Part 11
La voz ardiente de la farandulera desceñía con arrebato vertiginoso la vestidura de sombras y de ignorancias sobre los exaltados pensamientos de la joven, y ella veía a la intemperie todo el fermento amargo de sus desvaríos, todo el caos de sus bellas locuras; pensó que los demás contemplaban con asombro aquella terrible desnudez espiritual, motivo de su espanto, y cubrióse con el pañuelo la cara roja de vergüenza. ¡Estaba herida del incurable mal de amores que el romance clamaba! ¡Tenía, como la errante musa, un anhelo infinito sangrando penas en el inmenso corazón!...
Y esta misma certidumbre entraba en el ánimo de la moza con nublada conciencia, como al través de un sueño. Quizá la niña triste iba a sacudir tamaña pesadilla despertando a su estado interior de oscuridad, donde ardía como lámpara celeste la vocación religiosa, vacilante y confusa entre nieblas que servían de pudoroso vestido al inexplorado sentimiento...
La figuranta se adelantó en el escenario otra vez. Hablaron con ella el director y el galán, animándola sin duda a combatir la indiferencia del público con un nuevo recitado. Y la dama, obediente y humilde, volvió a extender los trémulos bracitos y a querellarse rostro a las nubes, con desgarradora expresión de impotencia:
¡Todo está dicho ya!... ¡Qué tarde llego!... Por los hondos caminos de la vida pasaron vagabundos los poetas rodando sus cantigas: cantaron los amores, los olvidos, anhelos y perfidias, perdones y venganzas, zozobras y alegrías.
Siglos y siglos, por el ancho mundo la canción peregrina sube a los montes, baja a los collados, en los bosques suspira; cruza mares y ríos, llora y muge en vientos y celliscas; se queja en el jardín abandonado, en las flores marchitas, en las cosas humildes, en las tumbas, en las almas sombrías.
Todo el mundo es querella, todo es himno, todo el mundo es sollozo y poesía... Y yo vengo detrás de ese torrente que al universo encinta, con una canción nueva entre los labios sin poder balbucirla: porque ya no hay palabras, no hay imágenes ni estrofas ni armonías, que no rueden al valle penumbroso y suban a las cimas, y salven los abismos, colmando las medidas de las voces humanas y los sagrados sones de las liras... ¡En este mundo lleno de canciones ya no cabe la mía! Loca y muda la llevo entre los labios sin poder balbucirla...
Bajo las floridas alas de su pañuelo, Marinela rompió a llorar con un murmullo devaneante de palabras, como si también en sus labios feneciese una canción muda y loca, de acentos imposibles.
—¿Qué tienes, criatura?—le preguntó asombrada la sobrina de don Miguel.
Se produjo un movimiento de alarma en torno a la llorosa, y su madre la sacudió por un brazo, ríspida y violenta.
—¡El tríbulo de siempre!—murmuró.
Acercóse Olalla muy descolorida, cuando el cura, como si conociera el origen del súbito desconsuelo y lo creyese justo y necesario, ordenó que dejasen a la moza llorar.
El poeta y _Mariflor_ miraron al sacerdote comprendiéndole, mientras los demás vecinos murmuraban que era aquel llanto un síntoma de «manquera» incurable.
La _Musa_ extendía el plato petitorio con el aire indiferente de costumbre, quizá un poco movido aquella noche por el aspecto singular del público, por su grave y silenciosa expectación.
De cerca parecía más mujer y más triste la danzante: se agrandó su estatura, y las líneas de su rostro aparecieron más cansadas y fuertes.
Posó en torno suyo una mirada ancha y escrutadora, y para tender el plato al alcance del cura y de Terán, se mezcló en aquel grupo extraño donde hasta los niños hablaban en voz chita.
Entonces, sorprendiendo los ahogados sollozos de Marinela, preguntó asombrada:
—¿Por qué llora?
Su acento dulce y caliente hizo temblar a la afligida, que descubrió el semblante y acarició con el húmedo cuarzo de sus ojos la figura de la otra mujer.
Como nadie respondiese, la comedianta, agitando el velo oscuro de su cabellera, volvió a decir:
—¿Por qué llora?
—Porque le ha conmovido tu declamación—dijo al cabo Terán.
