Part 7
Alvarez, a pesar de su carácter de emigrado y de su historia política, iba poco a casa de don Manuel, como le llamaba por antonomasia Agramunt, y sonreía con cierta frialdad siempre que oía hablar de aquel hombre ilustre.
Subsistía aún en don Esteban su antiguo fanatismo federal, que le hacía intransigente dentro del republicanismo, y esta conducta excitaba la indignación del catalán, que no consentía en nadie la frialdad y la indiferencia al tratarse del que él titulaba el Danton español.
Variando Agramunt su conversación sobre Alvarez con uno de aquellos saltos de imaginación que tan característicos le eran, hablaba de su vida privada con el respeto instintivo y la admiración que todo joven siente ante un hombre afortunado en materia de amores.
El no conocía a fondo la vida privada de Alvarez, pero algo había oído en el grupo de los emigrados, y la misma vaguedad de sus noticias contribuía a agrandar en su imaginación la figura de don Esteban, al que consideraba ya como un antiguo Tenorio de irresistible seducción.
--Tú no puedes imaginarte--decía a Zarzoso--lo que ese hombre ha sido de joven. Yo no sé ni la mitad de sus aventuras, pero lo triste es que, ahí donde lo ves ahora, con su facha de desaliento y su triste sonrisa, ha sido en su juventud un conquistador terrible que ha rendido a docenas las mujeres, sin pararse a distinguir en punto a condición social. Cuando era militar tenía fama de guapo mozo, y mira si picaba alto, que según me han dicho, estuvo próximo a casarse con una condesa muy guapa. La cosa tuvo consecuencias, pues según mis noticias, hay en el mundo una hija como resultado de aquellos amoríos.
IV
El padre de María.
Todas las mañanas al levantarse de su cama, Agramunt alzaba la blanca cortina de su ventana, y mirando el vasto horizonte que dejaba visible la anchura de la plaza del Pantheón, murmuraba con desaliento:
--Definitivamente, el sol ha muerto.
Había cerrado ya el invierno; una luz mortecina y sucia se filtraba por los vidrios, entristeciéndolo todo y dando al modesto cuarto del periodista un tinte fúnebre. París hacía cerca de un mes que tenía sobre sus tejados un cielo ceniciento, monótono y tétrico, y si alguna vez por casualidad el sol, con un coletazo de su flamígero manto, desgarraba las plomizas nubes, asomaba tan sólo un rostro pálido que daba lástima y se retiraba inmediatamente, dejando que las nubes descargasen torrenciales chaparrones sobre la gran ciudad, acostumbrada a sufrir estas injurias del cielo.
Zarzoso, criado en el templado clima de Valencia y poco acostumbrado al invierno de Madrid, aún encontraba más intolerable el frío parisiense, y muchas mañanas, al levantarse y ver las calles cubiertas de nieve, sentíase acobardado, y en vez de ir a la Clínica, subíase al último piso del hotel y entraba en el cuarto de Agramunt, para hablar con él junto a la chimenea recién encendida, que les halagaba con su cálida caricia.
Agramunt hablaba del invierno parisiense como si fuese un personaje que seis meses al año abandonaba su veraniega mansión del Polo y venía a establecerse en París, envuelta la plomiza cara en un cuello de diluviadoras nubes, y con unas patas de hielo que enfriaban la tierra hasta cubrirla de escarcha congelada.
Aquella estación, que venía a aumentar su presupuesto de gastos con el combustible que consumía en la chimenea, y que le causaba mil molestias por no estar muy sobrado de ropa de abrigo, le tenía furioso, y frotándose las manos para hacerlas entrar en reacción, prorrumpía en invectivas contra el invierno.
