acogió con apasionada ternura el credo fervoroso del amante. Él, con mucha suavidad, deslizó en la plática el temor de una repentina ausencia: sus asuntos amenazaban llamarle a Madrid de un momento a otro.

La súbita emoción que encendió el semblante de la joven, mostróla tan triste, tan pesarosa y estrujada por la vida, allí muda y trémula entre las zarzas del vallado, que el mozo, vivamente conmovido, le prestó mil espontáneos juramentos de constancia y fidelidad.

—Volveré pronto—decía—, cuando tú me asegures que estás dispuesta a venirte conmigo.

La miraba, gozoso de saberse profundamente amado, y sufriendo al verla tan atormentada y dolorosa, visibles ya en su cara los esfuerzos de la lucha que sostenía con el duro trabajo, apenas caído sobre los débiles hombros. ¿Qué iba a ser de ella prolongando la amarga situación? De la cruel servidumbre, ¿la había de redimir el oro del primo o el amor del poeta?

Como si la joven adivinase que aquella duda cabía en el pensamiento del amado, murmuró con furtiva esperanza:

—¡Sí; volverás pronto!

Y pudo sonreir: aún dijo alegres frases y devolvió promesas de ardorosa pasión, cauta y firme contra el primer asalto de una sorda inquietud que le empañó el terciopelo oscuro de las pupilas, igual que si la pálida sonrisa de los labios ya no pudiese volver nunca hasta los ojos donde había nacido.

Quedaron los novios en verse por la tarde en la mies. Pensaba Florinda salir a la caída del sol, cuando el agua corriera por los liños en la hanegada de la Urz, ya vencido el trabajo del riego que traía a la moza desvelada.

Despidióse Terán rendidamente, y se alejó despreocupado, con una ligereza de espíritu indefinible y extraña en aquel momento: sentíase optimista, lleno de dulces seguridades que apenas tenían raiz en su conciencia, mecido en vagas ilusiones no menos gratas por imprecisas y locas. Iba envuelto quizá, en cendales de amor, en el divino manto que cubre con infinita dulzura a quien lo recibe, y destroza las manos que lo tejen.

Así encontró a Marinela, que huía de él y que cayó en sus brazos derretida en lágrimas. Cuando la dejó partir transido de compasión, perdió de repente la serena beatitud que le envolvía y hallóse despierto a sus íntimos cuidados, pesaroso de tocar tantas tristezas, perdido en confusiones y recelos, como si la zagala enfermiza le hubiese contagiado con los zollozos todas sus inquietudes y ansiedades.

Horas enteras vagó irresoluto y febril al través de Valdecruces, acosado por la opresora sensación de hallarse prisionero. Una angustia de cárcel le martirizó en cada rúa triste y ardiente. Y el cansancio y la sed le llevaron a la entrada silenciosa de la taberna, sobre la cual un lienzo inmóvil y de dudoso color denotaba a estilo del país el tráfico de vinos.

Pidió el forastero un vaso y una silla, no sin dar grandes voces, a las que acudió un anciano. Servido con mucha parsimonia, contemplado con asombro por una vieja que llegó tras el viejo, supo allí que el tío Cristóbal Paz había fallecido de un sofoco en la mies.

—¿Trabajando?—preguntó con lástima.

—¡Quiá!; no, señor; mirando cómo andaban al riego unas mujeres.

—¿Las de Salvadores?

—Esas; ya fué allá don Miguel con el Santolio pero no le alcanzó arma ninguna; ahora están esperando a la Justicia para levantarle.

Descansó el poeta unos minutos, pagó con esplendidez el vaso de agua con vino, y buscó una salida al campo, orientándose hacia naciente. Era casi la hora de su cita con _Mariflor_; y el trágico acontecimiento de la tarde parecía propicio a que la presencia del galán en la mies no inspirase desconfianzas.

Ya en el libre camino aparece un poco nublado el cielo: tenues vellones grises circundan el ocaso donde el sol se inclina malherido por la noche, implacable y rojo sobre la sedienta planicie.

Cuando Rogelio rinde la finísima senda de la mies y se asoma al campo baldío donde el cauce se tiende hacia el arroyo, un espectáculo de tremenda emoción le pasma y le sacude.

Allí, donde la rotura brava del erial toca en suave cima con el borde del regatuelo, se yerguen Olalla y Ramona sobre los cárdenos fulgores de la luz poniente. El ronco retumbar de sus azadas repercute áspero y terrible, lo mismo que una cava de sepultura; avanzan y tunden las dos mujeres, solemnes y misteriosas frente al ocaso como si le estuvieran abriendo una sagrada fosa al astro moribundo; con mucha prisa, antes de que le envuelva la noche en el sudario gris de la llanura.

