La Catedral

Part 13

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La aparición de Sagrario había causado cierto trastorno en la vida de Luna. Era más comunicativo; olvidaba la reserva que se había impuesto al refugiarse en el regazo de piedra de la iglesia; ya no se esforzaba por callar, ocultando sus pensamientos. La presencia de una mujer parecía animarle, despertando su antiguo ardor de propagandista. Sus compañeros veían un Gabriel más locuaz y dispuesto a comunicarles las «cosas nuevas» que trastornaban el orden tradicional de sus pensamientos y muchas noches turbaban su sueño.

Hablaban, discutían, consultando a Luna para que esclareciese sus confusas ideas, y sobre la voz de los hombres resaltaba el repiqueteo de la máquina de coser, siempre en actividad, como un eco del universal trabajo que agitaba al mundo, mientras la calma de la nada esparcía su silencio por las entrañas de piedra del templo.

Todos aquellos hombres, habituados a las faenas de la iglesia, lentas, regulares, calmosas y con largos intervalos de descanso, admiraban la nerviosa actividad de Sagrario.

--Se va usted a matar, criatura--decía el viejo manchador del órgano--. Sé bien lo que es eso. Algo parecido hago yo, ¡dale que dale a los fuelles! Y cuando es una misa de mucha música, de esas que le gustan a don Luis, acabo por renegar del órgano y de quien lo inventó, pues me rompo los brazos.

--¡El trabajo!--dijo el campanero con énfasis--. ¡El trabajo es un castigo de Dios! Ya sabéis su origen. Fue la pena eterna que el Señor impuso a nuestros primeros padres al arrojarlos del Paraíso. Es una cadena que siempre llevaremos arrastrando.

--No, señor--repuso el zapatero--. El trabajo es la mayor de las virtudes, según he leído en los periódicos. Nada de castigo. La ociosidad es madre del vicio, y el trabajo una virtud. ¿No es así, don Gabriel?

Y el zapaterillo miraba al maestro, aguardando sus palabras con la misma ansiedad del sediento que espera el agua.

--El trabajo--dijo Gabriel--no es castigo ni virtud; es una ley dura a que estamos sometidos para la conservación personal y de la especie humana. Sin el trabajo no existiría la vida.

Y con la misma entonación ardorosa con que en otros tiempos conmovía a las muchedumbres en las reuniones de protesta contra la sociedad, describía a aquella media docena de hombres y a la triste costurera, que cesaba de mover la máquina para escucharle, la grandeza del trabajo universal, que todos los días fatigaba a la tierra para vencerla y obligarla a sustentar a los humanos.

Era un combate, cada veinticuatro horas, con las fuerzas ciegas de la Naturaleza. El ejército del trabajo se extendía por todo el globo: arañaba los continentes, saltaba a las islas, surcaba el mar, descendía a las entrañas del suelo. ¿Cuántos eran sus soldados? ¡Quién podía contarlos! Millones y millones. Al romper el día nadie faltaba a la lista: las bajas eran reemplazadas, los claros que la miseria y la desgracia abrían en sus filas se llenaban inmediatamente. Apenas comienza a salir el sol, sopla su humo la chimenea de la fábrica, el martillo rompe la piedra, la lima muerde el metal, rasga el arado la tierra, se enciende el horno, mueve la bomba su pistón, suena el hacha en el bosque, corre la locomotora entre chorros de vapor, chirría la grúa en el puerto, corta el navío las espumas y tiembla en su estela el barquichuelo de pesca arrastrando las redes. Nadie falta a la revista del trabajo: todos corren, impulsados por el miedo al hambre, desafiando el peligro, no sabiendo si llegarán a la noche, si el sol que se eleva sobre sus cabezas será el último de su vida. Y esta concentración diaria de fuerzas humanas ocurre en la primera luz del alba en todas partes del mundo, allí donde los hombres se han juntado formando pueblos y constituyendo sociedades, o donde viven en el aislamiento entregados a sus fuerzas. El cantero rompe la piedra con su martillo, y al vencerla se envenena tragando el polvo en invisibles partículas; cada martillazo se lleva un fragmento de su vida. El minero desciende al infierno de los tiempos modernos, sin más guía que la chispa de su linterna, y arranca de las capas de las primeras edades reliquias de la infancia de la tierra, los árboles carbonizados que dieron sombra a las monstruosas bestias de la prehistoria. Lejos del sol y de la vida, desafía a la muerte, lo mismo que el albañil, que, despreciando el vértigo, trabaja con los pies sobre frágil tabla, admirado por las aves, que extrañan la presencia en el espacio de un animal sin alas.