--Aborrezco a ese canalla--decía Zarzoso con tono melodramático--; tiene instintos de bandido y gustos de niño mal criado. Se pasea por esas calles con aire de señor absoluto, y mientras que al banquero o a la gran dama que van reclinados en el acolchado carruaje, sólo les envía un helado suspirillo a través de los vidrios de las portezuelas que aun les da placer y les hace gozar con más delicia del calor que les rodea, tiene la cruel satisfacción de helarle las piernas al albañil que, por dar sustento a su familia, trabaja en el alto andamio, y aun le empuja con su aliento huracanado por ver si cae y se rompe la cabeza contra los adoquines; cubre de sabañones las manos de la pobre obrerita que llena su estómago en relación con la prontitud con que maneja su aguja; sopla en la boca de la infeliz mujer que, metida en el Sena hasta las rodillas, lava la ropa de su familia, y el ¡gran canalla! desliza la pulmonía al fondo de su pecho; regala con horrible esplendidez a su querida, que es la Muerte, cuantos desgraciados encuentra debilitados por el hambre o corroídos por las enfermedades de la miseria, y si en sus paseos nocturnos pilla dormido en los muelles del río a algunos de esos muchachuelos que parecen hijos del barro de París, y que están lejos de creer que alguna vez han tenido madres... ¡paf!, de una patada lo deja yerto, da a su cuerpo la frialdad de la nieve, y metiéndose la inocente alma bajo el brazo, la lleva a la eternidad, muy satisfecho de haber dado materia a los periódicos para que al día siguiente publiquen una triste gacetilla.
Zarzoso miraba fijamente a Agramunt, que se paseaba de un extremo a otro del cuarto, gesticulando y adoptando actitudes de orador, como si se hallara en uno de los meetings que le habían llevado a la emigración, y como si aquel invierno odiado fuese la monarquía.
El joven médico encontraba a su extravagante amigo poseído de la fiebre de la elocuencia, y le oía con gusto; así es que le alegró cuando Agramunt volvió a reanudar la apasionada peroración que parecía dirigir a la revuelta cama, las cuatro sillas desvencijadas, el estante de libros y el mármol de la chimenea, sobre el cual se erguía el severo busto de la República, entre dos pastorcillos italianos de barro cocido, el uno manco y el otro falto de narices.
--Cuando ese gran ladrón no se siente poseído por tan crueles instintos, se divierte con bromas pesadas, propias de un muchacho que falta a la escuela. ¡Ah cochino invierno! Así que hiciste tu aparición en París, te dió la manía por subirte a los árboles y robarles las hojas, despojando de toda belleza al campo y a los paseos. Los árboles se han dejado arrebatar la vestimenta, sin otra protesta que su acompasado balanceo, y hoy presentan el aspecto ridículo y triste del hombre que a las dos de la mañana se ve asaltado por audaces ladrones en cualquier calle de París y se presenta sin pantalones, y en camisa, en el primer puesto de Policía. ¿Cómo has dejado el Bosque de Bolonia? ¿Y el de Saint-Cloud? Da lástima verlos. Los poéticos lugares cubiertos por bóvedas de verdura han desaparecido con la misma facilidad que se desvanecen las aéreas ojivas y las fantásticas arcadas que traza en el espacio el humo del cigarro; no has dejado en los bosques ni un mal rincón discretamente cubierto por una cortina de matorrales, donde puedan darse cita la modistilla, que para llevar un traje a dos pasos de su taller, emplea toda una tarde; y el muchacho, a quien el severo papá, haciendo cuentas tras el mostrador, supone a tales horas enterándose en el aula de las profundidades jurídicas de Justiniano o revolviendo humanos despojos en el anfiteatro anatómico.
Detúvose el declamador, y pasándose la mano por la frente, con expresión trágica, añadió con el mismo acento del poeta que llora la ruina de bellezas muertas ya:
--En aquellos lugares de delicia en el verano, donde la vista se ahitaba de una orgía de verde y el oído se complacía con un interminable gorjeo, no quedan ahora otras cosas que una gruesa alfombra de hojas secas y millares de colosales escobas que con los rabos hincados en la tierra y chorreando humedad, elevan su ramaje al cielo, suplicando al sol que les haga una visita de atención, a lo menos dos veces por semana, y que empeñe su valiosa influencia con la lluvia para que no sea tan importuna... La belleza ha muerto por unos cuantos meses, y tú eres su asesino, cruel invierno.
