La batalla de los Arapiles

Part 9

Chapter 94,026 wordsPublic domain

--Este es el convento de la Merced Calzada --me dijo Jean-Jean--. No se ha podido acabar de demoler porque había mucha faena por otro lado. En lo que queda nos acuartelamos doscientos hombres. ¡Buen alojamiento! Benditos sean los frailes. _¡Charles le temeraire!_ --gritó después llamando a uno de los soldados que estaban en el corro.

--¿Qué hay? --dijo adelantándose un soldado pequeño y gordinflón--. ¿A quién traes contigo?

--¿Dónde está mi primo?

--Por ahí anda. _¡Pied-de-mouton!_

Presentose al poco rato un sargento bastante parecido a mi acompañante maldito, y este le dijo:

--_Pied-de-mouton_, dame la llave de la torre.

XVIII

Un instante después, Jean-Jean entraba conmigo en un aposento que no era ni oscuro ni húmedo, como suelen ser los destinados a encerrar prisioneros.

--Permitidme, _señor pequeño Marqués_ --me dijo con burlona cortesía--, que os encierre aquí mientras voy a la calle del Cáliz. Si me dais antes de partir los doblones prometidos, os dejaré libre.

--No --repuse con desprecio--. Para tener la recompensa sin el servicio, necesitas matarme, vil. Inténtalo y me defenderé como pueda.

--Pues quedaos aquí. No tardaré en volver.

Marchose, cerrando por fuera la puerta, que era gruesísima. Al verme solo, toqué los muros, cuyo espesor de dos varas anunciaba una solidez de construcción a prueba de terremotos... ¡Triste situación la mía! Cerca del mediodía, y antes de que pudiera adquirir todos los datos que mi general deseaba, encontrábame prisionero, imposibilitado de recorrer solo y a mis anchas la población. Hablando en plata, Dios no me había favorecido gran cosa, y a tales horas, poco sabía yo y nada había hecho.

Senteme fatigado; alcé la cabeza para explorar lo que había encima, y vi una escalera que, arrancando del suelo, seguía doblándose en los ángulos y arrollándose hasta perderse en alturas que no distinguía claramente mi vista. Los negros tramos de madera subían por el prisma interior, articulándose en las esquinas como una culebra con coyunturas, y las últimas vueltas perdíanse arriba en la alta región de las campanas. Una luz vivísima, entrando por las rasgadas ventanas sin vidrios, iluminaba aquel largo tubo vertical en cuya parte inferior me encontraba. Atracción poderosa llamábame hacia arriba, y subí corriendo. Más que subir, aquella veloz carrera mía fue como si me arrojara en un pozo vuelto del revés.

Saltando los escalones de dos en dos, llegué a un piso donde varios aparatos destruidos me indicaron que allí había existido un reloj. Por fuera, una flecha negra que estuvo dando vueltas durante tres siglos, señalaba con irónica inmovilidad una hora que no había de correr más. Por todas partes pendían cuerdas; pero no había campanas. Era aquello el cadáver de una cristiana torre, mudo e inerte como todos los cadáveres. El reloj había cesado de latir marcando la oscilación de la vida, y las lenguas de bronce habían sido arrancadas de aquellas gargantas de tierra que por tanto tiempo clamaran en los espacios, saludando el alba naciente, ensalzando al Señor en sus grandes días, y pidiendo una oración para los muertos. Seguí subiendo, y en lo más alto, dos ventanas, dos enormes ojos miraban atónitos el vasto cielo y la ciudad y el país, como miran los espantados ojos de los muertos, sin brillo y sin luz. Al asomarme a aquellas cavidades, lancé un grito de júbilo.

Debajo de mi vista se desarrollaba un mapa de gran parte de la ciudad y sus contornos, su río y su campiña.

