Part 8
--Oiga usted bien, padre Tomás, oiga lo que soy, para que me conozca perfectamente y pueda decir a esos que le envían el respeto que merezco. Cuando yo ingresé en la Compañía, en Roma, tenía quince años y su situación no podía ser más deplorable. Las ideas revolucionarias del pasado siglo habían barrido al jesuitismo de todas las naciones. La Orden estaba casi en la agonía por culpa de toda esa cáfia de filósofos que tanto escribieron en el siglo XVIII contra nosotros. Nos habían arrojado de España, Portugal, Francia, de casi toda América; en una palabra, de todos los sitios donde nos convenía estar. La Compañía estaba reducida a Roma, donde vivía a la sombra del papado como un arbolillo mustio y enfermizo. Al morir la revolución con su último propagandista, el tirano Bonaparte y al restablecerse en España el absolutismo, Fernando VII nos abrió las puertas de esta nación y yo vine aquí con unos cuantos viejos imbéciles que procedían de la expulsión verificada en el siglo anterior por Carlos III. ¡Bien hubiese marchado la Compañía a estar encargados los tales vejetes de su dirección! Por fortuna se me hizo justicia, y aunque yo era entonces un mozuelo, fuí puesto al frente de la Compañía de Jesús, en España. Soy modesto y no quiero entonar mis propias alabanzas, que por más que parezcan exageradas, serán siempre merecidas. Pero tengo que hacer constar que fuí el peor enemigo que la revolución podía haber encontrado. Fomenté como nadie los sentimientos realistas y fanáticos del pueblo español; organicé las terribles persecuciones que sufrieron los realistas, en el trienio constitucional del 20; la revolución pacífica y progresiva no pudo desarrollarse porque yo lo impedí fomentando algaradas y motines a diario; yo dí el primer impulso a la guerra carlista, y cuando comprendí que el pretendiente no podía triunfar salvé a tiempo los intereses de la Compañía volviendo al lado de la reina Isabel, para evitar que ésta fuese dirigida por los progresistas; nuestra Orden ha crecido y sido omnipotente en España más que en otra nación; hoy manda en este país como pueda mandar en el "Gesù" de Roma, y todo gracias a mí, que no he descansado nunca ni sé lo que es gozar de la vida; que he expuesto mil veces mi existencia en los períodos de agitación; que formando la asociación de "El Angel Exterminador", atraje sobre mi cabeza las venganzas de numerosas familias afligidas por nuestras persecuciones, y que con tal de mantener el prestigio de la Orden he desempeñado el más vil de los papeles, el de alcahuete regio, ofreciendo mujeres a Fernando VII y presentando hombres a su augusta hija. Ahora bien, padre Tomás, ¿qué le parece a usted todo esto? El que ha arraigado de nuevo la Orden en España, de un modo que la revolución tendrá que bregar mucho para derribarla, ¿no merece que le respeten esas gentes de Roma que están allá muy tranquilas gozando de ese poderío que nosotros les conquistamos aquí a costa de grandes esfuerzos?
El padre Tomás hizo un gesto de ambigua adhesión; pero el padre Claudio estaba demasiado exaltado para fijarse en la frialdad del italiano.
--Y no quedan reducidos sólo a esto mis trabajos--continuó--: ahí está mi secretario y eterno compañero, el padre Antonio, y allá en Roma está el registro central de la Compañía, para atestiguar lo que yo he trabajado con el objeto de arraigar el poderío de nuestra Orden en todas las conciencias. Gracias a mí, se han fundado numerosos colegios donde la juventud más distinguida se educa tal como queremos; la aristocracia española está por completo a la voluntad de cuanto se piensa en este despacho, y a las arcas de Roma he enviado yo cuarenta millones de pesetas; esto sin contar ocho más que acabo de conquistar. Grande es nuestra asociación; no hay punto del globo donde no tengamos representantes; pero a pesar de ser tantos los jesuítas, de seguro que no saldrá uno solo que pueda alegar más méritos que yo. ¿Es verdad o no esto que digo, padre Tomás?