Zarzoso seguía mirando con creciente extrañeza a su amigo. ¿Se había vuelto loco aquel muchacho?
Pero pronto comprendió la verdadera causa de tales lirismos.
Agramunt iba a verse obligado en adelante a salir de casa todos los días para ganarse el pan. Su editor, ocupado siempre en el profundo estudio de adquirir la mayor cantidad posible de cuartillas, dando poco dinero, y encontrando que la traducción española de su famoso Diccionario le resultaba cara, se había decidido por el trabajo en comunidad y obligado a todos los que trabajaban en la citada obra a que acudiesen a su casa, donde en una gran sala, y bajo la vigilancia de un dependiente antiguo, habían de trabajar por horas.
Le era forzoso, pues, acudir diariamente a la oficina como un empleadillo; abdicar por completo de aquella libertad que le permitía fijar a su gusto las horas de trabajo; escribir bajo la vigilancia del perro de presa del amo, como si fuese un muchacho en la escuela, e ir en aquellas crudas mañanas de invierno pisando la nieve de las calles.
¡Oh! Aquello era cosa de desesperarse y de maldecir al invierno, al editor que planteaba tan peregrinas ocurrencias y a la pícara necesidad que le obligaba a sufrir tantas molestias, todo para ganar cuatro o cinco francos traduciendo barbaridades, según él decía.
Aquella misma mañana iba a comenzar la traducción en comunidad, y Agramunt se desesperaba pensando que en adelante tendría que levantarse puntualmente como un colegial y permanecer encerrado hasta el anochecer, almorzando en la misma casa del editor. Tan continua reclusión ¡a él! que era un bohemio por vocación y que encontraba agradable la vida de París por lo libre que resultaba.
Desde aquel día, los amigos, a excepción de los domingos, sólo pudieron verse al anochecer cuando se reunían en el restaurante, a la hora de la comida.
Pasaban alegremente la noche, eso sí, y se resarcían de aquella separación que les resultaba violenta después de tres meses de amistad, en que sus respectivos caracteres se habían compenetrado de un modo absoluto.
Zarzoso fué quien más sufrió en los primeros días, por la ausencia de su amigo. Las mañanas pasábalas bastante distraído en la Clínica, estudiando ese inmenso caudal de enfermedades y de casos curiosos que únicamente se presentan en los hospitales de París; pero por las tardes, así que quedaba libre, acometíale un fastidio sin límites.
Algunas veces se entretenía escribiendo a María o releyendo sus cartas, pero esto, a lo más, le ocupaba un par de horas, e inmediatamente el fastidio volvía a aparecer.
Sentía nuevamente en su existencia aquel vacío del primer mes de estancia en París, y era que el maldito catalán le había acostumbrado de tal modo a sus genialidades y a su movediza actividad, que no podía vivir apartado de él. Su carácter reposado y grave, necesitaba por la ley del contraste tener cerca aquella imaginación exaltada y extravagante, que empollaba a centenares las más atrevidas paradojas.
Por las noches, después de comer, los dos, agarrados del brazo, conversaban amigablemente por el boulevard; iban a la Opera, o se metían en Bullier, el tradicional lugar de la borrascosa alegría del Barrio Latino, y allí veían bailar el can-can por todo lo alto y convidaban a cerveza a unas cuantas señoritas sin querer llegar hasta las últimas consecuencias de tales encuentros.
Agramunt era despreocupado en materia amorosa, y su compañero hacía la vista gorda cuando le veía arrastrar tras sí a alguna antigua amiga a altas horas de la noche, invitándola a que subiera a ver su nuevo cuarto. En cuanto a Zarzoso era inflexible en esta cuestión y Agramunt nada le decía, pues tenía noticias de los amores con aquella joven de Madrid cuyas cartas recibía, y él, además, no gustaba de desempeñar el papel de tentador.
Pero todas las diversiones nocturnas no impedían que Zarzoso se fastidiase horriblemente por las tardes.
Gustaba de entregarse a una profunda meditación, recordando sus entrevistas con María, aquellos paseos por el Prado y las calles de Madrid; pero esto no siempre conseguía endulzar sus horas de tedio.
