La Catedral

Part 2

Chapter 2 4,022 words Public domain Markdown

--Pero lo cierto fue--continuó al poco rato--que caíste en la redada que dio el gobierno al ocurrir aquellos sucesos. ¡Lo que yo sufrí una temporada! De vez en cuando fusilamientos en el foso del castillo que hay allá, y yo buscaba ansioso en los papeles los nombres de los sentenciados, siempre esperando encontrar el tuyo. Corrían rumores de tormentos horribles que se hacían sufrir a los presos para que cantasen la verdad, y pensaba en tí tan delicado, tan poquita cosa, creyendo que cualquier mañana te encontrarían muerto en el calabozo. Y aún sufría más por mi empeño de que aquí no se conociese tu situación. ¡Un Luna, el hijo del señor Esteban, el antiguo jardinero de la Primada, con el que conversaban los canónigos y hasta los arzobispos... mezclado entre la gentuza infernal que quiere destruir el mundo...! Por esto, cuando Eusebio el _Azul_ y otros chismosillos de la casa me preguntaban si podrías ser tú el Luna de que hablaban los periódicos, yo decía que mi hermano estaba en América y que me escribías de tarde en tarde, por andar ocupado en grandes negocios. ¡Ya ves qué dolor! Esperar que te matasen de un momento a otro, y no poder hablar, no poder quejarse, comunicando la pena ni aun a los de la familia... ¡Lo que yo he rezado ahí dentro...! Acostumbrados los de la casa a ver todos los días a Dios y los santos, somos algo duros y pecadores; pero la desgracia ablanda el alma, y yo me dirigí a la que todo lo puede, a nuestra patrona la Virgen del Sagrario, pidiéndola que se acordase de ti, ya que ibas de niño a arrodillarte ante su capilla, cuando te preparabas para entrar en el Seminario.

Gabriel sonrió con dulzura, como admirando la simplicidad de su hermano.

--No rías, te lo ruego: me hace daño tu risa. La excelsa Señora lo hizo todo en favor tuyo. Meses después supe que a ti y a otros os habían metido en un barco, con orden de no volver más a España, y... hasta la hora presente. Ni una carta, ni una noticia buena o mala. Te creía muerto, Gabriel, en esas tierras lejanas, y más de una vez he rezado por tu pobre alma, que bien lo necesita.

El _compañero_ mostraba en sus ojos el agradecimiento por estas palabras.

--Gracias, Esteban. Admiro tu fe, pero cree que no he salido tan bien como te imaginas de aquella aventura sombría. Mejor hubiese sido morir. La aureola del martirio vale más que entrar en un calabozo siendo un hombre y salir hecho un pingajo.

Estoy muy enfermo, Esteban: mi sentencia de muerte es irrevocable. No tengo estómago, mis pulmones están deshechos, este cuerpo que ves es una máquina desvencijada que apenas si funciona, y cruje por todos lados como si las piezas fuesen a separarse y a caer cada una por su lado. La Virgen que me salvó por tu recomendación bien podía haber intercedido algo más en favor mío, ablandando a mis guardianes. Los infelices creían salvar al mundo dando suelta a los instintos de bestia que duermen en nosotros como restos del pasado... Después, en plena libertad, la vida ha sido más dolorosa que la muerte. Al volver a España, empujado por la miseria y las persecuciones, mi existencia ha sido un infierno. No he podido parar en ningún sitio donde se reúnen hombres. Me acosan como perros; quieren que viva fuera de las ciudades; me acorralan, empujándome hacia el monte, hacia el desierto, donde no existen seres humanos. Parece que soy un hombre temible, más temible que los desesperados que arrojan bombas, porque hablo, porque llevo en mí una fuerza irresistible que me hace propagar la Verdad apenas me veo en presencia de dos desgraciados.... Pero esto se acabó. Puedes tranquilizarte, hermano. Soy hombre muerto; mi misión tocó a su fin; pero detrás de mí vendrán otros y otros. El surco está abierto y la simiente en sus entrañas. ¡Germinal! Así gritó un amigo mío de destierro cuando en España vio el último rayo de sol desde el tablado del patíbulo.... Voy a morir, y me creo con derecho al descanso por unos meses. Quiero gustar por primera vez en mi vida la dulzura del silencio, de la inmovilidad, del incógnito: no ser nadie, que nadie me conozca; no inspirar simpatías ni miedo. Quisiera ser una estatua de esa portada, una pilastra de la catedral, algo inmóvil, sobre cuya superficie resbalasen el tiempo, las alegrías y las tristezas, sin causar estremecimientos ni emociones. Anticipar la muerte; ser cadáver que respira y come, pero que no piensa, ni sufre, ni se entusiasma: ésa sería para mí la dicha, hermano. No sé adonde ir: los hombres me esperan más allá de esa puerta para acosarme otra vez... ¿Me quieres contigo...?