El cadáver del tío Cristóbal duerme en la rastrojera, a medio cubrir por un piadoso abrazo de retamas; junto a él la tía Dolores reza o llora, y vigila en una expectación delirante; y en el otro confín del horizonte una orla de nubes pálidas tiende su pesadumbre a la orilla del cielo.

* * * * *

La respetada hora de la siesta había pasado magnánima aquel día sobre las cavadoras de la mies de Urdiales.

Aprovechó Olalla el reglamentario reposo para satisfacer un repentino impulso de su corazón. Y destacándose valiente en el abrasado rebujal, cortó en la mustia ribera del arroyo un haz tan grande de retamas como pudo ceñirle entre sus brazos, bien abiertos, robustos y acogedores. Aún supo esmerarse con paciente solicitud, escogiendo en el retamal las flores menos tristes; quería cubrir al muerto contra las moscas y el sol, y hacerle los honores de la mies con un poco de dulzura.

Mientras hacinó la pálida genesta sobre el cadáver, las otras dos mujeres rezaban el rosario, acurrucadas en la linde del plantío. Contaba Ramona las avemarías por los dedos, murmurando al final de cada decena, a guisa de responso:—_Requiescanquinpace_. Dijo después la letanía de la Virgen, en el mismo bárbaro latín, y comenzó a hilvanar una serie formidable de padrenuestros por las obligaciones del difunto.

Tranquila, hierática, agotó la mujer el repertorio de las oportunas preces, con la calmosa ayuda de la vieja, cuando fué Olalla a sentarse entre las dos, murmurando:

—¿Qué hará Tirso, el heredero, con nosotras?

—Quedarse con todo; quitarnos la casa; ese hereda las codicias con los intereses—respondió la madre—. Su cara morena parecía más oscura, y su acento, siempre brusco, sonaba más enrudecido.

Callaron las tres un instante, sobrecogidas bajo la dureza de aquella afirmación.

Tirso Paz tenía fama de avaricioso; recibía el caudal paterno después de una larga vida de privaciones, despechado contra la injusta suerte del hijo pobre que tiene un padre rico; de seguro heredaba ansioso, violento, impaciente de poseer, sin lástimas que para su miseria nadie tuvo, sin treguas piadosas que su mismo padre le enseñó a negar.

Esta certidumbre tembló, fatídica, al borde de la mies, en el ardiente silencio lleno de luz, y ahogó sus ansiedades al imperioso aviso de Ramona que, consultando al sol, pronunció gravemente:

—Acabóse la sosiega.

Avanzó hacia el cauce con la azada al hombro; la anciana y la niña la imitaron y, al pasar junto al muerto, las tres hicieron reverentes la señal de la cruz. Inició Ramona otra vez la cava con un brío salvaje, como si la tierra le fuese violentamente aborrecida, como si en cada golpe de los tundentes brazos pusiera un ímpetu de odio.

Así avanzó la rotura al correr de las horas, entre una nube de polvo estéril, pálida sangre de las sequizas entrañas abiertas a la sed del centeno en furiosa persecución del regajal.

A menudo la tremenda mujer volvíase hacia la muchacha para decir sordamente:

—¡Aguanta, niña!

Y la pobre bisoña, sin aliento, empapada en sudor, seguía los pasos de su madre, ya lejos de la abuela, que se quedaba atrás alisando maquinalmente los terrones movidos, sin saber lo que hacía, como un instrumento inútil y abandonado.

Una súbita parálisis de todas sus fuerzas aplastaba a la tía Dolores en la hendedura, triste y absorta, escarbando el polvo. Sentíase impotente en el campo por primera vez en su vida. Sobre la infeliz, esclavizada a la tierra por un amor recio y sombrío, caía el dolor de la incapacidad con angustiosa certidumbre. Y cuanto más irremediable era su desventura, más sensible se alzaba en su pecho un oscuro rencor hacia aquella otra mujer, fuerte y joven que, arrebatándose en el trabajo como una furia, ordenaba soberbia:

—¡Aguanta, niña!

La esposa, inflexible para recibir al esposo pobre y enfermo, podía enorgullecerse como madre, capaz de acoger a un hijo desgraciado. Pero la mujer vieja, la inútil labradora, ya no tenía derecho ni a ser madre.

