La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
Part 5
¿Por qué Dios no puede curar más que un diez por ciento de los enfermos que van a Lourdes, ni reconstituir piernas amputadas, ni repartir su bien y su bondad con la misma abundancia con que Cristo dió de comer a 5.000 hombres, y con la seguridad y grandeza con que levantó a Lázaro, ya podrido, de su sepulcro, y con la certeza que Dios da la mies al campo?
No creo que esos milagros sean hechos por Dios, y si no lo son, son obra _de su enemigo_.
_Son obra del Genio del Mal._ De la entidad Demonio.
Y si fuera Dios quien los hiciera, no resultaría un diez por ciento del milagro, sino el milagro completo, pues según derrama Dios la luz del sol sobre justos e injustos, y llueve sobre buenos y malos, como dice Jesús, asimismo daría alivio y curación a todos los que se toman el trabajo de ir a Lourdes para ser curados por la gracia Divina.
Sin embargo, Roma, que desconfía mucho del milagro de Lourdes, quiere valerse de él para prolongar por más tiempo su dominio en el mundo.
El poder y el prestigio romanos están en las últimas, y Roma hace hoy alianzas con todo lo que cree que puede salvarla. Esa es su política presente.
Suponiendo que los milagros de Lourdes sean hechos por Dios con el objeto de levantar la fe católica y proteger a Roma y sus clérigos, éstos están dando ejemplo de una inconcebible ingratitud al Ser Supremo, no reconociendo esos milagros como artículo de fe; y si no, dan prueba de una gran apostasía entregándose hipócritamente a la especulación con un hecho que no creen procedente de la Divina Providencia.
Además de eso, debemos observar que esa celeste religión está recibiendo desde hace tiempo los golpes más rudos que la política del mundo puede darla. Por todas partes está perseguida. Ella cree que tiene vida eterna, pero toma sus precauciones atesorando cuanto puede por si vienen los malos días. Hoy no hay en ella sino especulación. Amor al dinero.
Esa religión querida y protegida por Dios, perdió en 1870 el poder temporal de los papas, milagro, en mi concepto, más grande que el de Lourdes; perdió anteriormente a la Inglaterra y a los países reformados; pierde su prestigio de día en día hasta el punto que la misma España, la nación más católica del mundo, quiere expulsar a sus religiosos; y sus congregaciones no saben dónde sentar el pie, pues su decadencia es manifiesta y conocida de todos. Eso sí es obra de la Divina Providencia.
¿No tiene Dios otro medio de salvarla que haciendo milagros con un diez por ciento de verdad? Si Dios quisiera restablecer la Iglesia romana en su anterior grandeza, otros medios tendría de hacerlo sin recurrir a esas cosas.
Los designios de la Providencia son otros. Más bien parece que quiere acabar con ella. En efecto, ¿Qué ha hecho el catolicismo romano en el siglo XIX? ¿Qué le deben los hombres? La ruina de España. La ruina y la anarquía de las repúblicas sudamericanas. La pobreza de Italia. La decadencia actual de la Francia. Los países católicos están perdidos, pobres, ignorantes, infelices, debiles, y Roma quiere continuar dirigiendo el mundo habiendo sido un árbol que ha producido tan malos frutos.
¿Y cree Roma que Dios no ve estas cosas?
¿Cree Roma que puede continuar la adoración de huesos muertos en los tiempos presentes, y las simonías, y el comercio de almas, y la serie de iniquidades espantosas que insultan a Dios, y que cometen diariamente en el nombre de un Dios todo amor, que murió en una cruz para salvarnos?
Si yo creyera en la transmisión hereditaria de las llaves de Pedro, diría desde luego que de dos llaves entregadas a los pontífices romanos, ellos no han sabido usar sino una, y ésta es la que ha abierto las puertas del infierno y lo ha desencadenado como torrente espantoso sobre el mundo, y entre los hombres. La otra llave no han sabido usarla sino para abrirse ellos mismos las puertas de su propio cielo, que consiste en el poderío, el lujo y los deleites.