El _Vara de palo_, por toda contestación, empujó cariñosamente a Gabriel.

--¡Vamos arriba, loco! No morirás; yo te sacaré adelante. Lo que tú necesitas es calma y cariño. La catedral te curará. Aquí sanarás esa cabeza enferma, que parece la de Don Quijote. ¿Te acuerdas cuando de niño nos leías su historia en las veladas...? Anda adelante, fantasioso. ¿Qué te importa a ti que el mundo esté mejor o peor arreglado? Así lo encontramos, y así será siempre. Lo que importa es vivir cristianamente, con la certeza de que la otra vida será mejor, ya que es obra de Dios y no de los hombres. ¡Arriba, vamos arriba!

Y empujando cariñosamente al vagabundo, salieron del claustro por entre los mendigos, que habían seguido con mirada curiosa la entrevista sin poder escuchar una palabra. Atravesaron la calle, entrando en la escalera de la torre. Los peldaños eran de ladrillos rojos y gastados, y las paredes, pintadas de blanco, estaban cubiertas en todas sus revueltas de grotescos dibujos y enrevesadas inscripciones de las gentes que subían a la torre atraídas por la fama de la Campana Gorda.

Gabriel ascendía lentamente, jadeando y deteniéndose en cada tramo.

--Estoy malo, Esteban... muy malo. Este fuelle hace aire por todas partes.

Después, como arrepentido de su olvido, se apresuró a preguntar:

--¿Y Pepa, tu mujer? Supongo que estará buena....

Se contrajo la frente del empleado de la catedral y sus ojos pusiéronse vidriosos, como si fuese a llorar.

--Murió--dijo con laconismo sombrío.

Gabriel se detuvo, agarrándose a la barandilla, como inmovilizado por la sorpresa. Después de un corto silencio, añadió, con el deseo de consolar a su hermano:

Pero Sagrario, mi sobrina, estará hecha una hermosura. La última vez que la vi parecía una reina, con su moño rubio y aquella carita sonrosada, de vello dorado, como un albaricoque de los cigarrales. ¿Se casó con el cadete o está con tigo?

El _Vara de palo_ puso el gesto más sombrío y miró a su hermano torvamente.

--Murió también--dijo con sequedad.

--¿También Sagrario ha muerto?--preguntó; Gabriel con extrañeza.

--Ha muerto para mí, y es lo mismo.... Hermano, por lo que más quieras en el mundo, no me hables de ella.

Gabriel comprendió que despertaba una pena grande con sus preguntas y no dijo más, emprendiendo de nuevo la ascensión. En la vida de su hermano había ocurrido algo grave durante su ausencia: uno de estos sucesos que disuelven las familias y separan para siempre a los que sobreviven.