El obrero de las fábricas, convertido por un progreso desviado y fatal en esclavo de la máquina, vive junto a ella como una rueda más, como un resorte de carne, luchando su cansancio físico con la musculatura de hierro que no se fatiga, embrutecido diariamente por la cadencia ensordecedora de los pistones y las ruedas, para darnos los innumerables productos de la industria que resultan indispensables en la vida de la civilización.

Y estos millones y millones de hombres que sostienen la existencia de la sociedad, que combaten por ella con las fuerzas de la Naturaleza ciegas y crueles, que todas las mañanas vuelven a la lucha, viendo en este monótono y continuo sacrificio la única misión de su existencia, forman la inmensa familia de los asalariados, viviendo de las sobras de una minoría privilegiada/ contentándose para subsistir con pequeñísimas cantidades de lo que aquélla desprecia, y sometida a un tipo remunerador siempre el más bajo, sin esperanza de ahorro y de emancipación.

--Esa minoría egoísta--decía Gabriel al llegar a este punto--es la que ha falseado la verdad, queriendo persuadir a la mayoría de los explotados de que el trabajo es una virtud y que la única misión del hombre sobre la tierra es la de trabajar hasta que perezca. Esta moral, inventada por los grandes capitalistas, abusa de la ciencia, afirmando que los cuerpos sólo viven sanos dedicándose al trabajo y que la inacción es mortal; pero se callan lo que la ciencia añade, o sea que el trabajo excesivo destruye a los hombres con una rapidez infinitamente mayor que si viviesen en holganza. Digan en buena hora que el trabajo es una necesidad dolorosa para la conservación de la vida, pero no digan que es una virtud, pues el reposo y la dulce inactividad son más gratos al hombre y a todos los animales que el movimiento y la fatiga. La fábula del Paraíso, la sentencia del Dios bíblico imponiendo el castigo de sudar de fatiga para ganar la subsistencia, demuestra que en todos los tiempos la moral natural consideró el reposo como el estado más grato al hombre, y que el trabajo debe reputarse como un mal indispensable para la existencia, pero mal al fin. Con arreglo al instinto de conservación, la humanidad sólo debía trabajar lo necesario para la subsistencia. Pero como la inmensa mayoría de ella no trabaja sólo para sí, sino para el provecho de una minoría de explotadores, éstos la exigen que trabaje todo cuanto pueda, aunque perezca por exceso de esfuerzo, y así ellos se enriquecen acaparando el sobrante de producción. Su interés es que el hombre trabaje más de lo que necesita para él; que produzca más de lo que exigen sus necesidades. En ese sobrante está su riqueza, y para lograrlo ha inventado una moral monstruosa y antihumana, que, por medio de la religión y aun de la filosofía, ensalza la fatiga, diciendo que el trabajo es la más hermosa de las virtudes y la inactividad la fuente de todos los vicios.... A esto hay que preguntar: si la ociosidad es un vicio en los pobres, ¿por qué aparece entre los ricos como un signo de distinción y hasta de elevación de espíritu? Si el trabajo es la mayor de las virtudes, ¿por qué se afanan los capitalistas en amontonar riquezas para librarse ellos y librar a sus descendientes de la práctica de tal virtud? ¿Por qué esa sociedad que ensalza el trabajo con los más poéticos conceptos relega al trabajador a la última fila? ¿Por qué acoge con más entusiasmo a cualquier soldado que estuvo en la batalla tal o cual, que al viejo obrero que ha pasado sesenta años practicando el trabajo, sin que nadie se fije en él ni le agradezca tanta virtuosidad...?