--¿Sabe usted, le dije, que habla como un clarín del Juicio final? ¿Y los milagros?
--Para comprender las cosas de procedencia espiritual hay que estudiarlas espiritualmente.
El fenómeno de Lourdes es espiritual en el fondo. Busquemos, pues, su explicación en el sentido espiritual que encierra, pues en el espíritu es donde hay que buscar las causas, y las causas no pueden conocerse estudiando los efectos; hay que proceder por el orden opuesto; buscar la causa para conocer el efecto. El hecho material que presenciamos en Lourdes, es un efecto, un hecho palpable, pero para encontrar su significación hay que buscarla en las causas que lo producen, y éstas las iremos esclareciendo poco a poco hasta que aclaremos bien lo que tenemos delante.
Como Dios no es un ser sujeto a vanidades ni a caprichos, ni es lícito suponer que haga lo que hace para ser mirado por los hombres, nos vemos forzados a convenir que los milagros de Lourdes, así imperfectos como son, han sido permitidos por Dios para que los hombres aprendamos con ellos algo que nos interesa saber.
El estudio y la observación en los tiempos presentes en la historia de la humanidad, nos están revelando que el mundo ha de cambiar de un momento a otro; que está cambiando. El canónigo de Brettes ha dicho, con mucha razón, que la crisis presente es demasiado fuerte. Que estamos en una época de agonía, de angustia, y que el sér humano implora la Verdad, cueste lo que cueste. Que es preciso que la Verdad se presente, que aparezca. El sér humano la llama a gritos, la invoca, la quiere. Una revolución moral está a la vista. Esas son sus palabras.
Todos los grandes pensadores están diciendo lo mismo. No hay quien no lo observe, y, sin embargo, mentira parece, nadie quiere darse cuenta de que estamos entrando en el gran día del Juicio final. Monsieur Brettes lo presiente.
Nadie se da cuenta de esa Verdad. Todos creen que aquel gran día está a una distancia inconmensurable de nosotros, sin advertir que lo tenemos encima.
No me sería difícil explicar las razones en que reposa ese engaño, pero, como quiera que sea, en ese gran día hay muchas cosas que están condenadas a perecer, y una de ellas es la religión católica, apostólica, romana.
El que quiera verlo claro, que lea los capítulos XVII y XVIII del Apocalipsis y se convencerá de ello; verá a esta religión tratada como una mujer vestida de oro y pedrería, con un cáliz en la mano lleno de abominaciones y un nombre en la frente: _Misterium_, etcétera.
Roma está condenada a desaparecer, y lo prueba su decadencia y su perdido prestigio.
Una nueva religión vendrá en que se adorará a Cristo en toda su gloria.
La gloria de Cristo va brillando más y más cada día, y el hombre observador notará que hay una gran verdad que se abre paso en medio de esta crisis, que aparece como envuelta en nubes, pero que cada día se ve más clara.
Esa es la nueva religión. La verdad cristiana en toda su pureza.
--¿Y el Antecristo?... me atreví a preguntar.
--Aquí es donde vamos a encontrar la solución del misterio de Lourdes; pero antes es necesario saber quién es el Antecristo.
El Antecristo no es un guerrero (como se ha dicho), que ha de venir del Oriente con grandes ejércitos cual otro Atila, a destruir la religión católica, apostólica, romana. Eso es un absurdo. No se necesita tanta fuerza y aparato semejante para destruir una institución que ya a estas horas está agonizando.
Cuando sepamos quién es el Antecristo, hemos de verlo cara a cara tal cual es; pero antes de desenmascararlo es conveniente que oigamos algunas palabras de los apóstoles, y especialmente de San Pablo, que lo tiene bien apuntado con el dedo.
