Part 10
—Sí, sí; por aquel lado «venía».
Su voz, impregnada de misterio, balbuce al oído de la enamorada, que se estremece y se turba:
—Hace volcán—pronuncia Olalla vagamente—. Y Florinda cubre sus cabellos con el pañuelo blanco del bolsillo.
En el sopor fatigoso de la hora fulgura el aire y duerme la tierra, retostada y sediente, sin que llegue del vecindario un solo suspiro hasta la calle, desde las ventanas, abiertas como bocas en perezoso bostezo.
Han madrugado mucho los calores y los campesinos temen, con razón, que se les tueste la cosecha antes de estar en punto de segarse. Andan ya «cogiendo la vez» para los trajines del riego, solicitando hasta la última gota del agua que empieza a murmurar como en agosto, derretida en los montes por este mismo ábrego que en la llanura consume los caudales del Duerna.
Tales pensamientos se agitan en la mente de Olalla con fatigado rumbo: este arroyo, vecino de su calle, no le dará corriente para lavar la ropa, para bañar los patos, para surtir a la cocina; y, sobre todo, no podrán buscar quien las ayude en las tareas del riego, ni en las de la _jaja_ y escardadura; quizá tampoco en las de la siega y la recolección. Las obreras son demasiado pobres para esperar por los jornales; de América no mandan un céntimo; el tío Cristóbal pide los haberes o la casa, y la abuelita chochea sin acordarse de lo que debe, de lo que es suyo, de cuanto sea preciso pagar y conseguir. Ya volaron los restos de la «matación», y la olla cuece sin «llardo» y sin «febrayas», como la del último pobre del lugar. Escasea el aceite; faltan zapatos a los niños; la madre sufre y riñe, con el genio más adusto que nunca...
—¡Dios santo!—clama la moza en medio de sus meditaciones, sin poderse contener.
—¿Qué sucede?—le pregunta su prima.
Pero Olalla conoce por instinto el arte de fingir. Su carácter reservado y oscuro no se presta a las expansiones; siente un salvaje pudor de aquella terrible miseria que a pasos agigantados se posesiona de su hogar, y hasta en el seno de la familia procura disimularla, menos por compasión que por orgullo de mujer fuerte, por extraña codicia que la empuja con bravo deseo a esconder, como un tesoro, penas y trabajos para ella sola, hasta donde sea posible.
—Sucede—responde tranquila—que estáis cogiendo un sofoco sin necesidá; veivos a casa.
—No, no—se apresuran a decir las otras con obstinación.
Y como Olalla siente que la negativa está envuelta en nubes de inquietud, quiere ahuyentar con frases animosas aquel mudo trastorno, y balbuce palabras resonantes que tiemblan en la penumbra de los pensamientos igual que pajarillos lanzados a volar en medio de la noche:
—Bailaremos a la tarde. Ya Marinela tiene que empezar a ser moza, y tú habrás aprendido las danzas de aquí, en dos meses que las ves...
—No aprendo todavía—responde _Mariflor_.
—No bailo—asegura Marinela.
Impaciente por aquellos murmullos negativos, Olalla prorrumpe:
—¡Sodes bobas!
Sonríe Florinda, deseando mostrarse menos preocupada, pero busca en vano alguna cosa alegre que decir; y como los «curros» patullan en la fangosa margen del arroyo, comenta distraídamente.
—Casi no tienen agua.
—Sí; el aflujo va mermando con la sequía, y en el bañil de allá bajo tampoco hay bastante para que las bestias se remojen...
—¡Si lloviese!—ansía _Mariflor_, sabiendo que se aguarda la lluvia como un gran beneficio.
Las tres alzan los ojos con incertidumbre hacia el flamante cielo, curvado en imperturbable serenidad sobre la aldea, y los tornan después hacia la calle, que silente y espaciosa como un ejido, huye al campo con el leve surco del arroyo entre las guijas.
La doble hilera de casas, puestas holgadamente en su sitio con cierta urbana solemnidad, se interrumpe a menudo por sebes de huertos, portones de corrales y afluencias de otras rúas, que también se abren anchas, calientes y dormidas.
