Part 18
La plaza había quedado desierta y en la obscuridad. No había más luz que el difuso resplandor de los astros esparcidos en el espacio como polvo de oro. De la inmensa bóveda parecía descender una calma religiosa, una majestad abrumadora que penetraba en el alma de aquellas gentes sencillas. El infinito comenzaba a embriagarles con el mareo de su grandeza.
--Vosotros--dijo Gabriel--tenéis los ojos cerrados para la inmensidad. No podéis comprenderla. Os han enseñado un origen del mundo mezquino y rudimentario, el que imaginaron unos cuantos judíos haraposos e ignorantes en un rincón del Asia, y que, escrito en un libro, ha sido aceptado hasta nuestros días. Ese Dios personal, semejante a nosotros en su forma y sus pasiones, es un artesano de gigantesca talla que trabaja seis días y forma todo lo existente. El primer día «crea la luz» y el cuarto el sol y las estrellas. ¿De dónde salía, pues, la luz si aún no se había creado el sol? ¿Es que hay distinción entre una y otro...? Parece imposible que hayan podido aceptarse tales absurdos durante siglos.
Los oyentes movían la cabeza en señal de asentimiento. El absurdo les aparecía palpable, como siempre que hablaba Gabriel.
Si queréis penetrar en el cielo,--continuó Luna--, habéis de despojaros del concepto humano de la distancia. El hombre todo lo mide por su talla y las dimensiones las concibe por el alcance de sus ojos. Esta catedral nos parece gigantesca porque bajo de sus naves somos como hormigas; y sin embargo, la catedral, vista de lejos, es una insignificante verruga; comparada con el pedazo de suelo que llamamos España, es menos que un grano de arena, y sobre la superficie de la Tierra, es un átomo... nada. Nuestra vista nos hace considerar como alturas que dan el vértigo treinta o cuarenta metros. En este momento creemos estar muy altos porque nos hallamos cerca de los tejados de la catedral, y toda esta distancia vale tan poco para lo infinito como la indecisión de la hormiga que titubea sobre un guijarro, no sabiendo cómo descender. Nuestra vista es corta. Nosotros, que medimos por metros, que sólo podemos concebir distancias breves, tenemos que hacer un gran esfuerzo de imaginación para abarcar el infinito. Aun así, se nos escapa, y hablamos de él muchas veces como de una expresión falta de sentido. ¿Cómo haceros entender la inmensidad del mundo...? No creeréis, como creían nuestros abuelos, que la Tierra está inmóvil y es plana, y que el cielo es una cúpula de cristal donde Dios hincó las estrellas como clavos de oro y pasea el sol y la luna para iluminarnos. Sabréis que la Tierra es redonda y gira en el espacio.
--Sí, algo sabemos de eso--dijo el campanero con acento de duda--. Así nos lo enseñaron en la escuela. Pero ¿realmente crees tú que se mueve?
--Porque en vuestra pequeñez de seres humanos no podéis sentir ese movimiento, porque a vuestra vista de topos microscópicos se escapa el inmenso engranaje del mundo, no dudéis de él. La Tierra gira. Sin moveros de donde estáis, en veinticuatro horas habéis dado la vuelta completa al globo. Sin separar los pies del suelo corremos todos cuatrocientas leguas cada hora, velocidad que no alcanzan los trenes más rápidos. ¿Os asombráis? Pues aún corremos más sin saberlo. Nuestro planeta no sólo gira sobre sí mismo, sino que al mismo tiempo circula en torno del Sol a razón de cien mil kilómetros por hora. Cada segundo recorremos treinta mil metros. Jamás inventarán los hombres una bala de cañón tan rápida. Vosotros vais por la inmensidad agarrados a un proyectil que marcha vertiginosamente, y engañados por vuestra pequeñez, creéis vivir inmóviles en una catedral muerta... ¡Y estas velocidades no son nada comparadas con otras! El Sol, a cuyo alrededor giramos, cae y cae en el vacío, llevando pegados por la atracción a sus flancos a la Tierra y los otros planetas. Va por la inmensidad, arrastrándonos; marcha hacia lo desconocido, sin tropezar con otros cuerpos, encontrando siempre espacio para caer con una rapidez cuyo cálculo da vértigos, y esto dura miles y millones de siglos, sin que él y la Tierra, que le sigue en su fuga, pasen dos veces por el mismo sitio.
