Part 11
Nada encontraban bien; todo se había maleado, en su concepto, al contacto del siglo; hasta la Monarquía. ¿Ir a Palacio ellos, que eran fieles representantes de un pasado tan lleno de grandezas como de ceremonias? ¡Imposible! La aristocracia que "sabía respetarse" no podía asistir a las fiestas de un Palacio contaminado por los vientos revolucionarios, hasta el punto de que los reyes, salidos de la Restauración de Sagunto, habían abolido la moruna costumbre de tutear a todos sus súbditos, y hablaban con más amabilidad a un Cánovas o a Martínez Campos, plebeyos elevados por la fortuna, que a un Grande de España, cuyos blasones se perdían en las tinieblas del pasado.
¡Aquéllos tiempos de Isabel II! Cuando en Palacio se trabajaba por revestir la vida del mismo aparato que en el anterior siglo, y cuando la Reina trataba a todos con tan despótica familiaridad, como si fuesen lacayos. Aquello ensanchaba el alma y daba claras muestras de que la Monarquía vivía por sus propias fuerzas, y no por las concesiones del espíritu revolucionario.
Al principio de la Restauración, a aquella tertulia de ultrarrealistas les quedaba alguna esperanza, simbolizada en la persona del pretendiente D. Carlos; pero poco a poco fueron desvaneciéndose sus ilusiones. También el representante de la buena causa, del sano y respetable pasado, se contaminaba del espíritu moderno, y daba al traste con la tiesura tradicional de la majestad. A sus oídos llegaban noticias sobre la vida del pretendiente en París y sus calaveradas, hijas de un espíritu ligero que sólo a la fuerza se amolda a las ceremonias de su rango.
Y luego aquellas aventuras escandalosas; los derroches de dinero, las fiestas de húngaras; cosas eran todas éstas sobradamente importantes para horripilar a tanta persona grave, que aunque en su juventud no habían hecho vida muy santa, por esto mismo la vejez les había blindado con la más austera virtud y la más asustadiza hipocresía.
En fin: que aquella tertulia era una verdadera reunión de demagogos blancos que, en nombre del pasado, pedían la completa destrucción de lo existente, que nada encontraban bueno y que, como astros muertos, vagaban por el espacio social de su época, repelidos de todas partes, y sin sentir la menor atracción de simpatía.
Eran revolucionarios a su manera, y de seguro que, a tener en sus manos un poder irresistible, hubiesen destruído toda la obra del siglo. Por aquello de que los extremos se tocan, miraban con lástima y horror a los hombres de ideas avanzadas, pero no pasaban de ahí; y, en cambio, guardaban todo su odio, su desprecio sin límites, para los llamados monárquicos liberales que, transigiendo eternamente, y escépticos en el fondo, pretendían amalgamar el pasado con el porvenir.
Aquella tertulia era invariable e indestructible. Eran muy pocos los neófitos que lograban introducirse en ella, y menos aún los que desertaban. Permanecía inmóvil, con la inercia de una momia, que tenía fijos sus muertos ojos en el pasado.
Al entrar en el salón y contemplar los rostros apergaminados, contraídos ligeramente por una sonrisa de aristocrático desdén, podía decirse, como Hamlet:
"Algo hay aquí que huele a muerto."
Era aquella una charca inmóvil, en cuyo fondo dormían todos los putrefactos ídolos del pasado.
Tan firmemente estaba convencida la tertulia de la baronesa de sus creencias, tan intransigente era con su época, tan alejada se hallaba de lo existente, que la sorprendía de un modo terrible alguna palabra del padre Tomás, de su ídolo; palabra que, como piedra veloz, caía en el pantano ultrarrealista, produciendo ondulaciones de asombro que duraban muchos días.
La sorpresa conmovía a las momias hasta el punto de que a sus deslustrados ojos casi asomaban las lágrimas.
