La batalla de los Arapiles

Part 10

Chapter 103,992 wordsPublic domain

Inés al verme lanzó un grito agudísimo, y abrazó a su padre diciendo:

--No le hagas daño; se marchará.

--Necio --gritó él--. ¿Qué buscas aquí? ¿Cómo has entrado?

--¿Qué busco? ¿Me lo preguntas, malvado? --exclamé poniendo todo mi rencor en mis palabras--. Vengo a quitarte lo que no es tuyo. No temas por tu miserable vida, porque no me ensañaré en ese infeliz cuerpo, a quien Dios ha dado el merecido infierno con anticipación; pero no me provoques ni detengas un momento más lo que no te pertenece, reptil, porque te aplasto.

Al mirarme, los ojos de Santorcaz envenenaban y quemaban. ¡Tanta ponzoña y tanto fuego había en ellos!

--Te esperaba... --gritó--. Sirves a mis enemigos. Hijo del pueblo que comes las sobras de la mesa de los grandes, sabe que te desprecio. Enfermo e inválido estoy; mas no te temo. Tu vil condición y el embrutecimiento que da la servidumbre, te impulsarán a descargar sobre mí la infame mano con que cargas la litera de los nobles. Desprecio tus palabras. Tu lengua que adula a los poderosos e insulta a los débiles, solo sirve para barrer el polvo de los palacios. Insúltame o mátame; pero mi adorada hija, mi hija, que lleva en sus venas la sangre de un mártir del despotismo, no te seguirá fuera de aquí.

--Vamos --grité a Inés ordenándole imperiosamente que me siguiera, y despreciando aquel gárrulo estilo revolucionario que tan en boga estaba entonces entre afrancesados y masones--. Vamos fuera de aquí.

Inés no se movía. Parecía la estatua de la indecisión. Santorcaz, gozoso de su triunfo, exclamó:

--¡Lacayo, lacayo! Di a tus indignos señores que no sirves para el caso.

Al oír esto, una nube de sangre cubrió mis ojos; sentí llamas ardientes dentro de mi pecho, y abalanceme hacia aquel hombre. El rayo, al caer, debe sentir lo que yo sentí. Alargó su brazo para coger una pistola que en la cercana mesa había, y al dirigirla contra mi pecho, Inés se interpuso tan violentamente, que si dispara, hubiérala muerto sin remedio.

--¡No le mates, padre! --gritó.

Aquel grito; el aspecto del anciano enfermo, que arrojó el arma lejos de sí, renunciando a defenderse, me sobrecogieron de tal modo, que quedé mudo, helado y sin movimiento.

--Dile que nos deje en paz --murmuró el enfermo abrazando a su hija--. Sé que conoces hace tiempo a ese desgraciado.

La muchacha ocultó en el pecho del padre su rostro lleno de lágrimas.

--Joven sin corazón --me dijo Santorcaz con voz trémula--, márchate: no me inspiras ni odio ni afecto. Si mi hija quiere abandonarme y seguirte, llévatela.

Clavó en su hija los ojos ardientes, apretando con su mano huesosa, no menos dura y fuerte que una garra, el brazo de la infeliz joven.

--¿Quieres huir de mi lado y marcharte con ese mancebo? --añadió soltándola y empujándola suavemente lejos de sí.

Di algunos pasos hacia adelante para tomar la mano de Inés.

--Vamos --le dije--. Tu madre te espera. Estás libre, querida mía, y se acabaron para ti el encierro y los martirios de esta casa, que es un sepulcro habitado por un loco.

--No, no puedo salir --me dijo Inés corriendo al lado del anciano, que le echó los brazos al cuello y la besó con ternura.

--Bien, señora --dije con un despecho tal, que me sentí impulsado a no sé qué execrables violencias--. Saldré. Nunca más me verá usted; nunca más verá usted a su madre.

--Bien sabía yo que no eras capaz de la infamia de abandonarme --exclamó el anciano llorando de júbilo.

