Part 17
--Ni eso es representar, ni eso es nada --dijo Arriaza, que como es sabido detestaba a Isidoro--. Desde que ese caballero introdujo aquí la escuela francesa, ha corrompido el arte de la declamación.
--Nunca he visto a Máiquez tan apasionado y fogoso --indicó un caballero que se unió al grupo--. Me parece que en la escena ha pasado algo extraño a la comedia.
Otro joven acercó sus labios al oído del primero, y por un rato le habló en voz muy baja. Después a los cuchicheos siguieron las risas. Pasó Mañara no lejos de allí, y todos fijaron la vista en él.
--Bien se explica la ferocidad de Isidoro --dijo uno.
--Hasta aquí --añadió Moratín-- siempre se le ha visto contenerse dentro del límite de las conveniencias escénicas.
--Me acuerdo de cuando Isidoro era un pedazo de hielo --dijo Arriaza--. En el teatro no le llamaban sino el _marmolillo_.
--Es verdad --repuso Moratín--. Pero cuando volvió de París vino muy corregido, y no puede negarse que es un actor de gran mérito. En lo patético no tiene igual; en lo trágico suele carecer de fuego: pero esta noche lo ha tenido con exceso.
--Le he tratado bastante --dijo un tercero--. Es hombre de pasiones enérgicas. Como actor consumado, comprende bien que el arte es una ficción, y representando no deja nunca de ser comedido y decoroso. Esta noche, sin embargo, le hemos visto tal cual es.
Otro personaje se acercó al grupo.
--¿Qué le ha parecido a usted, señor duque, el desenlace de la tragedia? --le preguntó Arriaza.
--¡Magnífico! Esto se llama representar --contestó el marido de Lesbia--. Parecía aquello la misma realidad. Pero no consentiré que mi esposa salga otra vez a la escena. Representa demasiado bien y entusiasma y trastorna a los actores que la acompañan.
Un abanico tocó el hombro del señor duque: volviose este, y Amaranta entró en el corrillo. Todos la saludaron, disputándose a porfía el honor de dirigirle la palabra. Ella habló así:
--Bien dije a usted, señor duque, que no había nada que temer. Un exceso de inspiración dramática y nada más.
--El exceso es malo en todo: yo creí que la duquesa iba a perecer a manos de Isidoro por un exceso de inspiración.
--Además --dijo Amaranta--, quizás alguna causa que no conocemos...
Al decir esto pareció que los pies de la hermosa dama habían tocado algún objeto arrojado en el escenario. Apartose ella vivamente, apartáronse todos, y las faldas de Amaranta, al deslizarse sobre el piso, dejaron ver un papel arrugado. Como si aquel papel fuera un tesoro de inestimable precio, Amaranta bajose a cogerlo, y después de mirarlo rápidamente lo guardó en su bolsillo. Era la carta fatal, como diría un novelista.
--¿Alguna causa que no conocemos?... --preguntó el duque continuando la conversación interrumpida.
--Sí --contestó la dama--; y me parece que puedo sacarle a usted de dudas... Pero tengo que ir al cuarto de la González. Allí le aguardo a usted y hablaremos.
Quedaron solos los hombres otra vez. La marquesa atravesó la escena preguntando por Isidoro.
--¿Será posible --decía-- que no pueda representarse _La venganza del Zurdillo_? ¡Pepa!... ¿Pero dónde está Pepa?
Esta pregunta se dirigió a mí, y al instante marché en busca de mi ama. No estaba en su cuarto, y sí en el de Máiquez, quien una vez pasada la excitación del terrible momento, se esforzaba en aparecer tranquilo y hasta risueño, aunque era fácil conocer que la rabia no se había extinguido en su pecho.
--¡Qué broma tan pesada, Isidoro! --dijo la marquesa asomándose a la puerta--. Aún no me he recobrado del susto.
--Es verdad, señora --dijo el actor--; pero la señora duquesa tiene la culpa, por la perfección con que ha hecho su papel. Su incomparable talento tuvo el don, no solo de trasportarla a ella, sino de trasportarme a mí mismo a la esfera de la realidad. Jamás me ha pasado cosa igual desde que piso las tablas. Un actor inglés, representando en cierta ocasión a Otelo, mató a la cómica que hacía de Desdémona. Esto me parecía inverosímil; pero ahora comprendo que puede ser verdad.
