La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
Part 6
Mucho tiempo--casi todo el reinado de Victoria,--la cordura vigiló la hacienda, con escasos intervalos, hasta el año 97, en que empezaron nuevos y extraordinarios gastos. Calculad con algunos datos sobre lo que se ha aumentado nada más que en el ramo de guerra y marina. El año de la coronación de la reina Victoria, 1837, los gastos de guerra y marina eran algo más de 300.000.000 de francos. Cincuenta años después han subido ya a 762.500.000 francos. Hay que advertir, naturalmente, que las fuentes de entradas crecieron en igual relación o algo más. Diez años después se ve aumentado el mismo presupuesto a más de mil millones. Después, en este último tiempo, ha llegado a 1.575.000.000.
Así los impuestos se han multiplicado. Hace menos de diez años eran de 1.875.000.000 de francos y este año han subido a 3.050.000.000. Sin contar los gastos de guerra, esa suma apenas basta para llenar el presupuesto ordinario del país. Los prudentes se miran con temor, pensando en que las tendencias, tanto en el Parlamento como fuera de él, van a mayores empresas. El imperialismo pide sangre y oro, ¡Pero son tan fuertes estos hombres!
Entretanto, Chamberlain cuida sus orquídeas. Roberts es colocado en el sentimiento popular entre Marlborough y Wellington, y al nuevo _Iron Duque_ se le regala un buen por qué de libras esterlinas, juntando a la gloria el sentido práctico. Declara Kitchener fuera de la ley a los boers aún resistentes. El _hard man_ demuestra que es el _steel lord_ y que merece serlo. Y el rey Eduardo, que parece decir como su antecesor Enrique IV, en el drama tan bellamente vertido por Cané:
I have long dream'd of such a kind of man So surfeit-swell'd, so old, and so profane; But being awake, loide despise my dream,
se prepara medioevalmente para su coronación del año entrante--lo que no le impide seguir siendo rey de la moda y partidario del automovilismo.
Encuentro por las calles de Londres soldados vestidos de kaki, con la flamante medalla que acaba de colocarles en el pecho el rey Eduardo. Parece que su majestad cuida de llevar bien la corona como el «ocho reflejos». Así sea.
Interesante monarca el rey Eduardo. Se creía, antes de morir la reina Victoria, que al pueblo británico no sería simpático el reinado del célebre príncipe de Gales. Una vez éste en el trono--_When thou dost oppear I am as I have been..._--se ha visto que todo ha continuado de la misma manera. El rey, aclamado y querido, ha enterrado al ruidoso calavera de antaño. Él ha entrado en su papel, y puede decirse que es un digno soberano de su nación. Cada rey tiene el reino que merece. Guillermo II es estudiante y vive casi siempre en ópera wagneriana; Alfonsito XIII acaba de presentarse por primera vez en el coso madrileño y ha sido aclamado por la tauromaquia nacional; Inglaterra, «país tradicionalista y práctico en que la decoración de la vida social yustapone armoniosamente vestigios de arte gótico a construcciones de usina», está muy satisfecha con un rey que viste púrpura, armiño y oro, se coloca en la cabeza la corona de los viejos monarcas, ante su parlamento animado de fórmulas y ceremoniales, y luego, con un habano en la boca, se va en su automóvil, en menos de una hora, de Londres a Windsor; visita el yate que ha de disputar la copa a los yanquis, o se interesa por sus caballos Diamond Jubilee, Ambusch o Persimmon. Ese rey sportman es grato a su país de sportmen, es amable para los ciudadanos que gustan del tiro al blanco en Bisley, del remo en Henley, de las carreras en Ascot o en Epsom. El _corpore sano_ de los universitarios, es una de las causas de la robustez, de la salud de la nación. Como algunos de nuestros repúblicos americanos, como algunos de nuestros directores de pueblos, el rey se interesa por las razas caballares, gusta de los ejercicios físicos, pero sabe su Shakespeare admirablemente, entiende de arte a maravilla, y puede consultar su Homero en griego y su Horacio en latín, como os lo certificarán sus compañeros de Oxford y de Cambridge.
