Part 8
--¡Pero bravas cosas le estoy diciendo a usted para entretenerle! ¡Vaya un modo de recibir las visitas! Dispense usted a la vejez, amigo Zarzoso, que siempre tiene rarezas. Ya procuraré otra vez no dejarme llevar por tan tristes pensamientos; y ahora voy a ver si ese muchacho ha dejado por ahí algo que sirva para hacer a usted los honores de la casa.
Y Alvarez se levantó, y con expresión alegre, como si él no fuese el mismo que había hablado momentos antes, dirigióse al comedor y momentos después volvió a entrar, llevando sobre una bandeja una botella de coñac y dos copitas azules.
--Bebamos un poco--dijo dejando la bandeja sobre un velador--. Se ha secado usted ya, pero no le vendrá mal una copita después de la mojadura que ha sufrido para llegar aquí. En la campaña de Africa, el coñac era muchas veces el capote impermeable que nos servía para defendemos de las inclemencias del tiempo.
Los dos bebieron y, encendiendo sus cigarros, tomaron la actitud de dos amigos que se disponen a conversar familiarmente.
Alvarez, como si tuviera empeño en alegrarse y olvidar sus melancólicas ideas de momentos antes, parecía un muchacho con su rostro animado y los ojos brillantes, que miraban a Zarzoso con simpatía.
--Vamos a ver, amigo mío: con franqueza--le preguntó--. ¿Cómo vamos de conquistas en París? Usted debe ser muy afortunado con las bellezas del Barrio Latino.
Zarzoso protestó ruborizándose ante tan inesperada pregunta. No, él no; eso de las conquistas quedaba para el buena pieza de Agramunt, que se trataba con casi todas las muchachas del barrio y las hacía desfilar por su nuevo cuarto, procurando que no se enfriasen antiguas relaciones.
Zarzoso manifestaba su situación a su viejo amigo con entera franqueza.
No es que él sintiese la aspiración de ser un asceta, ni que se considerase más virtuoso que los demás; él era un hombre como todos, pero resultaba que en más de cuatro meses de residencia que llevaba en París no se le había ocurrido tener otras relaciones con aquellas mundanas callejeras que continuamente le codeaban en el boulevard y en los bailes que alguna conversación alegre en torno de los bocks de cerveza a que las habían convidado Agramunt, o él.
Alvarez hizo un guiño malicioso al escuchar estas explicaciones.
--Vamos, ya comprendo. Usted tiene sus amores en España. Ha dejado allá en Madrid alguna cara bonita, cuyo recuerdo le obsesiona y hace que le parezcan horribles todas las mujeres de por aquí. Es usted un enamorado que vive de ilusión.
--Efectivamente; hay algo de eso--contestó sonriendo Zarzoso, que veía de este modo descubierto su secreto.
--¡Oh! Yo conozco perfectamente esas cosas. Aunque ahora soy viejo, también he tenido mi época, pero sería una enorme mentira el querer hacerme pasar por calavera. He hecho lo que todos; he tenido mis trapicheos y, sobre todo, un amor serio, que como a usted me hacía mirar a las demás mujeres con indiferencia.
Zarzoso, cediendo a un movimiento instintivo y sin considerar que cometía una inconveniencia, fijó su mirada en el gran retrato que estaba sobre la chimenea.
Entonces fué Alvarez quien se inmutó, ruborizándose un poco.
--Ha adivinado usted. Ese fué mi amor serio, lo que llenó mi existencia, y por esto ese cuadro me acompaña y me da cierta alegría, aunque en realidad sólo despierta en mí recuerdos tristes. Como obra artística el cuadro es malo, pero lo aprecio porque el parecido es exacto. Lo hizo un pintor español, que vivía en el barrio, copiándolo de una fotografía que yo conservaba.
Y Alvarez, como si sintiera arrepentimiento por haber entrado a hablar de tal asunto, callóse y permaneció algunos minutos con la frente inclinada.
Zarzoso no sabía qué decir y la situación iba haciéndose violenta; pero su viejo amigo volvió a hablar, pues sentía un vehemente deseo de comunicarle sus penas como poco antes.