Puso en la bandeja otra dádiva y averiguó sonriendo:
—¿De dónde eres?
—No lo sé... De cualquier parte... De un camino—repuso la andariega.
—¿Cómo te llamas?
—_Musa._
—Será remote—pronunció una voz tímida.
—¿Y dónde aprendiste esos romances tan inquietos?—añadió el joven.
La enlutada sacudió su melena con un gesto peculiar, alzó los hombros y contestó en frase ambigua:
—Por ahí...
Su brazo desnudo parecía extenderse con altivo desdén hacia todos los horizontes universales.
—¿Quieres darme una copia de los versos?—le decía Terán curioso.
—Papá los tiene.
Papá, que era el director, se había aproximado. Buscó diligente en sus bolsillos unas hojas escritas a máquina, y luego de escogerlas, alargólas murmurando:
—No son éstas las únicas que «hemos vendido», caballero.
El poeta comprendía y pagaba mientras desfiló el público en silencio, y don Miguel, sin intimidarse por el escote exagerado, le decía a la recitadora algunas palabras serenas y apacibles.
Marinela, que había cesado de llorar, apoyábase en el brazo de Ascensión, cada vez más vergonzosa, débil, con inexplicable laxitud de los miembros y del espíritu, como en la crisis de una enfermedad repentina. Seguía obsesionándola el espanto de ver al aire su corazón enfermo de ambiciones y de quimeras, dolido de ternuras insensatas, preñado de un cantar indecible.
Ramona miraba de reojo a su hija pensando confusamente por dónde habría venido sobre ella la agravación de sus habituales pesadumbres; y miraba, sobre todo al galán acompañante de _Mariflor_, sin ver, entre las brumas del espíritu, las razones que tendría el párroco para decir que aquel hombre era un buen caballero inspirado en los mejores propósitos hacia la niña, y a quien era preciso tratar con mucha discreción. En la oscura cárcel de su inteligencia el instinto le hacía temer a Ramona una amenaza en el forastero.
Ya los cómicos apagaron los hachones y recogieron la alfombra, buscando el refugio de su casa ambulante, apenas visible en el abandono de la plaza al resplandor mortecino de dos luces.
Habían retirado en un periquete los bancos y cajones donde se aposentó una parte del público, y quedaba otra vez la cruz sola y vigilante en la anchura silenciosa del lugar, abriendo los brazos con infinita indulgencia, precisamente hacia el rincón donde iban a dormir los pobres aventureros.
Divididos en grupos, los curiosos tornaban a sus hogares con la extrañeza de haberlos abandonado, con el asombro de vagar a tales horas por las calzadas adormecidas en la noche.
La presencia de don Miguel les obligó a rechazar suposiciones de brujería en el raro festejo nocturno, y un alucinamiento de milagro oprimió sienes y corazones ante la sorpresa de cuantas habilidades había lucido la farándula, aparecida como un prodigio en aquel olvidado rincón de la llanura.
Iba Olalla tirando de sus hermanitos, que volvían los ojos borrachos de sueño hacia donde se quedaban los farsantes, y la familia de don Miguel acompañaba a la de Salvadores, siempre inclinado con ansia el forastero sobre la belleza de _Mariflor_.
Se había roto el pálido celaje mostrando un fondo azul florecido de estrellas, y la luna, redonda y ardiente, subía en triunfo por el firmamento escoltada por tusones livianos de nubes.
Aquellas ráfagas que la gente anhelosa de lluvia recibió como «viento de Ancares», no eran más que suspiros de la brisa mojados en la frescura natural de la noche. Y al mirar descorrido el cortinaje blanco sobre el índigo dosel, las mujeres suspiraban a la par del viento, y los ojos contemplaban desconsolado el alto horizonte azul.
Despidiéronse las dos familias en la plaza donde el forastero encontró a Marinela; cambiados los adioses, con no poca timidez en algunos labios, desapareció cada grupo en diferente calle, y como un eco de las eternas inquietudes humanas, quedó allí solo y despierto el gallardo temblor de la fuente, compadecido por un rayo de luna.
XII
LA ROSA DEL CORAZÓN
AL llegar a Valdecruces conoció Rogelio la situación de la familia Salvadores; supo asimismo que la boda de Florinda con su primo Antonio era raíz de una esperanza para la rehabilitación del hogar, y que la pobre moza, enamorada del poeta, vivía en sorda lucha pugnando heroicamente por favorecer a los suyos, sin hollar los fueros de su propio corazón.