Escuchaban todos a Gabriel con la boca abierta por el asombro. Sus ojos brillantes parecían extraviados por el vértigo.
--Hay para volverse locos--murmuraba el campanero--. ¿Qué es pues, el hombre, Gabriel?
--Nada; como nada es también esta tierra que nos parece tan grande y que hemos poblado de religiones, Imperios y revelaciones de Dios. ¡Ensueños de hormiga!, ¡menos aún! El mismo Sol, que nos parece inmenso comparado con nuestro globo, no es más que un átomo de la inmensidad. Eso que llamáis estrellas son otros soles como el nuestro, rodeados de planetas semejantes a la Tierra, y que por su pequeñez resultan invisibles. ¿Cuántos son? El hombre perfecciona sus instrumentos ópticos, y conforme avanza en el campo del cielo, descubre más y más. Los que apenas se marcaban en el infinito se aproximan al inventarse un nuevo anteojo, y tras ellos surgen en la negrura del espacio otros y otros, y así por los siglos de los siglos. Son incontables: están tan compactos como las moléculas del humo de una chimenea o del vapor de una nube. Nuestra pequeñez infinita nos hace apreciar las colosales distancias que existen entre ellos. Unos son mundos habitados como el nuestro; otros lo fueron y ruedan solitarios en el espacio, esperando una nueva evolución de la vida; muchos están naciendo. Y sin embargo, todos esos mundos no son más que corpúsculos del humo luminoso de lo infinito. El espacio está poblado de hornos que arden millones, trillones y cuatrillones de siglos, esparciendo luz y calor. La Vía Láctea no es más que una nube de astros que forman a nuestra vista una masa, pero que guardan entre sí distancias en las cuales podrían moverse tres mil soles como el nuestro, con todos sus planetas, sin tropezarse....
Gabriel recordaba la marcha de los sonidos y de la luz. Su rapidez era insignificante comparada con las distancias de la inmensidad. El sol más cercano al nuestro estaba tan lejos, que para ir un sonido de nosotros a él necesitaría tres millones de años. El mismo sonido, para llegar a la estrella Polar, invertiría cuatrocientos mil siglos. ¡Y el pobre ser humano jamás podría viajar con la velocidad del sonido...!
Aquellos soles huían como el nuestro hacia lo ignorado, con vertiginosas velocidades, pero estaban tan lejos, que transcurrían tres y cuatro mil años sin que la humanidad advirtiese que se hubieran movido en el espacio una distancia mayor que el tamaño de una uña. Las dimensiones de lo infinito causaban la locura. El Sol era una burbuja de gas inflamado; la Tierra, una imperceptible molécula de arena.
El rayo luminoso de la estrella Polar necesita medio siglo para llegar a nuestros ojos. Podía haber desaparecido hace cuarenta y nueve años, y sin embargo, verla aún en el espacio. Y esta estrella era de las vecinas. El telescopio llegaba a alcanzar mundos tan remotos, que el rayo de luz llegaba hasta la lente después de un viaje de tres mil años.
Y todos estos mundos incontables nacían, se transformaban y morían como los seres. En el espacio no había reposo, lo mismo que en la tierra. Unas estrellas se apagaban, otras brillaban macilentas, otras lucían con el estallido de vida de la juventud. Los planetas muertos disolvíanse en incendios de la materia para formar nuevos mundos. Era una renovación incesante de formas, en períodos de millones de millones de siglos, que representaban para su existencia lo que las limitadas docenas de años de nuestra vida. Y más allá de las incalculables distancias, el espacio, siempre el espacio por todos lados, con nuevos torbellinos de mundos, sin límite ni barrera.