Atravesaron la galería cubierta del arco del Arzobispo y entraron en el claustro alto, llamado las Claverías: cuatro pórticos iguales en la longitud a los del claustro bajo, pero desnudos de toda decoración y con un aspecto mísero. El pavimento era de ladrillos gastados y rotos. Los cuatro lados que daban sobre el jardín tenían una barandilla entre las chatas columnas que sostenían la techumbre de añejas vigas. Era una obra provisional, de tres siglos antes, que había quedado para siempre en tal estado. A lo largo de las paredes enjalbegadas abríanse sin simetría las puertas y ventanas de las habitaciones que venían ocupando los servidores de la catedral, transmitiéndose oficio y vivienda de padres a hijos. El claustro, con sus pórticos bajos, ofrecía el aspecto de cuatro calles, cada una de las cuales sólo tenía una fila de casas. Enfrente estaba la chata columnata, sobre cuyas barandillas asomaban sus copas puntiagudas los cipreses del jardín. Por encima del tejado del claustro veíanse las ventanas de la segunda fila de habitaciones, pues casi todas las casas de las Claverías tenían dos pisos.

Era un pueblo que vivía sobre la catedral al nivel de los tejados, y al llegar la noche y cerrarse la escalera de la torre quedaba aislado de la ciudad. La tribu semieclesiástica se procreaba y moría en el corazón de Toledo, sin bajar a sus calles, adherida por tradicional instinto a aquella montaña de piedra blanca y calada, cuyos arcos la servían de refugio. Vivía saturada del olor del incienso y respiraba el perfume especial de moho y hierro viejo de las catedrales, sin más horizonte que las ojivas de enfrente o el campanario, que aplastaba con su mole un pedazo del cielo que se veía desde el claustro alto.

El _compañero_ Luna creyó retroceder de golpe a la niñez. Chicuelos semejantes al Gabriel de otros tiempos corrían jugando por las cuatro galerías o se sentaban encogidos en la parte del claustro bañada por los primeros rayos del sol. Mujeres que le recordaban a su madre sacudían sobre el jardín las mantas de las camas o barrían los rojos ladrillos inmediatos a sus viviendas. El _compañero_ vio aún borrosos en la pared dos monigotes que había pintado con carbón cuando tenía ocho años. Sin los pequeñuelos que gritaban y reían persiguiéndose, se hubiera creído que la vida estaba en suspenso en este rincón de la catedral, como si en aquel pueblo casi aéreo no naciese ni muriese nadie.

El _Vara de palo_, cejijunto y sombrío desde las últimas palabras, quiso dar algunas explicaciones a su hermano.

--Vivo en nuestra casa de siempre. Me la han dejado en consideración a la memoria del padre. Hay que agradecerlo a los señores del cabildo, teniendo en cuenta que no soy más que un triste _Vara de palo_.... Desde que ocurrió la «desgracia» tengo una vieja que arregla la casa, y además vive conmigo don Luis, el maestro de capilla. Ya le conocerás: un sacerdote joven, de mucho valer, que aquí está obscurecido; un alma de Dios, al que tienen por un loco en la catedral y vive como un ángel.

Entraron en la casa de los Luna, que era de las mejores de las Claverías. Junto a la puerta, dos hileras de macetas en forma de relojera, clavadas al muro, dejaban pender las cabelleras verdes de sus plantas. Dentro, en la sala que servía de recibimiento, Gabriel lo encontró todo lo mismo que en vida de sus padres. Las paredes blancas, que con los años habían tomado un moreno color de hueso, estaban adornadas con grabados antiguos de santos. La sillería de caoba, brillante por el continuo frote, ofrecía cierto aspecto de juventud, que contrastaba con sus curvas de principios de siglo y sus asientos próximos a desfondarse. Por una puerta entreabierta se veía la cocina, en la que había entrado su hermano para dar órdenes a una mujer vieja de aspecto tímido. En un rincón de la sala estaba enfundada una máquina de coser. Luna había visto trabajando en ella a su sobrina la última vez que pasó por la catedral. Era el recuerdo permanente que había dejado la «pequeña» después de aquella catástrofe que despertaba en el padre un dolor sombrío. Al través de una ventana de la sala veía Gabriel el patio interior, que hacía apetecible aquella habitación entre todas las de las Claverías: un espacio de cielo libre, con los cuartos superiores sostenidos por cuatro filas de delgadas columnas de piedra, que daban al patio el aspecto de un pequeño claustro.

Esteban volvió a reunirse con su hermano.