¡Oh, Dios! Hasta la Compañía de Jesús comenzaba a abandonar la buena causa, para transigir con el siglo. El padre Tomás, aquel hombre que en casa de la baronesa resultaba una divinidad, sólo aparecía de tarde en tarde en la majestuosa tertulia, y, en cambio, visitaba a la aristocracia, a la moda, a las familias que, renegando de su pasado, se mezclaban en el movimiento de la época. ¡Qué más!... Hasta recomendaba la tolerancia con lo existente, y el afecto a la nueva situación política, diciendo que era necesario transigir para salvar los intereses de la religión.
Esta conducta asombraba a los ultrarrealistas; pero, acostumbrados a acoger con la mansedumbre del esclavo todas las palabras del padre Tomás, no osaban en su presencia hacer la menor objeción, limitándose a lamentarse en su interior de aquella presunta defección que les hería en sus sentimientos.
Rodeada de este ambiente que olía a tumba, era como María pasaba todas las tardes del año.
Sentada al lado de su tía, tiesa como una vieja con alto corsé, y con los ojos fijos en el suelo, que sólo se atrevía a levantar muy contadas veces, había de permanecer unas cuantas horas aburrida por una charla ceremoniosa y lenta, cuyas lamentaciones no entendía.
Este quietismo después de la bulliciosa movilidad del convento, atormentábale de un modo horrible y sentía impulsos de levantarse de su asiento y cometer alguna diablura; pero las frías miradas de su tía la tenían como clavada en la silla.
Algunas veces, aquel señor que hablaba de Donoso Cortés, en un rapto de genialidad, se atrevía a hablar de las "cosas" de la Corte de Fernando VII, cuando estaba en Aranjuez, y, aunque comenzaba por vía de exordio, con palabras confusas y guiños que sustituían a las palabras, no tardaba en oirse la voz de la baronesa diciendo con acento imperioso:
--Niña; vete fuera.
Y María salía del salón sin sentir curiosidad alguna. ¡Valiente cosa le importaban las anécdotas de aquel señor!
Siempre relataba las mismas, y ella las había oído la primera vez que fué despedida de la tertulia, quedándose escondida tras los cortinones de la puerta.
Pero esta indiferencia ante los chistes del viejo y aristocrático narrador, no impedía que ella se alegrara mucho así que comenzaba a iniciar sus trasnochadas relaciones. De este modo se veía libre de la engorrosa tertulia y podía pasar las horas que transcurrían hasta el final de la tertulia charlando con la doncella de su tía, o mirando a la calle y buscando en esto distracción, como ya en otro tiempo lo había hecho su madre.
Aquella casa, construída por el conde de Baselga para nido de sus amores, era la cárcel en que había languidecido la juventud de su hija y la de su nieta, bajo la austera y rabiosa vigilancia de la baronesa de Carrillo.
Por las noches, María rezaba con su tía un rosario interminable, pues a él se unían oraciones y jaculatorias para casi todos los santos del almanaque, y a las diez ya estaba en la cama, martirizándola el sordo ruido que producían los coches en el pavimento de la calle, y que, por un salto propio de su imaginación viva, evocaban ante los ojos de su espíritu un tropel de hermosas jóvenes vestidas de brillantes colores, y saliendo del fondo de confortables berlinas para entrar en el teatro, pasando por entre los grupos de elegantes que les enviaban saludos y frases galantes.
La cruel realidad que había sucedido a sus ilusiones de colegiala, producíale un furor, propio de su carácter varonil, cuando se encontraba a solas en su cuarto.
Para ser un adorno mudo de las vetustas tertulias de su tía, para convertirse en un monigote que sólo podía hablar cuando su tía le concediera permiso, bien estaba allá en el colegio, donde al menos tenía una relativa libertad. Ahora no podía menos de reirse amargamente de las ilusiones que en el colegio se había hecho acerca de la vida que llevaría en Madrid.
Así transcurrieron los dos primeros años de su estancia al lado de la baronesa.
