La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I

Part 15

Chapter 153,621 wordsPublic domain

Cuando llega la Cuaresma, los diarios suelen presentar muestras de literatura fervorosa, a propósito de los oradores sagrados. Los conferencistas como monsieur Brunetiere, son casi considerados como apóstoles; y lo cierto es que muchas de sus conferencias tienen el arte y el tono de los mejores sermones y homilias. Y con Brunetiere, otros cuantos severos y respetables varones. Para mí todo eso no vale en piedad, y fe verdaderas una plegaria del Verlaine de _Sagesse_.

A través de los últimos salones se ha visto también el arte preocupado de religiosidad. Después de las grandes «machines» de Munckassy, nada ha causado tanto ruido como las reconstituciones de Tissot. Las profanaciones de Juan Beraud no dejan de ser también señal de una idea en marcha. Hasta los pintores mundanos se han sentido influídos, y M. Carolus Duran tiene su Calvario, como el museo de cera Grevin tiene su pasión en tiempos de Semana Santa.

Al dar cuenta del Salón del Champ de Mars, en 1894, hacía notar M. Turquet: «Llama la atención el número de cuadros religiosos. Los unos son puramente religiosos y representan escenas de la historia cristiana; los otros, inspirados por un profundo sentimiento religioso, reproducen escenas de la vida moderna.

Los que piensan, se preguntarán lo que quiere decir ese movimiento en el mundo de los artistas, y ese renuevo en un arte que los escépticos se felicitaban de ver desaparecer. Eso no es sin motivo; y corresponde evidentemente a un nuevo estado de alma en la nación. No solamente los cuadros religiosos y los que están impregnados de sentimiento religioso son numerosos, sino que atraen a los visitantes. He querido darme cuenta de la impresión producida, y he escuchado a menudo las observaciones hechas. Rara vez he oído reir; raramente he visto burlarse. Es un signo del tiempo, que deben tomar en cuenta los que quieren gobernar el país.» Hay que apartar del movimiento religioso las comedias del diletantismo, las misas wagnerianas y el preciosísimo decorativo de un misticismo literario completamente superficial. Mas los casos de recogimiento, las victorias morales como la de Huysmans, son, sí, de atraer al observador. La Samaritana de M. Rostand frecuenta demasiado la calle de la Paix, como la María Magdalena de M. Massenet; pero los frescos de Besnard dicen demasiado, y en tales monasterios de París, un núcleo de creyentes artistas oye aún el verdadero canto de la música antigua que dice cosas de Dios, y se oyen flautas angélicas como en los versos de Schiller:

Sie floeten so süs, Wie Stimmen der Engel im Paradies...

La provincia está llena de religiosidad, desde la clara Provenza hasta la negra Bretaña. Las pinturas realistas hechas con el talento que distingue al conde Austin de Croze, no son completamente imparciales. M. de Croze es un enemigo declarado del clericalismo. Mas tanto en la provincia como en el centro, la verdadero levadura religiosa no debe ser confundida con la obra de una política que tiene muy poco de evangélica. La Francia cristianísima, lo es, a pesar de los errores comprometedores de los sectarios y de las campañas ruidosas de un clero harto combatido.

Suelo penetrar en los templos--Saint Severin, Notre Dame, Saint Eustache--lejos de la devoción elegante y ostentosa--, y allí veo, siempre, muchas buenas almas francesas, con humildad, en silencio, haciendo una cosa muy sencilla e inmensa, que se creería que ya no se hace, y menos en París,--orando.

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V

He recibido de M. Jacques Morland la comunicación siguiente: «En un discurso reciente, el emperador Guillermo II ha proclamado de nuevo la pretensión del espíritu germánico a una supremacía mundial.»

Parece, no obstante, que una reacción se produce contra la influencia intelectual alemana que fué tan fuerte en maestros como Renán y aun Taine en Francia, y en la mayor parte de los espíritus de la segunda mitad del siglo XIX.

Las victorias de 1870 han valido a Alemania un ascendiente universal. Los franceses, vencidos, estuvieron por reconocer esa preponderancia y creyeron deben instruirse en el país de sus vencedores.

De vuelta de ultra-Rhin, los jóvenes franceses se interrogan, se felicitan de algunos fecundos procedimientos de trabajo adquiridos en las universidades alemanas, pero muchos confiesan una decepción.

Numerosos síntomas indican un descenso de esa autoridad que se había acordado a la cultura germánica.