Gabriel hablaba en medio de un silencio solemne. Los oyentes cerraban los ojos, como si les atolondrase tanta grandeza y sintieran el mareo de las alturas. Seguían con la imaginación las descripciones de Gabriel. Su espíritu limitado quería poner un término al infinito; en su sencillez, se imaginaban tras las distancias incalculables una bóveda de materia firmísima, con millones de leguas de espesor. Pero la obra fantástica algún término había de tener. ¿Qué había detrás de ella? Y la barrera creada por la imaginación caía repentinamente, y otra vez volaban por el espacio, siempre infinito, siempre con nuevos mundos.
Gabriel hablaba de ellos y de su vida con absoluta seguridad. El análisis espectral delataba en los astros la misma composición de la Tierra. Si en nuestro átomo había surgido la vida, forzosamente existía también en los otros cuerpos celestes, aunque fuese con distintas formas. En algunos planetas se habría extinguido ya; en otros estaría por nacer; pero seguramente aquellos millones de mundos habían tenido o tenían una vida.
Las religiones, queriendo explicar el origen del mundo, palidecían y se achicaban ante la inmensidad. Eran como la torre de la catedral, que cubría con su mole una gran parte del cielo, ocultando millones y millones de mundos. Y sin embargo, era de una pequeñez insignificante, comparada con la inmensidad que ocultaba; menos que la parte infinitesimal de una molécula: nada. Así eran las religiones. Parecían grandes porque estaban muy próximas al hombre, ocultándole la inmensidad. Cuando éste miraba por encima de ellas, abarcando con la vista el infinito, se reía de su soberbia de liliputienses.
--Entonces--preguntó tímidamente el viejo manchador, señalando a la catedral--, ¿qué es lo que nos enseñan ahí dentro?
--Nada--contestó Gabriel.
--¿Y qué somos nosotros los hombres?--dijo el perrero.
--Nada.
--¿Y los gobernantes, las leyes y las costumbres de la sociedad?--preguntó el campanero.
--Nada, nada.
Sagrario fijó en su tío los ojos, agrandados por la contemplación profunda del cielo.
--¿Y Dios?--preguntó con voz dulce--. ¿Dónde está Dios?
Gabriel púsose de pie. Su figura, apoyada en el balaustre de la galería recortábase negra y vigorosa sobre el espacio estrellado.
--Dios somos nosotros y todo lo que nos rodea. Es la vida, con sus asombrosas transformaciones, siempre muriendo en apariencia y renovándose hasta lo infinito. Es esa inmensidad que nos espanta con su grandeza y no cabe en nuestro pensamiento. Es la materia, que vive animada por la fuerza que reside en ella, con absoluta unidad, sin separación ni dualidades. El hombre es Dios; el mundo es Dios también.
Calló un instante, para añadir con energía:
--Pero si me preguntáis por el Dios personal inventado por las religiones a semejanza del hombre, que saca el mundo de la nada, dirige nuestras acciones, guarda las almas clasificándolas por sus méritos y comisiona hijos para que bajen a la tierra y la rediman, buscadlo en esa inmensidad, ved dónde oculta su pequeñez. Aunque fueseis inmortales, pasaríais millones de siglos saltando de astro en astro, sin dar jamás con el rincón que oculta su majestad de déspota destronado. Ese Dios vengativo y caprichoso surgió del cerebro del hombre, y el cerebro es el órgano más reciente del ser humano, el último en desarrollarse.... Cuando inventaron a Dios, la Tierra existía millones de años.
VIII
En la mañana del Corpus, la primera persona que vio Gabriel al salir al claustro fue don Antolín, que repasaba sus talonarios, alineándolos sobre el borde de piedra de la balaustrada.
--Hoy es un gran día--dijo Luna queriendo halagar al _Vara de plata_--. Se prepara el gran ingreso: vendrán forasteros.
Don Antolín miró a Gabriel fijamente, como dudando de su sinceridad. Pero vio que no se burlaba, y contestó con cierta satisfacción:
--No se prepara mal la fiesta. Son muchos los que desean ver nuestros tesoros. ¡Ay, hijo! ¡Bien lo necesitamos! Tú, que te alegras de nuestro mal, puedes estar satisfecho. Vivimos en horrible estrechez. Nuestra fiesta del Corpus vale poco, comparada con la de otros tiempos, y sin embargo, ¡cuántas economías hay que hacer en la Obrería para pagar los cuatro ochavos que cueste este extraordinario!
