Part 13
Entonces Ramona le lanza una mirada oblicua para seguir en actitud de bestia, con la cabeza gacha y el resoplo bravo, embistiendo contra el duro rebujal.
Arde el sol inclemente, con furores de canícula, en gavillas de rayos violentos, y ya tan alto sube que la sombra de los panes se disipa en los rastrojos, desamparando al tío Cristóbal.
Va surgiendo la rotura, roja como una herida en el pálido rostro de la tierra, bajo la azada prepotente.
Sigue Olalla el rastro abierto por su madre, y tunde también con bríos las glebas hostiles; pero necesita descansar a menudo, suspira y se angustia visiblemente en el esfuerzo.
De vez en cuando vuelve Ramona la cara, un poco, para murmurar entre dientes:
—¡Aguanta, niña!
Quiere la tía Dolores, en medio de su admiración, aborrecer a la nuera, odiarla por fuerte y voluntariosa, por dura y audaz. Pero no cabe ninguna violenta pasión en el pecho cansado de la anciana; sólo puede amar pasivamente en torno suyo, con un resto del extraño y sombrío amor que consagró a la tierra: hasta para sufrir tiene estancada la vida en la petrificación de todos los sentimientos, y es preciso que una novedad muy cruel la sacuda para que todavía llore o se agite.
Allí sigue el tío Cristóbal, testarudo, con su pretensión entre las cejas y su mirada gris fija en el cauce, sin que le apure el resistero del sol encima de las espaldas. Cansado ya de esperar un indicio que le lleve a descubrir lo que avizora, concluye por hablar solo y pronuncia frases alusivas al asunto, llenas de doble sentido, y reticencias, confiando en que las mujeres, por prurito de replicar, piquen el cebo de la conversación.
—No se debe torcer el su inclín a las mozas... Los forasteros también son buenos maridos...
Esperaba anhelante, y como nadie respondiese, entre escupitajos y toses tornó a decir:
—Aunque a Antonio le hacen rico, no ha de gastar sus haberes aquí; más le gusta Santa Coloma, el pueblo de su madre... El muchacho es cabal, no digo que no; pero el mozalbillo de los Madriles debe ser cosa fina... y ese empleo de escribano que tiene renta ahora muchísimo dinero...
Se hunden las azadas en los duros terrones con acentos diferentes y continuos, brava la una, esforzadísima la otra, débil la tercera en seniles manos; la luz cuaja la llanura en un incendio; trasvuela un ave, y dice aún el tío Cristóbal:
—Sería una machada que despidierais al uno por el otro. Nada más que con papel y tinta gana éste en un mes tanto como Antonio en un año con la tienda. Y que la gente de pluma es dadivosa, de mucho rumbo y generosidá... Buena suerte ha tenido la rapaza... ¿Es aquella que viene por allí?
En el fino sendero de la mies aparece una joven lenta y afanosa, con una cestilla colgada del brazo.
—Ya es medio día—dice al llegar.
Y posando su leve carga, se abanica con las dos puntas sueltas del pañuelo. Por verla el semblante esquivo, se arrastra el anciano sobre el calcinado polvo, y ella gira disimuladamente el busto sin dejarse descubrir.
—¡Eh! muchacha: ¿eres tú la novia del forastero?
—¿Yo?—prorrumpe absorta Marinela, volviéndose de pronto.
—¡Ah, no eres tú!
Terco, obcecado, el tío Cristóbal delira en torno de su idea única, lo mismo que un demente.
De roja que es la cara del anciano se ha puesto de color de violeta y ofrécese tan turbia la mirada de los ojos grises, tan inseguro el acento de la sumida boca, que Marinela supone borracho a su pariente.
Vanse hacia el arroyo las dos zagalas para llenar de agua nueva el cantarillo, que ya varias veces fué a pedir refrigerio a la linfa murmuradora.
—¡Llega tan caliente!—lamenta Olalla.
Colman la vasija, beben las dos, y vuelven a colmarla.
—¡Está como caldo!—dice la sedienta cavadora—. Después cuchichean, mirando con recelo hacia la mancha oscura del anciano, medio tendido al borde de la zanja.
—¿Se ha vuelto chocho o está bebido?—pregunta Marinela.
—No, mujer; quiere que le digamos con quién se casa _Mariflor_...
—¿Y le habéis dicho?:..
—¡Qué sabemos nosotras!
