Part 9
A Tomasa no le enorgullecía este honor. Para ella, el príncipe eclesiástico no era más que un compañero de la infancia que había tenido cierta suerte. Á lo sumo, era don Sebastián, sin pasar más adelante en tratamientos y fórmulas de respeto. Pero su familia sabía aprovecharse de esta amistad, especialmente su yerno, el _Azul de la Virgen_, un camándulas, según decía la vieja, que hacía dinero hasta de las telarañas del templo; una hormiga insaciable que, valiéndose de la amistad del cardenal y su suegra, iba adquiriendo nuevos privilegios, sin que sacerdotes y sacristanes osasen la menor protesta contra él viéndole tan bien protegido.
Gabriel gustaba mucho del trato con su tía. Era la única persona nacida en el claustro que parecía haberse librado del influjo adormecedor del templo. Amaba a la catedral como su casa solariega, pero no parecían imponerle gran respeto los santos de las capillas ni las dignidades humanas que se sentaban en el coro. Reía con la alegría de una vejez sana y plácida; sus sesenta años, como ella afirmaba, estaban limpios de todo daño al semejante. Su lenguaje era algo irrespetuoso y libre, como de mujer que ha visto mucho y no cree en las majestades humanas ni en las virtudes inexpugnables. El fondo de su carácter era la tolerancia, la compasión para todos los defectos, pero se indignaba contra los que pretendían ocultarlos.
--Todos son hombres, Gabriel--decía a su sobrino, hablando de los señores de la catedral--. Don Sebastián es hombre también. Todos pecadores, y con mucho que responder ante Dios. No pueden ser de otra manera, y yo los excuso. Pero créeme, sobrino; muchas veces me dan ganas de reír cuando veo a la gente arrodillada ante ellos. Yo creo en la Virgen del Sagrario y un poquito en Dios; ¿pero en esos señores? ¡Si los conocieran como yo...! Pero, en fin, todos hemos de vivir, y lo malo no es tener defectos, sino ocultarlos, hacer la comedia como el sinvergüenza de mi yerno, que ahí donde lo ves, grandote como un castillo, se da golpes de pecho, besa el suelo lo mismo que las beatas, está deseando mi muerte, creyendo que guardo algo en mi arcón, y quita lo que puede del cepillo de la Virgen, y roba las velas y hace trampas en el cobro de las misas, y ya estaría en la calle si no fuese por mí, que pienso en mi hija, siempre enferma, y en los pobrecitos de mis nietos.
Cuando Gabriel bajaba a verla en el jardín, le recibía con el mismo saludo:
--¡Hola, estantigua! Hoy tienes mejor cara; te vas apañando. Parece que tu hermano te sacará adelante con tantos cuidados.
Luego venía la comparación entre su vejez sana y vigorosa y aquella juventud arruinada que se defendía tenazmente de la muerte.
--Aquí ves mis sesenta años: ni una enfermedad en toda mi vida. Verano e invierno, nunca oigo las cuatro en la cama; tengo la dentadura completa y como lo mismo que cuando don Sebastián venía con su sotana roja de monago a quererme quitar una parte del almuerzo. Vosotros los Luna siempre habéis sido flojuchos; tu padre, antes de llegar a mi edad, no podía menearse y se quejaba del reúma y de la humedad de este jardín. En él estoy yo, y nada: me encuentro lo mismo que cuando no bajaba de las Claverías. Nosotros los Villalpando somos de hierro: por algo descendemos de aquel famoso Villalpando que hizo la reja del altar mayor y la Custodia y un sinnúmero de maravillas. Debía ser un gigantón, a juzgar por la facilidad con que retorcía y moldeaba toda clase de metales.
La ruina física de Gabriel despertaba en ella honda conmiseración, evocando al mismo tiempo maliciosas suposiciones.