Oigamos a San Pablo, hablando del Juicio final:
«No os engañe nadie en manera alguna; porque no vendrá aquel día sin que venga antes la Apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición.
El que se opone y se levanta sobre todo lo que se llama Dios o es adorado; tanto que, como Dios, se asienta en el templo de Dios, haciéndose parecer Dios, ¿No os acordáis que cuando estaba con vosotros, os decía esto?
Y vosotros sabéis qué es lo que impide ahora para que a su tiempo se manifieste. Porque ya se obra el misterio de iniquidad: solamente que el que ahora impide, impedirá hasta que sea quitado del medio.
Y entonces será manifestado aquel _inicuo_, al cual el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con la claridad de su venida.
Aquél cuya venida será, según la operación de Satanás, _con toda potencia, y señales, y milagros mentirosos_.
Y con todo engaño de iniquidad obrando en los que perecen.»
(II de los Tesalonicenses. Cap. II, 3-10.)
El Antecristo es _La Muerte_.
La muerte es un ser invisible, un espíritu malvado que habita en el mundo y que no desea ni hace otra cosa que trabajar por separarnos de la tierra. En otra Epístola de San Pablo, hablando también del Juicio final, dice lo siguiente:
«El postrer enemigo que será destruído es la muerte.»
(1a. de Corintios XV, 25.)
Ese hombre invisible es el _hombre de pecado_, _el hijo de perdición_ de que habla San Pablo.
Nosotros no hemos visto en la muerte sino el fenómeno natural con todos sus horrores, pero no hemos visto la causa de ese fenómeno. Vamos a verla.
Si los hombres no pecaran nunca, ese hombre invisible no podría entrar en nosotros y habitar en nuestro cuerpo, pues el hombre no fué creado por Dios para morir como se muere, sino para transformarse de otra manera, y si fuéramos justos y no pecáramos nunca, seríamos al mismo tiempo inteligentes, sobrios, precavidos, y ese _inicuo hijo de pecado y perdición_ no encontraría ocasiones de sorprendernos con su cortejo de enfermedades sucias y dolorosas y asquerosas que prepara con astucia en nuestro cuerpo, destruyendo nuestro organismo y arrebatándonos antes del tiempo en que nuestra transformación, semejante a la crisálida que se transforma en mariposa, hubiera de efectuarse. La muerte se desencadenó entre los hombres por medio de Caín, primer homicida en el mundo (la de Corintios XV, 21).
Ese hombre invisible, con la astucia que lo caracteriza, se ceba también en los animales, pero no con tanto celo como en los hombres, y por eso las enfermedades son menos frecuentes en ellos. Sabido es que los espíritus entran en los animales como entraron en los puercos que Jesús expulsó del loco de los sepulcros. (Marcos V, 13.)
La muerte tiene dominada a la humanidad por el _miedo_, _el espanto_, _el terror_.
La muerte vino al mundo por Caín.
El que quiera abrir una Biblia, encontrará un pequeño diálogo entre Caín y el Eterno, que ya sabía que Caín había de asesinar a Abel.
El Eterno le dice lo siguiente:
Si hicieres bien, ¿no serás aceptado? Mas si no hicieres bien, el pecado está a la puerta. _Y a ti estará sujeta su voluntad y tú serás su señor._ (Génesis IV, 7.)
Quiere decir que el pecado está obligado a hacer la voluntad del _genio homicida_. El pecado, pues, abre las puertas a la muerte.
Caín fué el primer homicida que hubo entre los hombres, y su espíritu ha dominado a la humanidad entera desde entonces acá.
Jesucristo vino al mundo precisamente para deshacer la obra de la muerte. Él no padeció jamás enfermedad, porque nunca pecó, ni tampoco murió de lo que llaman muerte natural, porque le mataron, y para revelarle a los hombres _la gran mentira de la muerte_, resucitó con su cuerpo y apareció varias veces después, delante de más de 500 personas, según el Nuevo Testamento. (la. de Corintios XV, 6.)