Era la primera vez que las dos hermanas hablaban del asunto. Considerada como una niña la más joven, solía descubrir los secretos familiares nada más que con los ojos, sin sorprender casi nunca una palabra ni una confidencia, expansiones poco frecuentes allí donde el ritmo de la vida señalaba todas las inquietudes en el silencio taciturno de las almas.
* * * * *
Mientras comieron las trabajadoras, agazapadas en fila sobre el delgado sendero del centenal, libres apenas de la plenitud del sol que a plomo caía en la llanura, fué otras dos veces Marinela a llenar el cántaro al arroyo.
Había pedido agua el tío Cristóbal, y después de dársela, vertió la niña el líquido restante y corrió a lavar la boca de barro donde puso el viejo la suya de color de ceniza.
Él no se mostró sentido por aquella manifiesta repugnancia, ni pareció notar el molesto asombro que causaba a las mujeres su tenaz compañía. Caído en soñolienta modorra, había perdido sin duda la noción del tiempo, olvidado hasta de zumbar sus maliciosas preguntas.
Ni el hambre ni el ejemplo le avisaron la hora de comer; ni el tórrido calor que le cocía dióle impulso de buscar el cobijo de su casa. Cuando vió hacer a sus vecinas la señal de la cruz, le pareció que sonaba muy lejos el familiar repique de una campanuca. Y cuando ellas, viéndole medio dormido y atontado, le dijeron que el sol le iba a dañar, trató de incorporarse, dió de bruces en la tierra y quedó inmóvil, con la boca pegada al suelo.
Miráronse las mujeres con asombro, y como el viejo diese entonces un fuerte ronquido, Ramona dispuso únicamente:
—Dejadle que duerma.
—¿Al sol?—preguntó compasiva Olalla.
Inició la madre, con algunas vacilaciones, su acostumbrado encogimiento de hombros, y la muchacha, quitándose el mandil, lo desplegó con solicitud sobre el ancho sombrero del maragato.
Poco después, hinojada en el sendero, Marinela recogía los pedacitos de pan y el hondo cacharro con un resto de «moje», y doliéndole a Ramona la delgadez endeble de la inclinada cintura y el trasojado semblante de la niña, preguntó de pronto:
—¿Por qué has venido tú con esta calor, tan aina de comer?
—«Ella»—aludió con humildad la joven—iba a fregar el belezo y a echar las llavazas al cocho... También cebó las gallinas y las palomas, rachó leña y llevó los «curros» al agua.
—Abondo es eso...—comentó la madre con invencible desdén.
A tal punto, lanzó otro ronquido el tío Cristóbal, revolvióse con sacudidas largas y crujientes, y en un esfuerzo, como si quisiera levantarse, clavó en tierra las uñas de ambas manos.
Las mozas habían palidecido.
—Péme que está enfermo—dijo Olalla—; hincóse al lado suyo y trató de alzarle la cabeza; pero la sintió agarrotada y rebelde.
Acudió entonces Ramona, hundió sus recios brazos por debajo del cuerpo rígido, y de un brusco tirón dió vuelta al hombre: aparecía con el rostro casi negro, mojado de una espuma sangrienta, los párpados caídos y la respiración difícil.
Quedaron aterradas las mujeres.
—¡Coitado, agoniza!—clamó la tía Dolores llena de medrosa piedad, en tanto que la nuera pedía con demudado semblante:
—¡Agua, agua!
Inclinó Marinela el cántaro tendido.
—Aún tiene dello...—Daba diente con diente mientras rociaba su madre la congestionada faz.
Abrió el moribundo los ojos, torcidos hacia la moza con una mirada vacilante y sombría, como aquella que buscó a la novia del forastero antes de decir:
—¡Ah, no eres tú!
Torció también la boca, en la mueca de su habitual sonrisa impertinente, y quedó tieso, inmóvil, con el respiro apenas perceptible. La tía Dolores le daba pausadamente aire con el delantal; las muchachas, doloridas y mudas, le hacían sombra con el cuerpo: seguía Ramona mojándole los pulsos y las sienes, y caía el silencio con el sol, como un manto de luz sobre el extraño grupo.
—Encomendémosle—murmuró Olalla arrodillándose.
—Señor mío Jesucristo—fué diciendo la voz oscura y triste de la madre, y las otras mujeres repitieron angustiadas la oración hasta el final.