--¡Lo que te habrás divertido por esos mundos!, ¿eh, sobrino? Para ti, la guerra fue una perdición. Ahora estarías en tu silla del coro, y ¡quién sabe si llegarías a ser otro don Sebastián! La verdad es que él, de muchacho, dio menos que hablar que tú en el Seminario, y no era un prodigio de sabiduría.... Pero viste mundo, le tomaste el gusto a esos países donde dicen que hay unas señoronas muy guapas, con cada sombrero como un quitasol. Tú estás hecho ahora un mamarracho de feo, pero antes eras guapo; te lo digo yo, que soy tu tía, y ¡claro!, así has vuelto de enfermo y desmirriao. Has vivido muy aprisa. ¡A saber qué cosas habrás hecho por el mundo, camastrón! ¡Y tu pobre madre que te criaba para santo! ¡Buena santidad nos dé Dios...! No me lo niegues, no te hagas el bueno: las mentiras me enfadan. Te has divertido, y has hecho bien; has cogido por los pelos todas las ocasiones. Lo malo es cómo te has quedado, cómo has vuelto por aquí, que da lástima verte. He conocido a muchos como tú. Yo no sé qué tienen las gentes de Iglesia, qué espíritu malo llevan dentro, que cuando se echan a la vida es para no parar, y arden y arden sin prudencia alguna hasta que no queda ni el cabo. Como tú han pasado muchos por el Seminario.
Una mañana, Gabriel hizo a su tía una pregunta que llevaba preparada mucho tiempo sin osar formularla. Quería saber qué era de su sobrina Sagrario y lo que había ocurrido en casa de su hermano.
--Usted que es tan buena, tía, usted me lo dirá. Todos parece que teman hablar de eso. Hasta mi sobrino el _Tato_, que es tan parlanchín y despelleja a todos los de las Claverías, calla cuando le pregunto algo. ¿Qué ocurrió, tía...?
Se ensombreció el rostro de la vieja.
--Una gran desgracia, hijo; lo que nunca se había visto en el claustro alto. Las locuras del mundo entraron en la catedral, y fueron a hacer nido justamente en la casa más honrada, más antigua y más respetable de las Claverías. Todos somos buenos; al fin, gentes que no hemos visto el mundo ni por un agujero y vivimos aquí como en conserva; pero los Luna habéis sido de lo bueno lo mejor; y no digamos de los Villalpando, que os vienen a la zaga. ¡Ay, si tu madre levantase la cabeza! ¡Si tu padre viviera...! Yo a quien doy toda la culpa es a tu hermano, por buenazo, por simple, por esa maldita manía de todos los padres, que desafían el peligro con la esperanza de colocar bien a las hijas....
--Pero ¿cómo fue, tía? ¿Qué pasó entre mi sobrina y el cadete?
--Lo que pasa con frecuencia en el mundo y aquí no había ocurrido nunca. Mil veces le sermoneé a tu hermano: «Mira, Esteban, que ese señorito no es para tu hija.» Muy simpático, muy vivaracho, llevando el uniforme de la Academia como nadie y capitaneando el grupo más endiablado de cadetes en sus calaveradas por toda la ciudad. Además, hijo de una gran familia; señorones adinerados que nunca le dejaban ir por Toledo con el bolsillo vacío. Y ella, la pobre Sagrario, bobita de amor, chalada por su cadete, orgullosa cuando paseaba los domingos por Zocodover o el Miradero entre su madre y aquel novio tan apuesto que le envidiaban las señoritas de la ciudad. La hermosura de tu sobrina hacía hablar a todo Toledo. Las del Colegio de Doncellas Nobles la apodaban por envidia «la sacristana de la catedral»; pero ella, la pobrecita, sólo vivía para su cadete, y parecía querer bebérselo con sus ojazos azules. El bestia de tu hermano lo dejaba entrar en su casa, muy orgulloso del honor que hacía a la familia. Ya sabes, Gabriel: la eterna ceguera de ciertos toledanos de medio pelo, que aceptan como una gloria el noviazgo del cadete con la niña, a pesar de que son rarísimos los casos en que estos amores llegan al matrimonio. Aquí no hay mujer que posea un mediano palmito y se escape de haber tenido su miaja de encariñamiento por unos pantalones colorados. Hasta yo misma recuerdo que de chica me atusaba el pelo y me estiraba la falda cuando oía arrastrar un sable por las losas del claustro. Es una ceguera que pasa de madres a hijas, y eso que ellos, los malditos, tienen sus primas o sus novias allá en su tierra, y a ellas vuelven así que salen de la Academia.
