Part 16
--¡Oh! Es cierto. ¡Ves! --exclamó Isidoro bramando de furor--. ¡Y se reirán todos de mí! y ese vil currutaco... ¡Ah! Pepa... quiero descubrir fijamente lo que hay en esto... quiero acabar de una vez estas terribles dudas... Quiero desenmascarar a esa infame, y si me engaña, si ha sido capaz de preferir al amor de un hombre como yo a los necios galanteos de ese vil y despreciable mozuelo... ¡ah! Pepa, Pepa, mi venganza será terrible. Tú me ayudarás en ella; ¿no es verdad que me ayudarás? Tú me lo debes todo, yo te saqué de la miseria, tú no puedes negar a Isidoro la ayuda de tu ingenio para este fin, y proporcionándome placer tan inefable, quedarás descargada de la inmensa deuda de gratitud que tienes conmigo.
Al decir esto, Isidoro se había levantado y daba vueltas en la pequeña habitación como un león enjaulado, pronunciando con trémulo labio palabras rencorosas. Lo raro fue que mi ama, ya porque tal fuera el estado de su espíritu, ya porque creyera oportuno fingir en aquellos momentos, lejos de amedrentarse al ver la ira de su amigo y maestro, contestó con risas a sus ardientes palabras.
--Te ríes --dijo Máiquez deteniéndose ante ella--. Haces bien: ha llegado el momento de que hasta los metesillas del teatro se rían de Isidoro. Tú no comprendes esto, chiquilla --añadió sentándose de nuevo--. Tú no tienes vehemencia ni fogosidad en tus sentimientos. En esto te admiro, y quisiera imitarte, porque yo sé muy bien que en las inclinaciones que hasta ahora se te han conocido, has jugado con el amor, tomándolo como un pasatiempo divertido que entretiene a uno mismo y hace rabiar a los demás; pero hasta ahora, y Dios te libre de ello, no conoces el amor que ocasiona las mortificaciones propias, mientras los demás se ríen a costa nuestra.
--¡Qué orgulloso eres! --contestó seriamente la González--. Hasta en esto quieres saber más que todos.
--Pues si amas de veras, guárdate de enamorarte de esos usías presumidos y orgullosos, que vendrán a ti para satisfacer su vanidad. Ellos no te amarán con noble y desinteresado amor.
--No creo que jamás pueda amar sino al que siendo igual a mí, no se avergüence de tenerme por compañero.
--¡Oh, qué buen sentido, Pepilla! ¿Dónde has aprendido eso? Pero te aconsejo también que no ames a ningún hombre de teatro, si no quieres tener rabiosos celos de todo el público femenino. ¿Sabes tú lo que es eso?
--Harto lo sé.
--De modo que tu amor aún está dentro del teatro. Eso sí que es una desgracia. Tu suerte consistirá en que el galán será de esos que, por falta de genio, no excitan nunca la arrebatada admiración de las bellas de la platea. Serás feliz, Pepilla; si quieres casarte, cuenta con mi protección.
--Estoy muy lejos de aspirar a eso.
--¿Ese bruto será capaz de no amarte? ¿Acaso vale más que tú?
--Muchísimo más --dijo la González aparentando con grandes esfuerzos la serenidad que no tenía.
--Apuesto a que es algún tenor de la compañía de Manolo García. Déjalo por mi cuenta. Si es cierto lo que supongo, si ese loco no te corresponde, y prefiere a tu sencillo cariño el falso amor de alguna damisela de estas que arrastran su púrpura por entre los bastidores del teatro, sabrás lo que son celos.
--Demasiado lo sé y demasiado padezco, Isidoro --dijo mi ama con tono de cariñosa confianza--; pero yo tengo una ventaja sobre ti, que no poseyendo aún la certeza de tu desgracia, ignoras qué partido tomar; yo conozco ya sin género de duda que no soy amada, y las circunstancias se han ordenado de tal modo que me presentan ocasión de tomar venganza.
--¡Oh!, Pepa, estás desconocida. No te creí capaz... --indicó Isidoro con energía--. Tú tomarás venganza. Descuida, te ayudaré, si tú me ayudas a mí en la averiguación y en el castigo de las infamias de Lesbia. Pero dime, chiquilla, dime quién es ese hombre. Sé franca conmigo: yo soy tu mejor amigo.
