La araña negra, t. 7/9

Part 10

Chapter 104,021 wordsPublic domain

La viuda, al bajar de su carruaje, vióse envuelta por un tropel de estudiantes de Medicina que salían de las clases y subían calle arriba, con la algazara propia del que se ha librado, por el resto del día, de una esclavitud enojosa.

Aguantando miradas de insolente fijeza y oyendo con frialdad los floreos que la dirigía aquella juventud bulliciosa que pasaba por su lado, doña Esperanza ajustó su cuenta con el cochero y como propina le entregó algunos papelillos de los que almacenaba su limosnero. El auriga quedóse cómicamente sorprendido y con las hojas místicas en la mano, y al enterarse de lo que eran, él, que esperaba por lo menos un real de propina, correspondió al regalo, con unos cuantos juramentos que hicieron apresurar el paso a la viuda de López. Buen modo de hacer propaganda.

Rompiendo con trabajo la contraria corriente de estudiantes, fué avanzando doña Esperanza, y al llegar a la gran puerta de la casa de la baronesa se detuvo para enlazar una mirada de curiosidad a la berlina detenida a pocos pasos.

La conocía bien: era del doctor. Sin duda doña Fernanda había vuelto a experimentar sus terribles ataques de nervios.

Entrábase ya la viuda por el portal cuando llamó su atención un joven, parado en la acera de enfrente y que medio escondido tras el tronco de un árbol, cambiaba señas con alguien que estaba en el interior de casa de la baronesa.

Era un muchacho bien vestido que parecía ser estudiante, y llevaba en la mano un grueso cuaderno de notas.

Doña Esperanza le miró fijamente, intentando en vano conocerle, y después levantó sus ojos a la fachada para ver quién era la persona que correspondía a las señas del estudiante.

No vió nada, pues todos los balcones tenían cerradas las vidrieras, y sin duda la persona a quien dirigía el joven sus señas estaba medio oculta tras algún cortinaje.

Subió doña Esperanza la ancha escalera de mármol; en la antecámara vió pendiente del perchero la chistera del doctor, y entró en un gabinete, el mismo donde la difunta Enriqueta había pasado la noche anterior al 22 de junio.

Estaba ya sentada en una otomana, esperando que volviese la doncella encargada de noticiar su llegada a la baronesa, cuando se apercibió de que no estaba sola en aquella habitación.

Vió moverse uno de los ricos cortinajes de la ventana y adivinó la presencia de una persona que, oculta por aquéllos, miraba a la calle. A los pocos momentos asomó una linda cabeza que exclamó con hermosa voz de soprano:

--¡Ah! ¿Es usted, doña Esperanza?

Y la sobrina de la baronesa, la pollita de la casa, como llamaba la viuda a María Quirós, avanzó al centro del gabinete procurando ocultar su turbación.

Doña Esperanza sonrió con la maternal benevolencia que tan simpática la hacía a los ojos de todas las jóvenes cuyas casas frecuentaba.

Ya había aclarado el misterio y esto la llenaba de gozo, pues lo que más le placía era poseer secretos ajenos. María tenía amoríos con un estudiante de la inmediata escuela de Medicina. Esto, a primera vista, carecía de importancia; relaciones inocentes, galanteos de balcón a la calle, homenajes, en fin, insubstanciales que desean todas las jóvenes y que son muy pocas las que dejan de conseguirlos; pero tratándose de una sobrina de doña Fernanda de Carrillo la cosa variaba de aspecto y aumentaba en importancia, pues la devota señora era capaz de indignarse de un modo terrible al saber que María andaba en amoríos con un estudiante.

La viuda de López se fijó con insistencia en la hermosa muchacha que tenía delante.

¡Mire usted que no haberse fijado hasta entonces en aquella belleza picaresca y graciosa, que forzosamente había de trastornar a los hombres! ¿Qué de extraño tenía que a una joven con un palmito así la hiciesen el amor, a pesar de que la mayor parte de los días los pasaba en la iglesia o encerrada en casa? Por algo decían que el buen paño hasta en el arca se vende, y lo que es la muchacha había que confesar que era paño amoroso, del mejor y más fino, capaz de secar las lágrimas del mayor desesperado del mundo.

