La Esfinge Maragata: Novela

Part 12

Chapter 124,055 wordsPublic domain

—Si yo «encontrase», como tú dices, esos miserables cuartos, ¿estaría vuestra deuda en pie?... No creo en el dinero; no sé dónde se esconde; no parece por ninguna parte cuando se le busca para hacer caridad: por no tenerlo sufrí en mi primera juventud los más refinados pesares...

Triste ráfaga de evocaciones pasó como una nube por la frente del apóstol.

—Cursé mis estudios de limosna, sin saborear nunca la posesión de una peseta; caí en las adversidades de este pueblo sin poder remediarlas, y cuando las vuestras me tocaron en lo más vivo del corazón, enloquecí hasta el punto de creer en la existencia del embustero metal: en mi prisa por salvaros pagué al tío Cristóbal con la dote de Ascensión...

—¿Qué?

—¡Y ahora no parece el dinero ni para vosotros ni para mí!

Alzóse precipitadamente de la silla, pesaroso de haber dejado escapar semejante confidencia; _Mariflor_, desolada, se había levantado también.

En el profundo silencio de la tarde descendía la sombra invadiendo la estancia; asomábase por el abierto balcón el cielo, de color de violeta.

—No te apures, chiquilla—repuso el cura por decir algo—; he sido un torpe: no quería contarte así las cosas.

Con fácil prontitud asociaba Florinda a las últimas revelaciones de su amigo cierta frase que antes sorprendiera: _un nuevo empréstito_. Y ahora comprendía el alcance de esas palabras.

—¿De modo que fué inútil el tremendo sacrificio de usted?

—¿Tremendo?...—sonrió el cura con generosidad.

—¿De modo—repetía _Mariflor_ como una sonámbula, dando vueltas por el despacho—que diez y doce veintidós mil?... ¡Esta sí que es suma fabulosa! No hay nadie que la tenga «disponible».

—¡Mujer, no tanto!... Te alucinas...

La moza no escuchaba razones: en la aterciopelada dulzura de sus ojos se dilató el espanto de necesitar con urgencia ¡veintidós mil reales!... una suma tal, que acaso no existiera en el mundo... Sintió de repente en sus hombros las dos manos de don Miguel.

—Esto se arregla, ¿entiendes?—dijo el sacerdote—. Esto se arregla a escape: yo no he agotado todos mis recursos para buscar ese dinero; me he explicado mal sin querer; te estoy haciendo sufrir de una manera intolerable.

—Aunque esto se arregle por milagro de Dios—repuso la joven obstinadamente—, la abuela volverá a las andadas. Yo no sé cómo viviendo con tal miseria necesita empeñarse una y otra vez: ¡ya no confío en apoyar la casa que se hunde!

—Mira: tu abuela es una calamidad. En la sombra confusa de su vida brilló sólo un amor: el de la madre. Y esa única luz ha ofuscado a la pobre mujer en lugar de alumbrarla. Repartió su ciega idolatría entre los hijos mientras la muerte se los iba arrebatando, y por una de esas flaquezas propias de criaturas vulgares, concentró después sus desvelos en uno de los dos que le quedaban.

—Mi tío Isidoro—suspiró Florinda.

—Sí; porque tu padre casó con forastera... El predilecto, mal afortunado en sus negocios mercantiles, emigró hace tres años con la misma fatalidad que le acompañó en España, y desde entonces, cuanto pide a su madre, se lo manda ella, escondiéndose de los que debemos evitar que os arruine a todos sin provecho para ninguno, porque Isidoro, enfermo y torpe, no sirve para nada.

—¿Y quién cura esa manía?

—Yo la curaré ahora que la experiencia me ha prevenido; ahora que tu padre me ha otorgado poderes y atribuciones para intervenir en cuanto sea menester.

—¿Hace mucho que se renovó esa hipoteca?—preguntó la niña avergonzada.

—Un año. Apenas la levanté yo, por detrás de mí se volvió a tejer el enredo.

—¿Pagó usted muchos intereses?

—Pocos...

—¿De verdad?

—Mujer, no te preocupes—eludió el cura, angustiado por la turbación de la joven.

Pero ella, recelosa, alarmadísima, deseando conocer toda la magnitud del desastre, hacía signos de incredulidad. Y al mismo tiempo que preguntaba, iba acercándose a la puerta, como si sintiera impulsos de huir antes de obtener una contestación categórica.