--¿No se suspenderá _La venganza del Zurdillo_?
--Por ningún caso. Hace falta reír un poco, señora marquesa.
Retirose esta y después que salieron algunos amigos de Máiquez, que le acompañaban, el actor quedó solo con mi ama y conmigo.
--Ven acá --me dijo el actor, apretándome vigorosamente el brazo--. ¿Quién te dio aquella carta?
Señalé a mi ama.
--Fui yo --dijo esta--. Quería que conocieras el corazón de Lesbia.
--¿Por qué no me la diste en otra parte? Me has puesto al borde del abismo; he estado a punto de cometer un crimen. Mi furor fue tan grande cuando leí aquel papel, que lo olvidé todo, y aunque en el instante en que estuve fuera de la escena procuré serenarme, mi cólera se encendió más, y... ya sabes lo que pasó. Cuando la vi en la escena final quise contenerme; pero sus miradas, su acento, me irritaban cada vez más, y sentí en mí una crueldad, una ferocidad que nunca había conocido. Recordaba sus tiernas promesas, sus apasionados arrebatos de amor, su falsa sencillez, y por un momento creí que hasta era un deber castigar a aquel monstruo de falsedad e hipocresía. Cuando saqué el puñal y advertí que era una hoja de acero, experimenté un placer indecible. ¡Ay, Pepa! ¡Qué momento! No sé cómo no la maté, no sé cómo en aquel instante no me perdí y me deshonré para siempre. Si Gabriel no se hubiera abrazado a ella cubriéndola con su cuerpo, creo que a estas horas... no lo quiero pensar.
--A estas horas --dijo mi ama-- estarías llorando sobre el cadáver de tu amante, herida por tu propia mano.
--No, Pepa, no; ya no la amo. La lectura de la carta ha ahuyentado de mí todo sentimiento amoroso: ya no tengo para ella más que un desprecio, una repugnancia de que no puedes formar idea. Me espanto de haber amado a semejante mujer. Pero di: ¿fuiste tú quien trocó el puñal de teatro por la hoja de acero?
--Sí; yo fui.
--¿Luego tú --exclamó con asombro-- lo preparaste todo? ¿Qué interés, qué intención...?
--¡La aborrezco con toda mi alma!
--¡Y quisiste hacerme instrumento de un crimen! Hace poco hablabas de tu venganza. ¿Por qué aborreces a Lesbia?
--La aborrezco porque... porque la aborrezco.
--¿Y no te remuerde la conciencia de un sentimiento que te lleva hasta el crimen?
--¡La conciencia!... ¡Un crimen! --dijo mi ama con cierta enajenación, y después, ocultando el rostro entre las manos, empezó a llorar amargamente, exclamando--. ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada soy!
--Pepa, ¿qué tienes? ¿qué es eso? --dijo Isidoro sentándose junto a ella, y apartándole la manos del rostro--. Pero tú... Conque tú... De modo que tú...
Dieron golpes en la puerta, y una voz dijo:
--El sainete: que va a empezar el sainete.
El aviso no distrajo a los dos actores. Pepa seguía llorando e Isidoro lleno de asombro.
XXVII
Creí prudente retirarme, no solo porque allí no hacía falta ninguna, sino porque en mi mente bullía inquietándome mucho, un proyecto, que al fin decidí poner en ejecución sin pérdida de tiempo. Dirigime lleno de resolución al cuarto de mi ama, Amaranta estaba allí y estaba sola.
--¡Oh, Gabriel! --me dijo--, ¿tienes valor para presentarte delante de mí? ¿Sabes que tienes un modo singular de despedirte? Veo que eres un farsantuelo de quien nadie debe fiarse. Di: ¿es esa la lealtad con que tú acostumbras pagar a tus favorecedores?
--Señora --repuse desafiando el rayo de sus ojos, como el marino desafía la tempestad--, el oficio a que usía me pensaba dedicar en palacio no era de mi gusto. Si no me despedí de mi ama, fue porque el temor de que me prendieran me obligó a salir del real Sitio.
--No puedo negar --dijo riendo-- que te burlaste con mucha gracia del licenciado Lobo. Bien decía yo que eras un chico de mucha disposición. Pero el talento más fecundo permanece oculto hasta que encuentra ocasión de mostrarse. Aquel rasgo de ingenio habría sido completo, habría sido sublime, si me hubieras entregado la carta.