—Parece que no hay nadie en el pueblo—dice _Mariflor_, dominada por el agobio profundo de tanta soledad.
—Están todos echando la sosiega, mujer; ya verás como otros domingos, a la hora del Rosario y después en el baile, cuánta gente.
Y Olalla, siempre calmosa, parece que se olvida de recoger sus patos.
Hasta que llega un perruco con la lengua fuera a beber en el mísero arroyuelo, y espanta los ánades que salen parpando a las orillas en torpes vaivenes.
El gozque, así que sacia la sed, ladra con furia, y cuando las niñas vuelven la cabeza buscando el motivo de aquel alboroto, ven a Ramona asomándose a la empalizada del corral.
—El tercero para las dos—advierte—. ¡Si habéis d’ir al Rosario!...
A esta sazón rompe a tocar la esquila de la iglesia.
Aléjase el perro, lanzando sordos gruñidos a la brusca aparición de Ramona, mientras las muchachas y los patos se recogen.
Y en la calle, letárgica otra vez, sólo parece vivir el hilo tenue del arroyo, y un trapo que a lo lejos pone erguida su dudosa blancura, como anuncio y señal de una taberna.
Cuando vuelven a caer las tres mozas en el hondo agujero de la cocina, sienten una frescura penetrante en medio de una densa oscuridad.
Mas, pronto Olalla descubre en la masa de sombras y de humo a la _Chosca_, acurrucada en el suelo entre la ceniza, dando sorbos y bocados voraces a la misteriosa sustancia que extrae de un pucherete.
En el escaño, donde suele dormir la criada, se ha escondido la tía Dolores. Allí está inmóvil sobre la ruin yacija, dominada por el letargo o por el sueño.
—¿Qué hace usté, abuela?—le pregunta la joven asombrada—¿Duerme todavía?... ¿No viene a la parroquia?
La sacude con el temor de que pueda ocurrirle un accidente.
Pero ella responde levantándose:
—Ya voy.
También su voz ahora parece que ha venido de muy lejos, como el fugaz relámpago que le brilla algunas veces en los ojos.
Hoy la esquila avisadora voltea con más sutiles vibraciones; algo le sucede; anuncia una cosa extraordinaria; tiene una doble intención, oculta en el repique insinuante en los últimos golpes: _Tan... tan... tan..._ ¿Qué secretos dice a gritos la esquila?...
Esto se pregunta _Mariflor_ acabándose de vestir, y en tanto que vuelan como alondras sus deseos.
Ya las tres maragatas están muy elegantes, que, de la antigua opulencia familiar, guarda la tía Dolores ricas vestiduras del país: «rodos»; sayuelos, dengues, arracadas, mandiles y otros aliños de mucha gracia y mérito, aunque no cotizables para la avaricia del tío Cristóbal, como los «bagos» y las yuntas.
Marinela, endomingada desde muy temprano, aguardó en un rincón que las otras terminasen su arreglo, procurando no estorbar en la estrechez del gabinete de Florinda, único de la casa donde con el sol entra alegre la luz.
Cuando van a salir, llega muy presurosa la sobrina del párroco, con la mantilla puesta y el rostro encendido.
—Como tardábais—dice—, vengo por vosotras. Y añade en impaciente explosión confidencial:
—¿No sabéis?... Ha llegado a casa de mi tío un señor de Madrid: escribe libros y cantares, y habla mucho de _Mariflor_.
—¿Le conocías?—prorrumpe Marinela estupefacta, adivinando que ha parecido su forastero de los ojos azules.
La aludida, acelerado el pulso, batiente el corazón, murmura como un eco de contestaciones idénticas:
—Venía «con nosotras» en el tren...
—Sí; es verdad—corrobora Ascensión—, lo ha contado en la mesa, y como yo he servido la comida lo estuve oyendo todo.
Olalla oculta impasible sus impresiones, y las pupilas volubles de Marinela relumbran como dos esmeraldas.
—¿No está loco?—interroga.
Y luego que refiere a la sobrina del cura su hallazgo singular del medio día, ésta clama risueña:
—¡Andanda con la salve!... Pues el señor que dices está en su sano juicio, es bien fablado y buen mozo.