No había dado el tío Cristóbal señales de entender el tremendo aviso, cuando giraron sus pupilas desorbitadas y ciegas, y un estertor hiposo le silbó dentro del pecho: con el postrer visaje y la última sacudida, la inerte cabeza saltó desde las manos de Ramona rebotando en el polvo, y las uñas del moribundo volvieron a clavarse feroces en el erial.
—¿Murió?—dijo despavorida Olalla.
Marinela dió un grito y cerró muy apretados los ojos.
—Sí, sí; hay que llamar gente,—respondía la madre trazando sobre el difunto la señal de la cruz—. Y viendo a la zagala tan miedosa, añadió resoluta:
—Vai con la cesta y, al tanto, das razón de lo que ocurre.
—¿A quién?
—A la familia; ellos avisarán a la Justicia.
Obedeció la joven con terror y sigilo: sus pies medrosos apenas tocaban el sendero; su grácil figura desaparecía entre los altos panes. Pero quizás un leve roce de su brazo, o tal vez un soplo de perezosa brisa, movió las hojas verdes con rumores suavísimos de «escucho».
—¡Madre, madre!—gimió la muchacha con espanto. Volvióse atrás corriendo, y quedó parada al borde de la mies, sin atreverse a salir al raso donde el muerto dormía. Allí encontró a la abuela, acurrucada en la linde con cierta indecisión, tentada a la fuga, y detenida por el trabajo y la caridad.
—¿Que yé, rapaza?—preguntó con susto.
—Tengo miedo... me siguen... escuché una voz...
—¡Te haltan jijas hasta para fuir!—lamentó más distante el acento brusco de Ramona.
Y Marinela, inducida por su mismo pavor, asomóse al rebujal desde el seto vivo de los tallos.
Vió que Olalla había desaparecido y que su madre, sentada al sol, impasible y estoica, velaba al muerto. Parecióle el cadáver más rígido y huraño, con la boca abierta, y la piel del sequizo color de los abrojos; quedó allí fascinada un minuto, y, de repente, echó a correr entre la verde masa, por el hilo sutil de los senderos; movía con los codos el follaje, y el rumor de las hojas sacudidas le causaba indecible inquietud: todas las crueles fluctuaciones del pánico vibraban en los tirantes nervios de la doncella, empujando su loca fuga al través del centenal.
Cuando llegó desalada al pueblo, no supo cómo hablar en casa del tío Cristóbal. Entró en la ruin vivienda, que de pobres menesterosos parecía, y halló a Facunda cosiendo en el clásico _cuartico_, la pieza que ciertos días solemnes sirve de comedor a los maragatos, forzosamente colocada entre la cocina y el corral; la misma que en casa de la tía Dolores han llamado _estradín_ por excepción.
Ante la absorta mirada de su amiga, Marinela, confusa y torpe, acabó por decir:
—Que tu abuelo se ha morido junto a la mies de Urdiales.
—¿Mi abuelo?... ¿Sábeslo tú?...
Facunda, con más asombro que dolor, se había puesto de pie.
—Vengo de allá; le vide.
—Pero, ¿qué le dió?
—La muerte repentina.
—¡Virgen la Blanca!... ¿Y qué hacía allí?
—Mirando cómo abrían el calce: andamos al riego en nuestra hanegada de la Urz.
—¿Asurcana de la nuestra Gobia?
—¡Velaí!
Con la costura en la mano, la moza volvió a sentarse enfrente de Marinela, doblada sobre un escañuelo en actitud de abrumadora fatiga.
—Pues yo le estaba esperando para comer.
—¿Y no comiste?
—Nada.
Quedaron mudas, mirándose a los ojos con sorpresa, al compás del reloj que se mecía en su caja de roble, señoreando el _cuartico_.
Facunda levantó del solado un marchito ramillete de tomillana, y espantó con lentitud el enjambre zumbador de moscas, desatado en el aposento.
—Y al biendichoso—dijo después—, ¿se le saltaría el corazón?...
—¿El corazón?... Píntame que el mal le dolía en los ojos y en la boca: echaba espuma entre los labios y tenía el mirar lusco.
—Salió de casa en ayunas, con una copa de aguardiente.
—Pues cuenta que derecho fué a la mies. Allí dió en preguntar con quién se casaba mi prima.
—¡Andanda!
—Estaría algo chocho... ¡tantos años!
—Y la boda ¿es con ese extranjero?
Pasó un fulgor oscuro por las turquesadas pupilas de Marinela.