Don Miguel no quería dejarla marchar tan abrumada.

—Yo tengo mis planes—dijo aún, reteniéndola;—un programa de nueva vida para vosotros.

—¿Cuál?

—Tú te casas.

—¿Con quién?

—Con quien te quiera y te guste, ¡carape! A tu abuela «la declaramos pródiga»; a Pedro le mandamos a ganarse la vida; Olalla y Ramona trabajan la mies para mantenerse con la anciana y los pequeños; a Marinela la buscamos dote para que se haga monja... Esto en el peor de los casos; si tu padre no tiene suerte y a mí no me toca la lotería...

Quiso la muchacha sonreir.

—Pero, trabajar la mies—protestó al cabo—, es una cosa horrible para Olalla.

—¿Y no para su madre?

—También... aunque tiene más costumbre...

—¡Peor para ella!... ¡Pobre mujer! La quieres poco y vale mucho.

_Mariflor_, sorprendida, añadió sin defenderse:

—Pedro es muy niño para salir de casa... La dote de Marinela es muy difícil de encontrar...

—En fin, que no estamos conformes—replicó el santo varón algo quejoso.

—¡Perdóneme, señor cura!—exclamó Florinda muy encarnada—. Dios le pague cuanto hizo, cuanto hace por nosotros... Así que Antonio llegue, tomaremos una resolución que le alcance a usted...

Y antes de salir, ocultando el vivo rubor en el umbral de la puerta, añadió entre lágrimas:

—Tengo algunos anillos de oro, el reloj de mi madre, un brazalete... ¡si usted lo quisiera recibir!

Había juntado las manos en férvida súplica, a punto de caer de rodillas. Transido de compasión el sacerdote, hizo un ademán brusco y tierno.

En aquel instante se oyó el eco de unos pasos en el corral.

—Es Rogelio, que vuelve de Monredondo—advirtió don Miguel.

Y la moza, con un signo de silencio en los labios y un presuroso adiós lleno de suavidades, bajó por la escalera aceleradamente.

Esquivando al forastero, deslizóse al «cuartico» donde Ascensión cosía, muy curiosa de la confidencia celebrada en el despacho.

—¿Qué haces?—dijo _Mariflor_ sin saber lo que preguntaba—. Se había enjugado los ojos, y a la media luz del aposento escondía mejor las señales de su angustia.

—Ya ves—repuso Ascensión desplegando un trozo de blanqueta con el cual confeccionaba refajos.

—¿Son para el equipo?

—Sónlo; esta lana es de la trasquiladura de antaño. ¡Da gusto coserla cuando se ha visto viva en los animales!

—¿La has hilado tú?

—Sí; pero antes lleva muchos trajines. Cada vellón se lava, se esponja, se escarpena, se abre, se carda y se hila: todo lo hacemos aquí; después lo tejen en Val de San Lorenzo.

—Y ¿cuándo es la boda?

—El día de agosto, a más tardar; durante el mes que viene se leerán los proclamos.

—Entonces, mañana será el primero.

—No; el domingo que sigue. Pero, ¿cuándo es la tuya?... ¿lo hablasteis arriba?—aludió Ascensión.

—Vine por asuntos de la abuela... Yo no me caso tan pronto.

Resonaban pasos y voces en el despacho de don Miguel, y los últimos alientos de la luz desfallecían en las blancas paredes del «cuartico».

—Sentiste llegar a don Rogelio, ¿verdad?—interrogó la novia, doblando su costura.

—Sí... Ahora me voy: es tarde.

—Te acompaño hasta la fuente.

Tomó la muchacha un cántaro en la cocina, y ambas jóvenes salieron sin hacer ruido.

* * * * *

Ascensión Crespo y Fidalgo es una maragata sonriente y graciosa a quien un leve roce con gentes extrañas a la suya ha dejado suave matiz de alegría en las palabras y en los pensamientos: posee un título de maestra elemental que no logra encumbrarla mucho ni distanciarla moralmente de su país; pero le da cierto lustre entre los vecinos, aparte su preponderancia como sobrina del párroco y novia de un rico mercachifle.