—No llegaremos a tiempo—murmura pasivamente Olalla.
Movidas por advertencia tan oportuna, salen del gabinete y de nuevo cruzan las sombras del pasillo y de la cocina, evitando con la puerta principal el rodeo de la calle. Ni junto al llar ni en el escaño hay figuras humanas esta vez: la casa, desierta y silenciosa, se agacha humilde bajo el sol.
XI
LA MUSA ERRANTE
—HAY comedia...
—Hay volatines... ¿Vamos?
—Díle a madre que nos deje ir...
—¡Díselo!
Olalla fingió enojo, deseando complacer a los chiquillos, y lamentóse en alta voz para que su madre la oyese:
—¡Cuidao que sois pidones! Por mi parte ya estáis aquí de más.
—Y mañana no habrá quien les recuerde para ir a la escuela—dijo Ramona en tono de transigir.
—¡Ah! Ya les haría yo poner los huesos de punta.
Las tres caras redondas y apacibles de los niños demostraban insólita inquietud, porque la esperanza de asistir a una «comedia» en el propio Valdecruces era cosa verdaderamente absurda, capaz de conmover a todo el pueblo.
Nadie supo qué azares enemigos llevaron a los infelices histriones por aquellas pobres veredas maragatas. Ello fué que, con las penumbras de la noche, llegó un carro al crucero, se detuvo en una esquina estratégica y comenzó a desalojar extraños personajes, herramientas y enseres, bichos y trapos. Salieron de la ambulante guarida tres viejos y una mujer madura, dos mozas, dos niños y un galán; varios perros ladraron, chilló un mono, vociferó un lorito y relincharon dos caballejos y una mula: dió a luz, en fin, el Arca de Noé.
El asombro de algunos rapaces que presenciaron la llegada, propaló por el pueblo la noticia, y la soporosa tranquilidad de los vecinos encendióse con rara turbación.
Desde el baile, cuando ya se retiraba la gente dominguera en pacífico desfile, escurriéronse los grupos hasta el Crucero, y, a distancia, con ciertas precauciones, comentaron la singular visita.
A la vera del carro fulgían ya, como luciérnagas, algunas luces, y los juglares, con actividad inconcebible para el atónito público, habían obtenido del tío Cristóbal, alcalde pedáneo, licencia para celebrar aquella misma noche una función.
Entre grandes estrépitos, de escandalosa y memorable resonancia, un tambor y un cornetín anunciaban, a poco, el _extraordinario espectáculo_, para las nueve y media en punto.
Inicióse el pregón al través de las calles con una arenga dicha en medio de la plaza por el más mozo de los tres viejos. El orador, después de saludar con leve modulación extranjera al _respetable público_, ponderó como lo más sorprendente de aquella solemnidad la «presentación» de la «célebre» _Musa errante_, una dama loca de amor, que andaba por el mundo gimiendo su querella y que declamaría sus cuitas en «magníficos versos» ante el _ilustre auditorio_. El cual no quedó muy enterado de la importancia del anuncio ni muy curioso por el peregrinaje de la _Musa_.
Pero se celebrarían también «danzas griegas»; difíciles y peligrosos ejercicios de gimnasia; burlas de payasos; suertes maravillosas por «el nunca visto joven Manfredo, malabarista y nigromante».
Tantas exóticas ponderaciones, comprendidas apenas, enervaron al «ilustre auditorio» con un fascinador aroma de flores desconocidas.
Y el violento perfume de la novedad que desvela a los niños impacientes alrededor de Olalla, llega a trascender en el acento de la madre, ablandado de pronto.
Aprovecha la moza esta buena coyuntura para preguntar con su tacto calmoso de campesina:
—¿Nos deja ir?
—Dirnos... ¡Pero solas!...
—¡Venga usted!
—Que vaya la abuela.
La cual tuvo que ser consultada a voces, como si se hubiera quedado sorda de repente. Y enterándose de que era invitada a «juegos de farsantes», negóse esquiva y triste, con entumecido movimiento de cabeza y de labios.
—Iré yo—murmura Ramona, lanzando a su suegra una mirada baja y fría.