Al oir de labios de don Miguel tales revelaciones, sintió Rogelio una agudísima piedad, y en un arranque de ternura y gratitud, determinó acelerar sus propósitos, casarse con la dulce niña y arrebatarla para siempre a las tristezas y servidumbres del páramo.
Junto a la noble figura del sacerdote, en aquel ambiente de austeridad y sacrificio, desbordáronse las compasiones del caballero: vió a la hermosa doncella condenada a yacer en una vida tan contraria a su educación y natural finura; admiróla doblemente con instintos de artista y misericordia de enamorado; encareció sus excelencias y virtudes, elevándolas a lo sumo de la imaginación, y prometióse con hidalguía quijotesca «no comer pan a manteles» hasta librar a su dama de tan penoso cautiverio y hacerla feliz, muy feliz...
Mas, una vez a solas, pasó por la mente del hidalgo cierta ráfaga de inquietud. Rogelio no era rico: después de una infancia triste, de una adolescencia cruel, combatida por muchas pesadumbres, su arte y su pluma, unidos en esfuerzo quizá no muy constante, pero firme y bien orientado, comenzaban a subir la dura cuesta de la fama; pero aún no podía como «el otro» redimir la hacienda de Valdecruces, ni siquiera ofrecer a su amada más que un porvenir inseguro. Unirse con _Mariflor_, ¿sería, pues, hacerla feliz?
Miraba Rogelio la vida a lo poeta, desde las cumbres, sin pensar en las humildes realidades hasta que por su mal tropezaba con ellas. Al decidir la boda no hallaba para su vida otro refugio que una silenciosa casita en Villanoble, donde murió su madre, la solitaria mansión estremecida siempre por las voces del mar. Bello rincón sin duda para esconder un idilio, para aguardar prósperos tiempos en brazos del amor. Pero quizá esos tiempos no llegasen nunca; tal vez un día tuviera el marido que salir del hogar, como antaño su padre, víctima también de amor y de pobreza, el cual se fué para siempre, aunque tras sí dejaba una mujer y un niño...
Al abismarse en las incertidumbres de lo venidero, revivía el mozo las memorias de su infancia, junto a aquella madre siempre meditabunda, siempre inquieta, vigilando día y noche los caminos por donde el ausente pudiera tornar. Recordaba con obsesión de pesadilla los ojos desmesurados de la infeliz cuando en el horizonte marino aparecía un buque con rumbo a Santander, la desolación infinita del materno rostro en constante solicitud sobre los barcos y las olas. Cuando las lágrimas y el tiempo empañaron la luz de aquellas pupilas dulces y pacientes, la mujer perseguía al niño para señalar, entre la bruma, el humo ilusorio de una embarcación, y preguntar ansiosa, como la conocida «hermana» en el cuento popular de _Barba Azul_:
—_Rogelio, hijo mío, ¿qué ves?..._
Temblaba el poeta ahora, repitiendo con el corazón oprimido por inexplicables ternuras, su réplica tantas veces balbucida:
—_No veo más que las aguas y las nubes..._ ¡El no quisiera, por nada del mundo, ser la causa de que en bocas inocentes hallasen ecos aquella pregunta y aquella contestación, cifra de tremendo martirio, renovado al través de toda una vida!
Era Terán superticioso, creía en los pecados por atavismo. Más de una vez, pensando en la inconstancia de su padre y en sus propias flaquezas, huyó de tener novia, prediciendo:
—Voy a causar su desventura.
Y a menudo, cuando le enardecían nuevos amores, se observaba con espanto como si en el fondo de su corazón temiese descubrir el gérmen de alguna fatalidad hereditaria. Estos mismos terrores le persiguieron al arribar a Valdecruces, aunque nacía la afición de ahora con tales ímpetus y ternuras, que llegó a juzgarla definitiva y libre de toda infidelidad.