Los servidores de la catedral movían la cabeza con muestras de asentimiento oyendo a su maestro. Le admiraban como admiran siempre las gentes sencillas a los que descienden hasta ellas para ejercer el apostolado de las nuevas ideas.

El continuo roce con Gabriel hacía germinar en sus cerebros, petrificados por el ambiente tradicional, un musgo de ideas semejante a las microscópicas vegetaciones con que las lluvias del invierno cubrían los contrafuertes berroqueños del templo. Habían vivido hasta entonces resignados con la vida que les rodeaba, moviéndose como sonámbulos en la frontera indecisa que separa el alma del instinto, y la inesperada presencia de aquel fugitivo de las batallas sociales era el empellón que, los lanzaba en pleno pensamiento, caminando a tientas, sin más luz que la del maestro.

--Vosotros--añadía Gabriel--no sufrís la esclavitud del trabajo como los que viven en plena explotación moderna. La Iglesia no os exige grandes esfuerzos, el servicio de Dios no os destruye por medio de la fatiga, pero os mata de hambre. Existe una desigualdad monstruosa entre lo que ganan los que cantan sentados en el coro y vosotros que prestáis al culto el esfuerzo de vuestros brazos. No moriréis de cansancio, es verdad; cualquier obrero de las ciudades reiría de lo poco fatigosos que son vuestros oficios; pero languidecéis de miseria. En ese claustro se encuentran los mismos niños anémicos de los barrios obreros. Veo lo que coméis y lo que cobráis. La Iglesia paga a sus servidores como en la época de la fe: cree que aún está en los tiempos en que los pueblos enteros se lanzaban al trabajo con la esperanza de ganar el cielo y levantaban catedrales sin más recompensa positiva que el caldero de rancho y las bendiciones del obispo. Y mientras vosotros, seres de carne que necesitáis nutriros, engañáis vuestro estómago y el de vuestras mujeres e hijos con patatas y pan, abajo, las imágenes de palo se cubren de perlas y oro, con un lujo estúpido, sin que se os ocurra preguntar por qué el ídolo que no siente necesidades ha de ser rico, mientras vosotros no podéis satisfacer las vuestras viviendo en la miseria.

Se miraban con asombro los oyentes, cual si les deslumbrasen estas palabras. Dudaban un momento, como asustados, y después la fe del creyente iluminaba sus rostros...

--¡Es verdad!--decía el campanero con voz sombría.

--¡Es verdad!--repetía el zapatero, poniendo en sus palabras toda la amargura de aquella vida de miseria que venía arrastrando con una familia cada vez mayor, y sin otro auxilio que el trabajo ineficaz.

Sagrario callaba, no comprendiendo muchas de las afirmaciones de su tío, pero las acogía todas como buenas, por ser de él, sonando en sus oídos cual música deliciosa.

La fama de Gabriel se difundía entre el personal humilde del templo. Los domésticos de la Primada se hacían lenguas de su sabiduría. Los clérigos fijábanse en él, y más de una vez el canónigo bibliotecario, al pasearse por el claustro alto en las tardes lluviosas, había intentado hacer hablar a Luna. Pero el fugitivo, por un resto de prudencia, mostrábase con las sotanas, como él decía, fríamente cortés y reservado, temiendo que le expulsarán si manifestaba su pensamiento.

Sólo un clérigo de los que veía en el claustro alto le había inspirado confianza. Era un jovencito de aspecto miserable, con los hábitos raídos; un cura de monjas de uno de los innumerables conventos de Toledo. Tenía siete duros al mes por todo medio de vida y una madre vieja a quien mantener, sencilla labradora que se había quitado el pan de la boca para dar carrera al hijo.

--Ya ve usted, Gabriel--decía el curita--. Tanto sacrificio, para venir a ganar menos de lo que gana un gañán en mi pueblo. ¿Y para esto me ordenaron con tanto aparato? ¿Para esto canté misa en medio de gran pompa, como si al desposarme con la Iglesia me uniese con la riqueza?