--Tú dirás lo que quieres almorzar. En la cocina todo está listo. Pide, hombre, pide por esa boca. Aunque pobre, he de poder poco si no te saco a flote, quitándote ese aspecto de muerto resucitado.

Gabriel sonrió tristemente.

--Es inútil que te esfuerces. Mi estómago acabó. Le basta con un poco de leche, y gracias que lo admita.

Esteban dio órdenes a la vieja para que bajase a la ciudad en busca de leche, y cuando iba a sentarse al lado de su hermano, se abrió la puerta que daba al claustro, asomando por ella una cabeza de hombre joven.

--¡Buenos días, tío!--exclamó.

Tenía un perfil achatado y perruno; los ojos eran de malicia, y peinaba lustrosos tufos pegados arriba de las orejas.

--Pasa perdido, pasa--dijo el _Vara de palo_.

Y añadió, dirigiéndose a su hermano:

--¿Sabes quién es éste...? ¿No? Pues el hijo de nuestro pobre hermano, que Dios tenga en su gloria. Vive en las habitaciones altas del claustro con su madre, que lava la ropa de coro de los señores canónigos y riza unas sobrepellices que da gozo verlas.... Tomás, muchacho, saluda al señor. Es tu tío Gabriel, que acaba de llegar de América, y de París, ¡y qué sé yo de dónde! De tierras que están muy lejos, muy lejos.

El muchacho saludó a Gabriel, algo intimidado por la cara triste y enferma de aquel pariente, del que había oído hablar a su madre como de un ser misterioso y novelesco.

--Aquí donde lo ves--prosiguió Esteban dirigiéndose a su hermano y mostrándole al muchacho--, es la peor cabeza de la catedral. El señor canónigo Obrero más de una vez le hubiese puesto de patitas en la calle si no fuese por consideración a la memoria de su padre y de su abuelo y al apellido que lleva, pues todos saben que los Luna son antiguos en la catedral como las piedras de sus muros.... No se le ocurre calaverada que no la realice: en plena sacristía jura como un impío a espaldas de los señores beneficiados. ¡No digas que no, granuja!

Y le amenazaba con una mano, entre severo y risueño, como si en el fondo de su pensamiento le hiciesen cierta gracia las faltas del sobrino. Éste acogía la reprimenda con muecas que agitaban su cara de movilidad simiesca y sin bajar los ojos, que tenían una fijeza insolente.

--Es una mala vergüenza--continuó el tío--que te peines así, como la chulería de la corte que viene a Toledo en las grandes fiestas. En la buena época de la catedral ya te hubiesen pelado al rape. Pero como en estos tiempos de desamortización, libertad y desgracias, nuestra santa iglesia es pobre como una rata, la miseria no deja humor a los señores del cabildo para fijarse en detalles, y todo anda abajo que da lástima. ¡Qué abandono, Gabriel! ¡Si lo vieras! Esto parece una oficina como esas de Madrid adonde va la gente a cobrar y echa a correr en seguida. La catedral es hermosa como siempre, pero no se encuentra por parte alguna la majestad del culto del Señor. Lo mismo dice el maestro de capilla, indignándose al ver que en las grandes fiestas sólo toman asiento en medio del coro hasta media docena de músicos. La gente joven que vive en las Claverías no tiene amor a nuestra Primada y se queja de lo cortos que son los sueldos, sin tener en cuenta el temporal que aguanta la religión. Si esto continúa, no me extrañará ver a este pájaro y a otros tan tunantes como él jugando a la rayuela en el crucero... ¡Dios me perdone!

Y el simple _Vara de palo_ hizo un gesto escandalizándose de sus palabras. Después continuó:

--Este señorito, aquí donde lo ves, no está contento con su estado, y eso que, siendo casi un mocoso, ocupa el cargo que su pobre padre no pudo conseguir hasta los treinta años. Quiere ser torero, y hasta un domingo se atrevió a salir en una novillada en la plaza de Toledo. Su madre bajó desmelenada como una Magdalena a contármelo todo, y yo, pensando que su padre había muerto y me correspondía hacer sus veces, aguardé al señor cuando volvía de la plaza echándolas de guapo, y lo arreé desde la escalera de la torre hasta su habitación con la misma vara de palo que me sirve en la catedral. Él te dirá si tengo la mano dura cuando me enfado.... ¡Virgen del Sagrario! ¡Un Luna de la Santa Iglesia Primada metido a torero! ¡Poco rieron los canónigos y hasta el señor cardenal, según me han dicho, al conocer el caso! Un beneficiado de buen humor le apodó desde entonces el _Tato_, y así le llaman todos en la casa. ¿Has visto, hermano, qué honra proporciona a la familia este tuno...?