Su madre, hermana mayor del cura, había querido acompañarle en Valdecruces, no tanto por regir con cariño el hogar del sacerdote como por tener su sombra. Criáronse un tiempo don Miguel y su hermana bajo la protección de un tío que dió carrera al varón y legó a la hembra unos quiñones y unos miles de reales. Viuda ella al recibir la merced, y madre de dos niñas, casó pronto a la mayor, gracias al olorcillo de la herencia, con un pariente muy bien establecido: fugaz matrimonio que en el término de un año desbarató la muerte, llevándose a la recién casada. Pero el viudo, con la querencia del lar y de la dote, vuelve ahora en busca de su cuñadita Ascensión, y la madre, que aún llora a la hija malograda, sonríe ante la suerte de esta otra, convencida de que un marido con dinero es la suprema felicidad para una mujer.

Estos son, asimismo, los ideales de la joven maragata. Su rápida excursión por la Normal de Oviedo no le descubrió muchos horizontes, ni ensanchó sus miras, ni llegó a turbar hondamente el atávico reposo de su inteligencia; bastante hizo la moza con suavizar su trato, con desentumecer un poco la sonrisa y la voz: siguió escribiendo sin ortografía y leyendo con el tonillo cantarín que aprendió en la aldea; pero sus modales tuvieron más desenvoltura, sus palabras más camino, y una gota de la curiosidad del mundo resbalaba, alegre, desde sus ojos hasta sus labios sin descender nunca hasta el corazón.

Redimida de las rudas labores campesinas, con su título flamante de maestra y su rumboso compromiso de boda, gozó la muchacha en el lugar de todas las preferencias y admiraciones, hasta que llegó Florinda. Sin ningún mezquino sobresalto prestóse al punto a compartir con ella el auge de aquellos sutiles privilegios; creyó que su descollante categoría la designaba para recibir cortésmente a la gentil forastera, iniciarla en las nuevas costumbres y hacerla, en suma, con la mayor solicitud, «los honores» del pueblo. Pronto esta buena disposición tuvo por acicate la simpatía y la curiosidad. Florinda se hizo querer: el encanto y la dulzura de su carácter se imponía con irresistible gracia, y el ligero tinte exótico de su persona resplandeció a los ojos de la maestra cual lejano saludo de las novedades mundanas que ella conocía. _Mariflor_ miraba a los ojos de la gente; reía alto, lucía el florido cabello peinado a la moda de las ciudades; tenía pensamientos pulidos, ideas bizarras que de todo su sér emergían con libres y serenas emociones... Ninguna zagala de Valdecruces admiró a la forastera con tanta intuición de sus méritos como la sobrina de don Miguel.

Ahora, camino de la fuente, Florinda y Ascensión coloquian en afable intimidad, lejos entre sí los corazones y unidas las existencias juveniles en el fondo de un mutuo cariño.

—¿Conque te proclamas el mes que viene?

—Las dos veces que faltan, sí, porque la primera amonestación lanzóse ya en enero, cuando nos apalabramos.

—¡Ah! ¿Es costumbre?

—¡Natural, mujer, para que se sepa que somos novios!

—¿Te escribe mucho?—insinúa Florinda, intrigada.

—Aquí no se usa.

—¿Pero ni una vez siquiera?

—Ni una sola.

—¿Tampoco ha venido a verte?

—Tampoco; vendrá la víspera del casamiento, y después de la tornaboda se volverá a partir. Mi madre—añade, ufana, la maestruca—me da el ajuar de la casa y la dote de cuatro mil pesetas, que administra mi tío.

Muy descolorida y agitada, comprobando la cuantía de la aterradora suma, _Mariflor_ pregunta para disimular sus preocupaciones:

—¿Cómo sabes si quieres a tu novio sin conocerle apenas?

—Porque fué bueno para la biendichosa.

—¿Ausente y en un sólo año le pudisteis juzgar?

—Era deportoso... ¡«mandaba» mucho!

La risa de la fuente interrumpe la plática, y Ascensión averigua, antes de despedirse de su compañera:

—Y tú, ¿cómo quieres a un forastero sin conocerle más que de un viaje, sin saber de su casta ni de su bolsillo?

—He hablado mucho con él, con sus ojos y su corazón—balbuce Florinda, algo confusa—; he leído sus libros y sus cartas... Además, ¿por qué dices que le quiero?