No es Eduardo un príncipe guerrero. Llega ya tarde al trono y mal sentarían aires marciales y feroces al _arbiter elegantiarum_ de los reyes y al rey de los gentlemen. El gran país de presa es odiado en la tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los recientes sucesos africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran Bretaña se presenta en esa misma Francia recelosa, será, como en Italia, acogido con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con sus hindús y su burrito. La reina Alejandra, por su parte, es digna del cariño de sus súbditos y del respeto de los extraños. ¿No es acaso la princesita que cosía modestamente en compañía de su hermana, una zarina futura, en días de escasa fortuna en Copenhague? ¿No es la culta doctora en música de la Universidad de Irlanda? Y sobre todo, ¿no posee un carácter sencillo y amable desde la altura en que acompaña a su marido y no sabe adornar de suave majestad la gracia encantadora de su belleza? En Sandringhan como en Marlborough Palace, ha sabido ser una ejemplar señora, y en la corte de su suegra una ejemplar princesa.
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II
Mientras Waldersee se ponía en camino de Pekín a Berlín, tuve ocasión de ver en París y en Londres sendas pantomimas en sendos circos, en los cuales se representaba la guerra de China. Había chinitas preciosas y chinos muy ridículos y feos, y bizarros y bonitos oficiales de Europa que les quitaban las muchachas a los chinos y _ainda mais_ les daban palos; había batallas con música y fuegos vivos, en que los chinos cobardes salían corriendo y los soldados de Francia cantaban la Marsellesa y se tomaban un fuerte; soldados ingleses con la chaquetilla roja; marinos rusos muy grandes; oficiales americanos con sombreros de cowboy y enorme revólver; italianos coronados con colas de gallo, y japoneses menudos que, ni carne ni pescado, hacen el caucásico sin dejar de ser el mongólico. De todo ello resultaba que los celestes son un pueblo bárbaro e infeliz al cual hay que descuartizar en provecho de nuestro glorioso Occidente.
De esas farsas pintorescas, pirotécnicas y filosóficas me acordaba al ir por Witechapel a ver la exposición china que se halla abierta en la Art Gallery del barrio de _Jack the Ripper_. Fijaos bien, lectores; es el barrio del destripador, el barrio terrible, y voy a él, no a la taberna a ver a los asesinos, sino a una galería de arte, en donde se exponen objetos raros, curiosos y preciosos que enseñan mucho de la vida y del sentido artístico del imperio chino. Así, pues, el barrio que os imagináis poblado de gentes dantescas y en donde, en efecto, se encuentran como en otros puntos, por ciertas callejuelas, pobres diablos y diablesas ebrios, posee lugares de estudio y de cultivo espiritual y organiza exposiciones que no podemos tener nosotros. ¿Por qué? Porque aquí la iniciativa particular se emplea en obras que aprovechan a la cultura común. Y esta exposición, por ejemplo, que se sostiene con lo que los visitantes quieren dejar, unos pocos céntimos, si gustáis, se realiza porque asociaciones religiosas o bancarias como la British and Foreing Bible Society, la London Missionary Society, la Hong-Kong and Shanghai Banking Corporation, y personas como lady Hannen, lady Hart, sir Walter Hilier, sir William Des Voeux, sir Claude Macdonald y otros, han enviado objetos y cuadros de que son propietarios y que constituyen la exhibición. La entrada no cuesta nada, y, como he dicho, el que quiere deja algo para los gastos de sostenimiento. Allí se dan lecturas que explican el significado de muchas cosas, y, ya sea con intención conquistadora, ya con deseo de divulgar conocimientos, se hace ver lo que es esa inmensa nación asiática que, o será comida o comerá, según lo han de ver los años.
El local de la exposición no es muy extenso, pero en él se contiene notable cantidad de objetos y documentos del celeste imperio. Ya estaréis pensando que algo de todo eso habrá sido comprado y mucho perteneciente al botín de las tropas que demostraron en la tierra de Lao-Tseu la dulzura de nuestra civilización. Desde luego, veo una bandera imperial, de riquísima seda amarilla, con caracteres que me hacen envidiar los conocimientos de madama Judith Gautier, o de Alexandre Ular. Según los datos del catálogo, esta bella pieza fué tomada en 1900 en los fuertes de Shan Hai-Kuan, por sir Walter Hillier y 18 soldados, aunque los chinos que los ocupaban eran 5.000.