--No me la habían dado para usía.
--Lo cierto es que no fue a poder de su dueña. Pepa te la quitó, y ha hecho de ella el uso que sabes. Tampoco ella quiso entregármela; pero al fin la casualidad la ha traído a mis manos. ¿La ves?
--Creo que usía me la entregará, porque esa carta es mía, me pertenece, tengo que devolverla a su dueño --dije con resolución.
--¡Devolvértela! ¿Tú estás loco? --exclamó Amaranta riendo como quien oye un despropósito.
--Sí, señora, porque el recobrarla es para mí una cuestión de honor.
--¡Honor! --dijo la dama riendo más fuerte--. ¿Acaso tienes tú honor? ¿Sabes tú lo que es eso, chiquillo?
--¿Pues no lo he de saber? --respondí--. Cuando usía me propuso el oficio de espía, sentí que se me subía un calorcillo a la cara; y me pareció que me estaba viendo a mí mismo en aquel empleo y en los de engañar, fingir y mentir... y viéndome me daba espanto... y un sudor se me iba y otro se me venía, parque el tal Gabriel que mi madre echó al mundo se entretiene a veces oyendo lo que él mismo se dice por dentro acerca de la manera de ser caballero, decente y honrado. Cuando la señora duquesa me pidió su carta, y yo no podía dársela, sentí el mismo embarazo... y también me ocurrió que no devolviendo el papel, y permitiendo que otras personas sigan haciendo mal uso de él, el señor Gabrielillo no vale dos cuartos. Si esto no es el honor, que venga Dios y lo vea.
Amaranta pareció muy sorprendida de estas razones, y me dijo con bondad:
--Tales ideas no son propias de ti. Tiempo tienes, cuando seas mayor, de tener todo el honor que quieras. Cada vez te encuentro más propio para desempeñar a mi lado los empleos de que te hablé. Me parece que has empezado bien el curso en la universidad del mundo; y o mucho me engaño, o te bastarán pocas lecciones más para ser maestro.
--Creo que usía no se equivoca --respondí--, y en cuanto a las lecciones que usía me ha dado, me parece que han sido de provecho.
--¿Y no renuncias a tus proyectos de ser... como decías?... --me preguntó irónicamente.
--No señora, sigo en mis trece --contesté sin turbarme--, y a lo mejor va a tener usía el gusto de verme de príncipe o tal vez de rey en cualquier reino que las damas de la corte sacarán para mí. Si no hay más que ponerse a ello, como dice Inesilla.
--Pero di, chiquillo: ¿de veras creíste tú que ya te estaban labrando la espada de general o la corona de duque?
--Como esta es noche. Y usía, que se me figuraba una divinidad bajada del cielo para favorecerme, acabó de trastornarme el juicio, enseñándome lo que debía hacer para echarme a cuestas el manto regio o cuando menos para ponerme los galones de capitán general.
--Parece que te burlas; ¿qué quieres decir?
--Digo que desde que usía me dijo que el camino de la fortuna estaba en escuchar tras de los tapices, y llevar y traer chismes de cámara en cámara, se han arreglado las cosas de tal modo, que sin querer estoy descubriendo secretos, y aunque quiero taparme las orejas, las picaronas se empeñan en oír...
--¡Ah! tú quieres revelarme algo que has oído --dijo Amaranta con complacencia--. Siéntate y habla.
--Lo haré de buena gana, si usía me devuelve la carta de la señora duquesa.
--Eso no lo pienses.
--Pues entonces callaré como un marmolejo. En cambio contaré una historia parecida a la que usía me refirió, aunque no es tan bonita. No la he leído en ningún libro viejo, sino que la oí... Estas condenadas orejas mías...
--Pues empieza --dijo la condesa con alguna perplejidad.
--Hace quince años había en Madrid una damita muy guapa, muy guapa, que se llamaba... no me acuerdo de su nombre. Esto no pasaba en ningún reino apartado ni antiguo, sino en Madrid, y no se trata de sultanes ni de grandes ni pequeños visires, sino de una damita muy linda, la cual damita se enamoró de un joven de buena familia que vino a la corte a buscar fortuna. Parece que los padres se oponían; pero la damita amaba ciegamente al joven; y como todo lo vence el amor, entre este y el Demonio proporcionaron a los dos jóvenes entrevistas secretas que...