La vida de París había penetrado insensiblemente en sus costumbres; sentía esa atracción que por el boulevar experimentan los parisienses, y en vez de permanecer como antes encerrado en su cuarto, tomaba el sombrero y pretextándose a sí mismo la necesidad de hacer una compra cualquiera al otro lado del Sena, pasaba los puentes e iba a callejear en los grandes bulevares centrales, cuyo ruido y animación le encantaban.
En las tardes que hacía buen tiempo pescaba por el Luxemburgo, alrededor del quiosco de la música, y cuando no se sentía con ánimo para ir hasta el centro de París, entraba en el café de Cluny para charlar un rato con el grupo de emigrados, que había disminuído considerablemente, tanto porque la mayoría de ellos trabajaban a aquellas horas con Agramunt en la casa editorial, como porque don Esteban Alvarez prefería quedarse en casa escribiendo a salir a la calle, donde las nieves o las lluvias eran casi continuas en tal época.
Una tarde, a las cinco, cuando ya comenzaba a anochecer, Zarzoso, cansado de hojear libros nuevos en los puestos de venta establecidos en las galerías del Odeón, dirigióse al bulevar Saint-Germain con la intención de bajar por tan largo paseo hasta la plaza de la Concordia. Acababa de entrar en la citada calle, cuando las nubes comenzaron a descargar un fuerte chaparrón. Zarzoso no llevaba paraguas y se refugió en un portal, donde ya se habían agolpado algunas gentes.
El bulevar casi desierto por aquella brusca acometida del cielo, dejaba barrer sus anchas aceras por los turbiones de agua, al mismo tiempo que los árboles se inclinaban a impulsos del huracán.
Zarzoso veía frente a él extenderse la recta calle del Sena, e inmediatamente pensó en su viejo amigo que vivía en ella. Aquella era la ocasión más apropiada para hacerle una visita, y apenas formuló tal pensamiento, sosteniéndose con ambas manos el sombrero de copa que quería arrebatarle el viento, atravesó corriendo el boulevard, y mojado de cabeza a pies, se metió en la calle del Sena.
Sabía dónde estaba la casa de Alvarez, por habérsela mostrado Agramunt un día que pasaron por dicha calle. Se entraba por un pasillo estrecho, húmedo y tenebroso que se abría entre una _rotisserie_ y una tienda de libros viejos, y que al final se ensanchaba formando un patio cuadrado, con una bomba de agua en el centro, y un pavimento musgoso y húmedo, al cual nunca había bajado un rayo de sol.
La portera estaba encendiendo un farolucho que alumbraba el estrecho pasillo, cuando entró Zarzoso sacudiéndose el agua como un perro recién salido del baño.
--¿El señor Alvarez?--preguntó a la mujer del conserje.
--Primera escalera, piso segundo, segunda puerta--contestó con laconismo la vieja.
El joven médico comenzó a subir los peldaños de madera, fijándose en los rótulos que tenían las puertas de las habitaciones, y en los cuales se marcaba el nombre del inquilino y su profesión.
En el piso segundo detúvose ante una puerta que ostentaba una pequeña tarjeta de visita clavada con cuatro tachuelas y en la que se leía el nombre del que buscaba.
Llamó y vino a abrirle el mismo Alvarez, que parecía haber sido interrumpido en su trabajo, pues aún conservaba la pluma en la mano.
--Siento haber venido a incomodar a usted. Es mala hora, ésta para visitas.
--¡Ah! ¿Es usted, joven? Hace tiempo que deseaba esta visita. El otro día pensaba en usted. Adelante; pase usted adelante sin cumplimientos.
Y Alvarez, con su simpática franqueza de viejo militar, empujaba a su joven amigo hacia el salón en el que ardía un gran fuego en espaciosa chimenea.
Aquella habitación tenía mejor aspecto que la casa vista desde la calle. Constaba de un pequeño comedor, un gran salón y dos dormitorios, todo esto con proporciones desahogadas, techos altos y sin ese raquitismo de las modernas construcciones en que se utiliza hasta el más pequeño rincón.