Paso ante maniquíes vestidos de truculentos guerreros, ante la Puerta de los Espíritus, y cuadros y fotografías que representan escenas de la vida china, y un gran mapa de Asia, en el cual está bien señalada la región celeste, como un plato que habrá que dividir, tocando la mejor parte, a no dudarlo, a estos terribles importadores de misioneros y de opio... Hay rollos decorativos con representaciones religiosas y un par de «paraguas de diez mil nombres», paraguas de honor. Esto merece su explicación. Cuando en China se quiere honrar notablemente a una persona, se le regala un gran paraguas de seda, en el cual van bordados o escritos los nombres de los donantes. Cuando muere el personaje a quien se ha regalado tan extraño presente, éste se lleva en el entierro. ¡El paraguas de honor! Cedo el dato gustosamente al lápiz de Mayol. Veo un dormitorio, en el cual una cama construída y ataraceada en Ningpo. Es una cama de lujo con cobertores de finas telas, y que me enseña cómo los ricos chinos no usan colchones, sino mullidas colchas. De todos modos, no debe ser muy cómodo dormir en cama semejante. Una mesita hay cerca, para jugar al ajedrez, y dos sillas, todo incrustado con habilidad y gusto completamente orientales.
Hay muestras interesantes del arte pictórico chino; sus faltas de perspectiva, la manera singular de ver los objetos, en planos contradictorios, choca desde luego; pero no hay que olvidar, que como dice una conocedora, Mrs. Little, «antes de que Giotto naciera, los chinos pintaban la figura humana como no pueden hoy hacerlo». Y cuenta esta misma señora que en la ciudad de Chung-King, ha conocido un pintor de flores maravilloso, que vende sus pinturas... por centímetro cuadrado, por decirlo así.
Las lacas son variadas y valiosas, y hay ejemplares de la rara laca roja de Soa-Chow, cuyo secreto de fabricación se perdió cuando el incendio de aquella ciudad, devastada en la rebelión Tai-Ping de hace cincuenta años. Incomparable de riqueza los bordados que hay en ropas femeninas,--muy parecidas por otra parte a las masculinas. Y los rollos suceden a los rollos, y las banderas amarillas a las banderas amarillas. Luego vienen fotografías de los templos, confucistas, taoistas y budistas. A los taoistas se debe principalmente el extremo culto a los antepasados, que los chinos tanto conservan y defienden. Ya recordaréis la amenaza de las potencias, en tiempo de la última guerra, de hacer desenterrar los huesos de las antiguas tumbas imperiales.
Veo fotografías de bonzos y objetos pertenecientes al culto, y reproducciones de ídolos e ídolos legítimos. Allí está el dios del Fuego, el dios del Mundo Inferior, el dios de la Música y el feo dios de la Guerra. Sabido es que los chinos miran con gran desdén la carrera de las armas, así como reverencian altamente la de las letras. Quiera Dios que continúen con tales ideas, pues ya os imaginaréis qué pasaría con el inmenso pueblo bien armado, jingoísta e imperialista, y con muchos Rud-Yard-Ki-Pling, cantando la conquista y el exterminio de los bárbaros de Occidente.