Amaranta se puso pálida, y su mismo asombro la tenía muda.
--Pues es el caso que la damita dio a luz una criatura --continuó.
--No estoy aquí para oír necedades --dijo Amaranta dominando su ira.
--Pronto concluyo. Dio a luz una criaturita: huyó el joven a Francia temiendo ser perseguido, y los padres de la damita se dieron tan buena maña para echar tierra a aquel negocio, que nada se supo en la corte. La damita se casó después con el conde de no sé cuántos, y... nada más.
--Veo que eres rematadamente necio. No quiero oír más tus simplezas --dijo la dama, cuyo semblante se cubría de vivísimo carmín.
--Aún falta un poquito. Más tarde lo descubrieron algunas personas, y hablaron de esto en sitio donde yo lo oí; pero como soy tan curioso, y ahora ando amaestrándome en los chismes y enredos para ver si llego a general o a príncipe, no me contento con aquellas noticias, y voy a que me dé más una mujer que vive a orillas del Manzanares, junto a la casa de D. Francisco Goya.
--¡Oh! --exclamó Amaranta furiosa--. Sal de aquí, desvergonzado mozalbete. ¿Qué me importan tus ridículas historias?
--Y como estas historias no tienen valor hasta que no se traen de aquí para ahí, pienso comunicárselas a la señora marquesa, para que me ayude en mis pesquisas. ¿No cree usía, señora condesa, que esta es una excelente idea?
--Veo que sabes manejar la calumnia y las bajas y miserables intrigas. Supongo quién habrá sido tu maestro. Vete, Gabriel; me repugnas.
--Me iré y callaré; pero es preciso que usía me vuelva la carta.
--Miserable rapaz: ¡quieres burlarte de mí, quieres medir conmigo tus indignas armas! --exclamó levantándose de su asiento.
Su actitud decidida me turbó un poco; mas hice esfuerzos por reponerme, y continué:
--Para hacer fortuna no hay medio mejor que el espionaje y la intriguilla: el que posee secretos graves lo tiene todo, y ahora salimos con que voy a conseguir dos mitras, ocho canonjías, veinte bastones de coronel, cien capellanías, y mil plazas de contaduría para todos mis amigos.
--Déjame, no quiero verte. ¿Has oído?
--Pero antes me dará usía la carta. Si no, he de llevar un recado a la señora marquesa, o al señor diplomático, que como hombre reservado no lo dirá a alma viviente.
--¡Ah! imbécil, cuánto te desprecio --dijo revolviendo en su bolsillo con febril inquietud--. Toma, toma la carta, vete con ella, y jamás vuelvas a ponerte delante de mí.
Diciendo esto arrojó en el suelo la carta que recogió un servidor de ustedes.
Después sentándose de nuevo, volvió hacia mí su rostro siempre bello, y me dijo:
--¿Quién te ha enseñado esas travesuras? Eres un necio.
--De los necios se hacen los discretos --contesté--. Dando con un buen maestro... Si usía no me hubiera despabilado tanto... Oyendo y viendo se aprende mucho, señora; y yo, desde que entré al servicio de usía hasta hoy, no he desperdiciado el tiempo. Bien haya quien me ha abierto los ojitos que ven y las orejitas que oyen. Para ser discreto es preciso haber sido tonto.
Cuando pronuncié esta extraña sentencia, Amaranta echó sobre mí una mirada de orgulloso desdén, y señalome la puerta. ¡Ay! estaba hermosa, hermosa como nunca. Su noble ademán, sus mejillas teñidas de leve púrpura, el incendio de sus ojos, la agitación de su seno encantaban la vista, y no era posible aborrecerla. Indudablemente, señores, el mal es a veces lindísimo.
Ya me marchaba, cuando entró el señor duque acompañado del diplomático.
--Aquí estoy, Amaranta --dijo el primero--. Me habló usted de causas que no conocemos...
--No le hagas caso, sobrina --exclamó el marqués--. ¿Pues no ha dado en la flor de estar celoso? Y dice que en el caso de Otelo él haría lo mismo.
--Sí --dijo el duque--. Si yo sospechara de mi mujer la mataría.
--No me refería a nada que no fuese algún motivo artístico --indicó secamente Amaranta.