Acalló, pues, al fin, sus sobresaltos e incertidumbres; afirmóse en la idea de la boda, y así se lo dijo a _Mariflor_. Pero la niña, preocupada, irresoluta, confesóle, tras violentos sonrojos, que no podía casarse sin aliviar a su gente de los graves apuros en que se estaba hundiendo: lo había prometido, lo había jurado... era un caso de conciencia y de honor. Con tan sublime sinceridad, con tales aspiraciones generosas resplandecía el propósito de Florinda, que el caballero enmudeció reverente.
No aludió ella, ni de lejos, a su primo; antes bien, con singular delicadeza limitóse a expresar la candorosa confianza que tenía de intervenir favorablemente en las desventuras familiares.
—Yo estoy resuelta—dijo—a remediarlas. Es un deber que me impuse.
—¿Aun a costa de la íntima felicidad?—preguntó Rogelio atónito.
—A costa de ella, no... pero antes de realizarla, sí... ¡lo he jurado! Yo no puedo pensar en mi propia felicidad sin resolver la situación de esta casa. ¿Cómo? No lo sé... En Dios confío. Entretanto, debo olvidarme de mí misma.
Dijo la moza con rotunda firmeza; mas la sorda rebeldía de sus sentimientos hablaban con tal elocuencia en la penumbra de los ojos, que el poeta sonrió seguro de la pasión con que era amado.
Y al referir más tarde al cura esta entrevista, difundióse una grata sorpresa por el rostro franco y abierto de don Miguel. Quiso Terán entonces, un poco desconfiado, calar los ocultos pensamientos de su amigo: asociaba su presente actitud con la singular resistencia de _Mariflor_, adivinando en torno suyo algo más de aquello que ya sabía... Pero nada pudo inquirir, porque el sacerdote se embozó de pronto en la reserva peculiar de aquel país, todo calma, recato y misterio...
* * * * *
Suponía don Miguel tan interesada a _Mariflor_ por el poeta, conocíala tan amorosa y vehemente, que esperaba verla transigir al primer reclamo de la pasión, escondiendo en olvidados plieguecillos de la conciencia su afán de caridades. Mas cuando supo que la moza había puesto, incauta y valiente, condiciones a la propia ventura en beneficio de la ajena, una conmovedora admiración le dispuso a proteger tales propósitos, reveladores de heroicas energías y quizás de providenciales designios.
Así que, poco después, cuando _Mariflor_ fué a casa del párroco en busca de refugio y de consuelo, animóla con grande ternura.
—Sí: yo estoy dispuesta a esperar—dijo la niña—, a esperar el milagro... Pero ¡si viera usted lo que sufro!... Cada día que pasa cae sobre mi corazón con horrible pesadumbre... Tiemblo por la suerte de todos mis amores... ¿Hago mal, acaso, queriendo ser feliz?
—No, hija mía. Yo también quiero que lo seas. Pero hay que tener presente...
—¡Qué! ¿Ya no confía usted en Rogelio?
—¡No confío en la felicidad!—exclamó el sacerdote, recordando a la madre del poeta—. Además—añadió—, si tú quieres favorecer a los tuyos...
—Sí: espero el milagro.
—Rogelio lo realizaría demasiado tarde... nunca tal vez... La situación es crítica... Tu primo Antonio...
—¡Yo no me caso con mi primo!—protestó impaciente la muchacha.
Y como el sacerdote enmudeciera, ella se cubrió el rostro con las manos.
—¡Ya no me anima usted!—gimió—, ¡ya me abandona!
Sin dejarse llevar de toda su compasión, quiso el cura alentarla:
—No te abandono, mujer. Te animo a ser valiente, a ver claro, a elegir el camino más corto para llegar al cielo, a desconfiar de la dicha que buscas en la tierra. ¡Pobre criatura! Debo prevenirte ¡a ti que sueñas demasiado!
—Pues soñar, ¿no es vivir... con el espíritu?
—Sí: cuando no se abandonan los deberes de la implacable realidad... En fin, no te apures; yo llamaré a tu primo. Mediremos su voluntad, sus intenciones...
—Pero diciéndole que no me caso con él—repetía la moza.
—Yo no intento, hija mía, que tú te sacrifiques. Haz lo que quieras... Dispuesto está Rogelio a casarse contigo... ¡Piénsalo bien!
—He jurado ayudar antes de nada a mi familia...
—Yo te libro de ese juramento.