Buda, en bronce y madera, entrecruza sus piernas como un sastre y expresa el éxtasis; la virgen Kwan-Yin está, madona amarilla, cercada de raros candeleros y aun más raros incensarios. Junto a un vaso de bronce _cloisonné_, vése una antigua pintura que representa a Buda y que proviene de un convento de lamas tibetanos. Figuras mil en papel de arroz; y vestidos de la clase pobre; pinturas al óleo hechas hace más de cincuenta años--, los japoneses han creído innovar al presentar las suyas en la pasada exposición. Luego, maniquíes de cera vestidos de seda, figurando actores y juglares; y modelos de juncos con sus velas cuadradas. Es de notarse la colección de acuarelas de asuntos chinos, paisajes, vistas urbanas, edificios que presenta miss Gordon-Cumming. Maravillas de habilidad se confunden, hechas de plato o marfil, cucharas, pimenteros, junquitos, cajas, pipas; y al lado tejas amarillas de la tumba de los emperadores Ming; incensarios de bronce labrados finamente, y que representan monstruos como el Ki-lin. Un magnífico vaso de cristal de roca parece extraído de un palacio miliunanochesco. De tiempos anteriores a Cristo son los vasos sagrados que figuran cabezas de dragones y varios monstruos, y hay un precioso vaso de sacrificio, de oro y plata, de la más extraña y bella orfebrería. Y bronces, y más bronces, de pagodas, de palacios, de monasterios. Es también de raro valor la colección de jades labrados.
No es muy curiosa la de monedas modernas, como el papel moneda antiguo. Los chinos, como sabéis, lo usan desde hace muchos siglos. Marco Polo comienza uno de los capítulos de sus viajes, al hablar de un lugar que visitó: «Los habitantes de esta ciudad son idólatras y usan papel moneda».
La parte relativa a la imprenta es de interés, sobre todo para un hombre de letras. Hay muchos libros viejos impresos en planchas, y hay impresiones modernas hechas con caracteres movibles. Llama la atención el sello imperial, un sello enorme, con grandes caracteres, que deben significar las virtudes y potencias del Hijo del Cielo. Y tres números del decano de los diarios del universo: la _Gaceta de Pekín_. Al lado vénse carteles, invitaciones en enormes tarjetas o en trozos de rica seda, y un libro de caja de lo más extraño.
Hay instrumentos de música. Conocéis la anécdota del embajador chino, que creyó lo mejor de la ópera el momento en que la orquesta templaba sus violines. Y de mí diré que los músicos chinos que he oído en los teatros celestes de la Habana y otros lugares, no me han entusiasmado. Pero eso debe ser cuestión de costumbre y de iniciación... Porque si no, no podría haberle pasado lo que le pasó a Confucio. Este filósofo se conmovió una vez tanto con un trozo musical de su país, que no probó un bocado de carne por tres días seguidos. Y eso que la escala china se compone solamente de cinco notas; los instrumentos pueden ir en tonos desacordes; sus melodías van siempre al unísono, y otras tantas condiciones que a nuestros gustos no sientan bien. Aquí veo violines bicordes; la especie de órgano llamado _cheng_, un laúd de diez cuerdas; címbalos que acompañan en los templos las plegarias.
Y más perfiles y más jades, con decoraciones de leyenda y de pesadilla. Aquí está en jade el Ki-lin, cuerpo de ciervo, cola de zorro y cabeza de unicornio. Saludo la tumba de Confucio representada en miniatura, y admiro al pasar las porcelanas, ya antiquísimas, ya de fabricación no tan lejana en el tiempo. Se recuerdan versos de Gautier y de Hugo, y al emperador Houng-Li, bajo cuyo poder se descubrió el arte de esta exquisita alfarería, y al emperador Wac-Li, bajo cuyo poder se escribieron unos versos que deben ser muy hermosos, y en los cuales se nombra por primera vez la porcelana. Se miran piezas de todas formas y de varios colores, sobre todo un vaso de la dinastía Ming, cuya arquitectura y adornos son de la más exótica elegancia y gracia. Hay representados varios caballeros y emblemas budistas como el parasol, que significa el honor; dos peces, que significan la abundancia; el loto, que está dedicado a Buda, y otras tantas cosas más. Y una tacita preciosa, con los más brillantes colores; y varios pequeños vasos, con mariposas, con pájaros, con flores, de la más delicada pasta y del más admirable tono.