--No consiento que mi mujer salga más a las tablas en compañía de ese bárbaro Otelo. La pobrecita debe haber padecido mucho. Pero veo que en mi ausencia han ocurrido grandes novedades. Parece que también han querido ponerla presa. ¡Pobre cordera mía! ¿Cómo es posible que haya dado motivos para eso...? Si es la bondad, si es la dulzura en persona.
--Son tantos los que han incluido en la causa... --dijo Amaranta--. Pero por mediación mía se la puso al instante en libertad.
--¡Oh! Gracias, querida condesa. Verdad es que Lesbia es amiga de usted desde la infancia, y entre amigas... ¿Y no se la molestará más?
--No --dijo el diplomático--. Felizmente puede arrancarse de la causa todo lo que conviene, ¿no es verdad, sobrina?
--Sí; precisamente se ha hecho eso con todo lo que se refiere al Príncipe, porque como ha confesado y hecho acto de contrición de todas sus faltas... Los jueces tienen buena mano, y suprimirán todo lo que se quiera, dejando la causa tal como convenga presentarla al público.
--Eso está muy bien dispuesto --afirmó el diplomático--, y prueba que hay tacto en el Gobierno. ¿Y Napoleón?
--Napoleón ha exigido que no se le nombre para nada, y por esto ha sido preciso eliminar también cuanto a él se refiere. Aunque consta que el Príncipe le escribió y tuvo tratos con su embajador, los jueces se comerán todas las declaraciones y documentos en que esto se vea, para que Bonaparte quede contento.
--Bien, bien, eso me tranquiliza --afirmó el diplomático con mucho énfasis--, y así lo pondré en conocimiento del Príncipe Borghese, del Príncipe Piombino, de S. A. el gran duque de Aremberg. Por supuesto, os encargo que no digáis a nadie mis propósitos; ¿lo oyes, Amaranta? ¿Lo oye usted, señor duque? ¡Ah! al duque no se le puede confiar un secreto. Todo lo dice.
--¿Qué? --preguntó Amaranta.
--Por más que me empeño en que la más absoluta reserva sirva de impenetrable velo a lo que ocurre entre la González y yo...
--El señor marqués no abandona sus antiguas mañas --dijo el duque.
--No, hijo; es que sin saber cómo ni cuándo... Nada he puesto de mi parte. Hace tiempo que Pepita ha manifestado que hallaba en mí cierto encanto... Pero la pícara no se cuida de disimular; ahora mismo, durante el sainete, me echaba unas miradas... ¡Y qué bien ha representado! Nunca la he visto tan alegre, tan graciosa, tan juguetona, tan vivaracha. La verdad es que me está comprometiendo. ¿Lo creerás, sobrina? Yo me empeño en ocultarlo, porque... ya sabes... ese es mi carácter, y ella... pero si todo el mundo lo sabe. Al concluir el sainete, no he podido menos de acercarme a ella y le he dicho: «Disimule usted, Pepa; no olvide usted que la reserva es hermana gemela de la... digo, del amor.» Sin duda por obedecer esta advertencia, se ha marchado con Isidoro, fingiéndose muy contenta en su compañía. Ambos iban muy amartelados, y cualquiera menos listo que yo, los habría tenido por amantes.
--Tal vez --dijo Amaranta.
Salí del cuarto. Cuando después de buscar ávidamente a Lesbia por el escenario, di con ella al fin y la entregué la carta, me dijo con mucha ansiedad mientras la guardaba:
--¡Ah, Gabrielillo! Esta noche me has salvado la vida dos veces.
XXVIII
No quise estar más allí; salí decidido a huir para siempre del vergonzoso arrimo de cómicos y danzantes, de damas intrigantuelas y de hombres corrompidos y fatuos. Al salir, un vivo deseo de correr a casa de Inés llenaba mi alma toda. Volé al cuarto piso tomando la pequeña escalera, y por el camino, en mi precipitada marcha, iba arrojando los postizos y adornos que me habían servido para la representación. Aquí dejé las barbas y bigotes, allí las plumas de mi sombrero, más allá la escarcela, y por último eché a rodar el tahalí y el collar. Me parecían prendas de ignominia que no debían ir sobre mí al presentarme en la casa del reposo.
Subí y entré: el padre Celestino me abrió la puerta, y al punto advertí que sus ojos habían llorado.
--La pobre doña Juana ha muerto hace dos horas --dijo contestando a mis preguntas.
