Chapter 22
Don Pablo, al dejar el teléfono, saludó a Fermín, impidiéndole con un ademán que abandonase su asiento.
--¿Qué hay, muchacho? ¿Traes noticias nuevas? ¿Sabes algo de la reunión en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya son unos tres mil.
Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal reunión: él venía por otra cosa.
--Me alegro que pienses así--dijo don Pablo, sentándose junto a su mesa, al pie del diploma de la bendición.--Tú has sido siempre algo _verde_; ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos líos. Esto te lo digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo... mucho palo.
Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo que iban a sufrir los rebeldes.
--Tú, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta sería su última hazaña... Pero vamos a ver, Ferminillo, ¿qué te trae por aquí?...
Dupont quedose con la vista fija en su empleado y éste comenzó a explicarse con cierta timidez. Él conocía el antiguo afecto que don Pablo y toda su familia sentían por la del pobre capataz de Marchamalo. Un cariño de grandes señores, que ellos, pobres y humildes, no sabían cómo agradecer. Además, Fermín apreciaba el carácter de su principal: su religiosidad, incapaz de transigir con el vicio y la injusticia. Por esto, en un momento difícil para su familia, acudía a él, en busca de consejo, de apoyo moral.
Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que éste sólo podía aproximarse a él impulsado por algo muy importante.
--Está bien--dijo con impaciencia.--Vamos al caso y no perdamos tiempo. Mira que hoy es un día extraordinario. De un momento a otro volverán a llamarme por teléfono.
Fermín permanecía con la cabeza baja, vacilando, con expresión dolorosa, como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenzó el relato de lo ocurrido en Marchamalo la última noche de la vendimia.
El carácter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareció hincharse colérico durante el relato, hasta estallar al final ruidosamente.
Su egoísmo le hacía pensar ante todo en él, en lo que suponía este atentado para el honor de su casa. Además, considerábase herido por la falta de respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor había algo de profanación para su propia persona.
--¡En Marchamalo tales abominaciones!--exclamó, saltando de su asiento.--¡La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia muchas veces, convertida en un antro del vicio! ¡El demonio de la impureza haciendo de las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de Dios, donde sacerdotes sabios han dicho las cosas más hermosas del mundo!...
Y la indignación le ahogaba. Tosía, agarrándose a la mesa, como si la cólera le amagase con una congestión, y pudiera caer redondo en el suelo.
Luego vinieron las lamentaciones del industrial. ¡Para esto había servido el saqueo que durante su ausencia había hecho en sus mejores vinos el empecatado pariente! Aquel robo de loco no podía dar otros resultados. ¡Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de gentes rudas y ordinarias! Bastante había reñido a su primo al volver él a Jerez; y ahora, cuando tenía olvidada la barrabasada, le enteraban de su última consecuencia, una deshonra que le impediría poner los pies en Marchamalo. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué de vergüenzas sobre la familia!...
--Compadéceme, Fermín--gritaba don Pablo.--Ten lástima de la cruz que llevo a cuestas. El Señor ha derramado todos sus dones sobre su indigno servidor, que soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa cristiana e hijos obedientes; pero en este valle de lágrimas, la felicidad no puede ser completa. El Altísimo necesita ponernos a prueba, y mi castigo son las niñas del marqués y ese Luis, que es presa del demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos locos se encargan de hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la vergüenza. Ten compasión de mí, Fermín; apiádate del cristiano más infeliz de la tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Señor.
Reaparecía el exaltado, próximo al delirio al hablar de Dios y de la suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermín que le compadeciese, lo hacía con tales gestos, que el joven temía que se arrodillara, con las manos juntas, como implorando su perdón.
En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, sentía deseos de reír por lo extraño de la situación. Aquel hombre poderoso pedía que le compadeciese. ¿Qué pediría él, que llegaba impulsado por una vergüenza de familia?...
Dupont cayó desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la facilidad con que pasaba su carácter de la acción desordenada e impetuosa al anonadamiento cobarde.
Suspiraba, con tristeza:
--¡La familia!... ¡la familia!...
Pero al levantar los ojos, se encontró con los de Fermín, que le contemplaban asombrados, como preguntándole cuándo llegaría el momento en que cesara de pedir compasión para él y empezase a compadecer a su dependiente.
--¿Y tú--preguntó--qué crees que puedo hacer en esto?...
Montenegro desechó toda timidez para contestar a su jefe. Si él supiera qué hacer no habría venido a molestar a don Pablo. Estaba allí para que él le aconsejase; más aún, para que pusiera remedio al mal, como cristiano y como caballero, ya que estos dos títulos estaban siempre en sus labios.
--Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.
--¡El jefe!... ¡el jefe!--murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en silencio, como si buscase la solución del asunto.
Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una virtud, y el pecado carnal, pecado era... Había que salvar el alma de la infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergüenza.
--Yo creo--añadió después de una larga reflexión--que lo mejor será que tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros sabemos hacer las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas distinguidas, y la dote será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que la solución no es mala! Allí, en el recogimiento, limpiará su alma de culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a la viña, sin miedo a que los míos se rocen con una desdichada que ha cometido el más torpe de los pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una esposa distinguida de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con criadas, Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo guisando la comida de los viñadores.
Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas.
--¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?--preguntó con voz sorda.
El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si hablase de algo disparatado e inaudito, añadió:
--¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!...
--No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted.
Dupont volvió de nuevo a exaltarse.
--¡Ta, ta! ¡Ya salió el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois _verdes_ y no conocéis la religión más que por fuera, os fijáis en ciertas exterioridades para echárnoslas en cara cuando os conviene. Claro es que todos somos hijos de Dios, y que los buenos gozarán igualmente de su gloria: pero mientras vivimos en la tierra, el orden social que viene de lo alto, exige que existan jerarquías y que éstas se respeten sin confundirse. Consulta el caso con un sabio, pero un sabio de verdad; con mi amigo, el Padre Urizábal o algún fraile eminente, y verás qué te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos cristianos, perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al prójimo los medios para que salve el alma: pero cada uno en el círculo social que le ha marcado Dios, en la familia que le destinó al nacer, sin asaltar las barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo verdadero nombre es libertinaje.
Montenegro hacía esfuerzos por contener la cólera.
--Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo--dijo mirando audazmente a don Pablo;--mi padre es el trabajador más bondadoso y más pacífico del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie, y tengo la conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero nadie tiene derecho a despreciarlos ni a deshonrarles por el egoísmo del placer. Nadie, ¿lo entiende usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta no sale del mal paso impunemente. Somos tan buenos como los que más, y mi hermana, aunque pobre, puede entrar por la puerta grande en una familia que, aunque posea millones, tiene en su seno hombres como Luis y hembras como las _Marquesitas_.
En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de cólera de Dupont ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora parecía intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que temblaba con expresión amenazadora.
--¡Hombre!, ¡hombre!--exclamó, queriendo indignarse sin conseguirlo, y adoptando una dulzura bonachona.--Piensa lo que dices. Ya sé que mi primo y esas otras dos, son gente mala. ¡Bastantes disgustos me dan! Pero llevan mis apellidos, y tú debes hablar de ellos con mayores miramientos por ser de mi casa. Además, ¿qué sabes tú de lo que les tiene reservada la gracia del Altísimo?... La Magdalena era peor que esas dos desgraciadas, mucho peor, y murió como una santa. Luis es malo, pero mayores escándalos dieron en su juventud algunos santos varones. Ahí tienes a San Agustín, padre de la Iglesia, columna de la cristiandad. San Agustín, siendo joven...
El timbre del teléfono cortó la palabra a Dupont, que iba a comenzar el relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de indiferencia de Fermín.
Durante algunos minutos permaneció don Pablo con el oído en el aparato, prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que le decían.
Cuando volvió hacia Montenegro, ya no parecía acordarse de lo que motivaba la visita de éste.
--¡Van a entrar, Fermín!--exclamó frotándose los manos.--Me dicen de parte del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la ciudad. Un poco de susto en el primer momento, y después _¡pum, pum, pum!_ el escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito de garrote, para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una temporada.
Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de su hotel. Si Fermín no quería quedarse, debía salir cuanto antes.
El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la próxima invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo hasta la puerta, como si olvidase su asunto.
--¿En qué quedamos, don Pablo?
--¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme.
Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió a su tono de humanidad.
--Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen camino, y ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi madre y a mí, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una viña? Yo creía que nos considerabas más. Ten compasión de mí, hombre: tenme compasión.
--Sí, don Pablo, le compadezco--dijo Fermín irónicamente, deteniéndose en la puerta.--Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su religión es distinta de la mía.
Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo se atrevía a decirle tales cosas!...
--Mi religión... mi religión--exclamó colérico, no sabiendo por dónde comenzar.--¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el escritorio... y si no, ahora mismo...
Pero Fermín no le dejó continuar.
--Mañana no será fácil--dijo con calma.--No nos veremos mañana, y tal vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No volveré a molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que me toque hacer, lo haré por mí mismo.
Y, precipitadamente, salió del hotel. Cuando llegó a la calle comenzaba a anochecer.
IX
A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos los puntos del horizonte.
Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina después de rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la vecindad de Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos trabajaban en ella acudían presurosos, creyendo llegado el momento de la venganza.
Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el esplendor de su ruina.
Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía, alimentada incesantemente con nuevos grupos.
Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados, enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis. Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el desgaste que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo.
Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón haraposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se distinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, más próximos en sus costumbres a los señores que a la gente del campo.
Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros, con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se mostraba toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la lucha por la vida.
Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco, para rumiar sin la más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne. Otros mostraban el hocico elástico y bigotudo, los ojos de reflejo metálico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecían, dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que desechasen los fuertes.
La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el peligro, pero al verse entre los _compañeros_, erguíanse arrogantes, mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comérsela.
--¡Vamos!--exclamaban.--¡Que da ánimo ver tantos probes juntos, dispuestos a hacer una hombrada!...
Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos, embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la pregunta, se dirigían a los que aguardaban en el llano.
--¿Qué hay?...
Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer con certeza quién era el que los convocaba.
Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo revés podían hacer saltar una cabeza.
Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las más absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para engañarse a sí mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de sus disparatadas invenciones.
La iniciativa de la reunión, la primera noticia, la creían obra del _Madrileño_, un joven forastero que había aparecido en el campo de Jerez en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones sanguinarias. Nadie le conocía, pero era muchacho de gran verbosidad y pájaro de cuenta, a juzgar por las amistades de que hacía gala. Le había enviado Salvatierra, según él decía, para suplirle en su ausencia.
El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, debía iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos estaban ya ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento oportuno. Las tropas se unirían a los revolucionarios apenas entrasen éstos en la población.
Y los crédulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la noticia, adornándola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se esparcía por los grupos. No iba a correr más sangre que la de la gente rica. Los soldados estaban con ellos; los oficiales también estaban al lado de la revolución. Hasta la guardia civil, tan odiada por los braceros, merecía su simpatía momentáneamente. Los tricornios también se ponían de parte del pueblo. Salvatierra andaba en ello y su nombre bastaba para que todos aceptasen el prodigio sobrenatural.
Los más viejos, los que habían presenciado el levantamiento de Septiembre contra los Borbones, eran los más crédulos y confiados. Ellos _habían visto_ y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los generales sublevados, los jefes de la escuadra, no habían sido más que autómatas, sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don Fernando lo había hecho todo: él había sublevado los barcos, él había arrojado los batallones a Alcolea contra las tropas que venían de Madrid. ¿Y lo que hizo por destronar a una reina y preparar el aborto de una República sietemesina, no había de repetirlo cuando se trataba nada menos que de conquistar el pan para los pobres?...
La historia de aquel país, la tradición de la tierra gaditana, provincia de revoluciones, influía en la credulidad de las gentes. Habían visto con tanto facilidad, de la noche a la mañana, derribar tronos y ministerios, y hasta llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la posibilidad de una revolución de mayor importancia que las anteriores, pues aseguraría el bienestar de los infelices.
Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la muchedumbre supiese con certeza qué aguardaba y hasta cuándo iba a permanecer allí.
El tío _Zarandilla_ iba de un grupo a otro para satisfacer su curiosidad. Se había escapado de Matanzuela, riñendo con la vieja que quería impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le recordaba que a sus años no estaba para aventuras. Quería ver de cerca lo que era una _rigolución_ de pobres; presenciar el bendito momento (si es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con ella por riñones, partiéndola en pequeñas parcelas, poblando las inmensas y deshabitadas propiedades, realizando su ensueño.
Intentaba reconocer a la gente con sus débiles ojos, extrañándose de la inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan.
--Yo he servío, muchachos--decía;--yo he hecho la guerra, y esto que preparáis ahora es lo mismo que una batalla. ¿Dónde tenéis la bandera? ¿Dónde está el general?...
Por más que giraba en torno de él su mirada turbia, sólo veía grupos de gentes que parecían abobadas por una espera sin término. ¡Ni general, ni bandera!
--Malo, malo--musitaba _Zarandilla_.--Me paece que me güelvo al cortijo. La vieja tenía razón; esto güele a palos.
Otro curioso iba también de grupo en grupo, oyendo las conversaciones. Era _Alcaparrón_, con el doble sombrero hundido basta las orejas, moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los gañanes acogíanlo con risas. ¿Él también allí?... Le darían un fusil cuando entrasen en la ciudad; a ver si se batía con los burgueses como un valiente.
Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil! ¿Acaso habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?...
--Pero robar sí que robarás--le decían otros.--Cuando toque el momento del reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó!
Y _Alcaparrón_ reía como un mono, frotándose las manos al hablar del saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza.
Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz.
--Si eres hombre, _Alcaparrón_, esta noche podrás vengarte. Toma esta hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.
El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para ocultar sus lágrimas.
Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían, prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a permanecer toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se presentase!... Sin él no iban a ninguna parte.
La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta se elevaron por encima de las cabezas.
--¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El _Madrileño?_ A ver: que venga: que lo busquen.
Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la _idea_ que había salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del campo, se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a unir todas las voluntades.
Encontraron, por fin, al _Madrileño_, y Juanón lo abordó para saber qué hacían allí. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin decir nada.
--Nos hemos reunido para la revolución, eso es: para la revolución social.
Juanón daba patadas de impaciencia. ¿Pero y Salvatierra? ¿Dónde estaba don Fernando?... El _Madrileño_ no le había visto, pero sabía, le habían dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente. También sabía, o más bien, le habían dicho, que la tropa estaría con ellos. La guardia de la cárcel andaba en el _ajo_. No había más que presentarse, y los mismos soldados abrirían las puertas, poniendo en libertad a todos los compañeros presos.
El gigantón quedó un momento pensativo, rascándose la frente, como si quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento embrollado.
--Está bien--exclamó después de larga pausa.--Esto es cuestión de ser hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere, o de marcharse a dormir.