Ningún día la encontró doña Esperanza tan bonita como entonces, y mirando aquel cuerpo hermoso en el cual dieciocho primaveras habían aglomerado todas sus suavidades, sus perfumes y sus colores delicados, y aquella cabeza de un perfil correcto y gracioso como un camafeo griego, animada por dos ojazos de mirada atrevida y terminada por un moñete lindo, en el que todos los peines no lograban domar la subversiva protesta de un rizado natural, encontraba que nada tenía de extraño que se enamorasen de una joven así y hasta que llegasen a hacer por ella verdaderas locuras.

Doña Esperanza se ratificaba ahora en sus anteriores predicciones. ¡Oh! Aquella muchacha, lista, algo insurgente, que tenía su alma en su armario y cuando le parecía contestaba a los sesudos consejos con alguna fina impertinencia, daría mucho que hacer a la santurrona de su tía, que hubo un tiempo en que pensó hacerla monja.

¡Vaya una monjita! Bien se acordaba doña Esperanza de aquello del colegio..., de aquello de la azotea con el vecinito de al lado; y no quería decirse más a sí propia, pues no le gustaba murmurar de nadie ni aun interiormente.

Lo que ella aseguraba era que la tal niña se casaría, o de lo contrario, daría muchos disgustos a la baronesa.

Tenía la publicista católica una razón de peso para creerlo así.

--Es de mala sangre--se decía interiormente--. Forzosamente ha de parecerse a su padre, aquel revolucionario infernal cuya historia tantas veces me ha contado la baronesa. Hará muchas cosas sólo para justificar que lleva la sangre de su padre.

Ella, como depositaria de los secretos de su presidenta, estaba al tanto del origen de María, y tenía el convencimiento de que ésta, aunque muy linda, había de dar poco de sí en punto a fervor religioso.

--¡Vaya, polla! ¿Qué hacíamos en la ventana?

María había recobrado su serenidad, y al ver la sonrisa maliciosa de doña Fernanda, la contestó con aquel gestecillo impertinente que sabía usar cuando la hacían preguntas inoportunas.

--Nada. Me divertía mirando la calle.

--Yo también he mirado bien antes de subir aquí. Sobre todo, a la acera de enfrente.

--¡Sí! ¿Eh? Pues me alegro mucho.

--Vamos, picaruela; no te hagas la desentendida con ese gesto de inocencia, que parece que en la vida has roto un plato.

--Doña Esperanza; no la entiendo a usted.

--Vamos, no tengas reparo en hablarme. Lo sé todo.

--¿Sí? ¿Y qué sabe usted?

--Lo que he visto. Que un joven que parece estudiante de San Carlos te hace el amor desde la acera de enfrente.

--¡Oh! ¡Hay tantos que me hacen el amor...!

Y la joven dijo estas palabras con tan graciosa petulancia, que la viuda no pudo menos que acogerlas con una sonrisa.

--¡Qué pícara eres, Maruja! No extraño que desde aquí, encerradita en casa y burlando la vigilancia de tu tía, vuelvas locos a los hombres. Además, cada día te encuentro más guapa.

--Muchas gracias, doña Esperanza. Pero usted también es guapa.

--¿Quién? ¿Yo?... Lo era, hija mía; lo fuí en otros tiempos, pero ahora sólo quedan los restos. ¡Ay, quién tuviera tu edad!

Y la viuda lanzó un suspiro de jamona sensible que llora los pasados tiempos y en la frialdad de su situación todavía se conmueve viendo los ardores de la juventud.

--Vamos, niña; cuéntame todo. Me gusta ayudar a la juventud en sus asuntos, y gozo viendo cosas que me recuerdan mis tiempos de polla. No tengas cuidado; habla.

--¡Quiá! Buena consejera está usted. Es amiga íntima de mi tía, y, por lo tanto, de las que creen que la felicidad de las chicas es meterlas monjas.