—No sé—balbució, para añadir a poco:
—Pero, digo yo que sí.
—Es galán y bien apersonado—musitó en éxtasis Facunda...—¿Tienes hambre?—preguntó de repente, viendo a su amiga, blanca lo mismo que la cal, en demudación terrible.
—No—dijo la otra con la cabeza.
—Pues ¿qué tienes entonces?... ¡Estás priadica!
La interrogada sacudió los párpados violentamente para ahuyentar la nube de su lloro, y pudo con esfuerzo tristísimo decir:
—Me pasmó el difunto, ¿sabes?
—¡Ah, ya!... Quedaríase muy feo; ¡sin las armas de Dios!
—Mi madre le rezó el señor mío.
—¿Están al riego entodavía?
—Hasta la noche. La barbechera cae más alta que el regato, y es menester cavar mucho.
—¿Quién os ayuda?
—¡Nadie!
Al evocar el desamparo de su pobreza con la triste palabra negativa, por la mente de la joven pasó el reflejo seductor de los caudales del tío Cristóbal.
—¡Vais a heredar a rodo!—murmuró fascinada, sin envidia ni rencores.
Alumbráronse los ojos descoloridos de Facunda y una sonrisa beata se le cuajó en los labios. Todos los matices de la emoción, suscitada por aquel anuncio, resplandecieron en esta frase elocuente:
—Voy a comer...
Alzóse de nuevo, con ademanes pesados: era gruesa, fuerte, baja; tenía mejillas carnosas, tez bronceada por el sol, mirada pasiva, y una insignificante belleza juvenil en el conjunto de la figura.
Revolvía Marinela su curiosidad alrededor, resumiendo maquinalmente el inventario del _cuartico_. Y, de pronto, la hizo estremecer una anguarina del tío Cristóbal, colgada en el apolillado capero, rígida y sin aire, como una mortaja.
—Tienes que avisar a la Justicia—le advirtió a la heredera con solemne tono.
—¡Ah! ¿Sí?—clamó Facunda, abriendo mucho la boca.
—¡Natural!
—¿Quién lo dijo?
—Mi madre.
—¿Pero es obligación?... Cuando murió la abuela no llamaron al juez.
—Porque estuvo en la cama... Cuando el tío Agustín se atolló en la nieve y amaneció cadáver, vino el Ayuntamiento.
—Y ¿a quién mando a Piedralbina?—murmuró atribulada la moza, como si tuviese que realizar una hazaña insuperable.
—Manda a _Rosicler_.
—Tiene el aprisco a la mayor lejura, en los alcores del Urcebo...
—Pues a tu hermano...
—Anda a la escuela...
Quedáronse de nuevo silenciosas, sumidas en la preocupación terrible de aquella grave dificultad.
Marinela se había puesto de pie, sin apartar mucho los ojos de la anguarina parda.
—¿No habrá un motil que te haga el mandado?—murmuró despacito, como si alguien durmiese.
Y Facunda, en el mismo tono de misterio, resolvía:
—Iré yo después de comer y de avisar en casa de mi madre.
—¡Eso!
Felices con el hallazgo de aquella inesperada solución, se miraron en triunfo, sonrientes, como si hubiesen escapado de un enorme peligro.
Tras largo y duro rechinamiento de resortes, dió el reloj una lenta campanada, y Marinela, despidiéndose muy lacónica, salió de puntillas, apresurada y vacilante.
—Al paso que vas—dijo la dueña de la casa con luminosa inspiración—podías contarle a don Miguel...
—¡No puedo, no!—atajó la infeliz, temblando locamente.
—¿Por qué, criatura?
—¡No puedo, no!—y agarrada al cestillo, volvió a correr la mozuela triste, dejando a su vecina con la boca abierta. Pero al doblar la calle y cruzar la plaza, en el mismo brocal de la memorable fuente la detuvieron una sombra, una voz y un saludo. Era el propio forastero de quien la moza huía: llegaba sonreidor y alegre; extendió los brazos para contener la delirante carrera de la joven, y con audaz halago le rezó al oído, como un eco de su primera entrevista:
—¡Salve, maragata!
Un grito y un sollozo contestaron a la oración devota del poeta... Tuvo él que sujetar el talle de la moza, fatalmente inclinado hacia el pilón donde el agua decía la eterna incertidumbre de las cosas humanas.
—¿Me tienes miedo?—preguntó conmovido, hablando a Marinela de tú, como a una niña.