--Te lo diré más tarde, Isidoro. Por ahora me he propuesto guardar secreto.
--Tú vales mucho, Pepilla --añadió el cómico con acento reflexivo--. No esperaba encontrar en ti un eco tan fiel de lo que en mí está pasando. ¡Y ese miserable te desprecia por otra, ignorando las bondades de tu fiel corazón! Dime quién es. ¿Será el mismo Manuel García? Por supuesto chiquilla, ya sabrás cuánto padece la dignidad, el amor propio, al ver que otra persona posee el afecto que nos pertenece. Te mortificará horriblemente la idea de la triste figura que harás ante el mundo, el pensamiento de los comentarios que hará sobre tu ridícula posición el envidioso vulgo, y al considerar que tú, la persona acostumbrada a rendir a tus pies los corazones, se ve menospreciada por uno solo, rabiará tu orgullo herido y llorarás en silencio viéndote más baja de lo que creías.
--En esto --contestó mi ama con patética voz-- no nos parecemos. Tú estás frenético de celos; pero antes que al desaire de que ha sido objeto tu corazón, atiendes a lo que sufre tu dignidad, la dignidad del gran Isidoro, que siempre desprecia sin ser nunca despreciado; te enfureces al considerar que se ríen de ti los envidiosos, y esas terribles voces de venganza no las pronuncia tu amor sino tu orgullo. Yo no soy así: amo el secreto; y si triunfara, gustaría de tener oculta mi felicidad: nada me importaría que el hombre a quien amo aparentara galantear a todas las mujeres de la tierra, con tal que en realidad a ninguna amase más que a mí.
--Eres singular, Pepilla, y me estás descubriendo tesoros de bondad que no sospechaba existiesen en tu corazón.
--Yo --continuó mi ama conmovida-- no vivo más que para él, y los demás me importan poco. Contigo debo ser franca y decírtelo todo, menos su nombre que nadie debe saber. Yo no sé cómo ni cuándo empezó mi funesto amor, y me parece que nací con esta viva inclinación, más dominadora cuanto más intento sofocarla. Por él sacrificaría gustosa mi vida. Tú quizás no comprendas esto; ni menos que yo sacrifique mi reputación de artista, el aprecio y la admiración de la multitud. ¿Qué importa todo eso? Se ama a la persona por la persona y no por la vanidad de poseerla.
--El que te ha inspirado tan noble cariño, sin corresponder a él --dijo Isidoro con brío--, es un miserable que merece arrastrar su existencia despreciado de todo el mundo. ¿No puedo saber tampoco quién es la mujer preferida?
--Tampoco debes saberlo --repuso mi ama; y después, no pudiendo contener el llanto, exclamó así--: Yo no soy cruel; yo no deseaba una venganza que puede ser muy terrible; pero se me ha venido a las manos y he de llevarla adelante.
--Haces bien --dijo Isidoro recreándose con pensamientos de exterminio--. Véngate: yo también me vengaré. Nos ayudaremos el uno al otro. ¿Puedo servirte de algo?
--De mucho --dijo mi ama secando sus lágrimas--. Espero que tu ayuda será de la mayor eficacia.
--¿Y yo puedo contar contigo?
--¿Y me lo preguntas?
--Oye bien: Lesbia confía en tu amistad. ¿No ha celebrado en tu casa entrevista alguna con ese joven?
--Hasta ahora no.
--Pues la celebrará. Si ella no te lo propone, propónselo tú con buenos modos.
--¿Cuál es tu objeto?
--Sorprenderla en algún sitio con ese Mañara. Ella busca siempre las casas de las amigas que no son de su clase, para evitar de este modo la vigilancia de su familia y de su esposo.
--Entiendo.
--Confío en que no te dejarás sobornar por ella, y en que ante todas las consideraciones, será para ti la primera el servicio que me prestas, a mí, tu protector, tu amigo. Espero que te será muy fácil lo que propongo. Si van a tu casa, les entretienes allí, y me avisas. Yo haré de manera que ese joven se acuerde de mí para toda su vida.
--Ya tiemblas de gozo al pensar en tu venganza --dijo mi ama--. Lo mismo me pasa a mí; pero con más motivo, porque la mía está más cercana.