Quedóse silencioso largo rato don Antolín, mirando fijamente a Luna, como si acabara de ocurrírsele una idea extraordinaria. Al principio fruncía el seno, cual si la repeliese, mas poco a poco su rostro fue aclarándose con una sonrisa maliciosa.
--A propósito, Gabriel--dijo con un acento meloso que tenía algo de agresivo--. Recuerdo que, cuando lo del Monumento de Semana Santa, me hablaste de que necesitas ganar dinero para tu hermano. Hoy tienes una ocasión: poca cosa será, pero algo es algo. ¿Quieres ser de los que llevan la carroza del Sacramento?
Gabriel fue a contestar con altivez al malicioso cura: adivinaba su intención de molestarle. Pero inmediatamente le tentó el deseo de vencer al _Vara de plata_ aceptando su proposición. Quiso asombrarle accediendo a su disparatada idea. Además, pensó en que sería este sacrificio digno de la generosidad que con él tenía su hermano. Ya que no podía ayudarle con grandes auxilios de dinero, demostraría sus deseos de trabajar. Los escrúpulos de amor propio desvanecíanse en él ante la esperanza de llevar a casa un par de pesetas.
--Tú no querrás--siguió diciendo el sacerdote con acento burlón--. Eres demasiado «verde», y tu dignidad sufriría mucho paseando al Señor por las calles de Toledo.
--Pues se equivoca usted. Como querer, sí que quiero; pero el trabajo es demasiado pesado para un enfermo.
--Por esto que no quede--dijo don Antolín con resolución--. Lo menos serán diez dentro del carro, y los hay forzudos de verás. Tú irías para completar el número. Ya te recomendaría yo para que te guardasen ciertas consideraciones.
--Pues trato hecho, don Antolín. Cuente usted conmigo. Yo estoy para ganarme un jornal siempre que se presente.
Acababa de decidirle su deseo de salir de la catedral, de pasar, sin que nadie reparase en él, por las calles de Toledo, que no había visto desde que se encerró en el templo. Además, cosquilleaba fuertemente su vanidad la irónica situación que resultaba de ser él, con sus rotundas negaciones religiosas quien pasease ante la muchedumbre devota el Dios del catolicismo.
Este espectáculo le hacía sonreír. Casi era un símbolo. De seguro que el _Vara de plata_ se regocijaba también, viendo en esto un pequeño triunfo de la religión, que obligaba a sus enemigos a llevarla en hombros. Pero él lo consideraba de distinto modo: dentro del carro eucarístico representaría la duda y la negación ocultas en el interior de un culto esplendoroso por su pompa exterior, pero vacío de fe y de ideales.
--Quedamos de acuerdo, don Antolín. Dentro de un rato bajaré a la catedral.
Se despidieron. Y Gabriel, después de digerir tranquilamente la leche que le sirvió su sobrina, bajó al templo, sin decir nada a la familia del trabajo que pensaba realizar. Temía la protesta de su hermano.
En el claustro bajo volvió a encontrarse con el _Vara de plata_. Hablaba con la jardinera, mostrándola escandalizado un haz de espigas con una cinta roja. Lo había recogido en la pila de agua bendita junto a la puerta de la Alegría. Todos los años, el día del Corpus, encontraba igual ofrenda en el mismo sitio. Un desconocido dedicaba a la iglesia el primer trigo del año.
--Debe ser un loco--decía el sacerdote--. ¿A qué conduce esto? ¿Qué significa este haz? ¡Si al menos fuese una carretada de gavillas, como en los buenos tiempos del diezmo...!
Y mientras arrojaba con desprecio las espigas en un arriate del jardín, Gabriel pensaba con admiración en la fuerza atávica que hacía resucitar en pleno templo católico la ofrenda gentílica, el homenaje a la Divinidad de los primeros frutos de la tierra fecundada por el verano.