--Eso es; ¡buena monja estarías tú! Nunca he creído que llegaras a serlo, y en cambio tengo la firme esperanza de comer los dulces de tu boda. Vamos, dime, ¿quién es ese muchacho que te hace señas?

--Un hombre.

--¡Ah, picarilla! Te pregunto por su nombre, por su posición.

María quedó por algunos instantes como perpleja, y por fin dijo con repentina resolución:

--Mire usted, doña Esperanza. Se lo diría a usted todo, pero como es tan amiga de mi tía, temo que llegue a oídos de ésta, y la verdad, me asusta solamente el pensar que ella puede saber algún día mis secretillos.

--¿Por quién me tomas, mujer? ¿Crees tú que voy yo a delatarte?

Y la viuda se deshizo en excusas, para demostrarla que ella no revelaría el secreto de la joven. La quería mucho y deseaba servirla, porque ella les tenía mucha ley a las muchachas y sentía un gran placer en ayudarlas, sin duda porque esto le recordaba sus buenos tiempos.

María llegó a tranquilizarse con estas muestras de adhesión, y por fin se decidió a espontanearse.

--Pues bien, doña Esperanza; ese muchacho es un estudiante de Medicina y se llama Juan Zarzoso.

--¿Es pariente acaso del célebre doctor que visita a tu tía?

--Sobrino carnal.

--¡Tiene esto gracia! De modo que mientras el tío está aquí dentro, el sobrino hace el amor desde la calle. ¿Sabe algo el doctor de estas relaciones?

--Nada. El buen señor, según cuentan, tiene el genio algo rudo y no consiente a su sobrino la menor distracción en los estudios. Juanito teme al doctor tanto como yo a mi tía.

--¿Y está muy adelantado en su carrera ese joven?

--Termina en el año próximo. Tiene un brillante porvenir, pues sucederá a su tío en el ejercicio de la profesión. Será un sabio como el doctor Zarzoso.

--¡Vaya, hija mía! Da ganas de reír ese tonillo de mujercita juiciosa con que hablas. ¿Qué sabes tú lo que significa un brillante porvenir? Distráete dejando que ese muchacho te haga el amor, pero no adoptes el aspecto de mujer enamorada, pues algún día tendrás forzosamente que olvidarle.

--¡Olvidarle..., imposible! He de ser su esposa.

--¿Quién, tú? Vamos, niña; estás loca. ¿Te parece que una sobrina de la baronesa de Carrillo, la bella condesita de Baselga, millonaria y perteneciente a la más distinguida nobleza puede ser la esposa de un médico, por más célebre que sea? Tú no conoces lo que es la sociedad ni te has parado a pensar en la desigualdad de clases. De modo que a pesar de ser tú condesa y millonaria, bastaría que cualquiera, yo misma, por ejemplo, me sintiera algo enferma, para arrebatarte inmediatamente al esposo que tendrías a tu lado. Piensa bien en lo extraño que esto resulta.

Y María, efectivamente, se abismaba en profunda reflexión, como si por primera vez tropezase con inconvenientes que hasta entonces no había visto.

--Sí, es verdad--dijo por fin a la viuda--; pero todos estos inconvenientes están resueltos sencillamente con que Juanito no ejerza su profesión y se dedique a ser sabio y a escribir libros de ciencia. De este modo podré casarme con él.

--¡Bah, hija mía! Tú estás reservada para algo más que para ser la esposa de un rebuscador de librotes. Cuando tu tía se convenza de que eres una joven como las demás, para lo cual falta poco, y de que deseas casarte, ya te buscará un marido que esté en consonancia con tus merecimientos y tu alcurnia.

--Pero yo quiero casarme con Juanito--dijo María con sonsonete de niño mimado.

--Pues no lo lograrás, hija mía. Procura no forjarte esas ilusiones. ¡Buena se pondría tu tía si llegara a conocer tus amoríos con el sobrino de don Pedro!

Iba María a contestar, pero un ruido le llamó la atención y dijo a doña Esperanza:

--Es el doctor, que se marcha.

E inmediatamente se dirigió a la antesala, seguida de la locuaz viuda.

