Chapter 21
Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con atención. ¡Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar aquellas tristezas que habían cortado sus amores.
Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan pronto palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con una oleada de sangre.
El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que hablaban en los ranchos de la reunión del día siguiente.
Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un silencio embarazoso.
--Tengo que hablarte, Mariquita--dijo al fin el muchacho con resolución.
--Pues empieza cuando quieras, Fermín--contestó ella con acento tranquilo.--Ya adiviné al verte que por algo venías.
--No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.
Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre, dirigiéndose a una línea de chumberas que limitaba la gran viña por este lado.
María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa incertidumbre. Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre.
Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descendía el sol.
Fermín hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantándose ante ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza:
--Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qué has roto con Rafael; por qué le has despedido como si fuese un perro, causándole tal pena que el pobre parece que va a morir.
María de la Luz pareció echar a broma el asunto, pero estaba pálida y su risa tenía la crispación de una mueca triste.
--Porque no le quiero: porque me he cansao de él, ¡ea! Es un soso que me aburre. ¿No soy yo dueña de querer al hombre que me guste?...
Fermín la habló como a una niña revoltosa. Estaba mintiendo: se lo conocía en la cara. No podía ocultar que seguía amando a Rafael. Algo había en todo aquello, que era preciso que él conociera para bien de los dos novios, para juntarlos de nuevo. ¡Mentira aquel aburrimiento! ¡Mentira aquella energía de moza bravucona con que se expresaba Mariquita al justificar su rompimiento con Rafael! Ella no era mala; no podía tratar con tanta crueldad a su antiguo novio. ¡Qué! ¿así se rompen unos amores comenzados casi en la infancia? ¿Así se despide a un hombre después de haberlo tenido durante años y años, como quien dice, cosido a las faldas? Algo había en su conducta que no podía explicarse, y era preciso que ella se lo dijese. ¿No era su hermano único y el mejor de sus amigos? ¿No le contaba todas las cosas que no se atrevía a decir al padre, por el respeto que éste le inspiraba?...
Pero la muchacha se mostró insensible al tono acariciador y persuasivo de su hermano.
--No hay nada de eso--repuso enérgicamente, irguiendo su busto como si fuese a levantarse.--Todo son invenciones tuyas. No hay más, que estoy cansada de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida al lado de padre y de ti. ¿Con quién mejor que con vosotros? ¡Se acabaron los novios!
El hermano acogía estas palabras con un gesto de incredulidad. ¡Mentira otra vez! ¿Por qué se cansaba de pronto del hombre al que tanto había querido? ¿Qué causa poderosa había deshecho con tanta rapidez su amor?... ¡Ah Mariquita! Él no era tan bobo que se tragase unas excusas faltas de sentido.
Y como la muchacha, para ocultar su turbación levantase la voz, repitiendo enérgicamente que era dueña de su voluntad y podía hacer lo que fuese de su gusto, Fermín comenzó a irritarse.
--¡Ah, mocita falsa! ¡Alma dura! ¡Corazón de canto! ¿Crees tú que a un hombre se le deja cuando a una le parece, después de haberle entretenido años enteros junto a la reja, enloqueciéndolo con palabritas de miel, afirmando que se le quiere más que a la vida? Por mucho menos les han partido a algunas el corazón de una puñalada... Grita: repite que harás lo que te dé la gana: yo pienso en aquel infeliz que, mientras tú hablas como una arrastrá, el pobrecito anda por ahí hecho una lástima, llorando como un chiquillo, a pesar de que es el hombre más hombre de todo el campo de Jerez. Y eso por ti... ¡por ti, que te portas peor que una gitana! ¡por ti, veleta!...
Exaltándose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del gesto lloroso con que había implorado su auxilio, de la angustia con que aguardaba el resultado de su mediación. Pero no pudo hablar más. María de la Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento, rompió a llorar, aumentándose sus gemidos y sus lágrimas conforme avanzaba Fermín en el relato de la desesperación amorosa del novio.
--¡Ay, pobrecito!--gemía la muchacha, olvidando todo disimulo.--¡Ay, mi Rafael de mi arma!...
Se dulcificó la voz del hermano.
--Le quieres, ¿no lo ves? le quieres. Tú misma te delatas. ¿Por qué hacerle sufrir? ¿Por qué esa testarudez, que a él le desespera y a ti te hace llorar?