Hace dos años, el célebre crítico dinamarqués, Georg Brandes, al dar una serie de conferencias en Hungría sobre las diferentes civilizaciones europeas, preconizó el genio francés, con gran enojo de los diarios de Berlín, de Leipzig y de Hamburgo.

Hoy las estadísticas demuestran que los estudiantes ingleses comienzan a desertar de las universidades alemanas para venir a instruirse a París.

En fin, en Alemania misma, Nietzsche, después de Goethe y Schopenhauer, ha hablado de sus compatriotas con desdén.

Se cree interesante hacer una «enquête» entre algunos sabios, filósofos, literatos y artistas franceses y extranjeros, con el objeto de obtener testimonios competentes que no podrían ser suplidos por un examen personal. El _Mercure de France_ emprende esta «enquête», sin «parti pris», solamente para aclarar la opinión y también el juicio de los alemanes, si es posible, respecto a su propio valor.

«¿Qué piensa usted sobre la influencia alemana desde el punto de vista general intelectual, y más especialmente desde el punto de vista filosófico y moral en la América del Sur?

¿Esta influencia existe aún y se justifica por sus resultados?»

Siendo muy niño, allá en mi país natal, recuerdo haber tenido, por primera vez, la sensación de la influencia alemana, gracias a un famoso asunto Eisenstuck: el pequeño puerto de Corinto amenazado por las bocas de fuego de los buques de guerra alemanes. Fué mucho después que leí la _Crítica de la razón pura_...

Después de recorrer casi toda la América española y de haber residido por algún tiempo en varias de las Repúblicas, creo poder afirmar que las ideas alemanas no han encontrado ni pueden encontrar buen terreno en nuestro continente. A medida que la civilización ha avanzado, el pensamiento naciente ha buscado diversos rumbos en los tanteos de un comienzo deseoso y entusiasta. Filosófica y moralmente se ha seguido hasta hace algunos años por el antiguo cauce español. Pero una tendencia continua al progreso ha hecho que cada movimiento de ideas europeo haya tenido allá repercusión. Las «ideas abuelas», como las llama M. Paul Adam, han fructificado sobre todo; la mental savia latina se ha mantenido incólume, a pesar del poderoso y vecino elemento bárbaro. Toda gran voz humana se ha hecho oir allá por el órgano de la Francia. La América latina, después de la Revolución, en el orden de las ideas, mira en Francia su verdadera madre patria. Cuando en España causó una especie de revolución filosófica un mediocre profesor alemán poco admirado en su país--he nombrado a Krause--, el contagio no pasó el Atlántico, y la América española estuvo libre de él. En cambio, Comte encontró allá largas simpatías y el positivismo discípulos y seguidores. Si hoy Nietzsche ha obrado en algunas intelectualidades, ha sido después de pasar por Francia.

Ciertamente, alguna parte de la juventud hispanoamericana se ha educado en Alemania y ha logrado grandes progresos desde el punto de vista profesional. No nos falta el médico que guarda en su cara el recuerdo de los estúpidos duelos universitarios y la dilatación de estómago de los aún más estúpidos trasegamientos obligatorios de cerveza. Pero no se tiene, en el grupo pensante, puesta la mirada y el ensueño en Berlín ni en Bonn, sino en París. Aun algunos de nuestros mejores intelectuales que por sangre y cultura tienen más de un punto de contacto con los alemanes, como el argentino doctor Bunge, autor del notable libro sobre la _Educación_, el centro-americano Ramón Salazar y el colombiano Pérez Triana, son a su manera lógicos y a su estilo claros, influídos voluntariamente o no, por los pensadores y escritores franceses. Chile es quizá el único país de la América hispana en donde el espíritu alemán haya logrado alguna conquista. De Ventura Marín a Valentín Letelier, los estudios filosóficos dan un paso enorme del aula hispanocatólica a la enseñanza universitaria alemana. Con todo, después de las doctrinas de un Lastarria, no creo que las ideas del señor Letelier, representante el más conspicuo de las tendencias germánicas en Chile, influyan mayormente sobre sus compatriotas.

Las victorias alemanas sobre Francia han producido, naturalmente, en aquellos países nuevos un acrecentamiento del militarismo. La divisa chilena cierto es que parece pensada por Bismarck: _Por la razón o la fuerza_. En cada pequeña República no ha faltado un pequeño conquistador que quiera hacer de su país una pequeña Prusia. El progreso ha llegado a la importación del casco de punta y del paso gimnástico marcial. En ciertos gobiernos una moral a uso de tiranos se ha implantado. Pero esos gobiernos han caído, caen o presto caerán, al impulso del pensamiento nuevo, de la mayor cultura, de la dignidad humana. Los sudamericanos que meditan en la verdadera grandeza de los pueblos, los hombres de buena voluntad y de juicio noble, no se hacen ilusiones sobre la virtud y alteza del alma alemana.