Cuando buscan a _Mariflor_ para cenar, responde desde el huerto, y acude sonriente, sin esconder el gozo del semblante.
Le dicen los chiquillos que van a ir todos «a la comedia», y la muchacha procura sacudir el entorpecimiento agudo de su alegría para razonar y entender lo que sucede. Repite en voz alta lo que han dicho los otros, deseando cerciorarse así de cuanto oye; y su acento resuena ronco y dulce, embargado por la emoción.
Todos quedan mudos cuando habla ella, sobrecogidos por la fuerte caricia de ternura que como encendida fragancia brota en sus frases pueriles. La miran con vago asombro; resplandece, y sonríe sin cesar, recién despierta a realidades que sin duda ha soñado; moja con la punta de los dedos pedacitos de pan en la inevitable salsa, y parece que le saben muy bien según los multiplica.
La frugal colación tiene esta noche un gusto nuevo, un incógnito grano de pimienta que estimula en los paladares el apetito y la sed. Hasta la inapetente niña de los ojos volubles, come de prisa, alterada y ansiosa, como si fuese un sápido manjar la «sopa de patata».
Cuando más se acentúa el incitante sabor que hay en la cena, más se extiende el silencio en la cocina. Entonces _Mariflor_ revive a sus anchas las preciadas memorias de aquella tarde, y también la punta de sus pensamientos mojan pedacitos de ilusiones en la «salsa de la felicidad»...
Bendice la niña el instante precioso en que don Miguel le dijo, al salir de la iglesia:—Aquí está «aquel señor» amigo tuyo—mientras Rogelio Terán, con aire deslumbrado y feliz, se adelantó a saludarla en medio de las primas.
Como él no reconociese en Marinela a la maragata que halló junto a la fuente, la sobrina del cura hizo el descubrimiento entre rubores de la moza y cortesanías del galán; después, todos reunidos, se fueron lentamente hacia el lugar del baile.
Aprovechando la estrechez de una calleja, dijo Ascensión, oficiosa:
—Vayan delante ustedes.
Emparejó a la enamorada con el artista, quedóse del brazo de Marinela y dejó atrás a Olalla con el sacerdote...
Bebe _Mariflor_ un sorbo de agua, en la boca misma del cántaro, para serenar este recuerdo, y quédase confusa ante los murmullos de las palabras dulces que todavía resuenan en su oído y las consideraciones y esperanzas que se agitan en su corazón.
Es a ella, a la triste criatura abandonada entre cuidados y pesadumbres, a quien un hombre de calidad ha dicho esta tarde:
—¡Te amo, te amo!... Sueño llevarte en mis brazos, un día, lejos de Valdecruces; quiero que seas dichosa y que me debas la felicidad; quiero compartir la vida contigo. ¡Eres mi reina, eres mi musa!... ¿Me quieres, _Mariflor_?
—Sí, sí—repite embriagada por la gratitud el eco de una respuesta.
Y entre las efusiones sentimentales que embargan a la moza, que hinchan sus pensamientos y los entumecen con divina y cordial calentura, quedan flotando en obstinada aparición las imágenes más indiferentes; el gorrito azul de la niña mielga a quien Rosenda Alonso mece en las rodillas; el severo perfil de las bailadoras que danzan de dos en dos, con los ojos bajos, el ritmo lento y las castañuelas alborotadas, y el semblante inmóvil del tío Fabián, agrietado y oscuro como las nueces secas...
También la _Chosca_ tenía cara de nuez. Y mirándola con repentina curiosidad, sintió la muchacha importunas ganas de reir.
Comía la sirviente a la mesa metiendo su cuchara con acompasado vaivén en la vasija común a la tía Dolores y a Ramona. Las tres sorbían y mojaban con lenta moderación, sin hablar y sin mirarse, como viajeros extraños y adustos a quienes el calor y la sed reúne en el camino a la sombra de un árbol o en torno a la frescura de una fuente.
Descubre a estas mujeres _Mariflor_ como a criaturas nunca vistas ni relacionadas con la sangre de ella, con su casta y origen.
Y cuando, ya agotado en los platos el _moje_ por mendrugos de pan, se levantan los comensales para salir, quédase la muchacha sorprendida por su propia voz que que dice:
—Adiós, abuela.