—Lo supongo—sonríe la maestra, con pretensiones de sabiduría, y advierte:—Es muy bien parecido y elegante, de mucha labia y educación... pero este personal de pluma no suele tener hacienda... ¡Harías mejor boda con Antonio!

Vibró rudo el consejo sobre el rumor del agua fugitiva, en tanto que se alejaba _Mariflor_, sonriendo a fuerza de pesadumbre.

En la profunda calma del ocaso le parece a la moza infeliz que una vegetación de espinas surge debajo de sus pies y que un lamento corre por la sombra. Al llegar a su casa, busca refugio en el huertecillo, pidiéndole a Dios serenidad de ánimo, consuelo y fortaleza. Allí, escondida entre la única fronda del vergel, siente de súbito en el rostro el roce de unas alas de mariposa: es la hojita de un capullo que vuela desde el rosal.

Atravesado el pecho de las más inefables compasiones, tomó Florinda el pétalo en sus manos, y con irresistible impulso, quiso volverle a la yema sonrosada de donde había caído. Pero quedóse inerte, presa de inexplicable zozobra: era imposible unir la hoja muerta con el retoño vivo... Y la zagala sentía cómo se deshojaba también, de inexorable modo, la palpitante rosa de su corazón.

XIII

SOL DE JUSTICIA

UN día y otro posaba el sol adurente sobre la llanura.

Eran tan placenteras las señales del cielo, que la sequía se convirtió en seguro peligro para la escasa mies de Valdecruces, y bajo la férula del tío Cristóbal celebróse con toda exactitud el turno de regar, aprovechando el agua de los fugitivos arroyos.

Según había temido Olalla Salvadores, llegó para sus «bagos» la vez en el riego sin que la familia tuviese con qué buscar obreras; y al amanecer aquella mañana, Ramona y su hija mayor, silenciosas y diligentes, salieron hacia los centenales con los aperos necesarios para «apresar y correr el agua».

Del mermadísimo patrimonio de la tía Dolores no quedaban a la sazón más tierras de regadío que las dos hazas de mies adonde las mujeres se dirigían; y ya estas únicas parcelas estaban hipotecadas al tío Cristóbal, que nada quiso dar sobre el terreno de secano, las «hanegadas» de Abranadillo y Ñanazales, tendidas al otro lado del pueblo, y menesterosas de continuas huelgas por su mucha ruindad.

Precisamente el viejo acaudalado de Valdecruces poseía tierras asurcanas de las que iban a regarse, y se mostró aquel año muy solícito para beneficiar las de sus infelices vecinas, gozándose en la ambiciosa certeza de unir pronto los diferentes lotes en una sola finca envidiable, señora de la mies.

No se durmió el anciano aquella mañana, y apenas calentaba el sol cuando se aparecía entre los rústicos centenos la imponente figura de un hombre alto y rojo, curtido y vacilante, con ancho sombrero de cordón y borlitas, bragas de estameña, polainas de pardillo, y almilla muy atacada sobre un chaleco de color; calzaba galochas y apoyábase en un cayado patriarcal. En su rostro, enjuto y boquisumido, asomábanse unos ojuelos grises, cargados de cejas blancas, turbios y persistentes, con tenacidad interrogadora.

A este maragato, rico en relación a la pobreza del país, le respetaban por el dinero y la autoridad, pero su avaricia inextinguible le hacía también odioso y temido. A pesar de sus noventa y seis años, manteníase terco y duro como un roble, y su presencia inspiraba en todas partes cierta inquietud mezclada de repulsión.

Un solo hijo, ya viejo, le quedó al tío Cristóbal en la hora de la viudez; pero este único descendiente, cargado de familia, hubo de buscar el sustento en tráficos humildes fuera de Valdecruces, pues todo lo que hizo el codicioso quintañón por la necesitada prole, fué llevarse a una de las nietas para que le sirviese de criada. Y Facunda Paz, la moza recogida por el abuelo, no lució nunca en el baile un rostro complacido, ni un «rodo», mandil o sayo tan donoso como el de sus vecinas o el de sus mismas hermanas, aunque las prendas de los antiguos ajuares, mantelos y corpiños, rasos y cúbicas de la abuela se apolillaban en el fondo de los cerrados cofres. Había trabajado el tío Cristóbal en Madrid algunos lustros, mercader y agiotista en miserable escala, establecido allá por los andurriales de la Puerta de Toledo. Casó, ya hombre maduro, con moza acomodada de su país, y se trasladó a la aldea sin abandonar los trapicheos mercaderiles; así fué explotando en oscuros negocios la necesidad tirana del pobre vecindario, sin compasión de la propia familia, como en el caso de la tía Dolores, de quien era pariente.