Por fortuna, pasado este tiempo comenzó a notar en su tía alguna variación. Se había amortiguado en la baronesa el recuerdo de la aventura que había ocasionado la salida de su sobrina del colegio y conforme se desvanecía la memoria de un suceso que a ella le resultaba horripilante, María gozaba de mayor libertad y su tía la trataba con más consideración.
Conocíase en doña Fernanda el propósito de hacerse agradable a su sobrina y de captarse su voluntad y hacerse obedecer más por la simpatía que por el terror.
Adivinábase que en su pensamiento germinaba una idea que iba a exponer de un momento a otro y que sólo era una preparación hábil aquella amabilidad realmente extraña en un ser bilioso y atrabiliario como doña Fernanda.
Pronto se despejó la incógnita. La baronesa no renunciaba a la idea de tener una monja en su familia. Ya que ésta contaba con un futuro santo como Ricardo, no era justo que la línea femenina se excluyera de la sublime misión de dar al cielo bienaventurados.
Asunto era éste del que hablaba con el padre Tomás siempre que podía encontrarlo, pues el poderoso italiano, aunque seguía interesándose bastante por la familia Baselga, se sentía atraído a otros círculos sociales por la necesidad de las circunstancias.
Además, el astuto jesuíta no se mostraba tan seguro como doña Fernanda de la facilidad con que la joven abrazaría el estado monástico.
En sus visitas a la baronesa había tenido ocasión para estudiar con ojo certero el carácter de María, y, además, sus hazañas de la niñez, de las que estaba enterado por las religiosas del convento de Valencia, le daban a entender cuál era el verdadero temperamento moral de la joven; pero resultaba en doña Fernanda una preocupación tradicional el creer que bastaba que a ella se le ocurriera una cosa, para que inmediatamente pensasen lo mismo los individuos de su familia.
Ella deseaba que María fuese monja y no había ya más que hablar; María lo sería.
Pronto experimentó una decepción. María tenía en sus venas la sangre del belicoso Alvarez y su carácter varonil no se doblegaba con momentáneas concesiones como el de la infortunada Enriqueta.
La baronesa creíase segura con aquellos dos años de reclusión y obediencia automática a que había castigado a su sobrina.
--No dude usted, padre Tomás--decía siempre al italiano--, que María me obedecerá. Es toda una jaquita brava; más bien dicho, lo era, pues antes resultaba idéntico al bandido de su verdadero padre; pero ahora, desde que yo la he sometido al régimen del silencio y de la obediencia, es mansa como una cordera y hará cuanto yo le diga.
Y la baronesa así lo creía, viendo aquella niña tímida en apariencia, que acogía todas sus palabras con los ojos bajos y el aspecto encogido.
Por esto su asombro fué inmenso cuando, a las primeras indicaciones que la hizo acerca de las bondades de la vida monástica, María, como el que abandona un disfraz, se despojó de aquel exterior de mansedumbre y dijo con resolución:
--No, tía. Está usted muy engañada. Yo no seré nunca monja, y si usted cree que va a hacer conmigo lo que con mi pobre madre, está usted en un error muy grande. ¡No, no y siempre no!
Y dijo estas palabras con una energía, cuya fuerza ya se notaba en sus ojos brillantes y fijos en los de su tía, con insolencia de reto.
Sin duda, en sus conversaciones con la lenguaraz y antigua doncella de la baronesa, había llegado a conocer algo de la historia de su madre y de las desavenencias entre ésta y su hermanastra, cuando doña Fernanda se empeñaba también en meterla en un convento.
La enérgica resolución de la joven despertó las crueldades de carácter de la baronesa, y las escenas violentas de otros tiempos volvieron a ocurrir en el palacio de Baselga. Pero esta vez doña Fernanda tenía que habérselas con un carácter de hierro, que no mostraba el menor temor ante sus violencias y que a los golpes y a los insultos, contestaba con el estoicismo propio de un carácter vigoroso o con miradas de ira, que algunas veces lograban detener el brazo de la baronesa.