—¡Es que me da mucha lástima de todos!—dijo _Mariflor_ en un arranque de ardorosa piedad. No soy egoísta. Quisiera tener mucho dinero para darlo a manos llenas a mis parientes, a los extraños, a todos los que sufren, a todos los que viven muriéndose de pobreza... Pero casarme con «ese hombre» sólo porque es rico... un hombre a quien no conozco, a quien no quiero... Mire usted, señor cura: ¡si él tampoco me conoce; si él tampoco puede quererme! ¿Por qué ha de casarse con una pobrecilla como yo? En cambio tiene el deber de amparar a la abuela, que es de su sangre, que es su abuela también... Hablándole al corazón, por fuerza ha de compadecerse de ella lo mismo que nosotros... ¿No es verdad?... ¡Sí: llámele usted; llámele en seguida! Yo le diré todo esto... Cuando me escuche, cuando nos mire, si es cristiano, si nos tiene ley, nos dará su apoyo, salvará nuestra hacienda... Y no será preciso que yo venda mi corazón por un puñado de dinero...
A los oídos del sacerdote, acostumbrado a lamentos de cada criatura, no eran frecuentes palabras como éstas: allí cada mujer llevaba estoica y firme su cruz en la marea siempre viva de los infortunios, sin tiempo ni bríos para compadecer los ajenos dolores. Cada vez más prendado del alma de _Mariflor_, embriagábase el apóstol con las brisas consoladoras que esta niña llevaba desde la tierra que vive hasta la tierra que muere, como un soplo de sutiles piedades cultivadas en medio de la civilización para infundir sus simientes en el páramo.
—¡Sí, sí!—exclamó don Miguel—. ¡Quién sabe!... Llamaré a tu primo... Le llamaré en seguida como tú quieres.
—¿Y acudirá?
—Creo que sí.
—¿Antes del _día de agosto_?
—Antes: la semana que viene. Yo deseo que te tranquilices... Además, el tío Cristóbal amenaza con el embargo y hay que tomar alguna determinación.
—Ayer se llevó la recua.
—Ya lo sé.
—Y la _Chosca_.
—Eso no lo sabía.
—No le pudimos pagar unos salarios, y como estaba para el cuido de los animales, pues se marchó también... ¡Pobre! Iba muy triste, con los tres mulos y la borrica: volvían todos la cabeza hacia el establo al seguir por primera vez el camino de un albergue nuevo... ¡Daba una compasión!
—No quise evitar el despojo—dijo consternado el sacerdote—, porque de los que os amenazan es el menos perjudicial; realmente una recua, por mermada que esté, sin terraje propio y sin tráfico, más bien resulta gravosa...
—La conservaban por cariño y también por algo de orgullo: ¡es tan penoso venir a menos!... Aunque me entristeció la despedida de las bestias, me alegró al fin que cambiaran de amo; estaban, lo mismo que la _Chosca_, muertas de necesidad... La mujerona infeliz no comía bastante y se afanaba por darles a ellas de comer, en los rastrojos, en los alcores, en los añojales... ¡Pobre criatura! Nunca tuvo casa ni familia: su padre y ella se tratan casi como desconocidos.
—Y lo son. El tío _Chosco_ «ya no se acuerda» de que esa mujer es hija suya. Quedó viudo al nacer la desventurada, fuése lejos y cuando volvió, pobre, viejo y vencido, se miraron como dos extraños... ¡ella también parecía vieja!
—Vivió desde niña en trabajosa esclavitud...
—No da más de sí la caridad de Valdecruces—suspiró don Miguel—. Y Florinda balbució:
—¡Cómo ha de darlo!
Quedóse acongojada, con el pensamiento henchido de penas.
—Pues ¡y el _Chosco_—insistió luego—, a quien mantiene usted de limosna, que vive sin más ilusión que la de enterar a sus parientes y sólo disfruta olfateando los difuntos!...
Después de una pausa lúgubre, tornó a decir _Mariflor_:
—¿Cree usted que el tío Cristóbal llegará a embargarnos, a ponernos en la calle?
—Es capaz—respondió el cura—. Pero no así de pronto—añadió, viendo palidecer a la muchacha—. Hicimos la tasación de las caballerías y con ellas pagasteis el interés de los réditos...
—¿Interés de intereses?... ¡Válgame la Virgen!... ¿Sabe mi padre que están así las cosas?