No amaba este avaro la tierra como las mujeres de Maragatería, con ese amor recio y generoso que da la sal del llanto y del sudor para abono del surco en los terrones. Amaba el dominio y la riqueza con mezquinos alcances, dentro de una pasión raquítica y sin alas.

Más duro de corazón y de mollera con los años, sentía la embriaguez de las posesiones a lo grosero y sensual, sin ternuras de enamorado, sólo con las voracidades torvas del instinto.

Su torpe codicia iba arrastrándose lo mismo que un reptil por los barbechos, en la estrechez de la mísera tierra laborable y en el camino silencioso y triste de las hendidas cabañucas romanas, hasta dar por chiripa en una casa de adobes, en una recua y un rebaño.

Ahora zumba el usurero, como un cínife, en torno a la parcela de regadío donde Olalla y Ramona abren el cauce regador.

Hipan aspadas las dos mujeres sin resuello ni alivio en la pesadumbre del trabajo, metidas hasta la cintura en la rota, represando y corriendo el anhelado camino para el agua.

—Dios os ayude—dice la trémula voz del tío Cristóbal desde el hoyo profundo de sus labios.

Ramona sigue trabajando sin responder, y Olalla pronuncia tímidamente:

—Bien venido.

Un golpe de tos atraganta al viejo, y su melena goda se agita en la inclinada cerviz, como blanco cendal batido por la tormenta sobre un árbol caduco.

Alguna cosa impaciente querían decir aquellos labios contraídos en espantable mueca, en tanto que los ojos, fijos y voraces, escrutaban a las trabajadoras con ansiedad: sin duda el tío Cristóbal pretendía enterarse de noticias urgentes antes de acabar de toser.

Mirábale de reojo la doncella, alarmada y expectante, y Ramona le volvía la espalda con obstinado tesón, cada vez más hundida en la rotura, buscando afanosamente el rumbo del arroyo.

El año anterior no necesitaron las de Salvadores regar sus panes, porque había llovido en la primavera. Y ahora parecía que la antigua vecindad del agua huyese como una desconocida a la solicitud de los audaces brazos femeninos.

—Hogaño está más lejos—había dicho suspirante la moza, mirando cómo la gracia apetecida resbalaba por el suave declive de la mies, en murmullo remoto...

Ya el tío Cristóbal podía «colocar» aquella urgente pregunta que le palpitaba en los ojos. Habíase parado al borde de los centenos, erguida la vejez codiciosa sobre el verde tapiz de los tallos, apoyándose con fuerza en el bastón.

Supo el viejo, la víspera, que un galán «señorito» acompañaba, como en las ciudades, a la prometida de Antonio Salvadores, del rico a quien él temía casado con _Mariflor_, pero a quien nunca supuso capaz de favorecer a la familia con desinteresados fines.

De realizarse pronto la anunciada boda, pudiera suceder que al fincarse en Valdecruces los novios, levantaran para sí el empeñado patrimonio de la abuela. Entonces, ¡adiós casa, «bagos», yuntas y «cortina» en la sombra perseguidos!

Mas, si por lo contrario, la zagala contrajese nupcias con aquel fino caballero, él se la llevaría fuera del país; y, donde, con una sola excepción, todos los vecinos necesitaban limosna, ninguna otra mano se podía tender hacia la sitiada hacienda.

No había que pensar en que la defendiesen Isidoro ni Martín Salvadores, que, a pesar de sus buenas aptitudes para el comercio, naufragaban también en el maleficio lanzado por la tía Gertrudis sobre la casa del abuelo Juan.

Desvelada con estas consideraciones, la astucia del tío Cristóbal se dejó sorprender por la impaciencia, y quiso averiguar a todo trance lo que de cierto hubiese en la general suposición del forastero prendado de la niña. Ya iba a preguntar rotundamente:—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—cuando se presentó orillando la mies, a buen paso y con la azada al hombro, la propia tía Dolores.