--Bueno, tía; pero ¿en qué paró lo de mi sobrina?
--Cuando el tal señorito salió teniente, su familia consiguió que lo destinaran a Madrid. La despedida fue cosa de teatro. Yo creo que hasta el bragazas de tu hermano y la simple de su mujer (que en gloria esté) lloraron como si fueran ellos la novia. Los muchachos se cogían las dos manos, y así se estaban las horas, mirándose en los ojos como si quisieran comerse. Él estaba más tranquilo: prometía venir todos los domingos, escribir todos los días. Al principio así lo hizo; pero después pasaron las semanas sin viaje y el cartero subió con menos frecuencia a las Claverías, hasta que llegó a no subir.... Se acabó: el señorito teniente tenía en Madrid otras ocupaciones. Tu pobre sobrina se puso perdida: se desvanecieron los Colores de su cara; ya no era aquel albaricoque fresquito, de piel fina, que daba ganas de morderlo. Lloraba por los rincones como una Magdalena... y un día, la muy loca, voló... y hasta ahora....
--Pero ¿adónde fue? ¿No la buscaron?
--Tu hermano se puso perdido. ¡Pobre Esteban! Algunas noches lo sorprendimos en ropas menores en el claustro alto, tieso como un poste, mirando al cielo fijamente con unos ojos que parecían de vidrio. No había que hablarle de buscar a la chica: se enfurecía. El escándalo estaba dado, y no quería agravarlo recogiéndola, haciendo entrar a una perdida en la Iglesia Primada, en la honrada casa de los Luna. Más de un año estuvimos en las Claverías como aplastados por este suceso. Parecía que todos llevábamos luto. ¡Ya ves: ocurrir esto en la catedral, aquí, donde pasan los años en santa tranquilidad, sin que nos digamos una palabra más alta que la otra...! Yo me acordé entonces de ti. Parecía imposible que de los Luna, tan tranquilos y formalotes, hubiese podido salir una muchacha con redaños bastantes para escapar a ese Madrid, donde nunca había estado, juntándose con su hombre, sin miedo a Dios y a las gentes. ¿A quién podía parecérsele la mosquita muerta? A su tío, a Gabriel, que iba para santo, y sin embargo, después de hacer la guerra como un lobo, rodaba por el mundo lo mismo que los gitanos.
Gabriel no protestó del concepto que la tía se forjaba de su pasado.
--Y después de la fuga, ¿qué ha sabido usted de la chica?
--Al principio, mucho; después, ni una palabra. Vivían en Madrid los dos juntos, recatándose de la gente, en santa tranquilidad, como si fuesen marido y mujer. Esto duró algún tiempo, y yo misma, al saber tales cosas, dudaba de mi malicia, pensando si el muy condenado se habría vuelto buena persona y acabaría casándose con Sagrario. Pero al año se terminó todo. Él estaba cansado y la familia intervino para que la calaverada no cortase el porvenir del muchacho. Hasta buscaron a la policía para que, amenazando a la chica, no molestase más al oficialete con sus terquedades de abandonada. Luego... nada sé de cierto. De vez en cuando me han dicho algo los que van a Madrid. La han visto algunos, pero mejor hubiese sido que no la vieran. Una vergüenza, Gabriel; una deshonra para vuestra familia, que es la mía. Esa infeliz es lo peor de lo peor. Me han dicho que ha estado muy enferma; creo que aún lo está; figúrate: ¡esa vida!, ¡y durante cinco años!, ¡lo que le habrá ocurrido a la infeliz...! ¡Y pensar que es la hija de mi hermana!
Hablaba la señora Tomasa con voz conmovida.
--Después, Gabriel, ya sabes lo que ocurrió aquí. Se murió tu pobre cuñada, no sabemos de qué. Fue cosa de pocos días; tal vez de vergüenza, pues murió diciendo que ella era la culpable de todo. La partía el corazón ver cómo había quedado tu hermano después del suceso. Siempre ha sido Esteban poco cosa, pero luego de lo de su hija quedó como imbécil... ¡Ay, muchacho! También me ha tocado algo a mí. Así como me ves, tan alegre, tan satisfecha de vivir, a ratos se me clava aquí en la frente el recuerdo de esa infeliz, y como mal y duermo peor, pensando que una criatura que al fin lleva mi sangre va perdida por el mundo, sirviendo de juguete a los hombres, sin que nadie la ampare, como si estuviera sola, como si no tuviese familia.