El doctor Zarzoso era para ella una persona muy simpática, sencillamente por ser tío de su novio. El afecto que profesaba a Juanito venía a reflejarse en aquel hombre rudo, que se esforzaba en ser amable con aquella joven que le trataba con cariño que él no sabía a qué atribuir.

En la antesala fué donde encontraron al doctor Zarzoso, tomando del perchero su chistera y el bastón.

La edad no había conseguido debilitar aquel corpachón de combatiente, y únicamente como para dejar recuerdo de su paso, el tiempo arañó su rostro, haciendo más profundas las arrugas del entrecejo, que delataban una característica terquedad.

María, al acercarse a él, le preguntó cómo encontraba a su tía.

--No está grave. Le dura la agitación nerviosa producida por la noticia de la muerte de su hermano. La cosa es natural, pues también cuesta disgustillos una honra tan grande como es tener santos mártires en la familia.

Y don Pedro decía estas palabras sin el menor acento de zumba, pero miraba a doña Esperanza, la beata intrigante a quien él conocía bastante, como mujer que se mezclaba en todo.

La viuda de López adivinaba la ironía en aquellas palabras. ¡Ah, maldito ateo! ¡Y pensar que siendo tan pecador era tan sabio que hasta las personas más creyentes no podían prescindir de él en caso de enfermedad!

El doctor enumeró a María todas las precauciones que se debían tomar con la baronesa para combatir y evitar los ataques de nervios que en tan espantoso estado la ponían.

Doña Fernanda, mientras tanto, estaba en el fondo de su gabinete, donde se pasaba las horas envuelta en un grueso "chal", no valiendo más que para ir al comedor cuando el ataque no la retenía en la habitación.

El doctor se despidió, dando antes su mano a María con una afabilidad extraña en él y que hubiese asombrado a los practicantes de San Carlos.

A doña Esperanza sólo la saludó con una ceremoniosa inclinación de cabeza. Decididamente le cargaba aquella jamona, explotadora de la piedad, e intriganta y aduladora de un modo que al doctor le causaba náuseas.

--Dime--exclamó la viuda cuando don Pedro estaba ya en la escalera--. Ahora va a encontrarse en la calle con su sobrino, y es capaz, si adivina lo que hay, de dar un escándalo y hasta de pegarle con el bastón. ¡Oh! Conozco mucho a ese tío.

--No le encontrará. Se iba ya Juanito cuando notó que usted se hallaba en el gabinete.

--Bueno, querida: vamos a ver a tu tía, que estará solita. Ella no saldrá hoy al comedor, ¿verdad? Pues me quedo a almorzar contigo: no quiero que estés sola y fastidiada, pichoncita mía.

Y la gorrona viuda se entró salas adentro, con la misma confianza que si fuese la dueña de la casa.

III

Lo que fué de María al salir del colegio.

Fácil es imaginar el recibimiento que la baronesa de Carrillo haría a su sobrina, cuando ésta, recién salida del colegio, llegó a Madrid.

Doña Fernanda no quiso ir a por ella. La carta de Sor Luisa de Loreto la produjo una impresión terrible. Después de furiosos transportes de indignación, sintióse avergonzada como si ella misma fuese la sorprendida en la azotea del colegio en brazos de un muchacho, y no se decidió a ir ella misma en persona a buscar a su sobrina, como si temiese que las monjas fuesen a echarla una reprimenda por ser la tía de María.

Fué a por ésta un viejo criado de la baronesa, especie de administrador con aspecto de sacristán que los padres jesuítas le habían recomendado como hombre en quien podía depositar toda su confianza.

María, a pesar de todos sus bríos de muchacho con faldas, entró temblando en la casa de la calle de Atocha, que le pareció más lóbrega aún y fatídica que el colegio de Nuestra Señora de la Saletta.

Contra todo lo que ella esperaba, la cólera de la baronesa no se desbordó como terrible tempestad. Limitóse a dirigirla unos cuantos insultos, y después, con aire de verdugo, afirmó que no tardaría ella en arrepentirse de aquella ligereza que había deshonrado a la familia.