Todo el nublado de las contenidas lágrimas estalló entonces.
—Pero, ¡siempre lloras!—exclamó Terán con angustia—. ¿Qué tienes?... ¿Por qué sufres?
Ella se dejó sostener un instante, enloquecida por el desbordado ensueño de su alma, y al punto quiso huir.
—¿Temes que te haga daño?... ¿Estás enferma?—seguía el joven diciendo, con blandura y cariño, sin dejarla escapar.
—¡No puedo, no!—repitió aún Marinela con gemido impotente, como si ya no supiese decir otra cosa.
Y a Rogelio Terán le pareció que la desconsolada frase había causado un estremecimiento profundo en el transparente corazón del agua.
—¿Qué tienes, dime?—insistió el poeta.
Alzóse el lindo rostro con tal expresión de súplica y mansedumbre, que el caballero aflojó los brazos y dejó partir a la zagala.
Ya entonces la triste no pretendió correr. Fuése con pie desfallecido, deshecha en lágrimas y sollozos, dándoles libertad con repentina y bárbara crudeza, con alarde infantil.
Sorprendido y emocionado la vió Terán hundirse en la ardiente calle. No había él ido a Valdecruces para hacer llorar a las mujeres, y su experiencia, un poco mundana, le advertía de misteriosas culpas en el llanto de aquella joven. _Mariflor_ le había dicho que su prima gozaba poca salud, que padecía de tristezas y lloros, y que desde la noche de la farsa se había puesto mucho más inapetente y melancólica, más trasoñada y sensible. Por dos veces la encontraron escribiendo el romance de la _Musa_ entre lágrimas y suspiros. Y Olalla, su compañera de lecho, contó que la niña por la noche no pegaba los ojos, y que si acaso al amanecer se adormecía era para soñar con voz alucinante los versos de la farandulera.
También supo el forastero por don Miguel, con otros muchos pormenores, que la zagala tenía vocación de monja. Pero, con su penetrante vista de buen lector de almas, el poeta adivinó aquella tarde un nuevo aspecto en la enfermedad complicada de la niña.
Dióse a estudiar el conflicto con inquietud y lástima, ruano y meditabundo, al través del pueblo inmóvil, sin advertir que se había borrado en el rojizo suelo la sombra exigua de las paredes, y que ardía la luz, como un volcán, vertida a plomo en las silentes calzadas.
XIV
ALMA Y TIERRA
DESDE aquel medio día luminoso en que Rogelio Terán llegó a Maragatería, soñador y aventurero, a semejanza de Don Quijote, habían transcurrido dos semanas apenas, tiempo harto breve para curiosear la tierra y el alma de este país incógnito y huraño, tosca reliquia de las viejas edades, remanso pobre y oscuro de los siglos de hierro.
Deslizábanse los amores de _Mariflor_ y el poeta como idilio sereno y apacible en la vida un poco fatigada del mozo, mientras se le iba mostrando la dulce novia aún más gentil que en el primer encuentro inolvidable, más esbelta y pensativa, luciendo más su innato señorío sobre el fondo gris de Valdecruces.
Cuantas impresiones recibió aquí el artista en sus andanzas tuvieron una fuerte originalidad. Con grande asombro y compasión aprendía la dura existencia de este pueblo de mujeres, bravo y taciturno, que ni el tiempo ni el olvido lograron borrar de las crueldades de la estepa al través de las centurias: hábitos y costumbres, semblantes y caracteres, mostráronse al novelista esquivos y asequibles a la vez, como si el rostro de la aldea, tan cándido y tan rudo, guardara hondos misterios bajo las tenaces arrugas de los siglos... Calzadas escabrosas, rúas cenicientas, míseras cabañas, casucas de adobes, techumbres de bálago, trajes, palabras y tipos, descubiertos al primer vistazo en toda su interesante rusticidad, callaban la certeza de su origen y escondían su historia en la penumbra de caminos ignotos: un marco de nieblas y de sombras envolvió a Valdecruces delante del forastero, a la luz espléndida del sol.
En la romántica incertidumbre de sus observaciones veía el poeta surgir a cada instante el vivo enigma de unos ojos claros, de una boca muda, de un talle macizo y un lento ademán; la humilde y robusta silueta de una mujer, de una esfinge tímida, silenciosa, persistente: ¡la esfinge maragata, el recio arquetipo de la madre antigua, la estampa de ese pueblo singular petrificado en la llanura como un islote inconmovible sobre los oleajes de la historia!