Los cristianos de la iglesia primitiva sabían estas cosas (ya olvidadas), y por eso vemos en los crucifijos el cráneo y los huesos debajo de los pies de Jesús. Es una tradición que viene desde entonces. El espíritu de la muerte puede entrar y salir en el cuerpo del pecador si así le conviene. Su puerta es el pecado, como le dijo el Eterno a Caín, y el pecado hace su voluntad.
Las enfermedades de los hombres son pecados funcionando en un organismo humano. Es lo que querían decir los apóstoles cuando decían que «todo _pecado engendra la muerte_.» La enfermedad es la materialización de un pecado. Se abriga en la carne.
La lepra (enfermedad incurable hoy), la curaban los sacerdotes de Leví con ritos y ceremonias religiosas que Jehova mismo reveló a Moisés.
Jesucristo les decía a los enfermos que curaba: «tus pecados te son perdonados»; y otras veces: «vete y no peques más». La enfermedad es efecto del pecado, que se anida en la carne y la destruye.
La muerte (el hombre invisible), se burla de los doctores y sus drogas.
Los milagros operados por reliquias, huesos de muertos, tierra de sepulcros, aguas encantadas, etcétera, son milagros de _hombre invisible_, de Caín, que como dice San Pablo, se sienta en el templo de Dios, haciéndose parecer Dios.
Ahí lo tenemos en Lourdes, subido en los altares y realizando milagros mentirosos.
Cuando ese hombre invisible, a quien la enfermedad obedece, no ha llegado todavía a destruir alguno de los órganos indispensables de la vida, la curación se opera con sólo retirarse del cuerpo enfermo, como sucede con las enfermedades nerviosas, parálisis, reumatismo y todas las enumeradas por M. Darieux en su entrevista con M. Naudeau. Pero cuando se ha destruído uno de los órganos indispensables del organismo, el hombre invisible no puede reconstruirlo, porque al infierno no le es dado _crear_ sino _matar_.
Esa es la razón porque en Lourdes no se pueden ver muertos resucitados, ni piernas reconstruidas, y que las famosas aguas no pueden curar sino un diez por ciento de los enfermos.
Algunos de los que se curan tienen apariencia de muy enfermos, pero no lo están en realidad. Si fuera posible hacerles una autopsia, se encontrarían sus órganos enteros todavía, aunque enfermos muy graves en apariencia.
Milagros semejantes a los de Lourdes se han visto y se ven en todas partes del mundo, con todas las religiones; en el siglo pasado, cuando la muerte del diácono jansenista François de París, se vieron las mismas maravillas en el cementerio de Saint-Médard, hasta el punto que se tuvo que cerrar por orden del rey. Las curaciones eran idénticas.
La ciencia moderna ha dado un paso muy importante, descubriendo que las enfermedades son ejércitos de animales microscópicos destruyendo un organismo humano. Muy bien. Ya se empieza a ver que en la muerte hay un principio de vida. Lo único que falta es descubrir al capitán de esos minúsculos ejércitos. Ese es el hombre invisible, el genio de destrucción que está en nosotros y que en todas partes se ha sentado en los altares haciéndose pasar por Dios. En el antiguo Egipto, bajo la forma descarnada de Isis; en la Caldea, como un pez enorme; entre los negros de Africa, como un cocodrilo; en China, como un dragón, etc., etc.
Los hombres de todos los países y en todos tiempos, aterrados por el espectáculo de la muerte con su espantoso estado mayor de enfermedades y terriblezas, le atribuyó a la muerte poderes divinos y suprema omnipotencia.