La vida que desde entonces hubo de hacer María fué horripilante para un carácter como el suyo, siempre dispuesto al bullicio y a la agitación.

Ya no pudo, como en el colegio, corretear por todas las habitaciones de la casa; allí no había una azotea donde entregarse a melancólica contemplación, dejando pasar rápidas las horas, y se veía obligada a permanecer durante todo el día como pegada a las faldas de su tía.

Por las mañanas, vestida con una modestia que casi rayaba en tacañería, iba con la baronesa, unas veces a pie y otras en el más pobre carruaje de la casa, a oír misa en la iglesia donde oficiaban los padres jesuítas, y allí permanecía en su asiento, aburrida por la monotonía del espectáculo, más de dos horas, hasta que, por fin, la tía se decidía a volver a casa. Inmediatamente había de agarrar las labores en que tan torpe se mostraba, y hasta la hora del almuerzo permanecer al lado de la baronesa, con las manos en continuo movimiento, la vista baja, el aspecto encogido, siempre dispuesta a ser advertida en la menor distracción con un tirón de oreja de su enojada tía, que se había propuesto martirizarla, contrariando todos los naturales impulsos de su carácter, incompatible con la inercia.

Por la tarde comenzaban las visitas, si es que doña Fernanda no tenía que asistir a alguna junta de cofradía.

La tertulia de la baronesa no había variado. Eran los mismos visitantes que en tiempos de Enriqueta, aunque todos más maltratados por la edad; como aquel gran salón que en conjunto era también el mismo de antes, aunque bastante ajado por el polvo de los años que, despertado y barrido por los diligentes plumeros de los criados, volaba a refugiarse en las cornisas y molduras del techo, formando una espesa pátina sobre los grupos mitológicos que el conde de Baselga hizo pintar cuando estaba en la luna de miel.

Al principio, aquellas tertulias de la tarde distrajeron algo a María. No era muy agradable la conversación, pero al menos veía gente y se animaba algo la soledad monástica en que parecía envuelta aquella casa.

Variaba poco el personal. Regularmente y con ciertas intermitencias en la asiduidad de los visitantes, la tertulia se reducía a una media docena de condesas y marquesas que habían sido amigas de doña Fernanda cuando jóvenes, y ahora estaban tan arrugadas y malhumoradas como ésta; y a otros tantos caballeros pertenecientes a la más rancia nobleza y que usaban los trajes cortados a la moda de veinte años atrás, con ricos chalecos de vivos colores e irguiendo el cuello apergaminado y tendonoso, sobre grandes corbatas con alfiler de perlas. La intriganta y aduladora viuda de López no faltaba nunca a la tertulia, pues por muy ocupada que estuviese, siempre tenía tiempo para asomarse y echar un vistazo, muy oronda y satisfecha por tratarse con aquellas momias que olían a agua bendita y que eran la quintaesencia, el extracto de la alta sociedad creyente y partidaria de la buena causa. Algunas veces aparecía también en el salón el padre Tomás; pero sus visitas eran muy raras, a pesar del inmenso agasajo con que se le recibía, de las deferencias de que era objeto y de la revolución que producía con su presencia.

A María, maliciosilla y burlona, le divertían tales fachas cuyo exterior anacrónico no se escapaba a su buen sentido. No; aquellas gentes de seguro que no eran como las demás; parecía como que olían a muerto, eran nadadores testarudos que se empeñaban en ir contra la corriente social y, agarrados al peñasco de la intransigencia, resistían el oleaje continuo, protestando y quejándose a cada onda que batía sus cuerpos e intentaba arrastrarles.

Reinaba en el salón de la baronesa de Carrillo una intransigencia política y religiosa que llegaba hasta la ferocidad: a esto iba unido una educación y una pulcritud de las que parecían enamorados los mismos actores, pero que seguramente habría hecho reír al primer transeúnte que se hubiese colado de rondón en aquel santuario de las venerandas tradiciones, donde nunca se apagaba, como fuego sagrado, el amor al tiempo que pasó.