Duró esta situación violenta cerca de un año. Empleó la tía cuantos medios se le ocurrieron para domar la enérgica resistencia de María; pero todo fué en vano, pues la joven oponía siempre su varonil protesta. Esta situación de continua violencia había hecho perder también bastante terreno a la tía; pues desde el momento en que la joven, para resistir y protestar, había tenido que despojarse de su actitud sumisa y su aspecto gazmoño, ya no quiso recobrar la máscara hipócrita y se tomaba libertades dentro de la casa sin que le intimidasen en lo más mínimo las furibundas miradas de la baronesa.
La represión de ésta y sus violencias estaban en razón directa de las insolencias de María, que se hacía más atrevida conforme su tía se indignaba y apelaba cada vez con más tenacidad a los procedimientos enérgicos.
Doña Fernanda casi se confesaba vencida en presencia de sus íntimos.
--Pero esa niña es el mismo diablo, padre Tomás. ¡Cómo se conoce de quién es hija! De tal palo, tal astilla. Es imposible hacer de ella nada bueno como Dios no obre un milagro.
--Calma, señora baronesa--contestaba siempre el italiano--. No hay realmente prisa en decidir sobre el porvenir de la niña. Si ella no quiere ser monja, ya buscaremos el medio de que se salve su alma sin violentar su voluntad ni obligarla a entrar en un convento.
Y era que el padre Tomás, menos dispuesto que su antecesor el padre Claudio a acudir a medidas decisivas ni a violentar la marcha de los acontecimientos, buscaba ya en su astucia, y creía haberlo encontrado, un medio que asegurase el ingreso en la caja de la Orden de los millones que restaban de la herencia de Avellaneda.
En cuanto a la viuda de López, siempre que era consultada por doña Fernanda sobre el porvenir de María, contestaba de idéntico modo:
--Señora baronesa; no logrará usted su deseo. Me basta mirar a una persona para conocerla; me precio de ello, y le aseguro que a esa niña lo que le atrae es el matrimonio y no las tocas monjiles. Además, sus antecedentes no son los más propios para que se sienta inclinada a la vida del claustro; acuérdese usted de "aquello del colegio" que varias veces me ha relatado.
Y al decir esto, callaban las dos viejas, dejando que en su imaginación se amontonase un cúmulo de maliciosas suposiciones.
Todas las perversidades de la pasión las admitían antes que la verdad de lo ocurrido.
Su malicia de beatas no podía conformarse con la ingenua inocencia de aquella velada en la azotea del colegio.
IV
Reanúdanse los amores.
Algunos meses antes de recibirse la noticia del martirio del padre Ricardo, experimentó María una gran sorpresa.
Por las mañanas, aprovechando los descuidos de su tía o sus salidas de casa por asuntos de devoción, una de sus más predilectas distracciones era mirar a la calle en las horas que los estudiantes de Medicina entraban o salían en el inmediato hospital de San Carlos.
Así vió un día a Juanito Zarzoso, del cual, aunque se acordaba algunas veces, no guardaba ya más que un recuerdo lejano y borroso, como amortiguado por el tiempo y por aquel régimen austero a que la sometía su tía y que parecía influir en su parte moral.
Cuando ella vió a un joven vestido de luto, parado en la acera y mirando con insistencia al balcón, sin hacer caso de las pullas de los compañeros que seguían adelante, sintióse molestada por la curiosidad de aquel importuno y casi estuvo tentada a retirarse; pero de repente encontró en aquella figura algo que parecía serle conocido y que atraía sus ojos, y entregándose entonces a un fijo examen, no tardó en reconocer a su tímido novio de la época de colegiala.
Estaba tan desfigurado el estudiante, que era difícil conocerlo. Había crecido mucho, aunque perdiendo bastante de su primitiva robustez; sus facciones habíanse fijado definitivamente, formando un rostro inteligente y simpático, y una barba corrida y fuerte daba aspecto varonil a aquella cara de niño. Sus ojos, cuya luz parecía amortiguada por el estudio, brillaban tras unas gafas de oro.