* * * * *
Apacible y sin estrellas rodaba la noche en el espacio.
Al caer la tarde, se había extendido sobre el cielo, pálido de calor, una sutil neblina, delicada y luminosa en su baño de luz crepuscular. Y al descender la sombra a la llanura, quedó la blanca nube abierta en los horizontes como un manto refrigerante, encendida por un cándido resplandor de plenilunio: dulces soplos de viento, que parecían rezar por los caminos, acabaron de prestar a la noche encantos de primavera.
El auditorio de los comediantes, compuesto de niños y mujeres, con algún anciano por rara excepción, se preocupaba de mirar al cielo tanto como a la vieja alfombra convertida en escenario bajo la trémula claridad de unos hachones.
—Píntame que hace viento de Ancares—anunció Olalla con regocijo.
—Sí; corren unas falispas algo frescas—corroboró Ramona.
Su acento, amargo siempre, envolvía en la brusca modulación una violenta ansiedad que halló resonancia febril en el concurso: la inquietud y el deseo hizo balbucir a todos los labios con sigilosa esperanza:
—¡Hace viento de Ancares!...
Y detrás del feliz augurio, los ojos se volvieron hacia el Norte, escrutando las nubes encima del caserío, de aquel lado por donde la lluvia era esperada.
—¡Señores, atención!—gritó el director de escena, como si advirtiese que el público se distraía del «maravilloso espectáculo»—. Va a comenzar la extraordinaria labor del joven Manfredo.
Ya se habían celebrado las «danzas griegas», un baile triste, lleno de extrañas figuras y contorsiones, entre una moza muy desabrigada y un doncel con arreos de baturro.
Era, sin duda, este mismo «nigromante y malabarista» que jugó con navajas y botellas, con platos y faroles, tirándolos al aire en complicadas suertes, para recogerlos con las manos, con la boca y con los pies.
En seguida barajó unos resobados naipes y los hizo viajar por todo su cuerpo. Guardó una carta con mucha pulcritud en la palma de la mano, advirtiéndole muy finamente:
—Pasa, monina; pasa, chiquitina... pasa...
Y al conjuro del ruego mimoso, la sacó de la punta de una bota, exclamando complacido:
—¡Ya pasó!
Aquel público no conocía, en su mayor parte, más tramoyas que las farsas de los pastores, celebradas por año nuevo en zancos sobre la nieve, y estaba, en realidad, maravillado.
—Paez cosa de paganía—murmuró Ramona con recelo.
—¡De veras!—dijo a su lado, absorto, _Rosicler_.
Un espacioso rumor llevó sobre el concurso estas palabras que se condensaron en la frase hostil:
—¡Esos tíos serán ensalmadores!...
Y las aguas muertas de todas las pupilas se rizaron con un soplo de supersticiosa pasión.
En aquel momento apareció en la plazuela don Miguel con su hermana, su sobrina y un señor que ya por la tarde estuvo acompañándoles y gastó inusitado palique con _Mariflor_ Salvadores.
Acercáronse los recién venidos al grupo que formaba el auditorio, y el forastero halló manera de llegarse a Florinda, en tanto que el cura explicaba a Ramona algún asunto muy difícil, a juzgar por lo que ella dilataba los ojos con un gesto anhelante de comprender: miró por fin a su sobrina arrobada en silenciosa conversación con el caballero, y alzó los hombros con brusca señal de indiferencia. Pero su mirada, fija con dura obstinación en el escenario, ya no vió imágenes distintas ni participó nuevas impresiones al atormentado pensamiento: toda la inteligencia de la pobre mujer quedó colmada, inflexible y obtusa bajo las frases breves del sacerdote.
El joven Manfredo pedía, con muchas reverencias, un aplauso al «respetable público», después de complicada serie de habilidades. Y aquella gente, que no sabía aplaudir, mostróse torpe y seria delante del ceremonioso malabarista.
No parecía muy buena la ocasión para alargar la bandeja peticionaria, y las mujeres se quedaron atónitas ante aquel movimiento repentino del director de escena.