Esta noticia dio a todo mi ser el frío y la inmovilidad de una estatua. Sepulcral silencio reinaba en la casa. En el fondo del pasillo vi la puerta de la sala, cuyo recinto iluminaba una claridad rojiza. Acerqueme con pasos lentos y conteniendo con la mano el latir de mi corazón que parecía querer salírseme del pecho. Desde el umbral vi el cuerpo de la santa mujer vestido de negro, y sobre el mismo lecho en que había sido abandonado por el alma: sus manos cruzadas en actitud de orar, sus cerrados ojos y la apacible y tranquila expresión de su semblante blanco como el mármol, más que el aspecto de la triste muerte, dábanle la fisonomía propia de un recogimiento meditabundo y de aquel místico sueño que es en las gentes de exaltada piedad, como un viaje al cielo para volver.
Junto a ella, y sentada en el suelo, con la cabeza entre las manos y apoyada en el lecho, estaba Inés. Su llanto tranquilo era el natural desahogo de un dolor resignado, propio de quien acostumbraba a relacionar las penas y las alegrías con la voluntad de arriba. No hizo movimiento alguno para mirarme, ni yo seguramente lo merecía. Una sola vela de cera, cuya llama puntiaguda y movible señalaba al cielo con leve oscilación, iluminaba la silenciosa sala; y las imágenes de vírgenes y santos que había en la pared, como afectadas del fúnebre cuadro, parecían tener en sus rostros inusitada gravedad.
A pesar de mi aflicción, yo experimentaba ante aquel espectáculo una especie de alivio moral que me es imposible expresar con palabras. Aquella tranquilidad que acompañaba a una gran pena, aquella paz de espíritu que cubría el dolor, como las alas del misterioso ángel protegen el alma, al salir turbada y temerosa del cuerpo pecador; aquel silencio de la mujer muerta, que me hacía oír en lo profundo de mi mente un lejano y celeste coro de triunfante música; el sereno llorar de la huérfana, cuyo dolor modesto no acusaba a la suerte, ni a la casualidad, ni a otro alguno de los irrisorios dioses que ha creado el holgazán entendimiento humano; aquel aspecto de resignación; el reposo imperturbable que ni aun la muerte había alterado en aquella mansión de la conciencia pura, de los deberes, de la religión, del sencillo amor, fueron para mi espíritu como un aura serena, como un templado y regenerador ambiente que equilibra y uniforma la atmósfera por tempestades revuelta o agitada por opuestas corrientes. Jamás he podido comparar con más propiedad mi alma con la imagen de un terso lago, de igual y no alterada superficie, ni jamás he distinguido con tanta claridad el lejano fondo. Cual si mi pecho hubiese estado por largo tiempo privado de fácil respiración, mis pulmones se dilataron y mi aliento sacaba del corazón un gran peso.
El cura me sacó de tales abstracciones llamándome fuera.
--La pobre Juana --me dijo enjugando una lágrima-- no tuvo tiempo de ver satisfecho el deseo de toda mi vida.
--¿Pues qué? Usted...
--Sí, hijo mío; poco antes de su muerte recibí este papel en que se me nombra ecónomo de la iglesia parroquial de Aranjuez. Al fin se me ha hecho justicia. No me ha cogido de nuevo, y bien te decía yo que había de ser esta semana. ¿Ves, Gabrielillo? Dios ha acudido oportunamente a nosotros en esta desgracia. Ya Inés no quedará desamparada, ni tendrá que pedir auxilio a los parientes de Juana.
--¡Pobre Inés! --exclamé--. A ella consagraré mi vida entera. Viviré por ella y solo por ella.
--¡Ah! --dijo el clérigo--. Ocurre una cosa singularísima, querido Gabriel. ¿Sabes que la pobre Juana me ha hecho antes de morir una revelación que... a ti puedo confiarlo porque casi eres de la familia.
--¿Qué?
--Después que confesó, llamome aparte y me dijo que Inés no es hija suya... ¡Si vieras qué historia tan singular! Estoy confundido, absorto. Pues, sí, Inés no es hija suya, sino de una gran señora que...
--¿Qué dice usted? --exclamé con asombro.
--Lo que oyes: la verdadera madre... ya comprenderás que en esto hubo una de esas secretas aventuras, que deshonran a una noble familia. La verdadera madre abandonó a esa pobre niña, y... ya te contaré despacio.
--Pero el nombre, el nombre de esa señora es lo que quiero saber.