María permaneció inmóvil, como asustada por la aparición, y, en su aturdimiento, únicamente supo contestar con sonrisas ingenuas, que demostraban su placer, a los saludos que la dirigía el estudiante.
Desde entonces, todas las mañanas los dos jóvenes, aprovechando el uno los intervalos entre dos clases, y valiéndose la otra de los descuidos y ocupaciones de la tía, se veían de lejos, cambiaban saludos y se sonreían con esa plácida estupidez de las personas que se consideran felices únicamente con contemplarse.
Pronto no les bastó con esto y ambos experimentaron la necesidad de una comunicación más expresiva y amplia que las miradas que se lanzaban de lejos, bien a través de los vidrios del balcón, o en las calles cuando María salía en compañía de la baronesa.
La intrigante doncella de ésta fué la que, por puro amor al arte de chismear y por el placer de jugar una treta a su señora, a la que odiaba en el fondo, a pesar de muchos años de servicio, se encargó de poner en comunicación a los dos antiguos novios.
Ella fué la que entregó a María la primera carta de Juanito, y así supo la joven que la madre de su novio, aquella infeliz señora casi ciega, a la que, sin conocer, amaba con respetuosa simpatía, había muerto algunos meses antes, y que al ocurrir esta desgracia el doctor Zarzoso había ido a Valencia para llevarse a su sobrino a Madrid, trasladando su matrícula a la escuela de San Carlos.
Juanito manifestaba además, con una satisfacción casi infantil, sus notables progresos en la carrera, los premios que había alcanzado y lo contento que estaba su tío al ver que iba a tener un sucesor digno de su fama.
Desde entonces se entabló una correspondencia continua y apasionada entre los dos novios, volviendo a renacer aquel amor que, aunque veloz como una ráfaga, les había unido durante algunos días, allá en los tejados de Valencia.
María pasaba las angustias de un ladrón que intenta hacer invisible el fruto de sus rapiñas, para ocultar las plumas y el papel que le servían para escribir a Juanito, y no contentos los dos con cambiar una carta diaria, todavía aprovechaban cuantas ocasiones se presentaban para comunicarse, con señas, de balcón a calle, todas las mañanas.
Nadie notaba las relaciones amorosas sostenidas por los dos jóvenes.
La baronesa, a pesar de su astucia, no llegaba a recelar de la conducta de su sobrina, y en cuanto al doctor Zarzoso, aunque notaba que Juanito no estudiaba tanto como los primeros meses de su estancia en Madrid, y que salía con más frecuencia de casa, atribuía esto a la atracción que produce una ciudad desconocida y a las necesidades de la juventud.
El coloso sonreía con malicia. Ya sabía él lo que aquello significaba: algún amorcillo. Y al decirse esto guiñaba el ojo, afectando conocer muy bien tales deslices, como si olvidase la salvaje virginidad de su juventud, ignorante para todo aquello que no fuese la lucha con la ciencia.
Los amoríos que suponía el doctor Zarzoso eran pasioncillas de un día, correrías a ciegas en busca de unas faldas para acallar los hambrientos bostezos de la carne; y de seguro que si al ser llamado a casa de la baronesa de Carrillo, para curar a ésta sus ataques de nervios, hubiese sabido que en tal vivienda estaba la mujer amada, y que ésta era aquella sobrinilla aristocrática, no hubiese manifestado tanta bondad.
El endiablado sabio, plebeyote hasta la medula de los huesos y orgulloso de su origen, estremecíase de horror ante la posibilidad de unirse por lazo alguno con cualquiera de aquellas familias elevadas, corroídas por dolencias extrañas y hereditarias, a las que él visitaba, y su indignación inmensa sólo podía compararse a la que experimentaría una princesa de las que figuraban en el almanaque de Gotha, al proponerle que diera su mano a un barrendero.
Profesaba a sus distinguidos clientes el horror que siente una persona sana, robusta y egoísta ante los apestados que pueden contaminarle.