El silenciario pretendía anonadar con su mirada al _Tato_, pero éste sonreía, sin impresionarse gran cosa con las palabras de su tío.

--Y no creas, Gabriel--continuó--, que a este individuo le falta un pedazo de pan y por eso hace tales disparates. A pesar de su mala cabeza, tiene desde los veinte años el cargo de perrero de la santa catedral: ha llegado adonde sólo se llegaba en tiempos mejores después de muchos años y buenas agarraderas. Cobra sus seis realitos diarios, y como anda suelto por la iglesia, puede enseñar las curiosidades a los forasteros. Con las propinas que le caen está mejor que yo. Los extranjeros que visitan la catedral, gentes descomulgadas que nos miran como monos raros y encuentran todo lo nuestro curioso y digno de risa, se fijan en él. Las inglesas le preguntan si ha sido toreador, y él ¡para qué necesita más...! Al ver que le dan por el gusto, suelta el saco de las mentiras (porque a embustero nadie le echa la pata encima) y cuenta las grandes corridas que lleva dadas en Toledo y fuera de él, los toros que ha muerto... y esos bobalicones de Inglaterra toman nota en sus álbumes, y hasta alguna rubia patuda dibuja de un trazo la cabeza de este trapalón. A él lo que le interesa es que le crean las mentiras y al final le larguen la peseta; le importa poco que esos herejes se vayan a su tierra propalando que en la catedral de Toledo, en la Iglesia Primada de las Españas, los empleados son toreros y ayudan a las ceremonias del culto entre corrida y corrida. Total, que gana más dinero que yo, y a pesar de esto, se cree postergado en su cargo... ¡Un empleo tan hermoso! ¡Marchar en las grandes procesiones al frente de todos, junto a la gran manga de la Primada, con una horquilla forrada de terciopelo rojo para sostenerla si es que cae, y vestido con un ropón de brocado escarlata, como un cardenal! Hasta se parece en ese traje, según dice el maestro de capilla, que sabe mucho de tales cosas, a un tal _Diente_ o no sé cómo, que hace siglos vivía en Italia y bajó al infierno, escribiendo su viaje en verso.

Sonaron pasos en una angosta escalerilla de caracol que, perforando el muro, comunicaba el recibimiento con el piso superior.

--Es don Luis--dijo el _Vara de palo_--. Va a decir su misa en la capilla del Sagrario, y después al coro.

Gabriel se levantó del sofá para saludar al sacerdote. Era pequeño y de constitución débil, resaltando en él desde el primer golpe de vista la desproporción entre el cuerpo enfermizo y la cabeza enorme. La frente, abombada y saliente, parecía aplastar con su peso las facciones morenas e irregulares, alteradas por la huella de las viruelas. Era feo, y sin embargo, la expresión de sus ojos azules, el brillo de la dentadura sana, blanca e igual, que parecía iluminar la boca, y la sonrisa ingenua, casi infantil, que plegaba los labios, daban a su rostro esa expresión simpática que revela a los seres sencillos ensimismados en sus aficiones artísticas.

--¿Conque el señor es ese hermano de quien tanto me ha hablado usted?--dijo al oír la presentación que hacía Esteban.

Tendió su mano a Gabriel amistosamente. Los dos eran de aspecto enfermizo: el desequilibrio orgánico parecía atraerles fraternalmente.

--Ya que el señor ha estudiado en el Seminario--dijo el maestro de capilla--, conocerá algo de música.

--Es lo único que recuerdo de aquellas enseñanzas.