El coro había terminado y comenzaba la misa cuando Gabriel entró en la catedral. La gente menuda comentaba a la puerta de la sacristía el gran incidente de la fiesta. Su Eminencia no había bajado al coro ni asistiría a la procesión. Decíase que estaba enfermo; pero los de la casa sonreían recordando que en la tarde anterior había ido de paseo hasta la ermita de la Virgen de la Vega. Era que no quería ver al cabildo. Estaba en un acceso de furor contra él, y demostraba su desprecio negándose a presidirlo en el coro.
Gabriel recorrió las naves. La concurrencia de fieles era mayor que otros días, pero aun así, la catedral parecía desierta. En el crucero, arrodilladas entre el coro y el altar mayor, veíanse varias monjas de almidonadas y picudas tocas cuidando de algunos grupos de niñas vestidas de negro, con lazos rojos o azules, según el colegio a que pertenecían. Unos cuantos militares de la Academia, gruesos y calvos, oían la misa de pie, apoyando el ros sobre el pecho de su guerrera. En esta concurrencia diseminada y distraída por la música, destacábanse las señoritas del Colegio de Doncellas Nobles, jóvenes apenas entradas en la pubertad o soberbias mujeres en toda la amplitud del desarrollo femenil, que miraban con ojos de brasa: todas con traje de seda negra, mantilla de blonda montada sobre la peineta y vistosos golpes de rosas, como damas aristocráticas de gracia manolesca escapadas de un cuadro de Goya.
Gabriel vio a su sobrino el _Tato_ vestido con ropón de escarlata, como un noble florentino, dando golpes en las losas con la vara para asustar a los perros. Discutía con un grupo de pastores de la sierra: hombres negruzcos y retorcidos como sarmientos, con chaquetones pardos y abarcas y polainas; hembras con pañuelos rojos y faldas mugrientas y remendadas que pasaban de generación a generación. Habían bajado de las montañas para ver el Corpus de Toledo, y andaban por las naves de la catedral con el asombro en los ojos, asustados de sus propios pasos, temblando cada vez que rugía el órgano, como si temieran ser expulsados de aquel mágico palacio igual a los de los cuentos. Las mujeres señalaban con un dedo los ventanales de colores, los rosetones de las portadas, los guerreros dorados del reloj de la puerta de la Feria, las tuberías de los órganos, y quedaban inmóviles, con la boca abierta, en estúpida contemplación. El perrero, con sus vestiduras rojas, les parecía un príncipe, y turbados por el respeto, no lograban comprender sus palabras. Cuando el _Tato_ amenazó con su bastón a un mastín que se pegaba a las piernas de sus amos, aquella gente sencilla se decidió a salir del templo antes que abandonar al fiel compañero de su vida selvática.
Gabriel miró por la verja del coro. La sillería alta y la baja estaban ocupadas. Era día de gran fiesta, y no sólo los canónigos y beneficiados estaban en sus asientos, sino los sacerdotes de la capilla de los Reyes y los prebendades de la capilla Mozárabe, las dos pequeñas iglesias que vivían aparte, con tradicional autonomía, dentro de la catedral de Toledo.
Luna vio en medio del coro a su amigo el maestro de capilla, con sobrepelliz rizada, moviendo una pequeña batuta. En torno de él se agrupaban hasta una docena de músicos y cantores, cuyos sonidos y voces quedaban ahogados cada vez que desde lo alto los acompañaba el órgano. El sacerdote dirigía con un gesto de resignación, mientras la música perdíase, débil y anonadada, en la soledad de las naves gigantescas.
En el altar mayor, sobre su cuadrada carroza, estaba la famosa custodia ejecutada por el maestro Villalpando: un templete gótico, primorosamente calado, que brillaba con el temblor del oro a la luz de los cirios, y de labor tan sutil y aérea, que al menor movimiento estremecíase, meciendo sus remates como manojos de espigas.