Cristalizados en un momento de su vida, o sea en el de la juventud, cuando aún eran respetadas e imperaban las ideas que consideraban santas, para aquellas personas no había transcurrido el tiempo, y se trataban del mismo modo que si aún tuvieran veinte años.

María hacía esfuerzos para no reirse cada vez que a la hora de tomar el tradicional chocolate, costumbre que se conservaba en la casa, como todas las antiguas, veía cambiarse dengues y monadas entre las viejas marquesas y los pollos del año treinta y tantos. Un día la baronesa púsose roja de indignación al ver que su sobrina contenía una carcajada, porque uno de aquellos respetables señores la llamaba Fernandita, como en sus buenos tiempos.

Para aquella tertulia de reaccionarios biliosos, cuyo bello ideal hubiese sido parar todos los relojes, volviendo las manecillas hacia atrás, el progreso no existía ni aun dentro de su clase, y con el furor de la imbecilidad pretenciosa que no consiente a su alrededor nada que la sobrepuje, odiaban a todos los que, participando de sus ideas, transigiesen con el espíritu del siglo.

Trataban con el mayor desprecio en aquella tertulia a sus parientes y amigos que pertenecían a la aristocracia en activo; a ésa que brilla, se divierte, es religiosa sólo porque esto resulta de buen tono, y aturde al mundo con sus ruidosas fiestas.

Todo se acababa; hasta la fe y la dignidad de clase. ¡Qué gente, Señor! ¡Qué tiempos! Y la tradicionalista tertulia hablaba con horror de los grandes de España que hacían política y figuraban en partidos llamados liberales, aunque con el aditamento de conservadores; de las familias que no tenían otra religión que la moda y ponían en práctica todas las extravagancias llegadas de París, sin temor al escándalo, no asistiendo a los templos más que en las grandes solemnidades, cuando se hacía buena música, o había un predicador que llamaba la atención; y no trataba con mayores consideraciones a los descendientes de los héroes de la Reconquista que, después de vender a los anticuarios los espadones y las armaduras de sus gloriosos antepasados, para pagar sus deudas con la ruleta del Casino o ir de juergas flamencas con los toreros, se casaban con la hija de un bolsista enriquecido a fuerza de pilladas, o con la viuda de un contratista del Estado, dando sus inmaculados pergaminos a cambio de algunos millones adquiridos Dios sabe cómo.

¡Qué tiempos, Señor; qué tiempos! Había para morir de pesar. Si de tal modo se envilecía la aristocracia, ¿qué iba a quedar después? Y aquellas momias, que en el semioscuro salón se movían como esfinges que encerraban todas las putrefactas grandezas del pasado, envolvían en las maldiciones que arrojaban resignadamente al progreso y a la civilización, a sus mismos parientes, a sus familias, que transigían e iban mezclando su sangre con clases más inferiores, a las cuales la revolución había elevado, recibiendo sus desprecios como única recompensa.

Aquel sanhedrín odiaba la fama y el prestigio que proporciona la inteligencia, como algo que oliese a demagogia. Ser célebre, era para tales personas igualarse a los oradores revolucionarios, a los generales de pronunciamiento, a los "rojos" de Club. Hablar de una persona los periódicos que no eran de la comunión de los fieles, equivalía para la tertulia de la baronesa a un certificado de impiedad y progresismo.

Despreciaban a cuantos se distinguían en algo y "metían ruido", y de aquí que mirasen con desvío u olvidasen por completo a los mismos que más se habían esforzado en defender los ideales a que la tertulia rendía ferviente adoración.

Aparisi y Guijarro era, para aquellas gentes, casi un revolucionario que, por el hecho de haber discutido en las Cortes con los liberales, se había infeccionado forzosamente con su virus de impiedad; el canónigo Manterola inspiraba poca confianza, pues, en su concepto, debía haber permanecido en su cabildo sin meterse a vociferar en un Congreso revolucionario; y en cuanto a Donoso Cortés, sólo lo conocía y se acordaba de él uno de aquellos señores que tenía sus puntos y ribetes de literato.