Inés me lanzó una mirada encendida y profunda, en la cual sus negras pupilas, al través de las lágrimas, dijéronme no sé qué misterios; manifestáronme no sé qué enigmáticos pensamientos que en la turbación de aquel instante no pude entender. Ella quiso sin duda decirme mucho; pero yo no comprendí nada. El despecho me ahogaba.

--Gabriel --dijo el anciano recobrando la serenidad--, aquí no haces falta. Ya has oído que te marches. Supongo que habrás traído escala de cuerda; mas para que bajes seguro, toma la llave que hay sobre esa mesa, abre la puerta que hay en el pasillo, y por la escalera que veas baja al patio. Te ruego que dejes la llave en la puerta.

Viendo mi indecisión y perplejidad, añadió con punzante y cruel ironía:

--Si puedo serte útil en Salamanca, dímelo con franqueza. ¿Necesitas algo? Parece que no has comido hoy, pobrecito. Tu rostro indica vigilias, privaciones, trabajos, hambre... En la casa del hombre del _estado llano_ no falta un pedazo de pan para los pobres que vienen a la puerta. ¿Sucede lo mismo en casa de los nobles?

Inés me miró con tanta compasión, que yo la sentí por ella, pues no se me ocultaba que padecía horriblemente.

--Gracias --respondí con sequedad--, no necesito nada. El pedazo de pan que he venido a buscar no ha caído en mi mano; pero volveré por él... Adiós.

Y tomando la llave, salí bruscamente de la estancia, de la escalera, del patio, de la horrible casa; pero padre, hija, estancia, patio y casa, todo lo llevaba dentro de mí.

XXI

Cuando me encontré en la calle traté de reflexionar, para que la razón, enfriando mi sofocante ira, iluminara un poco mi entendimiento sobre aquel inesperado suceso; pero en mí no había más que pasión, una cólera salvaje que me hacía estúpido. Fuera ya de la escena, lejos ya de los personajes, traté de recordar palabra por palabra todo lo dicho allí; traté de recordar también la expresión de las fisonomías, para escudriñar antecedentes, indagar causas y secretos. Estos no pueden salir desde el fondo de las almas a la superficie de los apasionados discursos en un diálogo vivo entre personas que con ardor se aman o se odian.

A veces sentía no haber estrangulado a aquel hombre envejecido por las pasiones; a veces sentía hacia él inexplicable compasión. La conducta de Inés, tan desfavorable para mi amor propio, infundíame a ratos una ira violenta, ira de amante despreciado, y a ratos un estupor secreto, con algo de la instintiva admiración que producen los grandes espectáculos de la Naturaleza cuando está uno cerca de ellos, cuando sabe uno que los va a ver, pero no los ha visto todavía.

Mi cerebro estaba lleno con la anterior entrevista. Pasaba el tiempo, pasaba yo maquinalmente de un sitio a otro, y aún los tenía a los dos ante la vista: a ella afligida y espantada, queriendo ser buena conmigo y con su padre; a Santorcaz furioso, irónico, díscolo e insultante conmigo, tierno y amoroso con ella. Observando bien a Inés, ahondando en aquel dolor suyo y en aquella su dulce simpatía por la miseria humana, no había realmente nada de nuevo. En él, sí: mucho.

Yo traía el pasado y lo ponía delante; registraba toda aquella parte de mi vida que tuviera relación con ambos personajes. Finalmente, hice respecto a mi propio pensar y sentir en aquella ocasión un raciocinio que iluminó un poco mi espíritu.

«Largo tiempo, y hoy mismo al encontrarme frente a él --dije--, he considerado a ese hombre como un malvado, y no he considerado que es un padre.»

Sin duda me había acostumbrado a ver aquel asunto desde un punto de vista que no era el más conveniente.

Así pensando y sintiendo, con el cerebro lleno, el corazón henchido, proyectando en redor mío mi agitado interior, lo cual me hacía ver de un modo extraño lo que me rodeaba; sin vivir más que para mí mismo, olvidado en absoluto de lo que a Salamanca me llevara, discurrí por varias calles que no conocía.