Saludáronse los dos primos con un leve murmullo estupefacto. ¿Qué hace aquí la sombra de este carcamal?, se dijo la vieja, memorando con pálida lucidez las celadas rastreras de su pariente.

Saltó luego a la zanja con más agilidad de la que hubiera podido suponerse, y escudriñó de soslayo la esquiva catadura del hombre, crecido desde allí como un gigante, negro y rojo, igual que una tragedia, sobre la glauca alegría del centeno.

—¿A qué viene?—preguntaron con acritud dentro del cauce.

—A trabajar—respondió la anciana llena de bríos.

Hizo Ramona un gesto desdeñoso, y Olalla suspiró jadeante.

Alzábase la moza a menudo para medir con los ojos la distancia a cuyo borde modulaba el arroyuelo su promesa; no era mucha, alcanzada con la vista: veinte metros escasos. Mas era enorme para hendirla con el azadón, honda hasta nivelar la altura del terreno con el declive donde el regajal corría. Y la carne joven, nueva en aquella bárbara lid, temblaba hecha un ovillo, sudorosa y encendida bajo el implacable sol.

En cuanto llegó la abuela a meter sus afanosos brazos en la zanja, Ramona la dejó arañar el escondido seno de la tierra, menos duro que la capa exterior, y subió infatigable a romper el camino en los abrojos, sobre el campo de barbecho, mustio y ardiente.

Rígida la corteza del erial, defendíase con sordas rebeliones del empuje bravo de la azada. Un hiposo jadeo, semejante a un bramido por lo amargo, resoplaba en el pecho de la cavadora, y la tierra devolvía en retumbos persistentes los desesperados golpes, escupiendo su polvo de cadáver a la roja cara de la mujer.

Mira la joven con espanto cómo su madre rompe al fin la brecha sin hacer una pausa ni pronunciar una frase, como poseída de un vértigo brutal. Da y repite azadazos lo mismo que una furia, con sacudidas violentas de todo su cuerpo: parece que le crujen los riñones y se le saltan los ojos; parece que llora a raudales según tiene la faz mojada de sudor.

También la anciana contempla absorta el tremendo poderío de una triste juventud, escondida en la sangre y en la voluntad bajo las injurias de vientos y de soles, de lágrimas y trabajos.

Pero al tío Cristóbal no se le da un ardite en aquel imponente pugilato de la carne heroica y viva con la tierra muerta y dura.

Impaciente hasta la indignación por la intempestiva llegada de la tía Dolores, por el silencio hostil de las tres mujeres y el eco retumbante de la cava, se revuelve el avaricioso con la doble ansiedad de la vejez que tiembla impotente por cada minuto perdido para sus deseos.

—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—pronuncia, al cabo, después de toser y de escupir.

Resbaló su pregunta como tañido de campana rota sobre el cauce entreabierto y los rastrojos: el trajín enervante quedó atravesado por la sorpresa.

—¿Qué dice?—murmura con asombro la tía Dolores.

Olalla da principio en voz queda a una difícil explicación que confunde a la anciana, y Ramona hiende con nuevos redobles el erial.

—¡Eh!... ¿no contestáis?—grita el viejo apremiante.

Ya la abuela va entendiendo un poco:

—Sí, sí; el señor de Villanoble que viajaba con nosotras en el tren; el que está con el cura de güéspede y va todos los días a nuestra casa... Ya, ya... Pero, ¿y el primo Antonio?... ¿Y la boda esperada como una salvación por la familia?

—Ya veremos—insinúa Olalla, mientras su madre, muda y sorda, permanece entregada al trabajo con frenesí.

—¡Diájule! ¿Os habéis vuelto simples? ¿No queréis contestar?—vocifera exasperado el tío Cristóbal.

—No hay que impacientarle mucho—piensa la muchacha, con la serenidad de su juicio calmoso, y responde:

—De lo que usté pregunta... no sabemos nada.

—¿Cómo que no sabéis?... Pues si no es por la moza, ¿por quién viene ese barbilindo?

—Por don Miguel.

—¡Mentira!

Olalla se encoge de hombros con aquel movimiento brusco, peculiar en su madre. Y el viejo, sospechando que va por difícil camino su investigación, hace acopio de paciencia, contiene su ira en un rebufo, y se deja caer a la sombra del centenal, con el firme propósito de acechar allí hasta que sepa algo, hasta que aquellas «morugas» hablen o revienten.