Así pensaba turbiamente la tía Dolores, recordando, para mayor pesadumbre, el peligroso albur de sus hipotecas en poder de Tirso Paz, más temible que el propio tío Cristóbal. Sin mies, sin casa y sin arrestos para el trabajo, ya no lograría recibir a Isidoro, ni valerle ni ampararle; ¡ya se había acabado todo para ella en el mundo!

Probó la triste anciana a reanimar sus bríos, aún recientes, sobre la bien amada tierra. Quiso sentirla con la fuerte pasión de otras horas, y dominarla como en días mejores. Se inclinó audaz en el fondo del cauce, con la azada entre las dos manos, como disponiéndose a desenterrar con loca angustia sus fuerzas sepultadas y, al impulso del imposible deseo, cayó de rodillas hasta dar con la frente en el polvo.

El chasquido agrio de los huesos no resonó tan fuerte como los golpes de la cava, y la vieja se alzó sin escándalo, vencida y pesarosa como nunca, a tiempo que una voz apremiaba, cada vez más distante:

—¡Aguanta, niña!

Se iba quedando la tía Dolores sola con el muerto; le miró pávida y entontecida. Sobre él languidecía la genesta, formando un bulto largo y amarillo a ras de los rastrojos, en el borde de la rota.

Sentóse cerca la mujer, con los recuerdos medio borrados y la seguridad de su impotencia convertida en lágrimas y oraciones.

Algunas veces Olalla, viendo a la abuelita en tan singular actitud, llegóse a preguntarle si le hacía daño el sol. Ella negaba con un gesto del mortecino semblante, y la moza corría miseranda al arroyo para humedecer aquellos labios mudos, preguntando:

—¿Por qué no busca la solombra? ¿Por qué no quiere descansar dello?

La abuela balbucía en vago deliquio:

—¡Aguanta, aguanta!

Y volvía a quedarse con el difunto, lejos de las cavadoras.

Comenzó a llegar gente por los senderos de la mies; algunos rapaces, prófugos de la escuela, algunas ancianas compasivas, el cura, el sacristán y el enterrador.

Don Miguel reconoció ligeramente el cadáver, habló con las testigos de la imprevista muerte, y se volvió a marchar.

Las mujerucas, sin interrumpir el trabajo de sus vecinas, repitieron con unción:—¡Biendichoso!

Fuése el sepulturero a preparar la fosa, con serena delectación, y tío Rosendín, el sacristán, devolvió respetuosamente a la parroquia los sagrados óleos que habían acompañado a don Miguel.

También los chiquillos desfilaron curiosos de ver llegar a la Justicia: impacientes por escoltarla, y por correr en las callejas del pueblo la trágica novedad.

—Hasta la noche no pueden venir los de Piedralbina—había dicho el sacerdote—. Al paso lento de Facunda es imposible que les llegue el mensaje antes de las seis.

Y toda la expectación quedó suspendida para el anunciado desfile.

Mientras tanto el cauce tocaba ya la ribera del arroyo, y Ramona mandó a su hija hacer algunos sabios cortes en el terreno de la mies, para cuando el agua corriese.

Arrastrándose entre los liños, la moza abrió con un destral leves surcos en la cabecera de la «hanegada». Y alzóse pronto, ardiendo en el calor reconcentrado de los panes, congestionada por la postura y el esfuerzo, para correr a la cumbre de la rota, obediente a la sugestión del terrible grito:

—¡Aguanta, niña!

Unos zarpazos más; un anhelo bravío de respiraciones; la suprema tensión de los músculos, el último temblor desesperado de los nervios, y las dos mujeres ven cómo el agua corre, humilde y fácil, convirtiendo la dura zanja en blando atanor de promesas bienhechoras.

Tiembla y canta el arroyo, el sol se pone, los panes beben y las heroínas de la cava, febriles y deshechas, reposan junto al muerto...

Cuando avanza Terán en el grave escenario, otra sombra le sigue. Florinda registra también la rastrojera desde el borde de un sendero. Llegan los dos al grupo singular, le miran silenciosos y escuchan cómo la abuela dice con furtiva emoción, que parece escapada de un delirio:

—¡Ya no podré recibir a Isidoro!

Se vuelve Ramona hacia aquel acento profundo, y sorprendiendo toda la amargura de la incapacitada madre, piensa de pronto en la propia vejez, ve de ella un ejemplo en la sombría inutilidad de la anciana, y llora con violentos sollozos, lívido el semblante reluciente de sudores, temblando el cuerpo, que despide un áspero olor montuno.