De improvisto ante mi cara apareció una cara. La vi con la indiferencia que inspira un figurón pintado, y tardé mucho tiempo en llegar al convencimiento de que yo conocía aquel rostro. En las grandes abstracciones del alma, el despertar es lento y va precedido de una serie de raciocinios en que aquella disputa con los sentidos sobre si reconoce o no lo que tiene delante. Yo razoné al fin, y dije para mí:

«Conozco estos ojuelos de ratón que delante tengo.»

Recobrando poco a poco mi facultad de percepción, hablé conmigo de este modo:

«Yo he visto en alguna parte esta nariz insolente y esta boca infernal, que se abre hasta las orejas para reír con desvergüenza y descaro.»

Dos manos pesadas cayeron sobre mis hombros.

--Déjame seguir, borracho --exclamé empujando al importuno, que no era otro que Tourlourou.

--_¡Satané farceur!_ --gritó Molichard, que acompañaba, por mi desgracia, al otro--. Venid al cuartel.

--_Drôle de pistolet_... venid --dijo Tourlourou riendo diabólicamente--. Caballero Cipérez, el coronel Desmarets os aguarda...

--_¡Ventre de biche!_... os escapasteis cuando ibais a ser encerrado.

--Y sacasteis la navaja para asesinarnos.

--_Monseigneur_ Cipérez, _vous serez coffré et niché_.

Intenté defenderme de aquellos salvajes; pero me fue imposible, pues aunque borrachos, juntos tenían más fuerza que yo. Al mismo tiempo, como la escena en la casa de Santorcaz embargaba de un modo lastimoso mis facultades intelectuales, no me ocurrió ardid ni artificio alguno que me sacase de aquel nuevo conflicto, más grave sin duda que los vencidos anteriormente.

Lleváronme, mejor dicho, arrastráronme hasta el cuartel donde por la mañana tuve el honor de conocer a Molichard, y en la puerta detúvose Tourlourou mirando al extremo de la calle.

--_Dame_... --chilló--, allí viene el coronel Desmarets.

Cuando mis verdugos anunciaron la proximidad del coronel encargado de la policía de la ciudad, encomendé mi alma a Dios, seguro de que si por casualidad me registraban y hallaban sobre mí el plano de las fortificaciones, no tardaría un cuarto de hora en bailar al extremo de una cuerda, como ellos decían. Volví angustiado los ojos a todas partes, y pregunté:

--¿No está por ahí el Sr. Jean-Jean?

Aunque el dragón no era un santo, le consideré como la única persona capaz de salvarme.

El coronel Desmarets se acercaba por detrás de mí. Al volverme... ¡oh, asombro de los asombros!... le vi dando el brazo a una dama, señores míos, a una dama que no era otra que la mismísima Miss Fly, la mismísima Athenais, la mismísima Pajarita.

Quedeme absorto, y ella al punto saludome con una sonrisa vanagloriosa que indicaba su gran placer por la sorpresa que me causaba.

Molichard y su vil compañero adelantáronse hacia el coronel, hombre grave y de más que mediana edad, y con todo el respeto que su embrutecedora embriaguez les permitiera, dijéronle que yo era espía de los ingleses.

--¡Insolentes! --exclamó con indignación y en francés Miss Fly--. ¿Os atrevéis a decir que mi criado es espía? Señor coronel, no hagáis caso de esos miserables a quienes rebosa el vino por los ojos. Este muchacho es el que ha traído mi equipaje y el que con vuestra ayuda he buscado inútilmente hasta ahora por la ciudad... Di, tonto, ¿dónde has puesto mi maleta?

--En el mesón de la Fabiana, señora --respondí con humildad.

--Acabáramos. Buen paseo he hecho dar al señor coronel, que me ha ayudado a buscarte... Dos horas recorriendo calles y plazas...

--No se ha perdido nada, señora --le dijo Desmarets con galantería--. Así habéis podido ver lo más notable de esta interesantísima ciudad.

--Sí; pero necesitaba sacar algunos objetos de mi maleta, y este idiota... Es idiota, señor coronel...

--Señora --dije señalando a mis dos crueles enemigos--, cuando iba en busca de Su Excelencia, estos borrachos me llevaron engañado a una taberna, bebieron a mi costa, y luego que me quedé sin un real, dijeron que yo era espía y querían ahorcarme.