--¿Puedo confiar en ti? ¿Me pondrás al corriente de todo cuanto veas?
--Puedes estar tranquilo, Isidoro. Tú no me conoces bien: en esta ocasión sabrás lo que soy.
--¿Y tú que crees? --preguntó el moro con interés--. ¿Crees que tengo razón? ¿Lesbia amará a ese hombre?
--Sí; creo que te engaña del modo más miserable; creo que todos los que asisten a la representación se ríen de ti esta noche y el afortunado amante no cabe en sí de satisfacción y orgullo.
--¡Rayos y centellas! --dijo Máiquez con más furia--. Le escupiré la cara desde el escenario. ¡Oh! Pepilla: yo admiro y envidio tu tranquilidad. No desees nunca parecerte a mí; ojalá no sepas nunca lo que son estas culebras de fuego que se enroscan dentro de mi pecho y desparraman por mis arterias su veneno. ¡Oh, qué gran talento tuvo ese poeta inglés que inventó el Otelo! ¡Qué bien pintó la rabia del celoso, la horrible fruición con que se recrea, pensando que ha de poner el cuerpo inanimado y sangriento de su rival ante los ojos que le cautivaron! ¡Qué razón tuvo al suponer el corazón de la mujer antro de maldades y perfidias; qué bien se comprende la espantosa determinación del moro, y el terrible placer de su alma, al considerarse sepultando el cuchillo en los miembros palpitantes de quien le ofendió, y arrastrar después su infame cadáver!
--¿Qué cadáver, Isidoro? ¿El de él o el de ella? --preguntó mi ama con frialdad.
--El de los dos --contestó Otelo cerrando los puños--. ¿Conque dices que se ríen de mí? ¡Y lo saben todos, y me observan, y estoy sirviendo de espectáculo a ese miserable zascandil! De modo que Isidoro es el hazme reír de las gentes, y tendrá que ocultarse y huir para evitar las burlas de los envidiosos, y ya ninguna mujer se dignará mirarle a la cara. Pero tú si sabías esto que pasa, ¿por qué no me lo dijiste? ¡Eres tonta sin duda! ¡Oh! no tengo amigos verdaderos... nadie se interesa por mi honor ni por mi decoro. ¡Estoy solo!... pero solo ¡vive Dios! sabré volver al lugar que me corresponde.
Diciendo esto, se levantó con resuelto ademán. En aquel momento sonaron algunos golpes en la puerta: era la señal que llamaba a todos los actores para empezar el tercer acto. Máiquez iba a salir; pero al dar los primeros pasos un objeto cayó de su cintura al suelo. Era la daga con puño de metal y hoja de madera plateada: Pepa durante la conversación había estado jugando con la larga cadena que la sostenía y esta se rompió.
--Se ha saltado un eslabón --dijo mi ama recogiendo el arma--: yo te la compondré enseguida atándola fuertemente.
Isidoro salió, y mi ama acercándose a una mesa arrimada a la pared de enfrente, se entretuvo durante un rato y con mucha prisa en una operación que no pude ver; pero presumí fuera la compostura de la cadena rota. Al fin salió, y quedándome solo, pude dejar mi sofocante escondite para correr a la escena.
XXV
Dio principio el último acto, donde ocurren las principales escenas del drama. En él Pésaro despierta poco a poco los celos en el alma del crédulo moro hasta que engañándole con cruel y mañosa calumnia, precipita el trágico desenlace. La importancia de mi papel, me obligaba, pues, a fijar en él toda mi atención apartándola de las impresiones recientemente recibidas. Durante mi primera escena con Otelo, advertí que Máiquez inquieto y receloso, dirigía sus miradas al joven Mañara, sentado muy cerca del escenario: a causa de la ansiedad de su alma, el gran histrión desatendía impensadamente la representación. A veces algunas de mis frases se quedaban sin réplica; también suprimía él bastantes versos, y hasta llegó a trabarse su expedita lengua en uno de los pasajes donde acostumbraba hacerse aplaudir más. El auditorio estaba descontento, pues aunque conocía las genialidades de Isidoro, no creía natural que se permitiera tales descuidos en una representación de confianza y amistad, verificada ante lo más selecto de sus admiradores. El silencio reinaba en la sala, y solo un sordo murmullo de sorpresa o enfado acogía los versos, mal sentidos y fríamente dichos por el príncipe de nuestros actores.
Mas se esperaba verle repuesto en la segunda escena entro Otelo y Pésaro. Este, urdiendo muy bien la trama que ideó contra Edelmira su diabólica astucia, adquiere al fin las pruebas materiales que Otelo le exige para creer en la infidelidad de la veneciana. Aquellas pruebas son una diadema entregada por Edelmira a Loredano, y cierta carta que su padre le obligó a firmar, amenazándola con matarse si no lo hacía. Ni la entrega de la diadema, ni la carta firmada por fuerza, eran pruebas que ante la fría razón comprometerían el honor de la esposa de Otelo: pero este, en su ciego arrebato y salvaje impetuosidad, no necesitaba más para caer en la trampa.
Antes de comenzar esta escena, y hallándome entre bastidores, oí a los concurrentes quejarse de la torpeza de Isidoro, y alguno achacó este defecto no al gran actor, sino a mí, por haberle irritado con mi detestable declamación. Esto me ofendió, y creyéndome autor del deslucimiento de la pieza, resolví hacer todos los esfuerzos de que era capaz para arrancar algún aplauso.
Mi ama, como he dicho, dirigía la escena; indicaba las entradas y salidas, cuidando de entregar a cada actor los objetos de que debía hacer uso durante la representación. Diome la diadema y la carta y salí en busca de Otelo que estaba solo en las tablas concluyendo su monólogo. Entonces empecé aquella grandiosa escena, que es patética, sublime y arrebatadora aun después de haber sido tamizada por el romo ingenio de D. Teodoro La Calle.
--¿Sabes tú padecer?
--le dije--, y al punto Isidoro, mirándome sombríamente, repuso:
--Me han enseñado. --Y sin agitación --_dije yo_--, ¿el triste aviso de un infortunio grande escuchar puedes? --Hombre soy.
--respondió con calma.
Continuó el diálogo, y parecía que Isidoro recobraba todo su genio, pues los versos, inspirados por el recelo y la ansiedad le salían del fondo del alma. Cuando dijo:
¡Infiel! ¡La prueba necesito! ¡Conque dámela luego!
me apretó tan fuertemente la muñeca y sus rabiosos ojos me miraron con tanta furia, que perdí la serenidad, y por un instante los versos que seguían a aquella demanda, huyeron de mi memoria. Pero no tardé en reponerme: le di la diadema, y poco después la carta.
Mas en el momento en que vi en sus manos el fatal papel, un súbito estremecimiento sacudió todo mi ser, y me quedé mudo de espanto. En el color y en los dobleces del papel, en la forma de la letra, que distinguí claramente cuando él fijó en ella la vista, reconocí la carta que Lesbia me había dado en el Escorial para Mañara, y que después mi ama sustrajo de mis ropas al llegar a Madrid.
Otelo debía leer en voz alta la carta, que según el drama decía:
«Padre mío: conozco la sinrazón con que os he ultrajado. Vos solo tenéis derecho de disponer de vuestra hija, --_Edelmira_.»
Pero el pliego que la pícara Pepa había hecho llegar a sus manos, decía:
«Amado Juan: Te perdono la ofensa y los desaires que me has hecho; pero si quieres que crea en tu arrepentimiento, pruébamelo viniendo a cenar conmigo esta noche en mi cuarto, donde acabaré de disipar tus infundados celos, haciéndote comprender que no he amado nunca, ni puedo amar a Isidoro, ese salvaje y presumido comiquillo, a quien solo he hablado alguna vez deseando divertirme con su necia pasión. No faltes, si no quieres enfadar a tu --_Lesbia_.--P.D. No temas que te prendan. Primero prenderán al Rey.»
Ocurrió una cosa singular. Isidoro leyó el papel en silencio; sus labios secos y lívidos temblaron, y como si aún creyera que era ilusión lo que veía, lo leyó y releyó de nuevo, mientras el público, ignorando la causa de aquel silencio, mostró su asombro en un sordo murmullo. Isidoro al fin alzó la vista, se pasó las manos por la frente; parecía despertar de un sueño; balbuceó algunas voces terribles, cerró los ojos, como tratando de serenarse y reanudar su papel; dio algunos pasos hacia el público y retrocedió luego. Los rumores aumentaron: el apuntador le llamó repitiendo con fuerza los versos, hasta que al fin Isidoro se estremeció todo, su semblante se encendió vivamente, cerró los puños, agitó los brazos, golpeó el suelo, y declamó los terribles versos siguientes:
Mira: ves el papel, ves la diadema; pues yo quiero empaparlos, sumergirlos, en la sangre infeliz y detestable, en esa sangre impura que abomino. ¿Concibes mi placer, cuando yo vea sobre el cadáver, pálido, marchito, de ese rival traidor, de ese tirano, el cuerpo de su amante reunido?
Jamás estos versos se habían declamado en la escena española con tan fogosa elocuencia, con tan aterradora expresión. El artificio del drama había desaparecido, y el hombre mismo, el bárbaro y apasionado Otelo espantaba al auditorio con las voces de su inflamada ira. Un aplauso atronador y unánime estremeció la sala, porque nunca los concurrentes habían visto perfección semejante.
Después las facciones del moro se alteraron; su rostro palideció: oprimiose el pecho con ambas manos, y su voz, trocando el áspero tono en otro desgarrador y patético, dijo:
Las recias tempestades el viento anuncia con terrible ruido; el rayo con relámpagos avisa su golpe destructor, y los rugidos del león su presencia nos advierten; mas la mujer con ánimo tranquilo y aparentes halagos nos destroza el corazón cual pérfido asesino.
Nueva explosión de entusiastas aplausos. Las mujeres lloraban, algunos hombres no podían conservar su entereza y lloraban también. La concurrencia estaba estremecida, atónita, electrizada, y cada cual, suspensa y postergada su propia naturaleza, vivía momentáneamente con la naturaleza y las pasiones de Otelo.
La representación seguía: fuese Otelo, cambió la escena y apareció la cámara de Edelmira. Entre tanto, todos me preguntaban la causa de la turbación y desasosiego de Isidoro; mas yo no sabía qué responder.
Entre bastidores le buscamos con inquietud, pero no le podíamos ver por ninguna parte, ni nadie se daba razón de dónde pudiera encontrarse. Edelmira dijo los versos de su monólogo con extraordinaria sensibilidad: no cesaba de mirar a Mañara, y la vanidosa coquetería de sus ojos parecía decir: «¡qué bien represento!» mientras el afortunado amante, embebecido en contemplarla, parecía contestarle: «¡qué guapa estás!»
Y así era. Lesbia estaba encantadora, con los cabellos sueltos sobre la espalda, y el ligero vestido blanco, que le ceñía el cuerpo indolente. Entró luego Hermancia, la fiel amiga, y Edelmira le contó sus tristes presentimientos. ¡Qué tono tan melancólico y dulce tenía su voz al expresar el temor de una muerte funesta! ¡Cuán grande interés despertaba su pena! Aunque yo había visto muchas veces la misma tragedia, dentro de la escena, y había perdido toda ilusión, en aquella noche sentía un terror inexplicable, y me conmovía la suerte de la infeliz e inocente Edelmira.
La esposa de Otelo, ansiando desahogar la sofocante angustia de su pecho, toma el arpa y entona la canción de Laura al pie del sauce, cuyos lastimeros quejidos son la voz de la misma muerte. Edelmira, a quien Manuel García había enseñado la hermosa estrofa, cantó con dulce y poética expresión. Su voz parecía que nos penetraba hasta los huesos, y nos hacía estremecer con horripilante escalofrío, como el contacto de una hoja de acero.
Cesó la canción y sonó la tempestad en el interior del teatro. El público estaba tan impresionado, que ni siquiera aplaudía. Acostose Edelmira y todo quedó en profundo silencio. Otelo debía aparecer, y en el breve momento en que estuvo la escena muda profundísimo silencio reinaba en la sala. Yo creí sentir el palpitar de los corazones; pero solo escuchaba las oscilaciones del mío. La más ardorosa inquietud se había apoderado de mí, y miré en torno buscando una persona de confianza a quien comunicar mis recelos; pero no vi sino el pálido semblante de mi ama que se esforzaba en reír, diciendo:
--¡Qué bien ha hecho Lesbia su papel! Me confieso derrotada, pues representa mil veces mejor que yo. Pero ahora verán ustedes a Isidoro. Esta noche está más inspirado que nunca.
Observé a Máiquez que ya decía los primeros versos de la escena junto al lecho de la veneciana. Su rostro aparentaba una serenidad meditabunda. Cuando alzó las cortinas del lecho y dijo con voz calmosa
No... tú no morirás... ¡cuánto realzan su hermosura estas lúgubres antorchas!
un rumor confuso surgió del apiñado auditorio; lloraban casi todas las mujeres, y los hombros se esforzaban en sostener el decoro de la insensibilidad. Otelo acerca su rostro al de Edelmira, y dice con extasiado amor:
¡Con qué pureza respirar la siento! ¿Qué poderoso hechizo es el que arrastra mi persona a la suya con tal fuerza?
Edelmira despierta con sobresalto. Otelo disimula al principio; mas luego no oculta el objeto que le trae, y Edelmira, aterrada y confusa, jura que es inocente. Nada convence al terrible moro, que mudando de improviso la expresión de su fisonomía, exclama con ferocidad y descompuestos ademanes:
Mírame, ¿me conoces... me conoces...?
El auditorio se estremeció de terror. Algunas señoras se desmayaron, y oyéronse voces acongojadas que decían: «Piedad, piedad para Edelmira... es inocente... ese infame Pésaro tiene la culpa... que traigan a Pésaro.»
Isidoro sacó el papel y lo mostró con fiero ademán a Lesbia, quien lanzó un grito terrible, sin decir los versos que correspondían en aquel momento. Otelo se acercó más a Edelmira, y Edelmira hizo un movimiento para saltar del lecho. Se le habían olvidado los versos; pero al fin, dominando un poco su turbación recordó algo, y el diálogo siguió así:
EDELMIRA.
¿Y qué quieres decirme?
OTELO. Preparaos.
EDELMIRA.
¿Pero a qué?
OTELO.
Este acero os lo señala.
Diciendo esto, Isidoro desenvainó la daga; en lugar de la hoja de madera plateada, vimos brillar en su mano una reluciente hoja de acero. La conmoción fue general entre bastidores. Lanzose Edelmira del lecho con precipitación y azoramiento, y recorrió la escena gritando como una loca:
--¡Favor, favor... que me mata!... ¡Al asesino!
No puedo pintaros lo que fue aquel momento en la escena y fuera de ella. Los espectadores de primera fila trataron de subir al escenario en el momento en que Lesbia perseguida por Isidoro fue asida por el vigoroso brazo de este. En el mismo instante, no pudiendo contenerme, me abalancé hacia la dama como impulsado por un resorte, y abraceme estrechamente a ella. El puñal de Isidoro se levantó sobre mí. La presencia inesperada de una víctima extraña hizo sin duda que el moro volviera en sí de su furiosa obcecación; conmoviose todo, pareció que un velo se descorría ante sus ojos, arrojó el puñal, quiso recobrar su aplomo, pronunció algún verso tremendo clavando sus manos en mí, como si yo fuera Edelmira; esta, desprendiéndose de mis brazos, cayó al suelo desmayada, y al punto nos vimos rodeados de multitud de personas. Todo esto pasó en unos cuantos segundos.
XXVI
El escenario se llenó de gente. Lesbia, alzada al instante del suelo, fue objeto de los más solícitos cuidados. Al poco rato desvaneciose su desmayo, abrió los ojos, y dijo algunas palabras. No tenía la más ligera lesión, y todo había concluido sin más consecuencias que las del susto. Su palidez y la alteración de su semblante eran extraordinarias; pero aún había entre los circunstantes una persona más alterada y más pálida: era mi ama.
Isidoro parecía embrutecido y avergonzado. Transcurrió media hora, y cuando fue indudable que no había ocurrido la desgracia que se temía, entablose una discusión muy viva sobre aquel acontecimiento, que la mayoría de los presentes consideraba bajo el punto de vista artístico; y era opinión de muchos que exaltado hasta un extremo de delirio el genio artístico de Máiquez, se identificó con su papel de un modo perfecto.
--Pues lejos de ser este el camino de la perfección artística --dijo Moratín--, lleva derecho a la corrupción del gusto, y extinguirá en las ficciones el decoro y la gracia, para confundirlas con la repugnante realidad.