Un viento suave mugía en la bóveda de la torre solitaria, articulando en aquel cráneo vacío sílabas misteriosas. Figurábaseme que la mole se tambaleaba como una palmera, amenazando caer antes que las piquetas de los franceses la destruyeran piedra a piedra. A veces me parecía que se elevaba más, más todavía, y que la ciudad ilustre, la insigne _Roma la chica_, se desvanecía allá abajo, perdiéndose entre las brumas de la tierra. Vi otras torres, los tejados, las calles, la majestuosa masa de las dos catedrales, multitud de iglesias de diferentes formas, que habían tenido el privilegio de sobrevivir; innumerables ruinas, donde centenares de hombres, parecidos a hormigas que arrastran granos de trigo, corrían y se mezclaban; vi el Tormes, que se perdía en anchas curvas hacia poniente, dejando a su derecha la ciudad y faldeando los verdes campos del Zurguen por la otra orilla; vi las plataformas, las escarpas y contraescarpas, los revellines, las cortinas, las troneras, los cañones, los muros aspillerados, los parapetos hechos con columnatas de los templos, los espaldones amasados con el polvo y la tierra que fueron huesos y carne de venerables monjas y frailes; vi los cañones enfilados hacia afuera, los morteros, el foso, las zanjas, los sacos de tierra, los montones de balas, los parques al aire libre... ¡Oh, Dios poderoso, me diste más de lo que yo pedía! Vagaba por la ciudad imposibilitado de cumplir con mi deber, amenazado de muerte, expuesto a mil peligros, vendido, perdido, condenado, sin poder ver, sin poder mirar, sin poder escuchar, sin poder adquirir idea exacta ni aun confusa de lo que me rodeaba, hasta que un brazo de piedra, recogiéndome de entre las ruinas del suelo, alzome en los aires para que todo lo viese.

--¡Bendito sea el Señor omnipotente y misericordioso! --exclamé--. Después de esto, no necesito más que ojos, y afortunadamente los tengo.

La torre de la Merced tenía suficiente elevación para observar todo desde ella. Casi a sus pies estaba el Colegio del Rey; seguía San Cayetano; después, en dirección al ocaso, el Colegio mayor de Cuenca, y, por último, los Benitos; en la elevación de enfrente vi una masa de edificios arruinados, cuyos nombres no conocía, pero cuyas murallas se podían determinar perfectamente, con las piezas de artillería que las guarnecían. Volviéndome al lado opuesto, vi lo que llamaban Teso de San Nicolás, los Mostenses, el Monte Olivete, y entre estas posiciones y aquellas, el foso y los caminos cubiertos que bajaban al puente.

Desde la puerta de San Vicente, donde estaba el revellín con los cuatro cañones giratorios de que habló Molichard, partía un foso que se enlazaba con los Milagros. En la parte anterior y superior del foso había una línea de aspilleras sostenida por fuerte estacada. Todo el edificio de San Vicente estaba aspillerado, y sus fuegos podían dirigirse al interior de la ciudad y al campo. San Cayetano era imponente. Demolido casi por completo, habían formado espacioso terraplén con baterías de todos calibres, y sus fuegos podían barrer la plazuela del Rey, el puente y la explanada del Hospicio.

Aunque el recelo de que mi carcelero volviese pronto me obligó a trazar con mucha precipitación el dibujo que deseaba, este no salió mal, y en él representé imperfectamente, pero con mucha claridad, lo mucho y bueno que veía. Hícelo ocultándome tras el antepecho de la torre, y aunque la proyección geométrica dejaba algo que desear como obra de ciencia, no olvidé detalle alguno, indicando el número de cañones con precisión escrupulosa. Terminado mi trabajo, guardelo muy cuidadosamente, y bajé hasta la entrada de la torre. Echándome sobre el primer escalón, aguardé al Sr. Jean-Jean con intento de fingir que dormía cuando él llegase.

Tardó bastante tiempo, poniéndome en cuidado y zozobra; mas al fin apareció, y le recibí haciendo como que me despertaba de largo y sabroso sueño. La expresión de su rostro pareciome de feliz augurio. Dios había empezado a protegerme, y hubiera sido crueldad divina torcer mi camino en aquella hora cuando tan fácil y transitable se presentaba delante de mí, llevándome derechamente a la buena fortuna.

--Podéis seguirme --dijo Jean-Jean--. He visto a vuestra adorada.

--¿Y qué? --pregunté con la mayor ansiedad.