No acabaría en muchas páginas, si me detuviera a admirar tantas cosas que revelan en aquellas almas extrañas una comprensión y una observación de la vida y de la naturaleza, que no es propiamente para tratarlas de salvajes e irles a incendiar sus palacios y casas y a robarles sus tesoros y asesinarles sus niños. ¡Sus niños! He visto retratos, fotografías encantadoras de chinos chicos y de chinas adolescentes, bellas, bellísimas en su gracia singular de seres como venidos de otro astro, de seres misteriosos que tienen otras sensaciones y otro concepto de la vida que el que con nuestra civilización nos hemos hecho nosotros.
Tés y plantas odoríferas, sedas, ceras, esmaltes, metales, ricos trabajos por artistas de manos ágiles y como aéreas líneas que han trazado esos dedos sutiles y visto ojos como de pájaros; arquitecturas de cuento, paramentos de cuento, casas, cosas, ideas, manifestaciones de gentes de fábula, almas antiguas como el mundo, ¿no es más bien un lugar de paz y ensueño, esa China noble y poética que se ha ido a despertar a cañonazos?
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III
Partí rápido a Dunkerque. De Brujas, toda paz, toda quietud, espiritual y natural, a Dunkerque, en donde se colgaban todos sus escabeles los actores de la comedia patriótica, en una danza de naves, con música de cañones y Mariana recibía con su más amable sonrisa y hacía su mejor reverencia al dueño del Oso. Decir las durezas de mi viaje, las apreturas en las estaciones de ferrocarril, la falta de correspondencia de trenes, los roces horribles de las aglomeraciones, las difíciles comidas en los restaurants, la cama por ochenta francos en cuartos compartidos, lo fabuloso del tupe cocheril y otras cosas que deseo echar en olvido, sería historia amarga y larga, sin contar con la demanda de papeles por la policía a cada instante, y la imposibilidad de poder acercarse a mirar la faz de los autócratas cuando éstos pasaron por la ciudad de Jean Bart, veloces, como por un tubo de acero, empujados por un soplo. ¿Un soplo de miedo?...
Miedo... Mientras Francia se ponía de gala para saludar al emperador aliado; mientras se preparaba Compiègne, antiguo nido de águilas, para recibir a la bicéfala de las Rusias; mientras Nicolás y su linda mujer se alistaban con el mejor humor posible a escuchar marsellesas y a entrar de fiesta en donde han de sonreir a _Liberté_, dar la mano a _Egalité_ e ir del brazo de _Fraternité_; mientras se disponen las trompetas de los saludos y los violines de los bailes, y todo el mundo está muy contento, en espera de un regio y regalado divertimiento... _quelqu'un, troubla la fête_, allá lejos, en los Estados Unidos, _quelqu'un_ que quita la vida al jefe de la inmensa república imperialista que estaba por tender un tentáculo a la América del Sur; y _quelqu'un_ hijo de un país que se llama Polonia... Nicolás se puso pálido; pues no es cómodo ya el oficio de Rey, habiéndose llegado a fuerza de civilización a tener en perpetua realidad la prueba simbólica de Dionisio de Siracusa.
Mas la cita estaba dada, y debía cumplirse con el pequeño prólogo suavizado de Dantzig, suavizador para Guillermo, _amado primo_, que busca a las claras el _flirt_.
Cuando llegué a Dunkerque, la ciudad hervía de gozo municipal y forastero; mas en verdad, fuera de las manifestaciones de gremios aislados y de la pompa y engalamiento oficiales, no encontré que hubiese allí un foco de entusiasmo, una de esas fiebres que ponen a los pueblos en delirio en ocasiones semejantes. No encontré, por ejemplo, el estremecimiento ciudadano de París cuando la llegada de Krüger, o cuando la primera venida de este mismo zar. Quizá serían las precauciones, absolutamente rusas, tomadas para evitar un atentado, las cuales llegaron a impedir casi por completo que los dunkerqueses contemplasen la figura de las imperiales personas; o, quizá también, una disminución del ardor con que se tomó al principio la alianza, cuando no estaba tan menguante la inquina con el alemán; o quizá, porque no deja de estar en buen sentido del _populo_ la filosofía que oí hacer a un quidam, frente al arco de triunfo, elevado ante los _bassins_ del puerto:--«¡Mirad!--decía, y en voz alta, de modo que no sé cómo no fué arrestado--; ¡mirad! ¡tanta bandera y tanto _lampion_ por un hombre que viene a quitarnos dinero!»