Todas las manos se encogieron vacías, y el estupor general daba a entender cuán sincera existía allí la convicción de que los histriones fuesen unas criaturas sin hambre y sin cansancio, ni otra misión en el mundo que la de rodar en una preñada carreta divirtiendo a las gentes.
—Señores: ¡somos unos pobres artistas!—clamó el director con su acento italiano y su cara triste.
Una ráfaga de sorpresa agitó débilmente los inanimados sentimientos del concurso; pero los rostros continuaron impasibles enfrente del ajeno dolor.
Rogelio Terán contemplaba asombrado la escena, quizá sin suponer que en ninguno de aquellos bolsillos hubiese un solo cobre.
La limosna del párroco y la del forastero vibraron únicas, con sonoro repique en la exhausta bandeja.
Al brillo de la plata, una calurosa actividad reanimó a los artistas. Pidió el galancete su sombrero al tío _Chosco_, el enterrador, que no sin vacilaciones alargó la miserable prenda, raída y parda, de alas abiertas, ceñido el casco por un cordón de colgantes borlas.
El viejo lucía inmóvil su _garnacha_ venerable, remedo de la gentil melena de los godos. Y el malabarista sacaba duros, a granel, del maragato sombrero; hacía sonar con deleite las monedas, y tenía al público sugestionado con este inverosímil rumor del vil metal.
Sin que decayese el raro interés que tan peregrino juego despertaba, anunciaron a toque de corneta la aparición de la _Musa errante_, y el propio joven Manfredo, sin un solo duro ya en sus manos, adelantóse con mucha gallardía sobre la alfombra, presentando a la dama.
Era ésta menuda, frágil y bella; parecía una niña vestida de señora.
Llevaba flotante la cabellera oscura, el vestido de luto, escotado y aparatoso, con relumbrones de lentejuelas y sobrepuestos de livianos tules. Había en su rostro infantil, quebranto y languidez; los ojos, despiertos y tristes, pedían clemencia en mudo lenguaje; los bracitos desnudos, agitados en la patética oratoria, se abrían como en demanda de un abrazo, con la desolada expresión de quien siente una infinita necesidad de reposo y de auxilio.
Avanzó enlutada entre los humeantes hachones, con aire visionario y fúnebre, y comenzó a decir:
Yo soy una mujer: nací pequeña, y por dote me dieron la dulcísima carga dolorosa de un corazón inmenso. En este corazón, todo llanuras y bosques y desiertos, ha nacido un amor, grande, muy grande, colosal, gigantesco; amor que se desborda de la tierra y que invade los cielos... Ando la vida muerta de cansancio, inclinándome al peso de este afán, al que busca mi esperanza un horizonte nuevo, un lugar apacible en que repose y se derrame luego con la palabra audaz y victoriosa dueña de mi secreto. Yo necesito un mundo que no existe, el mundo que yo sueño, donde la voz de mis canciones halle espacios y silencios; un mundo que me asile y que me escuche: ¡le busco, y no le encuentro!...
Vibró la última estrofa como un gemido y rodó sobre la calma de la noche con tan anchurosa profundidad, que la errante querella pudo sentirse peregrina de un mundo nuevo, del mundo silente y espacioso anhelado por aquel inquieto y henchido corazón.
Florinda y el poeta se miraron a los ojos con profunda zozobra, impresionados por la avidez y la inquietud del amoroso romance. Y a las impasibles aldeanas les pareció sentir en algún punto remoto de su ruda naturaleza un extraño roce como de brisas o de alas, una desconocida sensación de impaciencias y ansiedades.
Aquel sordo torbellino sentimental fué a batir en el pecho de Marinela con el ímpetu de una marejada tempestuosa.
Desde el medio día se agitó la zagala en brusco sobresalto hasta la hora en que vió al forastero junto a _Mariflor_ hablándola con los labios y con los ojos un divino lenguaje que la niña tradujo con intuición milagrosa.
Y esta noche, sacudida por contradictorios sentimientos, perturbada por singulares impulsos, advirtió de pronto que latía desnudo su corazón al viento de las estrofas errabundas, como un árbol a quien arrebata su follaje repentino huracán.