--Le deseo a usted, querido amigo, que no sea en cuestiones de amor tan desgraciado como yo. Amé a una mujer, fué mía, y, sin embargo, no pude hacerla mi esposa, porque parece que me persigue la fatalidad en todos los actos de mi vida. ¡Oh! He sido muy desgraciado, créalo usted, amigo Zarzoso. Mi vida ha sido semejante a la de esos personajes fantásticos de las leyendas, sobre los que pesa una maldición, y que no pueden hacer nada sin tropezar al momento con la desgracia.
Quedó silencioso y absorto, pero a los pocos instantes, como cediendo a una necesidad imperiosa de hablar, murmuró con la vista en el suelo, vagamente, como un sonámbulo:
--Y la verdad es que fuí amado de veras. Una mujer que por su nacimiento había sido colocaba por la sociedad a más altura que yo, descendió hasta mí, endulzando mi existencia con su amor espontáneo y desinteresado. ¿Pero a qué recordar tales cosas? Aquello fué un chispazo fugaz de felicidad; un momento de dicha que pasó muy pronto, dejando tras sí, como maldecida estela, un sinnúmero de desgracias... ¡Cuánto he sufrido! Usted, amigo mío, es muy joven, entra ahora en la vida y no puede comprender ciertas cosas. Pero el día en que usted sea padre apreciará en toda su horrible grandeza el pesar que experimenta un hombre al tener una hija, que es sangre de su sangre y que, sin embargo, desconoce al que dió el ser y le odia como a un monstruo. Hay para desesperarse; para adoptar esa resolución de que hablaba antes, y de la cual no me siento capaz. Vivir solo, aislado, con la muerte en perspectiva, y saber, sin embargo, que tengo en el mundo una hija que ignora mi existencia, que no sabe el derecho que sobre ella poseo, y que no acude a velar por mí en los pocos años que me quedan de vida, es el más horroroso de los tormentos.
--¡Tiene usted una hija!--exclamó Zarzoso, deseoso de desviar la conversación, para evitar a su viejo amigo que volviese a caer en aquella melancolía que le hacía pensar en el suicidio--. ¿Y no la ha visto usted nunca?
--De pequeña, cuando aún estaba en la lactancia, la vi varias veces, siempre ocultándome, como hombre que comete una acción ilegal y teme dejarse llevar por sus sentimientos más íntimos. Ella llevaba el apellido de otro, y yo no tenía derecho alguno a los ojos de la sociedad. Después la vi una, vez...; pero ¡en qué circunstancias! Más me hubiera convenido no verla, pues así me habría evitado un doloroso recuerdo, que aún hoy, después de muchos años renace en mi memoria, y me hace derramar lágrimas de desesperación... Pero no pensemos en el pasado.
Y Alvarez volvió a sumirse en el silencio.
El joven médico se sentía molesto y no sabía ya de qué hablar para que aquel hombre, desesperado de la vida, y con la memoria acribillada de dolorosos recuerdos, no volviese a recaer en su negra melancolía.
Creía importunar a don Esteban con su presencia, y por esto pensaba en retirarse, no atreviéndose a hacerlo por no encontrar ocasión oportuna para ello.
Tardó poco Alvarez en volver a reanudar su conversación. Era, en punto a su triste pasado, como esos enamorados que sufren con resignación los desdenes de la mujer amada y gozan cierto doloroso placer al recordarlos, y por esto, a pesar de la pena que le afligía, volvió a hablar de su hija.
--Crea usted, joven, que lo único que me falta para morir tranquilo es volver a ver a mi hija. Si ella me reconociese por padre, si se convenciera de que me debe el ser y que yo fuí el verdadero esposo de su infeliz madre, entonces moriría de felicidad. A mí me falta para expirar con la sonrisa en los labios un solo beso de María.
--¡Ah! ¿Se llama María?--exclamó Zarzoso apenas oyó las últimas palabras de su amigo.
--Sí; ése es su nombre. Hace ya muchos años que no la he visto, pero según los informes que me han dado varios amigos que la vieron en Madrid, es tan hermosa y agraciada como su difunta madre. Y eso que la pobre Enriqueta era bella como pocas. Mire usted bien el retrato de la mujer que amé.