Zarzoso, cariñosamente empujado por Alvarez, tuvo que ir a sentarse ante el gran fuego que ardía en la chimenea del salón, y allí estuvo secándose, mientras que el dueño de la casa permanecía en pie junto a él sonriendo paternalmente.
El joven mientras se calentaba lanzó una mirada curiosa a todo el salón, que aparecía iluminado por el rojizo reflejo de la chimenea y la luz de una gran lámpara puesta sobre una mesa escritorio, entre un revuelto montón de libros y cuartillas.
Estaba amueblada aquella vasta pieza con modestia no exenta de comodidad, y sus sillones panzudos, sus sillas de estilo Imperio, y su alfombra con una escena mitológica ya casi borrada, daban a entender que procedían del Hotel de Ventas, siendo su adquisición en alguna subasta del mobiliario de un antiguo palacio.
Las paredes, cubiertas de obscuro papel, estaban adornadas a trechos por algunos cuadros, uno de los cuales, era una litografía, que representaba al general Prim en su traje de campaña de la guerra de Africa, y que tenía al pie una larga dedicatoria. Los demás cuadros eran cromos baratos, láminas de periódicos ilustrados, a excepción de uno al óleo que ocupaba el puesto preferente sobre la chimenea. El rojizo vaho de ésta dando de lleno en la pintura, parecía animar con palpitaciones de vida aquel retrato de mujer.
Zarzoso, para disimular su atención, le miraba con el rabillo del ojo, al mismo tiempo que se imaginaba toda una novela sobre aquel retrato. La mujer que el cuadro representaba debía ser una de las conquistas que le había relatado Agramunt; tal vez aquella condesa que tan enamorada había estado del célebre revolucionario.
Este curioso examen que el joven hizo del salón, sólo duró algunos instantes, pues comprendía, que era, forzoso entablar conversación con su viejo amigo.
--¿Se trabaja mucho?--dijo el joven, no encontrando otra palabra vulgar para comenzar su conversación.
Inmediatamente comenzó ésta, pues Alvarez púsose a lamentarse de aquella necesidad imperiosa, en que se veía de trabajar todos los días para poder ganarse la subsistencia. Y cuando se hubo quejado bastante de su situación, preguntó con interés al joven sobre sus ocupaciones actuales y los progresos que hacía en la vida de París.
Alvarez volvía a sus lamentaciones de hombre desalentado al hablar de los placeres y distracciones que proporciona la gran ciudad.
--Yo soy aquí un hurón--decía sonriendo con amargura--. Me siento viejo y cansado, y vivo en París como podría vivir en Alcobendas; metido en mi casa sin ver apenas a nadie, ni tener otra distracción que mis conversaciones con Perico y con esos buenos compañeros que se reúnen en el café de Cluny. En otros tiempos le hubiera podido ser a usted de alguna utilidad en esta Babilonia, acompañándole a todas partes; pero hoy soy viejo, y ya que no puedo entretener mis horas de fastidio rezando el rosario como los imbéciles, me distraigo dando vueltas a esa noria literaria, a la que estoy amarrado. Mi vida es escribir cuartillas y más cuartillas, y hablar con mi fiel compañero sobre cosas que estén al alcance de su pobre imaginación. Es un porvenir bien triste, pero hay que resignarse a él... ¡Y pensar que hubo una época en mi juventud en que yo imaginé llegar a ser célebre y alcanzar una vejez hermoseada por los laureles de la gloria!
Y Alvarez decía estas palabras con expresión tan amarga, que el mismo Zarzoso se sentía conmovido.
Miraba el viejo al suelo, y al joven médico le parecía ver sobre la desteñida alfombra, despedazadas y muertas todas las ilusiones de aquel hombre que había sido famoso durante unos pocos años, para caer después en el más absoluto olvido y vegetar lejos de la patria. ¡Si la fatalidad le reservaría igual suerte a él, que también se forjaba ilusiones sobre el porvenir y pensaba en la celebridad!