Miss Fly miró al coronel con enfado y soberbia, y Desmarets, que sin duda deseaba complacer a la bella amazona, recogió todo aquel femenino enojo para lanzarlo militarmente sobre los dos bravos franchutes, los cuales, al verse convertidos de acusadores en acusados, aparecieron más beodos que antes, y más incapaces de sostenerse sobre sus vacilantes piernas.

--¡Al cuartel, canalla! --gritó el jefe con ira--. Yo os arreglaré dentro de un rato.

Molichard y Tourlourou, asidos del brazo, confusos y tan lastimosamente turbados en lo moral como en lo físico, entraron en el edificio dando traspiés y recriminándose el uno al otro.

--Os juro que castigaré a esos pícaros --dijo el bravo oficial--. Ahora, puesto que habéis encontrado vuestra maleta, os conduciré a vuestro alojamiento.

--Sí, lo agradeceré --dijo Miss Fly poniéndose en marcha y ordenándome que la siguiera.

--Y luego --añadió Desmarets--, daré una orden para que se os permita visitar el hospital. Tengo idea de que no ha quedado en él ningún oficial inglés. Los que había hace poco, sanaron y fueron canjeados por los franceses que estaban en Fuente Aguinaldo.

--¡Oh, Dios mío! ¡Entonces habrá muerto! --exclamó con afectada pena Miss Fly--. ¡Desgraciado joven! Era pariente de mi tío el Vizconde de Marley... ¿Pero no me acompañáis al hospital?

--Señora, me es imposible. Ya sabéis que Marmont ha dado orden para que salgamos hoy mismo de Salamanca.

--¿Evacuáis la ciudad?

--Así lo ha dispuesto el general. Estamos amenazados de un sitio riguroso. Carecemos de víveres, y como las fortificaciones que se han hecho son excelentes, dejamos aquí ochocientos hombres escogidos, que bastarán para defenderlas. Salimos hacia Toro para esperar a que nos envíen refuerzos del Norte o de Madrid.

--¿Y marcháis pronto?

--Dentro de una hora. Solo de una hora puedo disponer para serviros.

--Gracias... Siento que no podáis ayudarme o buscar a ese valiente joven, paisano mío, cuyo paradero se ignora y es causa de este mi intempestivo y molesto viaje a Salamanca. Fue herido y cayó prisionero en Arroyomolinos. Desde entonces no he sabido de él... Dijéronme que tal vez estaría en los hospitales franceses de esta ciudad.

--Os proporcionaré un salvoconducto para que visitéis el hospital, y con esto no necesitáis de mí.

--Mil gracias: creo que llegamos a mi alojamiento.

--En efecto, este es.

Estábamos en la puerta del mesón de la Lechuga, distante no más de veinte pasos de aquel donde yo había dejado mi asno. Desmarets despidiose de Miss Fly, repitiendo sus cumplidos y caballerescos ofrecimientos.

--Ya veis --me dijo Athenais cuando subíamos a su aposento-- que hicisteis mal en no permitir que os acompañase. Sin duda habéis pasado mil contrariedades y conflictos. Yo, que conozco de antiguo al bravo Desmarets, os los hubiera evitado.

--Señora de Fly, todavía no he vuelto de mi asombro, y creo que lo que tengo delante no es la verídica y real imagen de la hermosa dama inglesa, sino una sombra engañosa que viene a aumentar las confusiones de este día. ¿Cómo ha venido usted a Salamanca? ¿cómo ha podido entrar en la ciudad? ¿cómo se las ha compuesto para que ese viejo relamido, ese Desmarets...?

--Todo eso que os parece raro, es lo más natural del mundo. ¡Venir a Salamanca! Existiendo el camino, ¿os causa sorpresa? Cuando con tanta grosería y vulgares sentimientos me abandonasteis, resolví venir sola. Yo soy así. Quería ver cómo os conducíais en la difícil comisión, y esperaba poder prestaros algún servicio, aunque por vuestra ingratitud no merecíais que me ocupara de vos.

--¡Oh! Mil gracias, señora. Al dejar a usted, lo hice por evitarle los peligros de esta expedición. Dios sabe cuánta pena me causaba sacrificar el placer y el honor de ser acompañado por usted.