Y don Esteban fué a su mesa de trabajo, cogió la lámpara y, levantándola más arriba de su cabeza, hizo que su luz diese de lleno en el retrato que estaba sobre la chimenea.
Aquel busto de beldad, sólo lo había entrevisto Zarzoso en la penumbra rojiza que antes lo bañaba, y que aunque pareciera comunicarle vitales palpitaciones, confundía su contorno y sus rasgos más característicos. Ahora, con aquella clara luz, pudo apreciarlo detenidamente pero al primer golpe de vista no pudo evitar un rudo movimiento de sorpresa.
Creía tener delante el retrato de María; pero algo había en aquella mujer sonriente y púdicamente escotada, que la diferenciaba de la sobrina de la baronesa de Carrillo.
La mujer del retrato era más distinguida, más espiritual, como dicen en la jerga de los salones; notábase en ella cierta anemia aristocrática y la ausencia de aquella robustez sanguínea que a María había dado el oculto entroncamiento con la sana raza plebeya; pero en lo demás, la semejanza era exacta; las mismas facciones, idéntico aire de familia y los mismos ojos que miraban con graciosa e intensa dulzura.
A Zarzoso le pareció ante aquel retrato ver a su novia asomada a una ventana de dorado marco y engalanada con las modas de veinte años antes.
Su movimiento de sorpresa no pasó desapercibido para Alvarez.
--¡Eh! ¿Qué es eso, amigo Zarzoso? ¿Es que acaso la conoció usted?... No puede ser; es usted demasiado joven. Su tío, el doctor, sí que la conocería, pues en cierta ocasión visitó al padre de Enriqueta.
Zarzoso no contestaba, pues la sorpresa parecía haberle paralizado. Seguía mirando con ávidos ojos el retrato y su estupefacción no le dejaba razonar sobre tan inesperada sorpresa. Lo único que se le ocurría era que aquella escena resultaba dramática; una casualidad de esas que sólo se encuentran en las novelas de interés y que algunas veces se reproducen en la vulgaridad de la vida.
Alvarez se alarmaba ante la sorpresa de su joven amigo y no sabía cómo explicársela.
--Pero vamos a ver, querido Zarzoso, ¿es que acaso la ha conocido? Vaya, no permanezca usted de ese modo; explíquese, con mil demonios.
Don Esteban había perdido la paciencia, pues deseaba que cuanto antes se explicase el joven, comprendiendo que en su extrañeza le ocultaba algo interesante.
Zarzoso salió de su estupefacción.
--Señor Alvarez, ¿dice usted que esa señora se llamaba Enriqueta?
--Sí, amigo mío.
--¿Y cuál era su apellido?
--Baselga. Era la hija del conde de Baselga, a quien su tío conoció en circunstancias bien críticas.
--¿Y la hija de esa señora lo es de usted?...
El joven hizo de un modo esta pregunta que Alvarez sintió en su cerebro como un rayo de luz que aclaraba todo el misterio.
--De modo que mi hija, que mi María es...
Y no dijo más, pues Zarzoso había hecho con su cabeza una señal afirmativa.
Entonces fué Alvarez a quien le tocó sorprenderse.
¡Oh, poder de la casualidad! El novio de su hija era aquel muchacho que tanto amaba, pues momentos antes había manifestado cómo bajo la influencia de su recuerdo se mantenía puro en el lodazal vicioso de París.
No se dieron cuenta de cómo fué aquello, pero los dos hombres se encontraron abrazados y casi próximos a llorar.
--¡Ah, hijo mío!--dijo Alvarez con voz temblorosa por la emoción--. El corazón habla muchas veces, aunque los materialistas no quieran creerlo, y por eso me fué usted tan simpático desde el primer día en que le vi. Algo encontraba en usted que me atraía y me inspiraba confianza, hasta el punto de que hace pocos instantes me impulsaba a decirle cosas que jamás he revelado ni aun al más amigo.
Los dos hombres, pasado aquel primer momento de emoción, y ya más tranquilos volvieron a ocupar sus asientos.
--¡Oh! Hablemos, hablemos--dijo con expresión de felicidad el viejo revolucionario--. Crea usted que este momento no lo cambio yo por el placer más grande que un hombre pueda experimentar. Esto alarga mi vida unos cuantos años... Diga usted, ¿cómo es mi hija? ¿Cómo comenzaron sus amores? ¿Qué vida hace ahora María? Hable usted con entera franqueza; no escasee detalles. Las cosas más insignificantes resultan de gran interés cuando se trata de un ser querido.
Y Zarzoso, animado por la viva mirada de aquel hombre envejecido, que le escuchaba con un interés que emocionaba al par que producía lástima, fué relatando toda la historia de sus amores con María, desde que la conoció en el colegio de Valencia hasta que la vió por última vez en el Retiro, pocos días antes de marchar a París.
Las travesuras de María alegrábanle tanto como le indignaban las imposiciones tiránicas de la baronesa.
¡Oh! Aquel vejestorio de devota tenía una perversidad sin límites, y bastante le había hecho sufrir a él en esta vida. Ella y sus amigotes, los padres jesuítas, eran los autores de todas las desgracias que habían afligido al pobre Alvarez, y de ellos forzosamente había de proceder cuanto de malo ocurría a la familia Baselga.
--¿No es verdad, hijo mío--decía don Esteban--, que usted nota en la familia de María un poder oculto que se parece a la mano de la fatalidad? Pues yo creo que esa maldición que sobre ella parece pesar, existe únicamente por la baronesa y sus amigos los jesuítas, que deben tener cierto oculto interés en mezclarse en los asuntos de la familia. Los millones a que asciende su fortuna son un cebo más que suficiente para atraer a todos esos monstruos de sotana negra, que no reparan en los medios para cumplir su fin. A todos nos han ido devorando. Primero, al conde de Baselga, de cuya trágica muerte estoy seguro que ellos fueron los autores; después, a la pobre Enriqueta y a mí, cuyos amores voy a relatarle, y últimamente, a ese infeliz Ricardo, el fanático hermano de mi amada, al que enviaron a morir al Japón, después de robarle la fortuna. Ahora conviene que esté usted en guardia y no se deje sorprender, pues le perseguirán ya que la respetable fortuna que aún posee María es más que suficiente para tentar su codicia de bandidos. ¿Duda usted de lo que le digo? ¿Cree usted que estas persecuciones de que hablo son simplemente manías nacidas de la imaginación de un viejo? Si su tío, el doctor, estuviese aquí, él afirmaría, seguramente, lo que yo le digo; pero para que se convenza, basta que yo le cuente la historia de mis amores con Enriqueta.
Y don Esteban comenzó a relatar al joven la dramática historia de sus amores, que parecía toda una novela y que causó honda sorpresa en Zarzoso. La figura de Enriqueta, que veía surgir de la relación, dulce e interesante, perseguida y esclavizada siempre por su hermanastra la baronesa, resultábale muy simpática, y sentía por ella un espontáneo afecto, tanto por las penas que había sufrido como por ser la madre de María.
Cerca de una hora duró la relación de Alvarez, y, a pesar de esto, a Zarzoso le pareció que sólo habían transcurrido algunos minutos, pues escuchaba con tanta atención al padre de María, que sus sentidos estaban muertos para todo cuanto le rodeaba.
Al terminar, daban las siete en un antiguo reloj de tallada caja, que ocupaba un ángulo del salón.
A Zarzoso no le cabía ya la menor duda de que don Esteban Alvarez era el padre de María. Lo que sí le causaba profunda extrañeza era que su novia ignorase que existía en el mundo el ser que le había dado la vida y siguiese creyéndose hija de aquel hombre indigno cuyo apellido llevaba.
Ahora recordaba Zarzoso, con la vaguedad del que piensa en un ensueño, que María le había hablado de un hombre que fué a buscarla al colegio, y que, en su concepto, era el perseguidor de la familia.
Esto coincidía con las revelaciones de don Esteban Alvarez, y sublevaba el ánimo de Zarzoso, que no podía transigir con una infamia tan grande como era ignorar una hija la existencia de su padre, y vivir éste devorado por el vehemente deseo de conocerla.
--¡Oh! Es una feliz casualidad que nos hayamos conocido--dijo Zarzoso--. Siento indignación ante esa trama oculta que ha hecho que una hija desconozca a su padre, y he de procurar por todos los medios hacer que María sepa su origen. Esta noche misma le escribiré todo cuanto ocurre, y ella me creerá, pues tiene en mí la inmensa confianza que proporciona el amor. Animo, don Esteban; tal vez no muera usted ya sin recibir ese beso de hija que tanto anhela.
Alvarez hizo un gesto negativo, como dando a entender que no creía en que un desgraciado como él, perseguido por la fatalidad, pudiese llegar a sentir tan inmensa dicha.
--¡Oh, sí!--dijo con entusiasmo--. Escríbala usted. Dígale que yo soy su padre, que bastaría que me oyese para convencerse de ello; pero no tarde usted en hacer tales revelaciones, pues a pesar de que he esperado tanto tiempo, me parece que me faltará ahora para experimentar tanta felicidad y que voy a morir antes de sentir tan inmensa dicha.
Después añadió, con el acento del que advierte una cosa importante:
--Sobre todo que la baronesa no se aperciba de nada de esto. Ese vejestorio podría estorbar la santa obra de reconciliación que va usted a emprender.
--No se apercibirá de nada; yo se lo aseguro. Tengo el medio de comunicarme directamente con María sin que se aperciba la baronesa. Hay una buena persona que se encarga de proteger nuestra correspondencia.
Alvarez, dominado por aquella emoción que humedecía sus ojos, hacía signos afirmativos con su cabeza, sin saber por qué.
--También le ruego--dijo--que no comunique nada de lo que hemos hablado a ese loco de Agramunt. Para él conviene que sigamos siendo dos buenos amigos y nada más. Es un atolondrado que, si llegara a saber que mi hija es la misma mujer a quien usted ama, encontraría el caso muy novelesco, y no contento con relatarlo a todos los emigrados, sería capaz de repetirlo en alta voz, en pleno bulevar, para que lo supiera París entero.
Zarzoso sonrió ante aquella exageración.
--No es charlatán hasta ese punto--dijo--, pero hace usted bien en no tener gran confianza en su lengua. Nada le diré.
--Haremos una excepción en favor de Perico. Ese muchacho, a fuerza de sacrificarse por mí, ha llegado a serme tan indispensable, que no puedo guardar con él el menor secreto.
--Sin embargo, no creo que usted le haya hecho saber esa tendencia al suicidio que tanto le agitaba.
Alvarez contestó con un gesto de alegre extrañeza:
--¡Eh! ¡Quién piensa en eso! Esas ideas fúnebres eran las de un padre que se veía alejado para siempre de su hija; pero ahora la cosa ha variado por completo y me siento feliz. Sí, Señor, estoy contento como si hubiera encontrado a mi hija después de tenerla perdida cerca de veinte años.
La campanilla de la puerta, que sonó discretamente por tres veces, dió fin a la conversación.
--Es Perico, que vuelve del almacén--dijo don Esteban--. De seguro que antes de subir ha conferenciado con la mujer del conserje para enterarse de cómo andaba la comida.
Alvarez fué a abrir y momentos después entró en el salón, mientras que su fiel criado iba y venía por el comedor, dando a entender, con el choque de platos y el retintín de cristales, que se ocupaba de poner la mesa.
Zarzoso se levantó para irse. Quiso detenerlo Alvarez invitándole a que comiese con él para solemnizar su extraño reconocimiento, pero el joven se excusó, alegando que Agramunt le esperaba ya a aquellas horas a la puerta del restaurante, y que era hombre capaz de no entrar a comer mientras él no llegase.
Por fin el joven salió de la casa acompañándole hasta la escalera el mismo Alvarez, que parecía remozado, con su brillante mirada y su apostura marcial de otros tiempos.
Al pasar por el comedor pellizcó alegremente en un brazo a su criado, diciéndole al oído con risueño misterio:
--¡Ah, Perico! ¡Si supieras!... ¡Si supieras!...
En el rellano de la escalera se despidió de Zarzoso con un fuerte abrazo, y por fin le dejó ir, con la condición de que al día siguiente vendría a comer con él y de que no faltaría ninguna tarde para charlar una horita sobre un tema tan grato como era María; aquella joven en la que se confundían los cariños de los dos: el del padre y el del novio.
En la misma noche, mientras Agramunt se iba a bailar a Bullier, Zarzoso se encerró en su cuarto y escribió a María una abultada carta de ocho pliegos, en la cual, con todas las salvedades que deben emplearse al hacer ciertas revelaciones a una joven soltera, la relataba por completo la historia de su madre, los amores de que ella era hija, y al mismo tiempo hacía una pintura conmovedora del estado de abandono y desesperación en que vivía su verdadero padre, héroe caído, patriota infeliz, que languidecía en el extranjero suelo, agobiado por la desesperación de tener una hija que no le reconocía, y antes bien le consideraba como a un monstruo.
El joven quedó satisfecho de su obra y al poner su firma murmuró con convicción:
--Seguramente que María dará crédito a cuanto la digo y reconocerá a su padre como a tal. Sería necesario tener un corazón tan duro como el de la fanática baronesa de Carrillo, para no conmoverse ante el espectáculo que ofrece ese hombre infeliz, solo en el mundo, y desconocido por el único ser al cual tiene derecho a exigir un poco de cariño. María contestará inmediatamente a esta carta, y tal vez pueda dar al pobre don Esteban un motivo de verdadera satisfacción, una alegría suprema.
Zarzoso fué a comer al día siguiente con Alvarez y desde entonces no dejó de ir todas las tardes a hacerle la visita, en la cual la conversación versaba siempre sobre el mismo tema, o sea sobre María.
--¿No ha contestado todavía a su carta?--preguntaba con avidez el infeliz padre.
--Pero ¡por Cristo! Si anteayer salió la carta y aún tal vez no la haya leído María. No sea usted impaciente, y ya que tantos años ha esperado, tenga calma por unos cuantos días.
Alvarez bajaba la cabeza, con resignación. Era verdad. Su cariño de padre, su ansia por saber el concepto que merecía a su hija, hacíale ser impaciente y ridículo.
De los tres hombres que se reunían en aquella habitación de la calle del Sena, Perico era el único a quien no entusiasmaba gran cosa la joven de la que tanto hablaban el amo y su joven amigo.
El respetaba mucho a aquella señorita María, a la que nunca había visto. Bastaba para ello que fuese hija del hombre al que adoraba como a un ídolo; pero la profesaba poca simpatía por el hecho de pertenecer a una familia de aristócratas que parecía maldita, pues acarreaba desgracias a todos cuantos la trataban.
Por culpa de aquellos Baselgas, había muerto su tía en la cárcel; por ellos también su señorito había pasado por apurados trances y se veía ahora fuera de la patria; y como si no hubiera bastante, ahora salía a plaza aquella María, otra Baselga que renegaba de su padre, y le sorbía los sesos a un buen muchacho que prometía ser un gran médico.
Y el rudo ex asistente, al hablar así, miraba con expresión de lástima a Zarzoso.
¡Pobrete! También sacaría su astilla de mal, ya que había cometido la torpeza de enamorarse de una mujer perteneciente a aquella familia santurrona, que parecía dada al diablo, según la facilidad con que sembraba la desgracia a su alrededor.
V
Las hijas de la noche.
Empiezan a hacerse más densas y oscuras las sombrías gasas que el crepúsculo extiende sobre las calles de París; comienzan a brillar inquietas las lenguas de fuego del gas, dentro de los faroles, o a centellear los blancos focos eléctricos, semejantes a las pupilas de un abismo; termina en los cafés la hora de la absenta; empieza el trabajo en los restaurantes; y apenas tal sucede, sobre el asfalto de los bulevares, sentadas a las mesas de los comedores públicos o contemplando con fingido interés los escaparates, mientras miran al mismo tiempo con el rabillo del ojo a los que están detrás, aparecen un sinnúmero de mujeres que van solas o formando parejas, mujeres que tienen una existencia particular y rara, a quienes jamás se ve durante el día, y que semejantes a las aves nocturnas, como si el sol las incomodara, aguardan las primeras sombras para salir de su madriguera.