Su miseria le hacía un esclavo de don Antolín. En el último tercio del mes se presentaba casi todos los días en el claustro para ablandar con sus ruegos al _Vara de plata_ y decidirle a un préstamo de unas cuantas pesetas. Adulaba a Mariquita, que no podía mostrarse esquiva con él a pesar de su sotana.

--Es muy bien parecido--decía a las mujeres de las Claverías, con el entusiasmo que le inspiraba todo hombre--. Me gusta verle al lado de don Gabriel y oírles cuando hablan paseando por el claustro. Parecen dos grandes señores. Su madre le puso Martín, sin duda porque se parece al San Martín de ese pintor que llaman el Greco y que está en no recuerdo qué parroquia.

El halagar a don Antolín era empresa más ardua, y el pobre curita sufría mucho para tener propicio al avaro, que se irritaba si no le devolvían a tiempo sus préstamos mezquinos. El _Vara de plata_, en su afán autoritario, gustaba de tener bajo su voluntad a un sacerdote, a un igual, para que viesen en las Claverías que no mandaba únicamente en la gente menuda. Don Martín era para él un criado con sotana, al que hacía comparecer todas las tardes con diversos pretextos. Se satisfacía teniéndolo horas enteras paseando frente a su casa, con la obligación de escucharle y apoyar todas sus palabras.

Algunas veces, Gabriel sentía lástima ante la dependencia moral en que vivía el pobre joven, y abandonando a su sobrina, salía al claustro para unirse a ellos. No tardaban los amigos en buscarle; y ahora el campanero, después el manchador, luego el pertiguero, el perrero o el zapaterín, iban agregándose al grupo de que era núcleo el _Vara de plata_. A don Antolín le gustaba verse rodeado por tanta gente, no creyendo que fuese Gabriel quien la atraía, sino su autoridad, que inspiraba miedo y respeto.

No reconociendo igualdad más que en Luna, sólo a él dirigía su palabra, como si los demás no tuvieran otro deber que escucharle en silencio. Si alguno hablaba, fingía no oírlo y seguía dirigiéndose a Gabriel. Mariquita, desde la puerta de su casa, arrebujada en un mantón, los seguía con la vista, participando del orgullo de su tío al ver que todos se agrupaban en torno de él, acompañándolo en sus paseos por el claustro. La proximidad de tanto hombre parecía marearla.

--¡Tío...! ¡Don Gabriel...!--decía con voz mimosa--. Entren ustedes; dentro de casa estarán mejor; miren que, aunque hace sol, la tarde es fría.

Pero el tío no prestaba atención a estas palabras y seguía paseando por el lado del claustro bañado por el sol, hablando campanudamente de su tema favorito: de la pobreza presente de la catedral y su grandeza en otros tiempos.

--Este claustro en que estamos--decía--, ¿creen ustedes que lo edificaron para que sirviera de refugio a la gente seglar y humilde que hoy lo habita? No señor; la iglesia, aunque generosa, no hubiera levantado estas habitaciones, con sus patios interiores y sus columnitas, para los _Varas de palo_, el pertiguero, etc. Este claustro, que había de ser tan grande y hermoso como el de abajo, lo comenzó el cardenal Cisneros--don Antolín se llevó la mano al bonete--para que viviesen en él, sujetos a reglas conventuales, los canónigos de la catedral. Pero tenían mucho dinero los canónigos de entonces, eran unos grandes señores, y no podían vivir aquí encerrados. Todos protestaron; el cardenal, que tenía malas pulgas, quiso meterlos en cintura, y uno de ellos fue con la queja a Roma, enviado por sus camaradas. Cisneros, como era gobernador del Reino, puso guardias en todos los puertos, y el canónigo emisario fue hecho prisionero al ir a embarcarse en Valencia. Total, que los señores del cabildo, después de un gran pleito se salieron con la suya, viviendo fuera de la Primada, y las Claverías quedaron sin concluir, con este techo bajo y esta barandilla, todo provisional... Pero aun siendo como es este claustro, han vivido reyes en él. Aquí pasó varios días el gran monarca Felipe II. ¡Qué tiempos aquéllos! Teniendo palacios a su disposición, los reyes preferían vivir en estos cuartos, por estar dentro de la catedral, cerca de Dios.... A tales monarcas, tales pueblos. Por esto España fue más grande entonces que nunca, y éramos los amos del mundo, y había dinero y grandeza, y se vivía feliz en la tierra, con la certeza de alcanzar el cielo después de muerto.