No pudiendo imaginarse a ese Dios sino bajo aspecto horroroso, creyeron ver su símbolo en animales espantosos, como cocodrilos, serpientes y otras fieras asquerosas que realizaban en ellos la idea de la potencia destructora. De aquí viene el origen de aquellas idolatrías que tan salvajes nos parecen hoy. Pero no nos hagamos ilusiones; nosotros mismos, los civilizados del siglo XX, somos víctimas de los mismos errores, pues si es cierto que no adoramos serpientes ni dragones, veneramos como dioses encarnados a aquellos de nuestros semejantes que mejor han sabido matar hombres en grandes cantidades. La muerte nos engaña de mil maneras para echarnos fuera del mundo. Hoy se ven naciones que se despueblan por los vicios y la corrupción. Esa es su obra. Por último, los milagros de Lourdes son milagros del inicuo invisible, traídos por el infierno y permitidos por Dios para que sepamos que hay un más allá que no vemos con los ojos, pero desde donde se dirige la máquina del mundo.»
Me despedí, no sin cierta inquietud.
Era ya la noche.
Un tranvía eléctrico pasó ante mi vista. Subí y partí.
[Ilustración]
[Ilustración: LIBRO SEGUNDO]
[Ilustración]
I
Tres horas de mar y héme aquí en Londres. La inmensa ciudad está lluviosa, lodosa, y una tempestad ha hecho chasquear sobre ella rayo tras rayo. De Victoria Station al hotel me lleva el _cab_ y al _cab_ lo lleva empujando el viento. Al paso desfilan las casas obscuras rayadas de lluvia. Lluvia que ya arrecia, ya persiste cernida, y que me ha de aguar la visita por varios días. Mas como no tengo tiempo que perder, encontrado un amable amigo que me espera, nos lanzamos a la calle. Enorme, bulle el profuso amontonamiento de hombres, cinco millones casi, en su fabuloso inmóvil océano de sombrías construcciones partido por el glauco Támesis sobre el que flotan brumas y pesadillas. ¡Capital potente y misteriosa! Cuantas veces la visitéis, siempre os dominará bajo el influjo de su severa fuerza. (¿En dónde estás, dulce sonrisa femenina de París?) Viril orgullo en las cosas mismas, aspecto de humana dignidad en las manifestaciones monumentales, serena majestad en la naturaleza. Es explicable en estas gentes confiadas en sí mismas, el ímpetu a la dominación, la necesidad leonina; porque no es el leopardo, sino el león del escudo el que, sobre la isla, vuelve la mirada a los cuatro puntos del horizonte.
Esta gente va, va. ¿Adónde va? Adelante, más adelante. Lo dicen en sus divisas, en sus proloquios, cortos, porque no son verbosos como nosotros los latinos, raza de retores. Y lo hacen. País de rapiña, se dice; tanto peor para los que no puedan resistirle y caigan bajo su zarpa... Esta gente va, va.
Gallia causidicos docuit facunda britannos;
pero no son pródigos en sus palabras ni de gestos, como el vecino de enfrente; van a lo que consideran indicado por su deber; su deber les dice ser vigorosos, crecer, engrandecerse más y más; y es el caso que desde ese navío anclado se tiene en jaque al mundo. Sin entrar a las pedagogías de M. Demolins, no es difícil explicarse que ese vigor colectivo viene del ejercicio de la energía individual. Ser hombres; ese es el oficio de los ingleses. _This was a man_ es elogio shakespeareano. En ninguna parte se amacizan por igual cuerpo y espíritu como en la Gran Bretaña. La conciencia propia y particular ha creado la conciencia nacional y común. El orgullo norteamericano tiene aquí su origen, y las recientes fanfarronadas del millonario Carnegie, metido a periodista, debían haber comenzado por esa profesión. Pero el yanqui, como buen advenedizo--advenedizo colosal, es cierto--, es rastacuero y exhibicionista. El inglés es silencioso y guarda su íntimo conocimiento y convencimiento. Su _respectability_ forma parte de su coraza. La raíz celta y la raíz anglosajona nutrieron de savia concentrada el tronco nativo; y desde la heptarquía hasta la dominación danesa y la conquista normanda, se fué desarrollando el árbol de Guillermo, que fué el árbol de Isabel, que fué el árbol de Victoria. No sabemos que exista aún acero para hacer un hacha que pudiera cortarle.
El inglés, generalmente, es fuerte y grande, bien musculado, de movimientos ágiles y seguros; pero no se crea que todo el mundo es en Londres coloso. Fuera de los _policemen_ y de magníficos ejemplares de la raza anglosajona que sobresalen, el tipo medio es de un equilibrado desarrollo. Mas una cosa he de advertir: la inglesa fea de las caricaturas y la elegancia que siguen los anglómanos del extranjero, también un poco y hasta un mucho caricatural, son para la exportación. Sí, he visto en mis viajes de Italia, de España, de Francia, las caravanas de la agencia Cook, con muestras de la más exquisita fealdad; pero en Londres no he dado un paso sin encontrarme con deliciosas figuras de mujer; de un particular atractivo y dignas de ser incontinenti madrigalizadas y amadas. En cuanto a la _fashión_, en lo que he advertido, se sigue a la letra por los verdaderos _gentlemen_ el principio aristocrático de Brummel: La elegancia suprema consiste en no hacerse notar.
El sentimiento de la dignidad personal y el respeto de sí mismo, son innatos en todo inglés. Esto obliga a la reserva. Cada inglés es isla. En su unidad y solidaridad moral, nada tiene el país soberbio que envidiar al mundo. Es dueño de Shakespeare y del Océano. Impera el oro en la tierra; los norteamericanos hablan de sus millonarios... Bastará nombrar a este imperial Beit, jefe de la casa Vernher, Beit and Co., propietario de la mitad de las minas del Africa del Sur, y, sobre todo, las de Kimberley...
Algunos agudos espíritus han creído ver en el coloso los síntomas de una decadencia. Es el efecto de la residencia tenaz de las repúblicas africanas. W. H. Darvey, en el _Mercure de France_, y Andrew Carnegie en la _Nineteenth Century_, han presentado razones y datos que traerían por consecuencia la disminución del antiguo poderío, la constancia de un desmoronamiento en la base del secular edificio. La marina, que antes se creía invencible, estaría hoy, según datos técnicos y estadísticos, en condiciones que dejan mucho que desear; el comercio, en merma; el poder militar, impotente para decidir de una vez la cuestión boer. Durante las guerras de Napoleón, dice el almirante Seymour, con un gran genio como Nelson a la cabeza de nuestra marina, sabéis qué dificultades no tuvo para descubrir aun las idas y venidas de sus enemigos; sabéis que, a despecho de su infatigable vigilancia, Napoleón logró escaparse de Egipto después de la destrucción de su marina en el combate del Nilo; recordáis las luchas desesperadas de Nelson en el gobierno, a propósito de la falta de barcos y de hombres; y todo eso con el mayor genio conocido para el mando. ¿Creeréis que nuestra marina en esa época era igual y aun un poco superior a la del resto de la Europa reunida? ¿Y a qué iguala nuestra marina actualmente? ¡Apenas a las Francia y Rusia combinadas! ¿Y dónde está el Nelson, en estas condiciones mucho más difíciles? Es un estado de cosas que debe hacer reflexionar. Y los calculadores, alarmados de la oposición, claman a los imperialistas tenaces el peligro económico. El comienzo de la época victoriana no fué copioso a este respecto. El tesoro inglés padecía las consecuencias de las guerras que turbaron los albores de la pasada centuria. Mientras en las altas regiones se verificaban los apuros, descendían sobre el pueblo los aumentos de impuestos, que eran recibidos con las protestas consiguientes. Así la situación al advenimiento de la difunta reina. Por muchos esfuerzos logrados no se mejoró ese difícil estado de cosas hasta el año 45, más o menos. Se realizaron economías, y la deuda pública fué suavizada en los últimos años.