--Pues bien, señor aldeano: al llegar a las puertas de la ciudad, acordeme del coronel Desmarets, a quien recogí del campo de batalla después de la Albuera, curando sus heridas y salvándole la vida; pregunté por él, salió a mi encuentro, y desde entonces no tuve dificultad alguna ni para entrar aquí ni para buscar alojamiento. Le dije que me traía el afán de saber el paradero de un oficial inglés, pariente mío, perdido en Arroyomolinos, y como deseaba encontraros, fingí que uno de los criados que traía conmigo, portador de mi maleta, había desaparecido en las puertas de la ciudad. Deseando complacerme, Desmarets me llevó a distintos puntos. ¡Dos horas paseando!... Estaba desesperada... Yo miraba a un lado y otro diciendo: «¿Dónde estará ese bestia?... Se habrá quedado lelo mirando los fuertes... es tan bobo...»

--¿Y el mozuelo que acompañaba a usted?

--Entró conmigo. ¿Os burlábais del carricoche de Mistress Mitchell? Es un gran vehículo, y tirado por el caballo que me dio Simpson, parecía el carro de Apolo... Veamos ahora, señor oficial, cómo habéis empleado el tiempo, y si se ha hecho algo que justifique la confianza del señor Duque.

--Señora, llevo sobre mí un plano de las fortificaciones, muy oculto... Además poseo innumerables noticias que han de ser muy útiles al general en jefe. He tenido mil contratiempos; pero al fin, en lo relativo a mi comisión militar, todo me va saliendo bien.

--¡Y lo habéis hecho sin mí! --dijo la Mariposa con despecho.

--¡Si tuviera tiempo de referir a usted las tragedias y comedias de que he sido actor en pocas horas!... pero estoy tan fatigado que hasta el habla me va faltando. Los sustos, las alegrías, las emociones, las cóleras de este día abatirían el ánimo más esforzado y el cuerpo más vigoroso, cuanto más el ánimo y cuerpo míos, que están el uno aturdido y apesadumbrado; el otro, tan vacío de toda sólida substancia, como quien no ha comido en diez y seis horas.

--En efecto, parecéis un muerto --dijo entrando en su habitación--. Os daré algo de comer.

--Felicísima idea --respondí--; y pues tan milagrosamente nos hemos juntado aquí, lo cual prueba la conformidad de nuestro destino, conviene que nos establezcamos bajo un mismo techo. Voy a traer mi burro, en cuyas alforjas dejé algo digno de comerse. Al instante vuelvo. Pida usted en tanto a la mesonera lo que haya... pero pronto, prontito...

Corrí al mesón donde había dejado mi asno, y al entrar en la cuadra sentí la voz del mesonero muy enfrascada en disputas con otra que reconocí por la del venerable señor Jean-Jean.

--Muchacho --me dijo el mesonero al entrar--, este señor francés se quería llevar tu burro.

--¡Excelencia! --afirmó cortésmente, aunque muy turbado, Jean-Jean--, no me quería llevar la bestia... preguntaba por vos.

Acordeme de la promesa hecha al dragón y del ánima de la albarda, invención mía para salir del paso.

--Jean-Jean --dije al francés--, todavía necesito de ti. Hoy salen los franceses, ¿no es verdad?

--Sí, señor; pero yo me quedo. Quedamos veinte dragones para escoltar al Gobernador.

--Me alegro --dije disponiéndome a llevar el burro conmigo--. Ahora, amigo Jean-Jean, necesito saber si el tal jefe de los masones se dispone a salir hoy también de Salamanca. Es lo más probable.

--Lo averiguaré, señor.

--Estoy en el mesón de al lado, ¿sabes?

--La _Lechuga_, sí.

--Allí te espero. Tenemos mucho que hacer hoy, amigo Jean-Jean.

--No deseo más que servir a Su Excelencia.

--Y yo pago bien a los que me sirven.

XXII

Miss Fly, pretextando que la criada del mesón no debía enterarse de lo que hablábamos, me sirvió la frugal comida ella misma, lo cual, si no era conforme a los cánones de la etiqueta inglesa, concordaba perfectamente con las circunstancias.