Y el muchacho, inclinándose sobre su hermana, la envolvía en sus ruegos o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del secreto que ocultaba Mariquita y que él a todo trance quería conocer.
Callaba la muchacha. Gemía oyendo a su hermano, como si cada una de sus palabras penetrase en su alma, crispándola con el dolor de las heridas desgarradas; pero no abría su boca: temía decir demasiado y únicamente lloraba, poblando de lamentos el silencio de la tarde.
--Habla--gritaba imperiosamente Fermín.--Di algo. Tú quieres a Rafael; le quieres tal vez más que antes. ¿Por qué te separas de él? ¿Por qué le despides? Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. ¿Por qué? ¿por qué? Habla, mujer; habla, o creo que te mato.
Y empujaba rudamente a María de la Luz, la cual, como si no pudiera sostenerse bajo el peso de la emoción, se había tendido en el ribazo, con la cara entre las manos.
Comenzaba a ocultarse el sol. Se veía el disco de color de cereza, detrás de las ramas del olivar, como al través de una celosía negra. Sus últimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado la columnata de troncos de los olivos, las marañas de plantas de la tierra, las curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La punzante película de las chumberas erizábase como una epidermis luminosa.
--Habla, Mariquita--rugía la voz de Fermín.--Di por qué haces eso. ¡Dilo por tu vida! ¡Mira que me vuelves loco! ¡Díselo a tu hermano, a tu Fermín!
La voz de la muchacha salió tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto tendido.
--No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le amo demasiado para hacerle infeliz.
Y cual si tras estas palabras confusas cobrase ánimos, Mariquita se irguió, mirando fijamente a Fermín con sus ojos llenos de lágrimas.
Podía pegarla, podía matarla; pero ella no volvería a hablar con Rafael. Había jurado que si se consideraba indigna de él, le abandonaría, aunque con esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan intenso introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar a Rafael, tan bueno, tan noble, tan amoroso.
Se hizo un largo silencio.
El sol había desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del horizonte.
Fermín callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso, cuyo roce creía ya sentir.
--Según eso--dijo con una calma solemne,--tú te consideras indigna de Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle infeliz.
--Sí--contestó ella sin bajar los ojos.
--¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.
María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus fuerzas. Si Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio, dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros, rasgó de nuevo la calma del crepúsculo.
Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por aquel misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura, con humildad, recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus vidas.
No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas si recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se duermen en un regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola muerto de sueño, sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces, en la época de miseria, cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos, compañeros de sus juegos?... Cuando ella sufrió las enfermedades de la infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama, la había velado, había dormido con ella sin miedo a la infección. Eran más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado juntos, en contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos, confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su cuerpo era suyo o asimilado del otro.
Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como si su misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a los hijos que ella tuviese... Para Fermín no guardaba secretos Mariquita. Corría a él, en los momentos de duda, antes que al padre... ¡Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba impasible que él sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida!
--¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía!
Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de antes.
--Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos hombres que más quiero!...
Pero ya que el hermano lo exigía, a él se confiaba, y fuese lo que Dios quisiera... Se había erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover apenas los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si estuviera soñando y relatase la historia de otra persona.
Comenzaba a anochecer y a Fermín le pareció que toda la sombra del crepúsculo se le metía dentro del cráneo, nublando su pensamiento, entorpeciéndolo con dolorosa somnolencia. Un frío intenso y paralizador, un frío de sepultura, arañaba su espalda. Era la brisa ligera de la noche, pero a Fermín le pareció un viento de hielo, una tromba glacial que venía desde el Polo para él, sólo para él.
María de la Luz seguía hablando impasible, como si relatase la desgracia de otra mujer. Sus palabras evocaban rápidas imágenes en el pensamiento del hermano. Todo lo veía Fermín: la embriaguez general de la última noche de la vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un cuerpo inerte en el rincón de los lagares, y después la llegada del señorito para aprovecharse de la caída.
--¡El vino! ¡El mardito vino!--decía María de la Luz con expresión de cólera, haciendo al líquido de oro responsable de su desgracia.
--Sí, el vino--repetía Fermín.
Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la maléfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un pueblo esclavizado por ella.
Después, las palabras de su hermana le hacían ver el horroroso despertar al desvanecerse el triste engaño de la embriaguez, la indignación con que repelía a un hombre, al que no amaba, y que aún le parecía más antipático luego de su fácil victoria.