Se conocen los versos célebres de Arndt:

Deutsche Freiheit, deutscher Gott, Deutscher Glauber ohne Spott, Deutsches Herz und deutscher Stahl Sind vier Helden allzumal.

Y sabemos que la libertad de los alemanes es tanta, que casi no hay día en que no haya un proceso de lesa majestad; que el dios de los alemanes no es otro que el bíblico «dios de los ejércitos», que les ayudó en Sedán; que la buena fe sin burla la conoció muy bien Jules Favre por el «canciller de hierro», y París sitiado nada menos que por Wagner, y que el acero de los alemanes cuesta muy caro a las pobres naciones militarizadas de la América española, en donde hay la desgracia de tener un agente de la casa Krupp.

* * * * *

No, no puede ser simpático para nuestro espíritu abierto y generoso, para nuestro sentir cosmopolita, ese país pesado, duro, ingenuamente opresor, patria de césares de hierro y de enemigos netos de la gloria y de la tradición latina.

Los eruditos de la última gaceta os dirán que han aprendido que no hay raza latina, y que en Europa misma los elementos componentes de la nacionalidad española o francesa son todo menos latinos en su mayor parte. «La nacionalidad latina, responderá Paul Adam, es toda de ideas, no de sangre.» Nosotros somos latinos por las ideas, por la lengua, por el soplo ancestral que viene de muy lejos. «En la América del Sur, ha escrito M. Hanotaux, ramas vigorosas han florecido sobre el viejo tronco latino y le preparan el más brillante porvenir.» En países como los nuestros, en que, ante todo, se busca hoy un ideal comercial, han podido deslumbrar, junto con la victoria de las armas, las conquistas de la industria y del comercio alemanes hasta hace poco preponderantes. Pero ese ideal, absolutamente cartaginés, no podría ser durable. Tenemos a la vista el ejemplo de los Estados Unidos. El país de Caliban busca también las alas de Ariel. Y volviendo a la Alemania, un escritor francés que la conoce mucho y que ha sido el introductor de Nietzsche en Francia, acaba de expresar: «Los Heine, los Boerne, los Herwegh--para no nombrar sino poetas--, han encontrado entre nosotros una segunda patria y la libertad de escribir. Sin duda, los tiempos han cambiado, y la Alemania de los Hohenzollern ha reemplazado gloriosamente el caos de las Germanias de antes. La holgura ha venido, la prosperidad material, pero también la arrogancia y la hinchazón. Se trabaja, se gana dinero, pero ya no se tiene tiempo de tener espíritu. No se impide a Hegel profesar, pero es tal vez porque no hay otro Hegel. Se tiene el orgullo de las libertades políticas, pero ¿se admite acaso la libertad moral? Hace algunas semanas ha circulado una protesta entre los escritores alemanes. En ella se pedía la abrogación del párrafo 166 del Código penal del imperio, que se refiere a los «ultrajes a las instituciones religiosas». ¿Y a propósito de qué? A propósito de una traducción alemana de un volumen de Tolstoï, titulado _El sentido de la vida_, y que contenía, entre otras cosas, la _Respuesta al Sínodo_, volumen confiscado en Leipzig--y no en Rusia--. El escritor polaco Estanislao Przybyzewski, que publicaba sus obras en lengua alemana, tuvo que dejar Berlín hace algunos años. Escribe ahora libremente en Varsovia. Lejos de mejorar las condiciones intelectuales de Alemania, ¿no se agravan más?

La tiranía de la opinión pública iguala a la severidad policial y la estrechez de espíritu no fué quizá nunca como hoy. Hace cincuenta años, Max Stirner, hizo aparecer _Lo único y su propiedad_, sin ser inquietado. Hoy, los calabozos de Weichselmünde, le enseñarían a reflexionar. Hace cien años, los poetas románticos se mostraban por todas partes con sus queridas... y Goethe sonreía. ¿Es que, acaso, musicalmente, nos habrá conquistado el espíritu alemán? No me parece que el wagnerismo mecánico de la moda haya obrado muy transcendentalmente en nuestros talentos musicales.