--Eso es verdad--dijo el campanero--. Aquéllos eran los buenos tiempos, y por que volviesen fuimos muchos a tiros en las montañas. ¡Ay, si hubiera triunfado don Carlos! ¡Si no hubiésemos tenido traidores...! ¿Verdad, Gabriel? Tú, que hiciste la guerra lo mismo que yo, podrás decir si tengo razón.

--Calla, Mariano--dijo Gabriel sonriendo tristemente--. No sabes lo que dices. Tú te batiste y diste tu sangre por una causa que aún no conoces a estas horas. Fuiste a la guerra tan ciego como yo. No pongas esa cara de asombro, no intentes protestar. Y si no, vamos a ver: ¿qué deseabas tú al batirte por don Carlos?

--¿Yo? Pues ante todo, que le diesen a cada cual lo suyo. ¿Le pertenece a su familia la corona? Pues que se la den.

--¿Y eso es todo?--preguntó Luna con displicencia.

--Eso es lo de menos. Lo que yo quería y quiero es que la nación tenga un buen amo, un señor recto, excelente católico, que, sin monsergas de leyes ni de Cortes, nos gobierne a todos con el pan en una mano y el palo en la otra. Al pillo, ¡garrotazo!, y al honrado, «¡Vengan esos cinco!, ¡usted es mi amigo...!» Un rey que no permita que el rico atropelle al pobre y se burle de él, que no deje que nadie se muera de hambre queriendo trabajar... Vamos, creo que me explico.

--¿Y eso crees tú que existía en otra época y que tu rey va a restaurarlo? Esos siglos que os pintan como de grandeza y bienestar son justamente los más malos de nuestra historia, la causa de la decadencia española, el principio de todos nuestros males.

--¡Alto ahí, Gabrielillo!--dijo el _Vara de plata_--. Tú sabrás mucho, has viajado y leído más que yo, pero eso no cuela. Estoy algo enterado de la cuestión y no voy a permitir que abuses de la ignorancia de Mariano y todos éstos. ¿Cómo puedes decir que aquellos tiempos fueron malos y que ellos tienen la culpa de lo que ahora nos ocurre? El verdadero culpable es el liberalismo, el descreimiento de la época, el haberse metido el demonio en nuestra casa. España, cuando duda de sus reyes y no tiene fe en el catolicismo, es como un cojo que suelta las muletas y se viene al suelo. Sin el trono y el altar no somos nadie; y la prueba la tienes en lo que nos está pasando desde que tuvimos revoluciones. Nos quitan las islas; no pintamos nada entre los demás pueblos; los españoles, que son los hombres más valientes del mundo, se ven derrotados; no hay una peseta, y todos esos señores que charlan en Madrid votan nuevas contribuciones y siempre estamos entrampados. ¿Cuándo se vio esto en otros tiempos? ¿Cuándo...?

--Se vieron cosas peores, más vergonzosas--dijo Luna.