Todo había acabado para María de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza de sus palabras. Ya no podía ser del hombre amado. Debía mostrarse cruel, fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes que decirle la verdad.
Imperaba en ella esa preocupación de la hembra vulgar que confunde el amor con la virginidad física. Una mujer sólo podía ser esposa del hombre al que llevase como tributo de sumisión, la integridad de su cuerpo. Ella debía ser como su madre, como todas las buenas mujeres que conocía. La virginidad de la carne era tan importante como el amor; y cuando se perdía, aunque fuese por un azar, sin voluntad alguna, había que resignarse, doblar la cabeza, decir adiós a la dicha y seguir el camino de la vida, sola y triste, mientras el amante infeliz se alejaba por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada e intacta.
Para María de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la desesperación del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jamás volvería a hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que engañar al hombre amado. ¿Qué decía Fermín a esto? ¿No debía ella repeler a su novio, aunque esto la destrozase el alma?...
Fermín permanecía silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados, con la inmovilidad de la muerte. Parecía un cadáver en pie. De pronto, despertó la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia.
--¡Ah, perra descastada!--bramó.--¡Mala piel! ¡....!
Y el supremo insulto a la virtud femenil salió de sus labios disparado contra María de la Luz. Avanzó un paso, con la mirada extraviada y el puño en alto. La muchacha, como si la penosa revelación la hubiese sumido en la insensibilidad de los imbéciles, no cerró los ojos, no movió la cabeza para evitar el golpe.
La mano de Fermín volvió a caer sin rozarla. Fue un relámpago de ferocidad; nada más. Montenegro se reconocía sin derecho para castigar a su hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos, creyó ver el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fría de inmensa bondad. ¿Qué haría el maestro de estar allí?... Perdonar, indudablemente: envolver a la víctima en la conmiseración sin límites que le inspiraban los pecados de los débiles. Además, estaba el vino como principal culpable: el veneno de oro, el diablo de color de ámbar, esparciendo con su perfume la locura y el crimen.
Fermín permaneció silencioso largo rato.
--De todo esto--dijo al fin--ni una palabra al padre. El pobre viejo moriría.
Mariquita hizo un gesto de asentimiento.
--Si te encontraras con Rafael--continuó,--ni una palabra tampoco. Le conozco: el pobre mozo iría a presidio por tu culpa.
La advertencia era inútil. Para evitar la venganza de Rafael, había mentido ella, fingiendo sus crueles desvíos.
Fermín continuó hablando con tono sombrío, pero imperiosamente, sin admitir réplica. Ella se casaría con Luis Dupont... ¿Que le aborrecía? ¿Que había huido de él después de aquella noche horrible?... Pues esta era la única solución. Con la honra de su familia ningún señorito jugaba impunemente. Si no le quería por amor, le toleraría por deber. El mismo Luis iría a buscarla, a pedirla la mano.
--¡Le odio! ¡Le aborrezco!--decía Mariquita.--¡Que no venga! ¡No quiero verle!...
Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa. Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no haber engañado a Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su hermano? ¿Cómo podría vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin exigirle una reparación por su ultraje, pensando que el señorito se reía interiormente de su hazaña, al encararse con él?...
--A callar, Mariquita--dijo con dureza.--A callar, y ser obediente. Ya que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la honra de la familia.
Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las piernas, zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les aplastase un peso enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto gigantesco, algo que había de pesar sobre el resto de su existencia.
Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación sobre los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar Fermín sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos de Caulina.
El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama, prorrumpiendo en suspiros dolorosos.
Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del camino, como un centauro.
--Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme--exclamó el mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó lágrimas.--Suelta por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de tu embajada?...
Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando con vagas palabras su turbación.
El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo: caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que antes. Podía estar seguro de esto.
¡Qué cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetón!...
--Anda, Ferminillo: súbete en las ancas, ¡salao! ¡gracioso! que te voy a llevar a Jerez en un decir Jesú. Tienes más talento y más labia, y más aquel en la mollera, que toos los abogaos juntos de Cáiz, de Sevilla y hasta de Madrí... ¡Si sabría yo a qué aldabilla me agarraba cuando busqué a mi niño!...
La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. Éste necesitaba correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la alegría, mientras Fermín, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la alegría del inocente, escuchando las coplas que dedicaba a la _gachí_, como si la tuviera otra vez por suya, gracias al hermano. Para sostenerse en las ancas del corcel, tuvo Fermín que agarrarse a la cintura del aperador; pero lo hizo con cierto remordimiento, como avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo cuya confianza forzosamente había de engañar.
Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo. Quería estar allí, ya que tenía noticia de lo que se preparaba para la tarde en los llanos de Caulina.
--Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo queman too, y que se van a cortar más cabezas que en una batalla de moros... Yo a Matanzuela, y al primero que se presente con mala intención lo recibo a tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene allí don Luis: pa que guarde sus intereses.
Fue un nuevo tormento para Fermín ver la arrogancia con que se alejaba el mocetón, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por los que osasen el más leve atentado contra la propiedad de su señor. ¡Ay! ¡si el jayán inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo que él!...
Fermín pasó todo el día en el escritorio trabajando, con el pensamiento lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecánicamente, sin fijarse en el sentido de las palabras, uniendo números como un autómata.
Algunas veces levantaba la cabeza y permanecía inmóvil, mirando fijamente a don Pablo Dupont al través de la puerta abierta de su despacho. El principal discutía con don Ramón y otros señores, ricos cosecheros que llegaban con cierto aire despavorido y se serenaban, acabando por reír, luego de escuchar las vehementes palabras del millonario.
Montenegro no prestaba atención, a pesar de que la voz de don Pablo, aflautada por la cólera, se esparcía algunas veces por el escritorio. Debían hablar de la reunión en Caulina: la noticia había llegado desde el campo a la ciudad.
Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sintió tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: allí no. Necesitaba hablarle a solas. Conocía su carácter arrebatado. La sorpresa le haría prorrumpir en gritos, oyéndole todas las gentes del escritorio.
A la caída de la tarde, Fermín, después de vagar un buen rato por las calles, para dejar algún espacio entre la salida de la oficina y su visita al amo, se dirigió al ostentoso hotel de la viuda de Dupont.
Pasó la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los macizos de plátanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros cantaba un chorro de agua, cayendo en profundo tazón. Era una fuente con pretensiones de monumento; una montaña de estalactitas con una cueva a guisa de hornacina, y en ella la Virgen de Lourdes, de mármol blanco; una estatua mediocre, con el relamido exterior de la imaginería francesa, que el dueño del hotel apreciaba como un prodigio artístico.
Le bastó a Fermín anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del señor. Un criado descorrió las cortinas de las ventanas para que entrase toda la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared, inclinábase ante la bocina de un aparato telefónico, manteniendo el receptor en el oído. Con un gesto indicó a su empleado que se sentase, y Fermín, hundido en un sillón, dejó vagar su mirada por esta pieza, en la que no había entrado nunca.
Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y los escudos pontificales, contenía el diploma más glorioso de la casa, el Breve concediendo la bendición papal en la hora de la muerte a todos los Dupont, hasta la cuarta generación. Luego, en otros cuadros no menos deslumbrantes, mostrábanse todas las distinciones concedidas a don Pablo, tan honoríficas como santas; pergaminos con grandes sellos e inscripciones rojas, azules o negras; títulos de comendador de la orden de San Gregorio, de la de _Pro ecclesiæ et Pontifice_, y de la Piana; diplomas de caballero Hospitalario de San Juan y del Santo Sepulcro. Las cartas que acreditaban las cruces de Carlos III y de Isabel la Católica, concedidas por las regias personas después de sus visitas a la bodega de los Dupont, ocupaban las paredes más oscuras, encuadradas en marcos menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe mostrar ante la representación de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a todos los títulos honoríficos inventados por la Iglesia, que habían llovido sobre don Pablo, sin que faltase uno.
Dupont únicamente rechazaba de Roma el título de nobleza. Sus amigos de allá ponían a disposición de él toda la heráldica: conde, marqués, duque, lo que quisiera. Hasta príncipe lo haría el Santo Padre por la gracia de Dios; y en cuanto al título, si no le gustaba su apellido no tenía más que echar mano a cualquiera de los innumerables santos del calendario.
Pero el hijo de doña Elvira rehusaba obstinadamente esta distinción. ¡La Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histórica también era obra de Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonreía irónicamente al hablar de la nobleza papal, despreciando a los industriales y los ricos improvisados que se pavoneaban con sus títulos de Roma. Se proponía solicitar para él, más adelante, aquel marquesado rancio y glorioso de San Dionisio que estaba sin sucesión desde la muerte de su famoso tío Torreroel.