Y esta vez se plantó ante el italiano y le miró fijamente con expresión iracunda, esperando su contestación.
--Así es, reverendo padre--dijo con su calma que contrastaba con el furor reconcentrado del padre Claudio--. Ya he dicho antes a vuestra reverencia que en todas partes donde hay jesuítas se le respeta en lo que vale.
--En todas partes menos en Roma; y si no vamos a cuentas. ¿A qué ha venido usted a Madrid?
--Yo no he venido por mi propia voluntad. He cumplido un voto que hice al entrar en la Compañía; el voto de obediencia. Me han ordenado mis superiores que viniese aquí y he obedecido.
El italiano dijo estas palabras con tanta modestia y sencillez, que el padre Claudio quedó desconcertado. No podía seguir atacando en tal terreno al italiano, pues éste le opondría sus votos.
Mudó de táctica y dijo al padre Tomás, como si olvidara lo anteriormente expuesto:
--No quiero investigar los motivos que le han traído a usted a Madrid. Lo que le digo a usted es que no conviene a los intereses de la Orden que permanezca aquí inactivo y ocioso, dando un mal ejemplo a los demás padres, que se afanan y trabajan en bien de la Compañía de Jesús.
--Reverendo padre; si no hago nada aquí, es porque vuestra reverencia no me da ocupación.
--Trabajará usted y muy pronto. No se quejará usted en adelante de que lo olvido. Mañana mismo saldrá usted para nuestra casa de Valencia.
--Eso es imposible, reverendo padre.
--¡Imposible!... Quisiera saber por qué. Usted ha prestado voto de obediencia y debe acatar las órdenes de los superiores.
El padre Claudio, movido por la indignación, hablaba con una expresión furiosa que contrastaba con la frialdad del italiano.
--Yo siempre obedezco a mis superiores--dijo el padre Tomás--, y por esto mismo permanezco aquí, cumpliendo las órdenes del padre General, que es el único que me puede mandar. Vuestra reverencia olvida sin duda que yo soy padre de alto grado y que no estando inscrito entre los individuos de la Compañía que prestan sus servicios en España, sólo a la autoridad de Roma debo obedecer y seguir las órdenes que me dicte el padre General. Vuestra reverencia no tiene en esta ocasión ningún poder sobre mi humilde persona. El General me ha enviado aquí y aquí me quedo.
El padre Claudio quedó aturdido ante la fría firmeza con que el jesuíta decía estas palabras.
Pero pronto se repuso de su sorpresa. Hacía cuarenta años que estaba acostumbrado a que la Compañía en España se pusiera en movimiento al más leve de sus gestos; nunca hombre alguno vestido con la sotana jesuítica había intentado desobedecerle y el ejemplo de aquel italiano, que osaba rebelársele, le produjo una irritación sin límites.
Su abotargado rostro cubrióse de mortal palidez, chispearon sus ojos, sus labios temblaron con el "tic" nervioso del furor y se sintió próximo a enloquecer por la afrenta que intentaban hacerle, ante aquel secretario que en su juventud consideraba a su maestro como un semidiós.
¡Poder de la indignación! Hasta le pareció al jesuíta que el padre Antonio, sin levantar la cabeza de los papeles, sonreía maliciosamente, gozando mucho en presencia de aquella humillación que sufría su soberbio superior.
Había que confundir al insolente italiano, y encarándose con él, le dijo sordamente:
--¡Basta ya de farsas y de fingimientos, señor italiano! Su presencia aquí me es odiosa... ¿Lo quiere usted más claro? Mañana mismo saldrá usted de Madrid, pues me estorba y me irrita ese espionaje de que continuamente soy objeto. Cuando yo era joven, fingía tan bien como cualquiera otro, pero ahora que soy viejo y célebre, y tengo, por tanto, derecho a que me respeten, no quiero mentir y doy a las cosas su verdadero nombre. Sé que usted es un espía del General y conozco tan bien como usted lo que ha ocurrido en Roma y cuál ha sido la suerte del padre Corsi, pobre amigo mío, sacrificado por el espíritu de venganza que allá sienten contra mí. No quiero tener a mi lado a uno de los asesinos de mi amigo Corsi. ¿Está usted enterado? Márchese cuanto antes y dé gracias porque yo soy ahora un viejo, que de lo contrario, no guardaría usted buenos recuerdos de su espionaje.
Y el viejo jesuíta, tembloroso por el furor, pálido, rugiente y magnífico en su indignación, señalaba la puerta con ademán imperativo, indicando al italiano que saliera cuanto antes.
El padre Tomás permanecía en su actitud impasible, con la mirada fija en el superior, y gozando internamente al ver su extremada irritación.
--¡Márchese usted!--gritaba el padre Claudio--. ¡Que no le vea a usted más!
--Me iré cuando me lo mande el General.
--Aquí no hay más General ni más voluntad que la mía. Le arrojo a usted de aquí y puede marcharse al infierno si quiere. Hoy mismo daré órdenes para que no le admitan en la casa residencia, y que pongan en medio del arroyo todo su equipaje. Y ahora salga usted inmediatamente de este despacho o de lo contrario llamaré a los criados para que le arrojen.
El italiano no se inmutaba con aquellas amenazas. Continuaba impasible, y se limitó a decir con su eterna frialdad:
--Eso que hace vuestra reverencia es un verdadero golpe de Estado. Es desconocer la autoridad del General, es rebelarse contra la autoridad suprema de la Compañía, y caer de lleno en el artículo primero del título IV de nuestro reglamento secreto. ¿Conoce usted el artículo?
--Sí; le conozco. Valiéndose de él dieron muerte a mi amigo Corsi. ¿Aún te atreves a recordarlo, esbirro del demonio?... Yo soy el padre Claudio, el restaurador de la Compañía en España, y cuando se me falta al respeto y a la obediencia que merezco, paso por encima del General, del reglamento secreto y de cuanto se me ponga por delante. ¡A la calle, italiano! ¡A la calle!
--Piense vuestra reverencia en lo que hace.
--¡Qué pesadez! ¡Y que no tenga yo puños suficientes para poner en la puerta a este miserable espía!
Y se abalanzó al cordón de la campanilla para llamar a los criados.
--Un momento--dijo el padre Tomás levantándose de su silla, mientras que el iracundo jesuíta se detenía al ver este movimiento de su enemigo--. Puesto que usted, padre Claudio, se empeña en expulsarme y falta a las reglas de la Compañía, despreciando al General y pronunciando frases ofensivas al espíritu de la Orden, ha llegado el momento de que se aclare la situación. Lea usted.
Y el italiano, hasta entonces humilde y rastrero, se irguió con altanera friadad, e introduciendo su diestra en el bolsillo de la sotana, sacó un papel doblado que entregó al padre Claudio.
Apenas éste pasó sus ojos por él, sintió un escalofrío de terror. Estaba escrito el papel en la misteriosa taquigrafía que los jesuítas emplean en sus comunicaciones secretas y que sólo conocen los padres iniciados en el alto grado, y al pie del documento figuraba el garabato que era la firma simbólica del General.
El documento no podía ser más auténtico, y el padre Claudio, habituado a leer durante muchos años tal clase de comunicaciones, la descifró de corrido. Su contenido no podía ser más fatal.
La autoridad suprema le ordenaba, bajo la pena de pasar como traidor a la Compañía, en caso de desobediencia, que inmediatamente que leyese aquella comunicación se pusiera bajo las órdenes del padre Tomás Ferrari, que en adelante sería el vicario general de la sociedad de Jesús en España.
El viejo jesuíta se estremeció desde la cabeza a los pies, parecióle que la habitación entera se desplomaba sobre él, y hubo de apoyarse en la mesa para no caer.
Verse despojado en la vejez de la autoridad que había ejercido toda su vida; contemplarse súbdito de un desconocido, él, que estaba habituado, desde su juventud, al mando absoluto, era un golpe tan terrible, que le faltó poco para llorar.
Encontró, sin embargo, en su debilidad fuerza para reponerse, y ya que se consideraba caído, quiso al menos acabar con dignidad y que sus enemigos no se gozaran en su dolor.
Serenóse y se dispuso a contestar. La resistencia era inútil, pues conocía la especial organización de la Orden en que la autoridad lo es todo, y el afecto nada, y sabía que sus mayores protegidos se revolverían contra él a la menor indicación del General, estando, como estaba, despojado del poder.
Inclinóse ante su nuevo amo, y devolviéndole el papel, dijo al padre Tomás con acento humilde:
--Espero las órdenes de vuestra reverencia.
El padre Antonio, mudo espectador de aquella escena, había dejado de escribir, pero seguía con la cabeza baja, muy atento a todo cuanto ocurría. No se notaba en él la menor señal de extrañeza. Sin duda el secretario sabía con anticipación cuanto iba a ocurrir, y conocía antes que el padre Claudio aquella orden del General.
No se impresionaba gran cosa por aquel cambio de situación tan rápido. Cambiaba de amo en apariencia, pero siempre seguía unido a aquella Compañía, a la que amaba con el fiero cariño del lobezno a la loba. Además no dejaba de hacerle gracia la caída estrepitosa de su antiguo amo, que tan soberbio y déspota se mostraba. Aquello le hacía admirar aún más a la igualitaria Compañía que encumbra o arruina a los individuos con igual indiferencia, sin consideración de ninguna clase y como si se tratara de autómatas y no de hombres. Acariciaba la esperanza de que si el padre Claudio bajaba ahora, algún día le tocaría a él el turno de subir.
El jesuíta italiano contempló algunos instantes a su rival humillado, y después dijo con lentitud majestuosa:
--Padre Claudio, mis órdenes son que usted, de esa puerta para afuera, siga figurando como director de la Orden en España. Conviene por ahora a nuestros intereses que aparentemente continúe la misma situación. Pero aquí, dentro de este despacho, se restablecerá la verdad, y usted será sencillamente mi amanuense, estando para todos los asuntos de oficina a las órdenes del padre Antonio, que seguirá desempeñando el cargo de secretario. Ya conoce usted mis órdenes.
El padre Claudio temblaba y hacía esfuerzos para no llorar de rabia. ¡Oh! Aquello era demasiado fuerte para sufrirlo con calma. La humillación iba más allá de lo que él había podido imaginarse.
Si después de su caída le hubiesen castigado colocándolo de portero en la casa residencia, obligándole a barrer la cocina o a desempeñar los más bajos servicios, al menos su ruina hubiese tenido cierta grandeza. A los que le habían conocido poderoso y omnipotente, les hubiera inspirado una respetuosa y tierna simpatía, semejante a la que se siente ante Napoleón, hambriento y enfermizo, remendándose su uniforme en Santa Elena; pero obligarle a fingir en público una autoridad que no tenía, y dentro de aquel despacho ser el escribiente de su antiguo secretario, era privarle del amargo placer de una caída estrepitosa y envolverle en la humillación de una ruina secreta sin grandeza alguna.
En su porvenir había algo del suplicio de Tántalo. Viviría en adelante allí, corroído por la envidia, contemplando de cerca y a todas horas el poder que había perdido y que jamás volvería a recobrar.
La voz del nuevo superior le sacó de sus negras reflexiones:
--Padre Claudio, comience a ejercer sus nuevas funciones. Siéntese usted, y prepárese a escribir.
El viejo obedeció con la pasividad de un autómata. Su obesidad no le permitía estar inclinado mucho tiempo y sufría al doblarse sobre el borde de aquella antigua mesa, frente al secretario, que seguía papeleando, impasible, como si realmente fuese un escribiente obscuro su nuevo compañero de trabajo.
Tomó la pluma el padre Claudio y esperó.
--Va usted a escribir--dijo el superior--una comunicación a Roma, anunciando al General que el hermano Ricardo Baselga ha cedido a la Compañía toda su fortuna. Ponga usted la comunicación de modo que sea yo quien lo firme.
Luego continuó, dirigiéndose al secretario:
--Padre Antonio, saque usted la escritura de cesión de bienes que firmó el hermano Baselga. La enviaremos a Roma junto con la comunicación, para que la guarden en el archivo central. Allí estará más seguro el documento.
El padre Claudio creía soñar, y cuando vió que el secretario sacaba el citado documento de un cajón de la mesa, no pudo reprimir una exclamación.
Todo lo comprendía. Días antes había entregado al padre Antonio aquel documento para que lo enviase a Roma, con una comunicación en que se marcaran los grandes trabajos que había tenido que hacer el padre Claudio para alcanzar tal triunfo. El secretario le había hecho traición, guardándose el documento para no darle curso. Estaba, sin duda, en combinación con el italiano desde mucho antes, y ahora, al remitir la escritura a Roma, el padre Tomás se atribuía un servicio de gran importancia para la Orden, y aparecía como autor del negocio, que él había preparado tan cuidadosamente a costa de mucho tiempo y no menos paciencia.
Aquello fué el golpe de gracia para el humillado viejo.
No podía ya con el peso de tanto infortunio, y aquel hombre para quien la debilidad había sido siempre desconocida, al pensar que había estado trabajando tantos años en el interior de la familia Baselga para que un advenedizo gozase el fruto de sus fatigas y se cubriera de gloria en Roma, sintió que una oleada ardiente subía de su pecho a la cabeza oprimiéndole la garganta.
Sollozó con fuerza el viejo, y sus lágrimas cayeron sobre el papel sin que cuidara ya de ocultarlas.
El padre Tomás, de pie junto a la mesa, sonreía diabólicamente, y hasta el secretario esta vez creyó del caso el levantar la cabeza y hacer un gesto de admiración.
¡Lloraba el terrible jesuíta! Bien valía la pena aquel espectáculo.
XII
La última misa.
Nadie se apercibió de aquel golpe de Estado, perpetrado en el mayor secreto, como todos los actos que se llevan a cabo en el seno de la Compañía.
Los padres jesuítas residentes en Madrid, siguieron considerando al padre Claudio como el vicario general de la Orden en España, en vista de que éste desempeñaba, como de costumbre, sus altas funciones.
El exterior macilento y el aire desalentado del padre Claudio no llamaban la atención de nadie.
Se presentaba, como siempre, en público acompañado de su "socius", el padre Tomás, y nadie, a la vista del aspecto encogido y humilde de éste, hubiese sospechado que era el verdadero amo, y que cuando los dos se encerraban en el despacho, el padre Claudio le servía de escribiente y tenía que sufrir rudas reprimendas por su forma de letra, su lentitud en escribir y aquel cansancio que a causa de la edad le acometía, entorpeciendo su cabeza y sus miembros.
En la Compañía de Jesús no han sido nunca raros espectáculos de esta clase. El padre Claudio sabía que muchísimas veces el que había aparecido como director no era más que el criado del más humilde jesuíta; pero esto no le hacía sufrir con paciencia tales humillaciones y juzgaba insoportable por más tiempo la comedia que venía representando.
No transcurría día sin que sufriera los más agudos tormentos morales. Cada vez que algún inferior venía a consultarle, o que recibía las muestras de cariño y respeto propias de su cargo, no podía evitar el volverse con movimiento instintivo a su terrible "socius", que contemplaba impasible aquella farsa por él ordenada.
El pensamiento del padre Claudio siempre era el mismo. ¡Cómo se reiría el maldito al considerar la irrisoria autoridad de aquel que momentos después le servía de amanuense! ¡Qué carcajadas sonarían en el interior del padre Tomás al ver a su amanuense dar órdenes y amonestar a los inferiores, fingiendo una autoridad que ya había huido de él para siempre!
La eterna presencia del italiano, que ahora no le dejaba solo ni un momento, era para el padre Claudio el peor de los tormentos, por lo mismo que equivalía a una burla perpetua. Aquello era querer que hiciese reír a sabiendas el mismo hombre cuyo fruncimiento de cejas aterrorizaba algunos días antes.
Si iban por la calle, importantes personajes saludaban al padre Claudio con todo el respeto rastrero que los políticos de oficio demuestran a los que tienen el favor real. A veces, al ocurrir esto, el padre Claudio, a pesar de su dolor, no podía evitar una sonrisa de amarga ironía. El había derribado ministerios, creado personajes de la nada; el mundo le tenía aún por muy poderoso y, sin embargo, la víspera, por ejemplo, el padre Tomás, en su despacho, le había llamado canalla y miserable por haber empezado tres veces la misma comunicación a causa de su falta de pulso.
Si sus enemigos se habían propuesto castigarlo sometiéndolo a un martirio lento e inacabable, sabían bien lo que se hacían, pues era imposible tortura mayor que la que sufría.
Su punto vulnerable era el orgullo y éste era el sentimiento que más sufría en aquella extraña situación.
Tan intensa era su tortura, que varias veces estuvo próximo a humillarse a su verdugo, suplicándole que le castigara con mayor rudeza, pero que le librara de aquella parodia de autoridad; mas un resto de orgullo le contuvo y siguió sufriendo en silencio, procurando conservar en su caída la mayor dignidad posible.
Una certidumbre cruel le agitaba en sus instantes de desaliento.
A pesar del desprecio con que le trataba el padre Tomás, obedeciendo sin duda las órdenes que de Roma le llegaban, él no podía creer que parase ahí la venganza del general.
Grande era la humillación que le hacían sufrir; pero un hombre como él, a pesar de su mísero estado, todavía era temible y el general no debía contentarse con saber que su rival había sido convertido en escribiente.
Aquella humillación la consideraba el padre Claudio como un refinamiento de crueldad del verdugo antes de decidirse a sacrificar su víctima.
La misma mano que había aniquilado al padre Corsi no tardaría en caer sobre él, inexorable y aplastante, acabando con su existencia.
Conocía él los procedimientos a que más afición mostraba la Compañía para acabar con sus enemigos, y, seguro de que el puñal no lo esgrimían los jesuítas en este siglo, procuraba guardarse de los venenos; de aquella "aqua toffana" que la Compañía había hecho célebre.
Su apariencia de autoridad le hacía ser respetado por todos los individuos de la Orden, y de aquí que pudiera vivir con relativa tranquilidad, confiando en la adhesión del hermano cocinero, que preparaba la comida de su reverencia por sus propias manos.
Por esta parte estaba seguro el padre Claudio de no ser víctima de un envenenamiento; pero la actitud siempre reservada y fría del padre Tomás le causaba verdadero miedo. Algo ideaba en silencio aquel terrible enemigo, y el padre Claudio le acechaba, intentando adivinar sus secretas ideas.
Así transcurrió algún tiempo, hasta que llegó el día en que la Compañía acostumbraba a celebrar su fiesta anual en honor de la fundación de la Sociedad de Jesús.
Revestía tal acto gran solemnidad. En dicho día la casa residencia, siempre tan tétrica, animábase con una alegría reposada y meliflua, y una de las fiestas más notables era la gran misa que se celebraba en la iglesia perteneciente a la Compañía.
Era el superior de la Orden el encargado de oficiar en dicho acto, y el padre Claudio, que por espacio de cuarenta años dijo la misa en tal día, gozaba mucho en esto, pues podía apreciar cuán inmenso era su poder, viendo reunidos en la iglesia todos los padres y novicios que estaban por completo a sus órdenes.
Temía que el padre Tomás escogiese dicho día para humillarlo, prohibiéndole que dijese la misa y demostrando de este modo que era fingida la autoridad que aún ostentaba. Por eso su alegría fué grande cuando el italiano le dijo en el despacho, la víspera de la fiesta, que al día siguiente se encargase de celebrar la solemnidad acostumbrada.
A las nueve de la mañana estaba ya el padre Claudio en la sacristía de la iglesia dejándose despojar, con sonrisa bonachona, de su hopalanda y su bonete, por dos acólitos serviciales que se mostraban impresionados ante aquel hombre que creían terriblemente poderoso.