--¡Y al viajar tanto por el mundo, habrá oído cosas buenas...!

--Algo hay de eso. La música es para mí la más grata de las artes. Entiendo poco de ella, pero «la siento».

--Muy bien, muy bien. Seremos amigos. Ya me contará usted cosas. ¡Cuánto le envidio por haber corrido el mundo...!

Hablaba como un niño inquieto, sin querer sentarse por más que el silenciario, en cada una de sus evoluciones por la sala, le ofrecía una silla. Iba de un lado a otro con el manteo terciado y la teja en la mano, un pobre sombrero sin rastro de pelo, abollado, con una capa de grasa en las alas, mísero y viejo como la sotana y los zapatos. A pesar de esta pobreza, el maestro de capilla tenía cierta elegancia. Su cabello, demasiado crecido para la costumbre eclesiástica, se ensortijaba en la cúspide del cráneo. La manera arrogante con que plegaba el manteo en torno de su cuerpo hacía recordar la capa de los tenores de ópera. Había en él cierta desenvoltura profana que delataba al artista sepultado en los hábitos sacerdotales, ansioso por volar fuera de ellos, abandonándolos a sus pies como una mortaja.

Llegaron a la habitación, como truenos lejanos, algunas campanadas graves que conmovieron el claustro.

--Tío, que llaman a coro--dijo el _Tato_--. Ya debíamos estar en la-catedral. Son casi las ocho.

--Es verdad, hombre; tiene gracia que seas tú quien me lo recuerde. En marcha.

Luego añadió, dirigiéndose al sacerdote músico:

--Don Luis, su misa es a las ocho. Ya hablará después de sus cosas con Gabriel. Ahora, a la obligación. Hay que sacar para los postres, como usted dice, ya que en estos tiempos del demonio apenas si da el cargo para comer.

El maestro de capilla asintió tristemente con un movimiento de cabeza y salió tras los dos servidores del templo, contrariado, como si le arrastrasen a un trabajo penoso y antipático. Tarareaba distraídamente al dar la mano a Gabriel, y éste creyó reconocer un fragmento del _Septimino_ de Beethoven en la música que, sorda y cortada, salía de entre los labios del joven sacerdote.

Luna se tendió en el sofá, abandonándose a la fatiga al verse solo, después de la larga espera ante la catedral. La vieja que servía a su hermano puso junto a él un jarrito de leche, llenando después un vaso. Gabriel bebió, haciendo esfuerzos por dominar los estremecimientos de su estómago enfermo, que pugnaba por expeler el líquido. Su cuerpo, fatigado por la mala noche y el cansancio de la espera, acabó por asimilarse el alimento, sumiéndose en una dulce languidez que no había sentido en mucho tiempo. Gabriel pudo adormecerse, y así estuvo más de una hora, inmóvil en el sofá, cortándose varias veces su desigual respiración con el estertor de la tos cavernosa, que no llegaba a desvanecer su sueño.

Cuando despertó, fue de golpe, con un estremecimiento nervioso que le conmovió de los pies a la cabeza, haciéndole saltar del sofá como a impulsos de un resorte. Era la inquietud del peligro que había quedado fija en él para siempre; el hábito de la intranquilidad contraído en los obscuros calabozos, cuando esperaba a todas horas ver abrirse la puerta para ser apaleado como un perro o conducido al cuadro de ejecución ante la doble fila de fusiles; y a más de esto, la costumbre de vivir vigilado en todos los países, presintiendo el espionaje de la policía en torno de él, sorprendido en medio de la noche en cuartos de posada por la orden de salir inmediatamente; la zozobra del antiguo Asheverus, que apenas gustaba un instante del descanso, oía el eterno «Anda, anda».

No quiso dormir más, como si temiera sufrir de nuevo las negras pesadillas del ensueño. Prefería la realidad: aquel silencio de la catedral que le envolvía en una dulce caricia; la calma augusta del templo, inmenso monte de piedra labrada que parecía pesar sobre él aplastándolo, ocultando para siempre su debilidad de perseguido.

Salió al claustro, y puesto de codos en la barandilla contempló el jardín.