Esta imagen perenne, más diminuta y simple, más asustadiza y torpe, repetíase pródigamente en los niños: la cara redonda, elevado el frontal, cóncavo el perfil, los ojos pardos, verdes o azules, con una vaga tendencia oblicua, daban a todos un aire primitivo de candor y timidez, un viso triste de pesadumbre y esclavitud. El sesgo leve de la mirada era nota de cobardía y sumisión más que de recelo o disimulo; y los gestos pausados, los calmosos debates de la palabra y el pensamiento para resolver la más sencilla de las dudas, delataban un cultivo intelectual muy rudimentario, un secular abandono de aquellas mustias imaginaciones.
Ningún rasgo masculino altivecía el semblante fusco de la aldea; los pocos viejos que allí se refugiaban habían perdido la energía viril lustrando por ajenos países, y en el esfuerzo bravío que sacudía a las mujeres sobre el páramo, no asomaba ese alarde varonil de que algunas hembras suelen revestirse al trabajar como los hombres: todo el ímpetu fuerte de estos brazos, cultivadores del erial, derivaba del materno amor, fuente inagotable de renunciaciones y heroísmos, divino poder que allí se manifestaba callado, fatal y oscuro en las almas femeninas.
A tales conclusiones fué conducido el forastero al través de sus íntimas charlas con el cura.
—¿Qué hay—preguntaba Rogelio cada vez más curioso—en estos corazones tan recatados y sufridos?
—Hay madres solamente—respondía, melancólico, don Miguel.
—¿Y el amor sexual, esa lozanísima planta de la juventud que florece en todos los países del mundo?
—Estas mujeres sólo conocen la obligación de la esposa que debe concebir.
—Pero el sentimiento, la exaltación del espíritu hacia el hombre que eligen, ¿tampoco lo conocen?
—No eligen: se les da un marido, y ellas le acatan mientras puede sostener a la familia.
—Habrá excepciones.
—Ninguna.
—¿En toda la región?
—En toda... si algún elemento extraño no se mezcla en la vida maragata...; que no suele mezclarse.
Bajo el tono apacible de la respuesta creyó Terán percibir una embozada reconvención. Hallábanse ambos amigos a solas en el despacho del sacerdote, estimulando su plática con el humo de los cigarros, mientras el tío Cristóbal agonizaba en la mies.
Parecía que de intento el cura no quisiera aludir directamente a los discutidos amores del poeta y _Mariflor_. Y en esta actitud sentía el mozo latir una sorda hostilidad.
—¿Yo «sería» en Valdecruces ese «elemento extraño» que tú dices?—preguntó de repente.
—¡Quién sabe!—respondióle con tristeza don Miguel.
—¿Estorbo?
—¡En mi casa nunca! Pero...—dijo el párroco suavemente—contra ti se vuelve la realidad; yo dudo que estés destinado a cumplir en Maragatería una misión redentora, como tú supones.
—¿Ni siquiera la de salvar a una sola mujer?... ¿no tendrá ella bastante con mi corazón y con mi vida?
—Tu vida no depende de ti... Tu corazón... ¡quizá tampoco!
—¡Hombre!
—Acuérdate...
—Si, ya me acuerdo—interrumpió desconcertado el poeta—; pero esa lúgubre memoria no ha de apartarme para siempre de la felicidad.
—La felicidad no es de este mundo...
—Si argumentas así, a lo asceta...
—¡A lo maragato!—sonrió acerbamente don Miguel.
—¿Y juzgas que Florinda ha nacido para sacrificarse?
—Florinda ha nacido para obrar el bien...
—Como todo fiel cristiano.
—Pero con especial misión de bienhechora... Oye, Rogelio—añadió el cura, mirando de frente a su amigo y hablando recio, como quien tomase de pronto una determinación—. Tus intenciones son muy hermosas. Viniste a Valdecruces generosamente equivocado detrás de una mujer: si la quieres «salvar», como tú dices, no interrumpas sus pasos hacia la más segura y definitiva de las salvaciones.
—Estorbo: es indudable.
—Para que ella siga su trazado camino, sí.
—¿Por qué no me hablaste con esta franqueza desde el primer día?
—Porque vuestro idilio me perturbó un poco... porque no juzgué tan firme la perseverancia de _Mariflor_.
—¿Y ahora?