La señora Tomasa se pasó por los ojos la punta del delantal. Temblaba su voz, y por sus mejillas enjutas de vieja caían las lágrimas.
--Tía, usted es muy buena--dijo Gabriel--, pero debía preocuparse más de esa infeliz. Había que recogerla, que salvarla; traerla aquí.... Hay que ser misericordioso con las debilidades ajenas, y más aún cuando la víctima es carne nuestra.
--¡Ay, hijo! ¿A quién se lo dices? Mil veces he pensado en esto, pero me da miedo tu hermano. Es un pedazo de pan, pero se vuelve una fiera cuando le hablan de su hija. Aunque la encontrásemos y se la trajésemos, no querría admitirla. Se indigna como si le propusieran un sacrilegio. No podría sufrir con calma su presencia en la casa que fue de vuestros padres. Además, aunque no lo dice, teme el escándalo de todos los vecinos de las Claverías, que conocen lo ocurrido. Esto es lo más fácil de arreglar. Ya se cuidarán todos de no abrir la boca estando yo de por medio. Pero tu hermano me da miedo. No me atrevo.
--Yo la ayudaré--dijo con firmeza Gabriel--. Busquemos a la chica, y una vez la tengamos, me encargaré yo de Esteban.
--Dificilillo es encontrarla. Hace tiempo que nada sé de ella. Sin duda los que la ven se privan de decirlo por no darnos disgusto. Pero yo averiguaré.... Veremos, Gabriel... pensaremos en ello.
--¿Y los canónigos? ¿Y el cardenal? ¿No se opondrán a que la pobre muchacha vuelva a las Claverías?
--¡Bah! La cosa ocurrió hace tiempo y pocos se acuerdan. Además, la muchacha podemos llevarla a un convento, para que esté recogidita y tranquila, sin escándalo de nadie.
--No; eso no, tía. Es un remedio cruel. No tenemos derecho para salvar a esa pobre a costa de su libertad.
--Dices bien--afirmó la vieja tras corta reflexión---. A mí, esto de los monjíos nunca me ha gustado gran cosa. ¿Dónde mejor que al lado de la familia, para convertirse con el buen ejemplo? La traeremos a casa, si está arrepentida y desea tranquilidad. A la primera que en las Claverías hable algo de ella, le arranco el moño. Mi yerno tal vez finja escandalizarse, pero ya le arreglaré yo la cuenta. Más valiera que no hiciese la vista gorda ante los paseos que Juanito, ese cadete sobrino de don Sebastián, da por el claustro cuando mi nieta se asoma a la puerta. El muy mentecato sueña nada menos que con emparentar con el cardenal y que su hija sea generala. Bien podía acordarse de la pobre Sagrario. En cuanto a don Sebastián, descansa, Gabriel. Nada dirá, si es que conseguimos traer a la chica. ¿Y por qué había de decir...? Hay que tener caridad con el semejante, y ellos más que nadie. Porque al fin, créeme, Gabriel... ¡hombres!, ¡nada más que hombres!
V
Las gentes de la Primada acogían con obstinado silencio la menor alusión al prelado reinante. Era costumbre tradicional en las Claverías: Gabriel recordaba haber visto lo mismo en su infancia.
Si se hablaba del arzobispo anterior, aquella gente, habituada a la murmuración, como todos los que viven en cierto aislamiento, soltaba la lengua comentando su historia y sus defectos. A prelado muerto no había que temerle. Además, era un halago indirecto al arzobispo vivo y sus favoritos hablar mal del difunto. Pero si en la conversación surgía el nombre de Su Eminencia reinante, todos callaban, llevándose la mano a la gorra para saludar, como si el príncipe de la Iglesia pudiese verlos desde el inmediato palacio.
Gabriel, oyendo a sus compañeros del claustro alto, recordaba el juicio funeral de los egipcios. En la Primada no se decía verdad sobre los prelados, ni osaba nadie publicar sus faltas, hasta que la muerte se apoderaba de ellos.