--Tú estás loco, muchacho. Esos viajes te han corrompido; hasta creo que tienes muy poco de español. ¡Miren ustedes que negar lo que todo el mundo sabe, lo que enseñan hasta en las escuelas...! ¿Y los Reyes Católicos eran cualquier cosa? No necesitas libros para saberlo. Entra en el coro y verás en la sillería baja todas las batallas que los religiosos monarcas ganaron a los moros con el apoyo de Dios. Conquistaron Granada y arrojaron a los infieles que nos tuvieron siete siglos en la barbarie. Después vino el descubrimiento de América. ¿Quién podía hacer eso? Nosotros y nadie más que nosotros: aquella buena reina que empeñaba sus joyas para que el bendito Colón realizara su viaje. Esto no me lo negarás, me parece. ¿Y el emperador Carlos V? ¿Qué tienes que decir de él? ¿Conoces un hombre más extraordinario? Les pegó a todos los reyes de Europa; medio mundo era suyo: «el sol no se ponía nunca en sus dominios»; los españoles éramos los amos de la tierra. Esto tampoco podrás negarlo. Y no digamos nada de don Felipe II, un monarca tan sabio, tan astuto, que hacía bailar a su gusto a los reyes de Europa como si les tirase de un hilillo.... Todo para mayor gloria de España y esplendor de la religión. De victorias y grandezas no digamos. Si su padre venció en Pavía, él reventaba a los enemigos en San Quintín. ¿Y qué me dices de Lepanto? Abajo, en la sacristía, están guardadas las banderas de la nave que montaba don Juan de Austria. Tú las has visto: una de ellas lleva la imagen de Jesús crucificado, y son tan grandes, tan grandes, que al colgarlas del _triforium_ hay que recoger las puntas para que no toquen el suelo. ¿Tampoco fue nada lo de Lepanto...? ¡Vamos, Gabriel, que hay que estar loco para negar ciertas cosas! Si ha habido que matar moros para que no se apoderasen de Europa, poniendo en peligro la fe cristiana, ¿quién lo ha hecho? Los españoles. Que los turcos amenazaban con apoderarse de los mares: ¿quién les salía al paso? España con su don Juan. Y para descubrir un mundo nuevo, los barquitos de España; y para dar la vuelta a la tierra, otro español, Magallanes; y para todo lo grande, nosotros, siempre nosotros, en aquella época de religión y bienestar. ¡Y no digamos de sabiduría! Aquellos siglos produjeron los hombres más famosos de España, grandes poetas y eminentísimos teólogos. Nadie les ha igualado después. Y para demostrar que la religión es fuente de toda grandeza, los más ilustres escritores llevaban hábitos de sacerdote... Adivino lo que podrás argüírme. Que tras unos monarcas tan gloriosos, vinieron otros menos grandes y comenzó la decadencia. También sé algo de esto: lo he oído decir al bibliotecario de la catedral y a otras personas de gran ciencia. Pero esto nada significa. Son designios de Dios, que pone a prueba a los pueblos, lo mismo que a las personas, haciéndoles bajar de la altura, para remontarles de nuevo si ve que perseveran en el buen camino... Pero no hablemos de esto. Si hubo decadencia, nada queremos saber de ella. Deseamos el pasado glorioso, los brillantes siglos de los Reyes Católicos, de don Carlos y de los dos Felipes, y a ellos nos dirigimos cuando hablamos de que España vuelva a sus buenos tiempos.

--Pues esos siglos, don Antolín--dijo Gabriel con calma--, son los de la decadencia española; en ellos se inicia nuestra ruina. No me extraña su indignación: usted repite lo que le han enseñado. Gentes hay por ahí de mayores estudios, que no se irritan menos si les tocan lo que llaman nuestros siglos de oro. Es culpa de la educación que se da en este país. La Historia es una mentira; para saberla tan mal, mejor sería ignorarla. En las escuelas se enseña el pasado del país con un criterio semejante al del salvaje, que aprecia los objetos por el brillo, no por su valor y utilidad. España ha sido grande y estuvo en camino de ser la primera nación del mundo por méritos sólidos y positivos que no hubiesen podido quebrantar los azares de la guerra y la política. Pero esto fue antes de esos siglos que usted ensalza, antes de los monarcas extranjeros; en la Edad Media, que hacía presagiar muchas esperanzas, desvanecidas después al consolidarse la unidad nacional. Nuestra Edad Media produjo un pueblo culto, industrioso y civilizado como ninguno de los del mundo. Se amontonaron en ella los materiales para construir una nación grande; pero llegaron arquitectos de fuera y levantaron este edificio, cuyos primeros años de existencia asombran a usted con el esplendor de la novedad, pero entre cuyas ruinas caminamos ahora.