--Vuestra tristeza --dijo la inglesa-- me prueba que si en la comisión militar salisteis bien, no sucede lo mismo en lo demás que habéis emprendido.

--Así es, en efecto, señora --repuse--, y juro a usted que mi pesadumbre y desaliento son tales, que nunca he sentido cosa igual en ninguna ocasión de mi vida.

--¿No está vuestra princesa en Salamanca?

--Está, señora --repliqué--; pero de tal manera, que más valdría no estuviese aquí ni en cien leguas a la redonda. Porque ¿de qué vale hallarla si la encuentro...?

--Encantada --dijo la inglesa, interrumpiéndome, con picante jovialidad-- y convertida, como Dulcinea, en rústica y fea labradora la que era señora finísima.

--Allá se va una cosa con otra --dije--, porque si mi princesa no ha perdido nada de la gallardía de su presencia ni de la sin igual belleza de su rostro, en cambio ha sufrido en su alma transformación muy grande, porque no ha querido aceptar la libertad que yo le ofrecí, y prefiriendo la compañía de su bárbaro carcelero, me ha puesto bonitamente en la puerta de la calle.

--Eso tiene una explicación muy sencilla --me dijo la dama riendo con verdadero regocijo--, y es que vuestra archiduquesa prisionera ya no os ama. ¿No habéis pensado en el inconveniente de presentaros ante ella con ese vestido? El largo trato con su raptor le habrá inspirado amor hacia este. No os riais, caballero. Hay muchos casos de damas robadas por los bandidos de Italia y Bohemia, que han concluido por enamorarse locamente de sus secuestradores. Yo misma he conocido a una señorita inglesa que fue robada en las inmediaciones de Roma, y al poco tiempo era esposa del jefe de la partida. En España, donde hay ladrones tan poéticos, tan caballerescos, que casi son los únicos caballeros del país, ha de suceder lo mismo. Lo que me contáis, señor mío, no tiene nada de absurdo, y cuadra perfectamente con las ideas que he formado de este país.

--La grande imaginación de usted --le dije-- tal vez se equivoque al querer encontrar ciertas cosas fuera de los libros; pero de cualquier modo que sea, señora, lo que me pasa es bien triste... porque...

--Porque amáis más a vuestra niña, desde que ella adora a ese pachá de tres colas, a ese Fra Diávolo, en quien me figuro ver un grandísimo ladrón; pero hermoso como los más bellos tipos de Calabria y Andalucía, más valiente que el Cid, gran jinete, espadachín sublime, algo brujo, generoso con los pobres, cruel con los ricos y malvados, rico como el gran turco, y dueño de inmensas pedrerías que siempre le parecen pocas para su amada. También me lo figuro como Carlos Moor, el más poético e interesante de los salteadores de caminos.

--¡Oh, Miss Fly! veo que usted ha leído mucho. Mi enemigo no es tal como usted le pinta: es un viejo enfermo.

--Pues entonces, Sr. Araceli --dijo Athenais con disgusto--, no tratéis de engañarme juntando a esa joven como una persona principal, porque si se ha aficionado al trato de un estafermo, habrá sido por avaricia, cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa tan decantada señora que adoráis.

--No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase. Respecto a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no tiene nada de vituperable, porque es su padre.

--¡Su padre! --exclamó con asombro--. Eso sí que no estaba escrito en mis libros. ¿Y a un padre que retiene consigo a su hija, le llamáis ladrón? Eso sí que es extraño. No hay país como España para los sucesos raros y que en todo difieren de lo que es natural y corriente en los demás países. Explicadme eso, caballero.

--Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar en el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances, en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en los libros, llenos de ficciones convencionales y que se reproducen unas a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten que la Naturaleza y la sociedad va creando a escondidas del público, y recatándolas de la imprenta, mil novedades que espantan o enamoran.

Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio en que Miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja, y a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más, volando en pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y de idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque yo, en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba en moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de un modo extraordinario.

--Referidme eso --me dijo con impaciencia.