—Ya le escribí diciéndole toda la verdad, porque ha sido muy dañoso el engaño en que le tuvo la abuela.
—Es inocente como una niña; es ignorante y simple: si no fuera por usted, ya estaría la pobre en medio del arroyo.
—Ahora, con la pareja de los moricos—insinuó el párroco suavemente, como si temiese lastimar con las palabras—creo que el feroz prestamista quedará muy conforme...
—¿También los bueyes?... ¡Lo que va a sufrir la abuela!... Y, dígame, no me asusto; dígame si la casa peligra: es lo que más me apura; que nos echen del hogar de mi padre.
—No, no; yo haré todos los esfuerzos posibles por evitarlo—repuso el cura muy conmovido.
—¡Demasiado hace usted!
Los ojos de Florinda dijeron estas palabras aún más profundamente que sus labios.
—¡Si usted quisiera explicarme—agregó después con vivo rubor—cuánto debemos a ese hombre y en qué forma!... Yo entiendo algo de cuentas y necesito ayudar a mi padre con usted.
Absorto, perplejo, no sabía el cura qué decir, entre el reparo de abrumar a la muchacha con más hondas preocupaciones y la admiración de verla sobreponerse a sus íntimas amarguras para socorrer las cuitas del común hogar. Decidióse de pronto: la mirada firme y escrutadora de _Mariflor_ no daba treguas.
—Es más intrincado el asunto de lo que tú te supones—comenzó—. El pasado mes venció un nuevo empréstito que el tío Cristóbal hizo sobre la casa, los enseres, el huerto, la cortina y una parcela de regadío en la mies de Urdiales: tres mil pesetas por todo ello, y no fué poco para lo que vale aquí la propiedad y lo que hacía temer la usura del prestamista. Pero no te asombres: ese «rasgo increíble» no solamente está garantido con hipoteca de las mejores fincas del pueblo, sino que rentaba de una manera escandalosa. A mayor _generosidad_... mayor negocio. ¿Comprendes?
—Sí, señor.
—Como tu abuela no pagó los intereses nunca y el tío Cristóbal los cobraba compuestos, la deuda amenazaba doblarse. Así sucedió en otras ocasiones, y así vuestro pariente se quedó con mucho de este patrimonio antes de que yo viniera a Valdecruces.
—¡Y mi padre sin saber nada!—exclama Florinda con desconsuelo.
Un fuerte impulso confidencial persistía en don Miguel, satisfecho de hallar al fin en la familia Salvadores una persona razonable.
—El usurero—continuó—dejaba correr los meses sin apremiaros, mientras los réditos le enriquecían: la hacienda garantizaba los plazos vencidos. Pero ya calculó que tenía «derecho» a quedarse con todo y se resiste a esperar; quiere la casa, los muebles y las fincas de la hipoteca, o los doce mil reales... Hemos tasado en dos mil los bueyes moricos y concede un plazo para el resto si se le entregan en seguida los animales.
—¡Le costaron a mi padre mil pesetas!
—¡Sí!; es buena yunta, pero ha trabajado mucho y está maltratada: no veo además otro medio de obtener un respiro, que debe ser corto, muy corto, para que los fatales intereses no vuelvan a subir, para que sacudáis de una vez esta inicua explotación.
—Sí, sí—decía la moza—. Pero después, ¿qué haremos con poca hacienda y sin costumbre de trabajar?... Si mi padre no tiene suerte, le veo mal fin a nuestras angustias: más difícil será evitarlas en lo sucesivo que ponerles remedio ahora... Diez mil reales—añadió optimista—se encontrarán fácilmente.
—¿Crees tú?—interrogó asombradísimo don Miguel.
—Se me figura...—murmuró azorada la joven, dudando de repente si habría dicho una inconveniencia: su generosa juventud contaba miles de reales con mucha facilidad.
Así, cuando el párroco declaró rotundamente:—Yo no conozco a nadie que tenga tanto dinero disponible—balbució sobrecogida:
—¿Le parece a usted mucho?
—Para darlo o prestarlo a un pobre, me parece una suma fabulosa. ¡Estoy bien seguro de ello!
—¿Lo ha experimentado usted?—replicó la zagala con la inquietud de súbita sospecha.