Su frase favorita era: "La aristocracia es un pudridero"; y hablaba con gran elocuencia del inmenso caudal de enfermedades y gérmenes de locuras que el aislamiento de clase y el horror a cruzarse con gentes más humildes y vigorosas, había ido amontonando en aquellas familias desde los tiempos de las extravagancias feudales y de la barbarie guerrera divinizada.
--Por algo dicen esas gentes que tienen la sangre azul. Es pura porquería lo que circula por sus venas; virus que infecciona de una a otra generación y que en nada se parece a la sangre de los demás seres. Si yo tuviera un hijo (sólo al hablar de esto pensaba el doctor en los hijos), juro que primero lo ahorcaba que le permitía el casarse con una mujer de cuyo vientre forzosamente habían de salir generaciones de escrofulosos o de locos.
Afortunadamente, el doctor Zarzoso, para el cual su sobrino era un verdadero hijo, ignoraba qué clase de amorcillos eran los que turbaban la tranquilidad del joven estudiante.
Cuando al recibir la noticia de la muerte trágica del padre Ricardo, la baronesa sufrió una espantosa crisis nerviosa, el doctor Zarzoso fué llamado para su curación. Este suceso produjo en el estudiante gran alegría. Sería ridícula la idea, pero a él le producía cierto placer el que su tío entrase en aquella casa, frente a la cual tantas veces paseaba él, y hasta le parecía que en torno de la ruda figura del doctor quedaba adherido algo del ambiente que creemos percibir rodeando a la mujer amada.
El suceso no causó menos impresión en María. Al saber que su tío había muerto como un mártir, a manos de los fanáticos japonesas, lloró cuanto pudo para no resultar una nota disonante en el concierto de dolor que estalló en la casa; pero, a pesar de esto, su desconsuelo fué más aparente y ceremonioso que real. No tenía grandes motivos para llorar la muerte del tío jesuíta. No lo había visto jamás, y juzgando por los apasionados elogios de la baronesa y sus amigos, imaginábaselo como un hombre huraño, misterioso, desligado por completo de todo vínculo terrestre, y propio para inspirar más miedo que amor.
La enfermedad de su tía sirvióle para poder decidirse con más libertad a hacer "telégrafos" a Juanito con sus vivaces manos, tras los vidrios del balcón.
Además, en tal circunstancia conoció personalmente al tío de su novio, aquel personaje terrible, del cual se había hablado con expresión de miedo en las tertulias de su tía, y que a ella, a pesar de tales prejuicios, le resultaba un buen señor.
El famoso sabio, con toda su ciencia y aquel conocimiento del mundo y de las personas que afectaba su fingida malicia, no podía explicarse las causas de la exagerada amabilidad con que le trataba la niña de la casa. Era un secreto para él el por qué de las sonrisas graciosas y la expresión de alegría con que le recibía la sobrina de la baronesa; pero, ¡ah, cándido doctor!, si no hubiese siempre marchado con la cabeza baja y preocupado por sus ideotas luminosas, de seguro que al salir de la casa se lo hubiese explicado todo, al ver a su sobrino alejarse rápidamente, o esconderse en algún portal, al notar la presencia del tío.
María era la única de aquellas señoritas aristocráticas a la que no miraba con expresión de lástima y asco; no era un gatito desollado, como él llamaba a las otras.
Conocía bien la historia de la familia. Bastante le había dado que hacer la muerte del conde de Baselga en el manicomio que él dirigió en otros tiempos, y aunque estaba convencido de su locura, no dejó de preocuparle el tiro de pistola que el infeliz demente se disparó en su celda. Aquella arma fatal hacía presentir al doctor la existencia de una diabólica intención, que había intervenido en el arreglo de la tragedia. Y como era en él característico atribuir todos los males a la "gente de sotana", no vacilaba en tener por culpable de cuanto había ocurrido a aquel padre Claudio, de quien ya casi nadie se acordaba en Madrid.