--Hoy--continuó el emigrado--no tengo más esperanza de dicha que la que me proporcione el inalterable descanso de la tumba. No puedo siquiera volver a ver el sol de España, aquel cielo hermoso que aún me parece más esplendente cuando el cruel invierno cae sobre París. En mi primera emigración todo me resultaba fácil y hermoso; el suelo extranjero me parecía igual al de la patria. Era joven, sentía entusiasmo, tenía fe en el porvenir, y con estas condiciones se está bien en todas partes. Pero hoy soy viejo y no me quedan en el mundo seres que me amen, a excepción de ese pobre muchacho que es el fiel compañero de mi existencia; me parece la vida tan aborrecible, que de buena gana me libraría de ella en algunos instantes. ¡Ah! ¡Soy un cobarde! A mí me sucede como a un buen anciano que conocí en cierto momento de mi vida y el cual confesaba que si permanecía en el mundo era por falta de valor.
Se detuvo Alvarez algunos instantes mirando con extraña fiereza a Zarzoso, y por fin, dijo haciendo con su cabeza un movimiento de decisión:
--A usted se lo digo todo. Es usted más serio que ese aturdido de Agramunt, y además, hay en este mundo ciertas caras que basta verlas una sola vez, para que inspiren inmediatamente confianza. Sépalo usted, joven. Siento un violento deseo de acabar con mi existencia, y parece que hay algo dentro de mí que me insulta, porque no me meto inmediatamente entre los bastidores de la muerte, y permanezco en escena haciendo reír al mundo. Varias veces he tenido el revólver en la sién, pero siempre me ha hecho bajar la mano la maldita idea que me recordaba el profundo pesar, la desesperación que este acto causaría a ese pobre muchacho, a ese Perico, que es toda mi familia. Sería un crimen, una infamia incalificable, el que yo pagase con un disgusto desesperante toda una vida de abnegación y de inmensos sacrificios. Y esto es lo que me detiene, esto es lo que me hace subsistir sufriendo a todas horas, pues no hay nada tan terrible como vivir desesperado, sin ilusiones, y convencido hasta la saciedad de que en la vida el mal es lo seguro, lo generalizado, lo vulgar; mientras que el bien y la virtud son raras excepciones, fenómenos que únicamente se presentan por una equivocación de la naturaleza. Hoy soy un escéptico; no creo ni aun en la República, que en mi juventud me merecía una adoración fanática. Sólo esos muchachos de la emigración pueden tener fe en el triunfo de la libertad y de la justicia. Locos como Agramunt son los que sirven para el caso; yo soy demasiado viejo y estoy convencido de que el país que después de lo del 68 y del 73 admite y sostiene la restauración de los Borbones es una nación perdida, un pueblo que no merece que nadie se sacrifique por él.
Zarzoso escuchaba con asombro al viejo revolucionario que se expresaba con un excepticismo tan desconsolador, y su sorpresa aún fué en aumento cuando le oyó decir con una frialdad que espantaba:
--Lo único que me consuela es que la muerte, viéndome tan cobarde, viene en mi auxilio. No tengo valor para acabar con mi vida, pero llevo dentro de mí el medio que ha de librarme de esta existencia que me pesa. Los médicos dicen que tengo un aneurisma, regalo que me han proporcionado los muchos sustos y zozobras que he sufrido en esta vida, por cosas que miro ahora con la mayor frialdad. Usted, como médico, sabe mejor que yo lo que es eso. El mejor día ¡crac!... estalla algo aquí dentro del pecho, y me retiro discretamente de la vida, sin que nadie pueda motejarme de suicida ni me maldiga por mi desesperada resolución. Crea usted que estoy muy agradecido a la naturaleza, por haber inventado enfermedades que le permiten a uno retirarse a la nada sin escándalo y sin convulsiones que afean y atormentan.
Zarzoso, a pesar de estar junto al fuego, sentía escalofríos al oír hablar a aquel hombre con tal naturalidad sobre el próximo fin que tanto deseaba, y debió ser visible su inquietud por cuanto Alvarez cambió inmediatamente la expresión de su rostro, y sonriendo con amabilidad, exclamó: