Part 9
Llegaban hasta allí, amortiguados por puertas y cortinajes, el sonido del órgano y los cantos de los tiples en la cercana iglesia; y dentro de la sacristía, el sacristán y sus ayudantes corrían de un lado a otro y se afanaban por arreglar todos los preparativos de la misa.
Dos padres jesuítas charlaban sentados en un rincón, el uno vestido de sotana y el otro con dalmática, mientras que un tercero, de pie junto a la gran mesa de la sacristía, revestíase y se disponía a cubrirse con otra capa de igual clase, extremadamente pesada por la calidad de la tela y el grueso de los deslumbrantes bordados.
Eran los dos diáconos que habían de ayudar al padre Claudio en la misa mayor.
El viejo jesuíta, instintivamente e impulsado por la fuerza de la costumbre, miró a todos lados para ver si los preparativos estaban corrientes.
Encima de la mesa y junto al grande y antiguo espejo con marco de oro, ensuciado por las moscas y estrecho y largo hasta llegar al techo, estaba en cuidadoso montón toda la ropa sagrada de la misa. El cáliz, de oro fino, estaba a poca distancia, con su purificador, su patena y su hostia, cubierto todo por el cuadrado de tela igual a la casulla, y ésta acababa de ser tendida por el sacristán sobre la misma mesa, deslumbrando con sus bordados que representaban varios atributos de la Pasión de Cristo.
El padre Claudio, satisfecho de aquella inspección, se encaminó a una fuentecilla que estaba junto a la puerta de entrada de la sacristía y comenzó a lavarse las manos en aquel sonoro hilillo de agua. Estaba aquel día de buen humor, pues la fiesta, que tan buenos recuerdos le había dejado siempre, conseguía disipar por primera vez aquella terrible tristeza que le había acometido desde su ruina.
Un jesuíta entró en la sacristía.
Era el padre Felipe, aquel robusto confesor de la baronesa de Carrillo, que cada vez estaba más fornido y más imbécil.
--¡Hola, padre Felipe!--dijo el padre Claudio con la benevolencia que desde su caída demostraba a todos los humildes--. ¿Cómo está la iglesia?
--¡Ah, reverendo padre! Presenta un golpe de vista encantador. Está en ella lo más selecto de Madrid. Yo he conocido entre las señoras varias damas de Palacio y más de treinta condesas y marquesas. Es una fiesta que dará que hablar y demostrará que todo el mundo está con nosotros.
--¿Está también doña Fernanda, la baronesa?
--Sí; en primera fila la he visto; junto al presbiterio. Su hermana Enriqueta no ha podido venir; la pobrecita cada vez se halla peor.
El padre Claudio había acabado mientras tanto de secarse las manos, y mascullando una oración se dirigió a la mesa donde estaban las sagradas vestiduras para comenzar a revestirse. Los dos acólitos pusiéronse a su lado para ayudarle y el sacristán mayor, algo apartado, vigilaba con mirada atenta aquella operación.
El padre Felipe fué a conversar con los otros dos jesuítas que estaban sentados a un extremo de la sacristía, y el celebrante comenzó a vestirse.
Cogió el amito, y después de besar la cruz bordada en su centro, púsose el lienzo sobre la cabeza, y deslizándolo por la espalda hasta rodear el cuello de su sotana, se ató sus cordones a la cintura, después de lo cual vistióse el alba, signo de pureza, teniendo buen cuidado de introducírsela por el brazo derecho.
Los acólitos daban vueltas en torno del sacerdote, agachándose, tirando del alba para que cayese en pliegues naturales y procurando que no estuviera en unos puntos más alta que en otros.
Iba a ceñirse el cordón que le presentaba el sacristán y que era el recuerdo de la cuerda con que Jesús fué torturado en su Pasión, cuando, fijando sus ojos en el gran espejo que delante tenía, vió cómo entraba con su habitual cautela el padre Tomás.
La presencia de aquel hombre turbó la alegría del padre Claudio. Mostrábase el italiano como siempre, sonriente y humilde; pero el viejo creyó ver en él una expresión diabólica de gozo que no había notado en los otros días.
El padre Tomás fingía admirablemente en público una subordinación absoluta a aquel hombre que sólo era su escribiente.
--Reverendo padre--dijo acercándose al padre Claudio--; el templo está hermosísimo. Pocas veces he visto una fiesta tan deslumbrante. Puede usted estar orgulloso de oficiar ante un concurso de fieles tan distinguidos. Crea que le envidio el papel que va a desempeñar.
--Eso mismo pienso yo, padre Tomás--dijo mezclándose oficiosamente en la conversación el padre Felipe--. Vale la pena oficiar ante gente tan notable.
Y el sencillote jesuíta, sin fijarse en que el padre Claudio estaba murmurando las oraciones propias del acto de revestirse, púsose a reseñar por sus nombres todas las damas distinguidas que estaban en la iglesia y varias veces le distrajo con su charla.
Entró otro jesuíta, que era el padre Luis, el famoso orador sagrado encargado de pronunciar el sermón en aquella festividad.
El orador, convencido de su valía y de su gloria, mostraba en su conversación bastante petulancia, y trataba a todos con dulce benevolencia y cierto aire protector.
No tenía prisa, pues aún tardaría el momento de subir al púlpito, pero venía a ver cómo se revestía el padre Claudio, su maestro y protector bondadoso, y a fumar un cigarrillo. El predicador no podía callarse, y pegándose al padre Claudio, con la misma familiaridad que si estuviese en su despacho, le anunciaba de antemano el éxito que iba a alcanzar con el sermón, y recitaba por adelantado algunos de sus fragmentos, al mismo tiempo que guiñaba un ojo o se interrumpía, diciendo:
--¡Eh, reverendo padre! ¿Qué le parece a usted este parrafito? ¡Cómo se quedarán esas tortolitas místicas que vienen a escucharme! ¿Pues y este parrafillo en que les doy de firme a los pícaros revolucionarios?
Mientras el predicador iba anticipando a entregas su sermón y el simple padre Felipe le oía con aire de embobado, el padre Tomás abordaba en un extremo de la habitación al atribulado sacristán, que, aturdido por aquellos preparativos extraordinarios, iba de un punto a otro sin saber qué hacerse.
--¡Qué, querido hermano! ¿Está ya todo corriente?
--Creo que sí, padre Tomás. ¡Si usted supiera cómo tengo la cabeza!... Esto es cosa de volverse loco. Yo creo que está todo... a ver... El altar mayor lo han encendido hace ya rato; el misal lo acaban de llevar los muchachos; los dos ayudantes se han revestido ya; el reverendo padre lo está haciendo ahora; ahí está el cáliz, ahora... ¿qué más puede faltar?
El padre Tomás sonrió con cierta sorna:
--¿Y las vinajeras, desgraciado? ¿Y las vinajeras?
El sacristán hizo un movimiento de retroceso y se golpeó la frente con las dos manos, con la misma expresión de desaliento del inventor que descubre un defecto capital en la obra que creía perfecta.
--¡Virgen santísima!--balbuceó quedo, como si no quisiera que nadie se enterara de su descuido--. Es verdad. ¡He olvidado las vinajeras! ¡Qué descuido! Gracias, padre Tomás; muchas gracias. A no ser por usted, hubiese cometido una majadería.
Y se abalanzó a un pequeño armario, de donde sacó unas vinajeras de rico cristal tallado, montadas sobre un armazón de plata antigua artísticamente labrada.
Llenó una en el hilillo de agua de la fuente; destapó después una gran botella que estaba en el mismo armario, y vertió en la otra redomilla un chorro de vino que se transparentaba con reflejos opalinos, y caída produciendo un delicioso "glu-glu". Sacó de un cajón un lavamanos limpio y cuidadosamente planchado, púsolo entre las vinajeras y fué a salir por el obscuro pasadizo que desde la sacristía conducía al altar mayor.
El padre Tomás detuvo por la manga al azorado sacristán:
--¿Adónde va usted, hermano? Quédese aquí, donde es necesaria su presencia, y así nadie reparará en su olvido. Yo me encargaré de llevar las vinajeras al altar.
El sacristán, no sabiendo cómo agradecer al italiano su bondad, lanzóle una tierna mirada, y el padre Tomás desapareció en el obscuro corredor llevando las vinajeras.
Nadie se apercibió de aquello en la sacristía. Los dos ayudantes de la misa y el otro jesuíta discutían en el extremo opuesto, de espaldas al lugar donde habían hablado el italiano y el sacristán, y en cuanto al padre Claudio, no había visto nada, ocupado como estaba en arreglarse la pesada casulla y en escuchar al padre Luis, cada una de cuyas palabras asombraba y enternecía al robusto padre Felipe.
Llegó el momento de comenzar la misa, y el celebrante y sus dos ayudantes entraron uno tras otro en el obscuro pasadizo, precedidos del sacristán y los acólitos. El padre Claudio, sujetando el cáliz con la mano izquierda y apoyando en la tapa del mismo su derecha, iba rezando oraciones.
El padre Felipe se quedó en la sacristía para acompañar al vivaracho orador, que seguía fumando su cigarro y haciendo comentarios sobre el efecto que iba a causar su sermón.
Aparecieron el celebrante y sus dos ayudantes al son de una marcha triunfal que entonaba el órgano, y en la vasta nave conmovióse aquella grey devota y aristocrática, que, sudando, cuchicheando a media voz y agitando el abanico aguardaba con la misma curiosidad expectante que en el Real las noches del début.
Comenzó la misa y los fieles se mostraron muy atentos a los cantos que salían del coro, reconociendo interiormente que los jesuítas sabían hacer las cosas muy bien y que aquella capilla de música era de lo más notable que podía oírse en Madrid.
El sagrado simulacro del drama en que Jesús fué protagonista deslizóse sin incidente alguno hasta que llegó el momento del sermón.
Los tres oficiantes sentáronse en ricos sillones, e inmediatamente la música rompió a tocar una graciosa marcha, que hacía mover instintivamente los lindos pies a la mayor parte de las aristocráticas damas que ocupaban la nave.
Era la señal de que el predicador iba a salir, y no tardó en aparecer en el altar mayor el padre Luis, con roquete de deslumbrante blancura, graciosamente rizado y encañonado.
Avanzó el orador con el aspecto meditabundo y teatral, propio de esos retratos en que se representa a los grandes artistas en el momento de recibir la inspiración; se arrodilló a los pies del padre Claudio para que lo bendijese, e inmediatamente desapareció precedido de acólitos y sacristanes, para surgir al poco rato sobre el púlpito, siempre al son de la misma musiquilla.
El público no había cesado de moverse. Las señoras se acomodaban en sus asientos para oír mejor, los hombres se agolpaban en los puntos de la iglesia que tenían condiciones acústicas favorables, y todos se preparaban a gozar con la palabra divina de aquel jesuíta, a quien los periódicos del gremio llamaban el San Bernardo de la época.
Cesó la música, y el orador, después de algunas actitudes teatrales que tenían por objeto poner de relieve el perfil de su cabeza artística, comenzó a hablar.
Bien conocía el padre Luis su público, y no se equivocaba al anunciar que tendría un éxito. Su sermón hizo delirar de entusiasmo, durante una hora, a todos los oyentes, que por poco no aplaudieron la mayor parte de sus pasajes.
La oración se circunscribió a la festividad que se conmemoraba; pero sólo el padre Luis era capaz de sacar tanto jugo al tema. Habló, haciendo párrafos inmensos que redondeaba con atropelladas imágenes, tan ruidosas, esplendentes y vacías como los cohetes voladores que deslumbran durante un instante y se remontan para caer después chamuscados e inertes.
Los oyentes sacaban de todo el discurso la lógica consecuencia de que San Ignacio había sido el hombre más eminente del mundo, y la Compañía de Jesús la institución más benéfica y útil a la humanidad que habían podido soñar los hombres.
San Ignacio, como santo, era el que seguía a Jesús en la corte celestial, y aún hacía el orador ciertas reservas y apartes que daban a entender su convencimiento íntimo de que con el tiempo, el de Loyola podía muy bien ocupar el puesto de Dios hijo. Como hombre, el fundador de la Compañía de Jesús, era según el orador, el cerebro más potente, el sabio más asombroso que había surgido en la humanidad desde que existía el mundo. A su lado, desde Aristóteles y Arquímedes hasta Franklin y el contemporáneo Edisson, todos los sabios resultaban niños de teta, y no había uno que pudiera compararse con el que había ideado la negra milicia de Jesús.
Y después de la apología del santo, del relato de sus aventuras místicas y de sus locuras de caballero andante, ¡qué pintura tan conmovedora de la fundación y vicisitudes de la Compañía! La comunión de Montmartre, aquella mañana en que Ignacio, tan desconocido como sus humildes compañeros, de rodillas en la cima del monte que domina a París, juraban ante la Virgen constituir la sociedad de Jesús; el rápido crecimiento de la Orden; los grandes servicios que prestó aconsejando a los reyes de Francia el degüello de la noche de San Bartolomé y a los de España que favoreciesen la Inquisición, para que ésta quemase muchos herejes; la paternal autoridad de los jesuítas en América, que convertían el Paraguay en un paraíso; la ruda campaña de los filósofos enciclopedistas contra la Compañía; la ceguera de ciertos monarcas al expulsar a los hijos de Loyola de sus dominios; la resurrección vigorosa y esplendente de la Orden a principios de siglo y su brillante situación actual, todo surgía admirablemente descrito en aquel discurso, envuelto en dorada vestidura de arrebatadoras imágenes y matizado con inflexiones de voz y ademanes elegantes, que conmovían hasta en lo más recóndito las entrañas de aquellas devotas.
Luego vino la parte de actualidad que aun resultaba más agradable para aquel concurso privilegiado. ¡Oh! El infierno iba suelto por el mundo; el diablo hacía de las suyas; la revolución surgía, amenazando destruir todo lo existente; pero no había que temer mientras la Compañía de Jesús permaneciese en pie. La milicia de Cristo sería el baluarte donde se estrellarían todas las impiedades del siglo, pero para que el éxito fuese completo, había que ayudar a la Orden en su resistencia. Y el orador, dando esto por sentado, excitaba a aquel auditorio rico y poderoso con frases indirectas, cuyo verdadero significado era: Odebecednos, servidnos como instrumentos, y no nos escaseéis vuestro dinero, que todo será para la mayor gloria de Dios y para evitar que el pueblo, despertándose, reconozca la farsa y acabe con vosotros.
El auditorio iba ascendiendo rápidamente la escala del entusiasmo, y con los ojos fijos en el orador y la expresión de anhelante curiosidad, le seguía en la carrera de su discurso, accidentada, pero siempre florida.
En cuanto a los jesuítas que ocupaban el presbiterio, formando un apretado haz de negras sotanas, no le oían con tan extremada expresión de entusiasmo, pero tenían en sus labios una angelical sonrisa y acariciaban con su mirada al compañero, que tan hábil era para conmover a aquella clase que el padre Claudio, en la intimidad y en sus momentos de buen humor, llamaba siempre "papanatas aristócratas".
El viejo jesuíta, ocupando con su desbordada obesidad todo el gran sillón, y muy molestado por el peso de aquella rica casulla que le hacía sudar, escuchaba el sermón con cierta complacencia. Todas las frases del orador le resultaban lugares comunes sin ningún interés, pero le complacía el considerar que aquel hombre admirable era su discípulo, y que algunas de las palabras que más efecto causaban las había aprendido el predicador de su antiguo maestro.
Aquel sermón, era para el padre Claudio, como un lindo espejo en el cual se contemplaba, encontrándose rejuvenecido.
A pesar de esto, fastidiábase en algunos momentos de la longitud del sermón que tanto gustaba al público, y molestado, además, por las vestiduras y el calor, buscaba el entretenerse paseando su vista por aquella concurrencia, en la que encontraba un sinnúmero de caras conocidas.
Vió en primera fila a la baronesa de Carrillo, llorosa y conmovida por la elocuencia del predicador, como la mayor parte de las damas, que tenían vueltos los ojos al púlpito.
Todos miraban al padre Luis, cada vez más magnífico y arrebatador; todos... menos el padre Tomás, pues el viejo jesuíta, al fijar varias veces su mirada en el grupo que formaban los padres más importantes, vió siempre que el padre italiano tenía los ojos en él, con una expresión que al padre Claudio, sin saber por qué, le parecía poco tranquilizadora.
Ya no atendió el celebrante al sermón, preocupado por aquellas extrañas miradas del italiano, y entregado a conjeturas y sospechas, pasó el tiempo hasta que el padre Luis terminó su discurso.
Cuando se apagó el murmullo de las tres avemarías que los oyentes rezaron a la Virgen por consejo del predicador, reanudóse la misa con gran contentamiento del padre Claudio, que derecho y moviéndose, no sufría tantas molestias como en el mullido sillón.
La capilla de música volvió a llenar el espacio del templo con celestiales armonías, y el público, fatigado por el excesivo entusiasmo que el sermón le había producido, seguía ahora la marcha de la misa con completo recogimiento.
Llegó el instante recordatorio de la consumación del divino sacrificio, y el padre Claudio elevó la hostia a los acordes de la Marcha Real. El cáliz de oro, había sido llenado a su tiempo con el contenido de las vinajeras, por el encargado de todo el servicio de la mesa.
El celebrante bebió tres veces la preciosa sangre que contenía la áurea copa, sin apartar los labios del borde y cuidándose, como es regla, de consumir hasta la última gota del líquido.
Al beber el padre Claudio, no pudo evitar un pequeño gesto de repugnancia. Su frío paladar encontraba algo de extraño y acre en aquel vino sagrado, que él cuidaba siempre que fuese de agradable gusto, pues no era muy aficionado a bebidas alcohólicas.
Pero esta impresión pasó inmediatamente. El padre Claudio justificaba la extrañeza de su paladar. Acostumbraba a no beber vino en las comidas, y como por sus importantes negocios le había dispensado el Papa de decir misa obligatoriamente, hacía mucho tiempo que no consumaba el divino sacrificio, y había, por tanto, perdido la costumbre.
Poco faltaba ya para que la misa terminase, de lo que se alegraba bastante el viejo jesuíta.
No estaba él ya para fiestas como aquélla. La rica casulla le molestaba con su peso, y el calor y el humo de los cirios le mareaban hasta producirle náuseas.
Era, sin duda, por el afán de terminar por el que el padre Claudio se sentía más ligero y vigoroso conforme avanzaba el tiempo.
Parecía circular por sus venas una sangre nueva y extremadamente ardiente, y al mismo tiempo que se sentía con mayor vigor, comenzaba a experimentar amagos de vahidos y le parecía que el altar, los que le rodeaban y el inmenso auditorio iban de un momento a otro a agitarse en fantástica contradanza.
El padre Claudio también se explicaba aquello y se decía interiormente:
--Estoy ebrio. Ese vinillo es demasiado fuerte y se me ha subido a la cabeza.
Y ebrio debía de estar, porque en ciertos momentos se tambaleaba ligeramente, y a pesar del excesivo calor que sentía en su cuerpo, las piernas se negaban a obedecerle.
Hacía esfuerzos para que nadie notara su estado y recitaba sus oraciones con voz confusa, procurando que no se fijaran en su lengua, cada vez más torpe y estropajosa.
A costa de grandes esfuerzos llegó al final de la misa, y cuando, volviéndose a los fieles, hubo de entonar el "Ite, misa est", salió de su garganta una voz ronca, tan estridente y extraña, que él mismo se asustó.
Sólo con gran esfuerzo de los pulmones pudo entonar tales palabras, y aquella violencia que hizo, le perdió.
Apenas se había extinguido en las bóvedas el eco de su voz, el padre Claudio tornóse densamente pálido, llevóse las manos al pecho, arañando la rica casulla, y se tambaleó próximo a caer al suelo.
Por fortuna, acudieron los más cercanos a él y lo sostuvieron en sus brazos.
El anciano, con las facciones desencajadas, agitábase en espantosas contracciones y abría la boca con angustia, como si le faltara aire para respirar.
Una ola ardiente subía por su garganta, ahogándole, y al fin su boca arrojó un gran golpe de sangre negra e infecta, que cayó sobre la rica casulla, manchando los relucientes bordados con repugnantes arabescos.
El público se arremolinaba en la nave, presa de la mayor curiosidad, y preguntando a voces qué era aquello.
El padre Tomás se confundió en el grupo que, con expresión desolada, rodeaba al padre Claudio.
--Es un ataque--dijo el italiano a los demás jesuítas--. Esto era de esperar. Su reverencia está demasiado gordo para su edad. Que lo lleven a la cama. Cójanlo ustedes y sáquenlo por aquí.
Y el padre Tomás, abriendo camino a los que conducían en brazos al enfermo, salió con tanta violencia de aquel apretado grupo, que dió con el codo a las vinajeras, colocadas en una mesa accesoria del altar, y las derribó al suelo.
Las dos ricas ampollas se hicieron añicos, y el líquido que contenían se esparció por el suelo, no dejando en él más que una pequeña mancha.
XIII
La agonía del padre Claudio.
El padre Claudio se moría.
De esto se hallaban convencidas ya todas las aristocráticas devotas, que, dejando en la puerta una larga fila de carruajes, entraban en la portería de la residencia, a enterarse del estado del reverendo padre, e igual certidumbre abrigaban todos los individuos de la Orden, que, con aquel inesperado accidente, veían turbada la fiesta solemne, en la que pensaban los novicios durante todo el año.
Reinaba en la casa de la Orden ese mismo silencio de las viviendas donde lucha con la muerte alguna persona importante.
Los novicios y los hermanos permanecían en sus celdas, y si se veían obligados a salir de ellas, iban por los corredores con paso precipitado y leve, deslizándose como fantasmas. Las campanas del templo no volteaban alegremente como en otros años para conmemorar la festividad, y los padres de importancia, entre los cuales se hallaba el padre Tomás, estaban reunidos en un aula, comentando el suceso, y haciendo votos porque recobrase la salud el reverendo padre, a quien todos manifestaban un cariño sin límites desde que lo veían próximo a la tumba.
La noticia de lo ocurrido había circulado rápidamente por Madrid, y toda la aristocracia mostrábase conmovida por la próxima muerte de aquel hombre, que, durante cuarenta años, la había dirigido con sus consejos, siendo en ocasiones adusto amigo y en otras bondadoso protector.
Las clases privilegiadas hacían una verdadera manifestación con motivo del triste suceso, yendo en persona a enterarse del estado del enfermo o enviando a sus criados, y hasta el gentilhombre de servicio en Palacio entró en la portería de la residencia para preguntar en nombre de Sus Majestades cómo seguía el enfermo.
No podía quejarse el padre Claudio. Moría envenenado, vencido por sus enemigos y con la rabia que le producía el pensar que el crimen quedaría en el más absoluto secreto, pero al menos podía servirle de consuelo aquel aparato de dolor público que rodeaba sus últimas horas, y que proporcionaba a la Compañía el placer de apreciar, por sus propios ojos, el gran prestigio que tenía aún sobre la clase aristocrática.
Triste caída la del padre Claudio, a pesar de tantos honores. Nunca había llegado a imaginarse él, aun en los instantes de mayor pesimismo, que pudiera perecer de un modo tan sencillo y traicionero.
Morir en medio de una conmoción popular, sacrificado por el odio de los enemigos de la Compañía, le hubiera gustado en su vejez, pues así abandonaba el mundo rodeado de la aureola del martirio y dando a su nombre cierta notoriedad; pero caer en la tumba, víctima, en apariencia, de una lesión interior y en realidad asesinado por el padre Tomás, agente de sus mortales contrarios de Roma, amargaba los últimos momentos de su existencia con la más iracunda de las indignaciones.
Lo que hacía llegar su ira al período álgido, eran las precauciones de que le rodeaban los asesinos para evitar que el crimen pudiera traslucirse.