Por más que se diga, somos, más que otra cosa, hijos mentales de Francia, de la civilización latina. Un impulso latino mantiene nuestro anhelo de libertad y de belleza. Los mismos defectos son heredados y tradicionales cuando no reflejados o impuestos por una ley simpática.

Y hay atrevidos descendientes del «ruiseñor alemán que hizo su nido en la Peluca de Voltaire», que dicen y cantan la verdad a la orgullosa patria. Así Oscar Panizza, el autor de _Parisiana_, que vive aquí, como Heine, y que ha sido tan atacado y perseguido por sus versos valientes y ásperos, y que habiendo reconocido en Francia una madre intelectual, la celebra y anuncia sus futuras victorias, a despecho de la patria original.

Las patrias madrastras deben cuidarse de los hijos que desconocen y ofenden.

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VI

M. A. Viallate acaba de publicar en una de las revistas más importantes, _La Revue de París_, un estudio en que, con motivo del Congreso panamericano de Méjico, trata de las relaciones de la gran república norteamericana con sus hermanas menores del Sur, y de las varias tentativas hechas para extender la influencia yanqui por todo el continente. Comienza por hacer notar que durante la guerra de la independencia, los Estados Unidos no prestaron ayuda oficial alguna a los pueblos hispano-americanos que luchaban por su libertad; pero, que no obstante, los ciudadanos norteamericanos demostraron sus simpatías. Por otra parte, los Estados Unidos fueron quienes primeramente reconocieron su rango de naciones a las antiguas colonias de España. Desde entonces aparece el pensamiento de las ventajas futuras que el país anglosajón entrevé, y es el célebre Henry Clay, representante de Kentucky, el que expresa en el Congreso estas palabras en 1818: «La América española, una vez independiente, cualquiera que sea la forma de gobierno que sus habitantes elijan, estará necesariamente animada por un sentimiento americano y guiada por una política americana.

»Y en 1820, la América del Sur, dice, a la hora actual tiene 18.000.000 de habitantes.

»La población de esos países se desenvolverá con una rapidez igual a la nuestra. En veinticinco años se puede prever que será de 36.000.000; en cincuenta años de 72.000.000. Los Estados Unidos tienen ahora 10.000.000 de habitantes. Gracias al carácter de nuestra población, nuestra nación será siempre la primera de este continente desde el punto de vista industrial y comercial. Imaginad cuál será la potencialidad de ambos países y la importancia de sus relaciones comerciales cuando nosotros tengamos 40.000.000 de habitantes, y la América del Sur 70.000.000.» Aunque los cálculos de Clay no hayan salido exactos, puesto que hoy los Estados Unidos cuentan 66.000.000 y la América española 55.000.000, la idea del orador no ha desaparecido, afianzada después por la doctrina de Monroe. A pesar de las declaraciones de Mac Kinley y de Roosevelt, los Estados Unidos buscan no solamente influencia, sino también dominación. Han demostrado ya prácticamente buen apetito.

Habla M. Viallate de las varias tentativas de unión hispanoamericana, que, desde Bolívar, se han hecho. El libertador no envió invitación a los Estados Unidos para la conferencia de Panamá en 1824. Pero el año siguiente los gobiernos de Colombia y Méjico pidieron al de la Unión que enviase sus representantes. Era secretario de Estado el mismo Henry Clay, y, aunque el entonces presidente Quincy Adams, no estaba muy bien dispuesto a entrar a esas vías, Clay lo convenció, viendo en ese Congreso, según sus palabras, «el principio de una era nueva en los asuntos humanos.» Veía un inmenso triunfo para la democracia universal, y la demostración más clara, a los pueblos europeos dominados por la monarquía, del valor y grandeza de las instituciones republicanas. Clay, dice M. Viallate, temía también una unión de la América latina, de la cual estuviesen completamente excluídos los Estados Unidos. Dos grupos de origen, de lengua, de aspiraciones diferentes se encontrarían creados en el continente americano. La decisión de Adams para enviar representantes a Panamá, tuvo gran oposición en el Senado. El Congreso se verificó, y con ningún éxito, en 1826. No hubo más delegados que los de Colombia, Centro América, Méjico y Perú.