--Me parece que os ama, señor Marqués --dijo en tono de lisonja y sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero--. Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que lo escribisteis... El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía. Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña delante de mí para darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña está encerrada, y el amo, cuando duerme, guarda la llave debajo de la almohada... Insistí, prometiendo dos doblones... Entró la muchacha, hizo señas, apareció por un ventanillo una hermosísima figura que alargó la mano... Subime a un tonel... no era bastante, y puse sobre el tonel una silla... ¡Oh, señor Marqués! Después de leer el papel, me dijo que fueseis al momento, y luego, como le indicase que necesitábais ver dos letras suyas para creerme, trazó con un pedazo de carbón esto que aquí veis... Si he ganado bien mis seis doblones --añadió lisonjeándome con una de esas cortesías que solo saben hacer los franceses--, vuecencia lo dirá.

El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para conmigo. Tomé el papel y decía «_Ven al instante_», trazado en caracteres que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles deben de escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los elegidos, no me hubieran alegrado más.

Sin hacerme repetir la súplica indirecta, pagué a Jean-Jean.

Salimos a toda prisa de la torre, atalaya de mi espionaje, y luego del claustro y convento arruinado; enderezando nuestros pasos por calles y callejuelas, pasamos por delante de la Catedral, y luego nos internamos de nuevo por varias angostas vías, hasta que al fin parose Jean-Jean y dijo:

--Aquí es. Entremos despacito, aunque sin miedo, porque nadie nos estorba llegar hasta el patio. Ramoncilla nos dejará pasar. Después Dios dirá.

Atravesamos el portal oscuro, y empujando una puerta divisamos un patio estrecho y húmedo, donde se nos apareció Ramoncilla, la cual gravemente hizo señas de que no metiésemos ruido, y luego inclinó su cabeza sobre la palma de la mano, para indicar sin duda que el señor seguía durmiendo. Avanzamos paso a paso, y Jean-Jean, sin abandonar su sonrisa de lisonja, señalome una estrecha ventana que se abría en uno de los muros del patio. Miré, pero nadie asomó por ella. Mi emoción era tan grande que me faltaba el aliento, y dirigía con extravío los ojos a todos lados como quien ve fantasmas.

Sentí un ruido extraño, rumor como el de las alas de un insecto cuando surca el aire junto a nuestra cabeza, o el roce de una sutil tela con otra. Alcé la vista y la vi: vi a Inés en la ventana, sosteniendo la cortina con la mano izquierda, fijo en la boca el índice de la derecha para imponerme silencio. Su semblante expresaba un temor semejante al que nos sobrecoge cuando nos vemos al borde de un hondo precipicio sin poder detener ya la gravitación que nos empuja hacia él. Estaba pálida como la muerte, y el mirar de sus espantados ojos me volvía loco.

Vi una escalera a mi derecha, y me precipité por ella; pero la criada y el francés dijéronme, más con signos que con palabras, que subiendo por allí no podía entrar. Moví los brazos ordenando a Inés que bajase; pero hizo ella signos negativos que me desesperaron más.

--¿Por dónde subo? --pregunté.

La infeliz llevose ambas manos a la cabeza, lloró, y repitió su negativa. Luego parecía quererme decir que esperase.

--Subiré --dije al francés, buscando algún objeto que disminuyese la distancia.

Pero Jean-Jean, oficioso y solícito, como quien ha recibido seis doblones, había ya rodado el tonel que en un ángulo del patio estaba y puéstolo bajo la ventana. Aquel auxilio era pequeño, pues aún faltaba gran trecho sin apoyo ni asidero alguno. Yo devoraba con los ojos la pared, o más que pared, inaccesible montaña, cuando Jean-Jean, rápido, diligente y risueño, subió al tonel señalándome sus robustos hombros. Comprender su idea y utilizarla fue obra del mismo momento, y trepando por aquella escalera de carne francesa, así con mis trémulas manos el antepecho de la ventana. Estaba arriba.

XIX

Encontreme frente a Inés, que me miraba, confundiendo en sus ojos la expresión de dos sentimientos muy distintos: la alegría y el terror. No se atrevía a hablarme; puso violentamente su mano en mi boca cuando quise articular la primera palabra; inundó de lágrimas ardientes mi pecho, y luego, indicándome con movimientos de inquietud que yo no podía estar allí, me dijo:

--¿Y mi madre?

--Buena... ¿qué digo buena?... medio muerta por tu ausencia... ven al instante... Estás en mi poder... ¿Lloras de alegría?

La estreché con vehemente cariño en mis brazos, y repetí:

--¡Sígueme al momento... pobrecita!... Te ahogas aquí... ¡tanto tiempo buscándote!... ¡Huyamos, vida y corazón mío!

La noticia de mi próxima muerte no me hubiera producido tanto dolor como las palabras de Inés cuando, temblando en mis brazos, me dijo:

--Márchate tú. Yo no.

Separeme de ella, y la miré como se mira un misterio que espanta.

--¿Y mi madre? --repitió ella.

Su voz débil y quejumbrosa apenas se oía. Resonaba tan solo en mi alma.

--Tu madre te aguarda. ¿Ves esta carta? Es suya.

Arrebatándome la carta de las manos, la cubrió de besos y lágrimas, y se la guardó en el seno. Luego, con rapidez suma, se apartó de mí, señalándome con insistencia el patio.

El espíritu que va consentido al cielo y encuentra en la puerta a San Pedro, que le dice: «Buen amigo, no es este vuestro destino: tomad por aquella senda de la izquierda»; ese espíritu que equivoca el camino, porque ha equivocado su suerte, no se quedará tan absorto como me quedé yo.

En mi alma se confundían y luchaban también sentimientos diversos: primero una inmensa alegría, después la zozobra; mas sobre todos dominaron la rabia y el despecho, cuando vi que aquella criatura tan amada, a quien yo quería devolver la libertad, me despedía sin que se pudiera traslucir el motivo. ¡Era para volverse loco! ¡Encontrarla después de tantos afanes, entrever la posibilidad de sacarla de allí para devolverla a su angustiada madre, a la sociedad, a la vida; recobrar el perdido tesoro del corazón, tomarlo en la mano y sentir rechazada esta mano!...

--¡Ahora mismo vas a salir de aquí conmigo! --dije sin bajar la voz y estrechando tan inertemente su brazo que, a causa del dolor, no pudo reprimir un ligero grito.

Arrojose a mis plantas, y tres veces, tres veces, señores, con acento que heló la sangre en mis venas, repitió:

--No puedo.

--¿No me mandaste que viniera? --dije, recordando el papel escrito con carbón.

Tomó de una mesa un largo pliego escrito recientemente, y dándomelo, me dijo:

--Toma esa carta, vete y haz lo que te digo en ella. Te veré otro día por esta ventana.

--No quiero --grité, haciendo pedazos el papel--. No me voy sin ti.

Me asomé por la ventana y vi que Jean-Jean y Ramoncilla habían desaparecido. Inés se arrodilló de nuevo ante mí.

--¡La llave, trae pronto la llave! --dije bruscamente--. Levántate del suelo... ¿oyes?

--No puedo salir --murmuró--. Vete al momento.

Sus grandes ojos, abiertos con espanto, me expulsaban de la casa.

--¡Estás loca! --exclamé--. Dime «Muere», pero no digas «Vete...» Ese hombre te impide salir conmigo; tiene tanto poder sobre ti, que te hace olvidar a tu madre y a mí, que soy tu hermano, tu esposo; ¡a mí, que he recorrido media España buscándote, y cien veces he pedido a Dios que tomara mi vida en cambio de tu libertad!... ¿Te niegas a seguirme?... Dime dónde está ese verdugo, porque quiero matarle: no he venido más que a eso.

Su turbación hizo expirar las palabras en mi garganta. Estrechó amorosamente mi mano y con voz angustiosa que apenas se oía, me dijo:

--Si me quieres todavía, márchate.

Mi furor iba a estallar de nuevo con mayor violencia, cuando un acento lejano, un eco que llegaba hasta nosotros debilitado por la distancia, clamó repetidas veces:

--Inés, Inés.

Una campanilla sonó al mismo tiempo con discorde vibración.

Levantose ella despavorida; trató de componer su rostro y cabello secando las lágrimas de sus ojos; vino hacia mí poniendo en la mirada toda su alma para decirme que callase, que estuviese quieto, que la obedeciese retirándome, y partió velozmente por un largo pasadizo que se abría en el fondo de la habitación.

Sin vacilar un instante, la seguí. En la oscuridad, servíanme de guía su forma blanca que se deslizaba entre las dos negras paredes, y el ruido de su vestido al rozar contra una y otra en la precipitada marcha. Entró en una habitación espaciosa y bien iluminada, en donde entré también. Era su dormitorio, y al primer golpe de vista advertí la agradable decencia y pulcritud de aquella estancia, amueblada con arte y esmero. El lecho, las sillas, la cómoda, las láminas, la fina estera de colores, los jarros de flores, el tocador, todo era bonito y escogido.

Cuando puse mis pies en la alcoba, ella, que iba mucho más a prisa que yo, había pasado a otra pieza contigua por una puerta vidriera, cuya luz cubrían cortinas blancas de indiana con ramos azules. Allí me detuve y la vi avanzar hacia el fondo de una vasta estancia medio oscura, en cuyo recinto resonaba la voz de Santorcaz. El rencor me hizo reconocerle en la penumbra de la ancha cuadra, y distinguí la persona del miserable, doloridamente recostada en un sillón, con las piernas extendidas sobre un taburete y rodeado de almohadas y cojines.

También pude ver que la forma blanca de Inés se acercaba al sillón: durante corto rato ambos bultos estuvieron confundidos y enlazados, y sentí el estallido de amorosos besos que imprimían los labios del hombre sobre las mejillas de la mujer.

--Abre, abre esas maderas, que está muy oscuro el cuarto --dijo Santorcaz-- y no puedo verte bien.

Inés lo hizo así, y la copiosa y rica luz del mediodía iluminó la estancia. Mis ojos la escudriñaron en un segundo, observando todo, personajes y escena. A Santorcaz, con la barba crecida y casi enteramente blanca, el rostro amarillo, hundidos los ojos de fuego, surcada de arrugas la hermosa y vasta frente, huesosas las manos, fatigado el aliento, no le hubiera conocido otro que yo, porque tenía grabadas en la mente sus facciones con la claridad del rostro aborrecido. Estaba viejo, muy viejo. La pieza contenía armas puestas en bellas panoplias, algunos muebles antiguos de gastado entalle, muchos libros, diversos armarios, arcones, un lecho cuyo dosel sostenían torneadas columnas, y un ancho velador lleno de papeles en confusión revueltos.

Inés se juntó al hombre a quien por su vejez prematura puedo llamar anciano.

--¿Por qué has tardado en venir? --dijo Santorcaz con acento dulce y cariñoso, que me causó gran sorpresa.

--Estaba leyendo aquel libro... aquel libro... ya sabes --dijo la muchacha con turbación.

El anciano, tomando la mano de Inés, la llevó a sus labios con inefable amor.

--Cuando mis dolores --prosiguió-- me permiten algún reposo y duermo, hija mía, en el sueño me atormenta una pena angustiosa: me parece que te vas y me dejas solo, que te vas huyendo de mí. Quiero llamarte y no puedo proferir voz alguna; quiero levantarme para seguirte, y mi cuerpo, convertido en estatua de hierro, no me obedece...

Callando un momento para reposar su habla fatigosa, prosiguió luego así:

--Hace un instante dormía con sueño indeciso. Me parecía que estaba despierto. Sentí voces en la habitación que da al patio; te vi dispuesta a huir; quise gritar; un peso horroroso, una montaña, oprimía mi pecho... todavía moja mi frente el sudor frío de aquella angustia... Al despertar, eché de ver que todo era una nueva repetición del mismo sueño que me atormenta todas las noches... Di, ¿me abandonarás? ¿abandonarás a este pobre enfermo, a este hombre ayer joven, hoy anciano y casi moribundo, que te ha hecho algún daño, lo confieso, pero que te ama, te adora como no suelen amar los hombres a sus semejantes, sino como se adora a Dios o a los ángeles? ¿Me abandonarás, me dejarás solo?...

--No --dijo Inés.

Aquel monosílabo apenas llegó hasta mí.

--¿Y me perdonas el mal que te he hecho, la libertad que te he quitado? ¿Olvidas las grandezas vanas y falaces que has perdido por mí?...

--Sí --contestó la muchacha.

--Pero no me amarás nunca como yo te amo. La prevención, el horror que te inspiré en los primeros días, no podrá borrarse de tu corazón, y esto me desespera. Todos mis esfuerzos para complacerte, mi empeño en hacerte agradable esta vida, el bienestar tranquilo que te he proporcionado, todo es inútil... La odiosa imagen del ladrón no te dejará ver en mí la venerable faz del padre. ¿No estás aún convencida de que soy un hombre bueno, honrado, leal, cariñoso, y no un monstruo abominable, como creen algunos necios?

Inés no contestó. La observé dirigiendo inquietas miradas a los vidrios tras los cuales yo me ocultaba.

--Si por algo temo la muerte es por ti --continuó el anciano--. ¡Oh! si pudiera llevarte conmigo sin quitarte la vida... Pero ¿quién asegura que moriré...? No, mi enfermedad no es mortal... Viviré muchos años a tu lado, mirándote y bendiciéndote, porque has llenado el vacío de mi existencia. ¡Bendito sea el _Ser Supremo_! Viviré, viviremos, hija mía: yo te prometo que serás feliz... ¿Pero no lo eres ahora? ¿Qué te falta...? ¿No me respondes...? Estás aterrada, te causo miedo...

El anciano calló un momento, y durante breve rato no se oyó en la habitación más que el batir de las tenues alas de una mosca que se sacudía contra los cristales, engañada por la transparencia de estos.

--¡Dios mío! --exclamó él con amargura--. ¿Seré yo tan criminal como dicen? ¿Lo crees tú así? Dímelo con franqueza... ¿Me juzgas un malvado? Hay en mi vida hechos extraños, hija mía, ya lo sabes; pero todo se explica y se justifica en este mundo... ¿Qué razón hay para que te posea tu madre, que durante tanto tiempo te tuvo abandonada pudiendo recogerte, y no te posea yo, que te amo, por lo menos, tanto como ella? No, que te amo más, muchísimo más, porque en la condesa pudo siempre el orgullo más que la maternidad, y jamás te llamó hija. A su lado te tenía como un juguete precioso o fútil pasatiempo. Hija mía, la holgazanería, la corrupción y la vanidad de esos grandes, tan despreciables por su carácter, no tienen límites. Aborrece a esa gente; convéncete de la superioridad que tienes sobre ellos por la nobleza de tu alma; no les hagas el honor de ocupar tu entendimiento con una idea relativa a su vil orgullo. Haz tus alegrías con sus tormentos, y espera con deleite el día en que todos ellos caigan en el lodo. Apacienta tu fantasía con el espectáculo de reparación y justicia de esa gran caída que les espera, y acostúmbrate a no tener lástima de los explotadores del linaje humano, que han hecho todo lo posible para que el pueblo baile sobre sus cuerpos, después de muertos... ¿Pero estás llorando, Inés...? Siempre dices que no entiendes esto. No puedo borrar de tu alma el recuerdo de otros días...

Inés no contestó nada.

--Ya... --dijo Santorcaz con amarga ironía, después de breve pausa--. La señorita no puede vivir sin carroza, sin palacio, sin lacayos, sin fiestas y sin pavonearse como las cortesanas corrompidas en los palacios de los reyes... Un hombre del _estado llano_ no puede dar esto a una señorita, y la señorita desprecia a su padre.

La voz de Santorcaz tomó un acento duro y reprensivo.

--Quizás esperes volver allá... --añadió--. Quizás trames algún plan contra mí... ¡Ah, ingrata: si me abandonas, si tu corazón se deja sobornar por otros amores, si menosprecias el cariño inmenso, infinito, de este desgraciado...! Inés, dame la mano: ¿por qué lloras...? Vamos, vamos, basta de gazmoñerías... Las mujeres son mimosas y antojadizas... Vamos, hijita, ya sabes que no quiero lágrimas. Inés, quiero un rostro alegre, una conformidad tranquila, un ademán satisfecho...

El anciano besó a su hija en la frente, y después dijo:

--Acerca una mesa, que quiero escribir.

No pudiendo contenerme más, empujé las vidrieras para penetrar en la habitación.

XX

--¡Un hombre, un ladrón! --exclamó Santorcaz.

--El ladrón eres tú --afirmé adelantando con resolución.

--¡Oh! Te conozco, te conozco... --gritó el anciano levantándose no sin trabajo de su asiento, y arrojando a un lado almohadas y cojines.