Iban llegando a la catedral los invitados a la procesión: señores de la ciudad con traje negro; profesores de la Academia en traje de gala, con todas sus condecoraciones; oficiales de la Guardia civil con su uniforme que recordaba el de los soldados de principios de siglo. Por las naves avanzaban, contoneándose con ligeros saltitos, los niños vestidos de ángeles: unos ángeles a la Pompadour, con casaca de brocado, zapatos de tacón rojo, chorrera de blondas alas de latón colgadas de los omoplatos y una mitra con plumas sobre la peluca blanca. La Primada sacaba para la fiesta su vestuario tradicional. Los uniformes de gala de los servidores del templo eran todos del siglo XVIII, la última época de su prosperidad. Los dos hombres que habían de guiar la carroza iban con rizos empolvados y calzón y casaca negros, como los abates del último siglo; los pertigueros y _varas de palo_ se adornaban con golillas almidonadas y pelucas; el brocado y el terciopelo cubría a toda la gente de las Claverías, que apenas podía comer. Hasta los acólitos llevaban dalmática de oro.
El altar mayor estaba adornado con los tapices del _Tanto monta_, los famosos paños de los Reyes Católicas, con emblemas y escudos, regalo de Cisneros a la catedral. El obispo auxiliar decía la misa, y él y sus diáconos ayudantes sudaban bajo las casullas y capas tradicionales, bordadas, recamadas, con gruesos y deslumbrantes realces, abrumadoras como armaduras antiguas.
Conmovíase la catedral con la proximidad de la procesión. Sonaban las puertas de las sacristías al abrirse y cerrarse con estrépito; iba la gente atareada de un lado a otro. En aquella vida reposada y monótona, el incidente anual de una procesión que había de recorrer varias calles causaba iguales trastornos y ocupaciones que una expedición aventurada a países lejanos.
Al terminar la misa, el órgano comenzó a rugir una marcha desordenada y ruidosa, algo así como una danza salvaje, mientras se ordenaba la procesión. Fuera de la catedral sonaban las campanas. La música de la Academia había cesado de tocar un pasodoble en la misma puerta Llana, y se oían las voces de mando de los oficiales y el choque unísono de las culatas al quedar inmóviles las compañías de cadetes.
Don Antolín, con su gran vara de plata y una capa pluvial de brocado blanco, iba de un lado a otro, reuniendo a los empleados del templo. Gabriel lo vio aproximarse sudoroso y congestionado.
--A tu puesto: ya es hora.
Y lo llevó al altar mayor, junto a la custodia. Gabriel y ocho hombres más se introdujeron dentro del armazón levantando un paño de los que cubrían sus costados. Habían de encorvarse dentro del artefacto. Su misión era empujarlo para que se deslizara sobre las ruedas ocultas. A ellos sólo les correspondía dar el impulso: fuera, los dos servidores de peluca blanca y traje negro eran los encargados de los timones delantero y trasero, guiando la carroza eucarística por las tortuosas calles. Gabriel fue colocado por sus compañeros en el centro. Él avisaría cuándo había que detenerse o emprender la marcha. La custodia monumental iba montada sobre una plataforma con un gran contrapeso; entre ésta y la carroza quedaba un palmo de espacio abierto, por donde asomaba Gabriel sus ojos, transmitiendo las indicaciones del timonel delantero.
--¡Atención...! ¡Marchen!--dijo Gabriel, obedeciendo a una señal exterior.
Y el carro sagrado comenzó a moverse con lentitud por el plano inclinado de madera que cubría los peldaños del altar mayor. Al pasar la verja hubo que detenerse. La gente se arrodillaba, y abriendo paso en ella don Antolín y sus _varas de palo_, avanzaban los canónigos con sus largas vestiduras rojas, el obispo auxiliar con mitra dorada, y las dignidades con mitras blancas de lino sin adorno alguno. Se arrodillaron todos ante la custodia, calló el órgano, y acompañados por el carraspeo de un trombón, entonaron un cántico adorando el Sacramento. El incienso se elevaba en nubecillas azules en torno de la custodia, velando el brillo del oro. Cuando cesó el cántico, volvió a sonar el órgano y la carroza púsose de nuevo en marcha. Temblaba toda ella desde la base a la cúspide, y el movimiento hacía sonar como un cascabeleo de plata las campanillas pendientes de sus adornos góticos. Gabriel caminaba agarrado a una traviesa del carro, con la vista fija en los timoneles, sintiendo en sus piernas el roce dé los que empujaban aquel artefacto semejante a los carros de los ídolos indostánicos.