La ciudad presentaba un aspecto florido, toda ceñida de estandartes, pabellones, banderas y banderolas. La noche anterior a la llegada del zar, las iluminaciones hacían de toda la población un inmenso ramo de fuegos de colores; y, por el lado del mar improvisaban el día, un día blanco y deslumbrante en el vago tapiz de la sombra, los focos y reflectores de la escuadra. Imposibles los hoteles, los cafés rebosando de gentes, las calles con arcos de linternas, estofas vistosas y bombas japonesas; la catedral empavesada como una colosal nave; las músicas resonando a lo lejos; los grupos circulando por todas partes; todo el mundo en espera del acontecimiento del siguiente día, la entrevista, más que la revista. Aunque no se ocultaba en las conversaciones el despecho del pueblo: «¿Somos acaso unos parias para que se nos prohiba que le miremos?» Mas este despecho se aminoraba por la causa: el Gobierno quería prevenir cualquier atentado; nadie podría acercarse al séquito; la línea misma del ferrocarril por donde habría de pasar el tren, estaría como en Rusia, guardada por doble fila de soldados.
A las siete de la mañana del día 18, M. Emile Loubet se embarcaba en el _Casini_, para ir al encuentro del _Standart_, yate imperial. Las olas hacían bailar los barcos, y los cañones daban un continuo trueno. Nadie más que las gentes oficiales pudo llegar al punto de desembarco. La revista: vasta cuadrilla y tempestuoso cañoneo. El zar, por fin, llegó a tierra, y con él la zarina: él de uniforme, ella de negro, dicen los que los percibieron. Yo no vi con el anteojo, desde lejos, más que muñequitos, al son de los clarines y de las bocas de fuego. Llegaba en los aires el severo himno ruso y la siempre impetuosa Marsellesa; y los aires deben haberse encontrado perplejos al presentarse cosas tan contradictorias: «_¡Dios salve al zar!_»... _y_: «_¡contra nosotros se ha levantado el estandarte sangriento de la tiranía!_»...
Loubet, cuya buena madre aldeana, quizá, daría en ese instante de comer a sus gallinas en la casa de campo de Montelimar, iba del brazo de la zarina Alix; Alix, la zarina de Rusia, que aparece allá, en la pompa de su corte semiasiática, semejante a una emperatriz bizantina, ídolo autocrático de un colosal imperio cuasi bárbaro. En la galería que une el desembarcadero con la Cámara de Comercio, un grupo de pescadoras, de ropas obscuras y blancas cofias, ofrece a Alix un pez de plata sobre un cojín de seda. El séquito se detiene en la Cámara de Comercio. En Dunkerque, el zar Nicolás, el Pacificador, es saludado por la Guerra y hospedado por el Dinero. Y son luego los cortesanos, los protocolares, las presentaciones y los _salamalecs_. Y el ágape, en que han de oirse nuevas protestas de amistad y liga, y los brindis que llegan y repiten en esa manera oficial, que cree decirlo todo y no dice nada, palabras que parecen simpáticas y fraternas, pero de las cuales los siglos sonríen.
Luego el tren partió con los porfirogénitos huéspedes, hacia Compiègne. El recuerdo de Luis el Piadoso sería propicio al emperador, y el de Juana de Arco a la emperatriz, y a ambos los de Napoleón y María Luisa, en cuyas alcobas iban a dormir.
* * * * *
Cuando el _maire_ de Compiègne ofreció a la emperatriz un ramo de brezos, su flor preferida, M. José María de Heredia había ya lanzado el suyo por las columnas de su diario. No era un soneto. Eran versos serios, académicos y mediocres, como si hubiesen sido de encargo. Versos a la emperatriz a la cual trataba de _vous_... _Car le poète seul peut tutoyer les rois._ Rostand, por su parte, encargado oficial esta vez, había escrito una oda, en la cual dice a su majestad cosas como ésta:
En revenant de Danemark, Vous avez, pour gagner ce parc Passé devant chez Jeanne D'Arc.