A lo más que se atrevían era a comentar las desavenencias entre los señores canónigos, a llevar la lista de los que se saludaban en el coro o se miraban entre versículo y antífona como perros rabiosos próximos a morderse, o a hablar con asombro de cierta polémica que el Doctoral y el Obrero sostenían en los papeles católicos de Madrid, durante tres años, sobre si el Diluvio fue universal o parcial, contestándose los artículos con cuatro meses de plazo.
En torno de Gabriel se había formado un grupo de amigos. Le buscaban, sentían la necesidad de su presencia, experimentaban esa atracción que, aun permaneciendo silenciosos, ejercen los que han nacido para pastores de hombres. Por las tardes se reunían en las habitaciones del campanero, saliendo, cuando el tiempo era bueno, a la galería de la portada del Perdón. Por las mañanas, la tertulia era en casa del zapatero que enseñaba los gigantones, un hombrecillo amarillento y enfermo, con eternos dolores de cabeza que le obligaban a llevar varios pañuelos arrollados a guisa de turbante.
Era el más pobre de las Claverías. No tenía empleo y enseñaba los gigantones sin retribución alguna, con la esperanza de conseguir la primera plaza que vacase, y agradeciendo mucho a los señores del cabildo que le diesen casa gratuita, en consideración a que su mujer era hija de un antiguo servidor de la catedral. El hedor del engrudo y de la suela húmeda infestaba su casa con el ambiente agrio de la miseria. Una fecundidad desesperante agravaba esta pobreza. La mujer, flácida, triste y con grandes ojos amarillentos, presentaba todos los años un chiquitín agarrado a sus ubres desmayadas. Por el claustro se deslizaban a lo largo de las paredes, con la melancolía del hambre, varios chicuelos de cabeza enorme y delgado cuello, siempre enfermos y sin llegar nunca a morirse, afligidos por extrañas dolencias de la anemia, por bultos que surgían y desaparecían en la cara, y costras asquerosas que cubrían sus manos.
Trabajaba el zapatero para las tiendas de la ciudad, sin adelantar gran cosa. Desde que salía el sol sonaba su martillo en el silencio del claustro. Esta manifestación única del trabajo profano atraía a todos los desocupados a la habitación mísera y maloliente. Mariano, el _Tato_ y un pertiguero que también vivía en el claustro eran los que con más frecuencia encontraba Gabriel sentados en las desvencijadas silletas del zapatero, tan bajas, que podían tocar con las manos el suelo de ladrillos rojos y polvorientos.
Muchas veces, el campanero corría a la torre para hacer los toques ordinarios, pero su sitio vacío lo ocupaba un viejo manchador del órgano y gentes de la sacristía, que subían atraídas por lo que se hablaba de esta reunión entre el personal menudo de la Primada. El objeto de la tertulia era oír a Gabriel. El revolucionario quería callar y escuchaba distraídamente las murmuraciones sobre la vida del culto; pero sus amigos deseaban saber cosas de aquellas tierras que había corrido, con una curiosidad de seres encerrados y aislados del mundo. Al oírle describir la hermosura de París o la grandeza de Londres, abrían sus ojos como niños que escuchan un cuento fantástico.
El zapatero, con la cabeza baja, sin dejar su trabajo, seguía atentamente la relación de tantas maravillas. Todos convenían en lo mismo cuando callaba Gabriel. Aquellas ciudades eran más hermosas que Madrid. ¡Y mire usted que Madrid...! Hasta la zapatera, de pie en un rincón, olvidando la enfermiza prole, escuchaba a Luna con asombro, animándose su rostro con una pálida sonrisa, asomando la mujer al través de la bestia resignada de la miseria cuando Luna describía el lujo de las grandes damas en el extranjero.
Todos los siervos del templo sentían removerse sus espíritus endurecidos e insensibles como la piedra de los muros ante estas evocaciones de un mundo lejano que jamás habían de ver. Los esplendores de la civilización moderna les conmovían más sinceramente que las bellezas del cielo descritas en los sermones. En el ambiente agrio y polvoriento de la casucha, veían desarrollarse con los ojos de la imaginación ciudades fantásticas, y preguntaban candidamente sobre los alimentos y costumbres de las gentes de por allá, como si los creyesen seres de distinta especie.
Por las tardes, a la hora del coro, cuando trabajaba solo el zapaterillo, Gabriel, cansado de la monotonía silenciosa de las Claverías, bajaba al templo.
Su hermano, con manteo de lana, golilla blanca y vara larga, como un alguacil antiguo, estaba de centinela en el crucero, para evitar que los curiosos pasasen entre el coro y el altar mayor.
Dos cartelones de oro viejo, con letras góticas adosadas a las pilastras, anunciaban que estaba excomulgado quien hablase en alta voz o hiciese señas en el templo. Pero esta amenaza de siglos anteriores no impresionaba a las escasas gentes que acudían a las vísperas y charlaban tras una pilastra con los servidores de la catedral. La luz de la tarde, filtrándose por los ventanales, extendía sobre el pavimento grandes manchas tornasoladas. Los sacerdotes, al pisar esta alfombra de luz, aparecían verdes o rojos, según el color de las vidrieras. En el coro cantaban los canónigos para ellos mismos en la triste soledad del templo. Sonaban como detonaciones los golpes de las cancelas al cerrarse, dejando paso a algún clérigo retrasado. En lo alto del coro gangueaba el órgano de vez en cuando, intercalándose en el canto llano; pero sonaba perezosamente, con desmayo, por pura obligación, y parecía lamentarse de su esfuerzo en la penumbra solitaria.
Gabriel no acababa de dar la vuelta a la catedral sin que se le uniera su sobrino el perrero, abandonando su conversación con los monaguillos o con el mozo de recados de la secretaría del cabildo, que tenía su asiento fijo en la puerta de la Sala Capitular.
A Luna le divertían las picardías del _Tato_, la confianza y el descuido con que iba por el templo, como si el haber nacido en él le privase de todo sometimiento de respeto. La entrada de un perro en las naves le producía alborozo.
--Tío--decía a Luna--, va usted a ver cómo me abro de capa.
Y tirando de los extremos de la chaqueta, avanzaba hacia el can con contoneos y saltos de lidiador. El animal, conociéndole de antiguo, buscaba su salida por la puerta más inmediata, pero el _Tato_ le cortaba el paso, lo acosaba nave adentro fingiendo perseguirlo, lo lidiaba de capilla en capilla, hasta que, acorralándolo, podía largarle unas cuantas patadas. Los ladridos lastimeros alteraban el canto de los canónigos, y el _Tato_ reía, mientras que allá, en la reja del coro, torcía el gesto el buen Esteban, amenazándole con la vara de palo.
--Tío--dijo una tarde el travieso perrero--, usted que cree conocer bien la catedral, ¿a que no ha visto las cosas «alegres» que tiene?
Guiñaba los ojos y acompañaba este gesto con un ademán obsceno para indicar que eran algo más que «alegres» las tales cosas.
--A mí--continuó--me interesan las bromas que se permitían los antiguos; no hay una que se me escape. Venga usted, tío, y se divertirá un rato. Usted, como todos los que creen conocer la catedral, habrá pasado muchas veces junto a esas cosas sin verlas.
El _Tato_, siguiendo el coro por su parte exterior, condujo a Gabriel al testero, enfrente de la puerta del Perdón. Bajo el medallón grandioso que sirve de respaldo al Monte Tabor, obra de Berruguete, se abre la capillita de la Virgen de la Estrella.
--Fíjese usted en esa imagen, tío. ¿Hay una igual en todo el mundo? Es una gachí, una chavala que volvería locos a los hombres si parpadease.
Para Gabriel, no era esto un descubrimiento. Desde pequeño conocía aquella imagen de mujer hermosa y sensual, con sonrisa mundana, el cuerpo inclinado, la cadera saliente, y en los ojos una expresión de alegría retozona, como si fuese a bailar.
El niño, en sus brazos, también reía, y echaba mano al rebocillo de la hermosa como si quisiera descubrirla el pecho. La imagen, de piedra pintada, estofada y dorada, tiene un manto azul sembrado de estrellas de oro, que es lo que la da el título de Virgen de la Estrella.