Desde 1825 a 1845, los Estados Unidos no se preocupan de la América latina. Tanto rehusaron intervenir en la cuestión de las islas Falkland, entre la Argentina e Inglaterra en 1831 como el año de 1840, cuando dejaron a Francia e Inglaterra tomar parte en la cuestión de la Argentina con el Uruguay. En 1835 y en 1848, no se dieron por entendidos de la ocupación inglesa en Nicaragua--como tampoco en el no lejano desembarco en el puerto nicaragüense de Corinto.--Atacaron a Méjico y se anexionaron Tejas en 1835, y en 1848 Nuevo Méjico y California. Buchanan proyectaba el establecimiento de un protectorado sobre las provincias mejicanas septentrionales, y pedía al Congreso el derecho de entrar, en caso necesario, en territorios de Méjico, Nicaragua y Nueva Granada, para defender las personas y los bienes de los ciudadanos americanos. Si el Congreso hubiera cedido, el presidente de los Estados Unidos hubiera sido pronto el dictador de la América Central. Las tentativas del filibustero Walker en Nicaragua no fueron sino vistas con gran simpatía en los Estados Unidos.

La intervención europea en Méjico, en tiempo de Maximiliano, hizo que la república anglosajona tomase su papel de defensora de Sud-América, por el temor del establecimiento de una monarquía en el vecindario; pero las cuestiones peruano-chileno-españolas, que trajeron como consecuencia actos como el bombardeo de Valparaiso, los dejaron tranquilos: y como dice M. Viallate, los Estados Unidos se proponían impedir a Europa instalarse de fijo, aunque fuese disimuladamente, en la América del Sur, pero no querían defender a las repúblicas latinas contra las consecuencias naturales de sus faltas políticas. Esto se acaba de ver confirmado una vez más con la actitud que tomaron con motivo de las amenazas de Alemania en Venezuela.

¿La causa? El mal uso que de su independencia y autonomía han hecho las naciones de la América española, manteniéndose desde su separación de la madre patria en revolución continua, retardando su progreso y dando al mundo todo el espectáculo más desconsolador y lamentable. Las cuestiones territoriales fueron causa continua de desavenencias, y las varias tentativas de un arreglo por el arbitraje no tuvieron ningún resultado en las varias conferencias de Lima. La conferencia de Panamá iniciada por Colombia en 1880, no pudo realizarse a causa de la guerra del Perú y Chile. Luego fué la iniciativa de los Estados Unidos bajo la presidencia de Garfield. En ese momento, la situación política en la América latina estaba muy perturbada. Chile, vencedor del Perú, amenazaba imponer a éste condiciones de paz que le habrían casi anulado, mientras que Méjico se preparaba a posesionarse de Guatemala. Blaine vió el peligro que había para los Estados Unidos en dejar libre carrera a esas ambiciones. Ellos no tenían interés en ver desarrollarse indefinidamente la potencia de un pequeño número de Estados en el hemisferio Sur; por otra parte, esas guerras presentaban siempre el peligro de una intervención europea que podría solicitar, así fuese pagando con una parte de su independencia la potencia más débil. Blaine estaba convencido de la necesidad para los Estados Unidos de hacerse los árbitros de las querellas entre las naciones sudamericanas. Era preciso hacer aceptar por esas potencias el principio del arbitraje. Ese debía de ser el objeto de un Congreso panamericano cuya idea hizo aceptar al presidente. La muerte de Garfield, asesinado meses después de la inauguración, llevó al vicepresidente Arthur a la presidencia. Éste resolvió continuar la política de su predecesor, y el 29 de Noviembre de 1881, Blaine dirigía a las naciones independientes de la América invitaciones a un Congreso que se verificaría en Wáshington al año siguiente, «con el objeto de estudiar y discutir los medios de impedir en lo futuro los horrores de las luchas crueles y sangrientas entre países casi siempre de la misma sangre y lengua, o las calamidades mayores aún de la guerra civil.» Las ideas de Blaine fueron más claras después. «No hemos llevado nuestras relaciones con la América española tan cuerdamente y tan firmemente como pudimos hacerlo. Durante más de una generación nada hemos hecho para atraernos las simpatías de esos países. Deberíamos hacer todos los esfuerzos posibles para ganarnos su amistad. Mientras que las grandes potencias europeas aumentan constantemente su poderío territorial en Africa y en Asia, lo que nosotros debemos hacer es acrecentar nuestro comercio con las naciones americanas. Ningún campo nos ofrece una cosecha tan abundante, ninguno ha sido tan poco cultivado. Nuestra política extranjera debería ser una política americana en el sentido más amplio; una política de paz, de amistad y de desenvolvimiento comercial.» La conferencia no se realizó porque el Congreso no votó los créditos necesarios, a la salida de Blaine, en 1881.